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Números 33 | Salmo 78:1–39 | Isaías 25 | 1 Juan 3

24 MAYO

Números 33 | Salmo 78:1–39 | Isaías 25 | 1 Juan 3

Isaías 25 se divide en tres partes. En la central, tenemos un banquete festivo (25:6–8) y, a cada lado de esta, un cántico. El primero lo interpreta un cantor solitario, sin duda el propio Isaías (25:1–5); el segundo es una alabanza conjunta (25:9–12).

En la fiesta (25:6–8), la comida es la mejor y es gratuita, “un banquete de manjares especiales para todos los pueblos”. El “velo” o “manto” que “cubre a todos los pueblos” (25:7) es la propia muerte, la consecuencia de la maldición mencionada en el capítulo anterior. Esta fiesta es una celebración porque Dios “devorará a la muerte para siempre” (25:8). De hecho, todas las consecuencias de la maldición se anularán: “Enjugará las lágrimas de todo rostro “(25:8; compárese con Apocalipsis 21). Jesús garantiza las bendiciones descritas en este versículo (véase Lucas 14:15–24), porque él vence a la muerte (1 Corintios 15:25–26, 51–57; 2 Ti. 1:10). Esta fiesta es para “todos los pueblos” (25:6), otra de las muchas prefiguraciones, que hallamos en Isaías, de la aplicación universal del evangelio, pero deben ir a “este monte” (25:7); la salvación, como Jesús declara a la mujer samaritana, “proviene de los judíos” (Juan 4:22). Cuando Isaías añade que Dios eliminará el oprobio de “su pueblo” de toda la tierra, el sentido es algo ambiguo: puede ser una referencia a Israel, o quizás a aquellos que, sacados de “todos los pueblos”, han demostrado verdaderamente ser su pueblo en el día final.

El cántico del cantor solitario (25:1–5) está lleno de alabanza a Dios porque él es totalmente fiel. Esta fidelidad se demuestra tanto en los juicios devastadores que ha desencadenado como en su cuidado perenne de los pobres y los necesitados (25:4). En otras palabras, Dios es alabado por la justicia fiel de sus juicios. El cántico comunitario final (25:9–12) muestra al pueblo de Dios alabándolo unánime: “¡Sí, este es nuestro Dios; en él confiamos, y él nos salvó!” (25:9). Sin embargo, aquí también, debemos alabar la actividad inversa del Señor: él ha llevado el juicio sobre los que están llenos de soberbia. Se distingue a Moab como un ejemplo de esa obstinación. Así pues, al final existirán dos comunidades: el pueblo de Dios en el banquete festivo, donde el Señor mismo es el anfitrión y se destruye a la muerte, y los totalmente soberbios, que doblarán su rodilla pero a los que Dios reducirá a “polvo “(25:12). Barry G. Webb, un comentarista, escribió que o bien el arrepentimiento nos lleva a la fiesta, o bien la soberbia nos aparta de ella, y que las consecuencias de ello serán un gozo impoluto o un juicio indescriptiblemente terrible. Las alternativas que el evangelio pone ante nosotros son así de duras.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 144). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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