//
estás leyendo...
Familia, Interés General, Noviazgo, Padres, Todos los Artículos, Vida Cristiana

EL DULCE TIEMPO DEL NOVIAZGO

EL DULCE TIEMPO DEL NOVIAZGO

Alberto F. Roldán
a1¿Qué es el noviazgo? ¿Qué significa «estar de novio»? Podríamos decir que el noviazgo es, en nuestra cultura, la etapa en la cual un hombre y una mujer establecen una amistad única y exclusiva basada en el amor y con fines de culminar en matrimonio. Y decimos que esto es en nuestra cultura occidental y latinoamericana, porque en otras, como la cultura bíblica, se observa otro cuadro. Muchas veces, eran los mismos padres los que elegían novia para sus hijos. Recuérdese el caso del siervo de Abraham que tuvo que buscar esposa para Isaac (Gn 24). Tal vez si aplicáramos este mismo método hoy, nos ahorraría algunos contratiempos ¡aunque bien podría producir otros!

EL SURGIMIENTO DEL NOVIAZGO

En términos generales, el noviazgo surge dentro de un contexto de amistad. En efecto, salvo casos excepcionales, un joven y una muchacha se hacen novios luego de una etapa de amistad general que se va haciendo cada vez más estrecha y exclusiva. Capper y Williams lo ilustran con la figura geométrica de un cono invertido. Dicen:

«Imaginémonos un cono invertido, y supongamos que la base superior represente los planos superficiales de nuestra personalidad, y que la angostura gradual sea la profundidad variable de éstos. Sobre la superficie entonces, y afectando un sector muy pequeño de nuestra vida, tenemos el lugar para nuestros numerosos amigos, por ejemplo los compañeros del colegio o de la universidad. Nosotros y ellos podemos ignorar totalmente lo que sucede en los hogares respectivos o en la intimidad de las vidas de unos y otros. Pero, al descender más y más en el cono, tocamos zonas más profundas de nuestra propia personalidad, y esta parte la compartimos con un número menor de personas porque es el círculo interior de nuestra vida. Con estos amigos tenemos muchas cosas en común. Damos y recibimos mucho más en este nivel que en los anteriores. Finalmente, en el vértice, no hay lugar más que para uno, y ésta es la relación exclusiva: aquí nos encontramos en el centro y en la profundidad de nosotros mismos. Aquí todo tiene que ser conocido, participado y gozado mutuamente» (Sexo y Matrimonio, pp. 16–17).

Quizás veamos más claros estos conceptos en una gráfica:

novi

 

El cuadro muestra diferentes niveles de relaciones interpersonales, en cada uno de los cuales hay —gradualmente— mayor intimidad y compromiso. De un compañerismo meramente circunstancial se pasa a la amistad y de ella a cierta amistad especial que deriva en el noviazgo. Este último tiene como aspecto distintivo el propósito de culminar en el matrimonio.

La motivación fundamental de hacernos novios debe ser el amor en todas sus dimensiones. El amor en términos de afecto profundo, emoción, sentimiento, atracción sexual, pero también entrega y servicio a la persona amada. Debemos aclarar aquí que el verdadero amor no necesariamente es sinónimo del pasajero enamoramiento de una persona. En la etapa de la adolescencia y la juventud es propio sentirnos enamorados muy a menudo. Hay dentro de nosotros tal caudal de afectividad, que, si no nos controlamos, es posible que lleguemos a «declarar el amor» a más de una persona en corto lapso. Y como bien señaló C.S. Lewis: «Creo que es posible enamorarse de una persona y estar hastiada de ella diez semanas más tarde.»

Pero ¿de quién debemos enamorarnos y así concertar nuestro noviazgo? Le anticipo que la Biblia no proporciona el nombre de su futuro cónyuge. Y, además, es difícil que Dios envíe un ángel del cielo para indicárselo. Afortunadamente —o no— esa elección está en sus manos. Creo que la única cláusula que la Biblia le señala es esta: «Libre para casarse con quien quiera, con tal de que sea un creyente» (1 Co 7:39, Dios Habla Hoy). Es decir, el mínimo no negociable es que la persona que usted elige para que sea su esposo o esposa sea creyente. Eso —claro está— siempre y cuando se encare el noviazgo con la seriedad que corresponde: como una etapa que, aunque exploratoria, se espera que culmine en el altar. Y en esto tenemos que ser muy claros. Hay quienes especulan pensando que si aman a alguien que no es cristiano, eso no importa mucho, porque el Señor es tan bueno que después de un tiempo «lo puede convertir». Quiero decirle que he conocido muchos casos en que en efecto ocurre una «conversión», pero es la del creyente al mundo. Fatalmente, el cristiano —acaso por decadencia espiritual— termina por seguir los pasos del cónyuge no cristiano.

Debo admitir que también hay casos en los cuales el no cristiano llega a ser creyente. Pero ¡no abusemos de la misericordia del Señor, ni utilicemos una situación para anular sus principios! Mi consejo es que, si se siente enamorado de alguien que no es cristiano, ore mucho al Señor para que le ayude a no ser desobediente a su palabra y ore por la conversión de tal persona. Otra cosa: no establezca ningún compromiso hasta que tal persona realmente haya reconocido el señorío de Jesucristo sobre su vida. Así, sin ninguna duda, recibirá bendición del Señor.
Roldán, A. F. (2003). EL DULCE TIEMPO DEL NOVIAZGO. En La familia desde una perspectiva bíblica (pp. 153–156). Miami, FL: Editorial Unilit.

Comentarios

Aún no hay comentarios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Alimentemos El Alma Auido

Twitter

A %d blogueros les gusta esto: