Cómo vencer las preocupaciones

Cómo vencer las preocupaciones

Jay Adams

LOS AMIGOS DE JOSÉ LO CONOCÍAN como una persona siempre preocupada por todo. Un día Marcos vio a su amigo caminando tan feliz como fuera posible, silbando y cantando, con una sonrisa grande en el rostro. Parecía no tener preocupación alguna. Marcos no podía creerlo, y quería saber lo que le había pasado.
—¡José! Oye, ¿qué te ha pasado? —le preguntó.— Ya no te veo preocupado.
—¡Es maravilloso, Marcos! No me he preocupado para nada en dos semanas.
—Que bueno. ¿Y cómo lograste eso?
—Contraté a un señor para que él se preocupe por mí, —explicó José— y yo me desentendí de ello.
—¿Qué? —exclamó Marcos.
—Así es.
—Pues, tengo que decir que esto es algo nuevo para mí, —Marcos se frotaba la cabeza.— Díme, ¿cuánto te cobra?
—Mil dólares por semana.
—¡Mil dólares! ¿Dónde consigues mil dólares por semana para pagarle? —demandó Marcos.
—¡Esa es su preocupación! —respondió José.
¿No te parecería fantástico que otro pudiera encargarte de tus preocupaciones? Pues, la Biblia dice que esto es posible. De hecho, Dios invita a todos sus hijos a echar todas sus ansiedades sobre él (1 Pedro 5:7). Y lo mejor de todo, no te cuesta ni un centavo. Dios se ofrece para tomar todas tus preocupaciones sobre sí mismo. Y dado que Dios recibe nuestras ansiedades, y que nos ha mandado no preocuparnos, quiere decir que toda preocupación es pecado. Dios nos dice constantemente en la Biblia que no nos preocupemos. Cuando desobedecemos su Palabra, es pecado. La preocupación probablemente es el pecado más común de nuestros tiempos.

Los efectos de la preocupación

Las preocupaciones pueden causar úlceras en el estómago, drenar la vitalidad, y enviarnos a una muerte prematura. Nos convierte en personas incapaces de manejar los problemas de la vida. El preocuparse muestra falta de fe en Dios, y nos impide de asumir nuestra responsabilidad en servir a Cristo Jesús. La preocupación es pecado.
Tal vez estás permitiendo que las angustias te impidan vivir una vida de fidelidad a Cristo. ¡Tal vez te preocupas por tus preocupaciones! Y lo que quieres saber es, ¿qué se puede hacer al respecto? ¿Qué dice la Biblia sobre cómo vencer este pecado? Pues, la Biblia dice que lo puedes vencer, ¡con seguridad!
La preocupación aflige a muchos Cristianos. Felipe, un ingeniero, tenía la tarea de construir un edificio grande. Era una tarea mucho más grande que todos los trabajos anteriores, con muchas dificultades. Comenzó a preocuparse sobremanera. Los contratistas y los subcontratistas estaban peleando entre sí. Los electricistas y los carpinteros no se ponían de acuerdo. Las fechas tope no se estaban cumpliendo. Todo el día y todos los días Felipe se preocupaba, y entre más se afligía menos podía hacer. Ya no era capaz de manejar los detalles de cada día. Comenzó a decirse cada día, “Ya no puedo, es demasiado”. Hasta por fin, un día se levantó de su escritorio y salió de su oficina. Como Felipe era Cristiano, fue a buscar consejo. Y fue con base en la Palabra de Dios que encontró la respuesta a sus angustias.

