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«¿No sabes tú que el final será amargura?».

30 de diciembre

«¿No sabes tú que el final será amargura?».

2 Samuel 2:26

Si tú, querido lector, eres simplemente alguien que profesa ser cristiano pero no posee la fe que es en Cristo Jesús, entonces las siguientes líneas te presentarán un bosquejo de cuál será tu fin.

Eres de aquellos que asisten a un lugar de culto. Vas allí porque van otros, no porque tu corazón esté reconciliado con Dios. Este es tu principio. Quiero suponer que, a lo largo de los próximos veinte o treinta años, se te permitirá seguir como hasta ahora, profesando la religión en forma superficial, pero sin poner en ella tu corazón. Anda despacio, pues tengo que hacerte ver la agonía de alguien como tú. Observémosle amablemente. Un sudor viscoso le cubre la frente; se despierta y clama diciendo: «¡Oh Dios, qué penoso es morir! ¿No harás que venga mi pastor?». «Sí, ya viene». Llega el pastor, y el moribundo le dice: «Pastor, temo que me estoy muriendo». Y el pastor le contesta: «¿Tiene usted alguna esperanza?». El paciente responde: «No puedo decir que la tenga. Temo aparecer delante de mi Dios. Ore usted por mí». Se eleva la oración por él con sincero fervor, y se le presenta por diezmilésima vez el camino de la salvación, pero antes de que pueda asirse de la salvadora soga, veo que se hunde. Puedo poner mis dedos sobre sus fríos párpados, pues esos ojos no verán nada más en esta tierra. No obstante, ¿dónde está ahora ese hombre y dónde están sus verdaderos ojos? «Y en el Hades alzó sus ojos, estando en los tormentos» (Lc. 16:23). ¡Ay!, ¿por qué no alzaría antes esos ojos? Porque estaba tan acostumbrado a oír el evangelio que su alma se dormía bajo la predicación del mismo. ¡Ay, si llegas a levantar tus ojos allí, cuán amargos serán tus lamentos! Deja que las propias palabras del Salvador te revelen ese pesar: «Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama» (v. 24). Hay un espantoso significado en estas palabras, ¡ojalá nunca tengas que deletrearlas bajo la luz roja de la ira del Señor!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 375). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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