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Devocional, Familia, Todos los Artículos, Vida Cristiana

«He aquí yo estoy con vosotros todos los días».

26 de diciembre

«He aquí yo estoy con vosotros todos los días».

Mateo 28:20

El Señor Jesús está en medio de su Iglesia y anda entre los candeleros de oro. Su promesa es: «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días». Jesús se encuentra tan realmente con nosotros ahora como lo estuvo con sus discípulos junto al lago, cuando aquellos «vieron brasas puestas y un pez encima de ellas, y pan» (Jn. 21:9). Aunque no en cuerpo, Jesús, sin embargo, está verdaderamente con nosotros. Esta es una bendita verdad, pues donde Jesús se halla presente, el amor se inflama. De todas las cosas del mundo que pueden hacer arder el corazón, no hay ninguna comparable a la presencia de Jesús. Una mirada suya nos conquista de tal manera que estamos prontos a decir: «Aparta tus ojos de delante de mí, porque ellos me vencieron» (Cnt. 6:5). La fragancia de los áloes, de la mirra y de la casia que exhalan sus perfumados vestidos reconfortan al enfermo y al abatido. Si por un solo momento reclinamos nuestras cabezas en su bondadoso pecho y recibimos su divino amor en nuestros fríos corazones, no estaremos más indiferentes en la vida espiritual, sino que arderemos como serafines y nos mostraremos dispuestos a trabajar y a sufrir. Si reconocemos que Jesucristo está con nosotros, todas nuestras facultades se desarrollarán y toda virtud se corroborará, y nos lanzaremos a servir al Señor con todo nuestro corazón, toda nuestra alma y todas nuestras fuerzas. Esto demuestra que la presencia de Cristo debe desearse sobre todas las cosas. Esta presencia la sentirán en mayor grado aquellos que se parecen más a él: si quieres ver a Cristo, tienes que desarrollarte según su semejanza. Haz tuyos, por el poder del Espíritu, los deseos, los motivos, y los planes de acción de Jesús y, probablemente, te verás favorecido con su presencia. Recuerda que se puede tener la presencia de Jesús, y su presencia es tan real como siempre. Él se goza en estar con nosotros; y si acaso no llega, es porque, a causa de nuestra indiferencia, se lo impedimos. Él se revelará en respuesta a nuestras oraciones fervientes y, bondadosamente, permitirá que lo detengamos con nuestras súplicas y nuestras lágrimas, pues estas son las cadenas de oro que atan a Jesús a los suyos.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 371). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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