La Biblia es Verdad Objetiva

por John MacArthur

Quizás la mayor mentira del posmodernismo es la creencia de que podemos definir la verdad y determinar la realidad desde dentro de nosotros mismos. Pero el reino subjetivo de los sentimientos y las impresiones es el peor lugar para ir en cualquier búsqueda de la verdad.

Dios escribió un Libro -sólo un Libro- y en él pudo decir todo lo que quería decir. Lo dijo sin error, sin defecto, y sin nada omitido o innecesariamente incluido. Es la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad. Y Dios dio su libro al hombre por medio de la inspiración, por medio de la cual el Espíritu de Dios se movía en los escritores humanos que registraban las mismas palabras que Dios quería que escribieran. La gente puede creer o no creer en la Biblia, pero nadie tiene el poder o la prerrogativa de establecer la verdad o cambiarla. Es fija, de una vez para siempre: la Palabra de Dios está asentada para siempre en el cielo. Esto es profundamente esencial.

Esa es una distinción importante que no debemos pasar por alto: la verdad no vino del hombre. El hombre puede descubrirla, aprenderla, comprenderla y aplicarla, pero el hombre no tiene nada que ver con su origen. El apóstol Pedro -uno de los autores bíblicos inspirados- escribió que la Escritura no fue desarrollada por la voluntad del hombre, sino por aquellos «movidos por el Espíritu Santo» (2 Pedro 1:21) para registrar las palabras de Dios. Ningún ser humano ha tenido nunca en sí mismo ninguna idea, pensamiento o experiencia que determinara alguna verdad divina; todo viene de Dios solamente. Ningún ser humano o ángel ha sido, ni será nunca, una fuente para establecer la verdad divina. Sólo la Palabra de Dios logra esto.

La misma Escritura da fe de su autor divino. El Antiguo Testamento contiene más de 3,800 casos en los cuales los escritores afirman estar hablando la Palabra de Dios. En el Nuevo Testamento, hay más de trescientas afirmaciones de este tipo. Pablo afirma que no recibió el evangelio del hombre sino de Dios (Gálatas 1:11-12). En 1 Timoteo 5:18, Pablo cita el evangelio de Lucas y se refiere a él como Escritura. En 2 Pedro 3:15-16, Pedro llama a los escritos de Pablo Escrituras. Y Judas cita la epístola de Pedro (Judas 18), lo que significa credibilidad bíblica similar. En conjunto, el Antiguo y Nuevo Testamento testifican abundantemente que son la verdadera Palabra de Dios.

Y como la Palabra de Dios, la Biblia no tiene fecha de vencimiento. Pedro ensalza el carácter eterno de la Escritura en su primera epístola, declarando: «La palabra del Señor permanece para siempre» (1 Pedro 1:25). El tiempo no tiene influencia en la Palabra de Dios. Las filosofías cambiantes, las cosmovisiones y las normas culturales tampoco tienen ningún efecto en ello. Es completamente inmutable y nunca puede pasar. «El cielo y la tierra pasarán», dijo Jesús, «pero mis palabras no pasarán» (Lucas 21:33).

Tal vez la mejor manera de entender la verdad objetiva de las Escrituras es escuchar el testimonio de Aquel que es más digno de confianza: el Señor Jesús mismo. Él testificó a la verdad de la Palabra de Dios, hasta el más mínimo detalle. Dijo: » Pero más fácil es que el cielo y la tierra pasen, que un ápice de la ley deje de cumplirse» (Luc 16:17). Él consistentemente enseñó que había venido a cumplir la Palabra de Dios. En Mateo 5,17 dice: «No penséis que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolir, sino a cumplir». Afirmó: » y se cumplirán todas las cosas que están escritas por medio de los profetas acerca del Hijo del Hombre.» (Luc 18:31). Mirando hacia la cruz, Jesús dijo: «El Hijo del Hombre se va, según está escrito de Él» (Mateo 26:24). Más tarde en el mismo capítulo, reprendió a Pedro por desenvainar su espada, recordándole al impetuoso discípulo que podía llamar a legiones de ángeles para pedir ayuda si así lo deseaba. Explicando que su arresto era parte del plan de Dios, dijo: «¿Cómo, pues, se cumplirán las Escrituras?” (Mateo 26:54). Incluso llamó la atención a detalles proféticos increíblemente específicos en las Escrituras. El Salmo 22:1 predijo que el Mesías clamaría y diría: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Colgado en la cruz, Jesús exclamó esas palabras textualmente (Mateo 27:46). Su vida cumplió todo lo que se escribió sobre Él, afirmando así la veracidad de las Escrituras.

La Escritura da testimonio de su propia inspiración; es la Palabra de Dios, que se origina fuera del hombre. Esto es particularmente importante de entender en una cultura dominada por la subjetividad del posmodernismo. La verdad no puede ser subjetiva; no existe tal cosa como tu verdad o mi verdad. La verdad está establecida para siempre. El cristianismo auténtico siempre ha sostenido que la Escritura es una verdad absoluta y objetiva. La Biblia es la verdad de Dios sin importar si una persona cree, entiende o le gusta. Es una verdad permanente y universal, y por lo tanto es la misma para todos. Deuteronomio 4:2 y Apocalipsis 22:18-19 advierten en contra de añadir o quitar de las Escrituras, para que no se sufran las plagas registradas en ellas. Proverbios 30:5-6 dice: » Probada es toda palabra de Dios; Él es escudo para los que en Él se refugian. No añadas a sus palabras, no sea que Él te reprenda y seas hallado mentiroso.” La Biblia es la Palabra de Dios para el hombre: verdad inspirada, objetiva y absoluta.

John MacArthur
Es el pastor-maestro de Grace Community Church en Sun Valley, California, así como también autor, orador, rector emérito de The Master’s University and Seminary y profesor destacado del ministerio de medios de comunicación de Grace to You.

