3/3 – Nadar contra la corriente

Ravi Zacharias Ministerios Internacional

Pensemos con Ravi Zacharias

3/3 – Nadar contra la corriente

Ravi Zacharias

“Pensemos con el Dr. Ravi Zacharias” es una producción de RZIM y es un excelente recurso para los cristianos que anhelan entender la fe y testificar con inteligencia.

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El seminario del sufrimiento

Soldados de Jesucristo

Octubre 31

Solid Joys en Español

El seminario del sufrimiento

John Piper

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La COMPLEJA relación entre ENRIQUE VIII y la REFORMA PROTESTANTE

BITE

Serie: Biografías

La COMPLEJA relación entre ENRIQUE VIII y la REFORMA PROTESTANTE

El alejamiento de Enrique VIII de Roma fue fundamentalmente por el control de la iglesia inglesa, que ya se empezaba a llamar Iglesia anglicana. Aunque instituyó algunas medidas protestantes durante su reinado, como poner Biblias en inglés en todas las iglesias, y aunque siempre apoyó a su arzobispo de Canterbury, Cranmer, inclinado a los protestantes, Enrique se puso de parte de Roma en cuestiones clave de doctrina y práctica.

Pero los eventos que puso en marcha Enrique no le permitirían a Inglaterra regresar al pasado. Durante el reinado de su hijo, Eduardo VI, que gobernó de 1547 a 1553, Inglaterra se volvió firmemente protestante. Dos consejeros de Eduardo, uno luterano y el otro calvinista fueron claves. Pero Eduardo murió rápidamente y las esperanzas de que el protestantismo avanzara, murieron con él.

La hija de Enrique con Catalina, María, ascendió al poder en 1553 y trajo al catolicismo de nuevo a Inglaterra. María asesinó a al menos 273 protestantes, mientras miles huían del país. Pero el efecto de las hogueras y los juicios públicos tuvieron un efecto contrario entre la población. Cuando María murió en 1558, la mayoría de los ingleses respiraron con alivio y los protestantes renovaron su proyecto.

Finalmente, la hija de Enrique con Ana Bolena, Elizabeth I puso a Inglaterra en un curso permanentemente protestante.

BIBLIOGRAFÍA

El legado de la Reforma: Una herencia para el futuro, César Vidal

CIBERGRAFÍA

Henry VIII, Defender of the faith: https://bit.ly/2KNjLLG


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26/42 – Lee la Biblia: Nahúm

El Proyecto Biblia

Serie: Antiguo Testamento

26/42 – Lee la Biblia: Nahúm

Antiguo Testamento

Mira nuestro video de Lee la Biblia sobre el libro de Nahúm que analiza el diseño literario del libro y su flujo de pensamiento. En este libro, Nahúm describe la caída de Nínive y de Asiria presentándonos una imagen de cómo Dios confrontará y derribará a todos los imperios violentos.

#BibleProject#VideosDeLaBiblia#Nahúm

Conocer la gloria de Dios, de eso se trata la vida cristiana

Coalición por el Evangelio

Conocer la gloria de Dios, de eso se trata la vida cristiana

GERSON MOREY

“Pues Dios, que dijo: ‘De las tinieblas resplandecerá la luz’, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo”, 2 Corintios 4:6 (cursiva añadida).

Leyendo 2 Corintios 4, me detuve en este texto, principalmente en la frase: “para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo”. ¡Cuánto he meditado en esto y me ha bendecido! Mi meditación en estos días ha girado en torno a la gloria de Dios. En particular, tener conocimiento de ella. Muchas preguntas surgieron que hicieron mi meditación más compleja y extensa, pero a la vez edificante. Algunas de las interrogantes que me planteaba fueron estas:

¿Por qué Dios quiere que conozcamos su gloria?
¿Qué pasa si no la conocemos?
¿Cuál es el beneficio de conocer su gloria?
¿Por qué Dios cree tan importante que nosotros la conozcamos?
Y si es tan importante, ¿por qué sentimos que esa gloria (o ser tocados por ella) muchas veces nos es tan esquiva?
Si su gloria es tan grande, ¿por qué vivimos cómo si fuese pequeña?
Si es trascendente, ¿por qué nos afecta y nos motiva poco?
¿Por qué parece no ser algo más relevante en nuestra vida?
¿Por qué nuestro sentido interno de su gloria es tan débil y tan poco frecuente?
¿Por qué nuestra percepción y apropiación de esa realidad es tan efímera y superficial?
Después de leer 2 Corintios 4:6 y analizar las preguntas anteriores, concluyo que este pasaje es instructivo y revelador, por varias razones.

Dios nos comunica su gloria
Nadie le pidió a Dios que resplandezca en nosotros para que veamos su gloria. Esto fue una decisión y una acción suya. Fue gracia soberana. Así como nadie pidió la luz natural en Génesis 1:3 y Él la trajo. Él tomó la iniciativa de resplandecer para que veamos esa gloria.

Dios considera que lo fundamental para el hombre es conocer Su gloria. Como decía Jonathan Edwards: “Dios nos comunica su gloria. Él quiere que entremos en contacto con ella”. Para Dios, revelar su gloria es su gran deseo y para nosotros conocerla es nuestra gran necesidad; volver a tenerla en, con, y para nosotros.

La gloria de Dios es la grandeza y majestad, es decir, la superioridad y hermosura de su persona por sobre la creación, los pueblos, y los dioses (Dt. 5:24; Jud. 1:24; Sal. 29:9; 97:9). Un pasaje que resume bien esto, y contiene todas estas verdades es Isaías 40:12-25.

Su gloria es exhibida y accesible a nosotros en Cristo. El Hijo de Dios vino para mostrar esa gloria porque Él es la gloria: “El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos Su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1:14, cursiva añadida). Sin embargo, para experimentarla algo debe pasar primero: el Señor debe traer luz al corazón. Esa gloria nunca será vista a menos que Dios resplandezca: “Pues Dios, que dijo: ‘De las tinieblas resplandecerá la luz’, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo” (2 Co. 4:6).

Lo que necesita el pecador es conocer la gloria de Dios porque en ella está la esperanza del mundo. La verdadera dicha y la más terrible miseria tienen que ver con Su gloria: todo lo malo, es un problema de gloria, todo lo bueno tiene que ver con la gloria. La experiencia humana tiene que ver esencialmente con esto. Todo en la vida encuentra su explicación y sentido únicamente desde la gloria. Cuando entendemos todo en relación a la gloria de Dios empezamos a entender todo correctamente.

Dios nos permite ver su gloria
El hombre no regenerado no busca esa gloria porque él no la percibe ni la entiende. En su estado natural, el hombre no quiere, no persigue ni anhela esa gloria; porque está ciego ante ella. Para el hombre sin Cristo, la gloria no existe: no la siente, tampoco la ve, ni le preocupa. Por esto hay algo llamado el mal. En realidad, la falta de gloria constituye el pecado (Ro. 3:23).

El único contacto que el inconverso tiene con esta realidad es el uso gramatical para describir algo que considera bueno o hermoso. Pero es un uso y una apreciación estrictamente terrenal. ¡Qué desperdicio! Nada de eso tiene que ver con la realidad de la verdadera gloria. Pero para nosotros, los que estamos en Cristo, esto es tan vivo, real, y cercano como lo están las huellas digitales a nuestros dedos. La gloria se vistió de piel y se acercó a nosotros (Jn. 1:14). La vemos porque Dios resplandeció. Al mismo Cristo que los incrédulos no ven, ahora nosotros vemos, porque Dios nos alumbró (Mt. 4:16). ¡Oh cuán precioso sol ha encendido Dios! (Mal. 4:2). Ahora vemos y tenemos esa gloria.

Conocer su gloria y disfrutar la vida en ella. De eso se trata la existencia, porque nos da el enfoque correcto: una vida bien vivida, fructífera, y que no se desperdicia porque cumple con su papel en el evangelio, esa es la gloria de Dios manifestada en el cuerpo de Cristo, la Iglesia. Esto no es un aspecto más de la experiencia cristiana o de la existencia humana. No es un agregado ni un beneficio más. La existencia tiene que ver fundamentalmente con Su gloria.

Ahora bien, Dios ha dado a conocer su gloria a los hombres. Ha comunicado esa gloria en Cristo (Heb. 1:3). ¡Conocer la gloria de Dios! Ese es nuestro problema, pero también nuestro gozo y esperanza. Cuando el hombre conoce, tiene, y es tocado por esa gloria, Dios es glorificado.

Conocer esa gloria es indispensable para la humanidad. No puede ser de otra manera. La gloria no es una realidad complementaria ni un suplemento opcional. Es la realidad. Es lo más serio; es la vida, la sensatez, y esperanza para el hombre. Desde mi interior afirmo: ¡Déjanos verla, oh Señor, mirarla, y admirarla con mayor claridad! ¡Qué vivamos por ella!

¿Cómo experimentamos la gloria de Dios a plenitud?
No podremos experimentar esa gloria de una manera nueva y transformadora sin estas dos realidades:

Primero, es indispensable. Debemos estar convencidos de que conocer esa gloria —de manera continua— es nuestra necesidad más fundamental.

Segundo, conocer y crecer en esa gloria es una realidad sobre la que no tenemos poder. Carecemos de toda habilidad para lograr conocer más y ser alcanzados por esa gloria. Somos absolutamente dependientes de Dios. Convencernos que no podemos hacer nada, que somos incapaces de hacer progresos por nosotros mismos para conocer más y mejor esa gloria.

Esa doble consciencia nos causará desear más a Dios y hará que lo busquemos con desesperación y lo miremos continuamente. Dile al Señor estas palabras:

“Danos Señor, un sentido interno de tu gloria, una percepción espiritual de ella. Una conciencia viva que toque el corazón para la transformación del creyente y para testimonio al incrédulo”.

Gerson Morey

​Gerson Morey es pastor en la Iglesia Día de Adoración en la ciudad de Davie en el Sur de la Florida y autor del blog cristiano El Teclado de Gerson. Está casado con Aidee y tienen tres hijos, Christopher, Denilson y Johanan. Puedes encontrarlo en Twitter: @gersonmorey.

ST500S Teología Sistemática, Lección 7.2

Serie: Introducción a la Teología Sistemática

Plan de estudio: https://drive.google.com/file/d/1-Al6rOq6Tox4zb4wBU2nWqekLnhk6l9W/view

ST500S Teología Sistemática, Lección 7.2

Biblia y Teología es un podcast del Dr Larry Trotter, dedicado a la exposición bíblica y la enseñanza teológica.  Larry es pastor de Florida Coast Church en Pompano Beach, Florida y profesor adjunto de Knox Theological Seminary en Fort Lauderdale, Florida.

Vivió veinticuatro maravillosos años como pastor en México y conferencista en distintos países de Latinoamérica. El propósito de Biblia y Teología es proporcionar enseñanza avanzada y en una forma accesible.

www.seminarioreformado.org

El miedo a la muerte

Sábado 31 Octubre

Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que… el polvo (el cuerpo) vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio.Eclesiastés 12:17

El miedo a la muerte

Alguien escribió: «La muerte es el mayor evento de la vida». La entrada en la eternidad es, en efecto, una etapa definitiva.

La Biblia nos habla del más allá: nos muestra claramente que el espíritu vuelve a Dios, quien lo dio, mientras el cuerpo vuelve al polvo esperando la resurrección. Por lo tanto, la muerte no es el fin, sino la puerta que abre hacia dos direcciones:

–Si aceptamos para nosotros mismos el perdón de Dios en Jesucristo mientras vivimos en la tierra, iremos al paraíso, junto a Jesús, a la felicidad eterna. “En la casa de mi Padre muchas moradas hay… voy, pues, a preparar lugar para vosotros… Os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:2-3). “Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor… descansarán de sus trabajos” (Apocalipsis 14:13).

–Pero si rechazamos o ignoramos esta gracia, entonces estamos perdidos por la eternidad. “El que rehúsa creer en el Hijo (de Dios) no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36).

El creyente ya no tiene miedo, sino una feliz seguridad, y es lo que nos consuela con respecto a los creyentes que parten al cielo. Allí descansan junto al Señor.

Lo que queda es la aprehensión natural de ese momento final. Pero aquel que depositó su confianza en Jesús sabe que no se sentirá solo en ese momento. El Señor estará a su lado, le dará la paz y tomará su mano en ese viaje hacia la eternidad. “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo” (Salmo 23:4).

Deuteronomio 25 – Juan 15 – Salmo 119:89-96 – Proverbios 26:17-18

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

4 – Dios No Rompe Matrimonios

Iglesia Caminando por Fe

Serie: Familias Conforme a las Escrituras

4 – Dios No Rompe Matrimonios

Juan Manuel Vaz

Juan Manuel Vaz Salvador nació en Barcelona, España. Tras ser salvo, fue creciendo en el conocimiento de la Palabra y finalmente Dios le llamó al ministerio pastoral.

Juan Manuel es el fundador del ministerio ICPF, donde también sirve como pastor en la localidad de Hospitalet, en Barcelona. Además, ha escrito el libro La Iglesia Frente al Espejo.

Actualmente se dedica al pastorado y es conferenciante a nivel internacional.

El peligro de desviarnos

Soldados de Jesucristo

Octubre 30

Solid Joys en Español

El peligro de desviarnos

John Piper

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La obra del Espíritu Santo – Parte 2

9Marcas

Serie: Clases esenciales: Teología Sistemática

Clase 17/26

La obra del Espíritu Santo – Parte 2

Oremos antes de comenzar.

  1. Introducción

La semana pasada, cuando estudiamos la obra Espíritu Santo, terminamos hablando de su obra regenerativa, para producir el nuevo nacimiento.

Para que ese corazón de piedra se convierta en un corazón de carne (Ez. 36), Dios debe hacer una obra sobrenatural a través del Espíritu. Para el cristiano, es un dulce recordatorio de que Dios es «rico en misericordia»[1]. Como dice el himno:

«En rumbo a mi perdición indiferente aún

De mí tuviste compasión

Me guiaste a la cruz

Y contemplé tu gran bondad

Sufriste tú por mí

Al tú morir en mi lugar

Tu gracia recibí»[2].

No buscamos a Dios por ninguna superioridad moral: estábamos espiritualmente muertos (Efesios 2:1). No recibimos lo que merecíamos, recibimos su misericordia.

Este es un recordatorio útil para el evangelismo también. Nadie se convierte en cristiano por ser un apologista brillante o porque las circunstancias de la vida de esa persona son las correctas. La tarea del evangelismo es caminar hacia un cementerio espiritual y resucitar a los muertos. Ninguno de nosotros puede hacer eso por nosotros mismos, es una obra hecha por el Espíritu de Dios, y solo por él. Entonces compartimos el evangelio, amamos y oramos.

Cuando el Espíritu de Dios le da un nuevo corazón a un individuo, cuando una persona pasa de estar espiritualmente muerta a estar viva, es sensible a la obra de convicción del Espíritu.

  1. La obra del Espíritu Santo en la vida del creyente

A. Convicción

La Biblia nos dice que el Espíritu Santo convencerá al mundo de pecado, en Juan 16:7, Jesús dice: «Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado».

Para ayudarnos a entender cuál es la convicción de pecado, podemos ver lo que no es. En primer lugar, no es simplemente una conciencia culpable o incluso una vergüenza por el pecado. Tales sentimientos son experimentados naturalmente por casi todos. Pero esta no es la verdadera convicción de pecado.

En segundo lugar, la convicción de pecado no es una sensación de inquietud o un presentimiento de un castigo divino. Estos sentimientos también se experimentan comúnmente en los corazones y las mentes de los pecadores. Pero, nuevamente, la verdadera convicción de pecado es algo diferente.

En tercer lugar, la convicción de pecado no es solo conocimiento de lo correcto y lo incorrecto; no es un asentimiento a las enseñanzas de la Escritura acerca del pecado. Muchas personas leen la Biblia y son plenamente conscientes de que la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23). Pueden saber que «ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios» (Efesios 5:5). Incluso pueden estar de acuerdo en que «los malos serán trasladados al Seol, todas las gentes que se olvidan de Dios» (Salmo 9:17). Sin embargo, a pesar de todo su conocimiento, siguen viviendo en pecado. Ellos entienden las consecuencias, pero están lejos de ser convencidos de sus pecados.

La verdad es que si no experimentamos nada más que una punzada de conciencia, ansiedad ante el pensamiento de juicio o una conciencia académica del infierno, entonces nunca hemos conocido realmente la convicción de pecado. Entonces, ¿cuál es la convicción real de la que habla la Biblia?

La palabra convencer es una traducción de la palabra griega elencho, que significa «persuadir a alguien de la verdad; reprobar; acusar, refutar o interrogar a un testigo». Y eso describe la obra que el Espíritu Santo hace para lograr la convicción del pecado. El Espíritu Santo actúa como un fiscal que expone el mal, reprende a los malvados y convence a las personas de que necesitan un Salvador.

Esto es exactamente lo que vemos que sucede en Hechos después del día de Pentecostés. Pedro predica, y en Hechos 2:37: «Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?». A lo que Pedro responde: ¡Arrepiéntanse! ¡Crean! Aléjense de sus viejos caminos y recibirán el don del Espíritu Santo.

No podemos hacer que los demás se sientan convencidos de su pecado. Algunos de nosotros necesitamos escuchar esto ya que quizá hemos pensado lo contrario. Eso no significa que no debemos decir la verdad en amor unos a otros, significa que no tenemos el control de los resultados de nuestras palabras. En cambio, necesitamos confiar en Dios en oración.

Así que, por ejemplo, en las instrucciones de Pablo en 2 Timoteo 2:24, escribe: «Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido;  que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad». ¿Quién otorga el arrepentimiento? ¿Quién trae convicción y se mueve en el corazón del oyente? Es Dios el Espíritu Santo. Nosotros simplemente somos los carteros. Traemos la Palabra de Dios y luego oramos confiando en su obra para transformar los corazones. Y porque Dios es quien obra, nadie está fuera de su alcance.

La verdadera convicción es la influencia del Espíritu Santo en la vida de la persona no salva que la llevará a darse cuenta de que es culpable, que Dios es justo, y que todos los pecadores merecen juicio. Una vez que un pecador ha despertado a la gran necesidad de su alma, el Espíritu lo llevará a Cristo, el único Salvador y refugio del juicio (Juan 16:14). En todo esto, el Espíritu usa su «espada», la Palabra de Dios (Efesios 6:17), y el resultado es un corazón regenerado. «Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Romanos 10:17).

B. Unión con Cristo

Una segunda bendición es la unión del creyente con Cristo. En ese día cuando llegue el Consolador, Jesús dice en Juan 14:20, te darás cuenta de que yo estoy en el Padre, tú estás en mí, y yo estoy en ti. La obra del Espíritu es llevarnos a la unión con Cristo. Ya no solo Cristo mora entre nosotros, como lo hizo con los discípulos, sino que habita en nosotros por el Espíritu.

Esto es importante; de ​​hecho, el rol central del Espíritu es revelar a Cristo y unirnos a él con todos los que participan de su cuerpo[3]. ¡La frase «en Cristo» aparece unas 160 veces en los escritos de Pablo en el Nuevo Testamento!

En el Nuevo Testamento encontramos literalmente cientos de referencias a la unión del creyente con Cristo. Para citar solo algunos ejemplos, los creyentes son creados en Cristo (Efesios 2:10), crucificados con él (Gálatas 2:20), sepultados con él (Col. 2:12), bautizados en Cristo y su muerte (Ro. 6: 3), unidos a él en su resurrección (Romanos 6:5), y están sentados con él en los lugares celestiales (Efesios 2:6); Cristo es formado en los creyentes (Gálatas 4:19) y mora en nuestros corazones (Efesios 3:17); la iglesia es el cuerpo de Cristo (1 Corintios 6:1512:27); Cristo está en nosotros (2 Corintios 13:5) y nosotros estamos en él (1 Corintios 1:30); la iglesia es una sola carne con Cristo (Efesios 5:31-32); los creyentes obtienen a Cristo y se encuentran en él (Filipenses 3:8-9).

Además, en Cristo somos justificados (Ro. 8:1), glorificados (8:30), santificados (1 Corintios 1:2), llamados (1:9); hechos vivos (Efesios 2:5), creados de nuevo (2 Corintios 5:17), adoptados (Gálatas 3:26), y escogidos (Efesios 1:4-5). ¡Uf! ¡Todo esto sin referencia a los Evangelios y a las cartas de Juan! Basta decir que la unión con Cristo es una convicción del evangelio absolutamente fundamental de los apóstoles, preciada para ellos porque era tan preciada para su Señor.

¿Como sucedió esto? En Isaías 59:2, se nos dice que nuestro pecado ha «hecho división entre vosotros y vuestro Dios». Ante dicha situación, no hay esperanza para nosotros cuando estamos frente a Dios. Esa es una de las bellas realidades del evangelio: sabemos que Cristo vivió la vida perfecta que nosotros no pudimos vivir. El primer Adán falló (y cada descendiente después de eso, incluyéndote a ti y a mí); pero el segundo Adán, Cristo tuvo éxito.

Cuando Jesús fue bautizado en Mateo 3, el Padre dijo: este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia. Lejos de estar separado de Dios, Jesús complació al Padre en todos los sentidos. Luego murió una muerte no porque mereciera morir, sino que murió como un sustituto, un sacrificio para expiar el pecado de los demás. Una de las preguntas centrales del Nuevo Testamento es: ¿Cómo recibimos los beneficios de la vida perfecta de Cristo y la muerte sustitutiva?

¿La respuesta? ¡Debemos estar unidos a Cristo! Esto sucede gracias a la fe, de manera que Pablo escribe en Efesios 2:8«Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios». Pero debemos ir un poco más allá. En 1 Corintios 12:13, Pablo escribe: «Porque por[4] un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu».

Cuando nos arrepentimos de nuestro pecado y confiamos en Cristo, el Espíritu nos une a Cristo por fe. El Espíritu aplica lo que el Hijo logró. La persona ya no está separada de Dios por el pecado, sino que está unida a Cristo, lo que significa que recibe todos los beneficios de su muerte y resurrección. Sorprendentemente, eso significa que Dios nos ve como ve a su Hijo, de quien estamos revestidos (Gálatas 3:27). Por tanto, cuando leas que el Padre dice: «Este es mi Hijo, en quien tengo complacencia»… ¡Él está diciendo eso de ti si estás en Cristo!

Esa es nuestra posición delante de Dios. Pero aún así, nuestra santidad práctica debe ser forjada en nuestra humanidad. Esto es lo que el ministerio de Cristo a través del Espíritu hace por nosotros. No solo aplica las bendiciones de la justicia de Cristo a nosotros (justificación), sino que también trae esos recursos para influenciar la vida de los creyentes. Lo que nos lleva al tercer aspecto de la obra del Espíritu en el cristiano individual…

C. Santificación

El Espíritu Santo trabaja en el acto de la regeneración para unirnos a Cristo a través de la fe, el objetivo de su obra es transformarnos a la semejanza de Cristo. Y el proceso de esa obra de transformarnos a la semejanza de Cristo es lo que el Nuevo Testamento describe como santificación. La palabra significa santificar.

Entiendo que la palabra santificación pueda sonar irrelevante para ti, pero consideremos una serie de escenarios en los que la santificación funciona para ver cuán vital y crucial es en la vida cristiana.

Supongamos que siempre has ocultado fuentes privadas de ingresos al completar tus declaraciones de impuestos. Luego crees en Jesucristo como Salvador y Señor y comienzas a decir la verdad en tus declaraciones de impuestos, eso es santificación. Supongamos que te la pasas criticando a tu cónyuge, y entonces la Palabra de Dios habla a tu conciencia, comienzas a señalar menos y a buscar maneras de mostrar respeto, eso es santificación. Supongamos que vives con tu novia y conoces a Jesucristo y tienes el coraje de mudarte, eso es santificación. Entonces, mientras que la regeneración se refiere al nacimiento, la santificación se refiere al crecimiento. Crecimiento en vivir fervientemente en obediencia a Dios.

Y este cambio, esta renovación moral de nuestras almas es una obra del Espíritu Santo. Considera lo que dice Pablo en 1 Corintios 6:11: «Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios».

Segundo, nuestro crecimiento en santidad, nuestra santificación es una obra divina: es el fruto del Espíritu, Pedro escribe en 2 Pedro 1:3«Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder». ¡Es su divino poder!

Tercero, esta realidad del evangelio, esta obra divina no carece de esfuerzo. En cambio, el Espíritu de Dios mora en nosotros, trabaja y nos faculta para cumplir con nuestras responsabilidades. De manera que al escuchar el recordatorio de Pedro de que es el poder divino de Dios el que proporciona todo lo que necesitamos para la vida y la piedad no significa que no debemos hacer nada. El apóstol Pedro continúa escribiendo en 2 Pedro 1:5«vosotros también (porque el poder de Dios les ha dado todo [posición]), poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud…[5]».

Y el resultado del poder de Dios trabajando poderosamente a través de su Espíritu santificador es una vida llena de fruto. Recuerda lo que Pablo dice acerca del fruto que el Espíritu produce en la santificación.

Gálatas 5: 22-23 dice: «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza». La vida llena del Espíritu es una en la que el Espíritu Santo está obrando en nosotros produciendo estos frutos. Si el rol central del Espíritu es revelar a Cristo y unirnos a él, entonces la meta principal del Espíritu es rehacernos a la imagen de Cristo.

D. Intercesión

Otra obra del Espíritu en nuestras vidas es la intercesión a nuestro favor la oración. La oración es una expresión de adoración y devoción, así como de necesidad personal. Por ello, considera lo que dicen las Escrituras, nadie puede llamar a Jesús ‘Señor’ excepto por el Espíritu. Pablo dice en 1 Co. 12:3: «Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo».

Del mismo modo, nadie puede llamar a Dios ‘Padre’ por ese mismo Espíritu. Pablo dice en Gálatas 4:6: «Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!».

Es el Espíritu el que actúa en nosotros para revelarnos a Jesús como Señor y a Dios como Padre. Así, cuando Pablo instruye a los creyentes a ‘orar en el Espíritu’ en Efesios 6:18, no está instruyendo a los cristianos a orar extáticamente o ininteligiblemente. No, ‘orar en el Espíritu’ es análogo a ‘andar en el Espíritu’. ‘Andar en el Espíritu’ se refiere a vivir toda la vida en conformidad con la Palabra de Dios. Por tanto, ‘orar en el Espíritu’ es orar de conformidad con la voluntad y el propósito del Espíritu. ¿Y dónde se revela la voluntad del Espíritu? En la Palabra de Dios. Calvino llamó ‘orar en el Espíritu’, «comprometerse a aferrarse a las promesas de Dios hasta que surtan efecto».

En otro nivel, la oración es una expresión de debilidad y necesidad. La afirmación más clara del rol del Espíritu en nuestra vida de oración se expresa en la carta de Pablo a los Romanos en el capítulo 8, cuando dice: «…el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles… porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos».

El creyente aquí es retratado como tan débil que la oración coherente es imposible. Se convierte en un gemido. Pero este gemido es una indicación de la presencia y el ministerio del Espíritu. Algunos cristianos piensan que esto se refiere a hablar en lenguas o a la expresión extática. La imagen aquí empleada, tiene que ver con algo más común en la vida cristiana. Es una imagen de absoluta debilidad y necesidad, donde el creyente es demasiado débil para expresar su necesidad de forma coherente.

Y la gran gracia del ministerio del Espíritu es que incluso cuando los cristianos son demasiado débiles para hablar con oraciones coherentes, él efectúa la determinación del Padre de reunir a sus hijos en sus brazos y atraerlos a sus propósitos.

Qué gloriosa verdad es esta. Cuando no sabemos lo que deberíamos pedirle a Dios en nuestras vidas como cristianos y cuando no sabemos lo que deberíamos pedirle como iglesia, el Espíritu Santo intercede por nosotros. De hecho, sabemos esto intuitivamente cuando pensamos en nuestra conversión. Antes de ser cristianos, no buscábamos a Dios. No sabíamos lo que necesitábamos. Pero el Espíritu intervino por nosotros. Él regenera, convence, y luego continúa intercediendo por nosotros.

Esos momentos en los que no tenemos palabras, estamos confundidos y no sabemos a dónde acudir, es en esos momentos que, por su gran compasión y bondad, el Espíritu intercede de acuerdo con la voluntad de Dios. El Espíritu ora por nosotros, no simplemente en nuestra debilidad, sino en nuestra ignorancia, llevándonos a la voluntad de Dios. Qué increíble realidad para reflexionar.

E. Seguridad

Finalmente, el Espíritu Santo nos asegura que pertenecemos a Dios. Romanos 8:16 dice: «El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios». Esta es la forma más elevada de seguridad cristiana. No puedes tener una mayor seguridad de que eres cristiano que en esas ocasiones benditas cuando el Espíritu te testifica que perteneces a Dios. Y esto es más que una garantía intelectual. El Espíritu también nos da una seguridad experiencial operada en nuestros corazones espiritual y emocionalmente.

Piensa en un padre y su hijo pequeño caminando juntos de la mano. El hijo sabe que el padre lo ama. Pero digamos que el padre se agacha, levanta a su hijo y le da un gran abrazo. La experiencia del hijo del amor de su padre en ese momento será particularmente segura. Bueno, así sucede con la seguridad en nuestras propias vidas: hay temporadas en las que el Espíritu nos manifiesta el amor de Dios de una manera especial.

Ahora bien, la experiencia subjetiva del creyente no es la razón por la cual estamos seguros de nuestra salvación. Es decir, no decimos que tenemos seguridad porque sentimos que tenemos el Espíritu. No, en cambio tenemos seguridad basada en realidades objetivas: las promesas de Dios en las Escrituras, la obra terminada de Cristo en la cruz, la evidencia de la obra de Dios dentro de nosotros, etc.

Pablo escribe en Romanos: «Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él» (Romanos 8:7-9).

Puede haber momentos en la vida de un creyente donde no esté consciente de la presencia del Espíritu, pero el Señor ha prometido nunca dejarnos o abandonarnos, y no quitará su Espíritu de sus hijos.

  1. La obra del Espíritu Santo en la vida de la iglesia

La obra del Espíritu Santo no es simplemente para la edificación individual sino para la edificación de la iglesia, y aquí es donde ahora queremos dirigir nuestra atención. El Espíritu Santo trabaja para edificar a la iglesia.

Lo primero que debemos considerar es el rol del Espíritu en la inspiración de las Escrituras. En Juan 14:22-26, Jesús dice que las palabras divinas que ha traído a su pueblo no cesarán cuando él los deje. Más bien, él enviará al Consolador, y cuando él venga, «os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho». Pensamos en esto como la obra del Espíritu en la vida del creyente individual, y lo es. Pero primero, esta promesa fue dada a los apóstoles y encuentra su cumplimiento en las Escrituras del Nuevo Testamento.

2 Pedro 1:21«porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo».

Además de inspirar las Escrituras, el Espíritu levanta líderes dentro de la iglesia, como pastores, ancianos y diáconos, para guiar a su pueblo y ayudar a explicar estas palabras que dan vida. Al instruir a los ancianos en la iglesia de Éfeso, Pablo dice: «Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre» (Hechos 20:28).

El Espíritu Santo también trabaja activamente para fortalecer y alentar a la iglesia del nuevo pacto, como vemos en la iglesia primitiva en Hechos 9:31«Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo».

Si suceden cosas buenas aquí en CHBC, si estamos siendo guiados por aquellos con autoridad para enseñar y gobernar, y si estamos siendo alentados por el crecimiento que estamos viendo, entonces tenemos la obligación de alabar a Dios por eso, porque él es la fuente de esa fortaleza.

Entonces, vemos que el Espíritu está trabajando activamente en nosotros tanto individual como corporativamente.

Este puede ser un buen lugar para cerrar en oración, agradeciendo a Dios por su trabajo en nuestras vidas y nuestra iglesia.

Oremos.

La próxima semana será nuestra última clase acerca del Espíritu Santo. Veremos tres preguntas importantes, y a veces malentendidas:

1) ¿Qué significa ser lleno del Espíritu Santo?

2) ¿Qué es el bautismo del Espíritu Santo?

3) ¿Cómo deberíamos pensar de los dones del Espíritu Santo?

[1] Ef. 2:4

[2] Mi vida es Cristo de Sovereign Grace

[3] Ferguson, 100.

[4] Greek ἐν – véase pg. 197 Ferguson; Christ is the baptizer.

[5] Véase también Filipenses 2:12-131 Corintios 15:10Colosenses 1:28-29

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Mark Dever