Vivir en estos últimos días

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Entre dos mundos

Vivir en estos últimos días

Por Thomas R. Schreiner

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Entre dos mundos

veces la gente me pregunta cuándo llegarán los últimos días, y yo les digo que los últimos días comenzaron hace dos mil años. Comenzaron con el ministerio, la muerte y la resurrección de Jesucristo. Pedro nos dice que la venida de Cristo fue profetizada y conocida de antemano, y que Él «se ha manifestado en estos últimos tiempos» (1 Pe 1: 20). Como dice Hebreos 1:2, «en estos últimos días [Dios] nos ha hablado por su Hijo», mostrando que los últimos días llegaron con la venida del Hijo. Y el Hijo ha hablado la palabra final y definitiva en los últimos días.

Del mismo modo, Pedro declara en Pentecostés que la profecía de Joel sobre los últimos días se ha cumplido con el envío del Espíritu (Hch 2:16-18). Puesto que Jesús ha sido crucificado y exaltado, el Espíritu ahora se derrama sobre todos los que se arrepienten de sus pecados y ponen su confianza en Jesucristo. El apóstol Juan incluso declara que «ya es la última hora» (1 Jn 2:18), y así hemos estado viviendo en la última hora durante dos mil años.

El reino ha llegado en Jesús mismo, y se evidencia en el hecho de que Jesús expulsó a los demonios por el poder del Espíritu (Mt 12:28). Las parábolas que Jesús cuenta en Mateo 13 despliegan «los misterios del reino de los cielos» (v. 11), y podríamos resumir el mensaje de las parábolas diciendo que el reino está inaugurado, pero no consumado. El reino no llegó primero con poder apocalíptico, sino que es tan pequeño como un grano de mostaza y tan invisible como la levadura en la masa.

Los últimos días han llegado y el reino se ha inaugurado, pero el reino de Dios también se consumará un día. Por eso oramos «Venga tu reino» (Mt 6:10), y también oramos: «Ven, Señor Jesús» (Ap 22:20). Como creyentes, vivimos entre los tiempos, y por eso, aunque somos santificados por la gracia de Cristo incluso ahora (1 Co 1:2), la santificación plena y completa será nuestra el día en que Jesús regrese (1 Tes 5:23-241 Jn 3:2). Como creyentes en Jesucristo, ahora somos hijos adoptivos de Dios (Rom 8:15-16), pero la plenitud de nuestra adopción se realizará en el día de la resurrección, cuando nuestros cuerpos sean transformados (v. 23). De la misma manera, ya que los últimos días han comenzado, somos redimidos mediante la sangre de Jesús (Ef 1:7Col 1:14), pero nuestra redención se completará cuando nuestros cuerpos sean resucitados de entre los muertos (Rom 8:23). Los creyentes son ahora salvados por la gracia sola a través de la fe sola (Ef 2:8), y sin embargo esperamos el día del juicio final cuando seremos salvados de la ira de Dios (Rom 5:9).

LOS ÚLTIMOS DÍAS Y LA SANTIFICACIÓN

Dado que los últimos días han llegado, ahora vivimos en la era en la que se cumplen las promesas de Dios. Se nos ha prometido que seremos semejantes a Jesús cuando le veamos (1 Jn 3:2), y esta esperanza de la transformación de los últimos tiempos nos motiva incluso ahora a ser más como Jesús, y así nos esforzamos por vivir vidas puras y santas (v. 3). Dios es soberano sobre todo lo que sucede, pero al mismo tiempo nuestras vidas santas pueden «apresurar» el día de su venida (2 Pe 3:12). En otras palabras, la santidad de nuestras vidas puede ser uno de los medios que Dios utiliza para llevar a cabo el final. La promesa de santidad al final de los tiempos no apaga nuestro deseo de ser como Cristo, sino que despierta nuestra pasión por vivir de una forma que agrade a Dios.

El intervalo entre la inauguración y el cumplimiento de las promesas de Dios se describe a menudo en términos del ya pero todavía no. Dios ya ha cumplido sus promesas de salvación, pero también hay una dimensión en la cual las promesas no se han consumado. El ya pero todavía no informa a todos los ámbitos de la vida. Cuando se trata de la santificación, los creyentes deben ser optimistas, ya que disfrutamos del don del Espíritu Santo en los últimos tiempos. Puesto que el Espíritu es dado, los creyentes deben estar llenos del Espíritu (Ef 5:18), andar en el Espíritu (Gal 5:16), ser guiados por el Espíritu (v. 18), manifestar el fruto del Espíritu (v. 22), marchar al paso del Espíritu (v. 25) y sembrar para el Espíritu (6:8). En otras palabras, por el poder del Espíritu, ahora podemos vivir de una manera que agrada a Dios. Estamos capacitados para amarnos unos a otros y cumplir la ley por el Espíritu (Rom 8:2-4). Estamos siendo transformados por la gracia y el poder de Dios, ahora que han llegado los últimos días.

No debemos olvidar, por otra parte, que en la santificación hay una dimensión que no se ha cumplido. Como creyentes, todavía no estamos perfeccionados en la santidad. La batalla entre la carne y el Espíritu todavía hace estragos (Gal 5:16-18), y todavía experimentamos nuestra «carnalidad» diariamente (Rom 7:14-25). Los deseos carnales no están ausentes, y no se irán hasta el día de la redención final. La intensidad de la batalla entre la carne y el Espíritu es tal, que los creyentes están en guerra con la carne (1 Pe 2:11) y debemos hacer morir nuestros deseos carnales (Rom 8:13Col 3:5). Estamos siendo cambiados por la gracia de Dios y por Su Espíritu, y sin embargo seguimos pecando diariamente, y por lo tanto la perfección no es una posibilidad en esta vida. Dios nos mantiene humildes recordándonos lo lejos que tenemos que ir. Nunca hay una excusa para el pecado; sin embargo, la dimensión «ya pero todavía no» de la santificación nos hace realistas para que no pensemos que somos más espirituales de lo que realmente somos.

LOS ÚLTIMOS DÍAS Y LA VIDA FAMILIAR

La verdad de que vivimos en los últimos días también afecta a la vida familiar, y me refiero a nuestros matrimonios y la crianza de los hijos. Por la gracia de Dios, nuestros matrimonios deberían ser notables por su amor y la preocupación que se expresa hacia el cónyuge. El matrimonio es un misterio que refleja la relación de Cristo con la Iglesia (Ef 5:32), y ese misterio debe reflejarse en la relación entre los esposos. Los maridos deben amar, cuidar, apreciar y nutrir a sus esposas, así como Cristo amó y se entregó por el bien de la Iglesia (vv. 25-29). Las esposas deben someterse y seguir el liderazgo de sus esposos, así como la Iglesia se somete a Cristo en todas las cosas (vv. 22-24). Debido a que Cristo ha venido y el Espíritu ha sido dado, nuestros matrimonios deben mostrar al mundo lo que el matrimonio puede y debe ser. Sin embargo, no debemos olvidar que aún no estamos en el paraíso. Nuestros matrimonios pueden ser buenos, pero no serán perfectos, pues todavía estamos manchados por el pecado hasta el día de la redención. Podemos tener buenos matrimonios, pero no hay matrimonios perfectos, y los que buscan un matrimonio perfecto pueden cometer el error trágico y pecaminoso de renunciar a un matrimonio que es bueno, o a un matrimonio que por la gracia de Dios puede ser bueno en el futuro. Lo perfecto, como dice el viejo refrán, puede ser enemigo de lo bueno.

Vemos la misma verdad en el ámbito de la crianza de los hijos. Los hijos están llamados a obedecer a sus padres (Ef 6:1-3), y como padres queremos instruirlos en las cosas del Señor (v. 4). Reconocemos que los niños necesitan disciplina, y los disciplinamos para que desarrollen un carácter piadoso. Nuestros hijos deben comportarse bien y ser piadosos, fieles y confiables (Tit 1:6). Si nuestros hijos son rebeldes y están fuera de control, estamos eludiendo nuestra responsabilidad como padres.

Pero también existe el peligro de una escatología sobrerealizada (pensar que podemos recibir la plenitud de la gloria ahora), y podemos cometer el error de esperar el cielo en la tierra al criar a nuestros hijos. Podemos caer en la trampa de esperar la perfección de nuestros hijos sin darnos cuenta. Cuando esto sucede, comenzamos a corregir a nuestros hijos en exceso, y podemos terminar exasperando a nuestros hijos al insistir constantemente en sus faltas. El resultado final es que nuestros hijos se desaniman y desalientan (Col 3:21). Vemos de nuevo que la enseñanza sobre los últimos días es inmensamente práctica. Entrenamos a nuestros hijos para que sean obedientes, pero no esperamos que sean perfectos.

LOS ÚLTIMOS DÍAS Y LA VIDA DE LA IGLESIA

Los últimos días han llegado. Jesús ha resucitado y el Espíritu es dado. En particular, el Espíritu se derrama sobre el pueblo de Dios, sobre la Iglesia de Jesucristo. La Iglesia es el cuerpo de Cristo y está llena de la plenitud de Cristo (Ef 1:23). La Iglesia debe ser el lugar en el que todos se reconcilien entre sí, de modo que negros y blancos, hombres y mujeres, oficinistas y obreros encuentren su unidad en Cristo (2:11-22). De hecho, la sabiduría de Dios se revela a las potestades angélicas por medio de la Iglesia (3:10), para que miren a la Iglesia y vean la gracia y el poder del Señor. La Iglesia debe ser el vehículo a través del cual el evangelio sale a la comunidad y al mundo. El mundo nota cuando los miembros de la Iglesia se aman unos a otros (Jn 13:34-35) y se da cuenta de que Jesús es el Cristo.

La Iglesia es transformada por la gracia de Dios y está madurando en lo que Dios quiere que sea (Ef 4:11-16). Sin embargo, la Iglesia no estará libre de manchas, arrugas, imperfecciones y cicatrices hasta el día de la redención (5:27). Anhelamos el cielo y la tierra, por lo que fácilmente nos sentimos insatisfechos con nuestra iglesia, incluso si la iglesia es fuerte, buena y madura. Podemos ver las manchas y las cicatrices, y empezar a criticar a nuestra iglesia en lugar de amarla y apoyarla.

PALABRA FINAL

Podríamos pensar que la idea de que vivimos en los últimos días es una doctrina abstracta sin relación con la vida cotidiana. Pero cuando consideramos el asunto más a fondo, vemos que es inmensamente práctico, pues afecta nuestra visión de la santificación, la vida familiar, la Iglesia, la política y mucho más. Podemos ser presa de una escatología poco realista y volvernos apáticos y satisfechos con el status quo. Al mismo tiempo, podemos cometer el error de abrazar una escatología sobrerealizada y esperar el cielo en la tierra. Podemos ver por qué necesitamos la Palabra de Dios y el Espíritu de Dios para mantenernos en el camino mientras vivimos entre los tiempos.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Thomas R. Schreiner
Thomas R. Schreiner

El Dr. Thomas R. Schreiner es el Profesor James Buchanan Harrison de Interpretación del Nuevo Testamento, profesor de teología bíblica y decano asociado de la escuela de teología del Seminario Teológico Bautista del Sur en Louisville, Ky. Es autor de numerosos libros, entre ellos Spiritual Gifts [Dones espirituales].

Morir por un amigo

Jueves 6 Enero

Cristo murió por nosotros.Romanos 5:8

Vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios… tenéis vida eterna.1 Juan 5:13

Morir por un amigo

Durante la guerra de Vietnam, un orfanato dirigido por cristianos extranjeros fue bombardeado. Una niña de 9 años, gravemente herida, estaba perdiendo mucha sangre. El médico y la enfermera buscaron urgentemente un donante para salvarle la vida. Heng, un niño de 10 años, aceptó dar su sangre. Después de haber hecho los exámenes de compatibilidad, empezaron rápidamente la transfusión. De repente Heng empezó a temblar y a llorar. La enfermera le preguntó si le dolía algo. Él respondió que no, pero siguió llorando. El equipo médico llamó a una enfermera vietnamita que habló a Heng en su lengua materna. Le dijo algunas palabras al oído y Heng se calmó totalmente. La enfermera explicó al médico: “Heng preguntó a qué hora iba a morir, porque pensaba que debía dar toda su sangre para salvar la vida de la niña”. El médico estaba impresionado y se preguntaba de dónde había sacado este chico el valor de dar su vida para salvar la de la niña. La enfermera preguntó esto a Heng, quien respondió: “¡Porque es mi amiga!”.

Esta historia real ilustra que Dios dio a Jesús, su Hijo unigénito, por amor a nosotros. Por amor Jesús aceptó morir en la cruz, para salvarnos y darnos la vida eterna. La Biblia precisa: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13).

“En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?… No amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:16-18).

1 Samuel 2 – Mateo 5:21-48 – Salmo 4:4-8 – Proverbios 2:1-5

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Tesis #6 – Ningún hombre puede dar cobertura espiritual a otro hombre

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 6

Ningún hombre puede dar cobertura espiritual a otro hombre

95 Tesis para la Iglesia Evangélica de Hoy

Miguel Nuñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

El catolicismo y el evangelio

Coalición por el Evangelio

Noticias de gran Gozo

El catolicismo y el evangelio

 JAVIER DOMÍNGUEZ • JAIRO NAMNÚN • STEVEN MORALES

¿Qué significa ser un católico? ¿Qué creen los católicos? ¿Qué son los sacramentos? Aunque algunos piensan que los católicos y los evangélicos creen lo mismo, la verdad es totalmente al contrario. Lo que separa principalmente al evangélico del católico es lo que cree acerca de la salvación: cómo se cumple y quién la cumple. En este episodio de Coalición Radio, Jairo Namnún y Steven Morales conversan con Javier Dominguez sobre su experiencia en la Iglesia Católica y cómo usan muchas de las mismas palabras que los evangélicos, pero con significados muy diferentes.

Javier Domínguez es Pastor Presidente de la Iglesia CIA El Salvador, así mismo Presidente de la Fundación Véritas, dedicada la creación de instituciones educativas cristianas y fundador del ministerio “Regresando a la Palabra”, que a través de conferencias promueve el regresar a la suficiencia de las Escrituras y la preeminencia de Cristo Jesús. Actualmente se encuentra estudiando una maestría en Divinidades en el Centro Latinoamericano de Estudios Reformados (CLER), asociado al Centro de Postgrado Andrew Jumper de Brasil. Casado, padre de tres hijos. Puedes seguirlo en Twitter.


Jairo Namnún
 sirve como Director de Coaliciones Internacionales, y colabora de cerca con el equipo de Coalición por el Evangelio. Es parte del liderazgo de la Iglesia Bautista Internacional en República Dominicana, y tiene estudios en el Southern Baptist Theological Seminary (MATS, M.Div). Está casado con Patricia y tienen tres hijos. Puedes encontrarlo en Twitter.

Steven Morales es el director creativo de The Gospel Coalition. Dirige el equipo creativo, supervisando los esfuerzos de marca, medios y marketing para todos nuestros proyectos. Anteriormente se desempeñó como director de operaciones en Coalición por el Evangelio. Vive en Nashville con su esposa, Gabriela, y su hijo Joaquín. Puedes encontrarlo en Twitter Instagram.

Vivir con doble ciudadanía

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Entre dos mundos

Vivir con doble ciudadanía

Por Justin Taylor

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Entre dos mundos

No era fácil atrapar a Jesús en dilemas éticos o teológicos, pero eso no impidió que los líderes judíos lo intentaran. Jesús dejó claro que Su reino no es «de este mundo» (Jn 18:36). Su reino, que propiamente pertenece a la era venidera, estaba irrumpiendo en este mundo y en esta era presente. Así que los judíos se preguntaban: ¿cómo Su Reino se relacionaba con las instituciones de nuestro tiempo, como la familia y el Estado?

El pueblo de Dios ha vivido como exiliado en tierras extranjeras desde que fuimos expulsados del jardín del Edén. Toda nuestra historia En Lucas 20, los saduceos plantearon la cuestión de la familia, al construir un experimento mental acerca de la naturaleza del matrimonio en la resurrección para un viudo que vuelve a casarse. Jesús respondió: «Los hijos de este siglo se casan y son dados en matrimonio, pero los que son tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ni se casan ni son dados en matrimonio» (v. 34-35). La familia es una ordenanza de Dios en la creación, pero el reino de la era venidera opera de una manera diferente.

