1 Samuel 12 | Romanos 10 | Jeremías 49 | Salmos 26–27

20 AGOSTO

1 Samuel 12 | Romanos 10 | Jeremías 49 | Salmos 26–27

El Salmo 27 comparte algunos temas con sus vecinos más cercanos (26; 28), pero es más eufórico que ambos.

(1) El Señor es mi luz (27:1–3). La luz evoca casi todo lo bueno: la verdad, el conocimiento, el gozo, la pureza moral, la revelación, y más. Aquí, la palabra está relacionada con “salvación” y “baluarte” (27:1); la luz se asocia con la seguridad. David se enfrenta a enemigos que le atacan como una manada de lobos, pero el Señor es su luz y salvación. David no tendrá miedo. Con un Dios tan soberano, tan bueno, que se revela tanto a sí mismo, en quién podemos deleitarnos, ¿cómo no va a ser también nuestra seguridad?

(2) El Señor es mi santuario (27:4–6), en el doble sentido que la palabra puede tener. Por un lado, el tema de los tres primeros versículos continúa. Dios es el santuario de David en cuanto a que es su protección, fortaleza: “En el día de la aflicción él me resguardará en su morada” (27:5). Sin embargo, por otro lado, esta “morada” aporta mucho más que una simple seguridad política: “Una sola cosa le pido al Señor, y es lo único que persigo: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida” (27:4). No quiere decir que David albergue un deseo secreto e imposible de ser levita. Más bien, tiene un profundo anhelo de permanecer en la presencia del Dios viviente. Ahí es donde se encuentra la seguridad.

(3) El Señor es mi dirección (27:7–12). David no concibe su relación con el Todopoderoso como algo estático, sino como una búsqueda vitalicia. Además, comprende que esta lo irá formando. Si busca el rostro de Dios como debiera (27:8), si suplica misericordia a fin de que él le trate compasivamente y sin airarse (27:9–10), entonces también aprenderá a conocer la forma de actuar del Señor y a andar en un camino recto (27:11). Eso no puede decirse excesivamente fuerte o con demasiada frecuencia: pretender que se está buscando a Dios sin una transformación concurrente de la vida ni una conformidad creciente a sus caminos es un sinsentido malvado y peligroso.

(4) El Señor es mi esperanza (27:13–14). Por muy cierto que sea que Dios es el refugio del creyente, en ocasiones no parece ser cierto en este mundo caído y destrozado. La verdad es que la escala del tiempo del Señor difícilmente es la misma que la nuestra. Muchas veces, él exige que le esperemos pacientemente: sus tiempos son perfectos. La vindicación de su pueblo tiene lugar de forma frecuente en la historia (27:13), pero raramente tan pronto como queremos; sin embargo, cuando lo haga de manera definitiva, su valor será incalculable. “Pon tu esperanza en el Señor; ten valor, cobra ánimo; ¡pon tu esperanza en el Señor!” (27:14).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 232). Barcelona: Publicaciones Andamio.

1 Samuel 11 | Romanos 9 | Jeremías 48 | Salmo 25

19 AGOSTO

1 Samuel 11 | Romanos 9 | Jeremías 48 | Salmo 25

Uno de los temas impactantes en los salmos, especialmente los de David, es el de los enemigos, algo que inquieta a muchos cristianos. ¿Acaso no nos dice Jesús que amemos a nuestros enemigos (Mateo 5:43–47)? Aquí, David pide a Dios que no los deje triunfar sobre él (Salmos 25, especialmente v. 1), los llama traidores (25:3) y se queja de que han aumentado y le odian desmedidamente (25:19). No debemos atribuir estas dos posturas a diferencias entre el nuevo pacto y el antiguo.

Detengámonos en algunas reflexiones preliminares:

(1) Incluso las enseñanzas de Jesús que instan a sus seguidores a amar a sus enemigos presuponen que los tienen. El mandato de Jesús de amar a nuestros enemigos no debe reducirse a la noción sentimental de que todos nos volvamos tan “buenos” que nunca los tengamos.

