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La Iglesia frente al mundo

John MacArthur

La Iglesia frente al mundo

Note que nuestro Señor consideró como un hecho que el mundo aborrecería a la iglesia.  Lejos de enseñar a sus discípulos que trataran de ganar el favor del mundo con adaptaciones del evangelio a las preferencias mundanas, Jesús hizo advertencias serias en el sentido de que la búsqueda de aprobación por parte del mundo es una característica de los profetas falsos: “¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! Porque así hacían sus padres con los falsos profetas” (Lc. 6:26).

Además explicó: “el mundo…a mí me aborrece, porque yo testifico de él, que sus obras son malas” (Jn. 7:7).  En otras palabras, el desprecio del mundo hacia el cristianismo se deriva de motivos morales, no intelectuales: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.  Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas” (Jn. 3:19-20).  Por esta razón, sin importar cuán dramáticos sean los cambios en el campo de la opinión mundana, la verdad cristiana nunca será popular para el mundo.

No obstante, casi en todas las eras de la historia eclesiástica ha habido personas en la iglesia que se han convencido de que la mejor manera de ganar el mundo es ofrecer lo que le apetece al mundo.  La aplicación de esa metodología siempre ha distorsionado el mensaje del evangelio.  Los únicos períodos históricos en los que la iglesia ha tenido una influencia significativa en el mundo han venido como producto de la firmeza del pueblo de Dios en negarse a ceder ante presiones externas, para proclamar con denuedo la verdad a pesar de la hostilidad del mundo.  Cada vez que los cristianos se niegan a cumplir la tarea de confrontar las tendencias populares, la Iglesia ha perdido esa influencia y en su impotencia ha quedado fusionada de manera inconfundible con el mundo.  Tanto las Escrituras como la historia atestiguan sobre la veracidad de este hecho.

En últimas, el mensaje cristiano no puede ser torcido para conformarse a las vicisitudes de la opinión mundana.

La verdad bíblica es fija y constante, no sujeta a cambio ni adaptación.  Por otro lado, la opinión del mundo está en flujo constante y caprichoso.  Las diversas modas y filosofías populares que dominan el mundo cambian de forma radical y regular de generación en generación.  La única cosa que permanece constante es el odio del mundo hacia Cristo y su evangelio.

Lo más probable es que el mundo no acogerá por mucho tiempo la ideología que está en boga este año, cualquiera que esta sea.  Si el patrón de la historia sirve como indicador, durante el tiempo en el que nuestros bisnietos sean adultos, la opinión mundana será dominada por un sistema de creencias y valores diferente por completo al de la actualidad.  La generación del mañana renunciará a todas las modas y filosofías contemporáneas, pero una cosa permanecerá sin cambio: Hasta que el Señor mismo regrese y establezca su reino en la tierra, sin importar cuál sea la ideología que tenga mayor popularidad en el mundo, será tan hostil a la verdad bíblica como todos los sistemas y paradigmas que la hayan precedido.

Modernismo

Considere por ejemplo lo sucedido durante el siglo pasado.  Hace cien años la Iglesia recibió el embate del  modernismo, aquella visión del mundo basada en la noción de que solo la ciencia puede explicar la realidad.  En efecto, el punto de partida del modernista era la presuposición de que nada sobrenatural es real.

Debió ser obvio de inmediato que el modernismo y el cristianismo eran incompatibles en lo fundamental.  Si nada sobrenatural es real, la mayor parte de la Biblia es incierta y carece de autoridad: La encarnación de Cristo es un mito (lo cual también anula la autoridad de Cristo),  y todos los elementos sobrenaturales del cristianismo, incluido Dios mismo, deben ser definidos en términos naturalistas.   El modernismo se oponía al cristianismo en su medula.

No obstante, la Iglesia visible a principios del siglo veinte estaba llena de personas convencidas de que el modernismo y el cristianismo podían y debían ser reconciliados.  Insistieron en que si la Iglesia no marchaba al ritmo de los tiempos de los tiempos mediante su acogida del modernismo, el cristianismo no sobrevivirá el paso del siglo veinte.  Dijeron que la Iglesia se haría cada vez más irrelevante para las personas modernas y en poco tiempo moriría.  Por eso fabricaron un “evangelio social”  despojado del evangelio verdadero de salvación.

Por supuesto, el cristianismo bíblico sobrevivió sin problemas el paso del siglo veinte.  Allí donde los cristianos mantuvieron su compromiso con la veracidad y autoridad de las Escrituras, la Iglesia floreció.  En cambio, aquellas mismas iglesias y denominaciones que se acogieron al modernismo fueron las únicas que perdieron relevancia y prácticamente se extinguieron a finales de siglo.  Muchos edificios grandiosos pero vacíos dan testimonio mudo de los efectos letales de endosar el modernismo.

Posmodernismo

El modernismo ya es considerado en la actualidad como una manera anticuada de pensar.  La visión dominante del mundo en círculos seculares y académicos se llama hoy día posmodernismo.

Los posmodernistas han repudiado la confianza absoluta del modernismo en la ciencia como el único sendero a la verdad.  De hecho, el posmodernismo ha perdido todo interés en “la verdad” e insiste en que no existen verdades absolutas, objetivas ni universales.