Cuando los escribas y ancianos judíos le preguntaron a Jesús si era lícito rendirle tributo al César, Jesús les pidió que le mostraran un denario. ¿De quién era la imagen y la inscripción? Cuando respondieron que era del César, Jesús llegó a Su conclusión: «Pues dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios» (v. 22-25). De forma subversiva, Jesús limitó radicalmente la autoridad del César y mostró la autoridad ilimitada de Dios. La imagen en el denario significaba que ellos le debían tributo al César; pero la imagen de Dios, estampada en nuestra naturaleza humana, significa que le debemos nuestras vidas al Hacedor del cielo y la tierra. El gobierno es una ordenanza de Dios en la creación, pero el reino de la era venidera opera de una manera diferente.

LA CIUDAD DE DIOS Y LA CIUDAD DEL HOMBRE

En el siglo V, Agustín escribió La ciudad de Dios, su obra magistral de teología política en la que contrasta la civitas Dei (ciudad de Dios) con la civitas terrena (literalmente, ciudad del mundo). En los círculos populares, se entiende erróneamente que Agustín hablaba de la ciudad de Dios como la vida en el cielo, frente a la ciudad del hombre como la vida en la tierra, en el ámbito material. Según esa interpretación, somos miembros tanto de la ciudad del hombre como de la ciudad de Dios. Pero, en realidad, Agustín hablaba de dos comunidades o grupos de individuos de ideas afines, con visiones opuestas del cielo y de la tierra. La ciudad del hombre comienza —y esto es crucial— no con la creación, sino con la caída. Sus deseos y su agenda están profundamente desordenados, impulsados por el amor a uno mismo y no a Dios, y operando según las normas de la carne y no del Espíritu. Los redimidos, que constituyen la ciudad de Dios, buscan a Dios como el bien supremo y orientan todo en torno al amor a Él. Como cristianos, pues, vivimos en la ciudad del hombre pero pertenecemos a la ciudad de Dios.

EN, PERO NO DE

El paradigma de Agustín tiene profundas raíces bíblicas. Mientras vivimos en este mundo, reconocemos que «no tenemos aquí una ciudad permanente» (Heb 13:14); como Abraham, esperamos «la ciudad que tiene cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» (11:10). Sin embargo, aunque seamos «extranjeros y peregrinos» (1 Pe 2:11) y no llamemos a ningún lugar de la tierra nuestro hogar permanente, también se nos ordena «buscar el bienestar de la ciudad… y orar al SEÑOR por ella» (Jer 29:7). No debemos ser «del mundo», sino que estamos irremediablemente «en el mundo» y somos enviados a lo más profundo «en el mundo» como embajadores y emisarios de Cristo (Jn 17:15-16; ver 1 Co 5:9-10). Debemos ser transformados por la Palabra en lugar de conformarnos al mundo (Rom 12:2). Debemos mantenernos «sin mancha del mundo» (Stg 1:27) y, sin embargo, debemos ser como la sal y brillar como la luz (Mt 5:13-16) para una cultura oscura y podrida a nuestro alrededor (ver Flp 2:15).

DOBLE CIUDADANÍA

La ciudadanía es una de las metáforas bíblicas para pensar en nuestra relación entre la era actual y la venidera. La ciudadanía es un estatus legal públicamente reconocido que autoriza a alguien a ser ciudadano, es decir, un miembro pleno y funcional de una civitas, una comunidad social y política, junto con los derechos y deberes que conlleva. A diferencia de quien es un mero súbdito de un reino, un ciudadano participa en la comunidad para ayudar a mantener el orden cívico.

En el libro de los Hechos, vemos que el apóstol Pablo no solo reconoce el concepto de su ciudadanía romana, sino que apela activamente a ella. Cuando la policía le comunicó a Pablo y Silas que los magistrados habían autorizado su salida callada de la cárcel, Pablo se indignó: «Aunque somos ciudadanos romanos, nos han azotado públicamente sin hacernos juicio y nos han echado a la cárcel; ¿y ahora nos sueltan en secreto? ¡De ninguna manera! Que ellos mismos vengan a sacarnos» (Hch 16:37). En Hechos 22, Pablo protestó con éxito por una flagelación a manos de los magistrados, haciéndole una simple pregunta al centurión: «¿Os es lícito azotar a un ciudadano romano sin haberle hecho juicio? … Yo soy ciudadano de nacimiento» (vv. 25, 28). En ambos casos, la respuesta de las autoridades romanas fue de auténtico temor, ya que habían violado injustamente los derechos de uno de sus ciudadanos (21:38-39; 22:29).

Aunque Pablo había obtenido la ciudadanía romana por la historia de su familia, llegó a tener también otro tipo de ciudadanía. Escribiendo a la iglesia en Filipos, dice que para los cristianos «nuestra ciudadanía está en los cielos» (Flp 3:20). Jesús dijo que Su reino no es de este mundo (Jn 18:36). Cuando nacemos de nuevo y somos adoptados en la familia de Dios, entramos en un nuevo reino y nos sometemos a un nuevo Rey, habiendo sido liberados «del dominio de las tinieblas» y trasladados «al reino de su amado Hijo» (Col 1:13).

CUATRO MANERAS DE VIVIRLO

Aquí hay cuatro cosas para recordar cuando tratamos de ser fieles a nuestra doble ciudadanía.

