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«Mi amado metió su mano por la ventanilla, y mi corazón se conmovió dentro de mí».

27 de septiembre

«Mi amado metió su mano por la ventanilla, y mi corazón se conmovió dentro de mí».

Cantares 5:4

No era suficiente golpear, pues mi corazón estaba cargado de sueño y, además, demasiado frío y desagradecido como para levantarse y abrir la puerta; pero el toque de su eficiente gracia hizo que mi alma se conmoviese. ¡Ah, la paciencia demostrada por mi Amado!, quien a pesar de que le había negado la entrada, permaneció a la puerta mientras yo dormía en el lecho de la pereza. ¡Ah, la grandeza de su paciencia!, al golpear una y otra vez, rogándome que le abriera. ¡Cómo podía yo desairarlo! ¡Vil corazón, sonrójate y confúndete! No obstante, la mayor de todas las demostraciones de su amor para conmigo se evidencia en esto: en que él mismo haya sido su propio portero y corrido con sus propias manos el cerrojo de la puerta. ¡Tres veces bendita sea la mano que condesciende a levantar la aldaba y a dar la vuelta a la llave! Ahora veo que nada sino el poder de mi Señor puede salvar a una perversa masa de maldad como soy yo. Los ritos fallan y aun el evangelio no tiene efecto sobre mí hasta que la mano de mi Señor abre la puerta. Ahora veo también que su mano es eficaz allí donde todas las demás cosas no tienen éxito. Él puede abrir cuando nada más lo haría. ¡Bendito sea su nombre! Aún ahora siento su bondadosa presencia. Bien pueden mis entrañas conmoverse por él, cuando pienso en todo lo que sufrió por mi causa y en mi mezquina respuesta. Yo he permitido que mis sentimientos se extraviaran; le he suscitado rivales. ¡Oh, el más bello y querido de los amados, te he tratado como trata a su marido una esposa infiel! ¡Ah, mis crueles pecados, mi cruel egoísmo…! ¿Qué puedo hacer? Las lágrimas son poco para demostrar mi arrepentimiento; todo mi corazón hierve de indignación contra mí mismo. ¡Infeliz de mí, que traté a mi Señor (mi Todo en todo, mi grandísimo gozo) como si fuera un extraño! Jesús, tú perdonas sin reservas; pero esto no es suficiente: impide que vuelva a serte infiel. Enjuga estas lágrimas con un beso y, después, limpia mi corazón y átalo a ti mismo con siete cuerdas para que nunca más se extravíe.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 281). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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Mateo 5:3-12 “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos recibirán misericordia. “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

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