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¿PARA QUÉ SIRVE EL NOVIAZGO?

¿PARA QUÉ SIRVE EL NOVIAZGO?

a1Debemos desechar la idea de que el noviazgo es un entretenimiento o un pasatiempo. Quien así piense pone en serio peligro la estabilidad emocional de sí mismo y de la persona que dice amar. El amor es un sentimiento sublime, hermoso, no algo con lo cual podamos jugar desaprensivamente. Es algo delicado que hay que proteger.El noviazgo es un tiempo de exploración, en el sentido de mutuo conocimiento intelectual (cómo piensa ella o él), afectivo (aprender los códigos de las formas en que amo y soy amado), emocional (qué cosas le gustan y qué cosas le disgustan), y espiritual (qué planes tiene mi compañero o compañera en cuanto al servicio del Señor).

Antes, nos referimos al amor en sus múltiples facetas. El amor de los novios no debe ser un amor puro y exclusivamente emocional y erótico. Pero tampoco debe ser un amor «platónico» en el cual esté ausente la dimensión romántica y erótica. Por las dudas, aclaremos que no hay nada malo en el eros como dimensión del amor, siempre y cuando esté complementado por el amor ágape (palabra griega que generalmente usa el Nuevo Testamento para referirse al amor de Dios). Lewis Smedes lo expresa admirablemente cuando escribe: «El amor cristiano no suplanta al amor sexual; el ágape no suplanta al eros y no hay necesidad de recurrir a razones teológicas para afirmarlo, excepto para recordarnos a nosotros mismos que el Dios del amor salvador es el mismo que nos creó hombre y mujer… No podemos dividir la vida en compartimientos aislados. No podemos amar con diferentes longitudes de ondas; una para el ágape y otra para el eros. Somos tan sólo personas que amamos» (Sexología para cristianos, pp. 103 y 104).

No es recomendable que el joven se apure en declarársele a una señorita con el fin de hacerla su novia si antes no ha habido un período de observación amistosa que les haya permitido conocerse bien.

Aplicado a nuestro tema, la idea es que deben darse en la relación de novios las diferentes dimensiones del amor. Un amor que sólo sea atracción física y sexual no daría mucha garantía de un matrimonio feliz en el futuro. Pero tampoco lo daría el hecho de tener un amor «demasiado fraternal» y tan «espiritual» que no sentimos ninguna atracción sexual hacia la persona que decimos amar.
LA SEXUALIDAD EN EL NOVIAZGO

Por supuesto, una de las cuestiones clave en la relación del noviazgo es la sexualidad y sus expresiones. Estamos totalmente de acuerdo con el Prof. Manfred Bluthardt cuando señala que «el noviazgo es un tiempo de experimentación erótica, que debe desarrollarse bajo control y con miras a una unión completa en el marco más adecuado del matrimonio» (Ética 1, p. 237). Que es necesario el control mutuo en cuanto a lo sexual es tan claro que no necesita ser demostrado. Si amamos a la persona con la cual queremos casarnos, ello implica el deseo sexual. Este no se despierta de un profundo sueño cuando nos entregan la libreta de matrimonio o cuando el pastor dice «los declaro marido y mujer». Surge en los primeros contactos y se va profundizando con el correr del tiempo. El Dr. Taylor lo presenta en el siguiente gráfico:
Cada una de estas etapas o estadios de la relación de amor comporta sus riesgos y compromisos. En las primeras etapas no hay mayor peligro. Ir caminando del brazo o tomados de la mano —iY qué hermoso que es!— es una forma de comunicarnos el amor puro y hermoso que nos une. De allí, fácilmente se pasa a las caricias y a ciertos besos iniciales. Pero cuando llegamos a la etapa de los abrazos y besos íntimos y prolongados, entramos en la zona que llamaríamos de «alerta amarillo». Hay cierto peligro. Y ni hablar de la etapa precoito, en la cual, sin dudas, nos encontramos en «alerta rojo» y donde con muchísima dificultad se puede volver para atrás. Casi es una zona de «no retorno». Por tal razón es que aconsejamos no llegar a esa etapa.

