ĀæQuĆ© es el orgullo?

Por Daniel Puerto

ā€œDios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildesā€ (1 Pedro 5:5).

El 3 de junio de 1741, Jonathan Edwards escribió una carta a Deborah Hatheway. Ella era una joven de 18 aƱos reciĆ©n convertida al evangelio que le pidió a Edwards consejo espiritual. El pastor de Northhampton, le envió una carta con ā€œinstrucciones sobre cómo conducirte en tu carrera cristianaā€. De los 17 consejos que Edwards listó, el nĆŗmero 8 dice:

Recuerda que el orgullo es la peor víbora que hay en el corazón, el mayor perturbador de la paz del alma y de la dulce comunión con Cristo: fue el primer pecado cometido, y yace en lo mÔs bajo de los cimientos de todo el edificio de SatanÔs, y es desarraigado con la mayor dificultad, y es el mÔs oculto, secreto y engañoso de todos los deseos, y a menudo se arrastra sigilosamente en medio de la religión, incluso, a veces, bajo el disfraz de la misma humildad.[1]

Con toda seguridad, Edwards tomó este concepto de la Biblia misma. El escritor del Salmo 19 sabĆ­a que el orgullo es un pecado engaƱoso, destructivo y difĆ­cil de matar. Ɖl clamó a Dios rogĆ”ndole: ā€œGuarda tambiĆ©n a Tu siervo de pecados de soberbia; que no se enseƱoreen de mĆ­. Entonces serĆ© Ć­ntegro, y serĆ© absuelto de gran transgresiónā€ (Salmos 19:13).

El pecado del orgullo es tan ofensivo delante de Dios que con toda claridad afirma que lo odia (Proverbios 6:16-17; 8:13; Amós 6:8). Dios abate y humilla a los soberbios (IsaĆ­as 2:12; Daniel 4:37; 5:20). La Biblia no deja lugar a dudas o especulación en cuanto a la opinión de Dios acerca del orgullo, la soberbia, la arrogancia, la jactancia: ā€œLos ojos altivos y el corazón arrogante… son pecadoā€ (Proverbios 21:4).

Una definición
Pero ĀæquĆ© es el orgullo? Generalmente, en las Escrituras se encuentran diez palabras hebreas y dos griegas que se refieren al orgullo (o sus sinónimos). Estos tĆ©rminos describen a personas elevadas o exaltadas en actitud.[2] La palabra hebrea ge’a, traducida ā€œorgulloā€ en Proverbios 8:13 (NBLA), viene de una raĆ­z que significa ā€œelevarseā€.[3] La palabra juperĆ©fanos, traducida ā€œsoberbiosā€ en Lucas 1:51, significa ā€œmostrarse sobre los demĆ”sā€. Esta palabra estĆ” compuesta por dos tĆ©rminos: juper, que significa ā€œencimaā€, ā€œsobreā€, y fainesthai, que significa ā€œmostrarseā€.[4] Juan Calvino dice que esta palabra se refiere a ā€œlos que estĆ”n levantados, por asĆ­ decirlo, en lo alto, [y] miran hacia abajo a los que estĆ”n, por asĆ­ decirlo, debajo de ellos con desprecioā€.[5]

Pero el orgullo tiene tambiĆ©n otra dimensión. No solamente describe la actitud de una persona hacia otra, sino tambiĆ©n la actitud de una persona hacia Dios. El orgulloso piensa que es independiente de Dios, que no lo necesita, incluso se cree mayor que Ɖl. En Daniel 5:20-21, el profeta expresa cómo el corazón de Nabucodonosor ā€œse enalteció y su espĆ­ritu se endureció en su arroganciaā€. ĀæCómo humilló Dios a este rey? Ɖl ā€œfue depuesto de su trono real y su gloria le fue quitada. Fue echado de entre los hombres, su corazón se hizo semejante al de las bestias y con los asnos monteses tuvo su morada. Se le dio a comer hierba como al ganado y su cuerpo se empapó con el rocĆ­o del cielo, hasta que reconoció que el Dios AltĆ­simo domina sobre el reino de los hombres y que pone sobre Ć©l a quien le placeā€ (Ć©nfasis aƱadido). Nabucodonosor creyó que era independiente de Dios, incluso superior a Ɖl. Por eso fue humillado.

Podemos, entonces, definir el orgullo como la actitud pecaminosa del corazón humano de independencia de Dios y superioridad hacia los demÔs. El orgullo es pensar mÔs alto acerca de ti mismo, percibirte arriba, independiente de Dios y por sobre otras personas.

Algunos ejemplos bĆ­blicos
Esa actitud de independencia de Dios y superioridad hacia otros ha sido la caracterĆ­stica del ser humano a lo largo de la historia. En las Escrituras vemos muchos ejemplos de orgullo. AquĆ­ algunos:

AdĆ”n y Eva fueron tentados por SatanĆ”s con estas palabras: ā€œel dĆ­a que de Ć©l coman [del Ć”rbol que Dios les habĆ­a prohibido], se les abrirĆ”n los ojos y ustedes serĆ”n como Diosā€ (GĆ©nesis 3:5). Ellos comieron del fruto porque creyeron que serĆ­an ā€œcomo Diosā€, y ĀæquiĆ©n necesita a Dios cuando puedes ser como Ɖl?

DespuĆ©s del diluvio, los hombres se unieron para construir una torre, la Torre de Babel. Ellos dijeron: ā€œVamos, edifiquĆ©monos una ciudad y una torre cuya cĆŗspide llegue hasta los cielos, y hagĆ”monos un nombre famoso, para que no seamos dispersados sobre la superficie de toda la tierraā€ (GĆ©nesis 11:4). Si nosotros podemos hacernos nuestro propio reino, ĀæquiĆ©n necesita el seƱorĆ­o de Dios y vivir bajo Su gobierno?

