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El rey Ezequías reinó sobre Judá

7 NOVIEMBRE

2 Reyes 20 | Hebreos 2 | Oseas 13 | Salmos 137–138

Uno de los capítulos más tristes de las Escrituras es 2 Reyes 20. Nos presenta a un hombre que ha sido fiel en el pasado y ahora se está marchitando en la autocomplacencia del egoísmo.

El rey Ezequías reinó sobre Judá, el reino del sur, en los últimos días del reino del norte, Israel. Una vez los asirios habían derrotado a Israel y transportado a sus ciudadanos principales, dejando atrás sólo una nación en ruinas, había suficiente motivo para desalentarse en el sur. Pero, de manera verdaderamente heroica, Ezequías, guiado en parte por el profeta Isaías, resistió el agotador asedio del rey Senaquerib de Asiria, simplemente confiando en la misericordia de Dios el Señor. Enviada por Dios mismo, una plaga arrasó el campamento asirio, matando a casi doscientas mil personas. Se salvan Jerusalén y Judá (2 Reyes 18–19; Isaías 36–37). Además, el compromiso de Ezequías con Dios en los años iniciales de su reinado no se caracterizó por la transigencia típica que mantenía algún tipo de lealtad a Yahvé aunque sin tocar los altares y otros lugares de adoración pagana. Todo lo contrario: purificó la nación, ganándose la afirmación: “Ezequías hizo lo que agrada al Señor, pues en todo siguió el ejemplo de su antepasado David” (18:3–4). Incluso reconoció que la serpiente de bronce que Moisés había hecho (Números 21:4–9) se había convertido en una trampa supersticiosa y la destruyó.

Luego, cayó enfermo y lloró amargamente. De alguna forma, llegó a pensar que por sus actos de justicia, Dios le debía una vida larga y próspera (20:2–3). En su misericordia, Dios le asignó quince años más y le dio una señal milagrosa para confirmar la promesa (20:1–11). Durante esos quince años, sin embargo, Ezequías fracasó en una prueba importante: cuando vinieron emisarios de Babilonia, en vez de buscar el rostro del Señor y andar con humildad, Ezequías se comportó como un potentado presumido, mostrándoles con orgullo la creciente riqueza del reino. Todo fue debidamente registrado en los libros de Babilonia, en preparación para el día—más de un siglo después—en el que Babilonia sería la superpotencia y aplastaría a Jerusalén, exiliando a su gente (20:12–18).

Pero este no fue el error más grave de Ezequías. Cuando el profeta Isaías le dijo lo que iba a suceder, el rey no se arrepintió de su arrogancia, ni buscó el perdón ni intercedió ante Dios. La amenaza del juicio iba a ocurrir en el futuro: Ezequías se niega a aceptar ninguna responsabilidad profundamente sentida. Expresa piadosamente: “El mensaje del Señor que tú me has traído es bueno”, mientras que el escritor comenta: “es que pensaba: ‘Al menos mientras yo viva, sin duda que habrá paz y seguridad’ ” (20:19). Ezequías se ha convertido en un pigmeo en términos morales y estratégicos.

Es mucho mejor morir joven, tras una serie de logros genuinos y piadosos, que morir viejo y amargado, envenenando a tu propia descendencia.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 311). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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