1. Reconoce el gobierno de Dios sobre todo, aunque Él gobierna diferentes instituciones de manera diferente. Cristo tiene autoridad sobre el cielo y la tierra (Mt 28:18), pero a la luz de la caída, gobierna el orden temporal de esta era (incluyendo las instituciones creadas, como la familia y el Estado) de manera diferente a como gobierna a la Iglesia. El gobierno de esta época impone el orden a través del poder de la espada, imponiendo el orden a través de la coerción de la ley; el reino de Dios, en cambio, viene a través del poder del Espíritu, produciendo la transformación del pueblo de Dios, a través de la proclamación del evangelio y la participación regular en los medios de gracia.

2. Comprende que solo porque nuestra ciudadanía terrenal no sea la definitiva, eso no hace que sea irrelevante. Las cosas temporales pueden hacer una diferencia significativa. Pablo sabía que apelar a las autoridades sobre su ciudadanía romana no era lo mismo que compartir el evangelio con ellos. Pero sus derechos terrenales seguían siendo importantes. Las buenas leyes no pueden cambiar los corazones, pero aún pueden significar la diferencia entre la vida y la muerte.

Sí, salvar un alma eterna es más importante que arreglar una necesidad temporal. Aliviar el sufrimiento eterno es superior a reducir el sufrimiento de esta era. Pero en realidad, la Biblia no nos pide que elijamos entre el evangelismo y el compromiso cívico, porque Cristo nos llama a una vida de discipulado en la que nos identificamos públicamente con Él y le seguimos, enseñando a los demás a obedecer todo lo que nos mandó (Mt 28:19-20).

3. Recibe con alegría todos los dones de Dios, incluyendo Su gracia común del gobierno. No está mal sentir frustración cuando las naciones se enfurecen (Sal 2), porque esto significa que el mundo no está operando de acuerdo al diseño dado por Dios. Pero nunca debemos olvidar la bondad de Dios al instituir este sistema en nuestro mundo caído. Dios ha designado gobernantes terrenales (Rom 13:1-2) para nuestro bien (v. 4), y debemos respetarlos y honrarlos (v. 7), por muy malos que sean. El gobierno es un don de Dios, diseñado para promover y proteger el bien, al mismo tiempo que sirve para disuadir lo que es malo (vv 2-4). Una de las razones por las que debemos orar por nuestros gobernantes es para que el gobierno funcione de tal manera que tengamos el tipo de condiciones que nos permitan vivir una vida tranquila y piadosa (1 Tim 2:2).

4. Adopta los medios de Dios en la tierra para identificar públicamente nuestra ciudadanía celestial. En un nivel, el mundo no puede ver nuestra ciudadanía celestial. Es un estatus no reconocido por ningún gobierno terrenal. Nuestra vida está «escondida con Cristo en Dios» (Col 3:3). Sin embargo, Dios ha ordenado una forma en la que nuestra ciudadanía puede ser declarada públicamente aquí y ahora, en la era entre los dos advenimientos de Cristo. La Iglesia de Jesucristo (la comunidad de culto formada por el pueblo de Dios reunido en el lugar de Dios bajo el gobierno de Dios y practicando los medios de gracia de Dios) es la expresión institucional del reino de Dios en este mundo. Los ciudadanos celestiales se unen a las iglesias locales en la tierra. Mediante el bautismo y la membresía, señalamos públicamente nuestro papel de embajadores en los puestos de avanzada del reino, ya que representamos y adoramos al Rey eterno e invitamos a otros a hacer lo mismo.

Hay cosas más importantes en la vida que el orden político y nuestro compromiso cívico. Pueden convertirse fácilmente en una idolatría, investida de una lealtad e identidad que va más allá de las Escrituras. Pero también es fácil eludir nuestros deberes y nuestra participación como ciudadanos terrenales, justificando nuestra apatía por razones espirituales que en sí mismas van más allá de las Escrituras. Sea cual sea el lado en el que estemos tentados a hacer hincapié, recordemos que somos ciudadanos con doble ciudadanía. Parte de ser un buen ciudadano, tanto en el ámbito celestial como en el terrenal, implica dejar que nuestras vidas civiles sean moldeadas por el evangelio e informadas por la Palabra de Dios, mientras trabajamos en oración para informarnos, para amar a nuestro prójimo y para trabajar por el bien común de la ciudad, incluso mientras esperamos e invitamos a otros a la ciudad que está por venir.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Justin Taylor
Justin Taylor

Justin Taylor es vicepresidente senior y editor de libros en Crossway. Es editor o coautor de varios libros, entre ellos The Final Days of Jesus [Los últimos días de Jesús]. Puedes seguirlo en Twitter @Between2Worlds.

Un Hombre único!

Miércoles 5 Enero

En gran manera se maravillaban, diciendo: bien lo ha hecho todo.Marcos 7:37

Todos, sobrecogidos de asombro, glorificaban a Dios; y llenos de temor decían: Hoy hemos visto maravillas.Lucas 5:26

¡Un Hombre único!

Los evangelios nos cuentan la vida de Jesucristo. Su actitud y sus palabras a menudo molestaban a sus contemporáneos, pero muchos dieron testimonio de que ese hombre era diferente a los demás.

 – “Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre” (Juan 7:46). Cada palabra de Jesús tiene un valor único, permanente, divino, de ahí la importancia de prestarle mucha atención. Todos podemos comprender lo que dijo, todos somos invitados a estar atentos y obedecer sus palabras. Estas responden a los problemas y a las preguntas de los hombres, que son los mismos hoy que en su época. Las palabras de Jesús siempre serán actuales: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mateo 24:35).

 – ¡Jamás hombre alguno ha vivido como este hombre! Entre las palabras de Jesús y su comportamiento había una perfecta armonía; no había ninguna contradicción. Aunque era Dios, vivió como un hombre, en humildad; la oración, la predicación de la buena nueva caracterizaron su vida pública durante más de tres años. Sus milagros de bondad daban testimonio de que era Dios.

 – ¡Jamás hombre alguno amó como este hombre! Su amor sobrepasa todo lo que podemos imaginar. Jesús vino a salvar a los hombres perdidos y esclavos del pecado. Por amor se dejó clavar en una cruz. Dio su vida en sacrificio para calmar la ira de Dios hacia el pecador. Aún hoy Dios ofrece su perdón y da la vida eterna a todos los que creen en Jesús.

1 Samuel 1 – Mateo 5:1-20 – Salmo 4:1-3 – Proverbios 1:24-33

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

6 – EL SABIO DE BABILONIA

Sabiduría para el Corazón

Serie: Daniel – El Sabio de Babilonia

6 – EL SABIO DE BABILONIA

Stephen Davey

Sabiduría para el Corazón

Texto: Daniel 6 En este programa concluimos nuestro estudio de la vida de Daniel – un hombre cuyo legado se extiende a través de la historia y nos proporciona un gran ejemplo a seguir.

Sabiduría para el Corazón es el ministerio internacional de enseñanza bíblica del Pastor Stephen Davey, traducido y adaptado al español por Daniel Kukin. Este ministerio se sostiene gracias a las oraciones y ofrendas de sus oyentes.

Si quisiera ofrendar a este ministerio puede hacerlo en nuestra página https://sabiduriaespanol.org/ofrendar/

Sabiduría para el Corazón comenzó en 2007 como una extensión del ministerio de enseñanza de Stephen Davey a su congregación, la Iglesia Bautista Colonial, ubicada en Carolina del Norte, EEUU. Desde entonces, el ministerio ha crecido, y hoy por hoy es un ministerio internacional, transmitido a través de todo el mundo via radio e internet en seis idiomas: Inglés, Español, Portugués, Árabe, Chino Mandarín, y Swahili.

Por la gracia de Dios esperamos proveer contenido bíblico y confiable en más idiomas y alcanzar al mundo con el mensaje de la Palabra de Dios.

La eternidad en nuestros corazones

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Entre dos mundos

La eternidad en nuestros corazones

Por John W. Tweeddale

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Entre dos mundos

ocas cosas reflejan mejor la anticipación de ver a Cristo cara a cara que una boda. El 14 de enero de 1632, el pastor y teólogo presbiteriano escocés Samuel Rutherford escribió una carta llamando la atención sobre este fenómeno. Afirma: «Nuestro amor [a Cristo] debe comenzar en la tierra, tal como será en el cielo; porque la novia no se deleita tanto en su traje de bodas como lo hace por su novio».

Si alguna vez has asistido a una boda, apreciarás la observación de Rutherford. Por muy hermoso que sea su atuendo, la novia nunca camina hacia el altar con la mirada puesta en su vestido. Su atención está en su futuro marido. Rutherford amplía la ilustración para ayudarnos a ver más claramente la verdadera maravilla del cielo. Continúa: «Así que nosotros, en la vida venidera, aunque revestidos de gloria como con un manto, no nos veremos tan afectados por la gloria que nos rodea como por el rostro y la presencia gozosa del novio». Bajo la superficie de la prosa anticuada de Rutherford hay una profunda ilustración. Por más impresionante que será el cielo, lo que lo hará tan maravilloso es que finalmente veremos el rostro de nuestro Salvador. La Iglesia, así como la novia, estará con Jesús como novio y vivirán felices para siempre.

Casi dos siglos después de que Rutherford escribiera sus famosas cartas, una poeta inglesa llamada Anne Cousin escribió el conocido himno The Sands of Time Are Sinking [Las arenas del tiempo se hunden], basado en los «dulces refranes» de Rutherford. Una estrofa en particular resume el drama de contemplar a Cristo en gloria:

La novia, su vestido
Allí no mirará, 
Sino de su Esposo
La muy hermosa faz;
Ni gloria, ni corona,
Sino a mi amado Rey
Veré en la muy gloriosa
Tierra de Emanuel.

De este lado de la eternidad, la vida cristiana es como un compromiso matrimonial. Se vive anticipando el día de la boda. Como cristianos, vivimos entre el ya de nuestro desposorio con Cristo y el todavía no de la celebración de las bodas del cordero. Debemos ser como la futura esposa que aprovecha cualquier ocasión para prepararse para la vida con su amado. La expectativa de ver a Cristo por vista en el cielo debe, por tanto, informarnos sobre cómo vivimos por fe aquí en la tierra.

En un nivel más básico, el entusiasmo que sienten las parejas comprometidas expone un deseo fundamental que todas las personas comparten: el anhelo de eternidad. Este punto es bien señalado por el Predicador en Eclesiastés 3:9-11:

¿Qué saca el trabajador de aquello en que se afana? He visto la tarea que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que en ella se ocupen. Él ha hecho todo apropiado a su tiempo. También ha puesto la eternidad en sus corazones; sin embargo, el hombre no descubre la obra que Dios ha hecho desde el principio hasta el fin.

Consideremos dos maneras en que este texto nos enseña sobre nuestro anhelo por la eternidad. En primer lugar, se nos dice que Dios «ha hecho todo apropiado a su tiempo» (v. 11). Un comentarista moderno ha llamado a este verso «la mejor declaración de la providencia divina en toda la Escritura». Lo que hace que este texto bíblico sea tan sorprendente es que hay muchas cosas en la vida que están lejos de ser apropiadas. Pero el Predicador no ignora la fealdad que invade al mundo. Su pregunta en el versículo 9 se hace eco de la maldición pronunciada en el jardín del Edén: «¿Qué saca el trabajador de aquello en que se afana?». No se trata de una mera pregunta retórica desvinculada de las presiones de la experiencia real de la vida (ver 1:3). La aparente inutilidad del duro trabajo con poca ganancia es algo de lo que él ha sido testigo de primera mano: «He visto la tarea que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que en ella se ocupen» (3:10).

Para ser claros, el registro bíblico afirma la dignidad del trabajo. Antes de la caída, a Adán y a Eva se les ordenó ejecutar sus tareas con la promesa de ser fructíferos (Gn 1:28-312:15-17; ver Ec 3:13). Pero después de la caída, el trabajo es arduo (Gn 3:17-19). Ya no realizamos nuestras tareas en el exuberante entorno de un jardín, sino en las duras condiciones de un desierto lleno de espinas y cardos, de fracasos y frustraciones. Como lamenta el Predicador en Eclesiastés 2:23, «su tarea es dolorosa». Cuando enfrentamos dificultades en nuestras carreras, injusticia en el lugar de trabajo y el fracaso a la hora de completar las asignaciones, somos confrontados con la dolorosa verdad de que este mundo caído nunca producirá ganancias duraderas. La insatisfacción vocacional nos recuerda que hemos sido creados para algo más grande que lo que pueden ofrecer nuestras aficiones y carreras.

Pero hay esperanza. Se nos dice que Dios ha hecho todo apropiado a su tiempo. El «todo» de Eclesiastés 3:11 nos recuerda el «todo» del versículo 1: «Hay un tiempo señalado para todo, y hay un tiempo para cada suceso bajo el cielo». El hecho de que la vida se viva bajo el cuidado de un Creador soberano ilumina nuestra comprensión de todo. A la luz de Su providencia, aprendemos que hay un tiempo para nacer y para morir, para plantar y para cosechar, para lamentarse y para bailar, para guerra y para la paz. Sobre todas estas cosas, Dios tiene el control. La belleza se encuentra en el descubrimiento de que Dios orquesta hasta el último detalle según su perfecto diseño.

Eclesiastés 3:11 es el Romanos 8:28 del Antiguo Testamento. En Romanos 8:28, el apóstol Pablo afirma: «Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito». Observa que Pablo no dice que todas las cosas son buenas, sino que todas las cosas cooperan para bien. ¿Y qué es el bien? Es ser conformado a la imagen de Cristo (v. 29). A medida que los cristianos experimentan las estaciones de la vida, podemos ser reconfortados al saber que Dios usa cada circunstancia para conformarnos más y más a la imagen de Su Hijo.

El 24 de agosto de 1662, más de dos mil ministros fueron expulsados de la Iglesia de Inglaterra por no ajustarse al Libro de Oración Común. El día fue conocido como el Día de Black Bartholomew, una referencia solemne a cuando miles de hugonotes franceses fueron masacrados ese mismo día en 1572. Uno de los ministros expulsados fue un puritano llamado Thomas Watson. En respuesta a la Gran Expulsión, escribió un breve libro llamado A Divine Cordial [Una consolación divina], basado en Romanos 8:28, con el fin de consolar a los cristianos que sufren. Observó que «las mejores cosas y las peores cosas, por la mano dominante del gran Dios, trabajan juntas para el bien de los santos». Es innegable que este mundo es a menudo sombrío y está lleno de angustias. Pero Dios utiliza maravillosamente tanto las alegrías como las penas para transformarnos como cristianos en la semejanza a Cristo. Las decepciones tienen una manera de hacernos desear aún más estar con Él.

En segundo lugar, se nos dice que Dios «ha puesto la eternidad en sus corazones» (Ec 3:11). Estas palabras anticipan el inicio de las Confesiones de Agustín, donde afirma: «Alabarte es el deseo del hombre, pequeña parte de tu creación. Tú haces que el hombre se complazca en alabarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti». Tanto el antiguo Predicador como el padre de la Iglesia afirman que hemos sido creados con conocimiento de Dios y un anhelo de eternidad. Mientras que Agustín destaca la inquietud que experimentamos sin el conocimiento de Dios en Cristo, el Predicador en Eclesiastés plantea un punto ligeramente diferente. Al subrayar la futilidad de la vida bajo el sol, nos empuja a reconocer nuestra conciencia innata de la eternidad.

Fíjate en lo mucho que el Predicador dice percibir sobre los caminos de Dios. Entiende que Dios da trabajo a los hombres como un regalo (Ec 3:1013), que Dios hace todo apropiado a Su tiempo (v. 11a), que Dios pone la eternidad en los corazones de los hombres (v. 11b), que los propósitos de Dios son inescrutables (v. 11c), que los planes de Dios perduran para siempre (vv. 14-15), y que Dios juzgará a los justos y a los impíos (vv. 16-22). En resumen, el Predicador sabe que los caminos de Dios son apropiados, inescrutables y eternos. Aunque seamos criaturas finitas y caídas, Dios nos ha dado la capacidad de discernir que la historia tiene un propósito, aunque seamos incapaces de comprender plenamente «la obra que Dios ha hecho desde el principio hasta el fin» (v. 11). Ser confrontados con nuestra finitud debe aumentar nuestra dependencia de Dios. Debemos vivir nuestra vida desde el punto de vista de la eternidad.

