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1 Samuel 19 | 1 Corintios 1 | Lamentaciones 4 | Salmo 35

27 AGOSTO

1 Samuel 19 | 1 Corintios 1 | Lamentaciones 4 | Salmo 35

La cuarta endecha (Lamentaciones 4) aporta diversas imágenes mentales para describir el sufrimiento del asedio final de Jerusalén y más allá. También expone algunas de las razones por las que se impuso el juicio, y acaba con un susurro de esperanza.

El poema comienza comparando a los habitantes de Jerusalén con oro que ha perdido su lustre (4:1). Como este, eran preciados, pero ahora son como los tiestos de arcilla más baratos (4:2). Bajo condiciones de asedio y deportación, la comida es tan escasa que las madres ya no pueden alimentar más a sus hijos; incluso los cachorros de chacal reciben un trato mejor (4:3–4). Dios destruyó Sodoma, conocida por su maldad, con un rápido holocausto, “en un instante” (4:6). Sin embargo, el castigo del pueblo del poeta es mayor que el de Sodoma (4:6); un asedio es algo espantoso y prolongado, y el exilio que le sigue es continuo. El supuesto teológico, desde luego, es que existen grados de culpa: los más conocedores de los caminos de Dios pueden tener menos excusa, y por tanto esperar un juicio más severo (p. ej., Mateo 11:20–24). En cuanto a los miembros de la nobleza, están tan consumidos, degradados y sucios como el resto, por lo que no se les puede distinguir (4:8–9); otra forma de decir que los líderes de la pequeña nación han sido destruidos. Son tan miserables que son inmundos, física y ceremonialmente, como los leprosos que deben sobrevivir a duras penas donde nadie quiere tener contacto con ellos (4:14–15). “El ungido del Señor” (4:20), una referencia al rey Sedequías en este caso, demuestra no servir para nada: “Era él de quien decíamos: ¡Viviremos bajo su sombra entre las naciones!” (4:20), es decir, seguros en el conocimiento de que pertenecía al linaje de David, el ungido del Señor. Sin embargo, al haber destruido la ciudad y el templo, Dios también echó del trono a los descendientes davídicos.

¿Por qué lo hizo? “Por los pecados de sus profetas. Por las iniquidades de sus sacerdotes” (4:13). El escritor no está queriendo decir que los líderes religiosos eran los únicos pecadores, sino que ellos, los que tendrían que haber hecho más para mantener la fidelidad al pacto en la nación, la llevaron a la corrupción y la infidelidad en su lugar. Debido a la posición que ostentaban, lejos de evitar el declive nacional, lo incitaron y aceleraron. ¿Dónde ocurre esto también actualmente?

La historia no acaba aquí. El escritor se mofa de sus vecinos paganos diciéndoles que pueden disfrutar también del momento, porque les llegará el turno. Dios los castigará, al igual que a Israel, y un día la comunidad del pacto, aunque afligida ahora, dejará tras de sí toda huella del exilio (4:21–22). El Ungido del Señor les dará descanso.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 239). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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