Unos 600 aƱos antes de Cristo vivió un rey que gobernó el imperio mĆ”s grande de su tiempo, el imperio de Babilonia. Este rey se llenó de orgullo. Por eso Dios envió un mensaje acerca de Ć©l por medio del profeta IsaĆ­as. Esta profecĆ­a la encontramos en IsaĆ­as 14:12-15: ā€œĀ”Cómo has caĆ­do del cielo, oh lucero de la maƱana, hijo de la aurora! Has sido derribado por tierra, tĆŗ que debilitabas a las naciones. Pero tĆŗ dijiste en tu corazón: ā€˜SubirĆ© al cielo, por encima de las estrellas de Dios levantarĆ© mi trono, y me sentarĆ© en el monte de la asamblea, en el extremo norte. SubirĆ© sobre las alturas de las nubes, me harĆ© semejante al AltĆ­simo’. Sin embargo, serĆ”s derribado al Seol, a lo mĆ”s remoto del abismoā€.[6]ĀæQuiĆ©n necesita a Dios cuando tiene como meta ser semejante a Ɖl? Juan Calvino, exponiendo sobre este pasaje, dice que ā€œtodos los que se atreven a atribuirse mĆ”s de lo que Dios permite son culpables de exaltarse a sĆ­ mismos contra Dios, como si le declararan la guerra; porque donde hay orgullo, ahĆ­ tambiĆ©n hay desprecio contra Diosā€.[7]

Cuando llegamos al Nuevo Testamento, encontramos a dos de los discĆ­pulos de JesĆŗs haciendo una petición. DĆ­as antes de la crucifixión de Cristo, Jacobo y Juan se le acercaron para pedirle los puestos mĆ”s altos, las posiciones de mayor poder y autoridad en Su reino. En Marcos 10:37 leemos cuĆ”l fue esa petición: ā€œConcĆ©denos que en Tu gloria nos sentemos uno a Tu derecha y el otro a Tu izquierdaā€. Ellos no querĆ­an estar debajo de nadie, no querĆ­an las posiciones mĆ”s bajas. Ellos querĆ­an estar elevados por sobre todos, en las posiciones de mayor honor.

En la tercera carta de Juan leemos de un lĆ­der de una iglesia a quien le gustaba ā€œser el primeroā€ (v. 9). Diótrefes —junto con AdĆ”n, Eva, los hombres de la Torre de Babel, el rey de Babilonia, Jacobo y Juan— llenan la descripción de orgullo: ellos tuvieron la actitud pecaminosa del corazón humano de independencia de Dios y superioridad hacia los demĆ”s. Ellos pensaron altas cosas acerca de sĆ­ mismos, se percibieron arriba, independientes de Dios y por sobre otras personas.

¿Qué de nuestro orgullo?
No podemos dejar de darnos por aludidos cuando hablamos del orgullo. ĀæAcaso no nos hemos pensado superiores a otros e independientes de Dios? Si somos honestos, debemos responder con un rotundo: ā€œSĆ­, por supuestoā€. Podemos dar por hecho que nosotros hemos sido orgullosos y luchamos con ese pecado cada dĆ­a. Seguimos en la misma tradición de AdĆ”n y Eva, Jacobo y Juan, el rey de Babilonia y Diótrefes.

Charles Spurgeon dijo que el orgullo ā€œnació con nosotros y no morirĆ” ni una hora antes que nosotrosā€.[8] El puritano Thomas Brooks escribió lo siguiente sobre este pecado tan propio de la naturaleza humana caĆ­da: ā€œEl primer mal que mĆ”s acompaƱa a la juventud es el orgullo. Orgullo del corazón, orgullo por la vestimenta, orgullo por las posiciones (1 Timoteo 3:6). Los jóvenes son susceptibles de enorgullecerse por la salud, la fuerza, las amistades, las relaciones, la inteligencia, la riqueza y la sabidurĆ­a. [Es muy raro] encontrar a un joven humildeā€.[9]

La pregunta no es, entonces: Āæsoy yo orgulloso? MĆ”s bien, debemos preguntarnos: Āæen quĆ© Ć”reas de mi vida puedo detectar el orgullo y cómo estĆ” siendo expresado? No podemos hacer morir ese pecado que ofende tanto a Dios y nos pone en enemistad con nuestro prójimo si no lo reconocemos primero. Medita en las palabras de John Stott: ā€œEn cada etapa de nuestro desarrollo como cristianos y en cada esfera de nuestro discipulado cristiano, el orgullo es nuestro mĆ”s grande enemigo y la humildad nuestro mĆ”s grande amigoā€.[10]

En las próximas semanas continuaremos considerando con mÔs detalle el orgullo y la humildad, con aplicaciones específicas a los hombres cristianos. ”Que Dios nos ayude a hacer morir cada día el pecado del orgullo en nosotros!

[1] Jonathan Edwards, Jonathan Edwards’ Resolutions and Advice to Young Converts [Las resoluciones de Jonathan Edwards y el consejo a nuevos creyentes], (versión Kindle sin datos de publicación), ubicación 132 de 164.

[2] Walter A. Elwell y Barry J. Beitzel, ā€œPrideā€ [ā€œOrgulloā€], Baker Encyclopedia of the Bible [La encyclopedia bĆ­blica Baker] (Grand Rapids, MI: Baker Book House, 1988), 1752.

[3] Alfonso Lockward, Nuevo Diccionario de La Biblia (Miami: Editorial Unilit, 1999), 775.

[4] William Barclay, Palabras griegas del Nuevo Testamento: Su uso y significado (El Paso, TX: Casa Bautista de Publicaciones, 1977), 103.

[5] John Calvin y John Owen, Commentary on the Epistle of Paul the Apostle to the Romans [Comentario sobre la epístola de Pablo el apóstol a los Romanos] (Bellingham, WA: Logos Bible Software, 2010), 82.

[6] Algunos teólogos afirman que este pasaje es también una descripción de la rebelión y la caída de SatanÔs. Ver, por ejemplo, el capítulo 20 de la Teología sistemÔtica de Wayne Grudem (Miami, Florida: Editorial Vida, 2007).

[7] John Calvin y William Pringle, Commentary on the Book of the Prophet Isaiah [Comentario sobre el libro del profeta IsaĆ­as] vol. 1 (Bellingham, WA: Logos Bible Software, 2010), 445.

[8] En su sermón predicado el 4 de octubre de 1857, titulado ā€œFear Notā€ [ā€œNo temanā€].https://www.spurgeongems.org/sermon/chs156.pdf, accesado el 14 de julio de 2020.

[9] Thomas Brooks, Manzanas de Oro, ed. David Vela, trad. Samuel Ortiz, vol. II (Bellingham, WA: Editorial Tesoro BĆ­blico, 2018).