La esencia de la preocupación

¿Qué es la preocupación? En la Biblia, generalmente se traduce como ‘angustia’, o ‘ansiedad’. Se debería traducir como ‘preocupación’ para que entendamos en nuestros términos lo que Dios nos está diciendo. El término griego en el Nuevo Testamento significa “dividir, romper, o partir en dos”. Este término señala los efectos de las preocupaciones, es decir, lo que produce en nosotros. Pero en sí, la preocupación es una ansiedad en cuanto al futuro. Es una aflicción con respecto a algo sobre lo cual no podemos hacer nada, y ni siquiera podemos tener seguridad en cuanto a ello. Es por eso que nos parte en dos. Cuando uno se preocupa, mira hacia el futuro. Pero el futuro aún no ha llegado. No hay nada concreto que tú puedas agarrar, y no hay nada que se pueda hacer sobre ese futuro. La persona angustiada no puede hacer nada sobre el futuro, ni siquiera sabe cómo se ve el futuro. Nadie fuera de Dios conoce el futuro en su forma verdadera. La persona ansiosa primero se imagina que el futuro será así. Pero al momento piensa que tal vez será otra cosa. Y como no puede saberlo a ciencia cierta, lo parte en dos. De acuerdo a la Biblia, la preocupación es afligirse sobre lo que no se sabe y lo que no se puede controlar, y esto nos rompe en dos. La pregunta es, “Si esta es la esencia de la preocupación, ¿qué puede hacer al respecto?|
Escuchemos a Jesús —él tiene la respuesta. Dice, “No se preocupen” (Mateo 6:31). Pero Jesús no deja el asunto ahí, sino que explica cómo vencer la angustia. En este pasaje Jesús concluye una discusión vital respecto a la tendencia de afligirnos por las necesidades de la vida con las siguientes palabras: “Así que, no os afanéis (no se preocupen) por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán” (Mateo 6:34). Jesús aquí nos aclara que el problema de la angustia es que proviene de un enfoque incorrecto de la vida. Jesús dice que es incorrecto dejar que los posibles problemas de mañana nos partan en dos hoy.
Cristo hace un contraste entre dos días: “No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su afán”. En estas palabras tenemos la respuesta de Dios a las preocupaciones. Cada día tendrá suficientes problemas. Tú no debes enfocar tu mirada en los problemas de mañana ¡porque hay suficientes problemas hoy como para ocuparnos! Mañana pertenece a Dios. Mañana está en sus manos. Cuando nosotros intentamos tomar mañana, intentamos quitar lo que le pertenece a él. Los pecadores desean tener lo que no es de ellos, y así se destruyen a sí mismos. Dios solamente nos ha dado el día de hoy. Dios prohíbe que nos preocupemos de lo que podría suceder. Esto está en sus manos enteramente. El hecho trágico es que las personas que se preocupan mucho no sólo desean lo que les es prohibido, sino que se niegan a usar lo que se les ha dado.

¿Es malo planear para el futuro?

Antes de proceder, hay un punto que debemos destacar: Cristo no se opone a la planificación para el día de mañana. Cristo no se opone a pensar en mañana o prepararse para el futuro. Lo que prohíbe son las preocupaciones, la angustia que nos lleva a llorar. No hay nada en Mateo 6 que prohíba la planificación para el futuro.
Las palabras de Santiago son vitales para comprender todo esto (Santiago 4:13ss). Algunos han malentendido este pasaje, interpretándolo como si Santiago estuviera en contra de todo tipo de planificación. Pero esto es exactamente lo contrario del sentido del texto. Es más, en este pasaje Santiago nos está explicando cómo debemos hacer planes. Lo que prohíbe son los planes incorrectos, y nos muestra cómo planificar de la manera que agrada a Dios. Planificar y preocuparse son dos cosas muy diferentes.
¿Cómo debemos planificar entonces? Santiago nos responde así, “Deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello. Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala”. Ahora podemos ver la gran diferencia. Santiago nos dice que debemos hacer planes sin preocuparnos. Es imposible no planear, pues siempre estamos haciendo algún tipo de planificación. Pero debe ser sin angustia. La persona que se preocupa actúa como si tuviera el futuro en la palma de su mano. Es arrogante. Santiago dice que debes presentar tus planes ante Dios y decir, “Señor, he intentado hacer mis planes lo mejor posible, según tu voluntad revelada en la Biblia. Pero yo sé que sólo tú eres soberano, y someto mis planes a ti. Sea hecha tu voluntad”.
Como Cristiano, sabes que tu vida pertenece a Dios por el mero hecho de ser su criatura. Pero también has sido comprado por precio, el precio de la muerte de Jesucristo, él que dio su vida para redimirte del pecado y la muerte eterna. El próximo respiro está en sus manos. De modo que debes decirle a Dios, “Te traigo mis planes para que los revises y los corrijas”. Cuando planificas de esta manera, llevando tus planes a Dios para ser revisados (y negados si fuera el caso), aceptando gozosamente la voluntad de Dios, entonces estás planificando como dice Santiago. ¿De qué te tienes que preocupar cuando realmente pones tus mejores planes en la mano de Dios?

