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1 Samuel 4 | Romanos 4 | Jeremías 42 | Salmo 18

14 AGOSTO

1 Samuel 4 | Romanos 4 | Jeremías 42 | Salmo 18

Se cuenta una vieja anécdota de un hombre disoluto que escuchó un mensaje religioso, el cual le hizo pensar que debía reordenar su vida. Fue a hablar con un pastor. Este le dijo que lo mejor para él era dejar el alcohol, las mujeres y el juego. El hombre se quedó pensativo unos instantes, y dijo: “¿Sabe? Creo que no merezco lo mejor”. ¿Qué es lo segundo mejor?

Podríamos pensar que, tras la catastrófica destrucción de Jerusalén, anunciada durante mucho tiempo por Jeremías, el profeta gozaría de una enorme credibilidad entre los supervivientes. La triste realidad es que sólo la tiene hasta el punto de que se dirigen a él para consultarle, pero nada más (Jeremías 42). Únicamente les interesa la aprobación divina para el plan que ellos mismos han elaborado. No quieren lo mejor de Dios, o su voluntad, sino que él apruebe lo que ellos desean. Jeremías busca a Dios prudentemente y, diez días más tarde (42:7), la palabra del Señor viene a él. El contenido del mensaje es el siguiente: permanece en Judá y Dios te protegerá; huye a Egipto y él lo considerará como una señal más de rebelión. Si lo haces, su ira te perseguirá hasta allí y te destruirá, tal como ha hecho con tantos en Jerusalén y sus alrededores. Incluso en el momento en que está comunicando este mensaje, el profeta ve que las cosas no van bien y que la hostilidad contra el mismo y contra sí mismo se acentúa. El capítulo siguiente (Jeremías 43) recoge el escepticismo burlón de los líderes y su determinación de ignorar al profeta y sus mensajes, de desechar sus palabras por no ser ciertas y de reunir al remanente del pueblo con el fin de viajar a Egipto. Es lo que acaban haciendo, llevando a Jeremías con ellos.

La mayor parte de los movimientos que surgen del fértil terreno de la cristiandad apelan, de una forma u otra, a la voluntad de Dios. Pocos indagan en ella con demasiada profundidad. El Señor está por la evangelización; por tanto, está por la manera en que propongamos llevarlo a cabo y pedimos que su voluntad apruebe nuestros métodos. Dios es amor; así pues, está en contra de la disciplina en la iglesia excepto en los casos más graves (que nunca se dan y, si lo hacen, quedan rápidamente cubiertos por el amor del Señor), y suplicamos que su voluntad apruebe nuestra determinación de ser buenos. Dios quiere que su pueblo sea santo y apartado para él; por tanto, debemos unirnos, aislarnos del mundo y lanzar púas llenas de odio a todos los que no estén de acuerdo con nosotros. De nuevo, pedimos que la voluntad de Dios autorice nuestra dureza y cruel condescendencia. Resulta terriblemente fácil caer en esos desdichados pozos. Tan solo hace falta decidirse a no mostrar más interés en la voluntad de Dios que el necesario para la aprobación de nuestras preferencias.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 226). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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