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Aúlla, oh ciprés, porque el cedro cayó

26 de septiembre

«Aúlla, oh ciprés, porque el cedro cayó».

Zacarías 11:2

Cuando en el bosque se oye el estrépito de un roble que cae, es señal de que el leñador se encuentra allí. En tales circunstancias, bien puede temblar cada uno de los árboles del bosque por temor de que, al día siguiente, la afilada hacha lo sorprenda también a él. Todos nosotros somos como árboles destinados para el hacha, y la caída de uno solo debe recordarnos que la hora señalada se acerca apresuradamente y llegará sin previo aviso para todos (ya seamos grandes como el cedro o humildes como el abeto). Espero que no nos hagamos insensibles a la muerte por oír hablar frecuentemente de ella. No seamos como los pájaros del campanario, que hacen sus nidos cuando las campanas están tañendo y duermen tranquilamente mientras los repiques de la solemne ceremonia llenan el ambiente de recogimiento. Consideremos la muerte como el más serio de todos los acontecimientos y encaremos su aproximación con toda cordura. No nos conviene bromear cuando nuestro destino eterno pende de un hilo. La espada está fuera de la vaina; actuemos, por tanto, con seriedad. Su hoja se encuentra acicalada y está muy afilada; no juguemos, pues, con ella. El que no se prepara para la muerte es más que un vulgar insensato: es un demente. Cuando la voz de Dios se deje escuchar entre los árboles del huerto, que tanto la higuera como el sicómoro, la haya como el cedro se apresten a oír.

Procura estar preparado, siervo de Cristo, porque tu Señor viene de repente, en el momento en que el mundo impío menos lo espera. Esfuérzate por ser fiel en su obra, porque pronto se cavará tu sepulcro. Prepárate, padre; procura criar a tus hijos en el temor de Dios, pues pronto pueden quedarse huérfanos. Prepárate tú, comerciante: cuida de que tus negocios sean honrados y de que sirvas a Dios con todo el corazón, pues los días de tu servicio terrenal pronto terminarán y serás llamado a dar cuenta de lo que hayas hecho mientras estabas en el cuerpo, sea bueno o sea malo. Dios quiera que todos nos preparemos para comparecer ante el tribunal del gran Rey, con un cuidado que pueda recibir como recompensa este encomio lleno de gracia que dice: «Bien, buen siervo y fiel».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 280). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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