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Con esto, inevitablemente, llegamos al tema más candente: ¿Son legítimas las relaciones sexuales prematrimoniales? Tristemente, debemos decir que no faltan algunos autores «cristianos» que —aunque no las favorezcan o alienten— las admiten. Sostienen que el tipo de sociedad en la que vivimos nos exige ser flexibles en este terreno, poniendo como condiciones básicamente tres: si los novios son personas maduras, si se aman verdaderamente, y si tienen el firme propósito de casarse. Pero ¿representa este tipo de «solución» una perspectiva realmente cristiana y orientada por la palabra de Dios? Analicemos los argumentos que favorecen las relaciones sexuales antes del matrimonio.
Argumento A: Un amor pleno entre un chico y una chica tiene derecho a su expresión máxima en la relación sexual.
Respuesta: Es cierto que el amor pleno tiene derecho a expresarse totalmente, pero cuando y donde corresponda y no en cualquier etapa de la vida romántica. Para expresarlo en términos de Acha Irizar:

«Que el amor pleno esté pidiendo una entrega total, parece avalar más bien lo contrario de lo que intentan defender muchos. Y esto porque sólo un compromiso serio y permanente se realiza socialmente y de hecho dentro del matrimonio, ya que siempre queda el volverse atrás de un compromiso que no está sellado definitivamente» (Ética y Moral, p. 111).

Argumento B: «Todo el mundo lo hace.»
Respuesta: Primero y principal, que tal afirmación es una falacia. Sí, es cierto que un gran porcentaje de nuestra sociedad practica las relaciones prematrimoniales. Ello, no solo por el tipo de sociedad en que vivimos, que alimenta y fomenta las relaciones sexuales hasta el punto de que el sexo y el coito ya no parecen revestir ningún aspecto de misterio, sino que también el progreso de la medicina y la diversidad de anticonceptivos hace que los jóvenes de hoy puedan practicar su sexualidad sin mayores peligros externos. Pero que una mayoría de la sociedad lo practique ¿qué hay con ello? Como magníficamente lo dice Trobisch: «Aunque las estadísticas fuesen correctas y un gran porcentaje de jóvenes tuviese relaciones prematrimoniales, ¿qué hay con eso? ¿Desde cuándo nos gobiernan a los cristianos las estadísticas? ¿desde cuándo nos dejamos dirigir por lo que hace la mayoría?» (op. cit. p. 51).

En vista de que el noviazgo es un paso hacia el matrimonio, el joven debe pensar en lo siguiente:

1. Las creencias religiosas de su novia.
2. La edad de ambos.
3. Sus planes.
4. Sus familias.

Argumento C: «Nos amamos y ya tenemos fecha para casarnos.»
Respuesta: El amor verdadero «todo lo espera». El amor verdadero piensa en el bien del amado. Generalmente, dado el carácter machista de nuestra sociedad, aparece como más grave la relación sexual prematrimonial de la mujer y no tanto la del hombre. Lo cierto es que ante la sociedad, una mujer que queda embarazada antes de casarse queda como «marcada para siempre», como «la pecadora». Lo que queremos decir con esto es que aun la fecha para casarse no es garantía ninguna ni puede anular el hecho de que las relaciones prematrimoniales sigan siendo incorrectas.
Pero a todo esto ¿qué dice la Biblia? No hay duda de que la palabra de Dios condena las relaciones sexuales fuera del matrimonio. Básicamente, hay dos formas que adquiere la relación sexual fuera de ese marco: adulterio y fornicación. Ese pecado adquiere la carátula de «adulterio», cuando es cometido por personas casadas. Es «fornicación» cuando se concreta por personas solteras. En Hebreos 13:4 leemos: «Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios» (Véanse también 1 Co 6:9; Gál 5:19; Ef 5:5).
Para finalizar, afirmamos que el noviazgo es una de las más dulces etapas de nuestra vida. Una época primaveral de romance, emoción y ternura. Si novio y novia se aman con amor sincero, si armonizan entre ellos, si tienen proyectos en común y, sobre todo, si creen que están dentro de la voluntad del Señor, deben culminar en matrimonio. Pero cuidado con los peligros que acechan esta relación. Sobre todo, cuidado con que nuestra pasión descontrolada nos lleve a arruinar nuestro presente y nuestro futuro. Reservemos como premio a nuestra espera la relación más íntima que un hombre y una mujer pueden llegar a tener. La relación en la cual ante Dios y los hombres nos unimos para ser una sola carne. Si la sociedad de hoy dice lo contrario, ello no debe sorprendernos, toda vez que, como decía Dietrich Bonhoeffer: «Sólo lo extraordinario es esencialmente cristiano.»
Roldán, A. F. (2003). EL DULCE TIEMPO DEL NOVIAZGO. En La familia desde una perspectiva bíblica (pp. 156–161). Miami, FL: Editorial Unilit.

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