«Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo».

4 de octubre

«Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo».

1 Juan 2:1

«Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos». Sí, aunque pequemos, aún lo tenemos a él. Juan no dice: «Si alguno hubiere pecado ha perdido el derecho de tener abogado»; sino «abogado tenemos», aunque seamos pecadores. Todos los pecados que haya cometido nunca el creyente o que pueda llegar a cometer, no son capaces de destruir el vínculo que lo une al Señor Jesucristo su Abogado. El nombre que se le da aquí a nuestro Señor es sugestivo: «Jesús». ¡Ah, entonces se trata de un abogado de la categoría que nosotros necesitamos!, pues Jesús es el nombre de Uno cuyo cometido y deleite está en salvar. El ángel dijo: «Llamarás su nombre Jesús porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Su dulce nombre denota el éxito que él había de conseguir. Luego tenemos «Jesucristo», del griego khristos, ungido. Esto indica su autoridad para interceder; pues él es el abogado designado y el sacerdote elegido por Dios. Si hubiera sido elegido por nosotros podría fracasar, pero si es Dios quien nos ofrece ayuda en la poderosa persona de Cristo, entonces llevemos a él nuestras cuitas sin vacilar. Él es el Cristo y, por eso mismo, está cualificado para llevar a cabo su obra: pues la unción lo ha preparado perfectamente. Él puede rogar de tal manera que conmueva el corazón de Dios y prevalezca. ¡Qué palabras de ternura, qué frases tan persuasivas emplea el Ungido cuando se presenta para interceder por mí! Hay otra palabra asociada con su nombre que debemos considerar: «Jesucristo, el justo». Esto no es solo una descripción de su carácter, sino su alegato. Si mi abogado es el Justo, entonces mi causa es buena; de lo contrario, él no la hubiera defendido. Su alegato también es justo; pues él rebate la acusación que se me hace de injusticia alegando que él es justo. Él declara ser mi Sustituto y pone a mi cuenta su obediencia. Alma mía, tienes un amigo que reúne todas las condiciones para ser tu Abogado. Él, sin duda, tendrá éxito como tal; ponte por completo en sus manos.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 288). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Él mismo padeció siendo tentado».

3 de octubre

«Él mismo padeció siendo tentado».

Hebreos 2:18

«Jesús fue tentado como yo» es un pensamiento muy común; pero, sin embargo, al corazón fatigado le sabe a néctar. Tú has oído esta verdad muchas veces, ¿pero la has comprendido? Jesús fue tentado por los mismos pecados que a nosotros nos hacen caer. No separemos a Jesús de nuestra naturaleza humana común. Tú estás atravesando ahora un cuarto oscuro, pero Jesús pasó por él antes que tú. Tú estás empeñado en una dura batalla, pero Jesús tuvo que hacer frente a ese mismo enemigo. Tengamos buen ánimo: Cristo llevó la carga antes que nosotros, y las pisadas del Rey de gloria, manchadas de sangre, pueden verse a lo largo del camino que nosotros estamos transitando en este momento. Hay algo más agradable aún que eso: Jesús fue tentado, pero nunca pecó. Por consiguiente, alma mía, no es preciso que peques tú tampoco; porque Jesús fue hombre, y si un hombre sufrió esas tentaciones sin pecar, entonces, asistidos por su poder, los miembros de su Cuerpo también pueden dejar de caer. Algunos que se inician en la vida divina piensan que no les es posible ser tentados sin pecar, pero se equivocan. El experimentar tentaciones no es pecado, pero sí el ceder a la tentación. Aquí hay aliento para aquellos que se sienten terriblemente tentados: tienen aún más razón para cobrar ánimo si consideran que el Señor Jesús, aunque fue tentado, triunfó gloriosamente. Y, como él venció, así también vencerán sus seguidores: pues Jesús es el representante de su pueblo. La Cabeza ha triunfado y los miembros comparten su victoria. Los temores son innecesarios, ya que Cristo está con nosotros, armado, para defendernos. Nuestro lugar de seguridad es el pecho del Salvador. Quizá ahora mismo estemos siendo tentados para que nos acerquemos más a él. ¡Bendito sea cualquier viento que nos lleve al puerto del amor de nuestro Salvador! ¡Dichosas las heridas que nos hicieron buscar a nuestro Médico amado! Tú que eres tentado, acércate a tu tentado Salvador, pues él puede compadecerse de tus flaquezas y socorrerá a todo aquel que pase por pruebas y tentaciones.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 287). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Varón muy amado

2 de octubre

«Varón muy amado».

