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Devocional, Familia, Todos los Artículos, Vida Cristiana

¡En la resurrección de Cristo como en nuestra salvación, intervino nada menos que un poder divino!

8 de septiembre

«Y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos».

Efesios 1:19, 20

Tanto en la resurrección de Cristo como en nuestra salvación, intervino nada menos que un poder divino. ¿Qué diremos de los que piensan que la conversión se lleva a cabo solamente por el libre albedrío del hombre y se debe a la excelente disposición de este? Cuando veamos que los muertos se levantan del sepulcro por su propio poder, entonces quizá logremos ver a los impíos pecadores volver a Cristo de su albedrío. No es la Palabra predicada o la Palabra leída lo que, por sí mismo, efectúa la conversión, sino el poder vivificador del Espíritu Santo. Ese poder demostró ser irresistible: los soldados y los sumos sacerdotes no pudieron retener en el sepulcro el cuerpo de Cristo; la muerte misma no fue capaz de mantener a Jesús en sus ligaduras. Así es el poder que actúa en el creyente cuando se le levanta a una vida nueva: nadie lo puede resistir. Ni el pecado, ni la corrupción, ni los demonios del Infierno, ni los pecadores de la tierra son capaces de detener la mano de la gracia divina cuando esta se ha propuesto convertir a un hombre. Si el Dios omnipotente dice: «Lo harás», el hombre no responderá: «No, no lo haré». Observa que el poder que levantó a Cristo de entre los muertos era un poder glorioso, que honraba a Dios y producía espanto en las huestes del mal. Así, la conversión de cada pecador glorifica mucho a Dios. Era ese un poder eterno: «Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él» (Ro. 6:9). Así también nosotros, que hemos resucitado de los muertos, no retrocedamos a nuestras anteriores obras de muerte ni a nuestras corrupciones antiguas, sino vivamos para Dios. Porque él vive, también vivimos nosotros (cf. Jn. 14:19). «Porque [hemos] muerto y [nuestra] vida está escondida con Cristo en Dios» (Col. 3:3). «Como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva» (Ro. 6:4). Finalmente, observa en ese texto bíblico cómo la nueva vida está unida con Jesús. El mismo poder que resucitó a la Cabeza, comunica vida a los miembros. ¡Qué bendición supone resucitar juntamente con Cristo!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 262). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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