Una voz que clama en el desierto • 2ª Timoteo 3:1-5

Alimentemos El Alma

Serie: Iglesia y Moral

Una voz que clama en el desierto • 2ª Timoteo 3:1-5

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Episodio 47 – ¿Jesús nos enseña a vender todas nuestras posesiones?

Soldados de Jesucristo

John Piper Responde

Episodio 47 – ¿Jesús nos enseña a vender todas nuestras posesiones?

John Piper

Es el fundador y escritor principal de DesiringGod.com y es presidente de Bethlehem College & Seminary. Durante 33 años Piper ha servido como pastor de Bethlehem Baptis Church. Ha escrito más de 50 libros, entre ellos Cinco puntos y Viviendo en la luz: dinero, sexo & poder.

Es uno de los escritores cristianos más reconocidos de las últimas décadas. Su escritura es  caracterizada por un corazón pastoral y un estilo confrontador, pero también alentador. Sus más de 30 años de ministerio están recopilados gratuitamente en artículos y vídeos. Los puedes encontrar en: DesiringGod.org.

El pastor John Piper vive en la ciudad de Minneapolis, Estados Unidos con su esposa Noel. Tiene cinco hijos y catorce nietos.

¡Recuerda Compartirlo!

Sitio Internet: somossoldados.org
Facebook: https://www.facebook.com/SoldadosDeJe…
YouTube: https://www.youtube.com/user/sdejesuc…
SoundCloud: https://soundcloud.com/sdejesucristo

La obra de Cristo – Parte 1

9Marcas

Serie: Clases esenciales: Teología Sistemática

Clase 12/26

La obra de Cristo – Parte 1

  1. Introducción y repaso

¿Por qué fue ejecutado Jesús de Nazaret en una cruz romana? Esta pregunta, más que cualquier otra, te lleva al mensaje central del cristianismo. Algunos protestan que la visión cristiana tradicional de la cruz se refiere al «abuso infantil divino»: ¿Cómo podría Dios el Padre orquestar la insoportable muerte de su propio Hijo? Otros, como nuestros amigos musulmanes, declaran que Jesús realmente no murió. Solo pareció haber sido crucificado. Otros retratan a Jesús como el mártir supremo, uno que se enfrentó a un sistema mundial injusto, pero que finalmente fue aplastado cuando la rueda de la historia se volvió contra él. Su muerte fue desafortunada e innecesaria. Por el contrario, la Biblia describe la muerte de Cristo, y de hecho, toda su obra redentora como un todo, como el acontecimiento más significativo, valioso y profundo de la historia. La obra de Cristo es literalmente nuestra única esperanza.

Aquí llegamos a un clímax en la teología cristiana. Hemos considerado quién es Dios: su naturaleza trina y su carácter inmaculado. Hemos considerado cómo creó el mundo para su gloria y la humanidad como el pináculo de su creación para representar su dominio. Hemos visto cómo Dios gobierna y dirige toda la historia con su mano soberana y cómo la humanidad se rebeló libremente contra el reino de Dios. Y hemos visto cómo Dios, que es rico en misericordia, envió a su Hijo. Jesucristo ahora es y siempre será una persona con dos naturalezas. Él es completamente Dios, que vino a revelarnos a Dios y a cumplir el plan del Padre. Y es completamente hombre, identificándose con nosotros en nuestra debilidad, tentado en todo pero sin pecado. ¿Qué vino a hacer? Puedes verlo en la parte superior de tu folleto: «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores» (1 Ti. 1:15).

Así que hoy y la próxima semana queremos estudiar la obra de Cristo. ¿Por qué? Primero, porque esto es fundamental para hacerlo bien. Si no comprendemos lo que Jesús vino a hacer, corremos el riesgo de perdernos la salvación que logró y engañar a otros sobre las noticias más importantes de la historia. Pero segundo, estudiamos la obra de Cristo porque él es digno de adoración y honor por lo que ha hecho. Nada enciende el amor de nuestros corazones como recordar el precio que pagó por nosotros. Toda la teología es práctica; pero la obra de Cristo lo es especialmente. Sean cuales sean tus luchas, tentaciones y dolores, el sufrimiento sacrificial de Jesús y su resurrección triunfal proporcionan una base inquebrantable de confianza y esperanza para nosotros.

Con eso en mente, comencemos con:

  1. Un panorama de la obra de Cristo

Una forma práctica de resumir la obra de Cristo es a través de los tres oficios que él cumple. Él es nuestro profeta, sacerdote y rey[1].

  • Jesús es la máxima revelación de Dios, el Profeta que habló la Palabra de Dios y que fue él mismo el Verbo hecho carne. Conocemos a Dios a través de Cristo. Hebreos 1:1-2: «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo».
  • Jesús también es el sumo sacerdote supremo quien media un nuevo pacto entre Dios y su pueblo. Somos reconciliados con Dios por medio de Cristo. Hebreos 7:26: «Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos».
  • Y Jesús es el gran Rey del universo que gobierna con paz y justicia. Somos ciudadanos del reino de Dios a través de Cristo. Él inauguró su reino en su primera venida, y consumará el reino al final de los tiempos: Apocalipsis 19:1116: «Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES».

Por tanto, debemos alabar a Jesús porque él es nuestro profeta, sacerdote y rey. No necesitamos a nadie más. Él es suficiente y preeminente en su revelación, sacrificio y gobierno.

Otra forma de resumir la obra de Cristo, que seguiremos el resto de nuestra clase, es considerar a Jesús en su humillación y exaltación. Vemos esto en un pasaje clásico como Filipenses 2:7-11. Jesús «se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». Esa es su humillación: su encarnación, su vida perfecta y su muerte sacrificial. Luego, Pablo continúa: «Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre». Esa es su exaltación: su resurrección, ascensión, sesión (estar sentado en su trono celestial) y su regreso. Herman Bavinck escribió: «Todo el Nuevo Testamento enseña a Cristo humillado y exaltado como el centro del evangelio»[2].

  1. El estado de humillación

El resto de nuestra clase de hoy, veremos la primera mitad de este par: la obra que Jesucristo realizó en su estado de humillación.

Primero, debemos comenzar con A. La encarnación de Cristo. ¿Por qué el Hijo de Dios tomó forma humana? Por nosotros y nuestra salvación. Hablamos de esto extensivamente la semana pasada cuando discutimos la humanidad de Cristo, así que no repetiré lo que dijimos. Simplemente vale la pena degustar la belleza de este misterio. El Hijo de Dios nació como un bebé para ser nuestro nuevo Adán. El infinito se cansó y durmió, el todopoderoso sintió nuestra debilidad, el omnipresente tomó un cuerpo humano. Él compartió plenamente nuestra humanidad para servir como nuestro representante y mediador sacerdotal ante Dios el Padre. Hebreos 2:14-17: «Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo».

Pero Jesús no solo asumió nuestra humanidad; B. Vivió una vida sin pecado. Esto también se llama la obediencia activa de Cristo. El primer Adán desobedeció. Pero Jesús, el nuevo Adán, obedeció por completo a su Padre. Israel quebrantó la ley de Dios, pero Jesús vino a cumplir la ley (Mateo 5:17)[3]. Él es como un nuevo Israel.

Este es un punto trascendental, porque nosotros también hemos seguido los pasos desobedientes de Israel. Jesús es quien, para usar una frase sorprendente de Mateo 3:15, vino a «cumplir toda justicia». A través de la fe, su historial de justicia se nos imputa.

La obediencia activa de Cristo debe consolarnos. Él ha sentido la atracción de la tentación y el encanto del pecado. Él no nos reprende cuando somos tentados, como el entrenador que grita a su equipo: «¡Solo necesitas ser más fuerte!». Con ternura, gentilmente nos consuela y nos invita a buscar ayuda en él. Nos recibe con gusto cuando admitimos nuestra total dependencia de él. Hebreos 4:15-16: «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro».

Por muy maravillosas que fueron la encarnación de Cristo y su vida sin pecado, no completaron su obra. C. La muerte de Cristo. En Marcos 8, tan pronto como Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, Jesús enseña que «le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días». Aquí, pisamos suelo especialmente santo. Jesús se hizo obediente hasta el punto de morir, de morir incluso en una cruz. Esto a veces es llamado su «obediencia pasiva», no en el sentido de que fue una víctima trágica del destino, sino porque obedeció amorosamente el plan del Padre al someterse a la pena de muerte que nuestros pecados merecían.

¿Qué logró la muerte de Cristo? Su muerte fue tan monumental, el Nuevo Testamento habla de ella usando varios temas y metáforas relacionadas y superpuestas.

Primero, (1) Cristo es nuestro sacrificio expiatorio substitutivo penal. Esta es la forma predominante en que la Biblia describe la muerte de Cristo, por lo que pasaremos la mayor parte del tiempo en este punto.

Expiación es una palabra que se refiere a la restauración de la correcta relación entre el hombre y Dios; también lleva la connotación del sacrificio que se realiza o el precio que se paga para que esa relación sea posible.

Comencemos con la necesidad de la expiación. Aquí solo tenemos que recordar nuestra clase hace unas semanas acerca del problema del pecado. Somos culpables ante Dios como aquellos que son representados por Adán. Hemos confirmado nuestra sentencia de culpabilidad por nuestros propios actos sucios. Como dice Juan 3:36, la ira de Dios está sobre todos los que están sin Cristo. Efesios 2:3 dice que por naturaleza somos hijos de ira. Esto es porque Dios es bueno. Su ley es correcta, su santidad es inimaginablemente pura, y su justicia es totalmente recta. Por tanto, él no permitirá que el mal y la iniquidad queden impunes. Él no esconderá nuestro pecado debajo de la alfombra.

Entonces, Dios ordenó los sacrificios y las ofrendas del Antiguo Testamento para expresar gráficamente la absoluta necesidad de la expiación. Los animales eran sacrificados diariamente según lo prescrito por Levítico. ¿Por qué? Como lo explica Hebreos 9:22: «Sin derramamiento de sangre no se hace remisión». La paga del pecado es muerte según Romanos 6:23. Esta lección estaría arraigada en las mentes de todos los israelitas, porque el piso del templo estaría cubierto de sangre. Dios no necesitaba salvar a nadie. Pero en su misericordia, proporcionó sacrificios regulares que apuntaban todos hacia el sacrificio final que expía el pecado de manera definitiva. 

Eso nos lleva a la naturaleza de la expiación.

La muerte expiatoria de Cristo fue «penal». Es decir, él sufrió la pena en la que incurrieron nuestros pecados: el precio de la muerte. Isaías 53:5: «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados». 1 Pedro 2:24: «Llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia».

Su muerte también fue sustitutiva. Él tomó la muerte que legítimamente merecíamos, en nuestro lugar. La idea de la sustitución se incorporó a la historia de Israel desde el principio. Solo piensa en el Éxodo, donde un cordero fue asesinado, por así decirlo, en vez de —en  lugar de— el hijo mayor de la familia. No es de extrañar que Juan el Bautista llamara a Jesús el «Cordero de Dios» (Juan 1:29) y que Jesús muriera durante la Pascua. Isaías 53:12,  él fue contado con los transgresores. 2 Corintios 5:21: «Al que no conoció pecado [Cristo], por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él».

John Stott escribió memorablemente: «La esencia del pecado es el hombre sustituyéndose a sí mismo en lugar de Dios, mientras que la esencia de la salvación es Dios sustituyéndose a sí mismo en lugar  del hombre»[4]. Cuando reflexionamos sobre la sustitución de Cristo por nosotros, ¿cómo podrían nuestros corazones no fluir en alabanza? Como lo expresa un himno con tanta fuerza: «Llevándome a la vergüenza y burlándome groseramente, en mi lugar, condenado, se puso de pie, selló mi perdón con su sangre. ¡Aleluya! ¡Qué Salvador!».

Luego, ¿cuál es el resultado de la expiación, o qué logró esta muerte penal y sustitutiva para el pueblo de Dios? Por un lado, logró la propiciación de la ira de Dios, lo que significa que la buena ira de Dios contra el pecado ha sido resuelta y removida por el sacrificio de Cristo. Los libros proféticos del Antiguo Testamento muestran la buena ira de Dios contra toda iniquidad mientras él derrama la copa de su santa ira. Él bebió esa copa en la cruz por todos los que confían en Cristo. Experimentó la justa oposición de Dios contra el pecado, la oposición que merecíamos conocer eternamente. Esto es a lo que Pablo se refiere en Gálatas 3:13 cuando dice: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero». El único obediente absorbió la maldición que merecían los pecadores desobedientes como nosotros.

Tal vez el pasaje más claro acerca de la propiciación es Romanos 3:23-25: «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios,  siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre». Como vimos anteriormente, el derramamiento de sangre es necesario para la expiación. Jesucristo es ese sacrificio de sangre que fue aceptable para Dios. Y debemos recordar, que si bien la propiciación es necesaria porque Dios es santo, es posible porque Dios es supremamente amoroso y misericordioso. 1 Juan 4:10: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecado».

Eso es la propiciación. La muerte de Cristo también logró la expiación, lo que significa que su muerte cubre por completo la culpa de nuestro pecado. Ya no somos culpables ante Dios, sino que somos declarados inocentes. Juan 1:29: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». La ley trae condenación porque expone cómo no cumplimos con los estándares de Dios, pero Colosenses 2:14 dice que Dios perdonó todas nuestras ofensas, «anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz».

No solo esto, sino que la muerte de Cristo también produjo nuestra purificación, o lo que los teólogos a veces llaman la santificación posicional, lo que significa que hemos sido limpiados y apartados como aceptables para Dios. Ya no estamos manchados por el pecado; hemos sido lavados (1 Co. 6:11). 1 Juan 1:7 dice: «la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado». El autor de Hebreos en el capítulo 9, versículo 14 dice que la sangre de Cristo purifica nuestra conciencia para que ahora podamos servir al Dios viviente.

Como puedes ver, la obra de Cristo en la cruz lo cambia todo para nosotros. Así que vale la pena hacer una pausa aquí y alabar a Dios porque la obra de Cristo fue totalmente efectiva. Como dice el versículo con el que abrimos: «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores», y eso es exactamente lo que hizo. Nosotros no contribuimos en nada a nuestra salvación. Jesús no compró una posibilidad de salvación que luego necesitamos activar. Él no vino a hacer de la expiación una realidad potencial, sino una realidad verdadera para aquellos que se arrepienten y creen. Podemos verlo en la naturaleza misma de la expiación. La sustitución, bíblicamente, significa sustituir a un grupo definido de personas. Ese fue el caso con el Cordero de la Pascua y con los sacrificios del Antiguo Testamento. Incluso estos sacrificios, que anticiparon la expiación de Cristo, realmente lograron la purificación del adorador, a pesar de que ese tipo de purificación fue solo temporal. ¡Cuánto más, entonces, el sacrificio de Cristo realmente logra la propiciación, la expiación y la purificación permanente para el pueblo de Dios! Él murió, dice Efesios 5:25, por la iglesia, su Novia. Él es nuestro sustituto.

Esta expiación nos es aplicada por el Espíritu Santo cuando nos convertimos, cuando nos alejamos de nuestro pecado y confiamos en Cristo. Así, las tres personas de la Trinidad actúan armoniosamente en la gran obra de redención. La muerte de Cristo fue un acto sustitutivo por todos los que el Padre escogió, que son todos aquellos a quienes el Espíritu da el regalo de una nueva vida. Creyente, ¿alguna vez has sentido la tentación de dudar u olvidar el amor de Cristo por ti? Mira su expiación sustitutiva. Cuando Jesús fue a la cruz, pensaba en ti. En Juan 17, su oración sacerdotal, Jesús oró por los que han de creer en él. Ese eres tú. Él sudó gotas de sangre en el huerto de Getsemaní porque sabía que estaba a punto de tomar el castigo por tus pecados, para siempre. Los agujeros en sus manos siempre serán monumentos de su amor por ti y por mí[i][ii].

Como dije anteriormente, el Nuevo Testamento describe la muerte de Cristo usando términos e imágenes superpuestos. Pasamos la mayor parte de nuestro tiempo en la expiación sustitutiva, pero veamos cuatro aspectos más importantes y hermosos de lo que hizo por nosotros en la cruz.

(2) Cristo es nuestro sustituto legal

Esta es la gloriosa verdad de la justificación. Aquí la Escritura usa el lenguaje de un tribunal de justicia para transmitir nuestra salvación. Somos culpables ante el tribunal de Dios. Pero Cristo toma nuestra sentencia. Como resultado, somos declarados inocentes, ¡pero no solo eso! Eso sería bueno, pero solo por unos 2 segundos, ¡hasta que pequemos otra vez! También, el récord de justicia perfecto de Cristo se nos acredita o «imputa». Él toma nuestra hoja de antecedentes penales, y Dios el juez nos trata de acuerdo con la posición recta y perfectamente inocente de Cristo. Isaías 53:11 destaca cómo el siervo sufriente «justificará… a muchos, y llevará las iniquidades de ellos».

Al proveer a Cristo para nuestra justificación, Dios vindica su justicia mientras que al mismo tiempo  muestra una misericordia maravillosa a los pecadores. Pablo explica que cuando los creyentes del Antiguo Testamento pecaron, Dios simplemente estaba reteniendo su castigo, hasta la muerte de Cristo. Cuando Jesús murió en la cruz, tomó la culpa legal por todos los pecados de todos los creyentes: pasados, presentes y futuros. Romanos 3:24-26: somos «justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar  su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús». Entonces, al contrario de lo que mucha gente piensa e incluso enseña, nunca podremos ganar el suficiente mérito ante Dios, para presentarnos ante su tribunal, incluso si ese mérito puede obtenerse a través de las buenas obras y los sacramentos. Más bien, Dios en su justicia nos declara justos porque la muerte de Cristo paga la sentencia de nuestra culpa y su justicia nos es contada. Entonces misericordia y justicia se encuentran en la cruz. Alabado sea Cristo, el que provee nuestra justificación.

(3) Cristo también es nuestro redentor

Aquí las Escrituras usan la ilustración de la venta de esclavos. Somos esclavos del pecado, incapaces de liberarnos de nuestra esclavitud voluntariamente. Cristo compra nuestra libertad para siempre. Marcos 10:45: «Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos». Algunos a través de los años han sugerido que Jesús pagó este rescate a Satanás, pero no hay base bíblica para eso. Más bien, esta redención es el pago que Dios mismo exige a causa de su justicia. Nuestro pecado nos ha encerrado en cautividad a su juicio. La sangre de Cristo, es decir, el final de su vida, es lo que nos libera de este cautiverio. Nuestro juicio cayó sobre él. Como dice 1 Pedro 1:18-19: «fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación».

De manera práctica, esto quiere decir que le pertenecemos a Cristo. ¡Ya no somos esclavos del pecado! Tenemos un nuevo señor y su yugo es fácil y su carga es ligera. Fuiste comprado con un precio, dice Pablo. Por tanto, glorifica a Dios en tu cuerpo (1 Co. 6:20). Satanás puede mentir todo lo que quiera, pero no tiene poder sobre nosotros y el pecado no tiene derecho sobre nosotros. Col 1:13-14, hemos sido liberados del dominio de las tinieblas y transferidos al reino del Hijo amado de Dios, en quien tenemos redención.

Pero no solo nos liberamos del pecado y la muerte, ahora disfrutamos de una nueva relación con Dios:

(4) Cristo es nuestro reconciliador

Aquí es donde la obra de Cristo se vuelve especialmente dulce. La Biblia no solo describe nuestra salvación en términos de justicia, redención y sacrificio, sino también en términos de relación. Nosotros éramos enemigos de Dios. Ahora, en Cristo, somos sus hijos adoptivos. Nuestra separación de Dios comenzó cuando Adán y Eva fueron exiliados del huerto de Edén. Nuestra hostilidad hacia él no era una Guerra Fría, era una batalla total. Nos rebelamos contra él y sus designios. Esta es la razón por la que Lucas 15 es quizá mi capítulo favorito en la Biblia, porque todos podemos identificarnos con ese hijo pródigo que toma de su padre y, sin embargo, rechaza una relación con él.

De nuevo, la sustitución de Cristo está en el corazón de nuestra reconciliación. Romanos 5:1: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo». Romanos 5:10: «Siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo».

Las Escrituras usan la bella ilustración de la familia para describir nuestra reconciliación. Gálatas 4:4-6: «Cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo». Dios escucha nuestras oraciones. Él nos cuida con ternura como un padre. Como hijos adoptivos, la herencia del reino que pertenece a Cristo ahora es nuestra herencia también.

Una implicación de esta reconciliación con Dios como nuestro padre es que todos estamos unidos como hermanos y hermanas en su hogar. Judíos y gentiles, blancos y negros, jóvenes y viejos, poderosos y débiles – Efesios 2:14: «Porque [Cristo] es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación».

Finalmente, (5) Cristo es nuestro vencedor. Por su muerte y resurrección, Jesús conquista a Satanás, el pecado y la muerte en nuestro nombre. Es por eso que cuando habla de su próxima muerte en Juan 12:31, Jesús dice: «ahora el príncipe de este mundo será echado fuera». Col 2:15: «[Dios] despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz», es decir, en Cristo y en su muerte victoriosa. 1 Corintios 15:56-57: «Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo». Nadie puede oponerse a él, y en él somos más que vencedores. Esto nos recuerda que la muerte sustitutiva de Cristo no solo nos reconcilia con Dios, sino que nos lleva a un glorioso estado de triunfo y esperanza. No por lo que hemos hecho, sino por lo que él ha hecho. Pero este es un buen lugar para concluir hoy, porque la victoria de Cristo está estrechamente vinculada no solo a su muerte sino a su resurrección. De hecho, todo lo que hemos dicho hoy acerca de su muerte carecería de sentido y sería en vano si no fuera por esta gloriosa verdad: Jesús resucitó de entre los muertos. Es por eso que la expiación, la justificación, la redención, la reconciliación y la victoria que él ofrece son sólidas y están garantizadas. Porque él no era un simple hombre. Conquistó la muerte y se levantó para que todos los que están unidos a él por la fe puedan compartir su nueva vida. Eso es lo que veremos la próxima semana. Pero por ahora, oremos y alabemos a Dios por la muerte de su Hijo.

 

[1]A veces, estos roles casi se superponen, por ejemplo, en Moisés que descendió de una línea sacerdotal e intercedió por el pueblo ante Dios, pero que fue designado como profeta en Deuteronomio 18. O David, que gobernó como rey y también danzó en la presencia de Dios llevando una prenda sacerdotal. Estas pistas apuntan hacia alguien que cumpliría perfectamente todos estos roles.

[2] Herman Bavinck, Reformed Dogmatics: Sin and Salvation in Christ, vol. 3 (Grand Rapids, MI: Baker, 2006), 418.

[3] Recuerda, el Israel del Antiguo Testamento fue llamado el «Hijo» de Dios en Éxodo 4:22. Dios les dio vida y debían representarlo en el mundo de la misma manera que un hijo lleva la reputación de su padre. Pero después de que Dios los guió a través de las aguas del mar Rojo, lo desobedecieron en el desierto. Sus corazones se endurecieron y sus acciones fueron rebeldes. El Nuevo Testamento presenta a Jesús como el nuevo y mejor Israel. Él es el Hijo de Dios en el sentido más completo. En Mateo 3, Jesús es bautizado; la voz del cielo dice: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia», e inmediatamente Jesús, como Israel, es tentado en el desierto. Pero él obedece perfectamente.

[4]Cross of Christ.

[i] Aquí hay una sección más completa sobre el alcance de la expiación que se escribió en  el año 2016, pero decidí no usarla en la clase por razones de tiempo y porque este es un tema potencialmente confuso.

Esta discusión acerca de la efectividad de la expiación nos ayuda a abordar la cuestión común del alcance de la expiación. ¿Por quién vino Cristo a morir? ¿Él expió los pecados de todos sin excepción, o murió específicamente por los escogidos, el pueblo de Dios? Los evangélicos ofrecen diferentes respuestas a esta pregunta, y nuestra declaración de fe no requiere que tomes una posición particular. Pero me gustaría argumentar que la naturaleza de la expiación muestra que Cristo murió específicamente por nosotros, su novia.

Esto es a lo que me refiero. Si observamos la naturaleza de la sustitución, significa sustituir a un grupo definido de personas. Ese fue el caso con el cordero de la Pascua y con los sacrificios del Antiguo Testamento. Esos animales no eran sustitutos de toda la humanidad, sino de un subconjunto particular de personas. Sucede lo mismo con Jesús. Él vino a sacrificarse por el pueblo de Dios. Esto se deriva del argumento de Hebreos capítulos 7-10, Jesús es mediador de un nuevo pacto, y este pacto se hace específicamente, de acuerdo con Hebreos 9:15, con «los llamados», es decir, aquellos a quienes Dios aparta como su pueblo del nuevo pacto. Jesús, en sus propias palabras, vino a dar su «vida en rescate por muchos» (Marcos 10:45), a «dar su vida por las ovejas» (Juan 10:11). O, Pablo dice en Efesios 5:25: «Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla». En Hechos 20:28, él declara que Dios «ganó [la iglesia] por su propia sangre». Ahora bien, esta no es una declaración acerca del mérito o el valor del sacrificio de Cristo; por supuesto, él era Dios, por lo que su sacrificio tenía un valor infinito. Estamos hablando de su diseño: fue pensado para la salvación del pueblo escogido de Dios. Este punto de vista, que defiendo de las Escrituras, ha sido llamado «expiación limitada» o «expiación particular», pero creo que el mejor título es «expiación definitiva» porque sintetiza lo que es alentador sobre esta verdad: Cristo murió para asegurar la redención del pueblo escogido de Dios, y lo ha hecho definitivamente, efectivamente, sin nada que carezca de la expiación sustitutiva que ha logrado. Esta expiación nos es aplicada por el Espíritu Santo cuando nos convertimos, cuando nos alejamos de nuestro pecado y confiamos en Cristo. Entonces es cuando somos salvados. Pero el punto es que la muerte de Cristo fue un sacrificio sustitutorio por todos los que el Padre escogió, que son todos aquellos a quienes el Espíritu da el regalo de una nueva vida.

Por supuesto, hay contraargumentos comunes a este punto de vista. Muchos señalarán varios versículos del Nuevo Testamento que hablan de la venida de Cristo para ofrecer expiación por «todas» las personas o por «todo el mundo». No tenemos tiempo para revisar cada uno de estos pasajes, pero sugiero que, si miras el contexto, el autor no pretende decir que Cristo murió por todas las personas sin excepción, sino que vino a salvar a todo tipo de personas sin distinción.

Tomemos 1 Juan 2:2 por ejemplo: «[Cristo] es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo». ¿Qué quiere decir Juan con esto? Claramente, él no cree que todas las personas en todas partes serán salvas, porque toda su carta advierte acerca de los falsos maestros y de las personas que niegan a Cristo. Más bien, mira el énfasis de 1 Juan en amar a tu hermano y caminar en la comunión de la luz. Su punto parece ser que la muerte de Jesús no fue solo por los judíos, como muchos judíos pudieron haber creído, sino que la expiación de Cristo fue por todos los pueblos, judíos y gentiles. Juan se refiere a todos los grupos de personas y no a todas las personas. De nuevo, puedes estar en desacuerdo con la perspectiva que estoy enseñando aquí. Pero creo que este es realmente un punto maravillosamente alentador: Cristo murió por nosotros, su ovejas, su novia. Cuando él murió, si eres creyente, lo hizo pensando en ti. Nada puede deshacer la expiación que ha hecho por ti. Fue totalmente efectiva. ¡Alabado sea Dios por Cristo, nuestro sustituto!

[ii] Más material acerca de la expiación limitada de una versión anterior de esta clase:

John Owen, teólogo del siglo XVII que escribió uno de los mejores libros jamás escritos acerca de la expiación, La muerte de la muerte en la muerte de Cristo, proporciona un fuerte argumento para la posición de que el mérito ilimitado de la muerte de Cristo fue limitado en su intento.

Owen comienza con Isaías 53:

«Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros».

Este pasaje deja en claro que Cristo murió por los pecados y trajo la paz con Dios. Según Owen, hay tres posibilidades:

  1. Cristo murió por algunos de los pecados de todos los hombres;
  2. Cristo murió por todos los pecados de todos los hombres;
  3. Cristo murió por todos los pecados de algunos hombres.

Nadie afirma que la primera posibilidad sea verdadera. Si Cristo murió solamente por algunos de los pecados de todos los hombres, entonces todo se perdería debido a los pecados por los cuales Cristo no murió.

La segunda declaración es que «Cristo murió por todos los pecados de todos los hombres». Sin duda, Cristo no tendría que hacer nada más por haber muerto por todos los pecados de todos los hombres, pero si esto es cierto, entonces ¿por qué no todos son salvos? La respuesta normalmente presentada es: «Debido a su incredulidad; no creerán». Pero las Escrituras nos dicen que la incredulidad se categoriza como un pecado. Si es un pecado, entonces de acuerdo con la proposición de que «Cristo murió por todos los pecados de todos los hombres», Cristo murió por ese pecado. ¿Por qué debería ese pecado en particular obstaculizarlos más que sus otros pecados por los cuales Cristo murió? ¿Por qué ese pecado no está cubierto por la sangre de Cristo también? Entonces, vemos que esta afirmación tampoco puede ser verdadera. Si bien obtener la salvación y dar la salvación no son exactamente lo mismo, tampoco deben separarse.

Es la tercera declaración la que refleja con precisión toda la enseñanza Bíblica: Cristo murió por todos los pecados de algunos hombres. Es decir, murió por la incredulidad de los escogidos, de modo que la ira punitiva de Dios se aplacó contra ellos. Esto es la gracia salvadora.

Cuando comparezcamos ante el tribunal de Dios, no tendremos nada de qué jactarnos ante nuestro Creador. No podemos darnos una palmadita en la espalda por creer. La salvación es completamente por gracia. No tenemos que lograr por nosotros mismos nuestro nuevo nacimiento y camino hacia la fe. No, oímos la voz del Pastor llamando, y lo seguimos, encontrándonos atraídos irresistiblemente de las tinieblas a su luz admirable. Esta es la teología bíblica en su mejor momento. Esta es la cosa más tremenda, más gloriosa, más asombrosa del universo y de toda la historia.

https://es.9marks.org/

Mark Dever

11/11 – Y en la casa del Señor moraré por largos días

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: El Salmo 23

11/11 – Y en la casa del Señor moraré por largos días

Nota del editor: Este es el décimo primero y último capítulo en la serie «El Salmo 23», publicada por Tabletalk Magazine.

Los salmos de David están llenos de un anhelo de permanecer en la presencia de Dios, en Su casa. En el Salmo 26:8 David declara: «Oh SEÑOR, yo amo la habitación de Tu casa, y el lugar donde habita Tu gloria». En el siguiente salmo, David declara que este anhelo es la motivación primaria de su corazón al decir: «Una cosa he pedido al SEÑOR, y ésa buscaré: que habite yo en la casa del SEÑOR todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del SEÑOR, y para meditar en Su templo» (27:4). Otro salmo, escrito por los hijos de Coré, expresa el mismo deseo no menos apasionado: «¡Cuán preciosas son Tus moradas, oh SEÑOR de los ejércitos! Anhela mi alma, y aun desea con ansias los atrios del SEÑOR; mi corazón y mi carne cantan con gozo al Dios vivo» y pronuncia: «¡Cuán bienaventurados son los que moran en Tu casa!» (84:1-2, 4). Tal anhelo de una vida con Dios, en la casa de Dios, concluye lo que es quizás el salmo más conocido y amado: «Y en la casa del SEÑOR moraré por largos días» (23:6).

A través de la obra expiatoria de Jesucristo y la unión con Él por el Espíritu Santo, los pecadores pueden llegar a ser hijos y familia de Dios.

Lejos de ser un sentimentalismo vacío, el deseo de David fue alimentado por una teología robusta, por su comprensión del carácter de Dios así como también de Sus propósitos y promesas para Su pueblo. De hecho, tal esperanza de morar con Dios fue revelada por Dios mismo. Después de que Dios liberó a Israel a través de las aguas del mar, Moisés dirigió al pueblo en un canto divinamente inspirado, que enseñaba que el Señor, en Su misericordia, conduciría al pueblo que había redimido, guiándolo a Su propia «santa morada», es decir, al «santuario, oh Señor, que Tus manos han establecido» (Éx. 15:1317). Israel había sido redimido para morar con Dios. Maravillosamente, David entendió que su deseo de morar con Dios era insignificante en comparación con el propio celo del Señor que dijo: «Y que hagan un santuario para mí, para que yo habite entre ellos» (Éx. 25:8). Mientras los peregrinos israelitas viajaban a Jerusalén para las fiestas anuales, el templo de Salomón en el Monte Sión sirvió como símbolo del propósito supremo de Dios de habitar con Su pueblo. Es relevante para esta teología el hecho de que un altar imponente y ensangrentado estaba en el patio antes de la entrada a la casa de Dios.

En el Salmo 23, David presenta la esperanza de habitar con Dios de dos maneras. Primero, la casa de Dios es descrita como el fin del viaje para Su pueblo. Usando las imágenes de pastoreo del éxodo mismo, David presenta al Señor como su Pastor a lo largo de esta vida. Las representación cambia entonces a la de la hospitalidad: a medida que la guianza culmina con la llegada, el Pastor se convierte en anfitrión. Curiosamente, la transición de la metáfora de una oveja conducida por su pastor a la de un huésped honrado por su anfitrión ocurre a través del «valle de sombra de muerte» (v. 4). Entonces, para David la esperanza de habitar con Dios en Su casa era una realidad para el futuro, una escatología. La expectativa de David era segura ya que él mismo, como pastor, entendía que la llegada no era una carga para las ovejas, que a menudo son temerosas, necias y caprichosas. Más bien, la guía, el cuidado y la protección de las ovejas, junto con su destino, era una carga impuesta al pastor.

En segundo lugar, la casa de Dios se presenta como el principio de la gloria eterna. Sin duda, los deleites y las alegrías de la casa de Dios se prueban en esta vida, especialmente entre el pueblo de Dios en la adoración del Día de Reposo. Además, el Señor ciertamente había tendido una mesa en el desierto a lo largo de los viajes de Israel, pero estos casos, por bendecidos que fueran, son meros anticipos del banquete que Dios ha preparado para Su pueblo en la «casa» de una gloriosa nueva creación. Ungir la cabeza con aceite y servir en la copa hasta que se rebose, son descripciones simbólicas que muestran una hospitalidad generosa (v. 5). Aquí Dios es presentado como un antiguo anfitrión del Cercano Oriente que generosamente honra y sacia a sus invitados con una abundancia extravagante. En otra parte, David elabora, diciendo que los hijos de Dios «se sacian de la abundancia de Tu casa, y les das a beber del río de Tus delicias» (Sal. 36:8). La palabra que David usa aquí para «delicias» proviene de la misma raíz que la palabra Edén, el paraíso de Dios donde la humanidad una vez disfrutó las delicias de Su comunión. El fin de nuestro viaje también es un nuevo comienzo, el comienzo de una vida supremamente bendecida con Dios y Su pueblo en un paraíso más glorioso que el Edén.

Sin embargo, ni siquiera la frase «invitado de honor» capta del todo la esperanza y el corazón de David. Esta generosa hospitalidad se derrama más bien sobre hijos e hijas. A través de la obra expiatoria de Jesucristo y la unión con Él por el Espíritu Santo, los pecadores pueden llegar a ser hijos y familia de Dios, nacidos de Dios (Jn. 1:12-13Ef. 2:19). Como el hijo pródigo que regresa y recibe un abrazo prolongado de su padre jadeante, así el fin de nuestro viaje y el comienzo de la eternidad son en realidad un regreso a casa, y de hecho, la casa de Dios no está completa hasta que todos Sus hijos regresen a su hogar. Guiados por el Buen Pastor, el Señor Jesucristo, que entregó Su vida por Sus ovejas, el pueblo de Dios entrará por Sus puertas con acción de gracias y a Sus atrios con alabanza (Jn. 10:1-18, ver Sal. 100).

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
L. Michael Morales
L. Michael Morales
El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bíblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Él es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?

J19 – El servicio y el Reino de Dios

Aviva Nuestros Corazones

Serie: Sirve como el Salvador

J19 – El servicio y el Reino de Dios

https://www.avivanuestroscorazones.com/podcast/aviva-nuestros-corazones/el-servicio-y-el-reino-de-dios/

Carmen Espaillat Nancy Leigh DeMoss no necesariamente quiere que las personas la recuerden como una conferencista y autora.

Nancy Leigh DeMoss ¿Sabes cómo quisiera que me recuerden? Ella fue una sierva humilde y amorosa. Ella se ensució las manos. Ella se involucró en mi vida, ministró mis necesidades prácticas. Ella me amó, dio. No fue egoísta. Ella fue una servidora.

Carmen : Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss en la voz de Patricia de Saladín.

¿Has llegado alguna vez al final del día y dices, “Siento que no logré nada hoy”? Todo lo que hice fueron algunas tareas y responder preguntas de la gente.

Bueno, días como ese pueden ser frustrantes a menos que te percates de que Dios te ha llamado a hacer tareas y responder preguntas. Tal vez tú puedes hacer pequeñas tareas como estas para Su gloria. Aquí está Nancy para decirnos más.

Nancy Leigh DeMoss : El fin de semana pasado estaba en Dallas y tuve la oportunidad de reunirme con algunos amigos en un restaurante para cenar. La comida estaba muy buena. Pero te diré lo que fue realmente memorable de ese restaurante, el servicio fue increíble.

Había un joven llamado Jeremy que era nuestro mesero. Jeremy hizo que pareciera que servir era el mejor trabajo del mundo. Parecía que servirnos era un privilegio. De hecho, él decía “es un placer”. Cuando le agradecíamos por algo, él preguntaba, ¿Puedo hacer algo más por ustedes?

Yo había olvidado traer conmigo Kleenex. Y le pregunté, “¿Crees que pudieras conseguirme Kleenex?”

Él dijo, “Claro eso no es un problema”. Regresó con los Kleenex.

Había otro amigo en la mesa que quería saber la puntuación de un juego de fútbol que se estaba transmitiendo en otra sala. Jeremy regresaba cada cierto tiempo para decirle cual era la puntuación del juego. O sea, ¡eso es un servicio en un restaurante!

Su actitud era de un siervo. Él estaba feliz, estaba alegre de servir. Estaba contento. No nos hacía sentir como si estuviéramos imponiéndole carga por estar ahí o como si él deseara estar haciendo otra cosa, él deseaba atendernos.

Y realmente fue de gran ayuda. Decía repetidas veces, “Si tienen una pregunta o si necesitan algo por favor, déjenme saber”. Él estaba enfocado en los clientes. El tener ese buen servicio hizo que la noche fuera muy agradable.

Tú sabes tanto como yo, que la forma en que la gente sirve o no sirve puede hacer o destruir el día de un cliente. ¿Has estado en sitios donde probablemente alguien ha tenido una mala actitud?

De hecho, uno de mis compañeros de trabajo dice cuando vemos a alguien así: “No creo que a ella le guste su trabajo”. Alguien que sirve con una mala actitud de “¡Yo desearía no estar aquí; desearía no tener que hacer esto; yo desearía que ustedes no estuvieran aquí!”. Algunas veces pueden hacerte sentir eso y te hace pensar que nunca más quieres regresar a ese lugar. Aunque te gustara el producto, pero como el servicio es tan malo, realmente no quieres volver a ese establecimiento, ya sea un restaurante, una tienda, un banco o una aerolínea.

Puedo recordar tiempos estando en aeropuertos con problemas con mis vuelos o cancelado mis vuelos o que algo no estaba bien. Lo que hace toda la diferencia del mundo, sin importar cuál sea el resultado final, es la actitud de la persona en el mostrador.

Si la persona tan solo dijera, “Realmente lamento que esté pasando por esta situación; déjeme ver cómo puedo ayudarle”. Te hace estar dispuesta a trabajar con esa persona, e incluso aguantarías muchos inconvenientes. Pero si actúan como si no les importara, si te hacen sentir que eres una molestia, entonces vas a querer escribir una carta a la aerolínea diciendo, “¿Cómo es posible que terminé en esta situación, en este desastre por su culpa?”

Es increíble como el servicio, sea bueno o malo, puede afectar nuestra actitud acerca de una compañía completa. Bueno, ¿no es cierto entonces que la forma como servimos a otros afecta la actitud de la gente con relación a la compañía para la cual trabajamos? ¿Cuál es la compañía para la que trabajo? El reino de Dios.

La gente forma sus opiniones sobre Jesucristo y sobre Su reino por la forma cómo servimos—la actitud, la calidad del servicio que ofrecemos. Uno escucha lo difícil que es conseguir buen servicio. Pareciera imposible. Pero todo el mundo lo desea. Nadie quiere brindarlo pero la gente quiere obtenerlo.

Así que cuando alguien realmente ofrece buen servicio, un servicio excelente, se hace muy popular. En muchos casos esa es la diferencia en las empresas más destacadas.

En estos días hemos estado hablando sobre la palabra griega, la palabra doulos, que en muchas Biblias es traducido como esclavo o siervo. Es un esclavo de Jesucristo, un esclavo permanente de Jesucristo. Y en el día de hoy para continuar con nuestra pequeña lección de griego en esta serie, quiero enseñarte otra palabra que frecuentemente se traduce como siervo en el Nuevo Testamento.

Es la palabra griega diakonos (d-i-a-k-o-n-o-s). Que se traduce igual al español, diácono. En algunas traducciones la palabra diakonos es traducida como siervo. A veces se traduce como ministro. Es un ministro o siervo.

No estamos seguros de dónde proviene esa palabra. Tal vez es de la palabra diakones, que significa trabajar o correr en el polvo. Es una palabra que implica algo ‘humilde’. Es un servidor doméstico. No es un esclavo como es doulos. El énfasis no está en la relación de sujeción a su amo, ese es el énfasis de la palabra doulos.

Pero el énfasis en la palabra diakonos está en el servicio que está ofreciendo, la tarea que estás llevando a cabo a favor de otra persona. Así que los diáconos en la iglesia son ayudadores. Son siervos del Señor y de las personas de la iglesia. Ellos ministran. Ellos sirven. Ellos se preocupan por el pueblo de Dios. La idea detrás de diakonos es la idea de realizar mandados, de realizar tareas. Es un muchacho de ‘mandado’ o un camarero, alguien que se encarga de tareas triviales para un propósito mayor.

Es cuando la atención de uno está enfocada en llenar las necesidades de otros, especialmente hermanos y hermanas en la familia de Dios.

La palabra doulos frecuentemente se refiere a nuestra relación de servicio a Dios. Somos los doulos de Dios. Le servimos a Él. Ahora, pudiera usarse en relación al servicio a otros pero generalmente se refiere a nuestra relación con Dios.

Pero la palabra diakonos habla más frecuentemente de cómo servimos a los demás. Hacemos cosas para ministrar las necesidades de otros. Podemos ser diakonos para otros porque primero somos doulos de Dios.

Cuando eres un siervo de Dios y Dios te dice, “Quiero que vayas a ministrar las necesidades de ese niño o de esa viuda o de esa mujer soltera o esa persona en prisión”, sirves a otros porque eres una sierva de Dios, y Él te ha indicado hacer eso.

Por cierto, la palabra diakonos, creo que esto es muy interesante…en el Nuevo Testamento, las mujeres tienen un rol especial cuando se hace uso de la palabra, diakonos.

Ahora, no es que solo les toca a las mujeres hacer esto, pero es interesante que cada vez que se muestra un servicio ofrecido a Jesús en el Nuevo Testamento, alguien que sirvió a Jesús, diakonos, ministrando sus necesidades. Siempre fueron ángeles o mujeres las que ofrecieron este servicio a Él.

Puedes leer sobre esto varias veces en la tentación en el desierto, cuando dice, “Ángeles vinieron y le servían” (Mat 4:11). Diakonos, le servían.

La suegra de Pedro en Mateo capítulo 8, cuando Jesús vino y la sanó (porque ella estaba enferma y él la sanó), dice, “Ella se levantó y les servía” (v. 15.) Ella les servía.

En Lucas capítulo 8 habla de mujeres que seguían a Jesús junto a los discípulos, y estas mujeres ministraban a Jesús.

Diakonos —Ellas le servían. Ellas proveían. No sé si ellas preparaban comida o hacían compras, pero de sus propios recursos, ellas servían al Señor Jesús de sus recursos.

¿Quién es la mujer más famosa en las Escrituras por servir a Jesús? Es Martha. Ella recibió a Jesús y sus discípulos en su hogar; ella mostró hospitalidad. Ella sirvió a Jesús. Ahora ella se metió en problemas por la forma en que lo hizo, ella lo hizo con una mala actitud. Pero sirvió a Jesús.

No es increíble que cuando se habla de servicio a Jesús, lo hacían las mujeres o los ángeles.

Creo que eso habla de que es un llamado alto y santo hacer incluso tareas triviales y sencillas de servicio cuando se trata de Jesús. Nosotras las mujeres tenemos un llamado especial a servir.

Ahora, eso no significa que los hombres no están supuestos a servir también, pero hay un sentido especial en el que nosotras como mujeres tenemos el privilegio de servir en nuestras casas, en nuestros trabajos, en nuestras relaciones, de subirnos las mangas y hacer actos prácticos de servicio. Cuando lo hacemos para alguien de la familia de Dios, es como si lo hiciéramos para el mismo Jesús.

Jóvenes, cuando sirves a tus padres en casa, sirves a Jesús. Madres, esposas cuando sirves a tu esposo, o les sirves a tus hijos, cuando lavas la ropa, cuando haces la comida, no solo estás proveyendo un servicio de diakonos para tu familia, sino que estás sirviendo a Jesús.

Eso lo convierte en un llamado alto y sublime, santo. Quiere decir entonces que no hay tareas insignificantes. Tener un corazón de sierva hacia otros, diakonos, es una expresión de dos actitudes básicas del corazón: la primera es amor y la segunda es humildad.

¡Amor y humildad! Si amas a alguien y tienes un corazón humilde, entonces no será un problema servirle. El servicio, el ministrar, diakonos, fluye del amor y de la humildad.

En Filipenses capítulo 2, el apóstol Pablo habla de esta actitud humilde, él dice que “debemos considerar a otros como más importante que a nosotras mismas” (v. 3). Debemos considerar a los demás como superiores a nosotras mismas.

Él dice, “Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde, cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo” (v. 3). Considera a los demás como mejores que tú misma.

No vas a querer servir a alguien si tú crees que eres mejor que esa persona. Pero si estimas a cada persona como mejor que tú, entonces pensarás, “Esto es un privilegio”.

Si la Primera Dama de los Estados Unidos o del presidente de tu país, te llama y te dice, “Quisiera que trabajes para mí”, ¿Considerarías eso como algo inferior? Yo diría, “¡No, eso es un gran privilegio!”

Es un privilegio servir cuando estimas a alguien como superior a ti misma . Es por eso que en Romanos capítulo 12, Pablo dice, “Sed afectuosos unos con otros con amor fraternal, con honra, daos preferencia unos a otros” (v. 10). El servicio fluye de un corazón de amor y de humildad, honrando a otros por encima de nosotras mismas.

Ahora, cuando tienes un corazón de servicio hacia otros, quiere decir que siempre estarás pendiente de cuáles son sus necesidades; siempre intentando discernir las necesidades de otros y viendo qué puedes hacer para cubrir esas necesidades.

Una persona con un corazón de siervo es una persona observadora. El problema es que la mayoría de nosotras nos envolvemos tanto en nuestro propio mundo, que siempre estamos conscientes de cuáles son nuestras necesidades.

Pero la persona que tiene un corazón de servicio mira alrededor y ve que esa persona tiene necesidad, que esa persona necesita ánimo, esa persona necesita ayuda—quizás es esa mamá que tiene tres niños pequeños. ¿Cómo es que ella puede lograrlo sola? Creo que me ofreceré para cuidar sus niños para que ella y su esposo puedan salir juntos.

Siempre mirando alrededor para ver las necesidades de los demás. ¿Cuáles son las necesidades en nuestro hogar? ¿Cuáles son las necesidades de nuestros amigos? ¿Las necesidades que tiene la gente de mi iglesia o que puedo yo hacer para ayudar con esas necesidades?

Eso quiere decir que si tienes un corazón de servicio, eres una persona sensible. Estás alerta, eres observadora y ofreces soluciones. Eres pronta para ver una necesidad y luego moverte para llenarla. Quiere decir que tomas la iniciativa. Que siempre buscas formas para dar, para bendecir, para servir a otros. Quiere decir que pones las necesidades de otros por encima de las tuyas.

De hecho, quiere decir que sirves a otros de la forma en que te gustaría ser servida. Somos profundamente egoístas la mayor parte del tiempo. Sabemos lo que queremos que hagan por nosotras. Pero si tienes un corazón de sierva, vas a darles a otros el tipo de servicio que te gustaría que te dieran a ti misma.

Tener un corazón de sierva es más que hacer un par de cosas buenas por las personas. Implica eso, pero implica más que eso, es un estilo de vida. Es una actitud de corazón de entregarnos a Dios al entregarnos a los demás.

Si realmente tienes un corazón de servicio, estarás dispuesta a servir a la gente que no pueden pagarte, gente que no te puede corresponder igual.

Una amiga me decía recientemente sobre una pareja de su iglesia que ha adoptado varios niños con necesidades especiales. Uno de estos niños está severamente discapacitado y nunca será capaz de cuidarse a sí mismo.

Estos padres sabían eso cuando adoptaron a ese niño. Ellos sabían que pasarían años y años y años sirviendo a ese niño. Ese niño, que no tendrá la capacidad de agradecerles, ni de recompensarles. Esos padres tienen un corazón de siervos.

Se están ocupando de los más débiles, se están ocupando de aquellos que no pueden corresponderles. Una persona que tiene corazón de siervo, diakonos, es un dador más de alguien que demanda de los demás. Es desinteresado más que egoísta. Es humilde más que orgulloso. Centrado en los demás y no está centrado en sí mismo.

Mientras me preparaba para esta serie, llegué a un pasaje que realmente ha hablado a mi corazón acerca de todo este asunto del servicio. De hecho, te pido que vayas al texto para estos últimos momentos del programa es 1ra de Pedro, capítulo 4, los versículos 10 y 11.

Dios realmente usó este pasaje en mi corazón durante el fin de semana pasado. Alguien de mi equipo se comunicó conmigo para decirme que necesitaban a alguien que fuera a hablar con una persona en Dallas este fin de semana pasado. Ellos sabían que teníamos esta grabación pendiente y que yo tenía muchas cosas, pero había una necesidad de que alguien fuera a ayudar en nuestro ministerio. Y le pregunté al Señor, “¿Quieres que esté disponible para ir a hacer eso?” Decidimos orar esa noche y ver cómo nos dirigía El Señor. Cuando me levanté la mañana siguiente, tenía este pasaje en la mente.

Dios usó las Escrituras mientras me preparaba para hablar sobre el servicio para animar mi corazón, “Necesitas estar disponible para tomar un día y medio para ir y servir de esta manera”, pensé “¿pero cómo haré esto con todas las cosas que tengo en una semana de grabación?”, esto es lo que las Escrituras tenían para decirme.

Primera de Pedro, capítulo 4, versículos 10 y 11, “según cada uno ha recibido un don especial”, esa palabra, don, es la palabra Charisma. Es un regalo de gracia. Dios nos ha dado a cada una de nosotras algunos regalos o dones de gracia. ¿Y que se supone que debemos hacer con esos dones? “Úselo, sirviéndose los unos a los otros”.

¿Sabes cuál palabra es la palabra sirviéndose? Viene de la palabra diakonos. Es una palabra relacionada: úselo para ser diácono. Úselo para servir. Úselo para ministrar a los otros.

Dios nos ha dado dones espirituales, y estamos supuestas a usarlos para servir a los demás, “como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios”. Esa palabra gracia es la palabra charis. Se relaciona con la palabra charisma, regalo y gracia, son muy similares.

“El que habla [si ese es el don que Dios te ha dado, usa tu don de hablar para servir a otros], que hable conforme a las palabras de Dios; el que sirve [si tu don es realizar acciones prácticas de servicio, úsalo para servir a otros] que lo haga por la fortaleza que Dios da” (v.11)

Servimos porque Dios nos ha dado un don, y somos llamadas a usarlo para servir a otros. Dios no solo nos da el don sino que nos da la fortaleza para usar ese don para servir a otros.

¿Cuál es el propósito? “Para que en todo Dios sea glorificado mediante Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. (v.11)

Alguien me preguntó hace algunos días, “¿Cuál es tu definición de servicio?” Yo estaba trabajando en esta serie y me di cuenta que no estaba segura de cuál era mi definición, pero creo que la que me surgió fue una que está basada en este pasaje.

Servir, en el sentido del servicio bíblico, es usar fielmente los dones que Dios me ha dado por Su gracia. Usar fielmente los dones que Dios me ha dado. Usarlos, no despilfarrarlos, no desperdiciarlos, no ignorarlos, no esperando que otra persona los use; sino usando los dones que Dios me ha dado para el beneficio de otros, para servir a otros.

¿Cómo lo hago? Lo hago por Su fuerza, no la mía y para Su gloria, no para la mía. Usando fielmente los dones que Dios me ha dado.

Es un regalo de gracia que Dios me ha dado, y lo hago para el beneficio de otros, y lo hago con la fortaleza que Dios me da. Lo hago para Su gloria y no para la mía.

A medida que meditaba en ese pasaje, pensé, “Dios me ha dado un don para ministrar Su Palabra; debo ir a Dallas. ¿Cómo voy a hacerle en esta semana tan ocupada? Lo haré en las fuerzas que Dios provee. ¿Sacaré algo de esto? Realmente no importa porque no es para mí gloria, es para la gloria de Dios.”

Algunas de ustedes conocen el nombre Dawson Trotman, el fundador de los Navegantes. Los Navegantes fue una de las organizaciones Cristianas más grandes del mundo. Dawson Trotman ahora tiene muchos años que se fue con El Señor, pero cuenta la historia de cuando hace muchos años él visitaba Taiwán en uno de sus viajes. En esa visita él subió junto con un pastor taiwanés a una de las villas en la montaña para encontrarse con algunos de los cristianos nativos.

A medida que andaban por los caminos, estaba todo mojado y sus zapatos se mojaron y se enlodaron mucho. Después del viaje alguien le preguntó al pastor taiwanés qué era lo que el más recordaba de Dawson Trotman. Este era un gran líder americano de una organización cristiana, y sin dudar este pastor local dijo, “Lo que más recuerdo de Dawson Trotman fue que él limpió mis zapatos.”

Él limpió mis zapatos. Imagínate cuando ese humilde pastor se levantó la mañana siguiente y se percató de que este gran líder de los Estados Unidos se había levantado antes que él y había limpiado el lodo de sus zapatos.

Eso me hace preguntarme, “¿Qué es lo que la gente más recordará acerca de mí?” ¿Recordarán que pude hacer muchas cosas a la vez? ¿Qué puedo hacer todo tipo de tareas y trabajos? ¿Recordarán que fui una gran oradora? ¿Que fui una autora? ¿Recordarán que fui líder en Aviva Nuestros Corazones? ¿Recordarán que tuve muchos talentos y habilidades o que podía lograr muchas cosas?

¿Sabes cómo quisiera que todos me recuerden? Nancy fue una sierva humilde y amorosa. Ella limpió mis zapatos. Ella se ensució las manos. Ella se involucró en mi vida. Ella ministró de forma práctica a mis necesidades. Me amó. Ella dió. Ella sirvió. No fue egoísta. Ella fue una sierva.

¿Que recordará la gente de ti? ¿Recordarán que fuiste una sierva? ¿Que recordarán tus padres, jovencita, cuando te vayas a la universidad? ¿Recordarán que les serviste? ¿Te extrañarán porque eras tan buena sierva en tu casa?

¿Que recordará la gente de ti, mamá, abuela? ¿Que fuiste una sierva?

“Que cada persona use el don que Dios le ha dado para servir a otros como buenos mayordomos de la gracia de Dios. El que sirve, hágalo por la fuerza que Dios provee, que en todo, Dios sea glorificado a través de Jesucristo.

Gracias Señor, por demostrarnos lo que significa ser un siervo, humillarse a sí mismo. Oro para que nos des un corazón de siervo, que nos ayudes a mirar alrededor y ver cuáles son las necesidades que necesitan ser suplidas y cómo nos has dado dones para ser usados para ministrar a las necesidades prácticas de otros.

Haznos siervas Señor. Danos corazones de siervas. Que nuestras casas, nuestros lugares de trabajo y nuestros ambientes escolares, que todo pueda ser diferente cuando dejemos esta sesión hoy porque volveremos a nuestros lugares con un corazón de sierva para dar y dar y dar por la causa de Jesús, amén.

Carmen No sé en qué punto te encuentres el programa de hoy, pero estoy casi segura de que muchas de ustedes escuchan mientras sirven de la forma en que Nancy Leigh DeMoss acaba de describir.

Espero que hayas sido animada por el mensaje de Nancy de hoy. Servir día a día puede ser tan rutinario que se hace difícil seguir adelante.

Si estás buscando reconocimiento, probablemente no tienes un corazón de sierva. Nancy sabe esto por su propia experiencia. Ella compartirá sobre esto mañana.

¿Ya has visitado nuestra página, AvivaNuestrosCorazones.com? Allí encontrarás muchas series que te ayudarán en tu caminar diario. Allí también encontrarás recursos variados que puedes usar para discipular a otras. No dejes de visitar la página hoy.

Y cuando visites, asegúrate de suscribirte a nuestro correo diario, “Conexión diaria”. Se trata de un correo que recibirás diariamente con el enlace al programa y las publicaciones diarias. También contienen las ideas más relevantes del programa de radio. No dejes de suscribirte; es fácil y es gratis.

Nancy : Cuando estaba en la secundaria, como pianista, y era la acompañante de muchos cantantes y coros y ese tipo de cosas. Me encantaba hacer eso. Ese era el don que Dios me había dado, y lo usaba para servir a otros. Pero no tenía un corazón de sierva.

Cuando teníamos conciertos del coro o algún evento y se les olvidaba reconocer al acompañante—no ponían mi nombre en el programa, o reconocían al coro pero olvidaban reconocer a la pianista, acompañante—me sentía herida y me disgustaba, me dolía. Quería que la gente supiera quién estaba haciendo este gran trabajo de acompañar al coro. Ese no era el corazón de una sierva.

Carmen : Escucharemos más sobre eso mañana. Por favor regresa a Aviva Nuestros Corazones.

Aviva Nuestros Corazones. Con Nancy Leigh DeMoss es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas a menos que se indique lo contrario.

Permisos de publicación autorizados del Ministerio Aviva Nuestros Corazones para Alimentemos El Alma

Todos los Derechos Reservados

Disponible sobre el Internet en: http://www.avivanuestroscorazones.com

¿Para quién es el paraíso?

Viernes 25 Septiembre


El hombre no es justificado… sino por la fe de Jesucristo.
Gálatas 2:16

Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios.
Efesios 2:8

¿Para quién es el paraíso?

Muchas personas se hacen una imagen muy personal de la gracia de Dios. Para ellas la salvación se obtiene haciendo buenas obras, complementadas con un poco de gracia. Se imaginan un paraíso lleno de buenas personas que alcanzaron el mínimo exigido por «ese buen Dios», mientras el infierno lógicamente está reservado para los que son claramente pecadores.

Agradezcamos a Dios porque esas suposiciones son falsas y no tienen nada que ver con la realidad que enseña la Biblia. Si esas ideas correspondiesen a la realidad, ¿podríamos algún día estar seguros de haber alcanzado ese «mínimo» aceptable por Dios? A los ojos de nuestros semejantes quizá demos buena impresión, pero ¿qué vale nuestra reputación tan pronto como nos colocamos ante la presencia de Aquel que sondea los corazones? Cuando se halló frente a Dios, el joven Isaías, quien hasta entonces había tenido una opinión bastante buena de sí mismo, tuvo que exclamar: “¡Ay de mí! que soy muerto” (Isaías 6:5).

La gracia de Dios está reservada precisamente para los que reconocen que son culpables y que están perdidos. Jesús mismo declaró que no había venido a llamar a los justos al arrepentimiento, sino a los pecadores (Lucas 5:32). ¿Qué justicia podía hacer valer el malhechor a quien Jesús prometió el paraíso el mismo día? ¡Por supuesto que ninguna!

La Biblia afirma: “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18).

Lamentaciones 1 – 2 Corintios 13 – Salmo 107:10-16 – Proverbios 24:3-4
© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch