Yo he rogado por ti – Lucas 22:32

¡Cuán alentador es pensar en la incesante intercesión del Redentor en favor nuestro! Cuando oramos, él aboga por nosotros; y cuando no oramos, el defiende nuestra causa y, por sus súplicas, nos protege de los daños invisibles. Observa la palabra de aliento dirigida a Pedro: «Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo, pero…» ¿qué? ¿Ve y ora por ti? Este hubiera sido un buen consejo, pero no es lo que hallamos escrito. Ni le dijo: «Pero yo te mantendré alerta y así serás preservado»: esto hubiera sido una gran bendición; pero no, lo que le dijo fue: «Yo he rogado por ti, que tu fe no falte». Poco conocemos lo que debemos a las oraciones de nuestro Señor.

Cuando lleguemos a la cumbre del Cielo y miremos todo el camino por el cual el Señor nuestro Dios nos ha guiado, ¡cómo alabaremos al que, ante el Trono eterno, desbarató el daño que Satanás estaba haciendo en la tierra! ¡Cuántas gracias le daremos porque él nunca estuvo en silencio, sino que día y noche mostró las heridas de sus manos y llevó nuestros nombres en su pectoral! Aun antes que Satanás empezara a tentarnos, Jesús lo anticipó e introdujo una petición en el Cielo. La misericordia le gana la carrera a la malicia. Observa: él no dice: «Satanás os ha zarandeado y, por tanto, yo rogaré», sino: «Satanás os ha pedido». Él ataja a Satanás aun en sus mismos deseos. Jesús no dice: «Pero yo he deseado rogar por ti».

No, sino que expresa: «Yo he rogado por ti, ya lo he hecho; he ido al tribunal e iniciado una réplica antes de que se presentase la acusación». ¡Oh Jesús, cuánto nos alienta saber que tú has defendido nuestra causa contra nuestros enemigos invisibles, que has desactivado sus minas, y que has desenmascarado sus emboscadas. En esto tenemos motivo para el gozo, la gratitud, la esperanza, y la confianza.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 19). Editorial Peregrino.

El camino de la felicidad

Miércoles 11 Enero
Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino? Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.
Juan 14:5-6

El camino de la felicidad
Jean d’Ormesson, decano de la Academia Francesa, filósofo y autor de muchas obras, murió el 5 de diciembre de 2017. En una de sus últimas obras escribió: «Muy pronto llegará el tiempo en que me encontraré ante Dios… Busqué la felicidad… Nunca dejé, desde el fondo de mi abismo, de buscar el camino, la verdad y la vida».

Sin duda muchos lectores se sienten identificados con estas declaraciones. ¿Qué ser humano no se preocupa por la muerte… y por lo que hay más allá? Pero, ¿de qué sirve buscar, si no vamos al único que tiene la respuesta?

Dios no nos dejó sin respuesta. Jesús, su Hijo, fue su mensajero. Dejó la gloria del cielo para tomar nuestra condición humana y morir en una cruz, sufriendo el suplicio destinado a los peores malhechores. Su sacrificio abre un camino hacia Dios a todo el que lo acepta como su Salvador, y Dios lo adopta como su hijo.

Jesús también mostró qué es la verdad, no una verdad como la de los hombres, que cambia en función de las épocas y lugares. ¡La verdad divina es invariable, constante, la misma para todos! Muestra todo lo que hay en el corazón humano, sus contradicciones, sus bajezas, sus miedos, pero también revela el corazón de Dios: su amor, su compasión, su gracia. Podemos aferrarnos a esta verdad con toda confianza. Jesús también es la fuente de la vida, la vida eterna.

Si usted cree en él, la muerte ya no será un salto a lo desconocido, sino la puerta abierta hacia el paraíso celestial. ¡Confíe en Jesús, quien es el camino, la verdad y la vida!

1 Samuel 7-8 – Mateo 8:23-34 – Salmo 7:9-17 – Proverbios 3:7-8

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Los tribunales seculares y el conflicto en la iglesia

Los tribunales seculares y el conflicto en la iglesia
Por John Currie

 Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

«¿Por qué no sufren mejor la injusticia?». La pregunta de Pablo en 1 Corintios 6:7 difícilmente pudo ser más contracultural y contraintuitiva para un corintio. Corinto estaba contagiada con la pasión por el estatus, el éxito y el honor personal. La capacidad de alcanzar estas aspiraciones mediante la ambición, el posicionamiento y la imagen se consideraba sabiduría. Los cristianos de Corinto seguían profundamente influenciados —podríamos decir que infectados— por esta sabiduría cultural, y su seducción por ella había dado lugar a divisiones en el liderazgo, la tolerancia de hechos escandalosos de inmoralidad y, ahora, al litigio de conflictos ante los tribunales de los incrédulos. Su padre espiritual estaba tan escandalizado por esta conducta (y la condición subyacente del corazón que revelaba) que, aunque antes no había querido avergonzarlos por su mal comportamiento (1 Co 4:14), ahora los avergüenza (6:5) con ocho preguntas inquisitivas en solo siete versículos (vv. 1-7). Al apóstol le resultaba chocante y vergonzosa la realidad de los cristianos que llevaban a otros cristianos ante los tribunales civiles para resolver sus diferencias personales.

