Jueves 14 Julio Ve, fortalécete, y considera y mira lo que hagas. 1 Reyes 20:22 No temas… yo soy tu socorro, dice el Señor. Isaías 41:14 Declaración de los deberes de los hombres (2) “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6:5). “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18). – “Yo (Jesús) os digo: Amad a vuestros enemigos… orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:44). – “Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no” (Mateo 5:37). – “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros” (Efesios 4:32). – “Cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido” (Efesios 5:33). – “Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mateo 7:12). – “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48).
Tal vez usted diga: -¡No vaya más lejos! Nunca lo lograré. ¡Puedo pensar que un mundo así, el que Dios quiso, sería hermoso, pero está más allá de mis fuerzas!
– Reconocerlo es dar el primer paso para entrar en ese mundo que usted sabe que es hermoso.
– No, ¡es imposible hacerlo solo!
– Tiene razón; entonces, tienda la mano a Jesús. Él nunca deja en la incertidumbre a quien confiesa su incapacidad para obedecer a Dios. Él escucha esta confesión; y si usted cree que Jesús murió por sus pecados y resucitó, él le responderá, lo perdonará y le dará la vida eterna. Mediante esta nueva vida, y debido a su amor, somos capaces y felices de obedecerle.
(continuará el próximo jueves) Números 24 – Lucas 4:16-44 – Salmo 83:9-18 – Proverbios 19:13-14
Existe un principio en el Nuevo Testamento que a menudo es descuidado. Yo lo llamo el principio de la «responsabilidad gradual». El principio lo enseñó Jesús en Lucas 12:48b: «A todo el que se le haya dado mucho, mucho se demandará de él».
Este dicho es parte de la parábola del mayordomo fiel. Enfatiza los términos del juicio con los que el señor de la parábola mide a sus siervos. El castigo impuesto es directamente proporcional al conocimiento previo de cada siervo:
Y aquel siervo que sabía la voluntad de su señor, y que no se preparó ni obró conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes;48 pero el que no la sabía, e hizo cosas que merecían castigo, será azotado poco (vv. 47-48a). Aquí vemos que el juicio y el castigo son impuestos de acuerdo al conocimiento y la acción. A mayor conocimiento, mayor responsabilidad.
Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios ¿Eres un fiel mayordomo sobre todas las cosas que Dios te ha confiado?
Para estudiar más a fondo Lucas 12:47-48 – 1 Corintios 4:2
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
Lunes 11 Julio Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, las cuales de la misma manera que aquellos, habiendo fornicado… fueron puestas por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno. Judas 7 Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron. Juan 20:29 Los vestigios de Sodoma: ¿un apoyo para la fe? Según la Biblia, la ciudad de Sodoma está situada al sur del mar Muerto, en la actual Jordania. Ciertos investigadores piensan que fue encontrada por el arqueólogo Steven Collins y su equipo, en el sur del valle del Jordán.
El versículo del día nos recuerda la destrucción total de Sodoma y de las ciudades vecinas, debido a la inmoralidad de sus habitantes. Para todos, era la prueba evidente de que Dios juzga el mal cuando este ha llegado a su colmo. Pero, el descubrimiento de una ciudad arqueológica, que confirma lo que la Biblia declara, ¿lleva a los hombres a creer? Los burladores, por ejemplo, “ignoran voluntariamente” la realidad del diluvio (2 Pedro 3:5) y buscan pruebas arqueológicas, pero no están dispuestos a aceptarlas.
Como Tomás el discípulo, hoy muchas personas se niegan a creer algo cuya prueba material no tienen ante sus ojos. Pero “la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). Creer la palabra a alguien es manifestarle nuestra confianza. Creer lo que Dios dice en la Biblia es honrarlo, y Dios alaba esta fe, librando al creyente de su culpabilidad y revelándose a él.
Cristianos, no tratemos de reforzar nuestra fe por medio de los progresos arqueológicos: la ciencia es el ámbito de los hombres, a quienes Dios dio una gran inteligencia. La fe es el dominio de Dios, quien no necesita más que su Palabra para ser creído y conocido.
T Ú E R E S E L D I O S B E N D I T O ¡Tú eres el Dios bendito! Feliz en Ti mismo, Fuente de felicidad de Tus criaturas, Mi creador, mi benefactor, mi dueño, mi auxilio. Tú me hiciste y me sustentas, Tú me ayudas y me favoreces, Tú me salvas y me sostienes; En cada situación Tú eres capaz de conocer mis necesidades y mis miserias. Que yo pueda vivir por Ti, que yo pueda vivir para Ti, y a nunca estar satisfecho con mi progreso Cristiano en cuanto yo no fuese semejante a Cristo; Que la conformación a Sus principios, Su carácter y Su conducta crezca cada hora de mi vida. Deja que Tu amor incomparable me constriña a la obediencia santa, Y has que mi deber sea mi delicia. Si otros juzgan que mi fe es locura, mi mansedumbre debilidad, Mi celo insensato, mi esperanza desilusión, y Mis acciones hipocresía, Que yo pueda regocijarme de sufrir por tu nombre. (El Dios Bendito) mantenme firme en la dirección del país de las delicias perpetuas, aquel paraíso que es mi verdadera herencia. Afírmame con la fuerza de los Cielos para que yo jamás vaya a retroceder, o desear los placeres engañosos que irán a la nada. Como persigo mi viaje celestial por Su gracia. No me dejes ser conocido como alguien que anda errante, sino como alguien que tiene ardiente deseo por Ti, y por el bien y la salvación de mi prójimo.
En el libro de los Salmos encontramos toda clase de oraciones: el clamor pidiendo ayuda, la queja, la alabanza, el agradecimiento… Algunos salmos incluso asocian la oración al silencio. El Salmo 131, por ejemplo, habla de una lucha interior para lograr la paz con Dios, como un niño que crece y no puede ser más amamantado por su madre, pero permanece confiado a su lado.
¿Cómo lograr tal alivio? A veces guardamos silencio, pero por dentro luchamos fuertemente, enfrentándonos con enemigos imaginarios o batallando contra nosotros mismos. Tener el alma en paz supone un retorno a la sencillez y a la humildad: “Ni anduve en grandezas, ni en cosas demasiado sublimes para mí” (Salmo 131:1). Silenciarme es reconocer que por mí mismo no puedo deshacerme de mis preocupaciones, es dejar a Dios lo que está fuera de mi alcance y de mis capacidades.
Nuestra inquietud puede compararse a la tempestad que sacudió la barca de los discípulos en el mar de Galilea mientras Jesús dormía. Nosotros los creyentes también podemos sentirnos perdidos, angustiados, incapaces de hallar la paz, pero Jesús quiere ayudarnos. Así como calló al viento y al mar: “Cesó el viento, y se hizo grande bonanza”, también puede calmar nuestro corazón agitado por el miedo y las preocupaciones (Marcos 4:35-41). Pongamos nuestra esperanza en Dios. Cuando las palabras cesen y nuestros pensamientos se apacigüen, Dios podrá ser alabado en un silencio de gratitud y con la admiración de la fe.
Estoy iniciando una nueva serie de artículos en la que revisaremos una lista de términos teológicos para proporcionar una definición concisa y sencilla (eso espero) de cada uno de ellos. Al usar el término “elemental” no siempre me refiero a que las palabras son de uso común entre los cristianos (o que se encuentren en la Biblia), sino a que las cosas que representan comprenden algunos de los componentes centrales de la fe y la práctica cristiana.
El contenido de estos artículos procederá, en la mayoría de los casos, de uno o varios autores cuyas definiciones me han resultado especialmente útiles (aunque de vez en cuando también puedo aportar algún resumen o síntesis). Para comenzar, lo más apropiado es iniciar con una definición del término que ha unificado a todos los demás: teología. Millard Erickson, en su obra masiva Teología Sistemática, da una definición sencilla pero completa: [Teología es] aquella disciplina que intenta desarrollar una exposición coherente de las doctrinas de la fe cristiana, basándose principalmente en las Escrituras, situándose en el contexto de la cultura en general, expresándose en un idioma contemporáneo y relacionándose con los asuntos de la vida. (23)
Lo que Erickson llama simplemente “teología” otros lo denominan de forma más precisa como teología sistemática. Wayne Grudem, un teólogo que también ha escrito un libro enorme sobre el tema (casi obligatorio tenerlo en su biblioteca), hace esta distinción y define la teología sistemática como “cualquier estudio que responde a la pregunta ‘¿Qué nos enseña toda la Biblia hoy?’ respecto a cualquier tema” (21).
Aunque mucho más corta, la definición de Grudem es, en esencia, la misma que la de Erickson; ambas son buenas y útiles. Otra forma aún más sencilla, con menos calificaciones, sería decir que la teología se refiere a lo que pensamos que Dios piensa sobre algo.
¿Sugiere usted algunas otras definiciones para la teología?
Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.
Un creyente nos cuenta la historia de uno de sus vecinos, a quien con frecuencia había hablado de la fe en Jesucristo.
Durante una excursión a los Alpes, la capa de hielo sobre la cual caminaba cedió bajo su peso, y casi se ahoga en un lago. En otra ocasión, su velero se volcó durante una tempestad, y fue rescatado por los socorristas en el mar. A sus cuarenta años fue sanado de una leucemia, y Dios le concedió todavía 15 años más de vida. Para terminar, una noche, en medio de una tormenta, un árbol cayó sobre su auto y él murió en el instante.
