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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VIII
¿No te harÔs imagen?
PorĀ Robert Letham
Nota del editor:Ā Este es el cuarto capĆtulo en la serie especial de artĆculos deĀ Tabletalk Magazine:Ā La historia de la Iglesia | Siglo VIII
n el año 726, la orden del emperador León de destruir la imagen de Cristo en el palacio imperial produjo una revuelta y la Iglesia oriental quedó sumergida en una larga y agresiva controversia. No fue hasta que la emperatriz Irene convocó el Segundo Concilio de Nicea en el año 787 que la controversia se resolvió a favor de las imÔgenes. Incluso, luego de esto, surgió un reavivamiento de la iconoclasia y solo en el año 843 el patriarca de Constantinopla, San Metodio, dio fin a la agitación, ocasión que, desde ahà en adelante, se conmemora como la «Fiesta de la Ortodoxia». Esta controversia fue despiadadamente violenta. Los monjes eran azotados hasta la muerte públicamente o se les cortaban las fosas nasales. Uno de ellos fue hecho trizas por una turba mientras que el patriarca Constantino de Constantinopla fue decapitado públicamente. El papado se vio obligado a aliarse con los francos en lugar de con Oriente, ya que la iconoclasia era una realidad ajena en Occidente.
ĀæQuĆ© causó estas convulsiones? Durante el siglo anterior, las imĆ”genes comenzaron a ser consideradas ventanas al mundo espiritual de manera progresiva. Los Ćconos de Cristo y de los santos se convirtieron en objetos de devoción, promovidos activamente por la Iglesia. El Concilio Quinisexto, celebrado en el aƱo 692, decretó que Cristo debĆa ser representado de forma humana Ā«para que de esta manera percibamos la profundidad de la humillación de DiosĀ». Leoncio de NĆ”poles consideraba a las imĆ”genes de Cristo como una extensión, una recreación, de la encarnación.
Los iconoclastas objetaron. El emperador Constantino V alegó que si una imagen solo presenta la naturaleza humana de Cristo, entonces separa su humanidad de su persona. Si retrata a Cristo en sus dos naturalezas, su deidad es reducida al nivel de la humanidad. La Ćŗnica imagen verdadera de Cristo es la que Ćl nos dio: la eucaristĆa. Constantino V, en el aƱo 754, convocó un concilio en el que condenó las imĆ”genes al considerarlas blasfemias contra la encarnación.
Cuando la emperatriz Irene ascendió al poder de facto, convocó un concilio en el aƱo 787. En este, se ordenó la restauración de las imĆ”genes, ya que estas mostraban la realidad de la encarnación. A las imĆ”genes se les debĆa rendir Ā«reverencia honorable, no la verdadera adoración de la fe que le pertenece solamente a la naturaleza divina⦠ya que el honor que se le rinde a la imagen es transmitido a lo que la imagen representa, y el que reverencia a la imagen reverencia en ella al sujeto representadoĀ». El concilio anatemizó a cualquiera que igualara a las imĆ”genes con los Ćdolos.
Este concilio suscitó la oposición del reino de los francos, que recientemente habĆa adquirido poder. Carlomagno ordenó que se escribieran los Libri Carolini, que argumentaban que solo Dios puede ser adorado. El principio de que se le rinde veneración a la imagen debido a su relación con lo que originalmente representa es falso y engaƱa a la gente sencilla. Estos libros rechazaban tanto al concilio iconoclasta del aƱo 754 como al iconódulo Segundo Concilio de Nicea (partidario de las imĆ”genes). La emperatriz Irene no tenĆa derecho a enseƱar a los hombres ni a convocar un concilio. Sin embargo, los iconoclastas no apreciaban la distinción iconodulia entre latria (adoración) y proskunesis (veneración de imĆ”genes). En latĆn solo existĆa una palabra āadoroā para traducir ambos tĆ©rminos, y parecĆa implicar adoración idólatra.