Él estaba escandalizado por dos razones. Primero, la conducta de los corintios traicionaba su testimonio de lo que Cristo, al inaugurar Su reino en Su iglesia, ha hecho (vv. 2-3); y segundo, contradecía la sabiduría que Cristo da y ha dado a Su iglesia (v. 5). Su inmadurez e incompetencia, evidenciadas en el hecho de litigios civiles entre creyentes, deshonraban a Aquel a quien decían conocer como sabiduría, justicia, santificación y redención de Dios (1:30).

El remedio de Pablo para este escándalo fue aplicar la sabiduría del evangelio de la cruz de Cristo a sus conflictos. El apóstol modeló esto al venir a ellos no a la manera de los grandes hombres de la cultura, sino en debilidad cruciforme (1:17). Su aceptación de la locura de la cruz le había hecho estar dispuesto a ser despreciado y a sufrir las calumnias con espíritu de reconciliación y humildad (4:9-13), y como les dirá posteriormente, incluso renunció a sus derechos entre ellos por el evangelio (9:3-18). En toda esta «necedad», el apóstol no hacía más que imitar el patrón del Cristo que les predicaba (1:18-25). Así que su pregunta inquisitiva a los que decían creer en su mensaje de la cruz y ser salvos por ello y, sin embargo, estaban litigando por la vindicación y la victoria personal de unos con otros, era: «¿Por qué no tomar la cruz?», «¿Por qué no sufrir más bien el mal?» (6:7).

No es que Pablo tratara de impedir que los cristianos buscaran la resolución de los conflictos presentes (y muy reales) que pudieran tener unos con otros. Sin embargo, debían poder usar la sabiduría que Dios ha dado en y a la iglesia para hacerlo (v. 5). Cristo mismo dio a los creyentes un proceso de apelación unos a otros con la esperanza de «ganar» al otro cuando se ha producido una ofensa. Ese proceso implica la ayuda de otros creyentes e incluso, en casos de dureza de corazón, puede implicar la acción judicial de los tribunales de la iglesia (Mt 18:15-20). Pablo tampoco prohíbe apelar a la autoridad civil ordenada por Dios (Ro 13:1-7) en casos de actividad delictiva (de hecho, ignorar y ser negligente en tales casos causa mucho daño a las víctimas del delito y al nombre de Cristo). Pero cuando los cristianos han llegado al punto de buscar el castigo por conflictos personales ante los incrédulos, algo está profunda y terriblemente mal en nuestros corazones y en nuestra iglesia.

Los cristianos de Corinto necesitaban una corrección cruciforme de la inclinación de sus corazones en sus conflictos unos con otros en su época. Tal vez nosotros también la necesitemos. Las preguntas de Pablo en 1 Corintios 6 nos impulsan a imitar a nuestro Salvador, una imitación que no manifiesta la sabiduría autopreservadora de esta época, sino la sabiduría abnegada de Aquel que se entregó por nuestros pecados y que, por Su Espíritu, vive ahora en nosotros para formarnos a Su semejanza (Gá 2:20).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

John Currie
El Dr. John Currie es coordinador del departamento y profesor de teología pastoral en Westminster Theological Seminary en Filadelfia y ministro de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa.

En mi carne he de ver a Dios – Job 19:26

Considera el asunto de la piadosa expectación de Job: «He de ver a Dios». No dice: «He de ver a los santos» —aunque, sin duda, esa será una inefable felicidad—, sino: «He de ver a Dios». No dice tampoco: «He de ver las puertas de perlas, he de mirar los muros de jaspe, he de contemplar las coronas de oro», sino: «He de ver a Dios». Esta es la suma y la sustancia del Cielo, la gozosa esperanza de todos los creyentes para quienes constituye un placer el verle ahora por la fe. A los creyentes les gusta contemplar a Jesús en la comunión y en la oración, pero en el Cielo tendrán de él una amplia y clara visión y, así, viéndolo como él es, serán hechos en todo semejantes a él: ¡semejantes a Dios! ¿Qué más podemos desear? ¡Una visión de Dios! ¿Qué cosa superior a esta podemos ansiar? Algunos leen así el pasaje: «No obstante, he de ver a Dios en mi carne».

