¿Por qué hay niños que “se convierten” reiteradas veces?

La formación espiritual del niño

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Betty S. de Constance

Parte 2

Reflexiones sobre la evangelización de los niños

Capítulo 10

¿Por qué hay niños que “se convierten” reiteradas veces?

a1En una ocasión yo estaba con un grupo de maestros en una conferencia de educación cristiana. Mientras almorzábamos, una maestra me hizo una pregunta.

—Hay algo que no entiendo —dijo ella—. En mi iglesia hay varios niños que responden cada vez que alguien hace una invitación para aceptar a Cristo como Salvador. No importa si es en un culto en la iglesia o en una clase de la escuela dominical o en un campamento, siempre responden. No sé cuántas veces se han “convertido”. ¿Por qué pasa esto con algunos?

Algunos de los otros maestros presentes en la mesa expresaron la misma inquietud y cuando comenzamos a compartir opiniones al respecto, descubrí que era una preocupación entre todos ellos. Cuando pregunté sobre sus clases, la mayoría dijeron ser maestros de niños de edad escolar. Considero que las inquietudes expresadas por ese grupo de maestros son muy válidas. Creo, entonces, que es importante que entendamos algo más sobre la manera en la cual el niño responde a esta decisión tan fundamental para su vida. Nuestra tendencia es creer que el niño responde a la invitación de entregar su vida a Cristo de la misma manera que lo hace el adulto. Pero, en realidad, lo hace en su contexto limitado de niño y diversos factores vienen a ejercer una influencia sobre su manera de responder a esta invitación.

El trasfondo religioso del niño

Un factor importante que debemos tomar en cuenta es el trasfondo religioso que haya recibido el niño.

El niño puede venir de una tradición religiosa católico romana, en donde se utilizan términos similares a los que se usan en las iglesias evangélicas en cuanto a tener fe en Cristo, pero en donde nunca escuchó hablar de la salvación en términos de una relación personal con el Señor ni tampoco de una decisión específica que inicia ese proceso. En este caso, sus primeras reacciones pueden representar un mero reconocimiento de algo que ha escuchado antes, aunque de otra forma. Es posible que su respuesta esté relacionada con lo que ha escuchado o visto en cuanto a la confesión que se hace al sacerdote, una obligación, le han dicho, que se debe hacer reiteradas veces.

Por otro lado, el niño puede venir de un trasfondo en donde no hubo ninguna mención de Dios ni ninguna expresión religiosa en el sentido de asistencia a cultos o a ceremonias religiosas. En ese caso, todo lo que escucha es nuevo. Su respuesta puede ser nada más que un interés por seguir aprendiendo de estas cosas interesantes que recibe en un ambiente acogedor por personas que se interesan en él. Sus respuestas tienen más que ver con la novedad de una experiencia nueva y por las actitudes de amor y afirmación que recibe del maestro. Entonces, responde positivamente cada vez que hay una invitación.

El niño que viene de un hogar evangélico, en cambio, puede responder a la invitación por un sentido de obligación. Él sabe que sus padres, maestros y conocidos esperan esto de él. No quiere defraudarlos y responde reiteradas veces porque cree que está ganando cierto mérito al hacerlo, dejando a la vez que la familia quede bien parada ante los demás. Más que todo, él está buscando la aprobación de los padres.

Las diferencias en la presentación del plan de salvación

Otro factor que puede estar en juego en la respuesta de los niños tiene que ver con la diferencia en las maneras en que se les presenta el plan de salvación. Como he señalado en otro capítulo, la mayoría de los conceptos relacionados con este tema son simbólicos, y la forma de presentárselos al niño también es simbólica. Por ejemplo, muchas veces se utiliza para ello el “Libro sin Palabras”, donde las páginas de diferentes colores son utilizadas para representar diferentes verdades bíblicas. Quizá esta presentación ha sido la primera y única que el niño haya escuchado hasta ahora. Pero en otra ocasión escucha otra presentación utilizando otros símbolos. Por ejemplo, se le muestra el dibujo de un corazón con una puerta que se abre y se le dice que esto simboliza la forma como Cristo entra en el corazón. En la forma tan literal de pensar que tiene el niño, es fácil entender cómo él puede creer que se le están pidiendo dos decisiones diferentes. Como no entiende muy bien el simbolismo en ninguno de estos dos casos, por las dudas, él responde a la invitación que se le hace en ambos.

Las motivaciones escondidas

El niño siempre va a reflejar, en algún aspecto, las influencias que tiene a su alrededor. Esta característica es también parte de su forma de responder a la invitación de aceptar a Cristo como Salvador.