[10] John Stott, ā€œPride, humility, and Godā€ [ā€œOrgullo, humildad y Diosā€] en J. I. Packer y Loren Wilkinson, eds., Alive to God: Studies in Spirituality [Vivo para con Dios: estudios acerca de la espiritualidad] (Vancouver, BC: Regent College Publishing, 2000), 119.

Daniel Puerto
Daniel es pastor de la Iglesia Bautista Palabra de Vida en Tampa, Florida. Estudió en el Instituto Bíblico Rio Grande (Edinburg, Texas) y actualmente cursa una maestría en el Southern Baptist Theological Seminary. EstÔ casado con Claudia y es padre de Emma y Loikan. Lo puedes seguir en Twitter

Cómo superar el legalismo

Por Sean Michael Lucas

Nota del editor:Este es el quinto capĆ­tulo en la serie de artĆ­culos de Tabletalk Magazine:Ā El legalismo

Jaime se crió en un entorno eclesiÔstico legalista. Profesó la fe desde niño y se le enseñó la gloriosa verdad del evangelio de que Jesucristo murió por los pecadores. Pero después de esa profesión de fe inicial, toda su experiencia cristiana se centró en el cumplimiento de normas. Se le enseñó que los cristianos debían cumplir normas, no solo mandatos bíblicos directos, sino también una serie de «principios» en el Ômbito de las citas y las amistades, el consumo de alcohol, la cultura popular y otros aspectos similares. La principal preocupación era mantener a Jaime y a los jóvenes cristianos como él «sin mancha del mundo»; el resultado fue que el evangelio que él conoció quedó truncado en un conjunto de normas de comportamiento.

Cuando Jaime llegó a la universidad, ya estaba cansado de cumplir normas. No solo era agotador cumplirlas, sino que también lo apartaba de sus compañeros de piso y amigos, que no parecían estar sujetos a tales reglas. Y ellos parecían divertirse y ser felices. ¿No sería mejor, menos agotador, mÔs satisfactorio, renunciar a las normas y simplemente disfrutar de la vida? Así, Jaime dejó de cumplir las normas; y al hacerlo, también se alejó de la iglesia. Al fin y al cabo, si el cristianismo consiste en cumplir normas y él ya no las cumplía, entonces ya no era cristiano. Y lo que es peor, el cristianismo ya no funcionaba para él.

Lamentablemente, la historia de Jaime no es inusual. De hecho, para muchos jóvenes criados en la iglesia, este es exactamente el camino que siguen. Es cierto que, tras abandonar su moralismo legalista y «vivir la vida loca», algunos de ellos llegan a ver que su comprensión del evangelio era anémica e incluso falsa. Sin embargo, la mayoría de ellos nunca vuelven a la iglesia y, por eso, nunca se dan la oportunidad de escuchar el cristianismo bíblico.

¿Cómo respondemos a esto? ¿Existe alguna esperanza para los que se han criado en círculos eclesiÔsticos legalistas, para esos que quizÔ estÔn maltrechos y magullados, en conflicto y confundidos sobre el verdadero significado del evangelio?

SĆ­, hay esperanza. Y esa esperanza se encuentra al volver al evangelio de JesĆŗs.

PECADORES COTIDIANOS, EVANGELIO COTIDIANO
Al volver al evangelio, lo que debemos confesar es que nunca pasamos de la puerta del evangelio. Porque somos pecadores cotidianos, necesitamos un evangelio de todos los dĆ­as.

Mientras vivamos, estaremos luchando con el pecado remanente. SĆ­, para aquellos que hemos confiado en JesĆŗs, ha ocurrido algo decisivo. Hemos sido unidos a Cristo. Nos hemos despojado del viejo hombre y nos hemos revestido del nuevo. Por la fe, hemos sido bautizados en Cristo.

De modo que si alguno estĆ” en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas. Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió con Ɖl mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; es decir, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo con Ɖl mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación (2 Co 5:17-19).

Pero, aunque somos nuevas criaturas en Cristo, también tenemos patrones aprendidos, deseos caprichosos y hÔbitos insensatos que permanecen. AdemÔs, a medida que aprendemos mÔs sobre el Dios santo que nos ha amado con un amor inquebrantable, vemos los laberintos de nuestro corazón, los subterfugios que practicamos y la naturaleza de cabeza de hidra del pecado.

El arma que Dios nos ha dado para combatir el pecado remanente en nuestros corazones y cuerpos es el evangelio. AsĆ­ traemos nuestros corazones de vuelta a quiĆ©n y de quiĆ©n somos en Jesucristo: estamos unidos a JesĆŗs, somos aquellos a los que Ɖl ha declarado justos y santos. AdemĆ”s, Ɖl ha concedido al EspĆ­ritu Santo que entrene nuestras mentes y corazones para decir sĆ­ a la justicia y no a la injusticia. En el poder del EspĆ­ritu, damos muerte a los delitos de la carne y vivimos para las prĆ”cticas virtuosas de la santidad.

Debido a que pecamos todos los días y a que somos pecadores hasta el día de nuestra muerte, necesitamos el evangelio todos los días. A medida que meditamos en lo que Cristo ha hecho por nosotros a través de Su vida, muerte, sepultura, resurrección y ascensión, y a medida que vemos cada vez con mÔs claridad cómo toda la Escritura trata de la obra de Cristo, nos formamos como una clase diferente de personas. El propio evangelio nos moldea cada día en mujeres y hombres nuevos.

EL PROGRESO DEL PEREGRINO
Esta transformación por el evangelio implica que el cristianismo no consiste en cumplir normas. Sin duda, un cristiano obedece la Palabra de Dios, pero el camino hacia la obediencia no consiste en centrarse en el cumplimiento de normas, en volar correctamente y en hacerlo mejor. El nĆŗcleo de lo que hace JesĆŗs en el Sermón del monte, en Mateo 5, es destruir la idea de que la justicia consiste en la obediencia externa a la ley. Cuando dice: Ā«Porque les digo a ustedes que si su justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entrarĆ”n en el reino de los cielosĀ» (Mt 5:20), nos dice que el camino hacia la justicia no es la mera obediencia externa. En cambio, el camino hacia una vida justa es la transformación interior del EspĆ­ritu a medida que progresamos en la vida del evangelio. Cuando utilizamos los medios de la gracia —incluyendo el culto corporativo centrado en la Palabra, los sacramentos, la oración y el compaƱerismo, asĆ­ como la adoración privada—, Dios se encuentra con nosotros, introduce el evangelio en nuestros corazones, confronta nuestros patrones de pensamiento, palabras y actos pecaminosos, y nos hace nuevos.