Venciendo las angustias

Ahora bien, regresemos a Mateo 6 para descubrir la alternativa que nos da Jesús con respecto a las preocupaciones. ¿Cómo podemos vencer las angustias en cuanto al futuro? ¿Cómo se puede vivir sin ninguna preocupación? ¡Es imposible! Tú preguntas, “¿Cómo puedo olvidar las preocupaciones?” La respuesta a esta pregunta es la llave al problema de las preocupaciones. Cristo no nos pide que dejemos de sentir urgencia. Nos dice que dirijamos nuestra urgencia hacia otra cosa. Nuestra preocupación no debe ser dirigida hacia mañana, porque esto sólo nos parte en dos.
Si has puesto en manos de Dios tus mejores planes, puedes dirigir tu atención a otra cosa que no sea mañana. Ya no tienes que afligirte sobre el futuro, y puedes dirigir tus esfuerzos, tus energías y todo lo que tienes hacia hoy. Esta es la llave que cierra la puerta a la angustia, y abre la puerta de la paz: concéntrate en hoy.
Concentrarse fuertemente en algo es una actitud correcta, no equivocada. Toda emoción que Dios nos ha dado tiene un uso correcto en el momento correcto. Cada emoción puede ser positiva cuando se usa correctamente, acorde con los mandamientos y principios de la Palabra de Dios. Pero cada emoción puede usarse equivocadamente también. Interesarse fuertemente (sentir ‘urgencia’con respecto a alguna cosa) es una habilidad dada por Dios para movilizar las energías de cuerpo y mente para resolver un problema. Pero cuando enfocamos estas energías en el futuro, el propósito de soltar las energías químicas y eléctricas del cuerpo es frustrado, porque se derraman en el cuerpo pero no pueden usarse. No pueden convertirse en acción, porque es imposible hacer algo sobre el futuro. La preocupación activa una energía que no se usa, y en algunos casos los químicos producidos producen úlceras del estómago y otros síntomas físicos.
Pero si te enfocas en el día de hoy, las energías no son desperdiciadas, sino que pueden usarse. Tu preocupación será útil, tus energías podrán ser usadas al servicio de Jesucristo para resolver los problemas en lugar de preocuparse por ellos. Tú puedes hacer algo respecto a los problemas porque los tienes a mano, estás tratando con la realidad concreta.
Felipe aprendió que podía hacer algo por sus problemas de hoy. Primero nos sentamos y echamos una mirada a los problemas, haciendo un plan para el panorama entero. Oramos, colocando todo en manos de Dios. Después, miramos más de cerca a la próxima semana para determinar —si Dios quiere— lo que se podría hacer. Finalmente hablamos de hoy, y nos preguntamos “¿Qué podemos hacer ahorita?” Felipe se había acostumbrado a ver todo el bosque, y por eso había concluido que era demasiado grande, oscuro y tupido para ser talado. En contraste, aprendió a decir “Por la gracia de Dios tres árboles caerán hoy”. Luego aprendió a enfocarse y derramar todas sus energías en cortar esos tres árboles. Debería olvidar el resto de los árboles. Mañana podrá enfocarse en tres más, y al día siguiente tres o cuatro más, y así sucesivamente. Al continuar así, llegó el momento cuando Felipe podía ver luz en el bosque, y el sol comenzó a brillar. Felipe resolvió su problema de angustia al resolver los problemas de cada día un día a la vez.
Si trabajas fielmente para Cristo, haciendo lo que puedas con los problemas que se presentan hoy, usando todas tus energías, puedes ir a casa por la noche quizás cansado, pero satisfecho. ¿Hace cuánto tiempo no has tenido esa satisfacción? Ya no aquella sensación de cansado y todavía angustiado, sino el sentimiento de cansado y satisfecho, recostándote al final del día sabiendo que has gastado tus energías como Dios manda.

