El pueblo a él cercano

15 de septiembre

«El pueblo a él cercano»

Salmo 148:14

La dispensación del Antiguo Pacto era la dispensación de la distancia: cuando Dios apareció a su siervo Moisés, le dijo: «No te acerques; quita tu calzado de tus pies» (Éx. 3:5). Y cuando en el monte Sinaí se manifestó a su pueblo escogido y separado, uno de los primeros mandamientos que le dio a Moisés fue: «Señalarás término al pueblo en derredor [del monte]» (Éx. 19:12). Tanto en el culto del Tabernáculo como en el del Templo, la idea de la distancia era siempre prominente. El vulgo no entraba siquiera en el atrio exterior; en el atrio interior solo podían atreverse a entrar los sacerdotes; mientras que en el lugar más secreto (es decir, en el Lugar Santísimo) entraba solo el Sumo Sacerdote una vez al año. Era como si el Señor quisiera enseñar a los hombres, en aquellos tiempos primitivos, que el pecado le es tan enteramente repugnante que tenía que tratarlos como a leprosos, echándolos fuera del campamento. Y aunque se acercaba a ellos, les hacía sentir, sin embargo, la magnitud de la separación que había entre él (un Dios Santo) y ellos: impuros pecadores. Cuando se empezó a predicar el evangelio, se nos puso sobre una base muy distinta, reemplazándose la palabra «aléjate» por «acércate». La distancia dio paso a la proximidad, y quienes en otro tiempo habíamos estado lejos fuimos hechos cercanos por la sangre de Cristo. La Deidad encarnada no tiene en derredor suyo ninguna muralla de fuego: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar», fue la jubilosa proclama de Dios en los días de su carne. Ahora él no le enseña al leproso desde cierta distancia, sino que sufre en sí mismo el castigo de la corrupción de este. ¡Qué posición de seguridad y privilegio supone haber sido hechos cercanos a Dios por medio de Jesús! ¿Conoces esto por experiencia? Y si lo conoces, ¿estás viviendo en el poder de esa posición? Es maravilloso vivir cerca de Dios en este mundo; sin embargo, a esta dispensación presente le seguirá otra de una comunión más íntima aún, cuando se dirá: «He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos» (Ap. 21:3). ¡Oh Señor, apresura ese día!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 269). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Te manifesté mi pecado, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al SEÑOR; y tú perdonaste la culpa de mi pecado

14 de septiembre

«Te manifesté mi pecado, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al SEÑOR; y tú perdonaste la culpa de mi pecado».

Salmo 32:5 (LBLA)

El dolor que padeció David por su pecado fue amargo. Los efectos del mismo se hicieron visibles en su propio cuerpo: «se envejecieron [sus] huesos»; «se volvió [su] verdor en sequedades de verano». David no logró encontrar remedio hasta que hizo una completa confesión delante del Trono de la gracia celestial. Él nos cuenta cómo, por algún tiempo, estuvo callado y su corazón se llenó más y más de amargura. Como un pequeño lago entre las montañas, cuya salida está bloqueada, así su alma se hallaba inundada por torrentes de aflicción. David buscó excusas, se esforzó en desviar sus pensamientos, pero todo fue en vano. Como una llaga que se ulcera, su dolor se fue agravando; y ya que él no quería usar la lanceta de la confesión, su espíritu se atormentaba más cada vez y no hallaba descanso. Por fin, llegó a la conclusión de que tenía que volver a Dios en humilde arrepentimiento o morir de manera irremediable. Se dirigió, pues, de inmediato al propiciatorio y allí extendió el rollo de sus iniquidades delante de Dios, que todo lo ve, confesando su mal por entero con palabras semejantes a las del Salmo 51 y otros salmos penitenciales. Una vez hecho esto (un acto sencillo y, sin embargo, muy difícil para el orgullo), recibió enseguida el perdón divino. Los huesos que habían estado abatidos se recrearon de nuevo, y David salió de su encierro para cantar las bienaventuranzas del hombre cuyas iniquidades han sido perdonadas. ¡Mira el valor que tiene una confesión de pecados obrada por la gracia divina! Esa confesión debe tenerse en mucho, ya que en todos los casos en que hay una confesión genuina, el perdón se otorga gratuitamente; no porque el arrepentimiento y la confesión merezcan dicho perdón, sino por el amor de Cristo. ¡Bendito sea Dios, porque siempre hay una cura para el corazón quebrantado! La fuente está fluyendo continuamente a fin de limpiarnos de nuestros pecados. En verdad, oh Señor, eres un Dios «pronto a perdonar»; por consiguiente, reconoceremos nuestras iniquidades.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 268). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Éste a los pecadores recibe

13 de septiembre

«Éste a los pecadores recibe».