La teología de la cruz

Serie: Jesucristo, y este crucificado

Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Jesucristo, y este crucificado

Uno de mis mayores miedos con respecto a la Iglesia en la actualidad es que nos aburramos de la cruz de Cristo. Me preocupa que cualquier mención de Jesucristo, y este crucificado, lleve a muchos cristianos profesantes a decirse a sí mismos: «Sí, ya sé que Jesús murió en la cruz por mis pecados; pasemos a otra cosa. Vayamos más allá de lo básico y tratemos asuntos teológicos mayores». Creo firmemente que Satanás está decidido a intentar destruirnos, pero se conformaría con solo conseguir que perdamos nuestro asombro ante Jesucristo, y este crucificado. Esa pérdida del asombro suele comenzar en el púlpito, y pronto llega a los corazones y los hogares de quienes se sientan en las bancas. Cuando los pastores dejan de predicar sobre la cruz o solo la mencionan cuando tienen que hacerlo, es fácil que el pueblo de Dios comience a ver la cruz como un asunto superficial que solo debe considerarse de vez en cuando.

Todos los cristianos profesantes saben que la cruz es importante, pero con frecuencia no comprendemos su importancia integral, es decir, que la cruz no solo es central para nuestra fe sino que también abarca toda la existencia de nuestra fe, nuestra vida y nuestra adoración. Para que tengamos una teología adecuada de la cruz, la realidad de Cristo y este crucificado debe permear todo lo que creemos y todo lo que hacemos. La cruz no solo debe estar a la cabeza de nuestra lista de prioridades teológicas sino en el centro de todas nuestras prioridades teológicas. Si nos aburrimos de la cruz de Cristo y perdemos nuestro asombro por Jesucristo, y este crucificado, pronto empezaremos a perder la totalidad de la doctrina y la práctica cristiana.

Por lo tanto, la pregunta es esta: ¿por qué hay tantos cristianos que no escuchan mucho sobre la cruz de Cristo? ¿Por qué hay predicadores que no cavan las profundidades de la teología de la cruz? Algunos predicadores no pasan mucho tiempo tratando el tema de la cruz porque si lo hicieran, tendrían que hablar sobre el pecado, la ira de Dios, la santidad de Dios y la condenación eterna que Dios infligirá en el infierno sobre todos los que no se arrepientan al pie de la cruz. Hacemos bien al enfocarnos en el amor de Dios demostrado en la cruz, pero si no entendemos que la ira de Dios no es solo contra el pecado sino también contra los pecadores, no podremos entender el amor de Dios por los pecadores. Si no entendemos de qué nos salva Dios ―de la ira, el juicio y el infierno―, nunca entenderemos Su misericordia. Si no somos confrontados con la miseria de nuestro pecado, no podremos descansar en Su gracia asombrosa. Solo podremos empezar a ver lo que Dios hizo por nosotros en la cruz cuando comprendamos que nosotros, en nuestro pecado, fuimos los responsables de que Jesús fuera a la cruz.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Terrible inconsciencia

Martes 16 Agosto
Dios… ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia.
Hechos 17:30-31
Prepárate para venir al encuentro de tu Dios.
Amós 4:12
Terrible inconsciencia
Conducíamos a alta velocidad. Delante de nosotros iba un auto que transportaba varias bicicletas mal amarradas sobre su techo. Nuestros hijos observaban la escena divertidos. De repente, una de las bicicletas se soltó, hizo una pirueta y cayó produciendo una ráfaga de chispas… Hubo un grito, un giro brusco e inesperado, pero pasamos sanos y salvos. Desafortunadamente, detrás de nosotros, un auto frenó estrepitosamente y se estrelló contra otro vehículo.

Nos detuvimos un momento y luego continuamos nuestro viaje. Los daños solo fueron materiales. En nuestro auto nadie hablaba. Los niños estaban asustados porque ahora comprendían el peligro de la carretera. Este peligro siempre había estado allí, no había aumentado, pero ellos habían tomado consciencia, y su actitud había cambiado.

A menudo sucede lo mismo en el aspecto espiritual. Muchos siguen tranquilamente su camino, no porque sea seguro, sino porque no tienen consciencia del peligro. ¿Qué peligro? Tener que enfrentar el juicio de Dios y su condenación. Esta es una realidad solemne. Debemos mirarla de frente… y experimentar un apropiado temor.

Pero hay otra cosa de la cual debemos ser conscientes: el amor de Dios por todos los hombres. Un amor profundo, inmenso, capaz de responder a toda la miseria humana. Un amor que promete el perdón a todo el que pone su confianza en Jesucristo y en su sacrificio en la cruz.

“Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (Hebreos 4:7).

Jeremías 20 – Lucas 22:1-23 – Salmo 95:1-5 – Proverbios 21:17-18

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¿QUÉ ES LA FE? (Y QUÉ NO ES)

POR ALISTAIR BEGG

“¿Eres una persona de fe?”. La manera en que respondes a esta pregunta dependerá de lo que consideras como fe. Dadas todas las ideas equivocadas y las malas aplicaciones de la palabra fe en nuestra cultura, no es de sorprender que puedas titubear antes de contestar.

Sin embargo, los asuntos de la fe (su significado, su objeto, su contenido y su importancia) son demasiado significativos como para pasarlos por alto. La fe es un asunto urgente que debemos abordar de inmediato, porque “sin fe es imposible agradar a Dios” (Heb 11:6). Por tanto, al considerar qué es la fe, continúa haciéndote esta pregunta: “¿Soy una persona de fe?”.

QUÉ NO ES LA FE
La gente habla de la fe de todo tipo de maneras. En un esfuerzo por animar a alguien que está pasando por tiempos difíciles, es posible escuchar a alguien decir: “¡Solo ten fe!”. O, quizá, has escuchado a otros hablar de cómo tienen fe en que un candidato político o un descubrimiento científico finalmente producirá el cambio que nuestra sociedad necesita.

Dado que existen demasiadas maneras para hablar de la fe, debemos dejar claro qué no es la fe verdadera y bíblica. Al describir lo que no es la fe, nos acercaremos a saber lo que sí es. También descubriremos que algunas de las cosas que consideramos como fe no lo son en realidad.

Existen tres ideas equivocadas comunes sobre la fe bíblica que tenemos que refutar.

LA FE NO ES UNA IMPRESIÓN RELIGIOSA
Muchos hombres y mujeres dicen ser personas de fe y, sin embargo, cuando les preguntas por qué, te dicen: “Bueno, simplemente tengo una fuerte impresión en mi interior de que soy cristiano”. Con este estándar, alguien podría negar la deidad de Jesucristo, repudiar Su muerte propiciatoria, rechazar Su resurrección corporal y, aun así, ser considerado cristiano por tener una fuerte impresión de que es así.

No obstante, la Escritura nos enseña que la fe no es una impresión religiosa subjetiva, separada de la verdad objetiva que Dios ha dado a conocer. No es una experiencia vaga o interna que tiene origen en uno mismo.

