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«Vuelve siete veces»

28 de septiembre

«Vuelve siete veces».

1 Reyes 18:43

Cuando el Señor lo ha prometido, el éxito está asegurado. No es posible que el Señor desoiga el angustioso clamor de su pueblo por algo que atañe a su propia gloria, aunque hayan estado suplicando durante meses sin recibir respuesta. El Profeta continuó luchando con Dios sobre la cumbre del Carmelo y nunca, ni por un momento, temió que en la Corte celestial le fuese a ser denegada su petición. Seis veces volvió el siervo de Elías, pero tras ninguna de ellas se le dijeron otras palabras más que estas: «Vuelve otra vez». No debemos vacilar incrédulamente, sino que hemos de aferrarnos a nuestra fe hasta setenta veces siete. La fe envía a una expectante esperanza a que mire desde la cumbre del Carmelo; y, si esta no ve nada, la envía una y otra vez a hacer lo mismo. Lejos de amilanarse por las frecuentes decepciones sufridas, la fe se siente alentada a interceder más fervorosamente en la presencia de Dios. Se humilla, pero no se avergüenza. Sus gemidos son más profundos y sus suspiros más vehementes, pero no deja de aferrarse ni detiene su mano. A la carne y a la sangre le sería agradable poder conseguir una pronta respuesta, pero las almas creyentes han aprendido a ser sumisas y a considerar un bien tanto el esperar al Señor como el esperar en él. Las respuestas que se demoran hacen, a menudo, que el corazón se examine a sí mismo y se vea guiado a la contrición y a la reforma espiritual. De esta manera, los golpes mortales caen sobre nuestra maldad y las cámaras de nuestra imaginería resultan purificadas. El gran peligro es que los hombres desmayen y pierdan la bendición. Lector, no caigas tú en este pecado: sigue orando y velando. Finalmente, apareció en el cielo una pequeña nube como segura precursora de abundantes lluvias. Así acontecerá también contigo: la «señal para bien» se te concederá sin duda, y te levantarás como un príncipe que ha prevalecido a fin de gozar de la gracia que has demandado. «Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras» (Stg. 5:17), así que su poder para con Dios no residía en sus méritos. Si la oración de fe le fue a él de tanta ayuda, ¿por qué no lo ha de serlo para ti la tuya? Invoca la preciosa sangre con incesante importunidad y te será hecho como deseas.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 282). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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