La justificación: ¿qué es y qué hace?

Matthew Leighton
La doctrina mĆ”s distintiva de la fe evangĆ©lica es la justificación por la fe sola. No hay ninguna otra religión en el mundo que tenga semejante enseƱanza. No solo es una doctrina distintiva, sino que viene a ser la Ćŗnica solución al problema mĆ”s importante de la humanidad: su propia injusticia y la ruptura de su relación con el Creador. La justificación por la fe sola es el camino que Dios ha puesto para establecer de nuevo la paz entre Ćl y sus criaturas. Es el corazón del evangelio, la buena noticia de la Biblia.
A pesar de su importancia, muchos evangĆ©licos no son capaces de articular claramente esta doctrina. En este artĆculo daremos una breve y sencilla explicación de la justificación segĆŗn el testimonio bĆblico, con el fin de ayudarnos a entender mejor esta verdad y aplicarla a nuestra vida.
La justificación según la Biblia
Empecemos con una definición de la palabra justificar. En el lenguaje cotidiano usamos esta palabra muchas veces para hablar de cómo nosotros nos defendemos ante las acusaciones. Por ejemplo, yo me justifico presentando evidencias y argumentos acerca de mi inocencia. Cuando me justifico, me declaro justo o inocente. AsĆ usamos esta palabra en el dĆa a dĆa, pero en la Biblia se usa de otra manera.
En nuestras versiones aparece la palabra justificar como traducción de una palabra griega, dikaio, que muchas veces hace referencia no a una declaración del ser humano sobre sà mismo, sino a una declaración divina. Por ejemplo, Romanos 5:1 dice lo siguiente:
āPor tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro SeƱor Jesucristoā.
En este texto, y en otros mĆ”s, el verbo se usa en la forma pasiva. Cuando el texto dice ājustificadosā, o āhabiendo sido justificadosā, significa que no nos justificamos a nosotros mismos, sino que es Dios quien nos justifica. Cuando Dios justifica, Ćl declara que una persona es justa.
Esta declaración divina es un acto forense. Es una declaración que Dios emite como juez. No se trata de un cambio o proceso dentro de la persona que recibe el veredicto. La palabra justificar se usa precisamente de esta manera legal o forense en varios pasajes bĆblicos. Un ejemplo claro de este uso se encuentra en Romanos 8:33-34:
āĀæQuiĆ©n acusarĆ” a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ĀæQuiĆ©n es el que condena? Cristo JesĆŗs es el que murió, sĆ, mĆ”s aĆŗn, el que resucitó, el que ademĆ”s estĆ” a la diestra de Dios, el que tambiĆ©n intercede por nosotrosā.
Cuando Dios justifica, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: justo y merecedor de los privilegios correspondientes.
Aquà se contempla a Dios como juez, y el apóstol Pablo menciona dos veredictos que puede emitir. Uno es condenar. La condena es claramente una declaración legal de culpa, sin tratarse de un proceso o cambio subjetivo en la persona condenada. Cuando Dios condena, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: culpable y merecedor del castigo correspondiente.
Paralelamente, cuando Dios justifica, emite una declaración legal sin requerir un proceso o cambio subjetivo en la persona justificada. Cuando Dios justifica, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: justo y merecedor de los privilegios correspondientes. De modo que la justificación es legal, puntual, y externa al ser humano. No se trata de un proceso de transformación interior.
El apuro del ser humano rebelde
ĀæA quiĆ©n justifica Dios? De entrada, pensarĆamos que Dios debe justificar a la gente buena. Puesto que Dios es un juez omnisciente, Ćl sabrĆ” quiĆ©n es bueno y quiĆ©n no lo es y, siendo justo, suponemos que Dios deberĆa justificar a las personas cuyo comportamiento es ejemplar e intachable, que son justas en sĆ mismas. No obstante, la Biblia pinta un cuadro muy oscuro de la humanidad y su injusticia. Pablo, en la misma carta a los Romanos, declara lo siguiente:
āComo estĆ” escrito: āNo hay justo, ni aun uno No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se han desviado, a una se hicieron inĆŗtiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera unoāā, Romanos 3:10-12.
