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1 Samuel 26 | 1 Corintios 7 | Ezequiel 5 | Salmos 42–43

2 SEPTIEMBRE

1 Samuel 26 | 1 Corintios 7 | Ezequiel 5 | Salmos 42–43

En Ezequiel 5, el profeta amplía en una más su lista de representaciones y después comunica las palabras de Dios que explican su significado.

Ezequiel afila una espada y la utiliza como navaja de afeitar para su cabeza y su barba. Tras atar unos pocos cabellos al borde de su manto, divide el resto en tres montones iguales. El primero lo coloca dentro de la ciudad (es decir, en la maqueta de Jerusalén que hizo, 4:1) y lo quema, quizás con un carbón encendido. El segundo lo esparce por toda la ciudad, cortándolo con su espada en trozos muy pequeños. El tercero lo esparce al viento, poco a poco, hasta que han volado todos. Después quita algunos de los cabellos atados a su manto y los arroja al fuego de la maqueta, donde se consumen.

El significado de estos actos se explica en 5:12: un tercio de la población morirá dentro de la ciudad (por el hambre provocada por el asedio), otro tercio morirá a espada en la lucha final y el restante se dispersará en el exilio.

Todo el capítulo hace hincapié en que Dios mismo es quien traerá el juicio sobre su pueblo: destaquemos cada ejemplo de “yo” en 5:8–17. Eso es lo que ocurre cuando el Señor dispara a matar (5:16). “Por causa de tus ídolos repugnantes, haré contigo lo que jamás he hecho ni volveré a hacer” (5:9); la fórmula significa que este es el peor juicio temporal posible. El propio Jesús emplea prácticamente las mismas palabras con respecto al juicio inminente sobre Jerusalén en su época (Mateo 24:21).

Dios dice que su ira debe derramarse, pero esta no es una irascibilidad ingobernable. Él afirma que, cuando se produzca el juicio, su ira se apaciguará y su enojo cesará (5:13). Este estallido de ira forma parte de una serie de los juicios acontecidos desde la Caída: la maldición de Génesis 3, el diluvio, Babel, la esclavitud en Egipto, diversos juicios en el desierto (incluyendo los cuarenta años deambulando por el mismo), etc. En ciclos de juicio correspondientes a momentos de pecado extremo, Dios derrama su ira. Todo ello forma parte de la necesaria teología bíblica que se encuentra tras Romanos 3:20–26: no hay solución para la amenaza de la ira justa de Dios sobre las criaturas que se han rebelado contra él, hasta que él mismo asuma en la persona de su Hijo la ira que merecemos, preservando su justicia mientras nos justifica.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 245). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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