La preocupación y la pereza

¿Sabes que la Biblia señala que muchas de las personas que se preocupan son perezosas? Pues, esto es lo que Jesús mismo le dijo a uno que se afligía con respecto al futuro, y quería excusarse de sus responsabilidades a causa de sus preocupaciones. Pero Jesús dijo que era un caso de mera pereza. En Mateo 25 Cristo relató la historia de tres siervos a quienes se les dio dinero para invertir. Cuando regresó su señor, inquirió acerca de sus ganancias. Al que se le dio más, había duplicado su inversión, y el segundo hizo lo mismo. Pero el tercero confesó que había escondido su dinero en un hueco en la tierra. Cuando volvió el señor, el siervo sacó el dinero se lo llevó diciendo, “Aquí está lo suyo, señor. Lo enterré porque tenía miedo” (Mateo 25:25). El siervo se preocupó de las posibles consecuencias de invertir el dinero. Se preocupaba y se afligía hasta que quedó paralizado. Se preocupaba en lugar de trabajar. Y su señor le dijo, “Siervo malo (nótese que es pecado preocuparse por el futuro) y negligente … debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses” (Mateo 25:26, 27). Jesús le dice en otras palabras, “Debieras haber hecho por lo menos lo mínimo, y ni eso hiciste. Tú eres un siervo perezoso”.
La persona preocupada no puede hacer nada porque está ocupada preocupándose por los problemas de mañana. Termina haciendo nada. Tú no puedes hacer nada con los problemas desconocidos de mañana. La angustia sobre mañana es como la persona que se balancea en una mecedora: gasta energía sin ir a ningún lado. Pero con respecto a los problemas de hoy, algo siempre se puede hacer (ver 1 Corintios 10:13). En última instancia, aunque no puedes cambiar el problema, por el poder del Espíritu Santo puedes cambiar tus actitudes con respecto a los problemas. Si nada más cambia, tú puedes cambiar. De modo que siempre hay algo que se puede hacer.

Una solución práctica

Hay un procedimiento sencillo que puedes utilizar cuando te encuentras preocupándote en lugar de trabajar. Cuando sientes que la angustia se te está subiendo, siéntate inmediatamente y escribe las siguientes tres preguntas en una hoja de papel, dejando espacio debajo de cada una para llenar después:

1.      ¿Cuál es el problema?

2.      ¿Qué quiere Dios que yo haga con él?

3.      ¿Cuándo, dónde y cómo debo comenzar?

A veces el solo hecho de apuntar el problema te conduce a la solución. Cuando defines el problema, debes comenzar de inmediato a buscar una solución en las Escrituras. La pregunta es: “¿Cómo puedo enfrentar este problema para la gloria de Dios?” No te conformes con buenas soluciones e ideales nobles. En cambio, comienza a trabajar. Fija un horario para tu trabajo, y ataca la tarea más difícil primero. No olvides el ejemplo de Abraham, “se levantó temprano” cuando Dios le dio la tarea horrenda de sacrificar a Isaac, su único hijo, a quien amaba (Génesis 22:3). Ahí tenemos la solución de Dios para la preocupación.
Un último pensamiento. Este librito es escrito para los Cristianos. Pero si no conoces a Jesucristo como tu Salvador, permíteme decirte algo. Dios le dice a los Cristianos que no tienen nada de qué preocuparse. Pero tú tienes todo motivo por qué preocuparte. Si no eres Cristiano, no tienes las promesas de Dios, como por ejemplo la de Romanos 8:28, porque es dada solamente a los que pertenecen a Dios: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien”. No existe solución para tu problema fuera de Cristo Jesús. No hay nada sino el infierno eterno al final de tu camino. La Biblia nos dice que el infierno es un lugar de oscuridad y soledad. Las personas en el infierno serán como estrellas errantes, ¡separadas las unas de las otras por años de luz! (Judas 13). Peor aún, divagarán eternamente aisladas en la oscuridad, lejos de la presencia de Dios: “Sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Tesalonicenses 1:9). Este es el hecho más terrible de todos. El infierno será el lugar totalmente solitario en donde los hombres y mujeres, en vez de preocuparse del futuro, tendrán remordimiento agudo con respecto al pasado. Sólo en el infierno su futuro es seguro: habrá la horrorosa seguridad de un futuro eterno de terror apartados de Dios.
Pero tal vez Dios está obrando en tu corazón, convenciéndote de tu pecado. Posiblemente puso en tus manos este folleto porque quiere que confíes en Jesucristo. Jesús murió en la cruz en el lugar de pecadores culpables como tú, llevando sobre sí su infierno. Toda persona que cree que Jesús murió por ella será perdonada, y en lugar del infierno recibirá el regalo de la vida eterna, una vida con Dios para siempre. Dios promete, “Más a todos los que le recibieron (a Jesucristo), les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). ¿Por qué no pones tu confianza en Cristo en este momento? No se quede con la preocupación, ¡actúa! Actúa en obediencia a la Palabra de Dios.
Para los que conocen al Señor, permítanme preguntar, “¿Tienes necesidad de arrepentirte del pecado de la preocupación”? Si es así, entonces atiende los problemas de cada día según como te lleguen, y trabaja duro para Cristo ese día.