Lucas 15:2

Observa la condescendencia de Cristo: «Éste» —Jesús— que se eleva sobre todos los hombres como santo, inocente, limpio y apartado de los pecadores, recibe a estos últimos. Éste, que no es otro que el eterno Dios, ante quien los ángeles cubren sus rostros, acoge a los pecadores. Se necesitaría la lengua de un ángel para describir tan portentosa condescendencia de amor. El que alguno de nosotros se muestre dispuesto a buscar a los perdidos no tiene nada de admirable, porque se trata de nuestros semejantes; pero que él, el Dios ofendido, contra quien se ha cometido la transgresión, tome forma de siervo, lleve el pecado de muchos y se muestre dispuesto a recibir al más vil de los viles, resulta portentoso.

«Éste a los pecadores recibe». No lo hace, sin embargo, para que ellos continúen siendo pecadores, sino para perdonarles sus pecados, justificarlos, limpiar sus corazones con la santificadora Palabra de Dios, preservar sus almas convirtiéndolas en morada del Espíritu Santo, y permitirles que le sirvan haciendo públicas sus alabanzas y teniendo comunión con él. Jesús recibe a los pecadores con el amor de su corazón; los saca del estercolero y los lleva como joyas en su corona; los arrebata del fuego cual tizones y los preserva como costosos monumentos de su gracia. En la presencia de Cristo, nada es más precioso que los pecadores por los cuales él murió. Cuando Jesús recibe a los pecadores, no lo hace en la puerta de la calle, ni los admite por caridad en algún lugar improvisado como se hace con los mendigos que están de paso, sino que abre las puertas de oro de su regio corazón y él mismo les da la bienvenida; sí, admite al humilde penitente a una unión íntima y personal consigo y lo hace miembro de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. ¡Nunca ha habido un recibimiento como este! Y ello es muy cierto aun en esta noche: Jesús recibe aún a los pecadores. ¡Ojalá los pecadores lo reciban a él!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 267). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Misericordia y juicio cantaré

12 de septiembre

«Misericordia y juicio cantaré».

Salmo 101:1

La fe triunfa en las pruebas. Cuando se arroja a la razón en el calabozo de más adentro y se le aprieta los pies en el cepo, la fe hace que los muros del calabozo entonen con alegres notas: «La misericordia y la justicia cantaré; a ti, oh Señor, cantaré alabanzas» (LBLA). La fe arranca la negra máscara del rostro afligido y descubre al ángel que está detrás de ella. La fe mira a la nube y ve que…

Está llena de misericordia y se derramará

con bendiciones sobre su cabeza.

Aun en los juicios con que Dios nos juzga, hay temas para la canción. Tengamos presente: en primer lugar, que la prueba no es tan penosa como hubiera podido ser; en segundo lugar, que no es tan grave la aflicción como merecíamos; y, en tercer lugar, que la carga no resulta tan agotadora como la que otros soportan. La fe reconoce que lo mucho que sufre no lo sufre como castigo: sabe que en ese sufrimiento no hay siquiera una gota de ira divina; sino que el mismo se le envía con amor. La fe descubre, sobre el airado pecho de Dios, un amor que brilla como las joyas. La fe se expresa así en cuanto al dolor: «El dolor es un distintivo de honra; pues el hijo debe ser disciplinado». Y, una vez dicho esto, canta de los preciosos resultados que le han traído sus aflicciones, porque las mismas le produjeron beneficios espirituales. Más aún; la fe dice: «Esta leve tribulación momentánea [me] produce […] un cada vez más excelente y eterno peso de gloria» (2 Co. 4:17). De modo que la fe cabalga sobre el caballo blanco, «venciendo y para vencer», hollando la razón carnal y entonando notas de victoria en medio de lo más reñido del combate.

Es grato si sufrimos / en horas de ansiedad,

saber que desde el Cielo / nos miras con piedad;

que cuentas nuestras penas, / y ves nuestro dolor,

que escuchas nuestros ayes / y envías tu favor.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 266). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

SEÑOR, guíame en tu justicia por causa de mis enemigos

11 de septiembre

«SEÑOR, guíame en tu justicia por causa de mis enemigos».

