La formación espiritual del niño
Betty S. de Constance
Parte 2
Reflexiones sobre la evangelización de los niños
Capítulo 9
¿Hay alguna manera de evitar el uso de símbolos en la evangelización de los niños
Constantemente en la conversación usamos simbolismos. Un símbolo es una palabra o frase que se utiliza para representar otra cosa, generalmente algún objeto material para explicar algo inmaterial, especialmente conceptos morales o espirituales. El elemento simbólico más usado para explicar el plan de salvación es el “corazón”. Dentro del contexto bíblico, el corazón se refiere a la sede de las emociones y el entendimiento (“…si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo” Romanos 10:9,NVI). Debemos tomar en cuenta que el uso de esta palabra también es cultural en su aplicación. Por ejemplo, hay tribus en el África que consideran que el hígado es el lugar donde reposan los pensamientos y las emociones. Para las personas de la cultura occidental, nos resultaría sumamente extraño decir que “aceptamos a Jesús con el hígado”. Pero los niños sólo manejan los conceptos en forma literal y este término “aceptar a Jesús con el corazón” o “pedir que Jesús venga a vivir en el corazón” puede ser para ellos igualmente difícil de comprender.
Hubo un niño de cinco años de edad que respondió a la invitación que le hizo la maestra de recibir a Cristo, y el niño oró pidiendo que Jesús viniera a vivir en su corazón. Tiempo después le hizo esta pregunta a la madre.
—Mamá —exclamó el niño—, si yo corro muy rápido y me paro de golpe, ¿Jesús se cae?
Sorprendida, la madre se rió por encontrar sumamente graciosa la pregunta, aunque luego se sintió molesta al darse cuenta que no encontraba ninguna respuesta para el interrogante de su hijo.
Este incidente ilustra uno de los aspectos más complejos y preocupantes con relación a la evangelización de los niños. Al decir que éste es un tema complejo, me estoy refiriendo al hábito que tenemos nosotros, los adultos, de utilizar un lenguaje simbólico cuando deseamos explicar elementos espirituales, especialmente cuando queremos explicar el plan de salvación a los niños. Al indicar que es un tema preocupante, me refiero al hecho de que la mayoría de nosotros estamos tan acostumbrados a utilizar este vocabulario simbólico que no sabemos qué otro usar. El niño, hasta cumplir diez u once años de edad, piensa en forma literal y concreta. Durante esos años el niño escucha las explicaciones simbólicas y figurativas que utilizan los adultos y hace un esfuerzo para entenderlas. Pero él todavía tiene limitaciones en cuanto a su desarrollo cognoscitivo. Es decir, durante este período de su desarrollo intelectual, su comprensión de las palabras está limitada a las experiencias que ha tenido en cuanto al uso de esas palabras. Aún no puede hacer en su mente la transferencia de un significado por otro.
Un símbolo es el uso de algo conocido para representar otra cosa desconocida. Por más esfuerzo que hagamos para ilustrar en formas concretas algunos conceptos espirituales, el niño NO lo va a entender. El problema se presenta porque los conceptos espirituales que queremos transmitir son mayormente abstractos y figurativos y es difícil saber cómo explicarlos. Por ejemplo, si utilizamos la palabra “corazón”, el niño va a pensar en el órgano que late en su pecho. Los padres o alguna otra persona ya le han explicado que ese latido que él siente es la acción de su corazón circulando la sangre en sus venas. Quizá los padres hayan utilizado algún dibujo o fotografía de un corazón para ayudarle a entender ese órgano tan vital en el cuerpo. Entonces, cuando decimos que Jesús viene a vivir allí, el niño piensa que Jesús debe hacerse chiquito para poder habitar allí, y debe estar parado físicamente dentro de ese órgano. Es lógico que él entienda que Jesús es algo así como un muñeco que ha venido a vivir como por magia dentro de ese órgano que bombea sangre en su cuerpo. Lo que NO entiende es que utilizamos la palabra “corazón” para referirnos a la naturaleza espiritual de la persona, en donde radican sus pensamientos y sus emociones. Como adultos, sabemos que los pensamientos y las emociones son en realidad ejercicios de la mente y no del corazón. Pero el niño aún no tiene la capacidad de entenderlo. Este hecho debe ser motivo de examinar y corregir el lenguaje que utilizamos para transmitir los conceptos espirituales.