Hasta el dĆa de hoy, la principal caracterĆstica de la Iglesia ortodoxa oriental es el iconostasio, una pantalla de gran altura que cubre toda la sala hacia el frente. El iconostasio divide al santuario āla parte que estĆ” tras Ć©lā de la congregación. Solo el clero puede entrar al santuario; no puede acceder ninguna mujer. El santuario simboliza el mundo divino. La nave, el lugar donde estĆ” la congregación, es la imagen del mundo humano y todo lo que hay en Ć©l. A pesar de estar divididos por el iconostasio, estos dos lugares se consideran partes de un todo, el lugar donde el cielo y la tierra se encuentran. En el iconostasio mismo, que se halla entre el cielo y la tierra, hay varios niveles de Ćconos que representan una gran nube de testigos y simbolizan a la Iglesia en su desarrollo hacia la eternidad.
La teologĆa de las imĆ”genes. Entre los aƱos 726 y 730, Juan Damasceno emergió como el principal teólogo iconódulo. Distinguió cuidadosamente entre la adoración (latria), que se le debe solo a Dios, y la veneración (proskunesis) en sus distintos grados, seƱal de la subordinación y humildad del que venera. Juan insistió en que adoremos solo a Dios.
Juan argumentaba que hacer una imagen del Dios invisible serĆa un grave error, pero que una imagen del Dios encarnado es diferente, ya que Cristo asumió un cuerpo humano. Los cristianos, decĆa Ć©l, no viven bajo el antiguo pacto que prohibĆa las imĆ”genes, sino bajo la nueva era de la gracia. El hombre mismo es la imagen de Dios. Sostener que las imĆ”genes no son permisibles, segĆŗn Juan, es decir que la materia es mala. Las imĆ”genes sagradas son medios de instrucción en la fe, memoriales de las vidas de los cristianos, incentivos para vivir una vida piadosa y canales de gracia en virtud de su poder sacramental. El Hijo es la idĆ©ntica imagen del Dios invisible; la naturaleza creada del hombre es una copia de la de Dios, que no es creada; la creación refleja sutilmente lo divino.
Todo el mundo es icónico. Una imagen, escribe Juan, es una semejanza de la cosa imaginada, pero tambiĆ©n hay una disimilitud entre la imagen y el original, ya que son cosas diferentes. Necesitamos imĆ”genes, argumenta Juan, debido a que somos seres fĆsicos para los cuales el mundo espiritual es un misterio. Los Ćconos nos proporcionan una ventana hacia este mundo, una ayuda en el camino de la salvación. Dios por naturaleza no tiene cuerpo pero, segĆŗn Juan, Dios nos dio semejanzas e imĆ”genes de acuerdo a la analogĆa de nuestra naturaleza corporal. Esto supone una concepción semiótica del universo en la que el ser humano es capacitado para entender la realidad invisible y espiritual a travĆ©s de seƱales visibles al combinar lo terrenal y lo espiritual.
Anteriormente, en el siglo IV, Gregorio de Nisa habĆa sostenido que la revelación visible de Dios en la creación es superior a la revelación verbal, ya que Ć©l pensaba que el lenguaje es inherentemente ambiguo y, por lo tanto, inapropiado para describir a Dios. Por otro lado, la creación indica Su existencia de forma positiva. AsĆ, la cuestión de las imĆ”genes conlleva preguntas mĆ”s profundas y trascendentales con respecto a la revelación de Dios.
Asuntos en juego. Oriente acepta que la adoración de imĆ”genes estaba prohibida en el antiguo pacto, pero sostiene que las imĆ”genes eran objeto de veneración. Si todas las imĆ”genes estaban prohibidas, dicen ellos, no podrĆa haber habido querubines sobre el propiciatorio y el arca del pacto.
