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1 Samuel 11 | Romanos 9 | Jeremías 48 | Salmo 25

19 AGOSTO

1 Samuel 11 | Romanos 9 | Jeremías 48 | Salmo 25

Uno de los temas impactantes en los salmos, especialmente los de David, es el de los enemigos, algo que inquieta a muchos cristianos. ¿Acaso no nos dice Jesús que amemos a nuestros enemigos (Mateo 5:43–47)? Aquí, David pide a Dios que no los deje triunfar sobre él (Salmos 25, especialmente v. 1), los llama traidores (25:3) y se queja de que han aumentado y le odian desmedidamente (25:19). No debemos atribuir estas dos posturas a diferencias entre el nuevo pacto y el antiguo.

Detengámonos en algunas reflexiones preliminares:

(1) Incluso las enseñanzas de Jesús que instan a sus seguidores a amar a sus enemigos presuponen que los tienen. El mandato de Jesús de amar a nuestros enemigos no debe reducirse a la noción sentimental de que todos nos volvamos tan “buenos” que nunca los tengamos.

(2) Los creyentes del Nuevo Testamento pueden tener enemigos a los que deben enfrentarse en ciertos ámbitos. El apóstol Pablo, por ejemplo, dice que ha entregado a Himeneo y Alejandro a Satanás para que aprendan a no blasfemar (1 Timoteo 1:20). Tanto 2 Pedro 2 como Judas emplean un lenguaje muy elocuente para denunciar a los principales enemigos del Evangelio. Aunque esté hablando en un sentido hiperbólico, Pablo desea que los agitadores de Galacia se mutilen (Gálatas 5:12). El propio Señor Jesús, el mismo que, muriendo en la cruz, clamó: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (23:34), denuncia a sus enemigos en otros pasajes con un lenguaje espectacularmente vívido (Mateo 23). Es difícil no llegar a la conclusión de que, a no ser que acusemos a Jesús y los apóstoles de contradecirse de forma hipócrita, la exigencia de amar a nuestros enemigos no debe reducirse a una necedad sentimental que simplemente pretende que estos no existen.

(3) Se puede defender muy bien la opinión de que el objetivo principal de Mateo 5:43–47 es erradicar las represalias personales, evitar la venganza, vencer el mal que recibimos con el bien que hacemos, asumir el odio de un oponente y devolver amor. No obstante, ninguna de estas cosas niega en absoluto que la otra persona sea un enemigo. Además, los que ostentan el liderazgo pueden, desde el amor, sentirse obligados a proteger el rebaño persiguiendo al lobo con piel de oveja, dejando en entredicho al charlatán y denunciando al malvado, sin caer en la tentación de llevarlo al terreno personal.

(4) Existe un indicio que muestra si nuestra reacción se produce por el odio y el deseo de venganza o por una cuestión de principios basados en el amor a la santidad de Dios, que dejan lugar a la paciencia y el amor. Se trata de los compromisos relacionados con la misma. En el caso de David, estos incluyen la confianza (25:1–3, 4–5, 7b, 16, 21), el arrepentimiento y la fe (25:7, 11, 18), y la fidelidad al pacto (25:10).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, pp. 231–232). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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