En una ocasión estuve dando un taller sobre este tema en una conferencia de maestros en los Estados Unidos. Una mujer compartió con el grupo una experiencia muy reciente que había ocurrido con su hijo de nueve años de edad. El padre había sufrido unos intensos dolores de corazón y, como resultado, el cardiólogo le había recetado una serie de radiografías para tratar de identificar el problema. El hombre las había traído a casa porque tenía que llevarlas a una consulta con otro especialista. El niño, curioso, se puso a examinarlas cuidadosamente una por una. Un rato después, la madre lo encontró llorando en su habitación. Cuando le preguntó al niño porqué lloraba, se sorprendió al escuchar su respuesta:
—Mamá, yo miré con cuidado a todas las radiografías de papá y él no tiene a Jesús en su corazón.
La mujer confesó al grupo que se sintió totalmente desconcertada al no saber cómo responderle a su hijo y no tener palabras adecuadas para explicar lo que significaba “tener a Jesús en el corazón”.
Algunos símbolos problemáticos
Dentro de los muchos conceptos complicados que transmitimos por lenguaje simbólico, quiero referirme a las tres frases más utilizadas: (1) “la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado”; (2) “pedir que Cristo venga a vivir en tu corazón”; y (3) “recibir el regalo de la salvación”. Cada una de estas expresiones es simbólica y, por lo tanto, difícil para que el niño las comprenda. ¿Qué se debe decir, entonces? ¿O será que los niños no están capacitados aún para entender el plan de salvación? De ninguna manera. A través de los siglos, los niños han llegado a Cristo de muchísimos modos. Ellos se han aferrado de lo poco que pudieron entender y el Espíritu Santo ha hecho su obra en sus vidas. Por su gracia los niños han llegado a entender que son hijos de Dios. Sabemos que el Señor llegará a los niños por cualquiera de las formas que pueda utilizar. Sin embargo, si tomamos en serio el llamado que el Señor nos hace de guiar a los niños a tomar una decisión clara para recibir la salvación, nos corresponde a nosotros, los maestros, esforzarnos por encontrar las mejores maneras de hacerlo. Según la Palabra de Dios es algo muy serio “hacer tropezar a uno de estos pequeños” en su camino hacia Dios (Marcos 9:42).
Primero: “la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado”.
El símbolo fundamental que se encuentra en la Biblia para explicar la obra de Cristo en la cruz es la palabra sangre. “Dios lo ofreció como un sacrificio de expiación que se recibe por la fe en su sangre, para así demostrar su justicia” (Romanos 3:25, NVI). El niño entiende lo que es la sangre porque en diferentes ocasiones la ha visto cuando, por ejemplo, ha sufrido alguna cortadura u otra herida, y ha visto que la sangre corre y crea manchas en la ropa. Él sabe que la sangre no sirve para limpiar algo. Quizá ha visto a la madre tratar de sacar sin éxito la mancha que produce la sangre. Entonces se le produce una confusión cuando escucha la frase que dice que la sangre de Cristo nos limpia de pecado. Por ejemplo: “y la sangre de su Hijo Jesucristo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). Parte del problema en esto es que suponemos que las palabras bíblicas deben ser las más adecuadas para explicar el plan de salvación. Pero si estas palabras confunden a los niños, debemos buscar otros términos que sean más claros y más acordes con sus capacidades cognoscitivas. Después de todo, nuestra meta es ayudarles a entender la verdad de Dios, y no causarles confusión en cuanto a esa verdad tan trascendental.
Sugiero que si sustituimos la palabra “muerte” por la palabra “sangre”, tenemos la posibilidad de aclarar el concepto. Podemos decir: “Jesús murió para que Dios pudiera perdonar nuestros pecados.” Por cierto, esto no cubre todos los aspectos teológicos del proceso de la regeneración, pero sí expresa un concepto más sencillo que el niño puede comprender. Me gusta cómo la Traducción en Lenguaje Actualizado (Sociedades Bíblicas Unidas, 2000) expresa Colosenses 1:14: “quién por su muerte nos salvó y perdonó nuestros pecados”. La palabra “muerte” evita el uso del símbolo problemático “la sangre”, pero deja en claro para los niños la importancia de la muerte de Cristo como único camino para acercarnos a Dios.