Y hallan aquí una alusión a Cristo como el «Verbo hecho carne», y a aquella gloriosa contemplación que constituirá el esplendor de los últimos días. Sea o no esto así, la verdad es que Cristo será el objeto de nuestra eterna visión. Tampoco deseamos nosotros un gozo que sea mayor que el gozo de contemplar a Cristo. No pienses que el contemplar a Cristo será para la mente una actividad limitada: el contemplarlo es solo una fuente de placer; pero una fuente infinita. Todos sus atributos serán objeto de contemplación y, como él es infinito en todos los aspectos, no hay temor de que se agoten. Sus obras, sus dones, su amor por nosotros y su gloria en todos sus propósitos, y en todas sus acciones, todo ello constituirá un tema siempre nuevo.

El patriarca anhelaba esta visión de Dios como un goce personal: «Mis ojos lo verán y no otro». Considera la realidad de la bienaventuranza del Cielo; piensa que esa gloria será para ti: «Tus ojos verán al Rey en su hermosura».

Todo esplendor terrenal palidece y se oscurece a medida que lo contemplamos, pero en estas palabras hay un esplendor que nunca puede empañarse, una gloria que jamás puede disminuir: «He de ver a Dios».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 18). Editorial Peregrino.

Echa mano de la vida eterna.

Martes 10 Enero
Echa mano de la vida eterna.
1 Timoteo 6:12

Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, que sean liberales en repartir… que echen mano de la vida que lo es en verdad.
1 Timoteo 6:18-19, V. M.
Echar mano de lo que es verdaderamente la vida
Este pasaje me llama la atención: ¿Cuál es esa verdadera vida, de la cual debo echar mano? ¿Puedo perder mi vida dejando pasar lo esencial? En realidad, ¿cuál es el sentido de la vida, de mi vida? ¿Vivo buscando oportunidades, evitando el sufrimiento y disfrutando de las alegrías que están a mi alcance?

Esta no es la verdadera vida, la que Dios quiere para mí. La vida que me propone es lo que la Biblia llama “la vida eterna” (Juan 17:3), es decir, una vida animada por su voluntad, por la confianza en él, y que va hasta la eternidad, en su presencia.

Esta vida consiste en conocer a Dios y al Señor Jesús, con todo lo que implica en mis decisiones y actividades diarias. Por ejemplo, en el pasaje bíblico citado, la vida eterna se manifestará mediante la bondad y la generosidad hacia los que están a nuestro alrededor.

Esta vida eterna era visible de forma perfecta en Jesucristo (ver 1 Juan 1:1-2). Él vivía en comunión con su Padre y hacía su voluntad, y esto hasta dar su vida en la cruz para salvar a los pecadores.

Jesucristo ofrece esta vida eterna a todos los que lo reciben por la fe. Los creyentes en Cristo ya la poseen: “Vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios… tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13).

Sin embargo, se nos anima a echar “mano de la vida eterna”, a apreciarla en su conjunto y como un objetivo eterno. ¿Recibió usted a Cristo como su Salvador? “Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Juan 5:20).

1 Samuel 6 – Mateo 8:1-22 – Salmo 7:1-8 – Proverbios 3:1-6

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El Orgullo Doctrinal

Por Matt Foreman

El breve ensayo de Jonathan Edwards sobre el Orgullo Espiritual sin Indulgencia 1 es algo que todos los pastores o cristianos deben leer en posiciones de liderazgo. En ese trabajo, Edwards escribe: «La primera y la peor causa de errores que prevalecen en [nuestros días], es el orgullo espiritual . Esta es la puerta principal por la cual el diablo entra en los corazones de aquellos que tienen celo por el avance de la religión «. 2 Hay algunos asuntos más difíciles de hablar y más insidiosos que el orgullo espiritual. ¿Cómo recomienda un artículo sobre el orgullo espiritual a alguien sin ser acusado de orgullo espiritual? ¿Cómo se escribe un artículo sobre el orgullo espiritual sin estar sujeto al orgullo espiritual? Incluso hablar de eso es un peligro. Pero se debe hablar de eso.

Hay un tipo específico de orgullo espiritual sin discernimiento que creo que no se discute con frecuencia y es especialmente difícil de reconocer: el peligro de la justicia doctrinal . Lamentablemente, creo que es un peligro particularmente frecuente entre los cristianos reformados y con mentalidad teológica. Es un peligro en el que he caído a veces. Por justicia doctrinal, me refiero a confiar en tu corrección doctrinal como tu justicia, en lugar de confiar en Cristo como tu justicia. La diferencia puede ser muy sutil y, por supuesto, estará marcada por la humildad o el orgullo.

Conocer sobre Dios vs. Conocer a Dios
Frente a un evangelicalismo anti-intelectual y teológico,poco profundo, el cristianismo reformado se ha preocupado justamente por la importancia de la teología. La Biblia es un libro teológico. Conocer a Dios requiere que sepamos acerca de Dios. Nuestra relación con él requiere doctrina.

