Consuelo Para Padres Cristianos De Hijos Inconversos

POR JIM ELIFF

Todos los padres cristianos desean que Dios nos muestre algo que hacer para asegurar la salvación de nuestro hijo, y entonces «lo haremos con todas nuestras fuerzas» porque amamos mucho a nuestro hijo. Sin embargo, Dios no ha hecho que la salvación sea el efecto de la fe de otra persona; nuestro hijo o hija debe venir a Cristo por sí mismo. Juan nos muestra que todos los cristianos han nacido en la familia de Dios «no por sangre, ni por voluntad de la carne, ni por voluntad de hombre, [es decir, por voluntad de otra persona] sino por Dios». (Juan 1:13)

Aunque la salvación es obra de Dios y no algo que podamos hacer por nuestro hijo, hay esperanza. Considere lo siguiente:

1. Una verdadera carga en la oración por su hijo es un regalo de Dios. Una carga persistente puede indicar que Dios tiene la intención de dar a su hijo la vida eterna porque la oración auténtica siempre comienza con Dios. Aunque no podemos estar absolutamente seguros de saber todo lo que Dios está haciendo, debemos ser optimistas si la carga continúa.

2. El milagro del nuevo nacimiento no es menos posible para Dios si nuestro hijo está atento a Él o huye de Él. Nuestro hijo es como todos los demás niños cuando se trata de la gracia de Dios. Está muerto espiritualmente si está en la iglesia o no, si escuchó bien las verdades que tratamos de enseñarle o no, si tiene algún interés en Dios ahora o no tiene ninguno. Puede convertirse en el corral de los cerdos o en la banca de la iglesia y no sabemos en este caso qué es lo que prefiere Dios.

3. Dios escucha nuestras oraciones. Aunque Dios nos ha enseñado que elige a todos los que son suyos antes de la fundación del mundo, también nos ha enseñado que debemos orar, y no sólo orar, sino esperar la respuesta a nuestras oraciones. Es cierto que Dios es soberano y es igualmente cierto que responde a la oración. De hecho, Él no podría responder a la oración si no tuviera el control de todas las cosas.

4. Podemos tener esperanza debido a la elección de Dios de aquellos que vendrán a Él. Todo niño va camino al infierno a menos que Dios lo detenga. La elección de Dios es nuestra amiga. No tendríamos esperanza en la salvación de nuestro hijo sin ella, porque ningún niño se volvería a Cristo si se le dejara en su depravación (Romanos 3:9-11). Pero dada la elección de Dios de las personas para sí mismo, podemos estar animados.

5. Su hijo tiene algún conocimiento claro de lo que significa ser un verdadero cristiano. El Espíritu ciertamente puede traer esto en cualquier momento si este es su método elegido. Aunque no es menos milagro que se convierta un niño con conocimiento que un niño con poco conocimiento; Dios siempre usa la semilla del evangelio en cada conversión.

6. Su propia desobediencia en el pasado no impedirá en última instancia que su hijo se convierta en creyente. No tiene sentido que te reprendas por cualquier comportamiento incorrecto de tu parte como si fuera la razón por la que tu hijo está sin Cristo. Esto no significa que como padres no debamos arrepentirnos y mejorar, e incluso admitir el error ante nuestros hijos. Pero la razón por la que su hijo está sin Cristo está en última instancia relacionada con su propio pecado. Cada padre cristiano es inconsistente de alguna manera y está en un proceso de santificación que deja al padre corto de la perfección. Esto nunca ha sido una barrera para Dios si Él desea salvar a su hijo. Abundan los ejemplos de hijos que provienen de familias mucho menos piadosas que, sin embargo, se convierten a Cristo. De hecho, este puede haber sido el caso en su propia experiencia.

7. Algunos niños pueden necesitar la experiencia de estar lejos del cuidado de sus padres para enfrentar su propia necesidad de Cristo. El sentido de la necesidad para muchos puede descubrirse sólo en el contexto de las dificultades. No debemos sorprendernos si se necesita algún vuelo en solitario antes de que un niño aprenda que realmente necesita a otro como su piloto.