¿Podemos llamar a alguien cristiano simplemente con base en lo que sucede en su interior? ¿Ser cristiano es cualquier cosa que queramos que signifique y depende de la fuerza de una convicción subjetiva? ¡Para nada! ¿Por qué no? ¡Porque la Biblia lo dice! En repetidas ocasiones, nos recuerda del peligro de ser engañados por nuestros sentimientos. En Proverbios, Salomón escribe: “El que confía en su propio corazón es un necio, pero el que anda con sabiduría será librado” (28:26). En otra parte, el profeta Jeremías lleva esta verdad un paso más allá y declara: “Más engañoso que todo es el corazón” (17:9).

Esto no significa que la fe nunca mueva ni estimule nuestro corazón. ¡Debería hacerlo! El evangelio es una noticia emocionante. Sin embargo, la fe verdadera no es solo eso. La fuerte impresión que produce nunca está separada de la verdad objetiva que ha sido claramente manifestada a nosotros en las páginas de la Escritura. Sea lo que sea, esta no es fe bíblica.

LA FE ES ACEPTAR ALGO SIN EVIDENCIA
Otra perspectiva prevalente es que la fe cristiana requiere que nos quitemos el cerebro y que lo coloquemos debajo del asiento; es decir, que dejemos de pensar. Detrás de esta opinión está la suposición de que, si examinaras la evidencia a favor del cristianismo, descubrirías que es muy débil; por tanto, la única manera de ser cristiano es lanzarte a ciegas hacia un pozo oscuro. Entonces, la fe se vuelve un salto al vacío, una convicción de que, si tan solo creo y me emociono lo suficiente, algo que no es verdad puede volverse verdad.

No obstante, de nuevo la Escritura nos ayuda a ver la verdad con mayor claridad. El apóstol Juan escribió que su testimonio era “lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y lo que han tocado nuestras manos […] acerca del Verbo de vida” (1Jn 1:1). Después, en 1 Corintios 15, el apóstol Pablo describió los cientos de personas que, como Juan, fueron testigos de lo que Jesús hizo al resucitar de entre los muertos (vv. 5-8). Y la fe descansa en la evidencia, no solo de nuestros ojos, sino también de lo que las Escrituras han testificado durante tanto tiempo. El libro de los Hechos, por ejemplo, alaba a los habitantes de Berea por no creer simplemente en lo que Pablo decía, sino por también compararlo con las Escrituras (Hch 17:10-12).

Por tanto, la fe bíblica no pide que nadie deje su cerebro en la puerta. No se trata de: “¡Cree, o ya verás!”, sino de: “Cree, por esta razón…”.

LA FE NO ES UNA ACTITUD MENTAL POSITIVA
En El poder del pensamiento positivo, Norman Vincent Peale ofrece el siguiente consejo sobre cómo la gente debe comenzar su día: “Lo primero que debes hacer, cada mañana, antes de levantarte, es decir tres veces en voz alta: ‘Creo’”.[1] Él no dice en qué o en quién debes creer, porque, según su perspectiva, eso no importa. Lo importante es que simplemente creas. De hecho, creer en algo, en especial en algo fuera de ti mismo, es superfluo.

De nuevo, la Palabra de Dios nos ilustra algo muy diferente. ¡En la fe del Nuevo Testamento, lo que creemos es crucial! Es el objeto de nuestra fe lo que le da a la fe misma cualquier tipo de significado. La fe bíblica no es una actitud mental positiva que busca hacer realidad las cosas en las que uno cree. Es bueno pensar de manera positiva. Inclusive, es bueno desear que la gente alrededor sea positiva y no negativa. Sin embargo, el pensamiento positivo en sí mismo no es fe bíblica.

El autor de Hebreos escribe: “Sin fe es imposible agradar a Dios. Porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe, y que recompensa a los que lo buscan” (11:6). La fe verdadera es confiable porque su objeto es Dios, quien es completamente confiable.

QUÉ SÍ ES LA FE
Si la fe no es una fuerte impresión, ni pensamiento ilusorio ni una actitud mental positiva, entonces ¿qué es? El autor de Hebreos nos brinda una respuesta precisa y clara: “La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (11:1). En otras palabras, la fe (la verdadera fe bíblica) produce una certeza sobre las cosas que no se ven en las que nosotros, como seguidores de Cristo, esperamos. Sin embargo, eso no es todo. El apóstol Pablo nos ofrece un recordatorio útil: “Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios” (Ef 2:8, énfasis añadido).

Creyente, ¿alguna vez te has preguntado por qué crees lo que crees? Cuando te arrodillas y oras a solas en tu habitación, ¿cómo puedes confiar que Dios escucha todas tus oraciones? ¿De dónde viene esta certeza? Solo viene como resultado de que Dios abre tus ojos con Su gracia a la verdad de quién es Él. Esta fe crea convicción. Esta fe es un don de Dios, un don que Él quiere que recibamos y que disfrutemos.

¿QUÉ IMPLICA LA FE?
La fe bíblica implica tres características clave:

CONOCIMIENTO
La fe depende de lo que puede ser conocido de Dios. De hecho, el Nuevo Testamento dice que esta fe implica que lleguemos a conocer a Dios mismo. En Juan 17:3, Jesús dice: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”.

¿Cómo puedes conocer a Dios? ¡En la persona de Su Hijo, el Señor Jesucristo! Hablando de Jesús, Juan 1:18 dice: “Nadie ha visto jamás a Dios; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, Él lo ha dado a conocer”. Por eso es tan importante considerar las afirmaciones que hizo Jesús sobre Sí mismo: al conocerlo a Él, conocemos a Dios. Y es este conocimiento de Dios lo que constituye el fundamento de nuestra fe.

ASENTIMIENTO
A medida que leemos la Biblia y consideramos las afirmaciones de Jesucristo sobre Sí mismo, descubrimos en Cristo a alguien que mueve a otros a creer, a menudo, incluso en contra de su voluntad. Podríamos decirnos a nosotros mismos: “No quiero creer en Jesús. No quiero que otro tome control de mi vida. No quiero que nadie esté por encima de mí”. Sin embargo, cuando abrimos nuestra vida delante de Cristo, cuando lo vemos en la cruz y cuando entendemos que Él llevó todo nuestro pecado y rebelión, Él nos mueve a creer. Cuando vemos a Cristo de esta manera, el conocimiento vendrá seguido por asentimiento.

