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1 Samuel 13 | Romanos 11 | Jeremías 50 | Salmos 28–29

21 AGOSTO

1 Samuel 13 | Romanos 11 | Jeremías 50 | Salmos 28–29

Los últimos versículos del Salmo 28 tratan varios temas prominentes en teología bíblica:

(1) El primero y más obvio es la alabanza incontenible de 28:7: “El Señor es mi fuerza y mi escudo; mi corazón en él confía; de él recibo ayuda. Mi corazón salta de alegría, y con cánticos le daré gracias”. Aquí no vemos una fe resignada, sino más bien una fe que surge de (o produce) un corazón que salta de alegría” y se expresa en un cántico agradecido. No podemos leer el libro de Salmos sin reconocer que la auténtica fe no produce una respuesta emocional estereotipada. Dadas diferentes series de circunstancias, la fe genuina puede vincularse con una confianza casi desesperada y una petición angustiosa, con una confianza y constancia tranquilas, con una alabanza que sobrepasa los límites de la euforia dentro de una espontaneidad espectacular. En este pasaje, la fe tiene que ver más con esta última opción, porque el Señor ya ha oído el clamor de David pidiendo misericordia (28:6).

(2) A lo largo de los siete primeros versículos del salmo, las peticiones y alabanzas de David aparecen en primera persona del singular; surgen de su posición individual. Los dos últimos versículos se centran en el “pueblo” de Dios (28:8–9), su “heredad” colectiva (28:9). En lo que respecta al lenguaje utilizado, este es la consecuencia de la meditación de David en el “ungido” de Dios (28:8), la palabra que acaba generando finalmente el término “mesías”. Como rey, el propio David es el “ungido” real, el “mesías” real. No obstante, como Dios ha escuchado sus oraciones, le ha mostrado su misericordia y ha dado lugar a su gozosa adoración, su experiencia individual debería ser un paradigma para la comunidad del pacto en toda su extensión. Él representa a sus miembros y existe un profundo sentido en el cual ellos son colectivamente el “ungido” de Dios, su “hijo” (cp. Éxodo 4:22, otro título aplicado tanto a Israel por completo como a su rey de forma distintiva). La expresión “ungido” en un salmo davídico nos empuja a pensar inevitablemente en el rey; el paralelismo del versículo 8 muestra que la expresión se refiere aquí a Israel: “El Señor es la fortaleza de su pueblo, y un baluarte de salvación para su ungido” (cursivas añadidas). El lector concienzudo reflexiona sobre la manera como están vinculados David y el pueblo, y en que Jesús el Mesías (esto es, Jesús el Ungido) no sólo brota del linaje davídico, sino que se manifiesta tanto como rey davídico y personificación de Israel definitivos.

(3) La última línea trae a la mente una agradable verdad. David escribe: “Salva a tu pueblo, bendice a tu heredad, y cual pastor guíalos por siempre” (28:9, cursivas añadidas). Reflexionemos sobre pasajes como Salmos 23; Ezequiel 34; Lucas 15:1–7; Juan 10; 1 Pedro 5:1–4.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 233). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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