Salmo 5:8 (LBLA)

Muy amarga es la enemistad del mundo contra el pueblo de Dios. Los hombres olvidan mil faltas de otros, pero exagerarán la más insignificante falla cometida por los seguidores de Jesús. En lugar de lamentarnos, procuremos más bien sacar provecho de esto y, ya que muchos están acechando nuestros titubeos, propongámonos andar muy cuidadosamente delante de Dios. Si vivimos negligentemente, los ojos de lince del mundo pronto nos verán y, con sus centenares de lenguas, esparcirán el embuste exagerado y decorado por el celo del calumniador. El mundo exclamará triunfalmente: «¡Ah, así los quería sorprender! ¡Mira lo que hacen estos cristianos! ¡En realidad, son unos hipócritas!». Obrando de este modo, haremos mucho daño a la causa de Cristo y seremos motivo de que su Nombre se vea afrentado. La cruz de Cristo es en sí misma un escándalo para el mundo; procuremos, pues, no añadir ningún otro escándalo a ella. La cruz de Jesús es «a los judíos, tropezadero»; no pongamos, entonces, más tropiezos donde ya hay más que suficientes. «A los gentiles, [es] locura»: tampoco añadamos nuestra insensatez para dar lugar al escarnio con el que la sabiduría del mundo ridiculiza el evangelio. ¡Qué desconfiados deberíamos ser de nosotros mismos! ¡Cuán rigurosos con nuestras conciencias! ¡Qué prudentes en la presencia de nuestros adversarios, los cuales tergiversan las mejores acciones que ejecutamos y, cuando no pueden hacerlo, ponen en tela de juicio nuestros motivos! Se considera sospechosos a los peregrinos mientras estos atraviesan la Feria de Vanidad. No solo se nos vigila estrechamente, sino que tenemos a nuestro alrededor más espías de los que podemos imaginar. Ese espionaje se efectúa en todas partes donde nos encontremos. Si llegamos a caer en manos de nuestros enemigos, es más que probable que nos muestre bondad un lobo rapaz o compasión un demonio que indulgencia los hombres que sazonan su incredulidad hacia Dios con escándalos contra su pueblo. ¡Oh Señor, guíanos siempre para que nuestros enemigos no nos sorprendan en falta alguna!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 265). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Lobos nocturnos


10 de septiembre

«Lobos nocturnos»

Habacuc 1:8

Mientras preparaba el presente volumen, esta peculiar expresión me venía a la mente muy a menudo; de suerte que, para librarme de su persistente importunidad, decidí dedicarle una página. El lobo nocturno, enfurecido después de un día de hambre, se mostraba más fiero y voraz que por la mañana. ¿No pueden los animales enfurecidos representar nuestras dudas y temores, después de un día de turbación mental, de pérdidas en los negocios y, quizá, de ruines insultos de parte de nuestros prójimos? ¡Cómo rugen en nuestros oídos nuestros propios pensamientos, diciéndonos: «¿Dónde está tu Dios?»! (Sal. 42:3). ¡Tan voraces e insaciables resultan que devoran toda insinuación de bienestar y quedan, sin embargo, tan hambrientos como antes! ¡Oh Gran Pastor, mata a esos lobos nocturnos y ordena a tu rebaño que se recueste en los delicados pastos sin turbarse por la insaciable incredulidad! ¡Qué semejantes son los demonios del Infierno a los lobos de la tarde; pues cuando el rebaño de Cristo está pasando por un día nublado y oscuro y el sol parece ponerse, ellos se apresuran a despedazar y a devorar! Difícilmente atacarán al cristiano a la luz meridiana de la fe; pero sí caerán sobre él cuando el alma se halle entristecida por algún conflicto. ¡Oh tú que diste tu vida por las ovejas, presérvalas de las garras del lobo!

Los falsos maestros que astuta y diligentemente van a la caza de vidas preciosas, devorando a los hombres con sus falsedades, son tan peligrosos y detestables como los lobos nocturnos. La oscuridad es su elemento; la falsedad, su carácter; y la destrucción, su objetivo. Nosotros estamos más expuestos al peligro cuando esos lobos se visten con pieles de ovejas. Feliz el que se libra de ellos; pues miles han sido presa de los fieros lobos que entran en el aprisco de la Iglesia.

¡Qué maravilla de la gracia es cuando se convierten los fieros perseguidores! Pues, entonces, el lobo mora con el cordero y los hombres de cruel e indomable carácter se hacen mansos y dóciles. ¡Oh Señor, convierte a muchos de estos! Por ellos te rogamos en esta noche.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 264). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Y alrededor del trono había veinticuatro tronos; y vi sentados en los tronos a veinticuatro ancianos, vestidos de ropas blancas

9 de septiembre

«Y alrededor del trono había veinticuatro tronos; y vi sentados en los tronos a veinticuatro ancianos, vestidos de ropas blancas».