CONFIANZA
Por último, la fe genuina implica confianza. El conocimiento y el asentimiento por sí mismos no constituyen una fe genuina. Santiago 2:10 dice que incluso “los demonios creen, y tiemblan”. Los demonios no son ateos. Es más, tienen una perspectiva ortodoxa de Dios. Por tanto, si la fe significara simplemente entender a Dios de manera correcta, deberíamos concluir por lógica que los demonios tienen fe salvadora. Sin embargo, sabemos que este no es el caso.

Una simple conciencia de los hechos no es fe. Debe haber un movimiento del conocimiento al asentimiento que culmine en confianza.

Un llamado a confiar en Cristo (de manera activa, no pasiva) está incluido en todas Sus invitaciones. En Mateo 11, por ejemplo, Él dice: “Vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar. Tomen Mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí, que Yo soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas” (vv. 28-29). Observa los verbos: “vengan”, “tomen”, “aprendan”, “hallarán descanso”. Todas estas son palabras activas. Implican hacer algo. Como ves, la fe no es una resignación pasiva. La fe del Nuevo Testamento comienza en conocimiento, avanza hacia el asentimiento y termina en confianza sobre la base del conocimiento que ha sido asentido.

UNA ILUSTRACIÓN DE LA FE
Una ilustración bíblica útil de la fe es el matrimonio. Como la fe, el matrimonio implica diversas etapas. Primero, debes conocer a la persona: sales a cenar con ella, caminan en el parque, la escuchas hablar y la observas con su familia y amigos. A medida que obtienes conocimiento, comienzas a preguntarte: “¿Podría pasar mi vida con esta persona? ¿Estoy dispuesto a comprometerme con ella?”. Entonces, una vez que has respondido de manera satisfactoria estas preguntas, comienzas a decirte a ti mismo: “Con base en el conocimiento que he obtenido, estoy preparado para hacer un compromiso. Quiero avanzar del mero conocimiento y asentir a confiar. Quiero darme del todo a esta persona. Quiero conocerla en el nivel más profundo posible”.

Esta es la experiencia de todo aquel que coloca su fe en Jesús. ¿Es esta tu experiencia? ¿Eres una persona de fe?

[1] Norman Vincent Peale, The Power of Positive Thinking [El poder del pensamiento positivo] (Hoboken, NJ: Prentice-Hall, 1952; reimp., Nueva York: Fireside, 2003), 93.


Alistair Begg es el pastor principal de la Iglesia Parkside en Cleveland, Ohio. Lleva en el ministerio pastoral más de 40 años. Él y su esposa, Susan, tienen tres hijos. Su ministerio, Truth for Life trabaja con Poiema para publicar sus artículos y libros en español.

La humildad en la oración, el arrepentimiento y la acción de gracias.

Serie: El orgullo y la humildad

Nota del editor:Este es el décimo y último capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

Por Thomas R. Schreiner

C.S. Lewis dijo famosamente: «Si pensais que no sois vanidosos, es que sois vanidosos de verdad». Ciertamente, eso se aplica a la humildad: si crees que eres humilde, probablemente estés saturado de orgullo. En este artículo, consideraremos brevemente cómo la oración, el arrepentimiento y la acción de gracias están relacionados con la humildad.

Oración y humildad
¿Cómo se relaciona la oración con la humildad? Podemos responder a esa pregunta considerando la naturaleza de la oración. Cuando oramos, expresamos nuestra completa dependencia de Dios. La oración reconoce lo que Jesús dijo en Juan 15:5: «separados de mí nada podéis hacer». Cuando oramos y pedimos ayuda a Dios, estamos admitiendo que no somos «suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que nuestra suficiencia es de Dios» (2 Co 3:5). La oración testifica que somos «pobres en espíritu» (Mt 5:3), que no somos fuertes sino débiles, y que, como dice el himno, «te necesitamos cada hora». Una de las oraciones más humildes del mundo es: «Ayúdame, Señor». Recordamos la oración sencilla de la mujer cananea cuando todo parecía estar en su contra. Ella clamó a Jesús: «¡Señor, socórreme!» (Mt 15:25). La oración es humilde porque, cuando oramos, estamos diciendo que Dios es misericordioso y poderoso, que Él es sabio y soberano y que Él sabe mucho mejor que nosotros lo que es mejor para nosotros.

Arrepentimiento y humildad
No es difícil entender que el arrepentimiento —admitir que estábamos equivocados y prometer vivir de una manera nueva— no es posible sin humildad. El orgullo muestra su horrible cabeza cuando nos negamos a admitir que estamos equivocados, cuando nos negamos a decir que lo sentimos, cuando nos negamos a arrepentirnos. El mejor ejemplo de esta verdad es la parábola del fariseo y recaudador de impuestos (Lc 18:9-14). Jesús nos dice que el fariseo se ensalzó a sí mismo (v. 14) y confió en sí mismo (v. 9), y por lo tanto no sintió ninguna necesidad de arrepentirse. En cambio, se hizo notar a todo el mundo y se jactó ante Dios de su bondad y justicia. Su orgullo se manifestó en su afirmación de que era moralmente superior a otras personas, y nosotros caemos en esta misma trampa cuando nos comparamos con otros cristianos o incluso con no cristianos y nos sentimos orgullosos por nuestra justicia.

El recaudador de impuestos, sin embargo, era verdaderamente humilde, y Jesús dijo que los humildes serían exaltados (v. 14). Al igual que el apóstol Pablo en Romanos 7:24, se sintió miserable en la presencia de Dios, y expresó esa miseria a través del arrepentimiento, al pedirle a Dios que fuera misericordioso con él como pecador (Lc 18:13). Vemos la misma conexión entre la humildad y el arrepentimiento en la parábola del hijo pródigo. El hijo menor muestra su humildad al confesar su pecado y reconocer que no era digno de ser el hijo de su padre (15:21). La verdadera humildad existe cuando sentimos que somos el primero de los pecadores (1 Tim 1:15), cuando vemos rebelión y justicia propia en nuestros corazones y nos volvemos a Dios por medio de Jesucristo para purificación y perdón.

