SINCERIDAD

El valle de la visión

Oraciones Puritanas

SINCERIDAD
¡Señor de la inmortalidad!
Delante de quien los ángeles y arcángeles esconden el rostro, capacítame
para servirte con reverencia y piadoso temor. Tú que eres Espíritu y
demandas la verdad en lo íntimo, ayúdame a que te adore en espíritu y en
verdad. Tú que eres justo, no me dejes albergar el pecado en mi corazón, o
satisfacer un carácter mundano, o buscar satisfacción en las cosas que
perecen.
Apresúrame en dirección a un momento cuando los propósitos y las
posesiones terrenales parecerán vanos, cuando será indiferente si he sido rico
o pobre, exitoso o decepcionado, admirado o despreciado. Más será un
momento eterno si yo me he lamentado por el pecado, he sentido hambre y
sed de justicia, he amado al Señor Jesús con sinceridad, gloriándome en su
Cruz. ¡Que estos objetivos absorban mi principal preocupación! Produce en
mí esos principios y disposiciones que vuelvan Tu adoración en perfecta
libertad.
Expulsa de mi mente todo el miedo y vergüenza pecaminosa, para que con
firmeza y coraje pueda confesar al Redentor delante de los hombres,
proseguir con Él escuchando Su reproche, ser celoso con su conocimiento,
para ser llenado con su sabiduría, caminar con su circunspección, solicitar
su consejo en todas las cosas, recorrer las Escrituras por Sus órdenes,
mantener en mi mente Su paz, sabiendo que nada me puede acontecer sin
Su permiso, designación y administración.

PARA QUE ANDEMOS EN EL ESPÍRITU

Coalición por el Evangelio

Noticias de gran Gozo

DÍA 6

PARA QUE ANDEMOS EN EL ESPÍRITU

«Por tanto, ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha libertado de la ley del pecado y de la muerte. Pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo: enviando a Su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne, para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu» (Romanos 8:1-4).

La realidad del pecado supone al menos dos problemas básicos para los pecadores: estamos condenados y muertos por el pecado. Es decir, a causa de la caída hay una imposibilidad legal y moral que nos impide acercarnos, obedecer y relacionarnos con nuestro Creador. Pero en Romanos, Pablo anuncia que nuestra condición de muerte espiritual y culpabilidad ante Dios ahora es cambiada por aceptación, perdón, libertad, vida y justicia. «No hay condenación para los que están en Cristo» (v.1).

Las demandas de la ley eran imposibles de cumplir por nosotros debido a nuestra debilidad e inclinación hacia el pecado (v. 3). Además, la misma ley que exige obediencia también exige castigo al pecador por desobedecerla. Es debido a esto que Dios envió a Su Hijo para que por medio de su vida, muerte y resurrección, Él cumpliese por nosotros todo lo que se requiere para que seamos perdonados y recibamos el favor divino. Cristo se hizo hombre por nosotros para castigar el pecado en su carne y así librarnos de su poder.

En el evangelio, el requisito legal y moral para entrar en una correcta relación con Dios es provisto enteramente por Cristo. En Él tenemos el perdón, la justicia y el poder que nos hace libres para que vivamos para el Señor (v. 2). Estamos unidos a Cristo, quién nos comparte su justicia (la que obtuvo por medio de su vida, muerte y resurrección) y también nos comparte su poder (por medio de su Espíritu) para ayudarnos a vivir en obediencia.

Las buenas noticias de salvación nos motivan para una vida de obediencia, pero el evangelio es mucho más que una motivación. La gracia de Cristo provee, sobre todas las cosas, el fundamento y la capacidad para una vida que agrada a Dios. Así que no hay condenación para los redimidos porque Cristo la llevó por nosotros en la cruz, somos libres del pecado por el poder del Espíritu que nos dio nueva vida y, tenemos la justicia de nuestro Señor que es nuestra por la fe. ¡Cuánta abundancia! Tenemos vida nueva, somos libres del pecado y hoy podemos andar en el Espíritu. Cristo vino para asegurar esta realidad y somos alentados al reflexionar en esto durante la Navidad.