SegĆŗn el apóstol (y el Antiguo Testamento, del cual cita), no hay gente buena. Todos somos injustos, todos nos desviamos. Nos ofendemos los unos a los otros y ofendemos a Dios cometiendo injusticias a menudo, no solamente con hechos externos, sino tambiĆ©n con actitudes y disposiciones internas como el egoĆsmo, el orgullo, y el odio. Si es asĆ, Āæa quiĆ©n puede justificar Dios? Si no siguiĆ©ramos leyendo el pasaje, podrĆamos concluir que, ante un Dios perfectamente justo, nadie serĆ” justificado. Pero la Biblia nos sorprende. Romanos 4:5 dice asĆ:
āPero al que no trabaja, pero cree en AquĆ©l que justifica al impĆo, su fe se le cuenta por justiciaā.
SegĆŗn la Biblia, Dios sĆ justifica a personas. No a personas buenas, sino a personas āimpĆasā, personas que precisamente no merecen ser declaradas justas, sino condenadas. Ā”Esto es una muy buena noticia! Pero, Āæcómo puede ser? ĀæNo estĆ” Dios quebrantando su propia justicia al justificar a impĆos (Pr. 17:15)?
La solución: la imputación
Si Dios no hiciera nada mĆ”s, serĆa injusto. ĀæQuĆ© es lo que Dios hace para que su veredicto no sea injusto? Tenemos una pista en un texto que hemos considerado ya. Romanos 5:1 dice que por la justificación tenemos paz con Dios por medio de Jesucristo. La clave de la justificación es JesĆŗs. Pablo amplĆa esta idea en 2 Corintios 5:21:
āAl que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuĆ©ramos hechos justicia de Dios en Ćlā.
Es gracias a JesĆŗs que Dios justifica al impĆo, y esto es asĆ porque JesĆŗs obedece y muere en el lugar del pecador. JesĆŗs era perfectamente justo. Si ha habido alguien en la historia que no mereció morir, esa persona fue JesĆŗs. JesĆŗs no habĆa pecado (āal que no conoció pecadoā); no obstante, Dios le trató como pecador (ālo hizo pecadoā). Lo hizo pecado āpor nosotrosā, es decir, en el lugar del ser humano. Lo hizo para que āfuĆ©ramos hechos justicia de Dios en Ćlā.
AsĆ, Dios puede justificar y satisfacer su justicia al mismo tiempo. Podemos resumirlo de esta manera: Dios trata a JesĆŗs como impĆo (cuando Cristo muere en la cruz), y trata al impĆo como JesĆŗs lo merece (cuando le son otorgadas todas las bendiciones de la vida eterna).
Dios realiza una transferencia doble: nuestro pecado se transfiere a Cristo, y la justicia de Cristo se transfiere a nosotros.
Este intercambio entre el creyente y Cristo se conoce como imputación. Por un lado, Dios atribuye la culpa de nuestro pecado a Cristo, y Cristo sufre las consecuencias de ella en la cruz. Por otro lado, Dios confiere la justicia de Cristo a nosotros, y considera los méritos o los merecimientos de Cristo como si fuesen nuestros. Dios realiza una transferencia doble: nuestro pecado se transfiere a Cristo, y la justicia de Cristo se transfiere a nosotros.
De modo que Dios justifica a impĆos no con base en la justicia inherente en ellos, sino con base en la justicia de Cristo. Les justifica no por lo que ellos hacen, sino por lo que JesĆŗs hizo.
¿Qué merece Jesús? La justificación: una declaración de haber obedecido perfectamente y, como consecuencia, todas las bendiciones celestiales, porque es digno de ellas. Jesús comparte este estatus y estas bendiciones con muchas personas (Ro. 4:1-8, 23-25; 5:12-21; 1 Co. 1:30; Fil. 3:7-9).
El rol de la fe
Ahora bien, no todo el mundo goza de este privilegio. ¿Quiénes son aquellos a quienes Dios justifica? Son los que creen, los que tiene fe:
āTambiĆ©n nosotros hemos creĆdo en Cristo JesĆŗs, para que seamos justificados por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley. Puesto que por las obras de la ley nadie serĆ” justificadoā, GĆ”latas 2:16.
La fe es una actitud de receptividad, dependencia, y confianza. Dios no nos justifica por lo que hacemos, por nuestros esfuerzos, o por nuestra obediencia (āobras de la leyā), sino por lo que JesĆŗs hizo. La fe confĆa en JesĆŗs y en su obra como suficiente para recibir la justificación de Dios (Ro. 3:28; 4:23-25; Ef. 2:8-10).