Pero también es posible confiar en su conocimiento sobre él más que confiar en él personalmente. Puedes tener un conocimiento teórico de algo y no un conocimiento experiencial de algo. Algunas personas saben mucho pero eso no conduce a la fe, la esperanza y el amor. Para parafrasear a Tim Keller diciendo: «Hay una diferencia entre poseer la verdad y que la verdad te posea. Hay una diferencia entre confiar en su comprensión de él , en lugar de confiar en su comprensión de usted «. (El apóstol Pablo a menudo enfatiza este matiz: “Pero ahora que conocéis[a] a Dios, o más bien, que sois[b] conocidos por Dios …” – Gal. 4:9).

Cuando ‘tienes’ la verdad, la tienes; tienes dominio sobre eso. Cuando la verdad «te tiene», estás bajo ella, humillado por ella, moldeado por ella; te domina. Uno está basado en el orgullo; el otro conduce a la humildad. Algunas personas pueden tratar implícitamente su teología como algo captado sobre la base de su propia fuerza e intelecto, en lugar de un conocimiento personal de Dios recibido por gracia a través de la fe que los humilla y les da forma.

Discernimiento De La Justicia Doctrinal
Edwards señala que el orgullo espiritual puede ser difícil de discernir y ocultar fácilmente porque puede parecer justicia y preocupación por la verdad. Se ve bien, hasta que no lo hace. Él dice: «El orgullo espiritual en su propia naturaleza es tan secreto, que no se discierne tan bien por la intuición inmediata sobre si misma, como por los efectos y los frutos de ella … El orgullo espiritual se dispone a hablar de los pecados de otras personas … el orgullo es espiritual es muy propenso a sospechar de los demás; mientras que un santo humilde es muy celoso de sí mismo, desconfía tanto de cualquier cosa en el mundo como de su propio corazón»3.

La justicia doctrinal es muy similar. Se discierne más exactamente en su fruto: por la forma de comunicación de alguien, por su respuesta a la crítica o la corrección. El ídolo de la justicia doctrinal está especialmente expuesto en una actitud defensiva enojada y hostil cada vez que se cuestiona. Esto se debe a que se ha convertido en una cuestión de identidad y rectitud personal. Para hacer eco de Edwards, aquí hay algunas evidencias posibles de una persona doctrinalmente justa:

· Propenso a la crítica y la sospecha de la fidelidad doctrinal de los demás.

· Pasar una cantidad excesiva de tiempo en la crítica de las posturas de los demás, en lugar de una promoción positiva de la belleza del Evangelio.

· Creer que la corrección doctrinal es un requisito para la salvación personal.

· Tener una comprensión estrecha y formulista de las doctrinas teológicas, con la rapidez para ser sospechoso y atacar cualquier formulación que no concuerde exactamente con el lenguaje propio.

· Ponerse rápidamente a la defensiva, enojado e impaciente cuando se expresan preguntas y preocupaciones con respecto a su posición doctrinal; tomándolo personalmente

· Corregir a los demás con dureza e impaciencia.

· Pasar tiempo excesivo discutiendo (en realidad peleándose) sobre teología en línea (o fuera de línea), mientras se descuida la devoción personal, la oración, la familia, las relaciones, el servicio, etc.

· Tratar cada artículo de teología en cada discusión como una colina en la que morir.

· Amar la verdad y las ideas más que a las personas (y a Dios).

· Menospreciar y desconfiar del énfasis en lo «experiencial» en la vida cristiana.

· Justificar el estudio teológico mientras se descuida o minimiza el papel de las relaciones, el asesoramiento y el servicio a los demás en la iglesia.

· Creer que el ministerio pastoral implica el estudio y la predicación con exclusión de la hospitalidad, el ministerio personal, el discipulado, el asesoramiento, etc.

· En el debate doctrinal, creer que la Teología Histórica debe asumir el papel principal; refiriéndose primero y principalmente a Confesiones y Credos, incluso sobre la Biblia.

· Creer que el Confesionalismo es una guía y solución suficiente para el desvío doctrinal y la espiritualidad personal.

· Ser ciego a los pecados personales, debido a la certeza sobre la correcta doctrina. Asumiendo que la corrección doctrinal debe garantizar la corrección ética, la sabiduría y la moralidad personal.

· No creer que la justicia doctrinal es incluso una posibilidad o preocupación legítima.

· Escribir artículos sobre justicia doctrinal para afirmar su propia virtud espiritual. (¿Puedes ver lo pernicioso que es esto?)

Para que no se malinterprete el punto, ser ‘Valiente para la Verdad’ es algo bueno. Ser celoso para defender la doctrina no es automáticamente orgulloso. Aquellos que defienden vocalmente la doctrina bíblica no deben ser automáticamente asumidos o juzgados como doctrinalmente justos. De hecho, la doctrina bíblica necesita ser defendida y afirmada valientemente y con firmeza. De manera similar, la teología histórica y el Confesionalismo Reformado son crucialmente importantes: ¡un ‘Imperativo de Credo’! Una actitud negativa hacia la teología histórica y una minimización de la importancia del Confesionalismo es peligrosa. Tal actitud por sí misma revela su propio problema de autosuficiencia y falta de humildad.

