La evangelización según Jesucristo
Alimentemos El Alma

Serie: La Evangelización
La teologĆa de dormir
La evangelización según Jesucristo
John MacArthur
Las instrucciones mĆ”s largas y detalladas de las Escrituras con respecto a la evangelización se encuentran en Marcos 4. Esta serie de parĆ”bolas es la Carta Magna de nuestro SeƱor en la evangelización, y el fundamento de su enseƱanza es la parĆ”bola de las tierras. El punto de esta ilustración va en contra de mucho del pensamiento evangelĆstico de hoy como lo demuestra que ni el estilo del evangelizador ni su adaptación del mensaje tienen en Ćŗltimo tĆ©rmino un impacto en los resultados de sus esfuerzos. Lo que JesĆŗs entendĆa por evangelización es una reprimenda sonora a los que suponen que la manera en que estĆ” vestido un pastor, el estilo o la mĆŗsica le ayudan a alcanzar a una cultura en particular o a una multitud, o que diluyendo el evangelio para hacerlo mĆ”s aceptable se producirĆ”n mĆ”s conversiones. La realidad es que el poder de Dios estĆ” en el mensaje, no en el mensajero.
Los discĆpulos estaban confundidos. HabĆan dejado sus casas, sus tierras, sus parientes y sus amigos (Marcos 10.28); habĆan dejado sus vidas pasadas para seguir a JesĆŗs, y creĆan que era el MesĆas largamente esperado y suponĆan que otros israelitas harĆan sacrificios similares y creerĆan tambiĆ©n en JesĆŗs. En vez de una conversión nacional, los discĆpulos encontraron tremenda animosidad. Los lĆderes judĆos odiaban a JesĆŗs y a sus enseƱanzas, mientras muchos de las multitudes solo estaban interesados en seƱales y milagros. Pocos se arrepentĆan y la duda estaba comenzando a apoderarse de los doce.
El problema no era la habilidad de JesĆŗs para atraer a una multitud. Cuando Ćl viajó por Galilea enseƱando, las multitudes fueron enormes, contĆ”ndose a menudo por decenas de miles. Los discĆpulos eran a menudo apretujados por las gentes. En ocasiones, JesĆŗs tenĆa que meterse en un bote y alejarse levemente de la orilla del lago para enseƱarles, escapando a duras penas del peso aplastante de los desesperados buscadores de milagros.
Pero pese a lo fascinante e impresionante de la escena, no daba como resultado verdaderos creyentes. Las personas no se arrepentĆan de manera genuina y no aceptaban a JesĆŗs como Salvador. Aun las propias expectativas de los discĆpulos no se estaban cumpliendo. Las profecĆas de IsaĆas 9 y 45 hablaban de un dĆa cuando el reino del MesĆas serĆa global y sin fin. Para cuando ocurren los acontecimientos de Marcos 4, el ministerio del SeƱor habĆa sido pĆŗblico por dos aƱos y la noción de que JesĆŗs establecerĆa esa clase de reino parecĆa lejos de la realidad. Por eso, pocas personas eran sinceras en seguirle. El Antiguo Testamento describe al MesĆas como trayendo a Israel tanto la salvación nacional como la supremacĆa internacional. Las multitudes estaban interesadas mĆ”s bien en los milagros, las sanidades y la comida que en la salvación de sus pecados.
AsĆ que no era para sorprenderse que los discĆpulos tuvieran preguntas. Si JesĆŗs era de verdad el MesĆas, Āæpor quĆ© muchos de sus seguidores eran tan superficiales? ĀæCómo era que el MesĆas, por tanto, tiempo esperado viniera a Israel solo para ser rechazado por los lĆderes religiosos de la nación? ĀæY por quĆ© no exigĆa poder y autoridad para establecer el reino prometido como el cumplimiento de todo lo que se habĆa propuesto en los pactos nuevo, davĆdico y abrahĆ”mico?
El asunto era este: JesĆŗs predicaba un mensaje que requerĆa un sacrificio radical de sus seguidores. Por otro lado, seguir a Cristo era muy atrayente. OfrecĆa libertad del laberinto de opresivas reglas hechas por el hombre e impuestas por los fariseos (Mateo 11.29ā30; cp. 17.25ā27). Seguir a Cristo era atemorizante, porque requerĆa encontrar la puerta estrecha, negĆ”ndose a sĆ mismo, y obedecerle hasta el punto de estar dispuestos a morir por Ćl (Mateo 7.13ā14; Marcos 8.34). Seguir a JesĆŗs requerĆa reconocer su divinidad y que fuera de Ćl no hay salvación ni ninguna otra manera para reconciliarse con Dios (Juan 14.6). TambiĆ©n significaba el completo abandono del judaĆsmo que se enfocaba en la prĆ”ctica religiosa en lugar de en un corazón penitente vuelto a Dios.
Muchos judĆos esperaban que el MesĆas les librara de la ocupación romana, pero JesĆŗs se negó a hacerlo. En su lugar, predicó un mensaje de arrepentimiento, sumisión, sacrificio, devoción radical y exclusividad. Las masas fueron atraĆdas por los milagros que realizaba y por el poder que poseĆa; sin embargo, los discĆpulos percibieron que su enfoque, tan poderoso y veraz como era, no volvĆa a los curiosos en convertidos. Cuando le preguntaron: Ā«SeƱor, Āæson pocos los que se salvan?Ā» fue una pregunta honesta nacida de la realidad de lo que experimentaban (Lucas 13.23). QuiĆ©n sabe si los discĆpulos llegaron a pensar que JesĆŗs deberĆa modificar su mensaje, aunque fuera ligeramente, para conseguir la respuesta de la gente.
NO ES EL MENSAJERO SINO EL MENSAJE
De muchas formas, el evangelicalismo actual estÔ igualmente confundido. A menudo he notado que el mito dominante en el evangelicalismo es que el éxito del cristianismo depende de cuÔn popular sea. El principio es que, si el evangelio va a seguir teniendo pertinencia, el cristianismo debe adaptarse y apelar a las últimas tendencias culturales.
Este modo de pensar por lo general limitado a la multitud de buscadores de emociones hace poco que ha aparecido mĆ”s en cĆrculos reformados. Hay movimientos que estarĆan de acuerdo con las verdades de la predestinación, la elección y la depravación total, pero que tambiĆ©n, inexplicablemente, exigen que los pastores actĆŗen como estrellas de rock en vez de como humildes pastores. Influenciadas por la retórica emocional de la mala teologĆa, las personas toleran la idea de que la sagacidad cultural de un pastor determina cuĆ”n exitoso es su mensaje y cuĆ”n influyente serĆ” su iglesia. La actual metodologĆa de crecimiento de la iglesia dice que si un evangelizador quiere Ā«llegar a la culturaĀ» (cualquier cosa que esto signifique), debe imitar la cultura. Pero tal enfoque es contrario al paradigma bĆblico. El poder del EspĆritu en el evangelio no se encuentra en el mensajero, sino en el mensaje. De modo que la motivación detrĆ”s de los buscadores compulsivos podrĆa ser noble, pero estĆ” seriamente mal encaminada.
Cualquier esfuerzo para manipular el resultado de la evangelización cambiando el mensaje o estilizando al mensajero es un error. La idea de que mĆ”s personas se arrepentirĆ”n si solo el predicador se hace mĆ”s atrayente o chistoso invariablemente darĆ” lugar a que la iglesia sufra en carne propia un desfile ridĆculo de tipos que actĆŗan como si su encanto personal pudiera llevar a las personas a Cristo.
Este error conduce a la noción daƱina de que la conducta de un pastor y un discurso deberĆan ser determinados por la cultura en la cual Ć©l ministra. Si trata de alcanzar a una cultura de personas no relacionadas con ninguna iglesia, algunos abogarĆan que Ć©l debiera hablar como los que nunca han tenido relación con una iglesia, aun cuando el comportamiento de ellos no sea santo. Hay muchos problemas con esa clase de lógica, pero en primer lugar estĆ” la falsa suposición que un pastor puede confeccionar conversiones verdaderas luciendo o actuando de cierta forma. La verdad final es que solo Dios tiene el control de si los pecadores se salvarĆ”n o no como resultado de cualquier sermón.
En realidad, las verdades duras del evangelio no propician ganar popularidad e influencia dentro de la sociedad secular. Tristemente, muchos predicadores desean ardientemente la aceptación cultural que estÔn en verdad dispuestos a alterar el mensaje de salvación de Dios y su estÔndar de santidad con tal de lograr esa aceptación. El resultado, por supuesto, es otro evangelio que no es el evangelio.
Tales componendas no hacen nada por incrementar el testimonio de la iglesia dentro de la cultura. De hecho, tienden al efecto opuesto. Al crear un evangelio sintético, facilitan que las iglesias se llenen de personas que no se han arrepentido de sus pecados. En lugar de hacer al mundo como la iglesia, tales esfuerzos tienen solo el éxito de hacer la iglesia mÔs como el mundo. Esta precisamente fue la enseñanza de Jesús en Marcos 4 para evitar esto.
LA PARĆBOLA DE LAS TIERRAS
Los discĆpulos, realmente preocupados porque otros creyeran, estaban asombrados que las multitudes no se estaban arrepintiendo. QuizĆ” en algĆŗn momento hayan dudado de la conveniencia del mensaje duro, exigente y acusador que predicaba JesĆŗs.
Si tal fue el caso, el SeƱor respondió a esta creciente marea de dudas diciĆ©ndoles a los discĆpulos una serie de parĆ”bolas y proverbios acerca de la evangelización. Un aƱo antes de que les diera la Gran Comisión, JesĆŗs usó esta serie de parĆ”bolas como su fundamento para la instrucción con respecto al tema de la evangelización (Marcos 4.1ā34). Marcos le dedica mĆ”s espacio a esta que a ninguna otra enseƱanza en su Evangelio y el punto principal es la parĆ”bola inicial, una historia acerca de un agricultor esparciendo semillas:
OĆd: He aquĆ, el sembrador salió a sembrar; y al sembrar, aconteció que una parte cayó junto al camino, y vinieron las aves del cielo y la comieron. Otra parte cayó en pedregales, donde no tenĆa mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenĆa profundidad de tierra. P ero salido el sol, se quemó; y porque no tenĆa raĆz, se secó. Otra parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron, y no dio fruto. Pero otra parte cayó en buena tierra, y dio fruto, pues brotó y creció, y produjo a treinta, a sesenta, y a ciento por uno. (Marcos 4.3ā8)
Esta ilustración es una explicación paradigmĆ”tica de a quĆ© deberĆa parecerse la evangelización. EstĆ” diseƱada para contestar una pregunta bĆ”sica que, tarde o temprano, todos los evangelizadores se formularĆ”n: ĀæPor quĆ© algunas personas responden al evangelio mientras que otras no? La respuesta a esta pregunta aclara la esencia de la evangelización.
EL SEMBRADOR PERDIDO
La parƔbola de las tierras comienza con un agricultor. Lo que es sorprendente acerca de Ʃl es quƩ poco control en realidad tiene del crecimiento de los cultivos. No se usan adjetivos para describir su estilo o su habilidad, y en una subsiguiente parƔbola nuestro SeƱor describe a un sembrador que planta, regresa a casa y se va a dormir:
DecĆa, ademĆ”s: AsĆ es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra; y duerme y se levanta, de noche y de dĆa, y la semilla brota y crece sin que Ć©l sepa cómo. Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero hierba, luego espiga, despuĆ©s grano lleno en la espiga; y cuando el fruto estĆ” maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado. (Marcos 4.26ā29)
JesĆŗs dice que el agricultor desconoce cómo se transforma la semilla en una planta madura. DespuĆ©s de sembrar la semilla, el agricultor Ā«duerme y se levanta, de noche y de dĆa, y la semilla brota y crece sin que Ć©l sepa cómoĀ».
Esta ignorancia no es Ćŗnica para este agricultor en particular, sino que es cierta de todo el que siembra. El crecimiento de la semilla es un misterio que aun el agricultor mĆ”s adelantado no puede explicar. Y esta realidad es la clave para toda la parĆ”bola. JesĆŗs explica que la semilla representa el evangelio y el agricultor representa al evangelizador (v. 26). El evangelizador esparce la semilla; es decir, explica el evangelio a las personas, y algunas de esas personas creen y reciben vida. Cómo ocurre, es un misterio divino para el evangelizador. Una cosa es clara, sin embargo: Aunque es el medio humano, finalmente no depende de Ć©l. El poder del evangelio estĆ” en el obrar del EspĆritu, no en el estilo del sembrador (Romanos 1.16; 1 Tesalonicenses 1.5; 1 Pedro 1.23). Es el EspĆritu de Dios quien resucita las almas de muerte a vida, no los mĆ©todos o las tĆ©cnicas del mensajero.
El apóstol Pablo comprendió este principio. Cuando llevó el evangelio a Corinto, inició la iglesia y la dejó al cuidado de Apolos. MĆ”s tarde, describirĆa la experiencia de este modo: Ā«Yo plantĆ©, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado DiosĀ» (1 Corintios 3.6). Dios fue el que en verdad trajo a los pecadores a sĆ mismo, cambió sus corazones e hizo que ellos fueran santificados. Tanto Pablo como Apolos fueron fieles, pero con toda seguridad no eran la explicación para el crecimiento y la vida sobrenaturales. Esta verdad dio lugar a que Pablo dijera: Ā«AsĆ que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimientoĀ» (1 Corintios 3.7).
De manera intencional JesĆŗs resalta la falta de influencia del agricultor sobre el crecimiento de la semilla. De hecho, JesĆŗs hace Ć©nfasis en que el agricultor, despuĆ©s de plantar la semilla, simplemente se fue a casa y se durmió. Esto es directamente anĆ”logo a la evangelización. Para que una persona sea salva, es el EspĆritu de Dios el que tiene que atraerle y regenerar su alma (Juan 6.44; Tito 3.5). Esto es contrario de la noción de que los resultados de la evangelización pueden ser influidos por el vestuario del pastor o la clase de mĆŗsica que se pone antes del mensaje. Un agricultor podrĆa llevar sus semillas en una arpillera o una bolsa de cachemira y ni lo uno ni lo otro tendrĆa efecto alguno en el crecimiento de la semilla. El pastor que piensa que pantalones vaqueros de marca harĆ”n su mensaje mĆ”s aceptable es semejante a un agricultor que invierte en una bolsa de semilla de marca esperando que con ello el terreno serĆ” mĆ”s receptivo para sus semillas.
No se equivoque pensando que estoy diciendo que los predicadores deberĆamos usar solo trajes azul oscuro. El punto de JesĆŗs no es si el evangelizador deberĆa llevar puesta una corbata y cantar himnos. La parĆ”bola entera declara que hasta donde la evangelización llega, simplemente no tiene importancia lo que el evangelizador lleva puesto o cómo se arregla el cabello. Tales apariencias externas no son las que hacen crecer la semilla. Cuando las personas arguyen que si un pastor se comporta como un segmento particular de una cultura logra alcanzar mejor a esa cultura, fracasan en comprender el punto de vista de JesĆŗs.
Todo lo que el agricultor puede hacer es sembrar y todo lo que el evangelizador puede hacer es proclamar. Como predicador, si pensara que la salvación de alguien estĆ” en dependencia de mi adherencia a algĆŗn aspecto sutil de la cultura, no podrĆa dormir. Pero, por el contrario, sĆ© que Ā«conoce el SeƱor a los que son suyosĀ» (2 Timoteo 2.19). No es una coincidencia que en el Nuevo Testamento nunca se llama a los evangelizadores como teniendo la responsabilidad por la salvación de otra persona. MĆ”s bien, habiendo proclamado el mensaje fielmente, se nos llama a descansar en la soberanĆa de Dios.
Por supuesto, el hecho de que el agricultor se haya ido a dormir no es una excusa para la pereza. EstĆ” equivocado quien piensa que el estilo del evangelizador decide quiĆ©nes y cuĆ”ntos se salvarĆ”n. Pero hay tambiĆ©n el igualmente serio error de tomar como excusa la soberanĆa de Dios para no evangelizar. A menudo designado como hĆper calvinismo, este punto de vista asume de forma incorrecta que como los evangelizadores no son capaces de regenerar a alguien, entonces la evangelización misma no es necesaria.
Pero esa perspectiva también pierde el punto de vista de la enseñanza de Jesús. El agricultor durmió, pero solo después de que diligentemente sembró su semilla. Un agricultor que piensa: «No puedo hacer que la semilla crezca, ¿por qué me voy a molestar en plantarla?», no serÔ un agricultor por mucho tiempo.
La verdad es que la descripción del agricultor hecha por JesĆŗs provee el modelo para la evangelización. El evangelizador debe plantar la semilla del evangelio, sin la cual nadie puede ser salvo (Romanos 10.14ā17). Entonces debe confiar en Dios para los resultados, ya que solo el EspĆritu puede dar vida (Juan 3.5ā8).
LA SEMILLA DESAPROVECHADA
No solo es irrelevante el estilo del agricultor para el Ć©xito de sus cultivos, sino que JesĆŗs tampoco sugiere que el sembrador deberĆa alterar su semilla para facilitar su crecimiento. La parĆ”bola de las tierras muestra seis resultados del proceso de sembrar, pero en ningĆŗn lugar se dice que los resultados dependan de la habilidad del sembrador.
La ausencia de anĆ”lisis acerca de la semilla tambiĆ©n concuerda con la evangelización. JesĆŗs asume que los cristianos evangelizarĆ”n usando la semilla verdadera: el evangelio. Alterar el mensaje no es una opción. A los creyentes se les advierte contra manipular indebidamente el mensaje como un todo (GĆ”latas 1.6ā9; 2 Juan 9ā11). La Ćŗnica variable en esta parĆ”bola es la tierra. Si un evangelizador frustrado mira cuĆ”n difĆcil es su tarea o cuĆ”n cerrada su cultura parece ser para el evangelio, el problema no estĆ” en el mensajero fiel o en el evangelio verdadero; mĆ”s bien recae sobre la naturaleza del terreno en el que se echa la semilla verdadera.
JesĆŗs describe diferentes tipos de tierra en los que se depositan las semillas; algunos no producen fruto de salvación, pero otros sĆ. Los seis describen un cuadro de las respuestas inevitables a la evangelización, ya que las tierras representan condiciones diversas del corazón humano.
La siembra en el camino
La primera clase de tierra definitivamente no es receptiva. En Mateo 13.4 se describe una parte de la semilla cayendo Ā«junto al caminoĀ». Los campos en Israel no estaban cercados o amurallados. En lugar de cercas, habĆa rutas que entrecruzaban los campos, haciendo bordes. Estas sendas se dejaban a propósito sin cultivar. Ya que el clima en Israel es Ć”rido y caliente, las rutas eran caminos apisonados tan duros como el pavimento para los pies de los que los atravesaban. Si la semilla caĆa sobre esas sendas, las aves que seguĆan al sembrador descenderĆan rĆ”pidamente y la arrebatarĆan.
Jesús relaciona este arrebatamiento de la semilla con la actividad de SatanÔs. La tierra compactada del camino representa el corazón duro en el que la semilla del evangelio no penetra, quedando en la superficie para ser comida para las aves. Es un cuadro de los que, estando sujetos a la esclavitud por SatanÔs, no tienen ningún interés en la verdad. Habiendo rechazado el evangelio, sus corazones solo se vuelven cada vez mÔs encallecidos. Mientras mÔs pise el camino el agricultor, sea que esté echando la semilla o no, mÔs dura se vuelve la tierra.
Alguien podrĆa pensar que este tipo de tierra describe los corazones de los peores, mĆ”s atroces e irreligiosos pecadores imaginables. Pero en realidad, JesĆŗs se refiere a los lĆderes religiosos de Israel que estaban intensa y devotamente comprometidos con la moralidad externa, la ceremonia religiosa, y las formas tradicionales de culto. Pero habiendo rechazado al MesĆas, tambiĆ©n se perdieron completamente. Fueron prueba de que ser Ā«religiosoĀ» no es indicación de un corazón suave. MĆ”s bien, mientras mĆ”s profundo el corazón se arraiga en la religión hecha por el hombre, mĆ”s impenetrable se vuelve. La Ćŗnica esperanza es desbaratar por la fuerza la tierra dura, como el aplastar fortificaciones de piedra a que se refiere Pablo en 2 Corintios 10.3ā5:
Pues, aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.
La siembra en pedregales
El segundo tipo de tierra se compara con Ā«pedregales, donde no tenĆa mucha tierraĀ» (Marcos 4.5; vĆ©ase tambiĆ©n 4.16). Antes de que los agricultores sembraran sus campos, quitaban todas las piedras que podĆan lo cual demandaba un gran esfuerzo. Algunos rabinos acostumbraban a decir que cuando Dios decidió poner piedras en la tierra echó la mayor parte de ellas en Israel. AsĆ que debajo del alcance del arado habĆa a menudo un manto rocoso de piedra caliza. A esto es a lo que se refiere JesĆŗs aquĆ.
Cuando la semilla caĆa sobre esta clase de tierra, se asentaba en el enriquecedor y suave terreno labrado por el arado. Al encontrar agua, la semilla se desarrollarĆa, comenzarĆa a echar raĆces y a abrirse camino hacia la superficie. Pero debido a que pronto habrĆan de encontrarse con el lecho rocoso, las jóvenes raĆces no podrĆan dar firmeza a la planta. La planta procesarĆa rĆ”pidamente los nutrientes que encontrara en la tierra con lo cual se desarrollarĆa sin problema; sin embargo, al empezar a recibir la luz del sol, requerirĆa mĆ”s humedad. Pero como las raĆces no podĆan penetrar en el lecho rocoso para conseguir sus nutrientes, la frĆ”gil planta terminarĆa secĆ”ndose bajo los rayos del sol.
JesĆŗs comparó esta tierra con alguien que oye el evangelio e inmediatamente responde con alegrĆa (Mateo 13.20). Su respuesta rĆ”pida podrĆa conducir al evangelizador a engaƱarse pensando que la conversión fue genuina. Inicialmente, este Ā«convertidoĀ» muestra un cambio dramĆ”tico, al absorber y aplicar toda la verdad que le rodea. Pero semejante a la semilla que se chamusca con rapidez, la vida aparente es superficial y temporal. Porque no hay profundidad en la respuesta emotiva o egocĆ©ntrica del pecador, ningĆŗn fruto puede venir de ella.
La naturaleza verdadera de esta conversión falsa se trasluce pronto en el calor del sufrimiento, del sacrificio propio y de la persecución. Tales adversidades son demasiado para que el corazón poco profundo las resista.
La siembra entre espinos
La tercera clase es una tierra llena de espinos (Marcos 4.7, 18). Esta tierra es engaƱosa. Ha sido arado y da la apariencia de estar fĆ©rtil, pero debajo de la superficie acecha una red de raĆces silvestres capaces de producir una plaga de cizaƱa. Cuando la buena semilla se ve forzada a competir por vivir contra cardos y espinos, los cultivos del agricultor terminarĆ”n ahogĆ”ndose. Las malas hierbas roban la humedad de la semilla y le impiden recibir la luz del sol. Como consecuencia, la buena semilla muere.
La palabra que JesĆŗs usa para espinos es el tĆ©rmino griego į¼ĪŗĪ±Ī½ĪøĪ± (akantha), que es una clase particular de mala hierba espinosa comĆŗn en el Oriente Medio y que se encuentra con frecuencia en terrenos cultivados. Es la misma palabra usada en Mateo 27.29 para referirse a la corona de espinas colocada en la cabeza de nuestro SeƱor. Estas plantas indeseadas eran comunes y peligrosas para los cultivos.
Jesús compara esta tierra cubierta de maleza con las personas que oyen el evangelio, pero «los afanes de este siglo, y el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas, entran y ahogan la palabra, y se hace infructuosa» (Marcos 4.19). Si la tierra rocosa significaba emoción superficial y si los del borde del camino representaban el engaño religioso impulsado por la autoestima y el interés propio, la tierra espinosa describe a una persona vacilante. Cuando el corazón de alguien estÔ cautivo por las cosas del mundo, su arrepentimiento sobre el pecado no es genuino. Su corazón estÔ dividido entre los placeres terrenales y temporales y las realidades celestiales y eternas. Pero estas cosas se excluyen mutuamente.
Los espinos tienen correlación con Ā«los afanes de este sigloĀ», y esta frase aĆŗn podrĆa ser mejor traducida como Ā«las distracciones de la Ć©pocaĀ» (Marcos 4.19). El corazón con espinos estĆ” ocupado por cualquiera de las cosas mundanas que preocupan a la cultura. Es el corazón que ama al mundo y todas las cosas que hay en el mundo, y por eso el amor de Dios no estĆ” en Ć©l (vĆ©ase 1 Juan 2.15; Santiago 4.4).
Los que intentan evangelizar acomodĆ”ndose a la cultura no pueden evitar cultivar en esta clase de tierra. La semilla puede caer bastante bien, pero cuando crece, el amor al mundo expondrĆ” lo que la profesión de fe es en realidad: Otra acción temporal y superficial de un corazón que todavĆa permanece cautivo al mundo.
Las semillas del evangelio caen sobre los oyentes de al lado del camino, sobre los oyentes de entre pedregales y sobre los oyentes de entre los espinos. En cada uno de estos casos, el evangelio no fructifica. Al dar esta analogĆa poderosa y evidente, el SeƱor nunca sugiere que se deberĆa culpar al agricultor por la respuesta negativa. El problema no es un evangelizador que no fue hĆ”bil o lo bastante popular. MĆ”s bien, el problema estĆ” en la tierra. Los pecadores rechazan el evangelio porque aborrecen la verdad y aman su pecado. Es por eso por lo que el evangelio, fielmente proclamado, puede ser arrebatado por SatanĆ”s, matado por autoestima o sofocado por el mundo.
La siembra en buena tierra
Puede haber corazones que rechacen la salvación, pero Jesús también describe corazones que reciben el evangelio. El Ônimo llega cuando Jesús dice: «Pero otra parte cayó en buena tierra, y dio fruto, pues brotó y creció, y produjo a treinta, a sesenta, y a ciento por uno» (Marcos 4.8). La buena tierra es profunda, suave, enriquecida y limpia. Ni SatanÔs, ni la carne, ni el mundo pueden sofocar el evangelio cuando es plantado en esta clase de corazones.
Casi todas las parĆ”bolas de JesĆŗs contienen un elemento chocante e inesperado, y la parĆ”bola de las tierras no es la excepción. Hasta este momento esta analogĆa con las actividades del campo les habrĆa sido familiar a los discĆpulos o a cualquier israelita. Ellos dependĆan completamente de su agricultura, y su tierra estaba cubierta de campos de grano. ComprendĆan el peligro de las aves, las piedras y la maleza. Todo eso era muy comĆŗn. Pero JesĆŗs abandona lo familiar para describir un resultado que nadie habrĆa alguna vez esperado: una cosecha al treinta, al sesenta y aun al ciento por uno. Un promedio de cosecha podrĆa alcanzar un sĆ©xtuplo, y un cultivo que produjera diez veces mĆ”s serĆa considerado una cosecha de una sola vez en la vida. AsĆ es que cuando JesĆŗs dijo que hasta una de las semillas del agricultor podrĆa producir hasta cien veces, eso tiene que haber producido conmoción en los discĆpulos.
Si no es parte de una sociedad agraria, usted podrĆa no entender el disparate de JesĆŗs al describir una semilla que puede producir al 10.000 por ciento. Todas las ilustraciones dejan de ser Ćŗtiles en un cierto punto y este es precisamente el punto donde la analogĆa agraria ya no es aplicable a la evangelización. Al describir una cosecha tan grande, JesĆŗs estĆ” indicando que el evangelio puede producir vida espiritual en mĆŗltiplos que son imposibles excepto por el propio poder de Dios.
La preparación del corazón para el evangelio es la tarea del EspĆritu Santo. Solo Ćl convence (Juan 16.8ā15), regenera (Juan 3.3ā8) y justifica (GĆ”latas 5.22ā23). La obra en el corazón es del dominio de Dios:
EsparcirĆ© sobre vosotros agua limpia, y serĆ©is limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros Ćdolos os limpiarĆ©. Os darĆ© corazón nuevo, y pondrĆ© espĆritu nuevo dentro de vosotros; y quitarĆ© de vuestra carne el corazón de piedra, y os darĆ© un corazón de carne. Y pondrĆ© dentro de vosotros mi EspĆritu, y harĆ© que andĆ©is en mis estatutos, y guardĆ©is mis preceptos, y los pongĆ”is por obra. (Ezequiel 36.25ā27; cp. JeremĆas 31.31ā33)
Tal como Salomón preguntó retóricamente: «¿Quién podrÔ decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado?» (Proverbios 20.9). La respuesta, por supuesto, es nadie.
Mientras hay explicaciones de por quĆ© las personas rechazan el evangelio, tanto satĆ”nicas como humanas, el arrepentimiento verdadero es sobrenatural. En ningĆŗn lugar se observa esta verdad con mĆ”s claridad que en la conversión del ladrón en la cruz (Lucas 23.39ā43; cp. Mateo 27.38ā44). Su conversión no pudo haber sido mĆ”s improbable, al ocurrir en un momento cuando JesĆŗs daba la apariencia de ser un fracaso colosal. El SeƱor parecĆa dĆ©bil, derrotado, victimizado y sin poder para salvarse a sĆ mismo, muchos menos a otro. JesĆŗs estaba deshonrado, sus enemigos triunfantes y sus seguidores ausentes. La marea de la opinión pĆŗblica estaba contra Ćl, y el comentario sarcĆ”stico, por parte del primer ladrón, era la respuesta apropiada y comprensible.
Dios, sin embargo, obró su habilidad sobrenatural de salvación en el segundo ladrón y en contra de la razón natural, este se arrepintió y creyó. ¿Por qué este rebelde moribundo aceptó a un hombre sangrante y crucificado como su Señor? La única respuesta es que fue un milagro de gracia y el resultado de la intervención divina. Antes de los terremotos sobrenaturales, la oscuridad y las tumbas abiertas, este hombre creyó porque la semilla del evangelio cayó en tierra fértil, preparada por la mano de Dios. Su conversión da testimonio del hecho de que no es el estilo o la fuerza del hombre los que salvan, sino el poder de Dios.
Ya que Dios produce ese cambio de corazón, el resultado serĆ” evidente en cada vida transformada, sin embargo, diferente en alcance, y mucho mĆ”s allĆ” de lo que los discĆpulos alguna vez podrĆan haber soƱado. El evangelio pronto estallarĆa en una cosecha espiritual, comenzando en PentecostĆ©s y continuando exponencialmente hasta el Ćŗltimo dĆa del reino terrenal de Cristo. El poder para esta multiplicación es sobrenatural, pero la manera es el fiel testimonio de creyentes verdaderos.
Lo asombroso del evangelio es que es obra de Dios. Sembramos la semilla al compartir el evangelio, entonces nos vamos a dormir, y el EspĆritu obra mediante el evangelio para dar vida. No controlamos quiĆ©n se salva, porque el EspĆritu va donde Ćl quiera (Juan 3.8). No sabemos cómo ocurre, no mĆ”s que lo que un agricultor sabe cómo una semilla en la tierra se convierte en alimento. Nuestro trabajo no es impartir vida, solo plantar la semilla. Una vez que hemos hecho esto, podemos descansar en el poder soberano de Dios.
CĆMO APLICARNOS PARA LA EVANGELIZACIĆN
La verdad en esta parĆ”bola deberĆa tener un efecto profundo en cómo vemos la evangelización. Y motivarnos a evangelizar estratĆ©gica, humilde, obediente y confiadamente.
EstratƩgicamente
JesĆŗs enseƱa que ciertas clases de tierras permiten que la semilla crezca con gozo en lugar de ser ahogada o que se seque. Este hecho deberĆa ser suficiente para demostrar la insensatez de hacer del evangelio algo que apela solo a las emociones. Nada es un guĆa menos confiable con respecto a la fe verdadera que las emociones, ya que ni el gozo ni el pesar son necesariamente indicativos de arrepentimiento verdadero (vĆ©ase 2 Corintios 7.10ā11). Cuando el evangelizador apunta a los sentimientos del pecador o basa la seguridad de la salvación en una experiencia emocional, estĆ” dirigiendo el evangelio a corazones superficiales. Tal enfoque inicialmente puede dar la apariencia de ser impresionante, ya que la tierra poco profunda se ve bien de corto plazo. Pero no da como resultado conversiones duraderas.
Tampoco el evangelizador deberĆa manipular la voluntad apelando a los deseos naturales del pecador. Es normal que pecadores esperen con ilusión mejores cosas para ellos mismos, como salud, riqueza, Ć©xito y realización personal. Pero el evangelio nunca ofrece lo que el corazón no comprometido e impuro ya quiere. Solo los falsos maestros usan el orgullo y los deseos de la carne para coaccionar una respuesta positiva de las personas. Por contraste, el evangelio verdadero ofrece lo que es incongruente para el deseo humano natural. Como JesĆŗs lo dijo a sus seguidores:
No pensĆ©is que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serĆ”n los de su casa. El que ama a padre o madre mĆ”s que a mĆ, no es digno de mĆ; el que ama a hijo o hija mĆ”s que a mĆ, no es digno de mĆ; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mĆ, no es digno de mĆ. El que halla su vida, la perderĆ”; y el que pierde su vida por causa de mĆ, la hallarĆ”. (Mateo 10.34ā39)
El verdadero arrepentimiento y la fe en Cristo niegan los anhelos depravados comunes de la voluntad humana.
De cierto, de cierto os digo, que, si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. El que ama su vida, la perderĆ”; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardarĆ”. Si alguno me sirve, sĆgame; y donde yo estuviere, allĆ tambiĆ©n estarĆ” mi servidor. Si alguno me sirviere, mi P adre le honrarĆ”. (Juan 12.24ā26)
Si ni la emoción cruda ni el deseo racional son un indicador confiable de fe verdadera, entonces ĀæquĆ© lo es? Como Jonathan Edwards correctamente observó, un indicador responsable es un Ā«corazón humilde y quebrantado que ama a DiosĀ». Ćl escribió:
Los deseos de los santos, no importa cuĆ”n fervorosos sean, son deseos humildes; su esperanza es una esperanza humilde; su gozo, aunque indecible y lleno de gloria, es un gozo del corazón quebrantado y humilde que deja al cristiano mĆ”s pobre de espĆritu, mĆ”s semejante a un niƱo pequeƱo, mĆ”s dispuesto a una humildad universal de comportamiento.
SegĆŗn Edwards, la evangelización no deberĆa dirigirse a influir en las emociones o a manipular la voluntad porque esas cosas no son solo fĆ”ciles de alcanzar, sino que no son seƱales seguras de conversión. MĆ”s bien, Ā«una vida santa es la seƱal principal de la graciaĀ». Una vida santa fluye de un corazón santo, el cual produce afectos santos dirigidos por el Santo. Esto es solo posible cuando la mente del pecador es persuadida a ver su pecado tal como es y al evangelio como su Ćŗnica solución.
Humildemente
La verdad es que el poder del evangelio estĆ” en las manos de Dios, no en las nuestras. Por lo tanto, deberĆamos evangelizar con humildad. Por Ā«humildadĀ» no queremos decir incertidumbre, tolerancia ecumĆ©nica o alguna otra distorsión posmoderna del tĆ©rmino. MĆ”s bien, entendemos por humildad el sentido bĆblico de temblar ante Dios y su Palabra (IsaĆas 66.2), evitando cualquier noción orgullosa que nos pudiera hacer tan osados como para cambiar su mensaje o tan engreĆdos como para tomar el mĆ©rito por la obra de Ćl.
El poder del evangelio estĆ” en su verdad invariable, y una semilla mutante producirĆ” un producto mutante. AdemĆ”s, el evangelizador no deberĆa intentar hacer atractivo a JesĆŗs para los pecadores. JesĆŗs es atractivo en sĆ mismo. Pero las personas estĆ”n cegadas a sus atributos a causa de su pecado. No es suficiente alentar a las personas a activar sus voluntades egoĆstas o a incitar sus emociones inconstantes. En lugar de eso deben ser llamados a llorar por su pecado al punto del arrepentimiento genuino. De modo que explicar la profundidad del pecado y el castigo que merece es una parte esencial de la evangelización bĆblica. Un pecador debe escuchar que su pecado le acusa y le condena porque ofende a Dios, y solo el EspĆritu de Dios puede llevar esa verdad desde los oĆdos del pecador a su corazón.
Es exactamente esta clase de evangelización que es la primera en sufrir en el afÔn de atraer mÔs personas a Cristo. En un intento por hacer el mensaje mÔs popular y los resultados mÔs notables, los evangelizadores muy a menudo apelan a las emociones y a la voluntad en vez de a la mente.
Pero cuando el evangelio real es predicado a la mente, un mensaje que incluye los difĆciles llamados al discipulado, la naturaleza radical de la conversión y la obra gloriosa de Cristo, entonces la semilla correcta es sembrada en el corazón, y los corazones divinamente preparados serĆ”n receptivos a la semilla.
Obedientemente
Cuando terminó de explicar la parĆ”bola de las tierras, JesĆŗs les preguntó a los discĆpulos: «¿Acaso se trae la luz para ponerla debajo del almud, o debajo de la cama? ĀæNo es para ponerla en el candelero?Ā» (Marcos 4.21). Ćl les decĆa a sus discĆpulos que despuĆ©s de su muerte y su resurrección, poseerĆan una gran luz. Esa luz es la Ā«luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de DiosĀ» (2 Corintios 4.4). Es para ser predicado fielmente por los esclavos de Cristo (v. 5), pero los resultados son por el poder soberano de Dios como lo fue en la creación original: Ā«Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de JesucristoĀ» (2 Corintios 4.6).
Nuestro SeƱor continuó su enseƱanza con este axioma: Ā«Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luzĀ» (Marcos 4.22). AquĆ habĆa una perogrullada al comunicar el hecho de que cada secreto tiene su tiempo adecuado para decirse. Todo el asunto de guardar un secreto es que ahora no es el tiempo para que se sepa. En el caso de los discĆpulos, aĆŗn no habĆan sido comisionados y enviados al mundo. Pero cuando ese tiempo llegó, ellos fueron y hablaron con audacia. Esto se refiere al mandato frecuente de nuestro SeƱor a no hablar de Ćl o de sus milagros hasta despuĆ©s de su muerte y resurrección (Mateo 8.4; 9.30; 12.16; 17.9; Marcos 1.44; 3.12; 5.43; 7.36; 8.30; 9.9; Lucas 4.41; 8.56; 9.21). Una razón evidente para tal restricción era dejar en claro que el mensaje que Ćl querĆa que sus seguidores esparcieran no era el que Ćl era un sanador o un liberador polĆtico, sino un Salvador que murió y resucitó de entre los muertos.
La utilidad de un agricultor estĆ” relacionada con la cantidad de semilla que siembra. Mientras mĆ”s siembra, mĆ”s cantidad de semilla que Ć©l esparce y mĆ”s probabilidad que una parte de la semilla alcance una buena tierra. Para comunicar este deber, JesĆŗs siguió a los proverbios en Marcos 4.21ā22 con una clara promesa: Ā«con la medida con que medĆs, os serĆ” medido, y aun se os aƱadirĆ” a vosotros los que oĆsĀ» (v. 24). Ese es el lenguaje de recompensas eternas y provee gran motivación para proclamar el evangelio tanto activamente como con exactitud. Aunque no podemos controlar los resultados, somos llamados a esparcir el mensaje. Y aun si somos rechazados por los que nos escuchan, nuestros fieles esfuerzos harĆ”n que un dĆa seamos recompensados por el SeƱor.
Hay cristianos y evangelizadores falsos. El Señor juzgarÔ a ambos. Pero los creyentes verdaderos son obedientes en evangelizar cada vez que tienen oportunidad, recordando que nuestra obediencia lleva a la bendición divina tanto aquà como en la vida venidera.
Confiadamente
El saber que nuestra evangelización es energizada por el poder de Dios nos da confianza en los resultados divinos.
Esto es precisamente por quĆ© Marcos concluyó esta amplia sección acerca de la evangelización con una parĆ”bola final describiendo el reino de Dios: Ā«Es como el grano de mostaza, que cuando se siembra en tierra, es la mĆ”s pequeƱa de todas las semillas que hay en la tierra; pero despuĆ©s de sembrado, crece, y se hace la mayor de todas las hortalizas, y echa grandes ramas, de tal manera que las aves del cielo pueden morar bajo su sombraĀ» (Marcos 4.31ā32).
Recuerde que los discĆpulos estaban preocupados que las promesas del Antiguo Testamento de un reino no se pudieran cumplir con JesĆŗs. Ćl habĆa estado predicando por dos aƱos y todavĆa parecĆan ser muy pocos los que creĆan. Los doce estaban al borde de perder la esperanza. Pero JesĆŗs les dijo que, si la semilla se esparcĆa, el evangelio crecerĆa y el reino vendrĆa. Lo que JesĆŗs quiso decir es que el reino comenzarĆa pequeƱo, pero se harĆa muy grande y finalmente, las aves de las naciones descansarĆan a su sombra (Ezequiel 31.6). El evangelio se volverĆa global y lo harĆa mediante estos acosados discĆpulos.
Esto es exactamente lo que ocurrió. DespuĆ©s de la resurrección eran solo 120 seguidores de JesĆŗs y despuĆ©s del dĆa de PentecostĆ©s el nĆŗmero se elevó a 3,000 (Hechos 1.13; 2.41). Este nĆŗmero rĆ”pidamente alcanzó a 5,000 (Hechos 4.4). En pocos meses eran mĆ”s de 20,000. El poder del evangelio estaba poniendo el mundo al revĆ©s. Dos mil aƱos mĆ”s tarde, incontables personas se han salvado, y estĆ”n ahora tanto en la iglesia militante en la tierra como en la iglesia triunfante en el cielo. Un dĆa, Cristo regresarĆ” y establecerĆ” su reino milenial en esta tierra. Hasta entonces, el evangelio continuarĆ” invitando a los pecadores al arrepentimiento.
El mensaje de salvación se mantiene en movimiento mediante los que son sembradores, produciendo vida espiritual y fruto genuino en buen terreno. Esto solamente es posible porque lo hace el poder de Dios, lo que significa que la popularidad o la manera persuasiva del mensajero humano no tiene nada que ver con esto.
La evangelización es un llamado privilegiado. Hacemos lo que podemos por propagar el evangelio dondequiera que sea. Una vez hecho el trabajo, regresamos a casa y nos vamos a dormir. Si hemos trabajado duro podremos dormir bien, sabiendo, como el agricultor, que el crecimiento no depende de nosotros.
John MacArthur, La Evangelización. Cómo Compartir el Evangelio con Fidelidad (Nashville, TN: Grupo Nelson, 2011), 1-20.