Daniel 10:11

Hijo de Dios, ¿vacilas en apropiarte este título? ¿Acaso tu incredulidad te ha hecho olvidar que tú también eres muy amado? ¿Puedes pensar que no se te ha amado mucho cuando la Palabra de Dios dice que fuiste comprado con la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación? Cuando Dios hirió por ti a su Unigénito Hijo, ¿no demostró con eso que para él eras muy amado? Dios fue muy paciente contigo mientras vivías desenfrenadamente en el pecado. ¿No demuestra esto que te amaba mucho? Tú fuiste llamado por gracia, conducido al Salvador y hecho hijo de Dios y heredero del Cielo. ¿No prueba todo ello un amor grande y superabundante? Cuando, desde entonces, tus senderos se han presentado escabrosos por las dificultades o llanos por las misericordias, ¿no ha habido también en esto muchas pruebas de que eras un «varón muy amado»? Si el Señor te ha castigado, no lo ha hecho con ira. Si te ha constituido pobre, en cambio, en la gracia te ha hecho rico. Cuanto más indigno te sientas, tantas más pruebas tendrás de que nada sino un amor inefable ha podido guiarte al Señor Jesús para que él salvara un alma como la tuya. Cuanto más carente de méritos te sientas, más clara será para ti la manifestación del inmenso amor de Dios al elegirte, llamarte y hacerte heredero de bendición. Ahora bien, si existe tal amor entre Dios y nosotros, vivamos bajo el influjo y la bondad del Señor, y utilicemos el privilegio que nos concede esa posición. No nos acerquemos a Dios como si fuéramos extranjeros o como si él no deseara oírnos; pues somos muy amados por nuestro amoroso Padre: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» (Ro. 8:32). Ven confiadamente, oh creyente, pues, a pesar de los susurros de Satanás y de las dudas de tu corazón, eres «muy amado». Medita esta noche en la grandeza y en la fidelidad del amor divino y acuéstate en paz.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 286). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Gracia y Gloria da el SEÑOR»

1 de octubre

«Gracia y gloria da el SEÑOR».

Salmo 84:11 (LBLA)

El Señor es generoso por naturaleza: se complace en dar. Sus dones son indeciblemente preciosos y él los otorga tan liberalmente como la luz del sol. Él da gracia a sus elegidos porque le place; a sus redimidos, a causa del pacto; a los llamados, por las promesas; a los creyentes, porque la buscan; y a los pecadores, porque la necesitan. Él la concede abundante, oportuna, constante, pronta y soberanamente, encareciendo el valor de la dádiva con la forma de darla. Dios da gracia a los suyos generosamente y en todas las formas: confortándolos, preservándolos, santificándolos, dirigiéndolos, instruyéndolos y asistiéndolos sin cesar. Esto lo hará siempre, ocurra lo que ocurra. Si se presenta la enfermedad, el Señor dará gracia; si nos sobreviene la pobreza, gracia nos será concedida; si llega la muerte, la gracia encenderá la vela en la hora más oscura. Lector, cuán precioso es gozar de esta inmarcesible promesa —»Gracia […] dará el Señor»— a medida que van pasando los años y las hojas de los árboles empiezan a caer de nuevo.

La pequeña conjunción «y» es en este versículo un remache de diamante, que une el presente con el futuro. La gracia y la gloria siempre van juntas. Dios las ha unido en matrimonio, y ninguna se puede divorciar de la otra. El Señor nunca negará la gloria a aquella alma a la que se ha concedido generosamente vivir en la gracia. En realidad, la gloria no es otra cosa que la gracia vestida de fiesta, la gracia en plena floración, la gracia semejante a los frutos de otoño, maduros y perfectos. Ninguno puede decir cuándo estará en la gloria: quizá antes de que termine este mes de octubre veamos la Santa Ciudad. No obstante, sea ahora o sea más tarde, la verdad es que pronto seremos glorificados. El Señor, sin duda, dará a sus escogidos gloria: gloria celestial, gloria eterna, la gloria de Jesús. ¡Oh, qué sorprendente promesa de un Dios fiel!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 285). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Mejor es perro vivo que león muerto»

Septiembre 30

«Mejor es perro vivo que león muerto».