Es evidente que el modernismo fue una necedad que debió abandonarse, pero el posmodernismo es un paso trágico en la dirección equivocada.  A diferencia del modernismo que por lo menos mantuvo su interés en la veracidad o falsedad de convicciones, creencias e ideologías básicas, el posmodernismo niega por completo de forma objetiva y cierta.

Para el posmodernista, la realidad es que el individuo quiera imaginar.  Eso significa que lo “verdadero “es determinado por la opinión subjetiva de cada persona y que no existe una verdad objetiva con autoridad para gobernar la realidad y que se aplique de forma universal a toda la humanidad.  El posmodernista cree que es inútil sentarse a discutir si una opinión es superior a otra.  Después de todo, la realidad no es más que una construcción abstracta de la mente humana y la perspectiva que una persona tenga de la verdad es tan válida como la de cualquier otra.

Tras dar la espalda al conocimiento de la verdad objetiva, el posmodernista se dedica más a bien a la búsqueda del “entendimiento” del punto de  vista de la otra persona.   Así las palabras verdad y entendimiento adquieren significados nuevos y radicales.  Lo irónico es que esa clase de “entendimiento” requiere que todos descartemos de entrada la posibilidad de conocer cualquier verdad.  De este modo, la “verdad” se reduce a simples opiniones personales que por lo general conviene no comunicar a los demás.

Esa es la exigencia esencial y no negociable que el posmodernismo impone a todos: No debemos ni siquiera pensar que se puede llegar a conocer alguna verdad objetiva.  Los posmodernistas sugieren con frecuencia que todas las opiniones deben tratarse con el mismo respeto.  Por eso en lo superficial, el posmodernista parece motivado por el establecimiento de una mentalidad amplia cuyas prioridades son la armonía y la tolerancia.  Todo suena muy caritativo y altruista, pero lo que sostiene el sistema de creencias del posmodernismo es una intolerancia absoluta hacia toda visión del mundo que plantee cualquier verdad universal, en particular el cristianismo bíblico.

En otras palabras, el posmodernismo comienza con una presuposición que es irreconciliable con la verdad objetiva y dada por revelación divina en las Escrituras.  Como el modernismo, el posmodernismo se opone de forma fundamental y diametral al evangelio de Jesucristo.

A pesar de esto, la iglesia está  llena en la actualidad de personas que defienden ideas posmodernistas. Algunas lo hacen de forma deliberada y consciente, pero la mayoría ni siquiera se dan cuenta de ello.  Han incumbido tanto en el espíritu del siglo que no pueden regurgitar más que opiniones mundanas.  El movimiento evangélico todavía intenta recuperarse de su larga batalla contra el modernismo y no está preparado para enfrentarse a un adversario nuevo y diferente.  En consecuencia, muchos cristianos no han reconocido el peligro extremo que representa el pensamiento posmodernista.

La influencia del posmodernismo ya ha infectado a la Iglesia.  Los evangélicos bajan de tono su mensaje para que la verdad del evangelio no rechine tanto en el oído posmoderno.  Muchos se sienten demasiado intimidados como para afirmar que la Biblia es verdadera y que los demás sistemas religiosos y visiones del mundo son falsos.  Algunos que se llaman cristianos han ido más lejos y niegan a propósito la exclusividad de Cristo.   Se atreven a cuestionar su afirmación de que El es el único camino a Dios.

El mensaje bíblico es claro.  Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6).  El apóstol Pedro proclamó a una audiencia hostil: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4:12).  El apóstol Juan escribió:  “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Jn. 3:36).  Una y otra vez, la Biblia recalca que Jesucristo es la única esperanza de salvación para el mundo.  “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Ti. 2:5).   Cristo es el que único que puede hacer expiación por el pecado y por eso Cristo es el único que puede dar salvación.  “Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y  esta vida está en su Hijo.  El que tiene al hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Jn. 5:11-12).

Esas verdades son antítesis al argumento central del posmodernismo.  Son afirmaciones de verdades exclusivas y universales que declaran a Cristo como el único camino al cielo y a todos los demás sistemas de creencias como senderos falsos y erróneos.   Esto es lo que enseñan las Escrituras.  Es lo que la iglesia verdadera ha proclamado a lo largo de la historia.  Es el mensaje del cristianismo y no puede ser cambiado para acomodarse a la sensibilidad de los posmodernistas.

A diferencia de ello, muchos cristianos pasan por alto las afirmaciones exclusivas de Cristo y mantienen un silencio vergonzoso.  Todavía peor, algunos en la iglesia, incluidos unos  cuantos líderes prominentes del mundo evangélico, han comenzado a sugerir que quizá las personas puedan salvarse sin tener un conocimiento personal de Cristo.

Los cristianos no podemos no podemos capitular al posmodernismo sin sacrificar la esencia misma de nuestra fe.  Es evidente que la afirmación bíblica de que Cristo es el único camino de salvación esta fuera de armonía con la noción posmoderna de “tolerancia”.  Sin embargo, es lo que la Biblia enseña con claridad rotunda y la Biblia, no la opinión posmodernista, es la autoridad suprema para el cristiano.  La biblia es lo único que debería determinar lo que creemos y proclamamos al mundo.  Sobre esto no podemos debatirnos sin importar cuánto se queje este mundo posmodernista de que nuestras creencias nos hacen “intolerantes”.

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