Adams, J. (2011). Cómo vencer las preocupaciones (pp. 3–31). Guadalupe, Costa Rica: CLIR.

El ministerio a los abusados y a los abusadores

Por Sean Michael Lucas 

Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

Es un escenario de pesadilla para todos los implicados: un hombre llama a su pastor llorando y le pide una reunión urgente. Treinta minutos más tarde, está en el despacho del pastor, confesando que su mujer le ha sorprendido tocando sexualmente a su hija de trece años. Parece estar muy afligido, hasta que el pastor le insta a llamar a la línea de atención al menor y autodenunciarse. Entonces, el abusador comienza a evadir: «¿No destruirá eso a mi familia? ¿No me costará el trabajo? ¿No destruirá mi reputación?». El hombre se niega y se va de la oficina. Dos semanas después, toda su familia se muda fuera del estado a un lugar no declarado.

¿Qué debe hacer el pastor? Con demasiada frecuencia, el pastor no hace nada, a pesar de que en muchos estados existen leyes de denuncia de abusos sexuales que obligan al clero a denunciar dichos abusos, incluso cuando se alega el privilegio de pastor-penitente. Así también, los líderes de la iglesia no hacen nada, alegando que la familia ha huido a otro estado, fuera del alcance de su antigua congregación. El resultado es que un abusador sexual se sale con la suya en su pecado y crimen, y seguirá perpetrando ese pecado hasta que finalmente sea atrapado por las autoridades.

Piensa en la niña implicada: ¿qué le dice la iglesia en este caso? Piensa en la esposa y en los demás hijos; en el hombre mismo y en su alma inmortal; en la nueva comunidad a la que ha trasladado a su familia. ¿Qué dice la iglesia a estas partes? Piensa en la iglesia y en el evangelio: ¿qué está diciendo la iglesia sobre ellos?

Cada vez que la iglesia no se enfrenta al pecado, y especialmente a los pecados sexuales perturbadores, estamos diciendo algo muy claro: nos amamos a nosotros mismos, a nuestra comodidad, a nuestra reputación, más que a Dios, al evangelio y a los demás. Eso es lo que ocurre cuando no enfrentamos el mal.

Por supuesto, hay otras innumerables situaciones en las que nuestras iglesias y nuestros líderes no enfrentan el mal:

Cuando el esposo que es el apoyo económico más importante deja a su esposa por otra mujer y la iglesia no lo disciplina, dejando que «renuncie» a su membresía;
Cuando el cardiólogo amenaza a su mujer con un arma, después afirma que «solo estaba bromeando» y no sufre ninguna consecuencia;
Cuando la madre de mediana de edad de tres hijos decide dejar a su marido, su casa y su iglesia simplemente porque no es feliz y nadie se pone en contacto con ella.
En cada una de estas maneras y en innumerables otras, cuando la iglesia no persigue a los individuos con una disciplina formativa y correctiva con gracia y con amor, hacemos daño espiritual y realmente traicionamos el evangelio.

Entonces, ¿qué hacemos al respecto? ¿Cómo pueden nuestras iglesias brillar como luminares en medio de situaciones ciertamente difíciles, complejas y desordenadas? ¿Cómo pasamos de ser personas que no enfrentan el mal y aman su propia comodidad a ser personas que aman a Cristo y a Su pueblo sin importar el costo para nosotros?