Pero este tipo de transformación por el evangelio lleva tiempo. Progresamos en ella a medida que somos formados y moldeados por la obra del Espíritu. A medida que avanzamos y nos adentramos, vemos mÔs pecados, nos enfrentamos a mÔs engaños, creemos mÔs en el evangelio y recibimos mÔs consuelo divino. Aprendemos por experiencia y ganamos sabiduría y perspicacia a medida que pasamos de la insensatez a la reverencia y al amor al Señor.

Y esto es lo que ocurre: cuando vivimos al ritmo del EspĆ­ritu, en realidad vivimos de forma que Ā«guardamos las reglasĀ». Los que den el fruto de amor del EspĆ­ritu serĆ”n los que guarden las dos tablas de los Diez Mandamientos. Los que tengan gozo conocerĆ”n la fuerza para decir no al pecado y sĆ­ a la justicia. Los que lleven la paz serĆ”n Ć­ntegros y sanos, no inquietos ni ansiosos. Y asĆ­ sucesivamente. Cumplimos normas, pero no centrĆ”ndonos en ellas como meras obras que hay que hacer, sino centrando nuestro corazón en JesĆŗs, en quiĆ©n es Ɖl, en lo que ha hecho y en lo que estĆ” haciendo en nosotros por medio del EspĆ­ritu para hacernos cumplir la ley.

CARƁCTER Y VOCACIƓN
En otras palabras, el evangelio de la gracia de Dios transforma nuestro carÔcter. Empezamos a vivir en la realidad de la nueva creación que es nuestra porque estamos unidos a Jesucristo. La imagen de Dios comienza a restaurarse en nosotros a medida que el Espíritu obra en nosotros la santidad, la justicia y el conocimiento genuino de Dios. Nos convertimos en las personas que Dios siempre quiso que fuéramos.

Este tipo de formación del carÔcter no puede ocurrir cuando un cristiano individual solo estudia la Palabra de Dios u ora por su cuenta. MÔs bien, se produce a través de la comunidad llamada «iglesia», a medida que aprendemos a amar y a vivir entre personas dramÔticamente diferentes a nosotros. Las nuevas formas de vivir que Pablo detalla en Efesios 4-5 y Colosenses 3 solo pueden darse en comunidad: desechamos la falsedad y aprendemos a decir la verdad, ¿por qué? «Porque somos miembros unos de otros» (Ef 4:25). No permitimos que la ira se arraigue en nuestros corazones, ¿por qué? Para no dar «oportunidad al diablo» de dividirnos unos de otros (v. 27). No dejamos que salga de nuestra boca ninguna palabra mala, ni amargura, ira, enojo o malicia, ¿por qué? «Para que imparta gracia a los que escuchan» (v. 29). ¿Te das cuenta? El carÔcter nuevo y renovado que el Espíritu obra en nosotros es para los demÔs. Y solo puede formarse y expresarse en comunidad con los demÔs.

A medida que somos moldeados por el evangelio, Dios nos llama a la vida de los demÔs y a Su mundo. Se nos dan dones para que los compartamos con los demÔs, habilidades dadas por el Espíritu que edifican a los demÔs en el evangelio. Estos son diferentes y necesarios para que nosotros y los demÔs seamos las personas que Dios quiere que seamos (Ro 12; 1 Co 12). De nuevo, esto significa que debemos formar parte de la comunidad llamada «iglesia», no para que podamos marcar como cumplida en nuestra lista de reglas la asistencia a la iglesia, sino para poder contribuir a la formación de los demÔs en el evangelio.

Pero Dios también nos llama a Su mundo como señales y agentes de la nueva creación. Cuando vivimos como esposos y esposas, madres y padres, padres e hijos, trabajadores en nuestras carreras y en el hogar, miembros y líderes de la iglesia, y en varios otros llamados, lo hacemos como señales de cómo serÔ cuando todo sea como debe ser. Somos señales de la nueva creación y a la vez sus agentes. Y eso es así porque Jesús nos ha encargado que hagamos discípulos, que ayudemos a otros a aprender la fe y los caminos del evangelio, no para conseguir mÔs observadores legalistas de las normas, sino para formar mÔs señales y agentes de los nuevos cielos y la nueva tierra.

Este es un evangelio que es mucho mejor que simplemente «cumplir normas». Este es un evangelio que da una esperanza genuina al legalista en recuperación, porque este es el evangelio de Jesús, Aquel que estÔ haciendo todas las cosas nuevas.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Sean Michael Lucas
El Dr. Sean Michael Lucas es pastor principal de Independent Presbyterian Church en Memphis, Tennessee, y profesor principal de Historia de la Iglesia en el Reformed Theological Seminary.

Cómo se ocupa Dios de los suyos

Martes 4 Octubre
Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.
Romanos 8:28
Cómo se ocupa Dios de los suyos (2)
ā€œLe mostrĆ© todos los libros que habĆ­a comprado para Ć©l. Le expliquĆ©:

LleguĆ© a Lima en la noche y no pude dormir. Le voy a decir por quĆ©. Hace algunos meses Dios tocó el corazón de varias personas en mi paĆ­s para ofrendar dinero para Su obra en PerĆŗ. TambiĆ©n me movió a mĆ­ a hacer el viaje hasta aquĆ­ y a levantarme temprano en la maƱana para ir a la librerĆ­a. Fue asĆ­ como me encontrĆ© con usted y pude comprarle varios libros que serĆ”n muy Ćŗtiles para usted y los demĆ”s creyentes de su comunidadā€.

Cristianos, ¿comprenden ustedes el amor de Dios? No me hablen de coincidencias, ”eso sería blasfemia o locura! Durante meses, Dios preparó los corazones y las circunstancias de decenas de personas para que ese cristiano humilde no se devolviera con las manos vacías. Y si él amó de tal manera a ese joven, a mí también me ama tanto como a él, y ama de la misma manera a cada uno de sus hijos. ”Oh, si pudiéramos comprender mejor a qué punto nuestro Dios es maravilloso!

