Y alrededor del trono había veinticuatro tronos; y vi sentados en los tronos a veinticuatro ancianos, vestidos de ropas blancas

9 de septiembre

«Y alrededor del trono había veinticuatro tronos; y vi sentados en los tronos a veinticuatro ancianos, vestidos de ropas blancas».

Apocalipsis 4:4

Aquí se dice que estos representantes de los santos están alrededor del Trono. En el pasaje del Cantar de los Cantares donde Salomón canta del rey que estaba en su reclinatorio (1:12), algunos traducen así la última frase: «Alrededor de la mesa». Por eso hay intérpretes que, sin hacer violencia al texto (en mi opinión) han dicho: «Hay igualdad entre los santos». Esta idea la sugiere la equidistancia de los veinticuatro ancianos. La condición de los espíritus glorificados es de proximidad a Cristo, de clara visión de su gloria, de permanente acceso a su Corte y de íntima amistad con él. No hay diferencia en este particular entre un santo y otro, sino que todo el pueblo de Dios —apóstoles, mártires, ministros o humildes y olvidados cristianos— se sentarán cerca del Trono y allí, por siempre, contemplarán a su exaltado Señor y se satisfarán con el amor de Jesús. Todos estarán cerca de Cristo, todos se sentirán atraídos por su amor, todos comerán y beberán en la misma mesa con él, todos serán amados —sin distinción— como favoritos y amigos, aunque no todos sean recompensados en la misma forma como siervos suyos. ¡Que los creyentes de la tierra imiten a los santos del Cielo en la intimidad que estos tienen con Cristo! Seamos en la tierra como los ancianos en el Cielo, que se sientan alrededor del Trono. ¡Que Cristo sea el objeto de nuestros pensamientos, el centro de nuestras vidas…! ¿Cómo podemos vivir tan lejos de nuestro Amado? ¡Señor Jesús, atráenos cerca de ti mismo! Dinos: «Permaneced en mí, y yo en vosotros» (Jn. 15:4); y permítenos cantar: «Su izquierda esté debajo de mi cabeza y su derecha me abrace» (Cnt. 2:6).

Ni dudas ni temor tendré

estando cerca de Jesús;

rodeado siempre me veré

con los fulgores de su luz.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 263). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¡En la resurrección de Cristo como en nuestra salvación, intervino nada menos que un poder divino!

8 de septiembre

«Y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos».

Efesios 1:19, 20

Tanto en la resurrección de Cristo como en nuestra salvación, intervino nada menos que un poder divino. ¿Qué diremos de los que piensan que la conversión se lleva a cabo solamente por el libre albedrío del hombre y se debe a la excelente disposición de este? Cuando veamos que los muertos se levantan del sepulcro por su propio poder, entonces quizá logremos ver a los impíos pecadores volver a Cristo de su albedrío. No es la Palabra predicada o la Palabra leída lo que, por sí mismo, efectúa la conversión, sino el poder vivificador del Espíritu Santo. Ese poder demostró ser irresistible: los soldados y los sumos sacerdotes no pudieron retener en el sepulcro el cuerpo de Cristo; la muerte misma no fue capaz de mantener a Jesús en sus ligaduras. Así es el poder que actúa en el creyente cuando se le levanta a una vida nueva: nadie lo puede resistir. Ni el pecado, ni la corrupción, ni los demonios del Infierno, ni los pecadores de la tierra son capaces de detener la mano de la gracia divina cuando esta se ha propuesto convertir a un hombre. Si el Dios omnipotente dice: «Lo harás», el hombre no responderá: «No, no lo haré». Observa que el poder que levantó a Cristo de entre los muertos era un poder glorioso, que honraba a Dios y producía espanto en las huestes del mal. Así, la conversión de cada pecador glorifica mucho a Dios. Era ese un poder eterno: «Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él» (Ro. 6:9). Así también nosotros, que hemos resucitado de los muertos, no retrocedamos a nuestras anteriores obras de muerte ni a nuestras corrupciones antiguas, sino vivamos para Dios. Porque él vive, también vivimos nosotros (cf. Jn. 14:19). «Porque [hemos] muerto y [nuestra] vida está escondida con Cristo en Dios» (Col. 3:3). «Como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva» (Ro. 6:4). Finalmente, observa en ese texto bíblico cómo la nueva vida está unida con Jesús. El mismo poder que resucitó a la Cabeza, comunica vida a los miembros. ¡Qué bendición supone resucitar juntamente con Cristo!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 262). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Hay ansiedad como en el mar que no se puede calmar

7 de septiembre

«Hay ansiedad como en el mar que no se puede calmar».