Dentro del contexto de esta expresión “la muerte de Cristo”, se puede aclarar el significado de la palabra “perdón” con relación a nuestros pecados. Podemos explicarles a los niños que Dios es perfecto y que, por lo tanto, no puede tener ningún pecado. Para que nosotros seamos sus hijos fue necesario que su hijo Jesús muriera. Jesús murió para pagar el castigo del pecado que todos merecíamos. Lo pudo hacer porque él vivió en la tierra como un hombre, pero nunca hizo nada que no fuera lo que Dios quería. Él nunca pecó. Así es que, cuando murió sobre la cruz, murió como nuestro substituto y así hizo posible que Dios nos perdonara todos nuestros pecados.
También conviene evitar el uso de la frase “Dios mandó a su hijo Jesús para morir por nosotros” (o por ti). A veces están presentes niños que han sufrido maltrato y abuso por parte de personas adultas. Para ellos esta frase suena diferente y hasta cruel. Para ellos, suena a “Dios quiso matar a Jesús”. Entonces, es mejor decir: “Jesús, el Hijo de Dios, vino al mundo para morir por nuestros pecados”. Esta frase aclara los puntos esenciales, sin dejar lugar para que el niño tenga interrogantes sobre la bondad de Dios.
Segundo: “pedir que Cristo venga a vivir en tu corazón.”
¿Cómo podemos explicar al niño esta decisión tan fundamental para su vida espiritual, sin utilizar este simbolismo? Nunca es fácil transformar un concepto abstracto en algo concreto y sencillo. Sin embargo, creo que es de suma importancia encontrar una explicación que sea más adecuada que esta frase tan utilizada en la evangelización de niños.
En primer lugar, como he señalado antes, algo que ayuda mucho al niño es hacer la distinción entre “la vida interior” y “la vida exterior”. Es fácil programar pequeñas actividades de aprendizaje para aclarar este concepto. Algunas pueden estructurarse con el uso de pequeñas láminas de caritas que representan las emociones. Cuando el maestro utiliza esta ayuda gráfica, los niños adquieren rápidamente la habilidad de identificar sus propias emociones según las circunstancias que están viviendo. Se le explica al niño que esas emociones son parte de su vida interior. Para subrayar la misma idea, pero utilizando otro medio, se podría realizar un diálogo con un títere, por medio del cual el títere describe lo que está pensando y sintiendo en su vida interior.
O se puede inventar un cuento en el cual el personaje se comporta de diferentes maneras: come, habla, estudia, hace deportes u otras actividades físicas fáciles de observar. Se explica al niño que estas actividades representan su vida exterior. Por supuesto, se cuenta lo que el personaje está pensando, sus reacciones emocionales en diferentes momentos y las actitudes que se van formando en él, todos elementos que no se pueden observar y que se pueden conocer únicamente si él los expresa. Al terminar el cuento, los niños deben analizar las dos partes de la vida del personaje ficticio. Se puede repetir el cuento, pero esta vez se pide que los niños palmeen cuando hay evidencia de la vida exterior, y que levanten la mano cuando el personaje hace algo que representa su vida interior.
Con estas actividades y otras similares, los niños van adquiriendo una comprensión más adecuada de que la palabra “corazón” representa la vida interior de la persona. Cuando se haya establecido esta distinción, se le puede decir al niño que cuando acepta a Cristo está permitiendo que él tome control de la parte interior de su vida. Cristo viene a estar con el niño en esa parte de su vida donde piensa y siente todo. También se le debe explicar que es en la vida interior donde comienza todo lo que se hace en contra de la voluntad de Dios, lo que llamamos “el pecado”. Cuando le pide perdón a Jesús por su pecado y le entrega el control de su vida, está cambiando su manera de pensar. Está permitiendo que Jesús tenga control de sus pensamientos. El significado literal de la palabra “arrepentimiento” es “cambiar de mente”. Así es que, cuando me arrepiento de mi pecado, estoy deseando un cambio en mi manera de pensar, y como dice Pablo: “…cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir” (Romanos 12:2, VP).