Eclesiastés 9:4

La vida es una cosa preciosa y, aun en sus formas más humildes, superior a la muerte. Esta verdad es eminentemente cierta de las cosas espirituales. Es mejor ser el último en el Reino de los cielos que el mayor fuera del mismo. El más insignificante grado de virtud resulta superior al más notable desarrollo de la naturaleza no regenerada. El alma en que el Espíritu Santo injerta la vida divina cuenta con un precioso depósito que ninguno de los refinamientos de la cultura puede igualar. El ladrón crucificado aventaja al César en su trono. Lázaro, entre los perros, es mejor que Cicerón en medio de los senadores; y el cristiano más iletrado aparece, en la presencia de Dios, superior a Platón. La vida constituye el emblema de la nobleza en los dominios de las cosas espirituales, y los hombres que no la poseen son simplemente ejemplares más corrientes o más refinados de ese mismo material sin vida que necesita ser vivificado, ya que está muerto en delitos y pecados.

Un sermón evangélico, lleno de vida y de amor, aunque sea pobre en ideas y tosco de estilo es, sin embargo, mejor que un discurso muy erudito pero carente de unción y de poder. Un perro vivo vigila mejor que un león muerto, y es más útil a su dueño. Así, también, debe preferirse con mucho al predicador espiritual más pobre que al elocuente orador que no tiene sabiduría sino solo palabras, ni poder sino únicamente sonidos. Lo mismo sucede con nuestras oraciones y otras prácticas religiosas: si, al efectuarlas, el Espíritu Santo nos vivifica, entonces, las mismas son aceptables para Dios por medio de Jesucristo, aunque nosotros las consideremos inútiles. En cambio, nuestras grandes acciones en que no ponemos el corazón, son, en la presencia del Dios vivo, como leones muertos, mera carroña. Dios nos conceda gemidos, suspiros y ansias vivas antes que cánticos sin vida y que una calma mortal. Cualquier cosa es mejor que la muerte. Los ladridos del perro del Infierno nos mantendrán al menos despiertos, ¿pero qué maldición mayor puede tener un hombre que la de una fe muerta y un testimonio sin vida? ¡Vivifícanos, vivifícanos, Señor!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, pp. 284–285). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Hallé luego al que ama mi alma; lo así y no lo dejé».

29 de septiembre

«Hallé luego al que ama mi alma; lo así y no lo dejé».

Cantares 3:4

¿Nos recibe Cristo cuando nos acercamos a él a pesar de toda nuestra pecaminosidad pasada? ¿No nos reprende nunca por haber probado primero todos los demás refugios? ¿Hay en la tierra alguien como él? ¿Es él el mejor entre todos los buenos y el más bello entre todos los hermosos? ¡Oh, alabémosle entonces! ¡Hija de Jerusalén, ensálzalo «con salterio y arpa» (Sal. 150:3)! ¡Abajo los ídolos! ¡Arriba el Señor Jesús! Dejemos que los estandartes de la pompa y el orgullo sean pisoteados, pero levántese en alto la cruz de Jesús, la cual el mundo zahiere y escarnece. ¡Ojalá tuviésemos un trono de marfil para nuestro Rey Salomón! Quiero que Jesús se siente en alto para siempre, y que mi alma, en cambio, lo haga en su estrado, le bese los pies y lave los mismos con sus lágrimas. ¡Oh, qué precioso es Cristo! ¿Cómo es posible que piense tan poco en él? ¿Cómo puedo alejarme en busca de gozo, de consuelo, cuando él tiene tanta abundancia, es tan rico y satisface tanto? Compañero creyente, haz con tu corazón el pacto de jamás apartarte de él; y, después, pídele a tu Señor que lo ratifique. Ruégale que te ponga en su dedo como un anillo y en su brazo como un brazalete. Pídele que te ciña a sí mismo como la desposada se atavía con ornamentos y como el novio se pone sus joyas. Yo quisiera vivir en el corazón de Cristo. Mi alma desea habitar eternamente en la hendidura de esa Roca. «Aun el ave ha hallado casa, y la golondrina nido para sí donde poner sus polluelos: ¡tus altares, oh Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío!» (Sal. 84:3, LBLA). Yo también quisiera hacer mi nido, mi casa, en ti; para que el alma de tu tórtola nunca más se alejara de tu persona, sino que pusiese su nido cerca de ti, oh Jesús, verdadero y único descanso mío.

Gloria, gloria, aleluya,

gloria, gloria a Jesús;

él me salva y me guarda:

Gloria, gloria a Jesús.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 283). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Vuelve siete veces»

28 de septiembre

«Vuelve siete veces».