Dios tiene reservadas cosas maravillosas para nosotros, ā€œcosas que ojo no vio, ni oĆ­do oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le amanā€ (1 Corintios 2:9). ĀæNo confiaremos en Ć©l? Claro que sĆ­, Ā”con todo el corazón!

ā€œEl que camina en sabidurĆ­a serĆ” librado. El que da al pobre no tendrĆ” pobreza; mas el que aparta sus ojos tendrĆ” muchas maldicionesā€ (Proverbios 28:26-27).

Amós 8-9 – Judas – Salmo 110 – Proverbios 24:19-20

Ā© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

ĀæQUƉ CLASE DE EVANGELIO ESTƁS ESCUCHANDO?

POR ANDY JOHNSON

uĆ© quiero decir cuando uso la palabra ā€œevangelioā€? Con ella me refiero al mensaje cristiano histórico, las buenas nuevas acerca de lo que Dios ha hecho por los pecadores por medio de Cristo. Y con esto no me refiero a ciertas implicaciones de ese mensaje, como por ejemplo la forma en la que algunos cristianos viven o lo que hacen, sino que me refiero al mensaje mismo de lo que JesĆŗs ha hecho por los pecadores; el Ćŗnico mensaje que puede salvarnos del Infierno y llevarnos a Dios.

El evangelio bĆ­blico empieza con Dios, quien creó todas las cosas por Su Palabra. De la nada, Dios habló y fueron creadas todas las galaxias, las nebulosas, las estrellas y los planetas. TambiĆ©n creó la vida en nuestro planeta, incluyendo el primer hombre y la primera mujer. Dios los colocó en un huerto y les dio todas las cosas para que las disfrutaran y gobernaran con perfecta libertad. La Ćŗnica prohibición fue que no comieran de un Ć”rbol en particular. Pero el rebelde enemigo de Dios entró en el huerto y tentó a Eva, aunque AdĆ”n no hizo nada al respecto. Escogieron desobedecer la prohibición de Dios y escuchar en su lugar las falsas promesas de SatanĆ”s. Los humanos hemos estado haciendo lo mismo desde entonces. Pero Dios castigarĆ” el pecado porque es bueno y justo. Ɖl no es la clase de juez que esconde la suciedad bajo la alfombra, pervirtiendo asĆ­ la justicia. Ɖl es un juez justo, y eso es malo para transgresores de la ley como nosotros. Rebelarse contra el gobierno justo de un Dios perfecto es indescriptiblemente perverso y merece un castigo de inconcebible severidad y duración. Merecemos un castigo eterno y consciente en el Infierno bajo la ira de Dios.

Pero Dios tenĆ­a un plan en su incalculable amor y sabidurĆ­a para castigar el pecado —y asĆ­ ser un juez justo— y al mismo tiempo perdonar a pecadores como nosotros (y asĆ­ reflejar su misericordia). Eso fue lo que hizo al enviar a Jesucristo —el coeterno y mismo Dios en la persona de Su Hijo— para que se encarnara. JesĆŗs vivió una vida perfecta sin rebelarse nunca contra Dios. Nunca cometió pecado alguno, sino que voluntariamente tomó el lugar de los pecadores. Y al ser clavado en la cruz de madera, cargó sobre Sus hombros toda la fuerza de la justa ira que el Dios todopoderoso tiene en contra del pecado. Cristo cargó sobre SĆ­ mismo el castigo eterno que merecen nuestros pecados. Su sacrificio soberano absorbió el castigo de todos los pecadores que algĆŗn dĆ­a se arrepentirĆ­an y confiarĆ­an en Ɖl. Dios mostró que habĆ­a aceptado el sacrificio de Jesucristo cuando lo levantó de la muerte despuĆ©s de haber estado tres dĆ­as en la tumba.

Ahora este JesĆŗs resucitado ordena a todos en todo lugar que se arrepientan de sus pecados y confĆ­en en Ɖl. Y de manera asombrosa, Cristo nos concede no solo la promesa del perdón, sino tambiĆ©n la adopción como hijos e hijas amadas del mismo Dios que hemos ofendido. Si nos hemos arrepentido de nuestros pecados y confiado en JesĆŗs, ahora conocemos la paz con Dios y la esperanza firme de tener gozo eterno y disfrutar de Ɖl para siempre. Ese es el evangelio bĆ­blico y es verdad para todas las personas, todas las lenguas, todos los lugares y todas las culturas a travĆ©s de los tiempos.

Sea cual sea nuestro papel en la iglesia, lo mejor que podemos hacer es creer este evangelio. Tenemos que meditar en Ʃl y medir todo lo que hay en nuestras vidas a la luz de su verdad y su valƭa.

Y cuando lo hayamos hecho, tenemos que orar por los líderes de nuestra iglesia y animarlos con gentileza a que dirijan a la congregación a poner el evangelio en lo mÔs alto. Dales las gracias cada vez que presenten claramente el evangelio en su predicación y anímales a promover la pasión por las misiones mundiales como una consecuencia natural y bíblica del evangelio.

ā€œEL ÚNICO COMBUSTIBLE VƁLIDO PARA LAS MISIONES MUNDIALES ES LA GLORIA DEL EVANGELIO, NO LAS NECESIDADES DE LA HUMANIDAD.ā€

Los pastores y lĆ­deres de la iglesia tienen que mantener en alto este evangelio no solo en los mensajes evangelĆ­sticos, sino en todo tiempo. Las personas salvas de tu congregación necesitan que se les recuerde y se les ayude regularmente a maravillarse en la idea de que ā€œsiendo aĆŗn pecadores, Cristo murió por nosotrosā€ (Ro 5:8b). AllĆ­ donde las personas ven la obra de Cristo como algo sumamente valioso, las misiones se convierten en un sacrificio racional y glorioso. El Ćŗnico combustible vĆ”lido para las misiones mundiales es la gloria del evangelio, no las necesidades de la humanidad.

ĀæQUƉ SIGNIFICAN LAS PALABRAS ā€œMISIONESā€ Y ā€œMISIONEROSā€?