Este hombre era simpático. Conocía la Biblia, pero aparentemente nunca había sentido la necesidad de un Salvador.
Sin embargo, ¿había prestado atención a las múltiples advertencias de Dios? Su vida terminó bruscamente, ¡entró en la eternidad en un instante! Solo Dios sabe si se reconoció pecador y si recibió el perdón y la vida eterna por la fe en el Señor Jesús.
“En una o en dos maneras habla Dios; pero el hombre no entiende… Entonces revela al oído de los hombres, y les señala su consejo, para quitar al hombre de su obra, y apartar del varón la soberbia. Detendrá su alma del sepulcro, y su vida de que perezca a espada… Todas estas cosas hace Dios dos y tres veces con el hombre, para apartar su alma del sepulcro, y para iluminarlo con la luz de los vivientes” (Job 33:14, 16-18, 29-30).
“¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?” (Romanos 2:4).
La conciencia casi siempre es vista por el mundo moderno como un defecto que les roba a las personas su autoestima. Sin embargo, lejos de ser un defecto o un desorden, la capacidad que tenemos de sentir nuestra propia culpa es un magnífico obsequio divino. Dios diseñó la conciencia en el marco mismo del alma humana.
La conciencia, escribió el puritano Richard Sibbes en el siglo XVII, es el alma reflexionando sobre sí misma.[1] La conciencia es la esencia de lo que distingue a la criatura humana. Las personas, a diferencia de los animales, pueden contemplar sus propias acciones y hacer autoevaluaciones morales. Ésa es la función propia de la conciencia.
La conciencia es una habilidad innata cuya función es discernir lo correcto y lo incorrecto. Todos, incluso los paganos menos espirituales, tienen conciencia: “Cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen por naturaleza lo que la ley exige, ellos son ley para sí mismos, aunque no tengan la ley. Estos muestran que llevan escrito en el corazón lo que la ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan” (Ro. 2:14-15, énfasis agregado).
La conciencia nos suplica que hagamos lo que creemos que es correcto y nos impide hacer lo que creemos que es incorrecto. La conciencia no se debe equiparar con la voz de Dios o la ley de Dios. Es una facultad humana que juzga nuestras acciones y pensamientos a la luz del más alto nivel que percibimos. Cuando violamos nuestra conciencia, ésta nos condena, provocando sentimientos de vergüenza, angustia, arrepentimiento, consternación, ansiedad, desgracia e incluso miedo. Cuando seguimos nuestra conciencia, ésta nos elogia, trayendo alegría, serenidad, autoestima, bienestar y regocijo.
La conciencia está por encima de la razón y más allá del intelecto. Podemos racionalizar, tratando de justificarnos en nuestras propias mentes, pero una conciencia violada no se convencerá fácilmente. Es posible anular virtualmente la conciencia mediante el abuso repetido. Pablo habló de personas cuyas conciencias estaban tan pervertidas que su “gloria es su vergüenza” (Fil. 3:19; cf. Ro. 1:32). Tanto la mente como la conciencia pueden contaminarse a tal punto que dejen de distinguir entre lo que es puro y lo que es impuro (cf. Tit. 1:15). Después de tanta violación, la conciencia finalmente se calla. Moralmente, aquellos con conciencias contaminadas se quedan volando a ciegas. Las señales de advertencia molestas pueden desaparecer, pero el peligro ciertamente no; de hecho, el peligro es mayor que nunca.
Además, incluso la conciencia más contaminada no permanece en silencio para siempre. Cuando nos juzgamos, la conciencia de cada persona se pondrá del lado de Dios, el juez justo. El peor malhechor endurecido por el pecado descubrirá ante el trono de Dios que tiene una conciencia que testifica en su contra.
La conciencia, sin embargo, no es infalible. La conciencia está informada tanto por la tradición como por la verdad, por lo que los estándares que nos obligan no son necesariamente bíblicos (1 Co. 8:6-9). La conciencia puede estar condenando innecesariamente en áreas en las que no hay problema bíblico. La conciencia, para operar plenamente y de acuerdo con la verdadera santidad, debe ser instruida por la Palabra de Dios. La conciencia reacciona a las convicciones de la mente y, por lo tanto, puede ser alentada y agudizada en concordancia con la Palabra de Dios.
El cristiano sabio quiere dominar la verdad bíblica para que la conciencia esté completamente instruida y juzgue bien porque está respondiendo a la Palabra de Dios. Una dieta periódica de lectura de las Escrituras fortalecerá una conciencia débil o restringirá una hiperactiva. Por el contrario, el error, la sabiduría humana y las influencias morales erradas que llenan la mente corromperán o paralizarán la conciencia.
En otras palabras, la conciencia funciona como un tragaluz, no como una bombilla. Deje entrar la luz en el alma; no produzca la suya. Su efectividad está determinada por la cantidad de luz pura a la que la exponemos y por lo limpia que la mantenemos. Cúbrala o póngala en la oscuridad total y dejará de funcionar. Es por eso que el apóstol Pablo habló de la importancia de una conciencia limpia (1 Ti. 3:9) y advirtió contra cualquier cosa que contamine o enturbie la conciencia (1 Co. 8:7; Tit. 1:15).
La conciencia está al tanto de todos nuestros pensamientos y motivos secretos. Por lo tanto, es un testigo más preciso y formidable en la sala del tribunal del alma que cualquier observador externo. La conciencia es una parte indivisible del alma humana. Aunque puede estar endurecida, cauterizada o adormecida en latencia aparente, la conciencia continúa almacenando evidencia que algún día usará como testimonio para condenar el alma culpable.
La semana que viene veremos que debido a que la conciencia es el sistema automático de advertencia del alma, es ella misma la que inicia el juicio en el tribunal imaginario, en el consejo del corazón humano.
Atesorar el precio de la redención Por R.C. Sproul
La clave para entender el clamor de Jesús desde la cruz la encontramos en la carta de Pablo a los gálatas: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros (porque escrito está: MALDITO TODO EL QUE CUELGA DE UN MADERO)» (Gal 3:13).
Ser maldito es ser apartado de la presencia de Dios, ser colocado fuera del campamento, ser excluido de Sus beneficios. En la cruz, Jesús fue maldito. Es decir, Él representó a la nación judía que había violado el pacto y estaba expuesta a la maldición. Allí, Él recibió la medida completa de la maldición sobre Sí mismo. Como el Cordero de Dios, Aquel que cargó con el pecado, Él fue apartado de la presencia de Dios.
En la cruz, Jesús experimentó el abandono en lugar nuestro. Dios le dio la espalda y lo apartó de toda bendición, de todo cuidado, de toda gracia y de toda paz.
Dios es demasiado santo como para mirar la iniquidad. Dios el Padre le dio la espalda a Su Hijo, y lo maldijo hasta el abismo del infierno mientras colgaba en la cruz. Aquí estaba «el descenso al infierno» del Hijo. Aquí la furia de Dios se desató contra Él. Su grito fue el grito de los condenados. Por nosotros.
Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios Reflexiona sobre lo que Jesús hizo por ti en el Calvario. Da gracias por el Cordero de Dios que cargó con tu pecado.
Para estudiar más a fondo Mateo 27:46 – Gálatas 3:13 – Gálatas 3:10
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
Viernes 8 Julio Se espantaron grandemente. Marcos 5:42 En gran manera se maravillaban (hablando de Jesús), diciendo: bien lo ha hecho todo. Marcos 7:37 Se regocijaba por todas las cosas gloriosas hechas por él. Lucas 13:17 Admiración Todos nos hemos maravillado alguna vez ante el cielo estrellado, el esplendor de un atardecer, ante una hermosa flor o la belleza de un rostro… Quizás admiremos incluso un personaje célebre, ídolos de la canción, del espectáculo, de la política…
Entonces, si conocemos algo sobre la vida de Jesucristo, ¿cómo permanecer indiferentes? Él es incomparable: Dios nuestro Creador se hizo hombre entre los hombres. Los autores de los evangelios, que lo vieron, lo escucharon y lo tocaron nos lo muestran. Cuando era niño obedeció a sus padres sin dejar de someterse a Dios (Lucas 2:49). Más tarde trabajó como carpintero (Marcos 6:3). Luego, enviado por el amor de Dios, recorrió el país sirviendo a sus contemporáneos. Con humildad y gran bondad les habló de perdón, de reconciliación, de amor, de paz. Su mensaje era gracia y verdad; denunciaba el mal, para conducir al perdón a los que se arrepentían, consolaba a los que sufrían…
Pero la grandeza de Jesús, el Hijo de Dios, nos impresiona aún más cuando, siendo odiado, rechazado, traicionado, herido, aceptó llevar en la cruz, en nuestro lugar, el castigo que nosotros merecíamos por nuestros pecados. Dio su vida por nosotros, sus enemigos, pero tenía el poder para volverla a tomar. Jesús resucitó, venció a la muerte.
Detengámonos contemplando la vida de Jesús y su carácter único, más que admirable. Recibamos este mensaje de Aquel que nos amó hasta tal punto, y digámosle, como Tomás: “¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28).