Se le explica al niño que él no lo puede ver a Dios porque Dios es invisible, pero su presencia en nosotros se hace evidente por los cambios que se producen en nuestra manera de pensar, de sentir y de actuar.
Tercero: “recibir el regalo de la salvación”.
Otra de las frases simbólicas que quiero mencionar tiene que ver con un concepto que, a mi juicio, debilita para niños, como también para los adultos, la comprensión de la obra de Cristo en ofrecernos la salvación. Frecuentemente usamos la frase “recibir el regalo de la salvación”. Nos basamos en Romanos 6:23: “Porque la paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor.” Ver también Romanos 8:32; Efesios 2:8. Enfatizamos el hecho de que este regalo precioso es absolutamente gratis y lo único que tenemos que hacer es aceptarlo. Desde un punto de vista, esto es correcto porque Efesios 2:8, 9 declara: “Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte.” Pero este énfasis pasa por alto otro aspecto fundamental de nuestra regeneración, que es el hecho de entregar el control de la vida a Dios. San Pablo lo expresó en estas palabras: “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí” (Gálatas 2:20,NVI). Cuando usamos la expresión “aceptar el regalo de la salvación”, estamos dando a entender que le hacemos un favor a Dios al aceptar su regalo. Es verdad que nuestra salvación no depende de nada que nosotros podamos hacer porque todo es por gracia. Pero un regalo es algo que uno recibe sin ningún compromiso. En cambio, cuando explicamos la salvación como una decisión responsable de entregar la vida a Dios para que él la controle, estamos incluyendo como parte de esa entrega el hecho de ceder el control. El apóstol Pablo habla de esto cuando dice: “Sin embargo, ustedes no viven según la naturaleza pecaminosa, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios vive en ustedes. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo” (Romanos 8:9,NVI). Trivializamos la muerte de Cristo si hablamos únicamente de “aceptar el regalo de la salvación”. La parte esencial que corresponde a toda persona es sentir remordimiento y pena por los pecados que haya cometido y arrepentirse por haber vivido haciendo lo que uno quería sin importarle lo que Dios quiere. La salvación es esencialmente el traspaso del dominio de mi vida a Dios, porque hasta ceder ese control he vivido de acuerdo con la “naturaleza pecaminosa” (la tendencia de hacer lo que uno quiere sin importarle lo que Dios quiere), y sin reconocer la necesidad de vivir bajo el dominio de Dios. El niño tiene la capacidad de entender que para que Jesús pueda ser su Salvador, él debe arrepentirse de sus pecados y pedir que Jesús sea quien controle toda su vida.
Nuestra finalidad en la evangelización de los niños debe trascender el deseo de sumar números, como si la cantidad de niños ganados diera evidencia de nuestro éxito en este trabajo. Nunca debemos pensar en los niños como cifras. Nuestra misión, además de ofrecerle la oportunidad de aceptar a Cristo, debe ser que el niño comprenda, dentro de sus posibilidades, las dimensiones profundas de la entrega de su vida al Señor. Si lo ayudamos a entender esto, estará comenzando su vida como cristiano con la capacidad de llegar a una verdadera madurez en Cristo. Desde el comienzo de su peregrinación de fe tendrá una comprensión más adecuada de lo que significa ser un seguidor de Jesús. Este compromiso demandará lo mejor de él y no será fácil. Pero no depende de sus fuerzas, sino de Cristo que vive en él.
Es imposible saber el potencial que un niño pueda tener para lograr una vida de gran utilidad y bendición a otros. Trabajamos con los niños convencidos de que tenemos un pequeño tesoro en las manos y que Dios nos ha concedido el singular privilegio de influenciar su vida. Por más breve que sea el tiempo que lo tengamos como alumno, o más pequeños e inadecuados que sean nuestros esfuerzos, sabemos que Dios ha de tomar esa semilla y la hará crecer. Algún día hemos de mirar esa vida, ya de persona adulta, y sentir un profundo orgullo por lo que Dios nos permitió lograr en la formación de su vida espiritual. En ese momento sólo nos corresponde inclinar el rostro en reverente humildad y decir en silencio: “Gracias, Señor, por el gran privilegio de contribuir a la formación de esta vida.”
De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 77–84). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.
