La alternativa mística 51

La alternativa mística 51

La contemplación es un conocimiento superior a las diversas maneras de conocer. [… ] Es una ignorancia iluminada, un bello espejo donde luce la luz eterna de Dios.

Juan de Ruysbroeck.

a1Los siglos XIV y XV, en medio de sus muchas frustraciones, y quizá en parte debido a ellas, fueron un período de gran exaltación religiosa. Tanto en España como en Inglaterra e Italia, hubo místicos notables cuyas obras sirvieron de inspiración a varias generaciones. Empero fue en Alemania, en las riberas del Rin, que este movimiento floreció y alcanzó sus mayores logros.

A través de toda su historia, el cristianismo ha contado con hombres y mujeres cuya relación con Dios ha sido tal que se les ha dado el título de “místicos”. Pero en esa historia se han dado dos tipos distintos de misticismo, que conviene distinguir. Uno es esencialmente cristocéntrico. No pretende llegar a Dios mediante la contemplación directa, o mediante una iluminación divina, sino a través de Jesucristo. Su contemplación se dirige hacia los sufrimientos de Jesús, o hacia su resurrección y triunfo final. Ejemplos de este tipo de misticismo son el Apocalipsis, San Bernardo de Claraval y San Francisco de Asís. La otra clase de misticismo se deriva principalmente de la tradición neoplatónica. El propósito de quienes siguen este camino es ascender mediante la contemplación interna, hasta llegar a una unión con el Uno inefable. Plotino, el gran maestro pagano de esta clase de misticismo, decía que en esa unión el alma llegaba a un estado de éxtasis. Después algunos de sus seguidores fueron enemigos encarnizados del cristianismo. Pero otros aceptaron esa fe, y fue así que este segundo tipo de misticismo se introdujo en la tradición cristiana. A través del falso Dionisio el Areopagita, Gregorio de Nisa, Agustín y otros, el neoplatonicismo se unió al cristianismo de tal modo que muchos llegaron a confundirlos. Fue entonces que buena parte del misticismo cristiano, en lugar de ser cristocéntrico, tomó el segundo camino. En algunos casos, como el de Buenaventura en el siglo XIII, ambos elementos se unieron, y por ello este místico le dedica bellísimos escritos a la contemplación de la pasión de Cristo, y otros al proceso de ascender espiritualmente por los peldaños de la jerarquía de las cosas creadas, hasta llegar a la contemplación del Creador.

El gran maestro del misticismo alemán fue Eckhart de Hochheim, conocido generalmente como el Maestro Eckhart. A fines del siglo XIII, cuando contaba unos cuarenta años de edad, Eckhart fue enviado por su orden —la de Santo Domingo— a la universidad de París. Tras completar sus estudios allí, fue hecho provincial de Sajonia, y después fue vicario general de Bohemia. En estos cargos mostró que su misticismo no era tal que le impidiera ser un administrador práctico y eficiente. Durante sus últimos años le tocó vivir en época del papado en Aviñón, y se dolió de las circunstancias por las que atravesaba la iglesia.

La doctrina mística de Eckhart es esencialmente neoplatónica. Su punto de partida es la contemplación de la divinidad, el Uno inefable. Acerca de Dios, todo cuanto podamos decir resulta inexacto, y por tanto en cierto sentido falso. “Si digo, ‘Dios es bueno’, esto no es cierto. Yo soy bueno. Dios no lo es”. Semejante aseveración podría prestarse, y de hecho se prestó, a malas interpretaciones. Naturalmente, lo que Eckhart quería decir era, no que Dios fuese malo, sino que todo lenguaje acerca de Dios es analógico, y por tanto inexacto.

Pero en todo caso sus palabras dan muestra del tono de su pensamiento, cuyo propósito es exaltar a Dios, mostrando que se encuentra por encima de todo concepto humano, y que por tanto el verdadero conocimiento de Dios no es racional, sino intuitivo. A Dios no se le conoce estudiándolo, sino viéndolo en contemplación mística. En Dios se encuentran desde la eternidad todas las ideas de todas las criaturas. Antes de crear el mundo, ya Dios, como supremo artífice, tenía en su mente la idea de cada cosa que iba a crear. Este es otro tema característico del cristianismo de tendencia platónica. Y a base de ello Eckhart llega a decir:

En esa verdadera esencia de la divinidad, que se encuentra más allá de todo ser y de toda distinción, allí yo ya existía; allí me deseé; allí me conocí; allí quise crear al hombre que soy. Por ello yo soy mi propia causa según mi ser, que es eterno, aunque no según mi devenir, que es temporal.

Esta aseveración, y muchas como ésta, hicieron que se le acusara de hereje. Se decía que Eckhart enseñaba la eternidad del mundo y de las criaturas, y que de tal modo confundía a Dios con el mundo que caía en el panteísmo—la doctrina que afirma que las criaturas son parte de la divinidad. En particular, se le acusaba de pretender que el alma, o parte de ella, no es creada, sino que es eterna. Repetidamente, Eckhart declaró que esto se basaba en falsas interpretaciones de sus enseñanzas. Y lo cierto parece ser que trató de evitar caer en el panteísmo, o en la doctrina de la divinidad del alma, pero que sus expresiones frecuentemente se prestaban a tales interpretaciones. Hacia el fin de sus días, fue acusado de hereje, y condenado como tal. Su apelación se tramitaba en la curia papal en Roma, cuando murió. Aunque las acusaciones que se hacían contra Eckhart eran exageraciones o tergiversaciones de sus enseñanzas, no cabe duda de que el misticismo de este maestro alemán era muy distinto del misticismo cristocéntrico de San Bernardo y San Francisco. Prueba de ello es que para Eckhart los lugares santos no tenían la importancia que antes tuvieron para esos dos místicos. Según decía él, “Jerusalén se encuentra tan cerca de mi alma como el lugar en que estoy ahora mismo”. Para él, no era necesario dirigir la mirada hacia Jerusalén, ni hacia los acontecimientos que tuvieron lugar en ella. Lo importante es dedicarse a la contemplación interna, “dejarse llevar”, y llegar a ver a Dios “sin intermediario alguno”.