El pecado, sin embargo, distorsiona esta perspectiva. Ya no tratamos el trabajo como un regalo de Dios, sino como una plataforma para la grandeza personal. El tiempo no se ve como algo hermoso que debe ser redimido, sino como algo intrascendente que puede ser desperdiciado. La historia no se entiende como el escenario del gobierno providencial de Dios, sino como un campo de juego para que los poderosos se aprovechen de los débiles. Y la vida eterna no se desea, sino que es objeto de burla por parte de los que solo viven el momento. Eclesiastés nos enseña que ese fatalismo es inútil. Fuimos creados para conocer a Dios. Nada, aparte de la eternidad con Él, satisfará nuestros anhelos más profundos.

La buena noticia es que Cristo proporciona el camino para que las personas pecadoras habiten en la presencia de Dios para siempre. Como afirma el apóstol Pedro: «Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 Pe 3:18). Por esta esperanza eterna es que vivimos. Como peregrinos que viajan de este mundo al otro, nos levantamos cada mañana esperando ansiosamente el regreso de nuestro Rey. Reconocemos que cada día del Señor es un anticipo de la eternidad. Y durante el resto de la semana, marcamos nuestros relojes sabiendo que incluso nuestros trabajos están siendo utilizados por Dios para prepararnos para la Tierra de Emanuel.

En la mañana del Día de Black Bartholomew de 1683, William Payne fue a despedirse de su viejo amigo John Owen. Payne también llevaba la noticia de que el último libro de Owen iba a ser publicado pronto. Owen respondió memorablemente:

Me alegro de oír que esa obra está en la imprenta; pero, ¡oh hermano Payne, por fin ha llegado el día tan esperado, en el que veré esa gloria de otra manera en la que nunca lo he hecho o he sido capaz de hacer en este mundo!

El testimonio de Owen al morir fue para recordar la eternidad a su congregación. Quería que supieran que la única manera de ver a Cristo por vista en el cielo es contemplándole primero por la fe aquí en la tierra.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John W. Tweeddale
John W. Tweeddale

El Dr. Tweeddale es decano académico y profesor de teología en Reformation Bible College en Sanford, Florida, y anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos.

“Tus pecados te son perdonados”

Martes 4 Enero

Sucedió que le trajeron un paralítico, tendido sobre una cama; y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados.Mateo 9:2

“Tus pecados te son perdonados”

Leer Mateo 9:1-8

Al leer este texto quizá le sorprenda la primera frase que Jesús dijo al paralítico. ¿Por qué le perdona sus pecados? ¿No debería más bien curarlo? Este hombre era primeramente un paralítico, aunque también era un pecador. ¡Pero la mayor parálisis no es la que nosotros creemos! Es la provocada por el pecado, que altera nuestra personalidad y nos encierra lejos de Dios.

Para algunos testigos de la escena esta palabra de Jesús era una blasfemia. ¿Quién se cree?, pensaban ellos. ¡Solo Dios puede perdonar pecados! En efecto, si Jesús puede perdonar es porque él es Dios. Resolvió la cuestión dando una señal de su autoridad divina: “El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dice entonces al paralítico): Levántate” (Mateo 9:6). ¡Dicho y hecho! El hombre se levantó. Ya no era un paralítico, sino un hombre de pie. ¡El perdón de Dios nos levanta, nos hace libres!

El Evangelio nos dice que somos pecadores, y debemos aceptarlo, aunque sea duro escucharlo. ¡Pero el resto de su mensaje es maravilloso! Dios perdona el pecado y lo borra. Cada ser humano puede apropiarse de esta afirmación extraordinaria: “Tus pecados te son perdonados”. Estas palabras siempre son actuales, ¡recibámoslas! Entonces Jesús también podrá decirnos: “Levántate y anda”.

Así, gozosos, podremos ir hacia los demás y dar testimonio de las maravillas que Dios hizo por nosotros.

Rut 4 – Mateo 4 – Salmo 3 – Proverbios 1:20-23

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ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

CONSAGRACIÓN Y ADORACIÓN

El valle de la visión

Oraciones Puritanas

CONSAGRACIÓN Y ADORACIÓN

¡Dios mío!
Yo creo que el cielo Te agrada, y Tú quieres que yo esté allí. O que fuera
tan santo como Tú eres santo, puro, como Cristo es puro, perfecto, como Su
Espíritu es perfecto. Estos, yo creo, son los mejores mandamientos en Tu
libro, ¿y yo debo desobedecerlos? ¿Debo romperlos? ¿Estoy bajo tal
necesidad, puesto que vivo aquí?
¡Ay, ay pobre de mí, que soy un pecador, si ofendo a este Dios bendito, que es
infinito en bondad y gracia! ¡Oh, no!, si Él me castigara por mis pecados,
esto haría ir mi corazón tan lejos a punto de ofenderlo; más a pesar de pecar
continuamente, Él continuamente renueva su bondad para mí.
A veces siento que yo podría soportar cualquier sufrimiento, mas, ¿cómo
puedo deshonrar a este Dios glorioso? ¿Qué debo hacer para glorificar y
adorar a este más excelente de los seres? Oh, ¡que pueda consagrar mi alma
y cuerpo a Su servicio, sin restricciones, para siempre! ¡Oh, que yo pudiese
entregarme a Él, de modo que nunca más tratara de ser yo mismo! ¡O tener
cualquier voluntad o afecto que no sea perfectamente conforme a Su
voluntad y Su amor! Pero, por desgracia, no puedo vivir y no pecar.
¡Ángeles glorifíquenle incesantemente y póstrense en el suelo ante el
bendito Rey del cielo! Yo quisiera poder aguantar durante un momento
con ellos en la alabanza incesante; más cuanto yo hubiere hecho todo para
la eternidad yo no seré capaz de ofrecer algo más que una pequeña fracción
de homenaje que el glorioso Dios merece. Dame un corazón lleno de Divino
y celestial amor.