Apocalipsis 4:4

Aquí se dice que estos representantes de los santos están alrededor del Trono. En el pasaje del Cantar de los Cantares donde Salomón canta del rey que estaba en su reclinatorio (1:12), algunos traducen así la última frase: «Alrededor de la mesa». Por eso hay intérpretes que, sin hacer violencia al texto (en mi opinión) han dicho: «Hay igualdad entre los santos». Esta idea la sugiere la equidistancia de los veinticuatro ancianos. La condición de los espíritus glorificados es de proximidad a Cristo, de clara visión de su gloria, de permanente acceso a su Corte y de íntima amistad con él. No hay diferencia en este particular entre un santo y otro, sino que todo el pueblo de Dios —apóstoles, mártires, ministros o humildes y olvidados cristianos— se sentarán cerca del Trono y allí, por siempre, contemplarán a su exaltado Señor y se satisfarán con el amor de Jesús. Todos estarán cerca de Cristo, todos se sentirán atraídos por su amor, todos comerán y beberán en la misma mesa con él, todos serán amados —sin distinción— como favoritos y amigos, aunque no todos sean recompensados en la misma forma como siervos suyos. ¡Que los creyentes de la tierra imiten a los santos del Cielo en la intimidad que estos tienen con Cristo! Seamos en la tierra como los ancianos en el Cielo, que se sientan alrededor del Trono. ¡Que Cristo sea el objeto de nuestros pensamientos, el centro de nuestras vidas…! ¿Cómo podemos vivir tan lejos de nuestro Amado? ¡Señor Jesús, atráenos cerca de ti mismo! Dinos: «Permaneced en mí, y yo en vosotros» (Jn. 15:4); y permítenos cantar: «Su izquierda esté debajo de mi cabeza y su derecha me abrace» (Cnt. 2:6).

Ni dudas ni temor tendré

estando cerca de Jesús;

rodeado siempre me veré

con los fulgores de su luz.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 263). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¡En la resurrección de Cristo como en nuestra salvación, intervino nada menos que un poder divino!

8 de septiembre

«Y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos».

Efesios 1:19, 20

Tanto en la resurrección de Cristo como en nuestra salvación, intervino nada menos que un poder divino. ¿Qué diremos de los que piensan que la conversión se lleva a cabo solamente por el libre albedrío del hombre y se debe a la excelente disposición de este? Cuando veamos que los muertos se levantan del sepulcro por su propio poder, entonces quizá logremos ver a los impíos pecadores volver a Cristo de su albedrío. No es la Palabra predicada o la Palabra leída lo que, por sí mismo, efectúa la conversión, sino el poder vivificador del Espíritu Santo. Ese poder demostró ser irresistible: los soldados y los sumos sacerdotes no pudieron retener en el sepulcro el cuerpo de Cristo; la muerte misma no fue capaz de mantener a Jesús en sus ligaduras. Así es el poder que actúa en el creyente cuando se le levanta a una vida nueva: nadie lo puede resistir. Ni el pecado, ni la corrupción, ni los demonios del Infierno, ni los pecadores de la tierra son capaces de detener la mano de la gracia divina cuando esta se ha propuesto convertir a un hombre. Si el Dios omnipotente dice: «Lo harás», el hombre no responderá: «No, no lo haré». Observa que el poder que levantó a Cristo de entre los muertos era un poder glorioso, que honraba a Dios y producía espanto en las huestes del mal. Así, la conversión de cada pecador glorifica mucho a Dios. Era ese un poder eterno: «Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él» (Ro. 6:9). Así también nosotros, que hemos resucitado de los muertos, no retrocedamos a nuestras anteriores obras de muerte ni a nuestras corrupciones antiguas, sino vivamos para Dios. Porque él vive, también vivimos nosotros (cf. Jn. 14:19). «Porque [hemos] muerto y [nuestra] vida está escondida con Cristo en Dios» (Col. 3:3). «Como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva» (Ro. 6:4). Finalmente, observa en ese texto bíblico cómo la nueva vida está unida con Jesús. El mismo poder que resucitó a la Cabeza, comunica vida a los miembros. ¡Qué bendición supone resucitar juntamente con Cristo!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 262). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Hay ansiedad como en el mar que no se puede calmar

7 de septiembre

«Hay ansiedad como en el mar que no se puede calmar».