La encarnación ha cambiado el panorama de forma crucial. Dios el Hijo ha asumido una naturaleza humana, incluyendo un cuerpo, en una unión personal permanente. Dios ahora tiene una forma humana, permanente y visible. La encarnación, de acuerdo con la Iglesia oriental ortodoxa, no solo justifica el uso de imĆ”genes, sino que lo requiere. Afirmar lo contrario es cuestionar la realidad de la encarnación e insinuar que la humanidad del Hijo no es eterna y permanentemente real. TambiĆ©n supone que lo espiritual y lo material se oponen entre sĆ.
Los iconoclastas, por su parte, insistieron en que las imĆ”genes eran idólatras y estaban prohibidas por el segundo mandamiento. De hecho, afirmaron que la pĆ©rdida de los territorios orientales, que cayeron bajo dominación musulmana, fue el juicio de Dios por la idolatrĆa.
Inquietudes reformadas. Los cristianos reformados tienen varios problemas con las imĆ”genes, principalmente con su presencia en el contexto de la adoración como el elemento visual mĆ”s prominente en la iglesia. Esto, en el mejor de los casos, produce ambigüedad. En segundo lugar, el punto crucial tiene que ver con las imĆ”genes de Cristo. El Catecismo Mayor de Westminster, en su pregunta 109, se opone a las imĆ”genes de la Trinidad y, por extensión, a las imĆ”genes de Cristo, ya que Cristo es el eterno Hijo encarnado. Sin embargo, los pasajes que sustentan la doctrina se refieren a la adoración israelita de dioses falsos por medio de objetos materiales, contexto diferente al de la iconografĆa oriental. AdemĆ”s, el catecismo no rechaza las imĆ”genes de los santos, ya que estas no estĆ”n vinculadas con la adoración.
De acuerdo con la Iglesia ortodoxa oriental, las imĆ”genes de Cristo no solo estĆ”n permitidas, sino que son requeridas a la luz de la encarnación. Oponerse a las imĆ”genes de Cristo es negar la realidad de la encarnación: Su humanidad no serĆa real, sino solo aparente, lo que constituye la herejĆa del docetismo. Sin embargo, hacer una imagen de Cristo es abstraer Su humanidad de Su persona (el Hijo eterno) y, de esta forma, es caer en el nestorianismo. AquĆ la Iglesia ortodoxa oriental, que vehementemente niega el nestorianismo, afirma que la persona de Dios el Verbo encarnado es la que aparece en la imagen y que esta no es una representación de Dios, ya que el Verbo es visible como hombre. AdemĆ”s, hay una semejanza y una diferencia entre la imagen y lo que ella representa, que es evidente en el hecho de que se sostiene que las imĆ”genes muestran a la naturaleza humana transfigurada con belleza divina. La imagen no es una representación de la Deidad, sino que indicarĆa la participación de una persona determinada en la vida divina.
En quĆ© estamos de acuerdo. La teologĆa reformada tambiĆ©n cree en las imĆ”genes. La idea de la imagen (eikĆ“n) es una categorĆa bĆblica: el hombre es hecho a imagen de Dios y Cristo es la imagen del Dios invisible. Sin embargo, mĆ”s allĆ” de esto, todo es icónico para los reformados. Dios ha impreso la evidencia de Su propia belleza y gloria en toda la creación. Ā«Los cielos proclaman la gloria de Dios, y la expansión anuncia la obra de sus manosĀ» (Sal 19:1).
Lo que hizo el calvinismo fue dar lugar a esta apreciación terrenal de la belleza. Al eliminar el arte y las esculturas de la adoración eclesiÔstica, las llevó al mundo, situando lo estético en el contexto de la revelación general como el testigo de Dios en el mundo y no como el foco de la adoración de Dios en la Iglesia. El resultado fue el tremendo florecimiento de la creatividad en la cultura posterior a la Reforma, creatividad que no se centró en el dominio sobrenatural de los Ôngeles y los demonios, sino en el mundo alrededor nuestro que refleja la gloria y la belleza de Dios.
El Dr. Robert Letham es profesor de teologĆa sistemĆ”tica e histórica en la Union School of Theology de Gales. Es autor de numerosos libros, entre ellos The Holy Trinity y Union with Christ.