Planifica por adelantado
Las iglesias a menudo fracasan a la hora de hacer lo correcto —tanto eclesiástica como civilmente— porque no han pensado de antemano cómo proceder en situaciones concretas. No podemos esperar a que se desarrolle un escenario de pesadilla. Si lo hacemos, seguro que lo trataremos de forma inadecuada. En lugar de eso, necesitamos tener por adelantado procesos claros y escritos que seguir.

Para las iglesias presbiterianas, hay un sentido en el que eso ya nos ha sido determinado. En la Iglesia Presbiteriana en América, por ejemplo, tenemos el Libro de orden de la iglesia de nuestra denominación, que establece un proceso disciplinario. Para las iglesias independientes, que no tienen reglas denominacionales de disciplina, es necesario que haya un proceso claro y escrito de disciplina eclesiástica. Independientemente del contexto denominacional, como líderes de la iglesia debemos estar decididos a seguir el proceso sin importar quién esté involucrado (Mt 18:15-20; 1 Ti 5:21).

Sin embargo, tenemos que admitir que podríamos necesitar otros protocolos para ayudar a guiar las respuestas a situaciones específicas. Por ejemplo, cuando se sospecha o se admite un abuso de menores, los líderes de la iglesia deben tener y seguir directrices específicas para informar a las autoridades civiles correspondientes. Para desarrollar tales protocolos, será necesario trabajar con un abogado local para asegurarse de que la iglesia cumple con las leyes estatales de denuncia aplicables. Disponer de un protocolo escrito de este tipo elimina las conjeturas de una denuncia. En muchos estados, el requisito es que los líderes de la iglesia informen del asunto tan pronto como se descubra, y luego permitan a las autoridades competentes investigar y determinar si se ha cometido un delito. Colaborar con el Estado en estos asuntos es apropiado y bíblico (Ro 13:1-7).

Sé firme pero manso
El apóstol Pablo nos insta a restaurar a los pecadores con espíritu de mansedumbre (Gá 6:1). Esa mansedumbre no es opuesta a la firmeza y la determinación; más bien, surge del reconocimiento de que nosotros también somos pecadores. Este reconocimiento debería eliminar nuestra jactancia farisaica o nuestra ira arrogante. Sin duda, en el caso de pecados como el abuso de menores, existe una justa ira por el pecado y sus efectos a largo plazo. Aún así, es la bondad de Dios la que lleva al arrepentimiento (Ro 2:4). Incluso cuando tratamos con suavidad y firmeza a los autores, buscamos su arrepentimiento y su restauración final.

Sin embargo, a menudo no mostramos una compasión similar hacia las víctimas. Las iglesias suelen aparecer en las noticias por no tratar con compasión a las mujeres que se divorcian de sus maridos que han sido descubiertos viendo pornografía infantil o por mirar hacia otro lado cuando se descubren patrones de abuso infantil. Otras iglesias, que se niegan a defender a las mujeres que sufren abusos físicos por parte de sus maridos o a los niños que sufren abusos sexuales por parte de sus padres, pasan desapercibidas. ¿Dónde está la compasión por estas víctimas? Como iglesias debemos estar decididos a demostrar compasión a los que han sido objeto de pecado, estando decididos a hacer con ellos lo que deseamos que otros hagan con nosotros (Mt 7:12).

Lidera y aplica el evangelio
Tanto el perpetrador como la víctima del pecado necesitan lo mismo: el evangelio de Jesús. Los que cometen pecados sexuales —ya sea inmoralidad sexual, adulterio o incluso abuso sexual— necesitan escuchar el evangelio. El punto de la disciplina es confrontar al pecador con los reclamos de Cristo, llamar al arrepentimiento, pero también buscar nuevos patrones de obediencia que solo pueden venir cuando el pecador corre diariamente a Cristo.

A menudo, quienes cometen pecados desordenados y atroces creen que sus pecados son demasiado grandes para ser perdonados. Necesitan que se les recuerde que «no hay pecado tan grande que pueda traer condenación sobre aquellos que se arrepienten verdaderamente» (Confesión de Fe de Westminster 15.4). Tal arrepentimiento genuino se produce «al comprender la misericordia de Dios en Cristo para con los arrepentidos» (CFW 15.2). ¿Cuán grande es la misericordia de Dios en Cristo? Tan grande que envió a Su Hijo único para morir por los pecadores, y esa muerte es suficiente para cubrir todos nuestros pecados, incluso los más atroces.