(2) Los creyentes del Nuevo Testamento pueden tener enemigos a los que deben enfrentarse en ciertos ámbitos. El apóstol Pablo, por ejemplo, dice que ha entregado a Himeneo y Alejandro a Satanás para que aprendan a no blasfemar (1 Timoteo 1:20). Tanto 2 Pedro 2 como Judas emplean un lenguaje muy elocuente para denunciar a los principales enemigos del Evangelio. Aunque esté hablando en un sentido hiperbólico, Pablo desea que los agitadores de Galacia se mutilen (Gálatas 5:12). El propio Señor Jesús, el mismo que, muriendo en la cruz, clamó: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (23:34), denuncia a sus enemigos en otros pasajes con un lenguaje espectacularmente vívido (Mateo 23). Es difícil no llegar a la conclusión de que, a no ser que acusemos a Jesús y los apóstoles de contradecirse de forma hipócrita, la exigencia de amar a nuestros enemigos no debe reducirse a una necedad sentimental que simplemente pretende que estos no existen.

(3) Se puede defender muy bien la opinión de que el objetivo principal de Mateo 5:43–47 es erradicar las represalias personales, evitar la venganza, vencer el mal que recibimos con el bien que hacemos, asumir el odio de un oponente y devolver amor. No obstante, ninguna de estas cosas niega en absoluto que la otra persona sea un enemigo. Además, los que ostentan el liderazgo pueden, desde el amor, sentirse obligados a proteger el rebaño persiguiendo al lobo con piel de oveja, dejando en entredicho al charlatán y denunciando al malvado, sin caer en la tentación de llevarlo al terreno personal.

(4) Existe un indicio que muestra si nuestra reacción se produce por el odio y el deseo de venganza o por una cuestión de principios basados en el amor a la santidad de Dios, que dejan lugar a la paciencia y el amor. Se trata de los compromisos relacionados con la misma. En el caso de David, estos incluyen la confianza (25:1–3, 4–5, 7b, 16, 21), el arrepentimiento y la fe (25:7, 11, 18), y la fidelidad al pacto (25:10).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, pp. 231–232). Barcelona: Publicaciones Andamio.

1 Samuel 10 | Romanos 8 | Jeremías 47 | Salmos 23–24

18 AGOSTO

1 Samuel 10 | Romanos 8 | Jeremías 47 | Salmos 23–24

Jeremías 47 es muy interesante aunque sea un capítulo corto. Comienza con una profecía relativa a la destrucción de las ciudades-Estado filisteas situadas a lo largo de la costa y acaba con una de las muestras de angustia más sugerentes en la última parte de este libro.

En primer lugar, la profecía (47:1–5). No sabemos con certeza cuándo se produjo exactamente: vino a Jeremías “antes de que el faraón atacara Gaza”. Pudo tener lugar cuando el faraón Necao de Egipto marchó hacia el norte para atacar Harán en 609 a.C. Gaza, una de las ciudades-Estado filisteas, se encontraba en su ruta. Sin embargo, aunque esto muestra que la profecía vino a Jeremías antes de que acabase la época de dominio egipcio, la misma no se refería a un ataque de Egipto, sino de Babilonia: las aguas que “inundan la tierra y todo lo que contiene” proceden “del norte” (47:2), la dirección desde la que llegarían los babilonios. La descripción de la consiguiente destrucción es terrible. El pánico alcanzaría tal extremo que los padres abandonarían a sus hijos (47:3). El versículo 4 puede traducirse erróneamente. El texto hebreo dice literalmente “cortar a Tiro y a Sidón” y esta expresión puede significar que no permitirían que la ayuda de estas ciudades fenicias llegase a las filisteas, al sur de ellas. En cualquier caso, quien destruye a los filisteos es el Señor, independientemente del ejecutor (47:4). Gaza y Ascalón (47:5) eran dos de sus principales ciudades. “Caftor” (47:4) es el nombre antiguo de Creta, de donde vinieron los filisteos originales. Así pues, decir que el Señor está a punto de destruir “al resto de las costas de Caftor” es una forma poética de describir la destrucción inminente de los filisteos por parte de Dios.

En segundo lugar, la angustia final (47:6–7). Jeremías representa con imágenes muy elocuentes a los filisteos dirigiéndose a la espada del Señor: “¡Ay, espada del SEÑOR! ¿Cuándo vas a descansar? ¡Vuélvete a la vaina! ¡Detente, quédate quieta!” (47:6). Estas palabras dan a entender que los filisteos reconocen que es el Dios de Israel, el propio Señor, quien ha hecho caer sobre ellos el juicio por medio de los babilonios. Aunque se puede interpretar el hebreo de esta forma, también es posible que el propio profeta esté hablando a la espada de Dios. Los filisteos eran paganos y habían oprimido frecuentemente a Israel, pero ahora iban a ser destruidos por los babilonios, el enemigo principal de Judá. Por tanto, Jeremías intercede por ellos. Sin embargo, el versículo final muestra que comprende perfectamente bien que él no tiene poder sobre la espada de Dios. El Señor la dirige, el Dios del justo juicio, y ella hará su trabajo. Así será también en el día final.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 230). Barcelona: Publicaciones Andamio.