No obstante, ĀæquĆ© queremos decir cuando usamos la palabra ā€œmisionesā€ y quiĆ©n puede ser considerado ā€œmisioneroā€? Para algunos cristianos, estas dos palabras han cambiado su significado recientemente. Algunos tratan ahora la misión de la iglesia como si abarcara todas las cosas buenas que los cristianos hacen, desde la acción social hasta la protección del medioambiente. Es cierto que es bueno hacer estas cosas y otras muchas que multitud de cristianos hacen regularmente de manera individual. Pero mi intención es mantener el uso tradicional e histórico de la palabra ā€œmisionesā€. Es decir, la exclusiva y caracterĆ­stica misión evangĆ©lica de la iglesia que es hacer discĆ­pulos a todas las naciones. O sea, la clase de evangelismo que lleva el evangelio traspasando los lĆ­mites Ć©tnicos, lingüísticos y geogrĆ”ficos, y que congrega a las iglesias y les enseƱa a obedecer todo lo que JesĆŗs ha ordenado. La verdad es que hacerlo de manera diferente supone convertir la palabra ā€œmisionesā€ en algo inĆŗtil. Tal y como dijo Esteban Neill en su famosa frase respecto a esta nueva definición de las misiones: ā€œSi todo es misión, entonces nada es misiónā€.

De la misma manera, cuando me refiero a ā€œlos misionerosā€ no estoy hablando de los cristianos que viven en una cultura diferente a la suya y que comparten el evangelio. AsĆ­ como no todos los miembros de iglesia que aman a Cristo son ā€œpastores o ancianosā€ y no todos los miembros de iglesia que hablan acerca de la Biblia son ā€œmaestrosā€ en el sentido deĀ Santiago 3:1, tampoco todos los testigos del evangelio en una cultura diferente a la suya son misioneros segĆŗn vemos en 3 Juan o 1 de Corintios. Me ciƱo al entendimiento tradicional e histórico de la palabra ā€œmisioneroā€ como alguien que es reconocido por la iglesia local y enviado para que el evangelio sea conocido y, para congregar, servir y fortalecer a las iglesias locales sin importar las divisiones Ć©tnicas, lingüísticas o geogrĆ”ficas. Esas son las personas a las cuales se les ha dicho a nuestras iglesias en lugares como 3 Juan que debemos sustentar.

Este artĆ­culo fue adaptado de una porción del libro Las misiones, publicado por Poiema Publicaciones. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.
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Ā”CuĆ”nto amo tu ley!

Por Sinclair B. Ferguson

Nota del editor:Este es el cuarto capĆ­tulo en la serie de artĆ­culos de Tabletalk Magazine:Ā El legalismo

En un torneo del PGA Tour en octubre de 2015, Ben Crane se autodescalificó tras completar su segunda ronda. Lo hizo con un coste económico considerable. Pero no le importó: Crane creyó que el coste personal de no hacerlo habría sido mayor (animado por un artículo devocional que había leído esa mañana de Davis Love III, el distinguido excapitÔn de la Copa Ryder).

Crane se dio cuenta de que había roto una de las reglas menos conocidas del golf. Si recuerdo bien la historia, mientras estaba en un obstÔculo buscando su bola, apoyó su palo en una piedra. Abandonó la bola, asumió la penalización requerida por hacerlo, siguió jugando y terminó su ronda. Pudo haber pasado cómodamente la eliminatoria del viernes por la noche; le esperaba un fin de semana muy exitoso desde el punto de vista financiero. Entonces Ben Crane pensó: «¿Debí haber incluido una penalización por haber dejado mi palo en un obstÔculo?». Pues sí (regla 13.4a). Así que se descalificó.

(¿Entiendes la idea? Esperemos que ningún lector de Tabletalk se quede despierto esta noche sabiendo que el trofeo se ganó ilegalmente).

Crane fue ampliamente elogiado por su acción. No hubo una avalancha de ataques rencorosos o denigrantes en el ciberespacio ni correos de odio por su estrechez de mente. Todo el reconocimiento para él. Curiosamente, nadie dijo o escribió: «Ben Crane es un legalista».

No, Tabletalk no va a iniciar una nueva columna de deportes este mes. Pero qué extraño es ver tantos elogios por su atención detallada a las reglas del golf y, sin embargo, lo contrario cuando se trata de las reglas de la vida, la (mucho mÔs sencilla) ley de Dios, incluso en la iglesia.

Hay un problema en alguna parte.

EL PROBLEMA
Ni JesĆŗs ni Pablo tenĆ­an problemas con la ley. Pablo escribió que su evangelio de la gracia sostiene y confirma la ley (Ro 3:31), incluso las leyes de Dios en su forma negativa, ya que Ā«la gracia de Dios… nos enseƱa a rechazarĀ» (Tit 2:11-12 NVI). ĀæY recuerdas las palabras de JesĆŗs en Mateo 5:17-19? Nuestra actitud ante la ley es una prueba de fuego de nuestra relación con el reino de Dios.

Entonces, ¿cuÔl es el problema? El verdadero problema es que no entendemos la gracia. Si lo hiciéramos, también nos daríamos cuenta de por qué John Newton, autor de Sublime gracia, pudo escribir: «En el fondo de la mayoría de los errores religiosos estÔ la ignorancia de la naturaleza y del diseño de la ley».

Esta es una cuestión profunda. En la Escritura, la persona que comprende la gracia ama la ley. (Por cierto, las meras polémicas contra el antinomianismo tampoco pueden producir esto).

Piensa de nuevo en Ben Crane. ¿Por qué él guarda las complejas reglas del golf? Porque ama el juego. Algo similar, pero mayor, es cierto para el creyente. Si amamos al Señor, amaremos Su ley, porque es Suya. Todo se basa en esta hermosa simplicidad bíblica.

Piensa en esto en términos de tres hombres y las tres «etapas» o «épocas» que representan: AdÔn, Moisés y Jesús.

ADƁN
En la creación, Dios dio mandamientos. Expresaban Su voluntad. Y como Ɖl es un Dios bueno, sabio, amoroso y generoso, Sus mandamientos son siempre para nuestro bien. Ɖl quiere ser un Padre para nosotros.