Acción de gracias y humildad
Puede que no pensemos a primera vista que la acción de gracias y la humildad están relacionadas, pero en verdad hay una relación profunda. El pecado raíz, como nos dice Romanos 1:21, es no glorificar a Dios ni darle gracias. Pensemos en un ejemplo de acción de gracias y humildad. Las Escrituras nos dicen que demos gracias antes de participar de la comida, y al hacerlo confesamos la bondad de Dios hacia nosotros (1 Tim 4:3-4). Escuché de un cristiano que asistía regularmente a la iglesia, y había invitado a comer a su casa a un predicador que había venido de visita a su iglesia. Le dijo al predicador que la familia no oraba antes de comer, diciendo: «Trabajamos duro por nuestra comida, por lo que no tiene sentido agradecer a Dios por lo que trabajamos para adquirir». No reconoció el verdadero estado de las cosas; el hecho de que no quisiera orar era una expresión de su orgullo. No se daba cuenta de la verdad de Deuteronomio 8:18, de que «el Señor tu Dios… es el que te da poder para hacer riquezas». Cuando estamos agradecidos, alabamos a nuestro gran Dios porque «toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto» (Stgo 1:17). Reconocemos que no hay razón para jactarnos de cualquier cosa porque todo lo que tenemos es un don de Dios (1 Co 4:8), que Él es el que suple todas nuestras necesidades (Flp 4:19). Ya sea que estemos hablando de oración, arrepentimiento o acción de gracias, estamos diciendo en todos los casos que somos niños y que dependemos de nuestro buen Padre para todo, y ese es el corazón y el alma de la humildad.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Thomas R. Schreiner
El Dr. Thomas R. Schreiner es el Profesor James Buchanan Harrison de Interpretación del Nuevo Testamento, profesor de teología bíblica y decano asociado de la escuela de teología del Seminario Teológico Bautista del Sur en Louisville, Ky. Es autor de numerosos libros, entre ellos Spiritual Gifts [Dones espirituales].

Jacobo, hermano del Señor

Lunes 15 Agosto
Muchos, oyéndole, se admiraban, y decían: ¿De dónde tiene este estas cosas?… ¿No es este el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?
Marcos 6:2-3
Jacobo, hermano del Señor
Los evangelios hablan de Jesús como “el carpintero… hermano de Jacobo”. También nos dicen que sus hermanos no lo comprendían, ni creían en él (Juan 7:3-5).

Sin embargo, este mismo Jacobo (o Santiago) figura entre los apóstoles (Gálatas 1:19). Incluso escribió una de las epístolas del Nuevo Testamento. Después de la muerte y la resurrección del Señor Jesús, sus sentimientos y su actitud cambiaron completamente respecto a él.

En efecto, Santiago comienza su carta presentándose como “Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo” (Santiago 1:1). Y continúa hablando de la “fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo” (Santiago 2:1).

El Señor Jesucristo era, en efecto, llamado “el carpintero”, el “hermano de Santiago”, quien al principio solo lo conocía como su hermano; pero luego reconoció en él al Cristo, es decir, al Mesías esperado, al Señor. Comprendió que el que se había humillado hasta nacer en medio de los hombres, ¡era en realidad el Señor de gloria, era Dios! Jesús crucificado, resucitado y glorificado en el cielo, vino a ser para su hermano Santiago el centro de su fe. ¡Qué cambio tan radical en sus pensamientos sobre Jesús! Dios le abrió los ojos, y entonces adoró.

¿Quién es Jesús para nosotros? ¿El hijo de María, el carpintero, el hermano de Santiago? ¿Un hombre que vivió de manera excepcional? Sí, pero además, como para Santiago, ¡él es el Señor de gloria, el centro de nuestra fe, a quien tenemos el honor de servir!

Jeremías 19 – Lucas 21:25-38 – Salmo 94:16-23 – Proverbios 21:15-16

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¿Haces bien en enojarte?

Domingo 14 Agosto
Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.
Santiago 1:19-20
Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo.
Efesios 4:26
¿Haces bien en enojarte?
Dios hizo dos veces esta pregunta al profeta Jonás, quien estaba enojado porque Dios había perdonado a los habitantes de Nínive, cuando él acababa de anunciar su juicio. Se sentía desprestigiado. Finalmente, Jonás respondió a Dios: “Mucho me enojo, hasta la muerte” (Jonás 4:9). Nos identificamos fácilmente con Jonás. A menudo nuestro amor propio no controlado nos hace ceder a la ira.

Notemos que la ira no es necesariamente mala, de otra manera el apóstol no diría: “Airaos, pero no pequéis”. Jesús mismo miró con enojo a los religiosos que lo espiaban para ver si se atrevía a sanar a un enfermo el día de reposo, el sábado; y la Palabra nos dice que se entristeció al ver la dureza de sus corazones (Marcos 3:5-6). Nosotros tampoco podemos ser indiferentes ante un menosprecio a los derechos de Dios.

Sin embargo, Dios nos exhorta a no dejarnos dominar por la ira. Esta es condenada cuando es el resultado de nuestra naturaleza pecadora: susceptibilidad, orgullo, pretensión. Primero no es más que una emoción, pero si le doy libre curso, se convierte en un pecado.

El creyente tiene el recurso de la oración, cuando siente que la ira crece en él. Si se vuelve a Dios en oración, incluso sin palabras, él le dará la paz. Oremos también para que Dios nos revele las verdaderas razones de nuestras iras. Solo él puede darnos la sabiduría para detenerlas mediante una actitud de perdón, de humildad y de verdad. Nuestro entorno sabrá reconocerlo, y el Señor será honrado.

