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Devocional, Familia, Todos los Artículos, Vida Cristiana

También había cantores […] de día y de noche estaban en aquella obra

31 de julio

«También había cantores […] de día y de noche estaban en aquella obra».

1 Crónicas 9:33

Tan bien ordenado estaba todo en el Templo que el canto sagrado nunca cesaba. Continuamente los cantores alababan al Señor, cuya misericordia permanece para siempre. Como la gracia no dejaba de imperar de día ni de noche, tampoco la música silenciaba su santo ministerio. Corazón mío, en estos incesantes cantos del templo de Sion hay para ti una lección que se te enseña melodiosamente. Tú también eres un deudor; mira, pues, que tu gratitud, a semejanza del amor, nunca deje de ser. La alabanza de Dios es constante en el Cielo, donde estará tu permanente morada; aprende, pues, a cantar el aleluya eterno. En todo lugar de la tierra, cuando el sol derrama su luz, sus rayos mueven a los agradecidos creyentes a entonar himnos matutinos; de suerte que, por el sacerdocio de los santos, las alabanzas perpetuas se mantienen en todo momento. Estos creyentes envuelven nuestro mundo con un manto de acción de gracias y lo ciñen con un áureo cinto de cánticos.

El Señor merece ser alabado siempre por lo que es en sí mismo, por sus obras de creación y providencia, por su bondad para con sus criaturas y, especialmente, por la trascendente obra de la redención y la maravillosa bendición que se desprende de ella. Siempre es provechoso alabar al Señor; pues ello alegra el día, aclara la noche, alivia el trabajo, mitiga el dolor y derrama sobre las alegrías terrenales un esplendor santificante con el fin de que estas no nos cieguen con su brillo. ¿No tienes nada acerca de lo cual cantar en estos momentos? ¿No podemos componer un cántico acerca de los deleites presentes, las liberaciones pasadas o nuestras futuras esperanzas? La tierra da sus frutos estivales; el forraje se almacena; el dorado grano espera la hoz; y, cuando el sol tarda en ponerse para seguir resplandeciendo sobre la fecunda tierra, acorta las horas de oscuridad a fin de que podamos prolongar aquellas que dedicamos al fervoroso culto. Alentémonos, por amor de Jesús, a terminar el día con un salmo de gozo santificado.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 222). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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