Tan pronto como Dios creó al hombre y a la mujer a Su imagen (Gn 1:26-28, una afirmación enormemente significativa), les dio estatutos que debĆ­an seguir (v. 29). El contexto deja clara la razón: Ɖl es el SeƱor; ellos son Su imagen. Los hizo para que le reflejaran. Ɖl es el SeƱor cósmico y ellos los seƱores terrenales. Su objetivo es que disfruten el uno del otro y de la creación en una comunión de vida (1:26-2:3). AsĆ­ que les dio un comienzo: un jardĆ­n en el EdĆ©n (2:7). Ɖl quiere que extiendan ese jardĆ­n hasta los confines de la tierra y que lo disfruten como creadores en miniatura, imitando asĆ­ al gran Creador original (1:28-29).

AsĆ­ que los mandatos de Dios en la creación tenĆ­an como objetivo que reflejĆ”ramos Su imagen y Su gloria. Los portadores de Su imagen han sido hechos para ser como Ɖl. De una forma u otra, todos los mandatos divinos tienen consagrado este principio: Ā«Eres mi imagen y mi semejanza. SĆ© como YoĀ». Esto se refleja en Su mandato: Ā«Santos serĆ”n porque Yo, el SEƑOR su Dios, soy santoĀ» (Lv 19:2).

Aquí estÔ implícito que los portadores de la imagen de Dios han sido creados, por así decirlo, para reflejarle. Sí, se les dan leyes externas, pero estas simplemente proporcionan aplicaciones específicas de las «leyes» incorporadas en la imagen divina, leyes que ya estÔn en la conciencia.

Por tanto, era instintivo que AdĆ”n y Eva imitaran a Dios, que fueran como Ɖl, porque fueron creados a Su imagen y semejanza, asĆ­ como el pequeƱo Set habrĆ­a de comportarse instintivamente como su padre, AdĆ”n, porque era Ā«a su semejanza, conforme a su imagenĀ» (Gn 5:3). De tal padre, tal hijo.

Pero entonces vino la caída: el pecado, la falta de conformidad con la ley revelada de Dios y la distorsión de la imagen dieron lugar a un mal funcionamiento de los instintos humanos internos. La imagen que reflejaba se apartó de la mirada y de la vida de Dios, y desde entonces todos los hombres (excepto Cristo) comparten esta condición. El Señor sigue siendo el mismo. Su diseño para Su imagen sigue siendo el mismo. Pero la imagen estÔ estropeada. El virrey que fue creado para convertir el polvo en un jardín se ha convertido en polvo:

Con el sudor de tu rostro
ComerƔs el pan
Hasta que vuelvas a la tierra,
Porque de ella fuiste tomado;
Pues polvo eres,
Y al polvo volverƔs (Gn 3:19).

Seguimos siendo la imagen de Dios y las leyes que rigen nuestra mejor manera de vivir no han cambiado. Pero ahora estamos demacrados y gastados, retorcidos por dentro, descentrados, distorsionados, llevando el aroma de la muerte. Antes éramos jefes de operaciones, ahora somos vagabundos que sobreviven robando al Propietario de la empresa (Yahvé e Hijo) que tan generosamente nos proveyó. La ley interior sigue funcionando, pero en el mejor de los casos de forma poco fiable, no porque la ley sea defectuosa sino porque nosotros lo somos.

Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por instinto los dictados de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para sƭ mismos. Porque muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio, y sus pensamientos acusƔndolos unas veces y otras defendiƩndolos (Ro 2:14-15; ver tambiƩn 7:7-25).

Pero Dios quiere Su retrato, Su imagen, de regreso.

MOISƉS
En esencia, la ley mosaica, resumida en el DecÔlogo, fue una reescritura en tablas de piedra de la constitución escrita en el corazón del hombre en la creación. Pero ahora esa ley llegó a un hombre caído e incluyó ofrendas por el pecado para abordar la nueva condición de la humanidad. Se le dio a una nación específica en una tierra específica. Y se le dio hasta la venida del Redentor prometido en Génesis 3:15. Por lo tanto, en gran medida se dio en términos negativos, con aplicaciones añadidas relevantes para una nación específica en una tierra específica, hasta el día en que los tipos y sacrificios de esa ley se cumplieran en Cristo.

La ley se le dio a las personas como a un «menor de edad» (GÔ 3:23-4:5), en gran medida en forma negativa. Nosotros también enseñamos a nuestros hijos: «”No metas el destornillador en el enchufe!», mucho antes de explicarles cómo funciona la electricidad. Es la forma mÔs sencilla y segura de protegerlos.

Pero los creyentes del antiguo pacto ya tenían claro que las negaciones de la ley encerraban mandatos positivos. La negación «No tendrÔs otros dioses delante de mí» implicaba la imagen a color y desarrollada de amar al Señor con todo el corazón y los mandamientos del dos al cuatro daban cuerpo a esa imagen. El resto de los mandamientos eran negativos que se desarrollaban en «Ama a tu prójimo como a ti mismo».

AdemÔs, dado que los sacrificios de animales sustituían los pecados de los humanos, era evidente que no carecían de proporción y no podían otorgar el perdón que ilustraban. Un creyente del antiguo pacto podía comprobarlo yendo al templo dos días seguidos: el sacerdote estaba de pie ante el altar, ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios (He 10:1-4, 11). El sacrificio adecuado y final aún estaba por llegar.

Y entonces el DecÔlogo recibió una aplicación civil para el pueblo en la tierra. Pero estas leyes locales ya no funcionarían de la misma manera para el pueblo de Dios cuando este se dispersara por todas las naciones. La preservación y el avance de Su reino ya no dependerían mÔs de ellas.

Todo esto estÔ bien expresado en la enseñanza de la Confesión de Fe de Westminster de que la «ley moral» continúa, la «ley ceremonial» fue abrogada y la «ley civil» expiró, aunque es evidente que todavía podemos aprender mucho de las legislaciones ceremonial y civil (19.3-5). Un creyente del antiguo pacto podría entender esto, aunque con menos claridad. Al fin y al cabo, solo el DecÔlogo se colocó en el arca, como expresión del propio carÔcter y el corazón de Dios. Sí, la ley era una porque el Dios que la dio es uno. Pero la ley de Moisés no era monolítica: era multidimensional, tenía un fundamento y también Ômbitos de aplicación. Lo primero era permanente; lo segundo eran disposiciones provisionales hasta que el día amaneciera.