Jeremías 18 – Lucas 21:1-24 – Salmo 94:8-15 – Proverbios 21:13-14

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La naturaleza, la reivindicación y la historia de la adoración en familia

Una teología de la familia

La naturaleza, la reivindicación y la historia de la adoración en familia
James W. Alexander (1804-1859)


La adoración en familia, como el nombre lo indica, es la adoración conjunta que se rinde a Dios por parte de todos los miembros de una familia. Existe un impulso irresistible a orar por aquellos a quienes amamos y, no sólo a orar por ellos, sino con ellos. Existe una incitación natural, a la vez que benévola, de orar con aquellos que están cerca de nosotros. La oración es un ejercicio social. La oración que nuestro Señor les enseñó a sus discípulos lleva este sello en cada petición. Es este principio el que conduce a las devociones unidas de las asambleas de iglesias y que se manifiesta de inmediato en las familias cristianas.
Aunque sólo hubiera dos seres humanos sobre la tierra, si tuvieran un corazón santifica- do, se verían atraídos a orar el uno con el otro. Aquí tenemos la fuente de la adoración do- méstica. Hubo un tiempo en el que sólo había dos seres humanos sobre la tierra y podemos estar seguros de que ofrecieron adoración en común. Fue la adoración familiar en el Paraíso.
Que la religión deba pertenecer especialmente a la relación doméstica no es en absoluto maravilloso. La familia es las más antigua de las sociedades humanas. Es tan antigua como la creación de la raza. Los hombres no se unieron en familias por una determinación volun- taria o convenio social de acuerdo con la absurda invención de los infieles: Fueron creados en familias.
No es nuestro propósito hacer ningún esfuerzo ingenioso por forzar la historia del Anti- guo Testamento para nuestro servicio o investigar la adoración familiar en cada era del mun- do. Que ha existido siempre, no lo ponemos en duda; que el Antiguo Testamento pretendía comunicar este hecho ya no está tan claro. Pero sin ninguna indulgencia de la imaginación, no podemos dejar de discernir el principio de la adoración familiar que aparece y reaparece como algo familiar en los tiempos más remotos.
Aunque toda la iglesia de Dios estaba en el arca, la adoración era por completo una ado- ración familiar. Y, después de que las aguas retrocedieran, cuando “edificó Noé un altar a Jehová” se trataba de un sacrificio familiar (Gn. 8:20). Los patriarcas parecen haber dejado un registro de su adoración social en cada campamento. Tan pronto como encontramos a Abra- ham en la Tierra Prometida, le vemos levantando un altar en la llanura de More (Gn. 12:7). Lo mismo ocurre en el valle entre Hi y Betel. Isaac, no sólo renueva las fuentes que su padre había abierto, sino que mantiene sus devociones, edificando un altar en Beerseba (Gn. 26:25). El altar de Jacob en Bet-el era eminentemente un monumento familiar y así fue señalado por lo que él le dijo a su familia y a todos los que estaban con él en el camino: “Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros” (Gn. 35:1-2). El altar se llamó El-Bet-el. Esta herencia de ritos religiosos en el linaje de la familia correspondía con aquella declaración de Jehová con res- pecto a la religión de la familia que debería prevalecer en la casa de Abraham (Gn. 18:19). El servicio de Job en nombre de sus hijos era un servicio perpetuo: “Enviaba y los santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos… De esta manera hacía todos los días” como dice el hebreo, “todos los días” (Job 1:5). El libro de Deuteronomio está lleno de religión familiar y como ejemplo de esto podemos señalar de forma especial el capítulo seis. La Pascua, como veremos de forma más plena más adelante, era un rito familiar.

Por todas partes en el Antiguo Testamento, los hombres buenos tenían en cuenta la unión doméstica en su religión. Josué, aún ante el riesgo de quedarse solo con su familia, se aferra a Dios: “Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Jos. 24:15). David, tras su servicio público en el tabernáculo, donde “bendijo al pueblo en el nombre de Jehová de los ejércitos” regresa “para bendecir su casa” (2 S. 6:20). Había aprendido a relacionar el servicio a Dios con los lazos do- mésticos en la casa de su padre Isaí “porque todos los de su familia celebran allá el sacrificio anual” (1 S. 20:6). Y, en las predicciones de la humillación penitencial12 que tendrá lugar cuando Dios derrame sobre la casa de David y los habitantes de Jerusalén el espíritu de gracia y de súpli- cas, la idoneidad de tales ejercicios para la familia como tal no se pasan por alto: “Y la tierra lamentará, cada linaje aparte; los descendientes de la casa de David por sí, y sus mujeres por sí; los descendientes de la casa de Natán por sí, y sus mujeres por sí; los descendientes de la casa de Leví por sí, y sus mujeres por sí; los descendientes de Simei por sí, y sus mujeres por sí; todos los otros linajes, cada uno por sí, y sus mujeres por sí” (Zac. 12:12-14).
En el Nuevo Testamento, las huellas de la adoración familiar no son menos obvias. Nos alegra tomar prestado el animado lenguaje del Sr. Hamilton de Londres y preguntar: “¿En- vidias a Cornelio, cuyas oraciones fueron oídas y a quien el Señor le envió un mensajero especial que le enseñara el camino de la salvación? Era un hombre “piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre” y que estaba tan ansioso por la salvación de su familia que reunió a sus parientes y sus amigos cercanos para que pudieran estar preparados para escuchar al Apóstol cuando éste llegara y, de esta manera, también beneficiarse (Hch. 10:2, 24 y 31). ¿Admiras a Aquila y Priscila, “cola- boradores [de Pablo] en Cristo Jesús” y tan diestros en las Escrituras que pudieron enseñarle más exactamente el camino de Dios a un joven ministro? Encontrarás que una razón de su familiaridad con las Escrituras era que tenían una iglesia en su casa (Hch. 18:26; Ro. 16:5). Sin lugar a duda, se reconocía con respecto a las cosas espirituales y también a las temporales, que “si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo” (1 Ti. 5:8). Ese espíritu de oración social que llevó a los discípulos a unirse en súplica o alabanza, en aposentos altos, en cárceles, y al borde del mar se manifestó en las devociones diarias de la familia (Hch. 1:13; 16:25; Gá. 4:12; 2 Ti. 1:3).
Nuestros registros del cristianismo primitivo están tan distorsionados y contaminados por una tradición supersticiosa que no debe sorprendernos encontrar un culto sencillo y espiri- tual como éste bajo la sombra de los ritos sacerdotales13. A pesar de ello, discernimos lo bas- tante para enseñarnos que los creyentes de los primeros siglos no descuidaron la adoración familiar.
“En general —dice Neander14 en una obra que no se ha publicado entre nosotros—, siguie- ron a los judíos en la observancia de los tres momentos del día, las nueve, las doce y las tres como horas especiales de oración; sin embargo, ellos no los usaron de forma legal, como en contra de la libertad cristiana; pues Tertuliano15 afirma, hablando sobre los tiempos para la oración, ‘no se nos exige nada excepto que oremos a toda hora y en todo lugar’. Los cristia- nos comenzaban y terminaban el día con la oración. Antes de cada comida, antes del baño, oraban, ya que, como dice Tertuliano, ‘el refresco y la alimentación del alma debe preceder a los del cuerpo; lo celestial antes que lo terrenal’. Cuando un cristiano del extranjero, tras la recepción y la hospitalidad fraternal en casa de otro cristiano se marchaba, la familia cristiana lo despedía con oración, ‘porque —decían— en tu hermano has contemplado a tu Señor’. Para cada asunto de la vida ordinaria se preparaban mediante la oración”.
A esto podemos añadir las declaraciones de un hombre culto que convirtió las antigüe- dades cristianas en su peculiar estudio: “En lugar de consumir sus horas de ocio en hueca inactividad o derivando su principal diversión del bullicioso regocijo, el recital de cuentos de superstición o cantar las canciones profanas de los paganos, pasaban sus horas de reposo en una búsqueda racional y vigorizante; hallaban placer en ampliar su conocimiento religioso y su entretenimiento en cánticos dedicados a la alabanza de Dios. Esto constituía su pasa- tiempo en privado y sus recreos favoritos en las reuniones de su familia y sus amigos. Con la mente llena de la influencia inspiradora de estas, regresaban con nuevo ardor a sus escenarios de dura tarea y para gratificar su gusto por una renovación de ellas, anhelaban ser liberados de la labor, mucho más que apaciguar su apetito con las provisiones de la mesa. Jóvenes mu- jeres sentadas a la rueca16 y matronas que llevaban a cabo los deberes de la casa, canturreaban constantemente algunas tonadas espirituales.
“Y Jerónimo17 relata sobre el lugar donde vivía, que uno no podía salir al campo sin escu- char a los labradores con sus aleluyas, los segadores con sus himnos y los viñadores cantando los Salmos de David. Los cristianos primitivos no sólo leían la palabra de Dios y cantaban ala- banzas a su Nombre al medio día y a la hora de sus comidas. Muy temprano en la mañana, la familia se reunía y se leía una porción de las Escrituras del Antiguo Testamento, a continuación se cantaba un himno y se elevaba una oración en la que se daba gracias al Todopoderoso por preservarlos durante las silenciosas vigilias de la noche y, por su bondad, al permitirles tener sanidad de cuerpo y una mente saludable y, al mismo tiempo, se imploraba su gracia para defenderlos de los peligros y las tentaciones del día, hacerles fieles a todo deber y capacitarlos en todos los aspectos para caminar dignos de su vocación cristiana. En la noche, antes de reti- rarse a descansar, la familia volvía a reunirse y se observaba la misma forma de adoración que en la mañana con esta diferencia: Que el servicio se alargaba considerablemente, más allá del periodo que se le podía asignar convenientemente al principio del día. Aparte de todas estas observancias, tenían la costumbre de levantarse a medianoche para entrar en oración y cantar salmos, una práctica de venerable antigüedad y que, como supone con razón el Dr. Cave, tomó su origen de las primeras épocas de la persecución cuando, no atreviéndose a juntarse durante el día, se veían obligados a celebrar sus asambleas religiosas de noche”