1 Reyes 18:43

Cuando el Señor lo ha prometido, el éxito está asegurado. No es posible que el Señor desoiga el angustioso clamor de su pueblo por algo que atañe a su propia gloria, aunque hayan estado suplicando durante meses sin recibir respuesta. El Profeta continuó luchando con Dios sobre la cumbre del Carmelo y nunca, ni por un momento, temió que en la Corte celestial le fuese a ser denegada su petición. Seis veces volvió el siervo de Elías, pero tras ninguna de ellas se le dijeron otras palabras más que estas: «Vuelve otra vez». No debemos vacilar incrédulamente, sino que hemos de aferrarnos a nuestra fe hasta setenta veces siete. La fe envía a una expectante esperanza a que mire desde la cumbre del Carmelo; y, si esta no ve nada, la envía una y otra vez a hacer lo mismo. Lejos de amilanarse por las frecuentes decepciones sufridas, la fe se siente alentada a interceder más fervorosamente en la presencia de Dios. Se humilla, pero no se avergüenza. Sus gemidos son más profundos y sus suspiros más vehementes, pero no deja de aferrarse ni detiene su mano. A la carne y a la sangre le sería agradable poder conseguir una pronta respuesta, pero las almas creyentes han aprendido a ser sumisas y a considerar un bien tanto el esperar al Señor como el esperar en él. Las respuestas que se demoran hacen, a menudo, que el corazón se examine a sí mismo y se vea guiado a la contrición y a la reforma espiritual. De esta manera, los golpes mortales caen sobre nuestra maldad y las cámaras de nuestra imaginería resultan purificadas. El gran peligro es que los hombres desmayen y pierdan la bendición. Lector, no caigas tú en este pecado: sigue orando y velando. Finalmente, apareció en el cielo una pequeña nube como segura precursora de abundantes lluvias. Así acontecerá también contigo: la «señal para bien» se te concederá sin duda, y te levantarás como un príncipe que ha prevalecido a fin de gozar de la gracia que has demandado. «Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras» (Stg. 5:17), así que su poder para con Dios no residía en sus méritos. Si la oración de fe le fue a él de tanta ayuda, ¿por qué no lo ha de serlo para ti la tuya? Invoca la preciosa sangre con incesante importunidad y te será hecho como deseas.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 282). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Mi amado metió su mano por la ventanilla, y mi corazón se conmovió dentro de mí».

27 de septiembre

«Mi amado metió su mano por la ventanilla, y mi corazón se conmovió dentro de mí».

Cantares 5:4

No era suficiente golpear, pues mi corazón estaba cargado de sueño y, además, demasiado frío y desagradecido como para levantarse y abrir la puerta; pero el toque de su eficiente gracia hizo que mi alma se conmoviese. ¡Ah, la paciencia demostrada por mi Amado!, quien a pesar de que le había negado la entrada, permaneció a la puerta mientras yo dormía en el lecho de la pereza. ¡Ah, la grandeza de su paciencia!, al golpear una y otra vez, rogándome que le abriera. ¡Cómo podía yo desairarlo! ¡Vil corazón, sonrójate y confúndete! No obstante, la mayor de todas las demostraciones de su amor para conmigo se evidencia en esto: en que él mismo haya sido su propio portero y corrido con sus propias manos el cerrojo de la puerta. ¡Tres veces bendita sea la mano que condesciende a levantar la aldaba y a dar la vuelta a la llave! Ahora veo que nada sino el poder de mi Señor puede salvar a una perversa masa de maldad como soy yo. Los ritos fallan y aun el evangelio no tiene efecto sobre mí hasta que la mano de mi Señor abre la puerta. Ahora veo también que su mano es eficaz allí donde todas las demás cosas no tienen éxito. Él puede abrir cuando nada más lo haría. ¡Bendito sea su nombre! Aún ahora siento su bondadosa presencia. Bien pueden mis entrañas conmoverse por él, cuando pienso en todo lo que sufrió por mi causa y en mi mezquina respuesta. Yo he permitido que mis sentimientos se extraviaran; le he suscitado rivales. ¡Oh, el más bello y querido de los amados, te he tratado como trata a su marido una esposa infiel! ¡Ah, mis crueles pecados, mi cruel egoísmo…! ¿Qué puedo hacer? Las lágrimas son poco para demostrar mi arrepentimiento; todo mi corazón hierve de indignación contra mí mismo. ¡Infeliz de mí, que traté a mi Señor (mi Todo en todo, mi grandísimo gozo) como si fuera un extraño! Jesús, tú perdonas sin reservas; pero esto no es suficiente: impide que vuelva a serte infiel. Enjuga estas lágrimas con un beso y, después, limpia mi corazón y átalo a ti mismo con siete cuerdas para que nunca más se extravíe.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 281). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Aúlla, oh ciprés, porque el cedro cayó

26 de septiembre

«Aúlla, oh ciprés, porque el cedro cayó».