Una de las influencias pueden ser las amistades. Quizá la primera vez que levanta su mano respondiendo a la invitación es porque casi todos los otros niños, que también lo están haciendo, son sus amigos. No quiere mostrarse diferente. Quiere solidarizarse con ellos en todo. En una ocasión estaba presente en una conferencia de mujeres donde habían sido invitadas varias predicadoras. Una de ellas concluyó su mensaje dando una invitación, y de manera muy insistente y autoritaria pidió que todas las mujeres que querían ver su sueño cumplido por Dios, pasaran adelante donde ella oraría por ellas. Muy pocas de nosotras no pasamos. Después, en conversación con unas amigas, escuché decir a una: “Yo no iba a pasar, pero cuando vi que las demás de mi grupo pasaron y que todas llevábamos el mismo color de camiseta como equipo de liderazgo, me pareció que quedaría mal no pasar, así que lo hice.” Si nosotros, como adultos, sentimos este tipo de presión, no debe sorprendernos que en circunstancias similares los niños también se sientan presionados.

Otra motivación puede estar relacionada con la amistad que el niño cree tener con el maestro. Él está condicionado a obedecer a los adultos en todo. En el caso de una clase o encuentro de niños, en donde el maestro es una persona simpática que le ha brindado una atención especial, es muy natural que el niño responda positivamente a lo que esta persona le pida. Para él es inconcebible no levantar su mano, porque quiere agradar al maestro.

También puede haber otras motivaciones. Una mujer me comentó cómo de niña ella siempre respondía a la invitación para recibir a Cristo. Me contó que en la escuela dominical a la que asistía siempre servían una merienda a los niños, y ella “no quería perderse el refresco”. Hay niños que lo han hecho para no perder el regalito que se ha prometido a quienes levantan la mano. Es importante reconocer que puede haber diversas motivaciones que impulsan a los niños en esta decisión.

Las conductas aprendidas

Algunos niños, hijos de padres evangélicos, han participado desde pequeños en los cultos de su iglesia. Han visto que la invitación de aceptar a Cristo, generalmente hecha al final del mensaje del pastor, es una entre muchas otras. Es decir, la costumbre en su iglesia es pedir que la gente responda a diversos llamados. Puede haber visto cómo la gente responde a llamados para ser sanados de dolencias físicas, para ser llenos del Espíritu Santo o para entregar la vida para servir al Señor en las misiones. Él reconoce que responder a una invitación es una conducta aprobada por los mayores y, por esa razón, también lo hace. Es posible que no tiene en claro por qué está respondiendo, pero igualmente levanta la mano o pasa adelante.

En estos casos, uno observa que los niños han levantado la mano o han pasado adelante pero en realidad no están prestando atención a lo que eso significa. Están mirando por todas partes, haciendo señas a otro niño, susurrando al compañero que tienen al lado, o riéndose quietamente con otro. Ellos han copiado las conductas de los adultos, pero no han entendido ni hecho suyo el significado de sus acciones. Tristemente, muchas veces los mayores interpretan estas conductas como expresiones sinceras de fe sin analizar el porqué de ellas. Entonces el niño va creciendo, recibiendo la aprobación de la gente de la iglesia, pero sin haber experimentado un verdadero encuentro con Cristo o haber efectuado cambios en su vida.

Una vida espiritual en desarrollo

Al considerar este tema, también es importante reconocer que el niño es un ser en desarrollo. Esto implica que él está viviendo procesos de crecimiento y maduración en todas las áreas de su vida. Su crecimiento físico es evidente casi mes por mes. Pero es más difícil medir el desarrollo de sus capacidades cognoscitivas y emocionales, especialmente cuando se trata de su formación espiritual. Por no entender adecuadamente estos procesos, a veces tratamos de acortar o impedir las características de curiosidad, exploración y descubrimiento, cualidades que son innatas y naturales en los niños. Muchas veces ignoramos su respuesta emocional frente a lo que está aprendiendo. Nos toma por sorpresa su entusiasmo y su alegría cuando ha descubierto cierta verdad y cómo ésta pueda cambiar sus relaciones con padres, hermanos o amigos. También nos sorprende su desagrado, su temor o su tristeza ante algo que está pasando en el aula o en relación con sus compañeros. Estos cambios abruptos en sus emociones nos desconciertan y a veces reaccionamos con retos, condenas o simplemente ignorándolos, dejando al niño con la sensación de abandono y rechazo. Al no darle importancia a sus cambios emocionales, estamos cancelando la posibilidad de que entienda cómo Dios puede y quiere obrar en esta parte de su vida.