8. Recuerde que hay muchas personas que han llegado a apreciar su historia antes de venir a Cristo. No estoy diciendo que estas personas no hubieran querido convertirse antes, sino que el dolor de su historia previa a la conversión les ha dejado compasión, comprensión, conocimiento, testimonio y una carga que quizás no hubieran tenido de otra manera. Han visto la sabiduría de Dios en el momento de su conversión. Esto bien puede ser así con su hijo. Pablo dijo que había una razón por la que fue elegido para convertirse a pesar de ser un asesino, blasfemo y agresor violento-para que la gente vea y tenga esperanza de que Dios puede salvar a cualquiera. Dios tiene un viaje único para cada niño.

9. No puedes salvar a tu hijo por ti mismo, por mucho que lo intentes. Usted está en una posición de confianza solo. Esto es bueno porque es la única manera de complacer a Dios (Heb. 11:6). Su descanso en Dios, mientras ora simultáneamente al Dios que responde a la oración, será un estímulo para otros en la misma situación. También le ayudará a responder a su hijo de forma más positiva, y hará que su vida sea mucho más alegre de lo que podría ser su ansiedad.

10.  Finalmente, recuerde que Dios tiene un propósito en todo lo que hace. Un día nos alegraremos de que Dios haya hecho una obra perfecta al gobernar su universo. Cuando reconozcamos esto y pongamos a Dios incluso por encima de nuestros hijos, realmente demostraremos a nuestro hijo la forma en que un cristiano debe vivir.

El orgullo y la humildad en las Escrituras

Serie: El orgullo y la humildad

Por Keith A. Mathison

Nota del editor:Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

Cuando los editores de Tabletalk me invitaron a escribir un artículo sobre la humildad, me reí un poco porque me di cuenta de lo fácil que sería decirme: «¡Wow! Si me están pidiendo que escriba sobre la humildad, debe ser porque saben lo humilde que soy». Podría darme palmaditas en la espalda, sintiéndome orgulloso de mi humildad.

Todo pecado es engañoso, pero el orgullo es especialmente astuto. Cuántas veces has estado leyendo una historia en la Biblia y te has dicho: «¿Qué les pasa? ¿Por qué están haciendo algo tan estúpido?». Es muy fácil comenzar a decir: «Gracias, Padre, porque no soy como esos israelitas continuamente quejumbrosos» o, «Gracias, Padre, porque no soy como ese Sansón. ¿Qué tan ingenuo puede ser alguien?». Luego, llegamos al Nuevo Testamento y nos pillamos diciendo: «Gracias, Padre, porque no soy como ese fariseo quien te agradeció por no ser como ese recaudador de impuestos».

Todas estas cosas fueron escritas para nuestra instrucción. Cuando vemos a los pecadores y necios en las historias bíblicas, nos estamos viendo en un espejo. No podemos mortificar el pecado del orgullo hasta que lo reconozcamos y entendamos cuán desesperadamente pecaminosos somos. Es por eso que Jesús dijo: «Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5:3). Tenemos que entender que Dios se opone a los orgullosos pero da gracia a los humildes (Stg 4:6).

Tenemos que tener un conocimiento verdadero de nosotros mismos, y no podemos tener eso a menos que tengamos un conocimiento verdadero de la santidad de Dios. Es solo cuando nos vemos a la luz de la santidad infinita de Dios que vemos cuán verdaderamente pobres somos. Esto es lo que distingue a las historias de los orgullosos y los humildes en las Escrituras. Aquellos que son orgullosos tienen una visión pequeña de Dios y una visión grande de sí mismos. Se exaltan a sí mismos en lugar de a Dios. Este tipo de orgullo es odiado por Dios (Pr 6:16-17; 8:13).

En el libro de Proverbios, el Señor nos revela que «delante de la destrucción va el orgullo, y delante de la caída, la altivez de espíritu» (16:18). Vemos numerosos ejemplos de esto a lo largo de las Escrituras. Del rey Uzías, leemos: «Pero cuando llegó a ser fuerte, su corazón se hizo tan orgulloso que obró corruptamente» (2 Cr 26:16). De manera similar, se nos dice con respecto al rey Ezequías: «Mas Ezequías no correspondió al bien que había recibido, porque su corazón era orgulloso; por tanto, la ira vino sobre él, sobre Judá y sobre Jerusalén» (32:25). Tarde o temprano, el orgullo será seguido por la destrucción.

Ezequiel 28 contiene un oráculo de juicio contra el rey de Tiro. Dios promete enviar destrucción sobre él debido a su orgullo satánico. El Señor le dice: «Aun cuando tu corazón se ha enaltecido y has dicho: “Soy un dios, sentado estoy en el trono de los dioses, en el corazón de los mares”, no eres más que un hombre y no Dios, aunque hayas igualado tu corazón al corazón de Dios» (vv. 1-2). El rey de Tiro no solo se exalta a sí mismo; se hace pasar por un dios. Ha combinado orgullo y blasfemia.

Uno de los ejemplos más dramáticos de orgullo antes de la destrucción se observa en el caso de Nabucodonosor. Mientras caminaba por el techo de su palacio en Babilonia, Nabucodonosor se dijo a sí mismo: «¿No es esta la gran Babilonia que yo he edificado como residencia real con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad?» (Dn 4:30). Inmediatamente, Dios proclamó juicio sobre él y fue hecho como las bestias del campo hasta que se arrepintió.

Vemos algo muy similar en el caso de Herodes en el Nuevo Testamento:

El día señalado, Herodes, vestido con ropa real, se sentó en la tribuna y les arengaba. Y la gente gritaba: «¡Voz de un dios y no de un hombre es esta!». Al instante un ángel del Señor lo hirió, por no haber dado la gloria a Dios; y murió comido de gusanos (Hch 12:21-23).

Herodes se permitió ser reconocido como un dios, y le costó la vida.

La autoexaltación se ve no solo entre reyes y gobernantes civiles. También se ve entre los religiosos. Jesús dice de los fariseos:

Sino que hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres; pues ensanchan sus filacterias y alargan los flecos de sus mantos; aman el lugar de honor en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, y los saludos respetuosos en las plazas y ser llamados por los hombres Rabí. Pero vosotros no dejéis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni dejéis que os llamen preceptores; porque uno es vuestro Preceptor, Cristo. Pero el mayor de vosotros será vuestro servidor. Y cualquiera que se ensalce, será humillado, y cualquiera que se humille, será ensalzado (Mt 23:5-12).

¿Cómo se ve ser pobre de espíritu y humillarse? Jesús nos lo dice en la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos (Lc 18:9-14). Mientras el fariseo casi se disloca el hombro y el codo dándose palmaditas en la espalda, el recaudador de impuestos «no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “Dios, ten piedad de mí, pecador”» (v. 13). La humildad implica un conocimiento preciso de nuestro estado como pecador ante Dios.

Hay numerosos ejemplos de verdadera humildad en las Escrituras. Es difícil olvidar la historia de José. Cuando era joven, a veces podía estar bastante lleno de sí mismo. Pero a través de numerosas pruebas y años de sufrimiento, José aprendió humildad. Esta humildad está en plena exhibición cuando el faraón le dice a José: «He oído decir de ti, que oyes un sueño y lo puedes interpretar» (Gn 41:15). El José joven podría haber dicho que sí. El José humilde dice: «No está en mí; Dios dará a Faraón una respuesta favorable» (v. 16).

Moisés fue el profeta más grande del Antiguo Testamento, y sin embargo era «muy humilde, más que cualquier otro hombre sobre la faz de la tierra» (Nm. 12:3). Se sometió fielmente a Dios.

