//
estás leyendo...
Devocional, Familia, Todos los Artículos, Vida Cristiana

1 Crónicas 3–4 | Hebreos 9 | Amós 3 | Salmos 146–147

14 NOVIEMBRE

1 Crónicas 3–4 | Hebreos 9 | Amós 3 | Salmos 146–147

El rico argumento de Hebreos 9 nos llevaría más allá de los límites de esta meditación. Aquí aclararé algunos de los contrastes que presenta el autor entre las innumerables muertes de animales para el sacrificio en el Antiguo Testamento y la muerte de Jesús que yace en el corazón del nuevo pacto.

Primero, parte de su argumento depende de lo que ya ha dicho. Si el tabernáculo y el sacerdocio levítico fueron, desde un principio, meras instituciones temporales cuya intención era enseñar lecciones importantes al pueblo del pacto y apuntar hacia la realidad futura que vendría con Cristo, aplica lo mismo a los sacrificios. De manera que el autor resume su postura así: el sistema era “símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios que no pueden hacer perfecto, en cuanto a la conciencia, al que practica ese culto, ya que se trata sólo de comidas y bebidas, de diversas abluciones y ordenanzas acerca de la carne, impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas” (9:9–10).

Segundo, la repetición misma de los sacrificios— los que se ofrecían el Día de la Expiación, por ejemplo—demuestra que ninguno de ellos procuraba una solución final al pecado. Como siempre había más pecado, exigiendo aún más sacrificio, el sacerdote todavía esperaba para matar un animal más y ofrecer más sangre aún. Esto contrasta con el sacrificio de Cristo, ofrecido una sola vez (9:6, 9, 25–26; 10:1ss.).

Pero el aspecto más importante, el tercero, es la naturaleza del sacrificio. ¿Cómo podía la sangre de toros y machos cabríos solucionar realmente el problema del pecado? Los animales no se ofrecían voluntariamente para esta matanza; sus dueños los arrastraban hasta el altar. Los animales perdían sus vidas, pero no eran en absoluto víctimas dispuestas. En cuanto a la “buena voluntad”, eran los dueños de los animales sacrificados quienes perdían algo. Desde luego, este sistema de sacrificios fue instituido por Dios mismo, enseñando así que el pecado exigía muerte y que, en el panorama mayor del relato bíblico, era necesario un “cordero” mejor. Los pecados del pueblo eran cubiertos de esa manera hasta que apareciera tal sacrificio. Pero la sangre y las cenizas de los animales no generaban una respuesta final.

¡Cuán diferente el sacrificio de Jesucristo! Él, “mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios”; es decir, no “mediante el Espíritu Santo”, sino “mediante [su propio] Espíritu eterno”, un acto de la voluntad, un acto supremo de sacrificio voluntario; el Hijo accedió al plan del Padre. Ciertamente hubo un sacrificio de infinito valor, de incalculable importancia. Por eso, su sangre, su vida ofrecida en violencia y sacrificio, es capaz de purificar “nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, a fin de que sirvamos al Dios viviente” (9:14).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 318). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Comentarios

Aún no hay comentarios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Las Bienaventuranzas

Mateo 5:3-12 “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos recibirán misericordia. “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

Twitter

A %d blogueros les gusta esto: