La formación espiritual del niño
Betty S. de Constance
Parte 2
Reflexiones sobre la evangelización de los niños
Capítulo 7
¿Qué debe entender el niño para convertirse a Cristo?
Tuve el privilegio de nacer en una familia cristiana en donde mis padres, además de ser personas que servían a Dios como misioneros, tenían un compromiso profundo de criar a sus hijos en la fe. No recuerdo haber vivido ninguna etapa de mi niñez sin tener conciencia de Dios. Creo que siempre he amado a Jesús. Por supuesto, hubo diferentes crisis espirituales que marcaron el desarrollo de mi fe y de mi proceso de maduración espiritual, pero nunca viví un período de rebeldía cuando quise alejarme de la iglesia o rechazar mi fe en Dios. Considero ese hecho el resultado de su gracia en mi vida. Sin embargo, sufrí largos períodos de angustia y dudas en cuanto a la seguridad de mi salvación. Siendo niña y adolescente, tuve interrogantes sobre elementos espirituales que me daba miedo compartir con alguien. Siempre pensé que los adultos me iban a retar por mi ignorancia o que me iban a considerar una persona “perdida” por mis dudas.
Una de las preguntas de mi niñez que guardé por muchos años tenía que ver con la muerte de Cristo. En esos años yo me preguntaba: “Si fueron crucificados dos hombres más junto con Jesús, ¿por qué solamente la muerte de Jesús sirve para mi salvación?” Algo me hacía pensar que hacerles esta pregunta a mis padres me iba a dejar muy mal parada en el concepto que tenían de mí. Así que me guardé el interrogante por años. Siendo ya adolescente llegué a entender, por fin, que sólo la muerte de Cristo pudo valer ante Dios para mi salvación, porque él nunca había cometido pecado. El hecho de que Jesús nunca pecó me lo habían enseñando, pero nadie me había explicado la relación entre esa verdad y la eficacia de su muerte en la cruz para el pecado de todos, incluyendo los míos. Durante los años de mi niñez, ¿a quién iba a ir yo con mis interrogantes y dudas?
Con el pasar de los años, me doy cuenta cada vez más de que muchos niños guardan sus interrogantes por las mismas razones que tuve yo: el temor a las reacciones de los adultos. Por eso considero que en nuestro trabajo con niños es sumamente importante crear un ambiente donde el diálogo abierto es posible, y donde sus preguntas han de ser respetadas y respondidas. Por este motivo creo que es primordial que conozcamos los elementos esenciales del plan de salvación, para que cuando un niño nos haga alguna pregunta, podamos aprovechar esa oportunidad para explicar conceptos y aclarar sus dudas.
Es imposible incluir en este capítulo todos los elementos concernientes al plan de salvación. El tema es demasiado vasto. Por eso creo que lo más adecuado es pensar siempre en un “proceso de evangelización”, en donde estemos apoyando y alentando siempre la obra regeneradora del Espíritu Santo en la vida de los niños que han tomado la decisión inicial de entregar su vida a Cristo. A mi entender, las siguientes preguntas y respuestas son fundamentales.
¿Quién soy yo?
Un elemento básico para que el niño pueda entender mejor lo que significa “ser salvo” es tener un concepto más claro de su persona. El niño necesita saber que él es un ser con una vida interior y una vida exterior. Para aclarar este concepto, el maestro debe utilizar todas las formas posibles para ayudar al niño a diferenciar entre la parte visible de su persona (su cuerpo, su pelo, sus ojos, su sonrisa, etcétera), y la parte invisible (su mente, donde radican sus pensamientos y emociones). Esta parte invisible no tiene nada que ver con sus órganos, como su estómago o sus pulmones. Es la parte que no se ve ni cuando se sacan radiografías. El niño puede saber que solamente Dios y él conocen lo que sucede en su vida interior, y que esa parte de su ser es lo que la Biblia llama “el corazón”. Esto demanda que el maestro use una gran variedad de actividades que le permitirán al niño reconocer e identificar su vida interior, especialmente sus emociones. Él debe saber que todo su ser es importante, pero que su vida interior es la que Dios valora más (1 Samuel 16:7).
¿Qué es el pecado?
Cuando estamos ocupados en la enseñanza espiritual de los niños, la mayoría de las personas utilizan definiciones para el pecado que enfocan conductas. Por ejemplo, cuando queremos ilustrar lo que es el pecado, nos referimos a la mentira, el robo, la desobediencia, el uso de malas palabras, la agresividad contra otros y conductas parecidas. Casi siempre enfatizamos conductas que no le agradan a Dios. Podríamos decir que este tipo de explicación nos ayuda a identificar tipos de “pecados”, pero no aclara el problema del “pecado” en sí. Por tanto, creo que podemos ayudar al niño a tener una comprensión más adecuada del significado del pecado si le explicamos que el pecado es una actitud básica que tiene toda persona. Esta actitud empezó con el primer pecado de Adán y Eva y ha seguido por toda la historia de la raza humana. Toda persona lleva la actitud que le hace pecador (“pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” Romanos 3:23). Esta actitud es nuestra insistencia de vivir haciendo lo que nosotros queremos, sin pensar en lo que Dios quiere (1 Samuel 15:22, 23; Jeremías 7:23, 24; Romanos 7:18–20).
El niño puede entender que todos los pecados que comete comienzan en la vida interior en donde radican los pensamientos, las emociones y las actitudes que no agradan a Dios. Éstos nos llevan a las conductas equivocadas (Mateo 12:34, 35; 15:16–20; Salmo 19:14). Además, el niño debe entender que el pecado es lo que nos separa de Dios porque él es santo y no tiene pecado. El pecado es lo que impide que seamos parte de su familia (Isaías 59:2). Es lo que hace imposible que seamos las personas que él nos creó para ser. Este énfasis ayuda a que el niño empiece a pensar en su vida interior como el elemento que define y condiciona sus conductas.
¿Quién es Dios?
Definir a Dios es imposible. Cuando nosotros, los adultos, queremos saber cómo es Dios, lo único que podemos hacer es estudiar las características y atributos de Dios. Y por más empeño que pongamos, nos quedamos cortos en cuanto a la definición y comprensión de Dios. Pero para el niño, basta que él entienda algunos elementos básicos acerca de Dios: que él es el creador de todas las cosas, incluyendo su propia vida. Que Dios creó su cuerpo físico como también su capacidad de pensar y sentir, que es su vida interior (ver Salmo 139:1–4). Que Dios lo ama mucho más de lo que cualquier otra persona lo puede hacer. Que Dios lo conoce completamente, por dentro y por fuera. Que el anhelo de Dios es que todos nosotros formemos parte de su familia, y que le permitamos que nos ayude a llegar a ser las personas para lo cual nos creó. Que Dios desea que esta relación íntima con él sea algo que disfrutemos ahora y para siempre (Juan 3:16).
El niño también puede entender que Dios es absolutamente perfecto y santo. No puede hacer el mal. Debido a ese hecho, estamos separados de él a causa de nuestro pecado (Hebreos 12:14). Pero él nos amó tanto que hizo posible que llegáramos a ser sus hijos. Para que eso fuera posible, mandó a Jesús, su único Hijo, al mundo para mostrarnos cuánto nos ama (Juan 3:16; 1 Juan 3:16).
¿Quién es Jesús?
El niño debe reconocer que Jesús es el Hijo de Dios. Debe entender que él vino al mundo naciendo como un niño, al igual que toda persona. Que vivió en un pueblo en Palestina hasta llegar a ser un hombre adulto, cuando empezó a ir de pueblo en pueblo enseñando las verdades de Dios y ayudando a muchísimas personas a través de sus hechos. Sobre todo, el niño debe entender que Jesús es la única persona que ha vivido sin haber cometido pecado porque obedeció a Dios en todo. Él siempre habló lo que Dios quería que dijera, e hizo lo que Dios quería que hiciera. Nunca hizo algo para agradarse a sí mismo, sin primero pensar si lo que hacía agradaba o no a su Padre Dios (Juan 5:19). Por eso, aunque muchos creyeron en él, la mayoría de la gente llegó a odiarlo y finalmente lo mataron. Murió sobre una cruz, pero no quedó muerto. Después de tres días resucitó, es decir, volvió a vivir. Porque Jesús era el Hijo de Dios y porque nunca había cometido ningún pecado, su muerte sirvió ante Dios para pagar el castigo que merecían todas las personas por los pecados que han cometido (Tito 2:14; Isaías 53:5; 1 Pedro 2:24).
¿Cómo puedo llegar a ser un hijo de Dios?
La respuesta a esta pregunta clave empieza con una actitud básica en cuanto al pecado: el arrepentimiento. El niño tendrá que tomar conciencia de lo que significa esta actitud. Se puede hablar de esto con términos sencillos: “Arrepentirse significa sentir tristeza por querer vivir agradándonos a nosotros mismos y no a Dios.” Sentir tristeza significa que uno siente el deseo de cambiar y de vivir de una manera distinta, una vida que agrada a Dios. El niño debe entender que si se arrepiente de su pecado y le pide perdón a Dios (1 Juan 1:9), Dios lo perdona. Él nos puede perdonar porque Jesús murió por nuestros pecados y nuestro arrepentimiento hace posible que Jesús sea nuestro Salvador. A la vez, el niño debe entender que al arrepentirse, está expresando su deseo de entregar el control de su vida a Dios, para que él controle su vida interior y exterior. Al arrepentirse, está cambiando su manera de vivir.
Cuando Dios nos perdona, nos acepta como sus hijos y empezamos a vivir como miembros de su familia. Dios llega a ser nuestro Padre celestial. Podemos sentir su presencia en nuestras vidas y entender cuánto nos ama. Dios llega a ser algo así como un nuevo “patrón” o “jefe” a quien debemos rendir cuentas por nuestra vida. Vivir como su hijo significa que, con su ayuda, hemos de cuidar de que nuestros pensamientos, emociones, actitudes y acciones sean de su agrado. Esto no será fácil, pero podemos estar seguros de que aunque nos cuesta aprender otra manera de vivir, hacer lo que Dios desea es mucho mejor (1 Pedro 4:1, 2). Podemos contar con su ayuda siempre, porque él ha dicho que nunca nos va a dejar solos (Hebreos 13:5). Ser un hijo de Dios también significa que algún día, cuando muera nuestro cuerpo, como ocurre con todas las personas, nuestro espíritu (la parte interior) seguirá viviendo con él para siempre. Esto es lo que llamamos “la vida eterna” con Dios. La Biblia dice que el lugar donde viviremos para siempre con Dios es el cielo, un lugar hermoso e imposible de describir (Apocalipsis 21:1–7).
Algunas observaciones finales
A veces el niño queda confundido cuando le pedimos que lea muchos versículos tomados de diferentes partes de la Biblia. Es mejor limitarnos a uno o dos versículos, preferiblemente usando una versión sencilla de la Biblia (la Versión Popular Dios Habla Hoy o El Nuevo Testamento en la Traducción Biblia en Lenguaje Actual.) El mejor versículo para esto es Juan 3:16 que le asegura al niño que es un hijo de Dios. El maestro lo puede guiar en la lectura del versículo de la siguiente manera, insertando el nombre del niño en los espacios: “Pues Dios amó tanto a , que dio a su Hijo único, para que al creer en él, no muera, sino que tenga vida eterna.” A la vez, se le explica que el versículo nos asegura que nuestra vida interior vivirá para siempre con Dios, aunque nuestro cuerpo muera.
Es importante que el niño exprese en oración su deseo de entregar su vida a Dios. Es cierto que muchos niños no se animan a orar en voz alta, porque no saben qué decir. El maestro puede ayudar al niño a pensar en una frase sencilla, como ésta: “Dios, te pido perdón por mi pecado, y quiero que tomes el control de mi vida.” Luego se da oportunidad a que el niño diga estas palabras en voz alta, agregando cualquier otra frase que él quiera. Otra opción sería ayudarlo a escribir su oración en un papel. Para este momento, muchos maestros utilizan el método de decir una oración sencilla, frase por frase, y piden que el niño vaya repitiendo cada frase en voz alta. Por lo general, cuando yo ayudo a algún niño a expresar lo que él quiere decirle a Dios, le digo que mientras los dos cerramos los ojos, él puede decir las palabras en su mente. Luego le pregunto: ¿quieres compartir conmigo las palabras que le dijiste al Señor? Entonces yo oro por él, pidiendo que Dios lo ayude a comprender lo importante que es la decisión que ha tomado.
Para enfatizar la trascendencia de la decisión que el niño ha tomado, el maestro puede entregarle como obsequio un Evangelio de Juan, subrayando el versículo de Juan 3:16. También el maestro debe asegurarle que Dios ha escuchado su oración y que su decisión le ha traído mucho gozo (Lucas 15:7).
Pero el hecho más importante que el maestro pueda lograr cuando el niño toma la decisión de aceptar a Cristo es iniciar una amistad espiritual con él. Si el niño percibe un verdadero interés en él de parte del maestro, sentirá que hay un lugar seguro donde podrá llevar sus interrogantes y dudas a medida que vayan surgiendo. Él sentirá que no está solo, sino que alguien lo está acompañando en su peregrinaje hacia Dios. Para el maestro de niños, no hay mayor privilegio que éste.
De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 61–69). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.