Jeremías 49:23 (LBLA)

Sabemos poco acerca de qué ansiedad puede haber en el mar en estos momentos. Nosotros estamos seguros en nuestras tranquilas habitaciones; pero lejos, en el salado mar, la tempestad estará, quizá, segando las vidas de los hombres. ¡Oye cómo los demonios de la muerte braman entre el cordaje, cómo cruje cada tabla cuando las olas caen como demoledores arietes sobre la nave! ¡Dios te ayude, pobre marinero empapado y fatigado! ¡Mi oración se eleva al Señor del mar y de la tierra para que él calme la tormenta y te conduzca al deseado puerto! No solo debo orar, debo también beneficiar a esos hombres intrépidos que constantemente arriesgan sus vidas. ¿He hecho alguna vez algo por ellos? ¿Qué puedo hacer? ¡Cuán a menudo el turbulento mar se traga a los que navegan por él! Miles de cadáveres yacen en lo profundo, donde están las perlas. Hay en el mar una ansiedad de muerte, que tiene su repercusión en el prolongado gemido de las viudas y los huérfanos. La sal del mar está en muchos ojos de madres y de esposas. ¡Olas crueles, vosotras habéis devorado el amor de las mujeres y el sostén de las familias! ¡Qué resurrección habrá de aquellos que yacen en lo profundo del mar, cuando este entregue sus muertos! Hasta entonces, persistirá la ansiedad en el mar. El mar, como si quisiera mostrar su simpatía con los dolores de la tierra, está siempre agitándose a lo largo de mil riberas; gimiendo con un gemido lastimero, igual que el de sus aves; retumbando con un estrepitoso estallido de desasosiego; enfureciéndose con ruidoso disgusto; irritándose con enardecida ira y riñendo con los ruidos de diez mil guijarros. El rugido del mar, quizá sea placentero para algún espíritu alegre, pero para el hijo del dolor, el océano es más triste que la tierra. No es este el lugar de reposo (cf. Miq. 2:10): las inquietas olas así nos lo dicen. Hay un mundo en donde el mar no existirá más; nuestros rostros están vueltos resueltamente hacia él. Nos dirigimos al lugar del cual el Señor nos ha hablado; hasta entonces, seguiremos echando nuestras aflicciones sobre el Señor que anduvo sobre el mar y abrió para su pueblo una senda a través de sus profundidades.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 261). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley

6 de septiembre

«Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley».

Gálatas 5:18

El que considera su carácter y su posición desde el punto de vista legal, no perderá toda esperanza solo cuando llegue al final de su cálculo, sino que, si es hombre sabio, la perderá al comenzar. Pues si se nos va a juzgar sobre la base de la ley, ninguno será justificado. ¡Cuán precioso resulta saber que moramos en los dominios de la gracia y no en los de la ley! Cuando pienso en mi estado delante de Dios, no pregunto: «¿Soy perfecto ante la ley?», sino: «¿Soy perfecto en Cristo Jesús?», lo cual es muy distinto. No necesitamos inquirir si «por naturaleza, estamos sin pecado»; debemos más bien averiguar si hemos sido lavados en el «manantial [que fue abierto] para la purificación del pecado y de la inmundicia» (Zac. 13:1). La cuestión no es «si por mí mismo soy agradable a Dios», sino si soy «[acepto] en el Amado» (Ef. 1:6). El cristiano examina su posición desde la cumbre del Sinaí y se alarma en cuanto a su salvación. Sería mejor que leyera sus títulos a la luz del Calvario. Además dice: «Mi fe contiene incredulidad; no me puede salvar». Si hubiese considerado el objeto de su fe, en lugar de su fe misma, entonces hubiera dicho: «No existe falta en Cristo; por tanto, estoy seguro». El tal suspira por su esperanza diciendo: «¡Ah, mi esperanza está desfigurada y empañada por una angustiosa ansiedad en cuanto a las cosas presentes, cómo puedo ser acepto!». Si hubiese considerado la base de su esperanza, entonces habría visto que la promesa de Dios permanece segura y, cualesquiera que sean nuestras dudas, el juramento y la promesa nunca fallarán. ¡Ah, creyente, es siempre más seguro para ti dejarte guiar por el Espíritu a la libertad del evangelio que llevar el yugo de la ley! Júzgate, más bien, en lo que Cristo es que en lo que eres tú mismo. Satanás procurará turbar tu paz, trayéndote a la memoria tus pecados e imperfecciones, pero puedes hacer frente a sus acusaciones asiéndote fielmente del evangelio y rehusando llevar el yugo de servidumbre.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 260). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¿Has entrado tú hasta las fuentes del mar?