Jeremías 49:23 (LBLA)

Sabemos poco acerca de qué ansiedad puede haber en el mar en estos momentos. Nosotros estamos seguros en nuestras tranquilas habitaciones; pero lejos, en el salado mar, la tempestad estará, quizá, segando las vidas de los hombres. ¡Oye cómo los demonios de la muerte braman entre el cordaje, cómo cruje cada tabla cuando las olas caen como demoledores arietes sobre la nave! ¡Dios te ayude, pobre marinero empapado y fatigado! ¡Mi oración se eleva al Señor del mar y de la tierra para que él calme la tormenta y te conduzca al deseado puerto! No solo debo orar, debo también beneficiar a esos hombres intrépidos que constantemente arriesgan sus vidas. ¿He hecho alguna vez algo por ellos? ¿Qué puedo hacer? ¡Cuán a menudo el turbulento mar se traga a los que navegan por él! Miles de cadáveres yacen en lo profundo, donde están las perlas. Hay en el mar una ansiedad de muerte, que tiene su repercusión en el prolongado gemido de las viudas y los huérfanos. La sal del mar está en muchos ojos de madres y de esposas. ¡Olas crueles, vosotras habéis devorado el amor de las mujeres y el sostén de las familias! ¡Qué resurrección habrá de aquellos que yacen en lo profundo del mar, cuando este entregue sus muertos! Hasta entonces, persistirá la ansiedad en el mar. El mar, como si quisiera mostrar su simpatía con los dolores de la tierra, está siempre agitándose a lo largo de mil riberas; gimiendo con un gemido lastimero, igual que el de sus aves; retumbando con un estrepitoso estallido de desasosiego; enfureciéndose con ruidoso disgusto; irritándose con enardecida ira y riñendo con los ruidos de diez mil guijarros. El rugido del mar, quizá sea placentero para algún espíritu alegre, pero para el hijo del dolor, el océano es más triste que la tierra. No es este el lugar de reposo (cf. Miq. 2:10): las inquietas olas así nos lo dicen. Hay un mundo en donde el mar no existirá más; nuestros rostros están vueltos resueltamente hacia él. Nos dirigimos al lugar del cual el Señor nos ha hablado; hasta entonces, seguiremos echando nuestras aflicciones sobre el Señor que anduvo sobre el mar y abrió para su pueblo una senda a través de sus profundidades.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 261). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley

6 de septiembre

«Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley».

Gálatas 5:18

El que considera su carácter y su posición desde el punto de vista legal, no perderá toda esperanza solo cuando llegue al final de su cálculo, sino que, si es hombre sabio, la perderá al comenzar. Pues si se nos va a juzgar sobre la base de la ley, ninguno será justificado. ¡Cuán precioso resulta saber que moramos en los dominios de la gracia y no en los de la ley! Cuando pienso en mi estado delante de Dios, no pregunto: «¿Soy perfecto ante la ley?», sino: «¿Soy perfecto en Cristo Jesús?», lo cual es muy distinto. No necesitamos inquirir si «por naturaleza, estamos sin pecado»; debemos más bien averiguar si hemos sido lavados en el «manantial [que fue abierto] para la purificación del pecado y de la inmundicia» (Zac. 13:1). La cuestión no es «si por mí mismo soy agradable a Dios», sino si soy «[acepto] en el Amado» (Ef. 1:6). El cristiano examina su posición desde la cumbre del Sinaí y se alarma en cuanto a su salvación. Sería mejor que leyera sus títulos a la luz del Calvario. Además dice: «Mi fe contiene incredulidad; no me puede salvar». Si hubiese considerado el objeto de su fe, en lugar de su fe misma, entonces hubiera dicho: «No existe falta en Cristo; por tanto, estoy seguro». El tal suspira por su esperanza diciendo: «¡Ah, mi esperanza está desfigurada y empañada por una angustiosa ansiedad en cuanto a las cosas presentes, cómo puedo ser acepto!». Si hubiese considerado la base de su esperanza, entonces habría visto que la promesa de Dios permanece segura y, cualesquiera que sean nuestras dudas, el juramento y la promesa nunca fallarán. ¡Ah, creyente, es siempre más seguro para ti dejarte guiar por el Espíritu a la libertad del evangelio que llevar el yugo de la ley! Júzgate, más bien, en lo que Cristo es que en lo que eres tú mismo. Satanás procurará turbar tu paz, trayéndote a la memoria tus pecados e imperfecciones, pero puedes hacer frente a sus acusaciones asiéndote fielmente del evangelio y rehusando llevar el yugo de servidumbre.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 260). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.