1 Samuel 9 | Romanos 7 | Jeremías 46 | Salmo 22

17 AGOSTO

1 Samuel 9 | Romanos 7 | Jeremías 46 | Salmo 22

La soberanía de Dios sobre todas las naciones es un tema común entre los profetas bíblicos. Es algo obvio para todos los que leen estas páginas. Sin embargo, en el mundo antiguo, casi todos los pueblos tenían sus propios dioses. Así pues, cuando iban a la guerra, oraban a ellos; si una nación caía derrotada, sus dioses también. Quedaba claro que no eran tan fuertes como los de los vencedores.

No obstante, el Dios de Israel sigue diciendo que él gobierna sobre todo el universo, sobre todos los pueblos. No es una deidad tribal en el sentido de que pertenezca exclusivamente a los israelitas. Esta es la razón por la que, en muchos capítulos de Isaías y Jeremías, el Señor afirma que él mismo es quien levanta a Asiria y Babilonia para castigar a Israel. En otras palabras, la derrota de este no indica la de Dios. Todo lo contrario: él sigue declarando que, si Israel es derrotado y castigado, es sólo porque él lo ha ordenado, y lo hace utilizando justo a las naciones que Israel teme.

Sin embargo, existen otros factores a tener en cuenta. Dios usa a estas naciones paganas, pero también les exige responsabilidades. Por supuesto, no se puede esperar de ellas una obediencia absoluta a toda la ley de Moisés, pues no forman parte de la comunidad del pacto, pero el Señor las somete a un modelo de decencia y justicia básica. Así pues, después de utilizar a Asiria para castigar al reino norteño de Israel, Dios se vuelve contra ella por su arrogancia (Isaías 10:5ss.; véase la meditación del 12 de mayo). Del mismo modo, algunos de los profetas de Israel pronuncian palabras de juicio y advertencia, a veces de esperanza, contra las naciones vecinas sobre las que su propio Dios es totalmente soberano. Es lo que encontramos en Jeremías 46–51 y otros partes de la Escritura (p. ej., Isaías 13–23; Ezequiel 25–32; Amós 1:3–2:3).

El capítulo que nos ocupa (Jeremías 46) comienza la sección más larga con una palabra del Señor relativa a Egipto. La primera parte (46:2–12) detalla su derrota decisiva en la batalla de Carquemis en 605 a.C., a raíz de la cual Babilonia pasó a dominar la región. La segunda parte (46:13–26) anuncia otra derrota más de Egipto ante los babilonios, comandados esta vez por Nabucodonosor. Se refiere con casi toda seguridad al mismo ataque predicho en 43:10, parte de la razón por la que los judíos que permanecieron en Judá no debían descender a Egipto (como hicieron, alrededor de 586). Las Escrituras no recogen este episodio, pero existen inscripciones que prueban que Nabucodonosor invadió Egipto en una expedición de castigo en 568–567.

¿Por qué se incluyó este capítulo en el libro en este momento?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 229). Barcelona: Publicaciones Andamio.

1 Samuel 7–8 | Romanos 6 | Jeremías 44 | Salmos 20–21

16 AGOSTO

1 Samuel 7–8 | Romanos 6 | Jeremías 44 | Salmos 20–21

Hasta donde sabemos, Jeremías 44 contiene la última profecía de Jeremías. La del capítulo siguiente está fechada explícitamente en un periodo anterior, y probablemente el grupo de profecías contra las naciones, que encontramos en las capítulos 46–51, también pertenecen a una época previa. Las palabras que tenemos ante nosotros son la última declaración pública de Jeremías recogida.