¡Pero eso es lo que hace que la justicia doctrinal entre hombres y mujeres ortodoxos sea tan particularmente perniciosa! ¡Puede parecer tan justo! Pueden ser los doctrinalmente preocupados y fieles quienes pueden estar en mayor peligro de orgullo doctrinal. Puedes tener razón y estar luchando en las batallas correctas, y aún estar equivocado. Tristemente, la historia nos muestra repetidamente a hombres teológicamente ortodoxos, confesionales, que lucharon por la verdad en las batallas correctas … y sin embargo, quienes probaron que ni siquiera eran cristianos, que abandonaron la fe o cayeron en pecado no arrepentido . ¿Cómo sucede eso? El celo por la verdad a veces puede llegar a ser completamente egoísta y abstraído de cualquier fe real en Dios. Es aterrador lo fácil que es confiar en el lugar equivocado.

CS Lewis advirtió profundamente que » C.S. Lewis advirtió que «De todos los hombres malos, los religiosos son los peores». Es de los que tienen una vocación, visión y celo más elevados «que se puede hacer algo realmente diabólico; un inquisidor, un miembro del Comité de Seguridad Pública. Son los grandes hombres, los santos en potencia, no los hombres pequeños, los que se vuelven fanáticos despiadados…. Porque lo sobrenatural, al entrar en el alma humana, le abre nuevas posibilidades del bien y del mal. A partir de ahí el camino se ramifica: un camino hacia la santidad, el amor, la humildad, el otro hacia el orgullo espiritual, la justicia propia, el celo perseguidor…. De todos los hombres malos, los malos religiosos son los peores. De todos los seres creados, el más malvado es aquel que originalmente estuvo en la presencia inmediata de Dios».

Sin Amor, No Soy Nada
No podemos pensar que el conocimiento nos lleve al cielo o nos asegure nuestro lugar. El apóstol Pablo correctamente advirtió que “El conocimiento envanece, pero el amor edifica” (1 Cor. 8:1). «Si… entendiera todos los misterios y todo conocimiento,…pero no tengo amor, nada soy” (1 Cor.13:2). Pablo anticipa que puedes entender mucho y no tenerlo como real y poderoso sobre tu corazón. El conocimiento en sí mismo puede ser un peligro y un engaño.

Entonces él constantemente argumenta que el verdadero fruto del Espíritu es «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, dominio propio» (Gal.5:22-23). Él repetidamente dice de los maestros cristianos: “Y el siervo del Señor no debe ser rencilloso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido, corrigiendo tiernamente a los que se oponen,” (2 Tim 2:24-25). ¡Estas cosas son tan importantes como el contenido de lo que se enseña! No debe haber una dicotomía falsa entre hablar la verdad y hacerlo en amor. No puede haber uno sin el otro. Un verdadero celo por la verdad está formado por el quebrantamiento ante la Cruz.

El antídoto contra la justicia doctrinal es una fe personal y una esperanza solo en Cristo, que conduce a la humildad personal y al amor compasivo. La teología no te salva; Jesús lo hace. Y eso crea humildad y gracia en el corazón.

John Newton tenía razón cuando dijo: “Si alguna vez llego al cielo, espero encontrar tres maravillas allí: Primero, conocer a algunos que no había pensado ver allí; segundo, echar de menos a algunos que había pensado encontrar allí; y tercero, la mayor maravilla de todas, ¡encontrarme allí!.” Que Dios nos conceda tal humildad, confianza y maravilla ante la gracia de Dios.

  1. Parte IV, Sección I de su obra más extensa, Algunos Pensamientos Sobre El Presente Avivamiento De La Religión, Edwards, J. (1974). Las Obras de Jonathan Edwards (Vol. 1, p. 398-403). Banner de Truth Trust.
  2. Ibid. p.398-399.
  3. Ibid. p.399.

Matt Foreman

Es pastor de Faith Reformed Baptist Church. Matt es graduado de Furman University y Westminster Theological Seminary en Philadelphia. Actualmente se desempeña como Presidente de la Asamblea General de la Reformed Baptist Network , como secretario del Comité de Misiones de RBN y como profesor de Teología Práctica en el Reformed Baptist Seminary.

Servid al SEÑOR con alegría – Salmo 100:2

El placer en el servicio divino es señal de aceptación. Los que sirven a Dios con rostros tristes, porque les desagrada hacerlo, no están en realidad sirviéndole: pues ofrecen la forma de la reverencia, pero la vida está ausente. Nuestro Dios no pide esclavos para adornar su Trono; él es Señor del imperio del amor y desea que sus siervos se vistan con el uniforme del gozo.

Los ángeles de Dios le sirven con cánticos, no con gemidos; una murmuración o un suspiro sería como una sedición en sus filas. La obediencia que no es voluntaria es desobediencia, pues el Señor mira el corazón; y si ve que le servimos por la fuerza y no por amor, rechaza nuestra ofrenda. El servicio acompañado de alegría es servicio de corazón y, por tanto, es verdadero. Quita del cristiano la espontaneidad alegre y habrás quitado la prueba de su sinceridad. Aquel a quien se arrastra a la batalla, no es patriota; pero el que marcha al combate con brillantes ojos y radiante faz, cantando «es dulce morir por la patria», demuestra ser sincero en su patriotismo. La alegría es el apoyo de nuestra fuerza: en el gozo del Señor está nuestra fortaleza.

El gozo actúa como eliminador de dificultades. El gozo es a nuestros trabajos por el Señor lo que el aceite es a las ruedas de un vehículo. Sin aceite, el eje se calienta y ocurren accidentes. Si una santa alegría no engrasa nuestras ruedas, nuestros espíritus se verán impedidos por la fatiga. El que está alegre en el servicio de Dios demuestra que la obediencia es su elemento. El tal puede cantar:
Hazme andar en tus mandamientos,
pues ellos constituyen un sendero delicioso.
Lector, permíteme hacerte esta pregunta: ¿Sirves a Dios con alegría? Mostremos a los del mundo, que piensan que nuestra religión es una esclavitud, que para nosotros es más bien un placer y un gozo.

Que nuestro gozo proclame que estamos sirviendo a un buen Amo.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 17). Editorial Peregrino.

Mejores son tus amores que el vino – Cantares 1:2

Mejores son tus amores que el vino».
Cantares 1:2

Nada le da al creyente tanto gozo como la comunión con Cristo. Él goza como los demás de las bendiciones comunes de la vida, puede sentir alegría tanto en los dones como en las obras de Dios, pero en ninguna de estas cosas separadamente, ni en todas ellas juntas, halla un placer tan real como en la incomparable persona del Señor Jesús.

Tiene en él un vino que ninguna viña del mundo podría producir, un pan que ni aun todos los trigales de Egipto podrían presentar. ¿Dónde podríamos hallar la dulzura que hemos gustado en nuestra comunión con el Amado? En nuestra consideración, los goces de la tierra son solo un poco mejores que las algarrobas de los cerdos, si los comparamos con Jesús, el celestial maná.

Quisiéramos más bien tener un bocado del amor de Cristo, y un sorbo de su comunión, que todo un mundo lleno de placer carnal. ¿Qué valor tiene el tamo al lado del trigo? ¿Que valor tiene la brillante bisutería al lado del diamante? ¿Qué valor tiene el sueño al lado de la gloriosa realidad? ¿Qué valor tiene el placer temporal, en el mejor de los casos, en comparación con nuestro Señor Jesús, en su estado más humilde? Si conoces algo de la vida interior, tendrás que confesar que los placeres más sublimes, más puros y más duraderos son frutos del árbol de la vida que está en medio del paraíso de Dios. Ningún manantial da agua tan dulce como aquella fuente que produjo la lanza del soldado.

Toda felicidad terrenal es de la tierra, pero los consuelos de la presencia de Cristo son como él: celestiales. Podemos pasar revista a nuestra comunión con Jesús y no hallaremos en ella sentimientos de vaciedad: en este vino no hay sedimento, ni moscas muertas en su perfume.

El gozo del Señor es real y permanente. La vanidad no ha puesto sus ojos sobre él, pero la discreción y la prudencia testifican que este gozo soporta la prueba de los años y, tanto en el tiempo como en la eternidad, merece ser llamado «el único gozo verdadero».

Para la nutrición, el consuelo, el regocijo y el refrigerio, ningún vino puede rivalizar con el amor de Jesús. Bebamos hasta la saciedad esta tarde.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 16). Editorial Peregrino.

Querido pastor: No te compares

Querido pastor: No te compares
Michael Staton 

Este es un artículo de nuestra serie «Querido pastor», en el que proporcionamos a pastores reales situaciones ficticias y les pedimos que respondan en una carta. Esta situación—aunque inventada—representa a innumerables pastores que experimentan luchas similares.
Nuestra meta es servirte, querido pastor.

Situación: 

Un querido amigo te llama. Ha sido pastor durante varios años. El desánimo en su voz es evidente. Admite que su iglesia se está reduciendo, pero que parece que todas las iglesias de sus amigos pastores están creciendo. Sus iglesias tienen múltiples servicios y contratan nuevo personal para mantener el ritmo de crecimiento. Mientras tanto, recientemente, su pastor asociado tuvo que pasar a tiempo parcial porque el presupuesto es demasiado reducido. Se esfuerza mucho, dice, pero nada parece funcionar.

Oras por tu amigo y haces lo poco que puedes para animarle en el momento, pero no puedes sacártelo de la cabeza ni siquiera después de la llamada telefónica. Así que te sientas al día siguiente y le escribes una carta.

Querido pastor,

Gracias por tu honestidad al compartir conmigo lo que hay en tu corazón. Tal y como lo describiste, es desalentador trabajar con todas tus fuerzas sólo para ver que otras iglesias están cosechando recompensas más visibles. Tal vez algunas personas se sorprendan al escuchar que los pastores luchan con los celos ministeriales, pero permíteme asegurarte que esa lucha es común. Debes entender que esta preocupación no es inusual entre los pastores.

Dicho esto, no importa su prevalencia, el pecado debe ser tratado rápida y completamente. De hecho, los celos son un asunto que debemos confesar. Solo cuando deseamos las cosas del Señor podemos dejar atrás la envidia terrenal. Te animo a que te desprendas de los grilletes de la envidia pastoral y encuentres un sentido más profundo de confianza en el Señor. Considera estas tres preguntas para ayudarte.

¿Por qué luchamos con celos ministeriales?

El pastoreo puede ser sumamente desalentador. Amas a la gente, oras por ellos, trabajas para alimentarlos con la Palabra, y sin embargo puedes experimentar un crecimiento mínimo. ¿Pasas semana tras semana entregándote a tu preciosa gente sólo para ver que la asistencia disminuye? ¿Murmuran y parecen desinteresados en compartir la carga del ministerio? Eso duele. Mencionaste que sigues a otros pastores en Facebook. Cuando observas las publicaciones o escuchas las historias de otras iglesias que se ven obligadas a añadir múltiples servicios y a contratar personal adicional para mantenerse al día con el aumento de la asistencia, te haces vulnerable a la desesperación. Cuando dejas que la desesperación eche raíces, no pasará mucho tiempo antes de que las alegrías de otros se conviertan en una fuente de celos para ti.

En nuestro mundo de las redes sociales, vemos el «lado bonito» de innumerables iglesias. A veces, parece que todas las iglesias están floreciendo excepto la nuestra. Aunque es un gran regalo, la tecnología puede ser una fuente constante de inseguridad, alimentando nuestros sentimientos de insuficiencia. A menudo experimentamos celos ministeriales porque comparamos los puntos bajos de nuestro ministerio con los más destacados de otros. Te pido que no lo hagas.

¿Por qué los celos ministeriales son tan peligrosos?

Cuando permitimos que los celos habiten en nuestros corazones, no ponemos la gloria de Dios por encima de la nuestra. Si el Señor decide que una iglesia, un pastor o un ministerio específico reciba frutos visibles de su trabajo, es una oportunidad para que adoremos y alabemos al Señor por eso. Pero, cuando la envidia echa raíces, le robamos al Señor la gloria debida a su nombre y, en cambio, alimentamos esa semilla de la envidia y permitimos que crezca.

Además, los celos ministeriales convierten a otras iglesias en nuestra competencia, en lugar de colaboradores. Nunca debemos olvidar que dondequiera que veamos al Señor trabajando, Él nos está dando razones para alabarlo. Por supuesto, queremos que a nuestra propia iglesia local le vaya bien, pero debemos mantener una visión de la obra de Dios que es más grande que nosotros mismos. En otras palabras, el ministerio tiene que ver con el Reino, no con nuestro domicilio. Si olvidamos esto, comenzaremos a ver a otras congregaciones como rivales en lugar de verlas correctamente como hermanos y hermanas, que se asocian con nosotros para servir al Rey.

¿Cuáles son algunas maneras prácticas de superar los celos ministeriales?

Me gustaría ofrecer algunas maneras prácticas y útiles para combatir los celos. En primer lugar, comienza con un método estructurado para orar genuinamente por otros pastores. En mi caso, oro por otras iglesias y pastores cuando pienso en ellos, pero también he implementado un sistema para orar por otras congregaciones. Llego a mi estudio temprano el domingo por la mañana, saco mi «lista de oraciones por los pastores» y empiezo a orar por los nombres de estos hombres y sus iglesias. Tengo mi lista dividida en tres categorías: pastores de mi estado, pastores con los que estoy en contacto desde el seminario, y pastores que conozco de todo el país y de otras naciones. Al orar por estos hombres cada semana, le pido al Señor que los bendiga y fortalezca sus iglesias. Después de haber hecho esto durante años, me siento parte de sus ministerios al orar por ellos.

En consecuencia, cuando escucho que Dios está obrando entre ellos, mi corazón se llena de alegría. Los celos se alejan cuando nos apoyamos mutuamente en la oración. Cada victoria se comparte entre todos nosotros, ¡para la gloria de Cristo!