Aunque en vida se le acusó de hereje, después de muerto el Maestro Eckhart tuvo muchos seguidores, especialmente entre los dominicos. Los más famosos de ellos fueron Juan Taulero y Enrique Suso. Estos dos, aunque menos eruditos que su maestro, sabían exponer sus doctrinas de tal modo que podían ser comprendidas y seguidas por personas mucho menos duchas en cuestiones teológicas, y por tanto su obra consistió mayormente en propagar las enseñanzas misticas de Eckhart.

Más abajo en el curso del Rin vivió el místico flamenco Juan de Ruysbroeck. Aunque es muy probable que Ruysbroeck haya leído las obras de Eckhart, y que en algunos puntos lo haya seguido, el hecho es que el misticismo del flamenco es mucho más práctico que el del maestro alemán. Esta tendencia fue llevada más lejos por Gerardo de Groote, otro místico flamenco en quien Ruysbroeck hizo gran impacto. Debido a la obra de ambos, tomó forma y se popularizó lo que se llamaba “la devoción moderna”. Esta devoción consistía en llevar una vida de meditación disciplinada, dirigida principalmente hacia la contemplación de la vida de Cristo, y hacia su imitación. El escrito más famoso de esta escuela es Imitación de Cristo, que hasta el día de hoy continúa siendo una de las obras de devoción más leídas, tanto por católicos como por protestantes.

Parte de la obra de Ruysbroeck y sus discípulos consistió en mostrar los errores de los “hermanos del espíritu libre”. Las doctrinas de este movimiento no están del todo claras. Pero al parecer se trataba de gentes de tendencias místicas que decían que, en virtud de su experiencia directa con Dios, no necesitaban de medios tales como la iglesia o las Escrituras. Algunos llegaban a decir que, como eran gentes espirituales, podían darle libertad al cuerpo para seguir sus propias inclinaciones.

Una consecuencia notable de la obra de Gerardo de Groote fue la aparición de los Hermanos de la Vida Común. De Groote renunció a la prebenda eclesiástica de que gozaba, y se dedicó a predicar contra los abusos eclesiásticos, y a llamar a sus seguidores a una nueva vida de santidad y devoción. Pero, en contraste con quienes antes que él habían predicado lo mismo, de Groote no les pedía a sus seguidores que se dedicaran a la vida monástica, sino que les indicaba que, a menos que tuviesen vocación monástica, debían continuar en sus vidas comunes, y allí dedicarse a la nueva devoción. A pesar de ello, a la postre muchos de sus discípulos se dedicaron a la vida monástica, siguiendo la regla agustiniana. Pero nunca perdieron su interés en la vida común, y por ello los Hermanos de la Vida Común fundaron escuelas que no tenían rival. En esas escuelas se educaban, no sólo quienes esperaban ser monjes, sino gentes que esperaban seguir carreras muy distintas. Allí, al mismo tiempo que se estimulaba la erudición, se fomentaba la “devoción moderna”. Aquellas escuelas fueron un centro de renovación para la iglesia, pues en ellas se formaron personas de espíritu crítico y reformador. El más famoso de sus alumnos fue Desiderio Erasmo, de quien trataremos más adelante.

Excepto en unos pocos casos, este misticismo alemán y flamenco de los siglos XIV y XV evitó los excesos de entusiasmo. La contemplación mística no tenía el propósito de producir grandes conmociones, sino una paz interna. Y el medio que se utilizaba no era tanto el estímulo de las emociones como la meditación. Según estos místicos, a Dios se llegaba, no mediante las pasiones, sino mediante el intelecto.

Este movimiento no pretendía oponerse a la iglesia, ni a su jerarquía. Aunque algunos de sus jefes criticaban los abusos de los prelados, y en particular su espíritu de ostentación, a la postre la mayoría encontraba respuesta a esta situación, no atacándola abiertamente, sino retirándose a la meditación. Si la iglesia estaba corrompida, el cristiano podía todavía sobreponerse a esa corrupción siguiendo el camino de la devoción moderna, y dedicándose a la imitación de Cristo. Por estas razones el movimiento místico pudo continuar su camino, sin que se le persiguiera del modo en que se persiguió a reformadores al estilo de Juan Huss y sus seguidores.

Pero, por otra parte, en un sentido más profundo, el misticismo constituía una amenaza, no ya para los prelados corruptos, sino para la noción misma de la iglesia jerárquica tal como la conoció la Edad Media. En efecto, si el nivel supremo de vida espiritual lo alcanza el cristiano cuando se llega directamente a Dios, se sigue que los sacramentos, la predicación y la comunidad de la iglesia son de valor secundario, o al menos pasajero. El místico, en su estado de contemplación perfecta, no necesita de sacerdotes que le ofrezcan los sacramentos, ni de iglesia que le muestre el camino a seguir, ni siquiera de Escrituras que le hablen de la voluntad de Dios. Los místicos de los siglos XIV y XV rara vez llegaron a estas conclusiones. Pero en sus doctrinas se encontraba un fermento que a la postre quebrantaría la autoridad de la jerarquía eclesiástica, y en algunos casos hasta de las Escrituras.

En el misticismo, al igual que en el nacionalismo de que ya hemos tratado, pueden verse las primeras señales de la ruptura de la unidad jerárquica que fue la iglesia medieval.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 529–532). Miami, FL: Editorial Unilit.

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