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1 Crónicas 9–10 | Hebreos 12 | Amós 6 | Lucas 1:39–80

17 NOVIEMBRE

1 Crónicas 9–10 | Hebreos 12 | Amós 6 | Lucas 1:39–80

Los esfuerzos del autor de la epístola a los hebreos para ayudar a sus lectores a captar la importancia y transcendencia de Jesús y del nuevo pacto, por encima del antiguo pacto dado por Dios en el Sinaí, producen un contraste nuevo e interesante en Hebreos 12:18–24.

Por un lado, los cristianos “no se han acercado a una montaña que se pueda tocar o que esté ardiendo en fuego” (12:18). Claramente, hace referencia al Monte Sinaí, cuando Dios descendió sobre él y se encontró con Moisés. El terror de esa teofanía se expresa en términos gráficos. Dios mismo declaró: “¡Será apedreado todo el que toque la montaña, aunque sea un animal!” (12:20). Hasta Moisés experimentó un temor profundo (Deuteronomio 9:19; Hebreos 12:21). Los cristianos no se han acercado a esta montaña en particular.

Por otro lado, los cristianos se han acercado a otra montaña. Pero aquí el autor da un giro inesperado. Al principio, parece que está diciendo que la montaña a la que nos acercamos no es el Sinaí (que está conectado con el desierto y la llegada de la ley), sino al Monte Sión, el lugar donde se construyó el templo en Jerusalén, la sede de la dinastía davídica. Y de pronto, queda claro que el texto no se está centrando en la Sión geográfica e histórica, sino en su tipo: “la Jerusalén celestial, la ciudad del Dios viviente” (12:22).

Podría decir mucho sobre esta tipología, pero me limitaré a dos observaciones:

Primero, se extiende a otros libros de la Biblia. La tipología en sí está fundamentada sobre el regreso del exilio. La esperanza de todos los exiliados era regresar a Jerusalén. Esta ciudad se convirtió en el símbolo de la restauración en todos sus sentidos. Ya en la literatura del judaísmo del segundo templo, los judíos a veces hablan de “la nueva Jerusalén” o frases similares, lo cual es celestial o perfecto. De igual manera, en el Nuevo Testamento, Pablo puede hablar de “la Jerusalén de arriba” (Gálatas 4:26). El último libro de la Biblia visualiza la Nueva Jerusalén descendiendo del cielo (Apocalipsis 21).

Segundo, si los cristianos se han “acercado” a esta “Jerusalén celestial”, ¿qué quiere decir esto? Significa que, al convertirnos en cristianos, nos hemos unido a la asamblea de los que se han congregado ante la presencia del Dios vivo. Nuestra ciudadanía está en el cielo; nuestros nombres están inscritos allí. Nos unimos a la asamblea gozosa de millares y millares de ángeles alrededor del trono. En resumen, nos hemos “acercado a Dios, el juez de todos”; nos hemos unido “a los espíritus de los justos que han llegado a la perfección” (Hebreos 12:23). Sobre todo, nos hemos acercado “a Jesús, el mediador de un nuevo pacto” (12:24). Esta es la máxima visión de lo que significa ser la “iglesia de los primogénitos” (Hebreos 12:23).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 321). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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