No podemos decir que el ministerio de Jeremías acabase de forma destacada. Todos somos llamados a ser fieles; y algunos lo son en tiempos problemáticos y decadentes. No valoremos la labor del profeta según la cantidad de personas que convenció, de desastres de los que advirtió o de avivamientos que experimentó. Debemos hacerlo analizando si fue o no fiel a Dios, si agradó o no al Señor. Con nosotros, es exactamente igual. Dudo que muchos de los que vivimos en Occidente hayamos comprendido la gran influencia que ejerce el síndrome del éxito sobre nuestra vida y la de los demás; en algunas ocasiones porque nos hace estar ávidos de éxito a toda costa, y en otras, porque nos hace sospechar del mismo en todo momento, en una forma de pseudoespiritualidad invertida. No obstante, el éxito no es lo importante; lo es la fidelidad.

Lo que encontramos en este capítulo es una rebelión irreparable. Los judíos de Egipto, tanto los que han descendido allí como los que aparentemente se habían asentado con anterioridad en esa tierra en un intento de escapar de las dificultades que acontecían en su patria, han sustituido los dioses cananeos que adoraban en su casa por las deidades egipcias que les rodean. La manera como interpretan su propia historia es totalmente diferente a la de Jeremías. Se remontan a la época en la que dejaron su adoración pagana (44:17–18): están pensando probablemente en la reforma llevada a cabo por el rey Josías. Los desastres que han caído sobre ellos han tenido lugar desde entonces. Así pues, razonan que deben servir a la Reina del Cielo y otras deidades paganas, y se deciden a hacerlo.

Debemos aprender dos importantes lecciones. En primer lugar, siempre podemos interpretar la historia de una forma que demuestre casi cualquier cosa que queramos. No quiere decir que no debamos saber nada de la misma, porque el Señor mismo dice al pueblo lo que deberían haber aprendido. Significa que lo que el pueblo de Dios debe aprender de ella tiene que estar moldeado por la lente de la revelación escrita del Todopoderoso, por su palabra profética, por nuestros votos del pacto. No podemos esperar que los paganos estén siempre de acuerdo con nuestra visión de la historia. En segundo lugar, este capítulo demuestra, en los términos más duros, que no hay esperanza para la raza del pacto, ninguna, fuera de la intervención de la gracia.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 228). Barcelona: Publicaciones Andamio.

1 Samuel 4 | Romanos 4 | Jeremías 42 | Salmo 18

14 AGOSTO

1 Samuel 4 | Romanos 4 | Jeremías 42 | Salmo 18

Se cuenta una vieja anécdota de un hombre disoluto que escuchó un mensaje religioso, el cual le hizo pensar que debía reordenar su vida. Fue a hablar con un pastor. Este le dijo que lo mejor para él era dejar el alcohol, las mujeres y el juego. El hombre se quedó pensativo unos instantes, y dijo: “¿Sabe? Creo que no merezco lo mejor”. ¿Qué es lo segundo mejor?

Podríamos pensar que, tras la catastrófica destrucción de Jerusalén, anunciada durante mucho tiempo por Jeremías, el profeta gozaría de una enorme credibilidad entre los supervivientes. La triste realidad es que sólo la tiene hasta el punto de que se dirigen a él para consultarle, pero nada más (Jeremías 42). Únicamente les interesa la aprobación divina para el plan que ellos mismos han elaborado. No quieren lo mejor de Dios, o su voluntad, sino que él apruebe lo que ellos desean. Jeremías busca a Dios prudentemente y, diez días más tarde (42:7), la palabra del Señor viene a él. El contenido del mensaje es el siguiente: permanece en Judá y Dios te protegerá; huye a Egipto y él lo considerará como una señal más de rebelión. Si lo haces, su ira te perseguirá hasta allí y te destruirá, tal como ha hecho con tantos en Jerusalén y sus alrededores. Incluso en el momento en que está comunicando este mensaje, el profeta ve que las cosas no van bien y que la hostilidad contra el mismo y contra sí mismo se acentúa. El capítulo siguiente (Jeremías 43) recoge el escepticismo burlón de los líderes y su determinación de ignorar al profeta y sus mensajes, de desechar sus palabras por no ser ciertas y de reunir al remanente del pueblo con el fin de viajar a Egipto. Es lo que acaban haciendo, llevando a Jeremías con ellos.