Sin embargo, David puede ser el ejemplo más claro de humildad en el Antiguo Testamento. Ciertamente no era perfecto. Cometió muchos errores. En algunos casos, cayó en pecados atroces como adulterio e incluso el asesinato. Pero lo que distingue a David es que cuando cayó, se arrepintió genuina y humildemente. No trató de justificarse con orgullo. Recibió la misericordia de Dios porque entendió que Dios es Dios y que él no lo es. Vemos esto desde el momento en que Dios hizo Su pacto con David. David respondió: «¿Quién soy yo, oh Señor Dios, y qué es mi casa para que me hayas traído hasta aquí?» (2 Sam 7:18). No llegó a la conclusión de que él era alguien especial. No se exaltó a sí mismo. Reconoció la gracia soberana de Dios al elegirlo.

Cuando nos dirigimos al Nuevo Testamento, inmediatamente se nos presenta un hermoso ejemplo de humildad en el caso de la madre de Jesús, María. Después de que el ángel le anunció quién sería su hijo, María no se exaltó a sí misma. Ella exaltó a Dios, diciendo: «Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la humilde condición de esta su sierva; pues he aquí, desde ahora en adelante todas las generaciones me tendrán por bienaventurada» (Lc 1:46-48).

En el apóstol Pablo, vemos a alguien a quien se le había dado una gran misión y un gran papel en la iglesia de Jesucristo, pero Pablo nunca olvidó quién era y qué había sido. Más de una vez habló de sí mismo como el menor de los apóstoles y el menor de los santos porque había perseguido a la iglesia (1 Co 15:9; Ef 3:8). En un momento dado, incluso se refirió a sí mismo como el más grande de los pecadores (1 Tim 1:15). Él entendió que de no ser por la gracia de Dios, habría sufrido la ira de Dios. Pero no permitió que esto lo inmovilizara en un mar de desesperación. Se regocijó en la gracia de Dios e hizo fielmente lo que Jesús lo había llamado a hacer.

El mayor ejemplo de humildad en las Escrituras es el Señor Jesucristo. Se nos instruye a seguir Su ejemplo. Al igual que Jesús, no debemos hacer nada «por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo» (Flp 2:3). No debemos buscar «cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás» (v. 4). Imagina cómo se vería la iglesia si los cristianos comenzaran a hacer esto en números significativos.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Keith A. Mathison
El Dr. Keith A. Mathison es profesor de teología sistemática en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de varios libros, entre ellos The Lord’s Supper: Answers to Common Questions [La Cena del Señor: respuestas a preguntas comunes].

“Quizá para esto”

Martes 2 Agosto

Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien.

Romanos 8:28

Yo también sé que les irá bien a los que a Dios temen, los que temen ante su presencia.

Eclesiastés 8:12

“Quizá para esto”

Desde su prisión en Roma, el apóstol Pablo envió a Onésimo, un esclavo fugitivo, a su amo Filemón. En su huida, Onésimo se había encontrado con el apóstol y se había convertido a Jesucristo. Pablo le pidió que volviera a su amo llevando una carta en la cual invitaba a Filemón a recibir a su esclavo con benevolencia. Pablo escribió: “Quizá para esto se apartó de ti por algún tiempo”. Huir de su amo dio la oportunidad a este esclavo de convertirse al Señor, y también permitió a Filemón hallar en él a un “hermano amado”. Notemos que, a pesar de ser un apóstol, Pablo no dice: “por eso”, sino que añade un sabio “quizá”. Fue prudente y moderado; no pretendía comprender y explicar todo.

En el mismo sentido Mardoqueo, un creyente judío, se dirigió a su prima Ester, quien llegó a ser reina (del imperio persa) en un momento crítico para su pueblo: “¿Quién sabe si para esta hora has llegado al reino?” (Ester 4:14).

Hay hechos cuyo sentido nos parece evidente. Pero seamos prudentes en nuestras afirmaciones. Dios dirige todas las circunstancias, pero sus razones no siempre están a nuestro alcance; algunas se nos escapan. Oremos para comprender lo que Dios quiere decirnos. No juzguemos, especialmente cuando se trata de los demás. Confiemos, sobre todo, en el amor de Dios.

“De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí. Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano” (Romanos 14:12-13).

Jeremías 6 – Lucas 13:1-17 – Salmo 89:46-52 – Proverbios 20:20-21

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