5 de septiembre

«¿Has entrado tú hasta las fuentes del mar?».

Job 38:16

Algunas cosas de la naturaleza seguirán siendo enigmáticas para los investigadores más inteligentes y emprendedores. El conocimiento humano tiene límites que no es posible traspasar. Si esto es así con las cosas visibles y temporales, puedo estar seguro de que lo es más aún con las cosas espirituales y eternas. ¿Por qué, pues, tengo que torturar mi mente con conjeturas acerca del destino y el albedrío, en cuanto a la predestinación y la responsabilidad humana? Yo no soy capaz de comprender estas profundas y enigmáticas verdades, como tampoco puedo descubrir la profundidad que yace en lo más hondo, de donde el viejo océano extrae sus abundantes aguas. ¿Por qué he de ser tan curioso como para querer conocer la razón de los actos providenciales del Señor, el motivo de sus acciones y el designio de sus juicios? ¿Podré asir el sol con mi puño y sostener el universo con mi palma? No obstante, estas cosas son como una gota de agua comparadas con el Señor mi Dios. No procure yo, entonces, entender lo infinito, mas emplee mis energías en amar. Lo que no puedo conseguir con el entendimiento lo puedo poseer por el afecto, y con esto debo quedar satisfecho. Yo no puedo penetrar en el corazón del mar, pero sí gozar de las brisas que pasan veloces por su superficie y navegar sobre sus aguas con vientos propicios. Si yo pudiese entrar en las fuentes del mar, esa hazaña no tendría, ni para mí ni para otros, utilidad alguna, pues ni salvaría el barco que se está hundiendo ni devolvería al marinero ahogado a su esposa y sus hijos que lloran. Tampoco me serviría de algo la revelación que yo pudiese hacer en cuanto a los profundos misterios, pues el más insignificante amor a Dios y el más simple acto de obediencia para con él son mejores que el conocimiento más profundo. Señor mío, dejo en tus manos lo infinito y te ruego que apartes de mí cualquier afecto por el árbol de la ciencia que pueda privarme del árbol de la vida.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 259). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Balanzas justas, pesas justas y medidas justas tendréis

4 de septiembre

«Balanzas justas, pesas justas y medidas justas tendréis».

Levítico 19:36

Las pesas, las balanzas y las medidas tenían que adaptarse a la ley de justicia. Sin duda, ningún cristiano necesita que se le recuerde esto en su negocio, pues si la justicia se desterrara del mundo que nos rodea, debería hallar asilo en los corazones creyentes. Hay, además, otras balanzas que pesan géneros morales y espirituales las cuales tienen que examinarse con frecuencia. Invitemos al Juez en esta noche.

¿Funcionan bien las balanzas en las cuales pesamos nuestro carácter y el carácter de los otros hombres? ¿No estamos convirtiendo en kilos nuestros gramos de bondad y en litros los decalitros de los demás? Cristiano, mira bien cómo andan esas pesas y medidas. Las balanzas en las cuales pesamos nuestras pruebas y aflicciones ¿funcionan según la ley? Pablo, que sufría más que nosotros, calificó de «leves» sus tribulaciones (cf. 2 Co. 5:17); en cambio, nosotros consideramos «pesadas» las nuestras. Sin duda, algo anda mal en las balanzas. Debemos pensar en este asunto, no sea que se nos denuncie ante el tribunal celestial por proceder injustamente. ¿Y van bien esas balanzas con las cuales pesamos nuestras creencias doctrinales? Las doctrinas de la gracia debieran tener para nosotros el mismo peso que tienen los preceptos de la Palabra, ni más ni menos; pero es de temer que en el concepto de muchos, bien un platillo de la balanza o bien el otro, esté injustamente cargado. Dar medida justa es, en realidad, una gran cosa. El cristiano debe ser cuidadoso en esto. Las medidas con las cuales estimamos nuestras obligaciones y responsabilidades dan la impresión de ser más bien pequeñas: cuando un rico no da a la causa de Cristo más de lo que contribuye un pobre, ¿es eso efa justo e hin justo? Cuando los pastores están medio muertos de hambre, ¿es ese un proceder justo? Cuando los pobres son menospreciados mientras se admira a los ricos impíos, ¿es esa una balanza justa? Lector, podríamos alargar la lista, pero preferimos ponerle punto final para descubrir y destruir ahora todas las balanzas, las pesas y las medidas injustas.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 258). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

El SEÑOR prueba al justo

3 de septiembre

 

«El SEÑOR prueba al justo».