El desarrollo continuo en sus habilidades produce a la vez transformaciones constantes en su comprensión de las cosas. Estas transformaciones se evidencian por su respuesta emocional a lo que está entendiendo. Por ejemplo, quizá en la época de Pascua un niño escucha una presentación muy conmovedora sobre la muerte de Cristo. Él llega a entender que la muerte de Cristo fue por él. Cuando se le hace la invitación, él responde de todo corazón impulsado por la gratitud que siente frente al sacrificio de Jesús en la cruz. En ese momento, es probable que no tenga una percepción clara del alcance del pecado ni en qué consiste el arrepentimiento. Él está respondiendo emocionalmente, pero en forma absolutamente genuina y espontánea, a lo que ha entendido sobre lo que Jesús hizo por él. Yo creo que esa decisión genuina, por más que sea hecha sobre una dimensión superficial, es mirada con agrado por el Señor y forma parte de la singular tarea de “echar las bases” para una vida en formación espiritual. Con toda probabilidad, unos meses o años después, el niño habrá de recibir una enseñanza más cabal sobre la realidad del pecado en su vida y la necesidad del arrepentimiento como parte del proceso de su desarrollo espiritual. Entonces ha de responder a una invitación con otra perspectiva, sintiendo la convicción de pecado que produce el Espíritu Santo. Podemos imaginar el daño a la vida espiritual del niño si el maestro lo reta o menosprecia por su nueva decisión, diciéndole: “Ya hiciste tu decisión y no hace falta hacerla de nuevo.” Una reacción así hace que el maestro pierda una maravillosa oportunidad para profundizar las bases espirituales del niño y lograr que afirme su vida en Dios. Cualquier actitud de desmedro que pudiera expresar el maestro ante una nueva decisión que tomara el niño corre el riesgo de “hacer tropezar a uno de estos pequeños”, una actitud que el Señor condenó severamente.

Además, la convicción de pecado puede influir mucho en la vida del niño sobre su seguridad en cuanto a la salvación. Cuando el niño fracasa haciendo algo deliberado en contra de lo que sabe es lo correcto, le invade una profunda sensación de culpa y vergüenza. Para el niño, esa sensación parece indicar que ha dejado de ser una persona adecuada, y que Dios lo rechaza por sus debilidades. En muchas ocasiones, el reproche de un adulto ante lo que hizo sólo intensifica esta sensación. En tanto, el niño no puede menos que creer que Dios también lo condena y lo repudia. Entonces, cuando se le presenta otra invitación para aceptar a Cristo, esto representa para él la esperanza de sentirse diferente. Esto ocurre aun cuando se le haya enseñado sobre la importancia de la confesión de los pecados y el perdón que hay en el Señor. La forma de pensar de niño le hace ver las cosas siempre en “blanco y negro”. Desde su punto de vista, un pecado tiende a cancelar todo lo anterior y hay que comenzar de nuevo. Por eso el maestro debe ser sumamente sensible a estas formas de pensar en los niños.

¿Qué puede hacer el maestro para impulsar la seguridad de la salvación en el niño?

Al responder a esta pregunta, debo decir que creo firmemente que la cosa más importante que puede hacer el maestro es conocer a fondo a cada uno de los niños que tiene a su cargo. Esto incluye el hecho de conocer a los miembros de su núcleo familiar, las experiencias previas que haya tenido en otras iglesias y, especialmente, la historia de la familia en cuanto a sus crisis y tragedias. No es fácil descubrir todo esto, pero son los elementos que forman parte de la historia del niño. El niño ha estado en un desarrollo espiritual desde que nació, no importa si asistía o no a una iglesia. Todas sus vivencias contribuyen al bagaje de vida que trae a su encuentro con Cristo y su comprensión del plan de salvación.

Cuando en repetidas ocasiones un niño se demuestra ansioso por aceptar a Cristo, esto demuestra que está teniendo problemas con entender lo que llamamos “la seguridad de la salvación”. Aquí puede haber varios factores en juego. Puede ser que no haya entendido que la decisión de aceptar a Cristo como Salvador se hace una sola vez. También es posible que sea un niño muy sensible o demasiado cargado con culpa. Esto puede pasar cuando en su casa le culpan por todo. También puede ser que el niño no se siente perdonado, quizá porque él cree que ha cometido un pecado tan grave que no tiene perdón. Esto puede darse en casos donde es un niño abusado sexualmente. Puede ser que haya cometido algún pecado recientemente y está sintiendo las consecuencias de lo que ha hecho sin entender que puede volver a pedir perdón a Dios por eso. Es posible que sea un niño de un hogar inconverso donde ha recibido reacciones muy negativas o de burla cuando ha compartido con sus familiares su decisión de aceptar a Cristo, haciendo que él entre en dudas sobre lo que hizo. También es posible que el niño sienta que fue obligado a tomar una decisión sin haberlo sentido de veras y después se siente avergonzado por su hipocresía. Puede ser que la invitación fue hecha por un maestro diferente y el niño cree que debe responder para complacerlo. Éstas, y otras motivaciones más, pueden llevar al niño a no sentirse seguro en cuanto a su salvación.