Cuando llegamos al avivamiento de la piedad evangélica en la Reforma, nos encontramos en medio de tal corriente de autoridad y ejemplo que debemos contentarnos con declaracio- nes generales. Cualquiera que pudiera ser la práctica de sus hijos degenerados, los Reforma- dores primitivos son universalmente conocidos por haber dado gran valor a las devociones familiares. Los contemporáneos de Lutero y sus biógrafos, recogen sus oraciones en su casa con calidez. Las iglesias de Alemania fueron bendecidas, en mejor época, con una amplia prevalencia de la piedad familiar. Se recogen hechos similares en Suiza, Francia y Holanda.
Pero en ningún país ha brillado la luz hogareña con mayor resplandor que en Escocia. La adoración familiar en toda su plenitud fue simultánea con el primer periodo reformador. Es probable que ningún territorio tuviera jamás tantas familias orando en proporción a sus habi- tantes; tal vez ninguno tenga tantas hoy. En 1647, la Asamblea General19 emitió un Directorio para la adoración familiar en la que hablan como sigue:
“Los deberes corrientes abarcados en el ejercicio de la piedad que deberían llevarse a cabo en las familias cuando se reúnen a tal efecto son estos: Primero, la oración y las alabanzas realizadas con una referencia especial, tanto a la condición del Kirk (la Iglesia)20 de Dios y su reino, como al estado presente de la familia y cada miembro de la misma. A continuación, la lectura de las Escrituras, con la instrucción en la doctrina de una forma clara para posibilitar de la mejor manera la com- prensión de los más simples y que se beneficien bajo las ordenanzas públicas y se les pueda ayudar a ser más capaces de entender las Escrituras cuando estas se lean; junto con conferencias piadosas que tiendan a la edificación de todos los miembros en la fe más santa; así también la amonestación y la reprensión por razones justas de quienes tengan la autoridad en la familia. El cabeza de fami- lia debe tener cuidado de que ninguno de los miembros se retire de ninguna parte de la adoración en familia y, viendo que el ejercicio ordinario de todas las partes de esta adoración le pertenecen al cabeza de familia, el ministro debe instar a los que son perezosos y formar a los que son débiles para que sean adecuados en la realización de estos ejercicios”.
“Tantos como puedan concebir la oración, deberían hacer uso de ese don de Dios, aunque los que sean toscos y más débiles pueden comenzar con una forma establecida de oración; esto se hace con el fin de que no sean perezosos en despertar en sí mismos (según sus necesidades diarias) el espíritu de la oración que han recibido todos los hijos de Dios en cierta medida; a este efecto, deberían de ser más fervientes y frecuentes en la oración secreta a Dios para que capacite sus corazones para con- cebir y expresar peticiones legítimas a favor de sus familias”. “Estos ejercicios deberían llevarse a cabo con gran sinceridad, sin demora, dejando a un lado todos los asuntos mundanos o estorbos, a pesar de las burlas de los ateos y de los hombres profanos, teniendo en cuenta las grandes mercedes de Dios sobre esta tierra y las correcciones mediante las cuales Él nos ha disciplinado últimamente. Y, a este efecto, las personas de eminencia y todos los ancianos de la Iglesia, no sólo deberían esti- mularse ellos mismos y sus familias a la diligencia en todo esto, sino también contribuir de forma eficaz para que en todas las demás familias que estén bajo su influencia y cuidado, se realicen estos ejercicios mencionados con plena consciencia”.
La fidelidad del cristiano individual con respecto a este deber se convirtió en cuestión de investigación por parte de los tribunales de la Iglesia. Mediante el Acta de Asamblea de 1596, ratificado el 17-18 de diciembre de 1638, entre otras estipulaciones para la visitación de las iglesias por parte de los presbíteros, se propusieron las siguientes preguntas para que les fue- ran formuladas a los cabezas de familias:
“¿Visitan los ancianos a las familias dentro del barrio y de los límites que se les ha asignado a cada uno de ellos? ¿Son cuidadosos de que se establezca la adoración de Dios en las familias de sus zo- nas? Se le sugiere al ministro que también pregunte, en sus visitas pastorales, si se adora a Dios en la familia mediante oraciones, alabanzas y la lectura de las Escrituras. En cuanto a la conducta de los siervos hacia Dios y hacia los hombres, ¿se aseguran de que también participen de la adoración en familia y en público? ¿Catequizan a su familia?”