Salmo 11:5 (LBLA)

Todos los acontecimientos están bajo el gobierno de la Providencia. Por tanto, cada una de las pruebas de nuestra vida exterior se puede atribuir en el acto a la gran Causa Primera. Desde las puertas de oro del decreto de Dios, los ejércitos de tribulaciones marchan en orden de combate, vestidos con coraza de hierro y equipados de armas de guerra. Todos los actos de la Providencia constituyen una puerta para las pruebas. Aun nuestras misericordias, como las rosas, tienen sus espinas. Los hombres pueden verse sumergidos tanto en mares de prosperidad como en ríos de aflicción. Para las tentaciones, nuestras montañas no son demasiado altas ni nuestros valles demasiado bajos. Las pruebas acechan en todos los caminos. Por todas partes, arriba y abajo, estamos rodeados de peligros. Sin embargo, ninguna lluvia cae desde la amenazadora nube sin permiso; cada gota recibe órdenes antes de precipitarse a tierra. Las pruebas que proceden de Dios se nos envían para fortalecer nuestros dones, y para demostrar, a la vez, el poder de la gracia divina, a fin de probar la autenticidad de nuestras virtudes y acrecentar sus energías. Nuestro Señor, en su infinita sabiduría y superabundante amor, valora tanto la fe de los suyos que no impedirá las pruebas por las cuales esa fe resulta fortalecida. Nunca hubieras poseído la preciosa fe que ahora te sostiene, si la prueba de tu fe no hubiese sido semejante al fuego. Eres un árbol que jamás habrías arraigado tan bien si el viento no te hubiese sacudido de aquí para allá y hubiera hecho que te aferraras a las preciosas verdades del pacto de gracia. La tranquilidad mundana es un gran enemigo para la fe: afloja las articulaciones del valor santo y rompe los músculos del sagrado coraje. El globo no se levanta hasta que se han cortado las cuerdas. La aflicción hace esta obra severa en las almas creyentes. Mientras el trigo duerma confortablemente en la espiga no tendrá ninguna utilidad para el hombre: debe trillarse y entonces se conocerá su valor. Así, también, es bueno que el Señor pruebe al justo, porque la prueba hace a este rico para con Dios.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 257). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Si no viereis señales y prodigios, no creeréis

2 de septiembre

«Si no viereis señales y prodigios, no creeréis».

Juan 4:48

Un síntoma del estado enfermizo de la mente del hombre en los días de nuestro Señor era el ardiente deseo de ver prodigios. Rechazaban el alimento sólido y ansiaban meros portentos. El evangelio, que tanto necesitaban, no lo querían y reclamaban ardientemente los milagros que Jesús no siempre estaba dispuesto a efectuar. Muchos en nuestros días tienen que ver señales y maravillas, de lo contrario no creen. Algunos han dicho: «Yo tengo que sentir un profundo horror en el alma; si no, no creeré en Jesús». ¿Pero… y si nunca llegas a sentir ese horror, como, probablemente, sucederá? ¿Quieres ir al Infierno por despecho contra Dios, porque no desea tratarte como trata a otros? Alguno se ha dicho a sí mismo: «Si yo tuviese un sueño o si sintiese una repentina sacudida de no sé qué clase, entonces creería». ¿Así que tú, indigno mortal, piensas que mi Señor va a recibir órdenes de ti? Tú eres un mendigo que está a su puerta solicitando piedad, ¿y has de prescribir reglas y reglamentos en cuanto a cómo te ha de dar esa gracia? Mi Señor es de espíritu generoso, pero tiene un corazón muy ilustre; por eso rechaza toda imposición y mantiene su soberanía de acción. Si es esta tu situación, querido lector, ¿por qué ansías señales y prodigios? ¿No es en sí mismo el evangelio una señal y un prodigio? ¿No es un milagro de milagros que «de tal manera [haya amado] Dios al mundo que ha [ya] dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda»? Sin duda, las palabras «el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente», y esta solemne promesa: «Al que a mí viene, no le echo fuera», son mejores que las señales y los prodigios. Un Salvador veraz debe ser creído. Él es la verdad misma. ¿Por qué has de pedir pruebas de la veracidad de Uno que no puede mentir? Los demonios declaran que él es el Hijo de Dios, ¿y dudarás tú de él?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 256). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Esperad en él en todo tiempo