El maestro debe entender que la singularidad de cada vida hace que no haya un molde único en el obrar de Dios. Esto debe impulsar al maestro a estar orando constantemente por los niños a su cargo, pidiendo también que el Señor le dé la iluminación y discernimiento para poder responder a sus preguntas y dudas. Además de orar, es importante que el maestro mantenga un diálogo abierto con cada uno de sus alumnos para que, cuando surge un interrogante de índole espiritual, el maestro pueda responder con total naturalidad.

El aspecto práctico que contribuye a esto tiene que ver más que nada con las oportunidades que se le dan al niño para hacer preguntas y expresar sus dudas. Por ejemplo, en el momento de conversar con el niño después de haber respondido a una invitación para aceptar a Cristo, el maestro puede preguntar con mucho tacto:

—¿Es ésta la primera vez que tomas esta decisión?

Si el niño responde que “sí”, el maestro puede preguntarle si hay algo que no ha entendido bien y luego seguir la conversación respondiendo las preguntas que pueda tener. Si responde que “no”, el maestro puede decir:

—Para ayudarte mejor, me gustaría que me cuentes de las otras veces que hiciste esto.

O puede preguntar:

—”¿Qué le dijiste al Señor las otras veces?” o “¿Qué te gustaría decirle al Señor hoy?”

Creo que es importante no insistir en que el niño haga un análisis detallado de sus decisiones previas. Más bien, se le debe asegurar que Dios está sumamente gozoso de que haya querido acercarse a él respondiendo a la invitación. Antes de concluir la conversación, el maestro puede preguntar si el niño ha entendido algo nuevo esta vez, esperar su respuesta y luego orar con él pidiéndole al Señor que lo ayude a entender que su salvación es para siempre.

Lo más importante de todo esto es que el maestro mantenga abiertas las vías de comunicación con el niño, para que siempre sienta la libertad de preguntarle al maestro sobre sus inquietudes espirituales.

La obra del Espíritu Santo

Al final de cuentas, es el Espíritu Santo el que hace la obra de regeneración en una vida y el que da la seguridad de la salvación. Romanos 8:16 dice: “El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (NVI). Esta verdad nos trae gran esperanza mientras hacemos la obra de evangelización de la niñez. La obra de regeneración también depende de nuestra propia sensibilidad en cuanto a la obra del Espíritu Santo en la vida del niño. Esto hace que hagamos un esfuerzo constante de aclarar las enseñanzas de la Palabra de Dios y permitir así que el Espíritu pueda sellar la obra redentora en esa pequeña vida con una seguridad absoluta y eterna. Recordemos, sin embargo, que esta obra se ha de realizar de manera diferente en cada niño.

Todos tenemos la experiencia de ver a un niño que tuvimos en nuestra clase que, al llegar a ser adolescente, se aparta del camino del Señor. Esto se observa porque deja de asistir a la iglesia, porque empieza a expresar su disconformidad con el pastor o los hermanos, o porque empieza a demostrar conductas mundanas, casi en un espíritu de desafío a las normas que ha aprendido en la iglesia. Esto nos causa mucha tristeza y frecuentemente nos deja con dudas sobre la eficacia de nuestro trabajo. Empezamos a hacernos las preguntas: ¿Dónde me equivoqué? ¿Qué pudiera haber hecho distinto? ¿Realmente se convirtió? etcétera. De nada nos sirve tratar de entender las razones de este abandono de fe de parte de un ex-alumno. Hay muchas razones para esta lamentable realidad pero una de ellas sin duda es que no le dimos a ese niño la atención personal que él necesitaba. Era uno más entre el grupo. Suponíamos que estaba entendiendo y haciendo suyas las enseñanzas que recibía. Esa suposición es común, hecha porque nos conviene creer que con una tarea liviana y ligera hemos hecho lo necesario para encaminar una vida hacia Dios. No siempre es así. Pero en el caso de la persona que abandona la iglesia, por cualquiera razón que fuera, hay dos cosas que no debemos dejar de hacer: primero, orar constantemente por él pidiendo a Dios que tome conciencia del error de su actual alejamiento; y segundo, cuando se presenta la oportunidad, asegurarle nuestro apoyo y amistad. Muchas veces, pasada la crítica etapa de rebeldía en la adolescencia, el joven ha de volver a aquellas bases que aprendió de niño. Y por allí uno ha de recibir el premio del joven que le diga: “Nunca me pude olvidar de las cosas que usted me enseñó cuando era niño.” Y de repente el maestro siente que todo valió la pena.

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 85–93). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.


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