ĀæQuĆ© papel tiene la fe exactamente en la justificación? ĀæPodrĆa ser que la fe misma nos hace dignos de la justificación? No, porque la fe, por definición, no es una obra. Es precisamente la Ćŗnica actitud humana que le dice a Dios: āYo no puedo; necesito que tĆŗ me salvesā (ver Lc. 18:9-14). La fe mira fuera de sĆ, se concentra en su objeto y le abraza, confiando su destino a Ćl y aferrĆ”ndose a su capacidad para salvar.
La fe, en este sentido, es como la mano vacĆa del mendigo que recibe una limosna. Extender la mano no le hace digno de recibir el donativo, sino que Ć©ste se da puramente por la bondad del dador. Lo Ćŗnico que hace la mano es recibir. Y la mano estĆ” precisamente vacĆa, no con un billete en la palma.
ĀæQuĆ© de Santiago capĆtulo 2?
Una objeción contra la descripción de la justificación dada aquà es que la Biblia dice que la justificación no es por la fe sola. Santiago 2:24 dice:
āUstedes ven que el hombre es justificado por las obras y no solo por la feā.
ĀæSerĆ” que los reformadores hace 500 aƱos y los evangĆ©licos desde entonces no se percataron de este verso? ĀæSerĆ” que van en contra de la enseƱanza explĆcita de la Biblia?
Hay que leer los textos en sus contextos. Santiago no estÔ lidiando con el mismo problema que Pablo. Por un lado, Pablo argumenta con personas que piensan que tienen que aportar algo para efectuar su justificación. Por otro lado, Santiago estÔ discutiendo con personas que piensan que se salvan por una profesión de fe meramente de palabras.
El verdadero creyente es una persona que dice que tiene fe y lo demuestra por lo que hace.
Santiago empieza el pasaje diciendo: āĀæDe quĆ© sirve, hermanos mĆos, si alguien dice que tiene fe, pero no tiene obras? ĀæAcaso puede esa fe salvarlo?ā (Stg. 2:14). ĀæCuĆ”l era el problema al que se enfrentó Santiago? HabĆa personas que decĆan que tenĆan fe en JesĆŗs pero cuyas vidas no reflejaban esta fe de ninguna manera. Esta clase de fe, una fe que no transforma la vida, que no va secundada por hechos, es una fe que no vale nada.
En cambio, el verdadero creyente es una persona que dice que tiene fe y lo demuestra por lo que hace. La fe que salva no es solo de palabras. El corazón dispuesto a confiar en Cristo también estÔ dispuesto a obedecerle.
Los protestantes siempre han dicho que las obras no son la base de la justificación. Es decir, Dios no nos justifica porque nuestras obras lo merecen. No obstante, las obras son la evidencia de una fe verdadera. Si la fe es real, habrÔ obras que lo comprobarÔn. En este sentido, la justificación es por la fe sola, pero no una fe que estÔ sola. Pablo mismo también lo afirma en GÔlatas 5:6.
La clave para la vida cristiana
ĀæPor quĆ© la fe no se encuentra sola en la vida de una persona justificada? Una de las razones es que la justificación por la fe, bien entendida, capacita para obedecer. Es contraintuitiva, porque parece que la justificación sin obras deberĆa dar lugar al libertinaje y a la desobediencia. Sin embargo, la justificación por la fe sola resulta ser la clave, la Ćŗnica fuente duradera de motivación, y el patrón a seguir para vivir la vida cristiana.
La justificación por la fe es la clave para la vida cristiana porque le da al creyente el derecho legal de participar en las bendiciones celestiales, incluyendo la obra santificadora del EspĆritu (ver GĆ”. 3:6-14). La justificación por la fe es tambiĆ©n el motor que impulsa la fidelidad a Dios porque garantiza ser aceptado por Ćl, lo cual libera al creyente para obedecerle radicalmente, incluso arriesgando su vida, confiando que Dios estarĆ” siempre con Ć©l y obrarĆ” todo para bien (Ro. 5:1-5; 8:28-30).
Finalmente, la justificación por la fe provee el patrón para la vida cristiana porque en ella Dios muestra su misericordia y generosidad, lo cual motiva asimismo al creyente a mostrar misericordia y generosidad hacia los demÔs (Mt. 18:21-35). ”Gloria a Dios por tan excelsa doctrina!
Matthew Leighton (MDiv, ThD) es profesor y decano de estudiantes en la Facultad de TeologĆa Internacional IBSTE, cerca de Barcelona. TambiĆ©n es anciano en la EsglĆ©sia EvangĆØlica de Vilassar de Mar. Ćl y su esposa, NĆŗria, tienen cinco hijos.