1 de septiembre

«Esperad en él en todo tiempo»

Salmo 62:8

La fe es la norma tanto de la vida temporal como de la vida espiritual. Tenemos que tener fe en Dios para nuestros asuntos terrenales y para los celestiales. Solo cuando aprendamos a confiar en Dios para la provisión de todas nuestras necesidades diarias, viviremos por encima del nivel del mundo. No hemos de ser ociosos, lo cual demostraría que no confiamos en Dios —quien «hasta ahora trabaja» (Jn. 5:17)— sino en el diablo, que es el padre de la ociosidad. No debemos ser imprudentes o temerarios, pues entonces demostraríamos confiar en el azar, no en el Dios viviente, que es un Dios de orden. Hemos de confiar en el Señor, sencilla y enteramente, en todo tiempo, actuando con toda prudencia y rectitud.

Permíteme recomendarte una vida de confianza en Dios en relación con las cosas temporales. Si confías en Dios no tendrás necesidad de lamentarte por haber usado medios pecaminosos para enriquecerte. Sirve a Dios con integridad y, si no tienes éxito en tus empresas, por lo menos tu conciencia estará tranquila. El que confía en la astucia navegará hoy por este lado y mañana por el otro, como un barco de vela sacudido por un viento variable. No obstante, el que confía en el Señor es como un barco de vapor que atraviesa las olas, desafía al viento y va marcando una recta y brillante estela de plata hasta llegar al puerto. Sé un creyente con principios vivos, que no se somete a las fluctuantes costumbres de la sabiduría mundana. Anda en los caminos de integridad con paso firme y demuestra que, con el poder que solo la confianza en Dios puede dar, eres invenciblemente fuerte. Así, confiando en el Señor, serás librado de la penosa ansiedad, no te verás turbado por malas noticias y tu corazón se afirmará. ¡Cuán grato es flotar en los ríos de la Providencia! No hay norma de vida más bendita que aquella que depende del Dios que cumple su pacto. No tenemos ansiedad porque él tiene cuidado de nosotros; no experimentamos turbaciones, porque echamos nuestras cargas sobre el Señor.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 255). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Si andamos en luz, como él está en luz

31 de agosto

«Si andamos en luz, como él está en luz».

1 Juan 1:7

¡Como él está en luz! ¿Podremos lograr esto alguna vez? ¿Seremos capaces algún día de andar tan evidentemente en la luz como lo está Aquel a quien llamarnos «Padre nuestro» y de quien está escrito: «Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él» (1 Jn. 1:5). Este es, sin duda, el modelo que se nos pone delante, pues el Salvador mismo dijo: «Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» (Mt. 5:48). Y aunque nos demos cuenta de que nunca podremos rivalizar con Dios en perfección, sin embargo tenemos que ir en busca de ella y no quedar satisfechos hasta que la alcancemos. Cuando el joven artista toma el pincel por primera vez, difícilmente puede pretender igualar a Rafael o a Miguel Ángel; sin embargo, si no tiene delante de sí un bello ideal solo logrará algo muy pobre y ordinario. No obstante, ¿qué significa esa expresión de que el cristiano debe andar en luz como Dios está en luz? Creemos que significa semejanza, pero no grado de igualdad. Nosotros estamos realmente en la luz, sinceramente en la luz, cordialmente en la luz, honradamente en la luz, aunque no lo estemos en la misma medida que él. Yo no puedo vivir en el sol (es un lugar demasiado luminoso para mí), pero sí puedo andar en su luz; así, aunque sea incapaz de lograr aquella perfección de pureza y de verdad que solo le pertenece al Señor de los ejércitos —quien, por naturaleza, es infinitamente bueno—, puedo, no obstante, poner siempre al Señor delante de mí y esforzarme, con la ayuda del Espíritu, en parecerme a él. El famoso comentarista John Trapp dice: «Podemos estar en la luz como Dios está en la luz cualitativamente, pero no en igualdad con él». Hemos de tener la misma luz, y tenerla de veras y andar en ella como lo hace Dios; aunque, en lo referente a la igualdad con Dios en santidad y pureza, tengamos que esperar hasta que hayamos cruzado el Jordán y entrado en la perfección del Altísimo. Observa que la bendición de una comunión santa y una perfecta purificación está ligada al andar en la luz.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 254). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.