Las víctimas también necesitan el evangelio de Jesús: que Jesús es un Salvador que no quebrará la caña cascada ni apagará la mecha que humea (Mt 12:20); que se identifica con los heridos y quebrantados y pone en libertad a los oprimidos por el pecado (Lc 4:17- 21); y que también preguntó «¿Por qué?» cuando el dolor y el abandono de Dios fueron abrumadores (Mt 27:46).

Pero las víctimas del pecado también necesitan saber que Jesús hace algo más que identificarse con nosotros en nuestras heridas. Él realmente ha hecho algo al respecto. A través de Su resurrección, Él es capaz de traer nueva vida y nueva esperanza en el presente así como en el futuro. Hay poder en Él para que sigan adelante a través del dolor que conocen. Además, el evangelio nos proporciona la base para el perdón, al saber que nosotros también hemos cometido pecados atroces contra Dios (Ef 4:32).

Prepárate para un largo camino
En realidad esto es lo más difícil de todo. Como líderes del ministerio, nos gusta creer que cuando intervenimos, llevamos a cabo un proceso disciplinario, y vinculamos todo esto con el evangelio, ya hemos «arreglado» la situación. Pero esto no funciona así. Especialmente en las situaciones en las que hay una traición importante —como en una relación adúltera de larga duración, un divorcio o un abuso sexual— pueden ser necesarios meses o años de aplicación del evangelio para ver la sanidad y la esperanza.

Estas situaciones a menudo implican apoyo financiero (si el perpetrador arrepentido pierde su trabajo o si hay un divorcio), consejería o terapia a largo plazo (que puede o no estar cubierta por un seguro), o reuniones regulares y prolongadas de rendición de cuentas. Estas cosas cuestan tiempo, esfuerzo y energía emocional a los pastores y líderes del ministerio.

Sin embargo, Dios, a través de Su Espíritu, no solo nos sostiene para amar de estas maneras, sino que también nos señala el objetivo final de todo ello: «A Él nosotros proclamamos, amonestando a todos los hombres, y enseñando a todos los hombres con toda sabiduría, a fin de poder presentar a todo hombre perfecto en Cristo» (Col 1:28). Ver a los pecadores rescatados, a las víctimas restauradas, y a ambos camino al cielo… ¿qué más puede desear un pastor o una iglesia?

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Sean Michael Lucas
El Dr. Sean Michael Lucas es pastor principal de Independent Presbyterian Church en Memphis, Tennessee, y profesor principal de Historia de la Iglesia en el Reformed Theological Seminary.

¿Ilusiones?

Miércoles 7 Diciembre

Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.

1 Juan 3:9

Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.

1 Juan 1:8

¿Ilusiones?

Los dos versículos de hoy parecen opuestos entre sí y pueden confundir a los creyentes. Algunos cristianos, leyendo rápidamente el primero, podrían pensar que ya no pueden pecar. ¿Es posible? En la lengua original, el verbo traducido al español por “practicar” sugiere la idea de un comportamiento regular, de una costumbre. El apóstol quiere decir que una persona que tiene la vida de Dios ha sido liberada de “practicar el pecado”. La “simiente de Dios”, la nueva vida que ha recibido por gracia, está orientada hacia el bien, por lo tanto no peca.

Pero mientras estemos en la tierra, tenemos en nosotros esta fuente de mal llamada “la vieja naturaleza” o “la carne”, que siempre está dispuesta a influenciarnos. Es por eso que tristemente los cristianos pecan. No reconocerlo sería engañarnos a nosotros mismos. Este es el sentido del segundo versículo citado, confirmado por otros, en particular el de Santiago 3:2, V. M: “En muchas cosas todos tropezamos”.

Sin embargo, los creyentes no tienen ninguna excusa para ceder al pecado. En efecto, el Espíritu Santo que habita en ellos tiene un poder suficiente, y siempre está disponible, para preservarlos del mal. El que cultiva una buena relación con Dios es sensible a su santidad, y esto le evita “tropezar” o pecar.

Y si pecamos, ¿qué debemos hacer? El apóstol nos da inmediatamente el remedio: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Jueces 1:1-21 – Apocalipsis 1 – Salmo 139:1-6 – Proverbios 29:11-12

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