Zacarías 11:2

Cuando en el bosque se oye el estrépito de un roble que cae, es señal de que el leñador se encuentra allí. En tales circunstancias, bien puede temblar cada uno de los árboles del bosque por temor de que, al día siguiente, la afilada hacha lo sorprenda también a él. Todos nosotros somos como árboles destinados para el hacha, y la caída de uno solo debe recordarnos que la hora señalada se acerca apresuradamente y llegará sin previo aviso para todos (ya seamos grandes como el cedro o humildes como el abeto). Espero que no nos hagamos insensibles a la muerte por oír hablar frecuentemente de ella. No seamos como los pájaros del campanario, que hacen sus nidos cuando las campanas están tañendo y duermen tranquilamente mientras los repiques de la solemne ceremonia llenan el ambiente de recogimiento. Consideremos la muerte como el más serio de todos los acontecimientos y encaremos su aproximación con toda cordura. No nos conviene bromear cuando nuestro destino eterno pende de un hilo. La espada está fuera de la vaina; actuemos, por tanto, con seriedad. Su hoja se encuentra acicalada y está muy afilada; no juguemos, pues, con ella. El que no se prepara para la muerte es más que un vulgar insensato: es un demente. Cuando la voz de Dios se deje escuchar entre los árboles del huerto, que tanto la higuera como el sicómoro, la haya como el cedro se apresten a oír.

Procura estar preparado, siervo de Cristo, porque tu Señor viene de repente, en el momento en que el mundo impío menos lo espera. Esfuérzate por ser fiel en su obra, porque pronto se cavará tu sepulcro. Prepárate, padre; procura criar a tus hijos en el temor de Dios, pues pronto pueden quedarse huérfanos. Prepárate tú, comerciante: cuida de que tus negocios sean honrados y de que sirvas a Dios con todo el corazón, pues los días de tu servicio terrenal pronto terminarán y serás llamado a dar cuenta de lo que hayas hecho mientras estabas en el cuerpo, sea bueno o sea malo. Dios quiera que todos nos preparemos para comparecer ante el tribunal del gran Rey, con un cuidado que pueda recibir como recompensa este encomio lleno de gracia que dice: «Bien, buen siervo y fiel».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 280). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«El cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría»

25 de septiembre

«El cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría».

1 Corintios 1:30

El intelecto del hombre busca la tranquilidad, pero, por naturaleza, la busca lejos del Señor Jesucristo. Los hombres cultos, aun cuando sean conversos, son propensos a considerar con poca reverencia y afecto la sencillez de la cruz de Cristo. Están atrapados en la antigua red que lo fueron también los griegos, y evidencian una marcada voluntad de mezclar la filosofía con la revelación. El hombre de pensamiento refinado y de elevada cultura tiene la tentación de apartarse de la sencilla verdad de Cristo e idear una doctrina (como expresa el término) más intelectual. Esto condujo a las iglesias cristianas primitivas al gnosticismo y las embelesó con toda suerte de herejías. Ahí tenemos la raíz de la Neología y de las otras exquisiteces que en días pasados estaban tan de moda en Alemania y que ahora entrampan a cierta clase de teólogos. Quienquiera que seas, querido lector, y cualquiera que sea tu preparación, ten por cierto que si eres del Señor no encontrarás ninguna tranquilidad en la teología filosófica. Puedes recibir tal o cual dogma de este gran pensador o tal o cual desvarío de aquel otro filósofo profundo, pero como la paja es al trigo, así serán esas cosas al lado de la pura Palabra de Dios. Todo lo que la razón (cuando está muy bien guiada) puede resolver es simplemente el abecedario de la verdad y, aun en eso, carece de certeza; mientras que en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Col. 2:3). Cualquier tentativa por parte de los cristianos de satisfacerse con sistemas que merezcan la aprobación de los pensadores unitarios y de la Iglesia en general está abocada al fracaso. Los genuinos herederos del Cielo tienen que volver a esa realidad tan sencilla que hace brillar de gozo el ojo del gañán y alegra el corazón del pobre piadoso: «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores». Cuando se le recibe con fe, Jesús satisface al intelecto más preparado; sin embargo, fuera de él, la mente del regenerado no encontrará sosiego. «El principio de la sabiduría es el temor del Señor. Buen entendimiento tienen todos los que practican sus mandamientos» (Sal. 111:10, LBLA).

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 279). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.