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Hay ansiedad como en el mar que no se puede calmar

7 de septiembre

«Hay ansiedad como en el mar que no se puede calmar».

Jeremías 49:23 (LBLA)

Sabemos poco acerca de qué ansiedad puede haber en el mar en estos momentos. Nosotros estamos seguros en nuestras tranquilas habitaciones; pero lejos, en el salado mar, la tempestad estará, quizá, segando las vidas de los hombres. ¡Oye cómo los demonios de la muerte braman entre el cordaje, cómo cruje cada tabla cuando las olas caen como demoledores arietes sobre la nave! ¡Dios te ayude, pobre marinero empapado y fatigado! ¡Mi oración se eleva al Señor del mar y de la tierra para que él calme la tormenta y te conduzca al deseado puerto! No solo debo orar, debo también beneficiar a esos hombres intrépidos que constantemente arriesgan sus vidas. ¿He hecho alguna vez algo por ellos? ¿Qué puedo hacer? ¡Cuán a menudo el turbulento mar se traga a los que navegan por él! Miles de cadáveres yacen en lo profundo, donde están las perlas. Hay en el mar una ansiedad de muerte, que tiene su repercusión en el prolongado gemido de las viudas y los huérfanos. La sal del mar está en muchos ojos de madres y de esposas. ¡Olas crueles, vosotras habéis devorado el amor de las mujeres y el sostén de las familias! ¡Qué resurrección habrá de aquellos que yacen en lo profundo del mar, cuando este entregue sus muertos! Hasta entonces, persistirá la ansiedad en el mar. El mar, como si quisiera mostrar su simpatía con los dolores de la tierra, está siempre agitándose a lo largo de mil riberas; gimiendo con un gemido lastimero, igual que el de sus aves; retumbando con un estrepitoso estallido de desasosiego; enfureciéndose con ruidoso disgusto; irritándose con enardecida ira y riñendo con los ruidos de diez mil guijarros. El rugido del mar, quizá sea placentero para algún espíritu alegre, pero para el hijo del dolor, el océano es más triste que la tierra. No es este el lugar de reposo (cf. Miq. 2:10): las inquietas olas así nos lo dicen. Hay un mundo en donde el mar no existirá más; nuestros rostros están vueltos resueltamente hacia él. Nos dirigimos al lugar del cual el Señor nos ha hablado; hasta entonces, seguiremos echando nuestras aflicciones sobre el Señor que anduvo sobre el mar y abrió para su pueblo una senda a través de sus profundidades.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 261). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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