Los creyentes del antiguo pacto realmente amaban la ley. Se deleitaban en ella. A su Dios del pacto eso le importaba tanto que reformuló Sus instrucciones originales para que pudieran guiar al pueblo como pecadores que eran. Los creyentes del antiguo pacto que conocían y meditaban en el DecÔlogo y en toda la TorÔ (la ley) crecerían en su capacidad de aplicarla a todas las providencias de Dios en sus vidas (Sal 1). Con todas sus normas y reglamentos, la ley de Dios proporcionaba seguridad y dirección para toda la vida.

Al final de mi primer año de universidad, enseñé en una escuela para jóvenes delincuentes. Sus vidas estaban fuertemente limitadas. Pero, para mi sorpresa, tenían en común un extraordinario espíritu de equipo, lealtad y orgullo por su escuela. Al principio esto me desconcertó. Luego me di cuenta de que estos chicos sabían dónde estaban. Estaban a salvo y salvaguardados de sí mismos y de sus rebeldías. Los profesores los disciplinaban con afecto. QuizÔ por primera vez en sus vidas, recibían comidas regulares. Sí, las normas a veces les molestaban; al fin y al cabo eran pecadores. Pero estaban a salvo. Algunos de ellos incluso volvieron a transgredir solo para poder volver al entorno de la escuela. Comprendí el motivo, aunque no podía aprobarlo. Allí tenían cuidado y seguridad.

Pablo utiliza una ilustración no muy diferente en GÔlatas 3-4. Los creyentes del antiguo pacto eran herederos menores de edad, que vivían en el entorno restringido de la ley mosaica. Pero ahora, en Cristo, la historia redentora ya ha alcanzado la mayoría de edad. Existe una nueva dimensión de libertad. No necesitas comprobar el calendario para ver si es un día santo. No necesitas comprobar la carne ni revisar de qué estÔ hecha tu ropa. No necesitas llevar mÔs sacrificios al templo. Ahora que Cristo ha venido, nos han dejado salir del reformatorio. «De manera que la ley ha venido a ser nuestro guía para conducirnos a Cristo, a fin de que seamos justificados por la fe» (GÔ 3:24). Sin embargo, la ley en donde se apoya esto, ¿por qué habría de cambiar? ¿Por qué vamos a ser menos obedientes al mismo Padre?

Ya estamos descubriendo que no podemos comprender plenamente la ley de Moisés sin pensar en Jesús. Dios tiene la intención de restaurar Su retrato.

JESÚS
JesĆŗs vino a recrear una humanidad nueva y verdadera, marcada por un amor interno restaurado hacia el SeƱor y un deseo de ser como Ɖl. La ley por sĆ­ misma no puede hacer eso en nosotros. Para lograrlo se necesita perdón, liberación y poder. Esto lo proporciona Dios en Jesucristo y por el EspĆ­ritu.

Pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo: enviando a Su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne, para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu (Ro 8:3-4).

Tal vez porque sabĆ­a que la gente sacarĆ­a conclusiones erróneas de Sus enseƱanzas (y asĆ­ fue), JesĆŗs explicó que no habĆ­a venido a abolir, sino a cumplir la ley. Ɖl llenarĆ­a a plenitud la Ā«medidaĀ» que MoisĆ©s habĆ­a dado (Mt 5:17-20). Dejó claro que tambiĆ©n pretendĆ­a restaurar el retrato y la imagen de Dios en nosotros (Mt 5:21-48). Como sabemos, trazó una serie de contrastes. Pero Sus palabras no fueron: Ā«EstĆ” escrito… pero yo les digo…»; mĆ”s bien fueron: Ā«Han oĆ­do que se dijo… pero yo les digo…». No estaba contrastando Su enseƱanza con la ley de Dios, sino con las interpretaciones y distorsiones rabĆ­nicas de la misma.

Sin embargo, hay una diferencia importante en el nuevo pacto. Moisés ascendió al monte terrenal de Dios y bajó con la ley escrita en tablas de piedra. Pero mÔs tarde, expresó su anhelo de que el Señor pusiera Su Espíritu sobre todo el pueblo (Nm 11:29). La ley de Moisés podía ordenar, pero no podía dar poder. En cambio, Jesús ascendió al monte celestial de Dios y bajó en el Espíritu para escribir Su ley en nuestros corazones.

El libro de Hebreos lo afirma explícitamente en dos ocasiones citando a Jeremías 31:31 (He 8:10; 10:16, la única «ley» que puede estar a la vista aquí son los Diez Mandamientos). El Señor de la ley ha reescrito la ley del Señor en nuestros corazones por medio de Su Espíritu. Fortalecidos desde dentro por el Espíritu de Jesús que cumple la ley, amamos la ley porque amamos al Señor. Al igual que en el antiguo pacto el principio de vida era «Yo que te amo soy santo, Ômame y sé santo tú también», en el nuevo pacto el principio de vida también puede resumirse en una frase: «El Hijo de Dios, Jesús, es la imagen de Dios en nuestra naturaleza humana; así que sé como Jesús». A fin de cuentas, que lleguemos a ser como Cristo siempre ha sido el objetivo último del Padre para nosotros.

Porque a los que de antemano conoció, tambiĆ©n los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Ɖl sea el primogĆ©nito entre muchos hermanos. A los que predestinó, a esos tambiĆ©n llamó. A los que llamó, a esos tambiĆ©n justificó. A los que justificó, a esos tambiĆ©n glorificó (Ro 8:29-30).

AMA LA LEY DE DIOS
«Tienes que amar la ley» tiene un doble significado. Tienes que amarla: es un mandato. Pero al mismo tiempo, «tienes que amarla» porque es muy buena. Por supuesto que lo es. Es un regalo de tu Padre celestial. EstÔ destinada a mantenerte seguro y bien, a darte seguridad y a ayudarte a andar por la vida. Toma el Catecismo Menor de Westminster (o mejor, el Catecismo Mayor) y lee la sección sobre los mandamientos. Allí aprenderÔs a utilizar y aplicar las reglas del juego de la vida. Son mucho mÔs fÔciles de entender que las reglas del golf.

Cuando Jesús dijo: «Si ustedes me aman, guardarÔn Mis mandamientos» (Jn 14:15), solo hacía eco de las palabras de Su Padre. En realidad, es simple, pero lo exige todo. Como dice el himno de John H. Sammis:

Obedecer cumple a nuestro deber.

Si querƩis ser felices, debƩis obedecer.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Sinclair B. Ferguson
El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología SistemÔtica en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito mÔs de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.