Cuando la Iglesia de Escocia adoptó la Confesión de Fe de la Asamblea de Teólogos de Westminster, contenía esta estipulación que sigue siendo válida entre nosotros: “Dios ha de ser adorado en todo lugar, en espíritu y en verdad, en las familias privadas a diario y también en secreto, cada uno por sí mismo”.
En conformidad con estos principios, la práctica de la adoración en familia se convirtió en algo universal por todo el cuerpo presbiteriano de Escocia y entre todos los disentidores23 de Inglaterra. Especialmente en Escocia, las personas más humildes de las chozas más lejanas honraban a Dios mediante la alabanza diaria y no hay nada más característico de las perso- nas de aquella época que esto. “En ocasiones he visto la adoración en familia en grandes casas —dice el Sr. Hamilton—, pero he sentido que Dios estaba igual de cerca cuando me he arrodillado con una familia que oraba, sobre el suelo de tierra de su choza. He conocido la adoración en familia entre los segadores en un granero. Solía ser algo común en los barcos de pesca en los estuarios24 y los lagos de Escocia. He oído que esto se observaba incluso, en las profundidades de un pozo de carbón”.
Los padres de la Nueva Inglaterra, habiendo bebido del mismo espíritu, dejaron el mismo legado a sus hijos.
La adoración en familia es altamente honorable, especialmente cuando el servicio espi- ritual languidece y decae en tiempos en los que el error y la mundanalidad hacen incursio- nes en la Iglesia. Éste ha sido el caso notable entre algunas comunidades protestantes del continente europeo. En términos generales, debemos decir que la adoración en familia no se practica tan extensamente allí y, por supuesto, no se le valora tan altamente como en las iglesias de Gran Bretaña y de los Estados Unidos. Esto es cierto, incluso cuando se hace la comparación entre las que están en los respectivos países, cuyo apego al evangelio parece ser el mismo. Hay muchas, sobre todo en Francia y Suiza, que le dan tan alto valor y mantienen con regularidad la adoración diaria a Dios como muchos de sus hermanos en Inglaterra o en los Estados Unidos. Sin embargo, constituyen excepciones a la declaración anterior sin ser una refutación de la misma. Los viajeros cristianos observan, no obstante, que las mejores opiniones sobre este tema, como en la observancia del Día de reposo, están creciendo deci- didamente en Francia y Suiza, y, probablemente, en cierta medida también en Alemania y en otros países del Continente. Esto se le debe atribuir a la traducción de muchas obras excelen- tes del inglés al francés y a su circulación en esos países en los últimos años.
De lo que se ha dicho, queda de manifiesto que, la voz universal de la Iglesia en sus mejores épocas, se ha pronunciado a favor de la adoración en familia. El motivo de esto también se ha manifestado. Es un servicio que se le debe a Dios con respecto a su relación abundante y mi- sericordiosa para con las familias como tales, algo que se ha hecho necesario por las carencias, las tentaciones, los peligros y los pecados del estado de la familia y, en los más altos niveles, es algo adecuado y correcto, dadas las oportunidades que ofrece la misma condición de la familia.
Tomado de Thoughts on Family Worship (Pensamientos sobre la adoracion familiar), reeditada por Soli Deo Gloria, una división de Reformation Heritage Books, http://www.heritagebooks.org.


James W. Alexander (1804-1859): Hijo mayor de Archibald Alexander, el primer catedrático del Seminario Teológico de Princeton. Asistió tanto a la Universidad de Princeton como al Seminario de Princeton y, más tarde, enseñó en ambas instituciones. Su primer amor, sin embargo, fue el pastorado y trabajó en iglesias de Virginia, Nueva Jersey y Nueva York, EE. UU., hasta su muerte.

Sé que soy salvo (3)

Sábado 13 Agosto
(Jesús) llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia.
1 Pedro 2:24
Sé que soy salvo (3)
Una noche de verano, un niño observaba fascinado el reflejo de la luna en el agua de un estanque. De repente su hermano mayor echó una piedra al agua. El niño exclamó: “Rompiste la luna y los pedazos están temblando”. Su hermano le respondió: “Levanta los ojos y verás que la luna está perfecta; solo ha cambiado su reflejo en el agua”.

Nuestro corazón es como el agua del estanque. Mientras no permitamos que el mal entre en nuestra vida, el Espíritu Santo nos da consuelo y paz. Pero cuando el pecado se introduce -como una piedra lanzada al agua-, nuestra felicidad se destroza. Somos zarandeados interiormente.

¿Ha cambiado la obra de Cristo? ¡No! Entonces nuestra salvación tampoco ha cambiado. ¿La Palabra de Dios ha variado? ¡No! Entonces nuestra salvación sigue siendo segura. ¿Qué ha cambiado entonces? Lo que sucede es que el Espíritu Santo ya no puede obrar libremente en nosotros. En lugar de llenar nuestro corazón de Cristo, debe hablar a nuestra conciencia, mostrarnos nuestro pecado. Así perdemos el gozo, hasta que hayamos confesado nuestra falta y rechazado el mal. Después de esto, volvemos a hallar el gozo y la comunión con el Señor.

Pero si alguna vez una nube
Viene a robarme tu belleza,
Amigo divino, después de la tormenta,
Como antes, brilla tu claridad.
Que de ti nada me separe,
¡Oh, mi Salvador! Enséñame,
Si de nuevo mi pie resbala,
A volver pronto a ti.
Jeremías 17 – Lucas 20:27-47 – Salmo 94:1-7 – Proverbios 21:11-12

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