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2 Crónicas 16 | Apocalipsis 5 | Zacarías 1 | Juan 4

14 DICIEMBRE

2 Crónicas 16 | Apocalipsis 5 | Zacarías 1 | Juan 4

Empezar bien no garantiza acabar bien. Judas Iscariote comenzó como apóstol; Demas empezó como un ayudante apostólico. Sabemos cómo terminaron. Asa comenzó como un rey reformador, con celo de Dios, y desplegó una formidable fe y valentía cuando los cusitas atacaron (ver meditación de ayer), pero es francamente inquietante ver cómo acabó en 2 Crónicas 16.

La crisis se precipitó cuando Baasa, rey de Israel, atacó a algunos de los pueblos y ciudades de las afueras de Judá. En vez de reflejar la misma fe firme que había mostrado veinticinco años antes, cuando se enfrentó a los cusitas (que eran mucho más formidables), Asa optó por un recurso político que resultó costoso. Despoja de sus riquezas al templo y a su propio palacio, y lo envía a Ben-adad, gobernante de Aram, una potencia regional centrada en Damasco que estaba emergiendo. Asa quiere que Ben-adad ataque a Israel desde el norte, obligando así a Baasa a retirar sus tropas del ataque en el sur para defenderse en el norte. El plan funcionó.

Esto también unió a Judá con Aram de forma peligrosa. Más importante aún, el profeta Hanani identifica el peor elemento de esta estrategia: Asa depende de la política y el dinero, no de Dios el Señor. “También los cusitas y los libios formaban un ejército numeroso, y tenían muchos carros de combate y caballos, y sin embargo el Señor los entregó en tus manos, porque en esa ocasión tú confiaste en él. El Señor recorre con su mirada toda la tierra, y está listo para ayudar a quienes le son fieles. Pero de ahora en adelante tendrás guerras, pues actuaste como un necio” (16:8–9).

Aun en ese momento, se pudo haber solventado la situación: Dios escucha regularmente a los que se arrepienten de verdad. Pero Asa sencillamente se enojó tanto, se enfureció de tal manera, que metió en la cárcel a Hanani el profeta. Sus tendencias dictatoriales se multiplicaron y Asa comenzó a maltratar al pueblo (16:10). Cuatro años después, contrajo una enfermedad terrible, pero, en vez de pedirle ayuda al Señor (y, sobre todo, perdón), se hundió en la amargura y sólo buscó ayuda de los médicos. Después de dos años enfermo, murió.

¿Y qué de todos esos años de reforma piadosa? No estamos, desde luego, en posición de ofrecer una conclusión final: eso le compete únicamente a Dios. Pero la realidad es que la gente puede apoyar la bondad y la reforma por muchas razones que no son el amor a Dios; en términos fenomenológicos, las personas pueden tener un corazón inclinado hacia Dios durante un amplio período (15:17), pero marchitarse antes de demostrar una perseverancia final. En una persona disciplinada, puede pasar mucho tiempo antes de que se vea la verdad. Pero cuando esto sucede, la prueba, como siempre, es fundamental: ¿soy yo lo primero, o es Dios?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 348). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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