La mayor parte de los movimientos que surgen del fértil terreno de la cristiandad apelan, de una forma u otra, a la voluntad de Dios. Pocos indagan en ella con demasiada profundidad. El Señor está por la evangelización; por tanto, está por la manera en que propongamos llevarlo a cabo y pedimos que su voluntad apruebe nuestros métodos. Dios es amor; así pues, está en contra de la disciplina en la iglesia excepto en los casos más graves (que nunca se dan y, si lo hacen, quedan rápidamente cubiertos por el amor del Señor), y suplicamos que su voluntad apruebe nuestra determinación de ser buenos. Dios quiere que su pueblo sea santo y apartado para él; por tanto, debemos unirnos, aislarnos del mundo y lanzar púas llenas de odio a todos los que no estén de acuerdo con nosotros. De nuevo, pedimos que la voluntad de Dios autorice nuestra dureza y cruel condescendencia. Resulta terriblemente fácil caer en esos desdichados pozos. Tan solo hace falta decidirse a no mostrar más interés en la voluntad de Dios que el necesario para la aprobación de nuestras preferencias.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 226). Barcelona: Publicaciones Andamio.

1 Samuel 3 | Romanos 3 | Jeremías 41 | Salmo 17

13 AGOSTO

1 Samuel 3 | Romanos 3 | Jeremías 41 | Salmo 17

El relato del asesinato de Guedalías y sus repercusiones (Jeremías 41) es cruel y desagradable.

(1) El responsable de la muerte de Guedalías, Ismael hijo de Netanías (40:8; 41:1), era un hombre de sangre real y puede que se enfureciese al no ser elegido por los babilonios para gobernar al pueblo. Es sorprendente ver a personas ávidas de poder incluso cuando lo único sobre lo que se puede gobernar es desastre y pobreza.

(2) La profundidad de la perfidia de Ismael se representa de forma elocuente. Matar a una persona en la comida que se comparte con ella era mucho más impactante en el siglo VI a.C. que en nuestra época, aunque estemos acostumbrados a las novelas de Agatha Christie y otras parecidas. Además, la ira de Ismael era tan grande que mata a otros muchos, incluyendo a los soldados babilonios que habían quedado supervisando la situación. El motivo de la siguiente atrocidad no está muy claro (41:4–7): puede que Ismael sospechase de cualquiera que estuviese interesado en servir a Guedalías (41:6), o quizás la situación política, aún terriblemente inestable después de la guerra, provocó que se decidiese a robar y sembrar el caos. Esta opción de ve reforzada por el hecho de que algunos de los peregrinos salvasen su vida al decir a Ismael que tenían comida escondida (41:8).

(3) Johanán hijo de Carea fue el primero que advirtió a Guedalías acerca de la conspiración de Ismael (40:13–14). Ahora, es igualmente rápido a la hora de reunir un grupo de hombres y salir tras Ismael y los que se han llevado prisioneros (41:11–12). Aunque este y ocho de los suyos escapan, rescatan a los cautivos (41:14–15).

(4) Ahora, Johanán

 se pregunta qué hacer. Su gente y él tienen miedo de que, cuando las noticias del asesinato de Guedalías y los demás lleguen a Babilonia, Nabucodonosor monte en cólera y envíe de vuelta a su ejército para que mate a todos los que queden. Así pues, se dirige hacia el sur, hacia Egipto, haciendo un alto cerca de Belén (justo al sur de Jerusalén) para reunir a todos los que quieran escapar con él.

(5) Teológicamente, todos estos acontecimientos forman parte de la devastación absoluta que cayó sobre Judá. La ciudad y el templo destruidos; la dinastía davídica terminada; todos los líderes, artesanos, sacerdotes y demás, deportados en oleadas (véase 52:28–30). Y ahora, justo cuando parecía que un buen hombre, Guedalías, podía guiar de algún modo a la nación hacia una recuperación económica y política, lo asesinan. Además, los pocos líderes que quedan temen a los babilonios y huyen a Egipto. Sin ser conscientes de lo que están haciendo, están cumpliendo de forma perfecta las profecías de destrucción total que Jeremías ha pronunciado durante cuatro décadas.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 225). Barcelona: Publicaciones Andamio.

1 Samuel 2 | Romanos 2 | Jeremías 40 | Salmos 15–16

12 AGOSTO

1 Samuel 2 | Romanos 2 | Jeremías 40 | Salmos 15–16

Cuando Jerusalén cayó en 587 a.C. (Jeremías 39), Sedequías sufrió un castigo horrible, aunque poco severo teniendo en cuenta las costumbres de la época relativas a los asedios. En cuanto a Jeremías, las noticias de sus profecías acerca de la caída de la ciudad llegaron probablemente hasta Nabucodonosor a través de los cautivos (este no se encontraba personalmente en Jerusalén, pero tenía un cuartel general en Ribla, dejando el asalto final en manos de su comandante Nabuzaradán). En consecuencia, el emperador dio órdenes de tratar bien al profeta (39:12). En un principio, se llevaron a cabo y enviaron a Jeremías a Guedalías (39:13–14), que pasó a ser el nuevo gobernador de la región después de que las tropas imperiales se retirasen, llevando consigo innumerables cautivos al exilio.

Estos hechos establecen el escenario de Jeremías 40. El marco de la historia es bastante simple; los últimos versículos de la narración instan a reflexionar acerca de un importante asunto. Primero, el marco: los babilonios reunieron en Ramá a los que iban a ser deportados al exilio. Este lugar, situado a unos ocho kilómetros al norte de Jerusalén, sirvió como punto de partida. A pesar de las instrucciones de Nabucodonosor de dejar a Jeremías con Guedalías, el profeta acabó de alguna forma en este grupo (40:1). Cualquier persona familiarizada con la confusión de la guerra entenderá lo fácilmente que pudo ocurrir este error. El comandante Nabuzaradán lo liberó y le ofreció llevarlo a Babilonia; probablemente, su prestigio aumentaría al volver a casa como protector de un gran profeta que había predicho el éxito de Babilonia. No obstante, Jeremías era libre para tomar su propia decisión y optó por permanecer con el remanente en Judá. Nabuzaradán le dio comida y un regalo (40:5), un ejemplo más de que un profeta recibe frecuentemente honra de todos excepto de los más cercanos a él (cp. Mateo 13:57).

Seguidamente, el relato se apresura a describir las primeras etapas del mandato de Guedalías. Este hombre hizo lo correcto en casi todos los frentes. Instó a los pobres a asentarse, cultivar la tierra y reunir la cosecha. Se acercó a “los demás jefes militares que estaban en el campo” (40:13), una guerrilla potencialmente peligrosa que podría desencadenar el tipo de anarquía que desataría de nuevo la ira de Babilonia. Incluso los que habían huido a las naciones vecinas comenzaron a volver a casa (40:11–12), animados por los movimientos del gobernador para garantizar la estabilidad. Sin embargo, la gran debilidad de Guedalías fue que, a pesar del mal de los años anteriores, no creía que este pudiese producirse, que hubiese personas malvadas dispuestas a hacer daño. No era consciente de que en ocasiones un líder debe enfrentarse al mal. Guedalías fue un buen hombre en muchos aspectos, pero pagó con su vida su optimismo redomado.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 224). Barcelona: Publicaciones Andamio.

1 Samuel 1 | Romanos 1 | Jeremías 39 | Salmos 13–14

11 AGOSTO

1 Samuel 1 | Romanos 1 | Jeremías 39 | Salmos 13–14

Un amigo mío dio una vez una conferencia evangelística en la universidad, titulada “Los ateos son necios y los agnósticos, cobardes”. No hace falta decir que atrajo a una multitud considerable, aunque esta era bastante hostil. Se puede discutir si fue sabio desde un punto de vista táctico poner semejante título a su comparecencia en un escenario como aquel. Lo que está fuera de toda duda es que mi amigo estaba siendo fiel a las Escrituras: “Dice el necio en su corazón: ‘No hay Dios’ ” (Salmos 14:1). De hecho, el texto de la Escritura es más elocuente que su traducción al castellano. En hebreo, la palabra “necio” es un término de desaprobación moral que indica perversidad, grosería y agresividad. Pablo entendió el sentido: “Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios” (1:22). Después de todo, “lo que se puede conocer acerca de Dios es evidente para ellos, pues él mismo se lo ha revelado” (1:19) y “como estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios, él a su vez los entregó a la depravación mental” (Romanos 1:28). Según la Biblia, el ateísmo, es en última instancia, una rebelión desafiante y obstinada, más que el producto de una búsqueda equivocada o un tipo de error intelectual.