Una segunda estrategia práctica es mantenerse en constante comunicación con los hombres por quienes estás orando. Después de orar por estos hombres (mi lista tiene alrededor de 65 pastores e iglesias), les envío un breve texto haciéndoles saber que he orado por ellos. Quiero recordarles—a ellos y a mi propio corazón—que estamos trabajando juntos en la labor de predicar el Evangelio. Por supuesto, hay veces que sus iglesias pueden tener más señales visibles de crecimiento que la mía. Puede haber otras temporadas en las que mi ministerio tenga más fruto discernible que el de ellos. Sin embargo, he descubierto que la comunicación semanal con estos hombres fieles me ayuda a anhelar genuinamente que sucedan cosas buenas en sus ministerios y permite que mi corazón siembre semillas de apoyo, no de envidia. Después de todo, cuando escucho informes de la obra de Dios entre ellos, eso es literalmente una respuesta a mis oraciones.

Un último estímulo es hacerse esta pregunta regularmente: ¿He sido fiel al Señor esta semana? A menudo nos preguntamos qué piensa la congregación de nosotros. Nos preguntamos cómo evaluarían otros pastores lo que hacemos. Sin embargo, la única cuestión que merece nuestra atención constante es lo que el Señor piensa de nosotros. He descubierto que pedirle al Espíritu de Dios que escudriñe mi corazón y arraigue mi fidelidad sólo a Él es una manera eficaz de mantenerme satisfecho en el privilegio de ser un siervo de Cristo.

Cuando permitimos que los celos den su malvado fruto, nos sentimos insatisfechos y anhelamos lo que otro disfruta. Ninguno de nosotros es pastor del rebaño de Dios porque se lo haya ganado. Sin duda, esta vocación es costosa y supone un reto continuo. Sin embargo, tenemos el privilegio de ser portavoces del Dios altísimo. Él nos salvó, nos redimió, nos llamó, nos equipó y ahora nos utilizará como Él considere adecuado. Él ha sido más bondadoso con nosotros de lo que podríamos merecer. Servimos para Su gloria, y ninguna cantidad de reconocimiento o estima de los hombres podría igualar lo que ya se nos ha dado en Cristo.

Así que anímate, hermano mío. No estás solo en tu lucha contra los celos ministeriales. Pero también, toma acción, mi hermano. Los celos no son una debilidad que se debe tolerar. Acudamos al Señor en arrepentimiento y busquemos su ayuda. Ora por tus compañeros de milicia. Toma un papel activo orando por su éxito espiritual. Luego descansa sabiendo que el Señor te ha llamado al lugar en el que estás, y descansa en el gozo de saber que sólo su aprobación debe ser el deseo continuo de tu vida.

Tu hermano en Cristo,

Michael Staton

admisiones@tms.edu

Michael Staton

Michael Staton (D.Min., The Masters Seminary) is the Senior Pastor of the First Baptist Church in Mustang, Oklahoma, where he has served since 2000. He has been married to his wife Marcy for 24 years and they have two sons. For sermons and other writings, visit his ministry website at everywordpreached.com.

Hermana mía, esposa mía – Cantares 4:12

Observa los delicados títulos con que el celestial Salomón, con intenso afecto, se dirige a su esposa, que es la Iglesia. Mi hermana, una de mis allegadas por los vínculos naturales, partícipe de las mismas simpatías. Mi esposa, la más cercana y la más querida, unida a mí por los tiernísimos lazos del amor; mi dulce compañera, parte de mi propio ser. Mi hermana, por mi encarnación, la cual me hace carne de tu carne y hueso de tu hueso; mi esposa, por desposorio celestial, con el cual te he desposado conmigo en justicia. Mi hermana, a quien conozco desde la antigüedad y a quien observo desde su temprana infancia; mi esposa, tomada de entre las hijas, sostenida con brazos de amor y mi prometida para siempre.

Mira cuán cierto es que nuestro regio Pariente no se avergüenza de nosotros, pues él se detiene con manifiesto placer en esta doble relación. Dos veces se repite la partícula «mía» en el texto, como si Cristo se detuviese con arrobamiento ante la posesión de la Iglesia. «Sus delicias son con los hijos de los hombres», porque ellos son sus elegidos. Él, el Pastor, buscó las ovejas, porque eran sus ovejas. «Él vino a buscar y a salvar lo que se había perdido», porque lo que se había perdido era suyo antes que se perdiese. La Iglesia es la exclusiva porción de su Señor: ningún otro puede pretender una participación en ella o compartir su amor. ¡Jesús, tu Iglesia se goza de que así sea! Permite que cada creyente beba su solaz de estas fuentes. ¡Alma, Cristo está cerca de ti por los vínculos del parentesco; Cristo te es querido por los lazos de la unión matrimonial, y tú le eres querida a él! He aquí, él toma tus manos en las suyas y te dice: «Hermana mía, esposa mía».

Observa los dos medios por los cuales el Señor te tiene tan asida, quien, por otra parte, no puede ni quiere dejarte ir jamás. ¡Oh querido amigo, no te demores en retornar a la santificada llama de su amor!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 15). Editorial Peregrino.