¿Matías elegido por suerte?

14 JULIO

Josué 20–21 | Hechos 1 | Jeremías 10 | Mateo 24

Entre la ascensión de Jesús y Pentecostés, la iglesia naciente, cerca de ciento veinte fieles, se congregaba para orar. En una de estas reuniones, Pedro se puso en pie e inició la acción que nombró a Matías como sustituto de Judas Iscariote (Hechos 1:15–26).

(1) El uso de las Escrituras (1:16, 20) parece ser lo que guía a Pedro a concluir que “es preciso” (1:21) elegir a uno de los otros hombres que estuvo con Jesús desde el inicio de su ministerio público para que remplazara a Judas el traidor. Esto lo vemos en el libro de los Hechos, y superficialmente, el razonamiento es claro. El Salmo 69:25 dice: “Quédense desiertos sus campamentos, y deshabitadas sus tiendas de campaña”. Pedro aplica esto a Judas. El Salmo 109:8 insiste: “que otro se haga cargo de su oficio”. Pedro lo toma como un permiso divino para buscar un sustituto.

En el contexto de los Salmos 69 y 109, David busca venganza contra los enemigos -que alguna vez fueron amigos cercanos- que lo habían traicionado. Pedro usa estos versículos en una de dos maneras. Por un lado, es posible que (a) Pedro esté cometiendo el grave error de sacar un texto de su contexto. Estos textos nunca se aplicaron a Judas y sólo se logra hacerlo con trucos y malabares exegéticos. O, por otro lado, puede que (b) Pedro ya esté presuponiendo una tipología de David bastante sofisticada. Si este sentido de traición y súplica por una justicia vindicadora jugó un papel tan importante en la experiencia del gran rey David, ¿cuánto más en el Hijo grandísimo del gran David? ¿Por qué debemos estremecernos ante este razonamiento? Durante los cuarenta años anteriores, Jesús había hablado frecuentemente con sus discípulos (1:3), explicando con todo detalle “lo que se refería a él en todas las Escrituras” (Lucas 24:27). Ciertamente, la tipología de David aparece en los evangelios en labios de Jesús. ¿Por qué no debemos aceptar que lo enseñó a sus discípulos?

(2) De acuerdo con los criterios aquí presentados— que el apóstol sustituto tenía que haber sido testigo del Jesús resucitado, pero, además, haber estado con los discípulos “todo el tiempo que el Señor Jesús vivió entre nosotros” (1:21–22) —, Pablo no hubiera cumplido con las condiciones. El apostolado de Pablo era irregular y él mismo lo reconocía (1 Corintios 15:8–9). No debemos pensar en tonterías como que aquí Pedro y la iglesia cometieron un error al no esperar el nombramiento de Pablo.

(3) La elección de uno de los dos por medio de la suerte (1:23–26) no es un ejemplo para los procedimientos de gobierno de nuestra iglesia local. De ahí en adelante, no vuelve a aparecer un procedimiento similar en la vida de la iglesia según se presenta en el Nuevo Testamento. Esto parece ser más bien la culminación de un procedimiento del Antiguo Testamento, mediante el cual Dios mismo selecciona y autoriza a los doce hombres del cuerpo apostólico.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 195). Barcelona: Publicaciones Andamio.

 


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