El hecho de que la mayoría no considere el ateísmo como tal es en sí mismo un indicio de nuestra depravación. Los ateos más instruidos admiten

habitualmente la relación existente entre la moralidad y la creencia, entre la inmoralidad y la incredulidad. Huxley escribió un famoso pasaje en el cual reconoce que una de las fuerzas motrices del naturalismo ateo es el deseo de erradicar toda clase de condena moral de las conductas condenables. En otro párrafo no menos famoso, Michel Foucault, uno de los teóricos del posmodernismo, confiesa abiertamente que lo importante para él era destruir las nociones de verdad y moralidad porque quería justificar su propia conducta sexual. Foucault murió de SIDA poco tiempo atrás.

No debemos aplicar este texto de forma errónea. Existen muchos ateos honestos dentro del marco de sus propias presuposiciones. Sin embargo, este marco es incorrecto. No lo establece un solo individuo. Se va formando pieza a pieza hasta que ciertas creencias se hacen culturalmente posibles, seguidamente probables, finalmente inevitables, y cada generación, cada individuo, han contribuido a esta inmensa rebelión, este deseo de autonomía que se niega a reconocer los derechos de nuestro Hacedor y nuestras obligaciones con él. El ateísmo no se vuelve simplemente una elección individual, sino también una degeneración social. La consecuencia definitiva es la condenación total de Salmos 14:2–3. Compárese con Romanos 3:10–18). Al final del día, solo encontraremos ayuda en el Señor (14:7).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 223). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Rut 3–4 | Hechos 28 | Jeremías 38 | Salmos 11–12

10 AGOSTO

Rut 3–4 | Hechos 28 | Jeremías 38 | Salmos 11–12

No es fácil ver la relación entre los acontecimientos de Jeremías 38 y los de 37:11–21. Algunos creen que son dos episodios totalmente diferentes de la vida del profeta; otros creen que el capítulo 38 es una ampliación del anterior. Sea cual sea la realidad, el diálogo final entre Jeremías y el rey Sedequías al final del capítulo exige una reflexión seria.

Los acontecimientos en sí son fácilmente comprensibles. El profeta ha estado predicando durante décadas la inminente destrucción de Jerusalén. En su mayoría, el pueblo lo ha ignorado o se ha burlado de él. Con las tropas de Nabucodonosor alrededor de los muros, sin embargo, la credibilidad de Jeremías se encuentra, sin duda, en su punto más alto. Así pues, cuando comunica de parte del Señor que quien permanezca en la ciudad morirá por la espada, el hambre o la peste, mientras que los que se rindan sobrevivirán (38:2), es mucho más probable que lo crean ahora que hace cinco años. Sin embargo, los oficiales de la ciudad no consideran que esas palabras provengan del Señor y las entienden como una traición, con el efecto pernicioso de socavar la confianza de las tropas restantes.

El castigo al que se enfrenta el profeta es desagradable. En esa época, la mayor parte de las casas tenían cisternas, a menudo con forma de garrafa, para almacenar agua potable. La que se utiliza para recluir a Jeremías no tenía uso, pero había una gruesa capa de barro en su fondo. Abandonado en ella durante un largo tiempo, probablemente sin comida ni agua, el profeta moriría.

Lo que salva a Jeremías, humanamente hablando, es que el rey Sedequías sigue buscando su consejo. El profeta no tiene miedo alguno. Aunque no sea políticamente correcto, dice al rey que debería obedecer al Señor y someterse a los babilonios: la alternativa es ir directos al desastre (38:20–21). Para Sedequías, eso quizás sería difícil de creer por razones históricas: en los asedios de la antigüedad, los que resistían tanto como lo hizo Jerusalén eran ejecutados aunque se rindiesen. Además, existía otra razón por la que le resultaba difícil creer las palabras del profeta: seguía dependiendo en gran manera de sus “amigos”, que, según el profeta, serían motivo de escarnio un día como aliados inútiles que llevaron al rey al fango (38:22).

La yuxtaposición de los capítulos 37 y 38 (la meditación de ayer y la de hoy) no es accidental. El liderazgo del pueblo de Dios puede ser desastroso, con unos subordinados que son mejores pero muy débiles o miedosos para llevar a cabo ese cambio tan desesperadamente necesario (Jeremías 37). Otra opción es que sea débil o corrupto a través de su jerarquía, con el máximo mandatario demasiado indeciso o sin fuerza para limpiar su gobierno. Lo más triste de todo es que existan instituciones cristianas en las que la debilidad o la corrupción prevalezcan en todos los niveles.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 222). Barcelona: Publicaciones Andamio.