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1 Samuel 18 | Romanos 16 | Lamentaciones 3 | Salmo 34

26 AGOSTO

1 Samuel 18 | Romanos 16 | Lamentaciones 3 | Salmo 34

Es difícil determinar si la primera parte de Lamentaciones 3 describe la experiencia personal de un individuo (quizás Jeremías), o si este es una figura representativa de toda la nación, después de sufrir una derrota catastrófica, verse sumida en la pobreza y acabar en el exilio. Varios expertos se decantan por la primera opción (p. ej., 3:14, donde esta persona se ha convertido en el hazmerreír “de todo mi pueblo” en lugar de las naciones vecinas). El libro como un todo, y la primera persona del plural que domina en la mayor parte de la segunda mitad de este capítulo, refuerzan ligeramente la otra opinión.

Otro asunto importante es la sorprendente forma en que la esperanza o la confianza irrumpen en dos ocasiones en medio de la angustia más terrible. El primer ejemplo lo encontramos en 3:22–27. A pesar de la horrible devastación, el escritor dice: “El gran amor del Señor nunca se acaba, y su compasión jamás se agota” (3:22). Sus pecados merecen más juicio del que están padeciendo. Dios podía haberlo eliminado completamente. Solo su misericordia evitó que ocurriese. Por muy grandes que fuesen sus sufrimientos, el hecho de que siguiesen existiendo da testimonio de la gracia del Señor hacia ellos. Las misericordias de Dios se renuevan cada día en nuestra experiencia (3:23). Además, los fieles insistirán seguramente en que lo que más quieren no son las bendiciones del Señor, sino a él mismo: “Por tanto, digo: ‘El Señor es todo lo que tengo. ¡En él esperaré’ ” (3:24). Se trata de una postura moral: señala el final de la autosuficiencia y el egoísmo que pensaban que podían burlarse de Dios. Para este escritor, el castigo está teniendo el efecto deseado: está llevando al pueblo de vuelta a Dios.

El segundo bloque de esperanza es una retrospectiva de las maneras como Dios ya ha contestado anteriormente (3:55–57), las cuales pasan a ser entonces una súplica pidiendo vindicación (3:58–64). La simplicidad absoluta del primero de estos dos pasajes es profundamente convincente, la herencia de muchos creyentes que han pasado por las aguas oscuras: “Desde lo más profundo de la fosa invoqué, Señor, tu nombre, y tú escuchaste mi plegaria; no cerraste tus oídos a mi clamor. Te invoqué, y viniste a mí; ‘No temas’, me dijiste” (3:55–57). La oración que sigue, en la que pide vindicación, no debe reducirse a una venganza implacable. Si Dios es justo, al igual que ha castigado al pueblo de su pacto, debe impartir justicia sobre aquellos que han atacado cruelmente a los demás, incluso si lo han hecho porque él lo había preparado así en su providencia para castigar a los suyos. Dios mismo insiste en este concepto en otros pasajes (p. ej., Isaías 10:5ss.).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 238). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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