Confiando en los demás.

Confiando en los demás.

Programa No. 2016-01-14

PABLO MARTINI
a1Todos necesitamos aliento al momento de iniciar proyectos de vida. Todos hemos experimentado, antes de encarar desafíos nuevos, la fusión de dos voces internas. Una nos empuja a la acción. Fue esa idea original, esa emoción inicial, ese proyecto de vida que nos hizo saltar de agitación cuando lo concebimos y decidimos llevarlo a la práctica. Es bueno. Alguien dijo que nunca nada grande fue concebido sin entusiasmo. Sientes que puedes lograrlo, tienes los recursos aunque sean mínimos para comenzar y estás listo para saltar de la banca y entrar en la competencia. Pero a la misma vez todos sentimos también la otra voz. La de los “peros.” Miedo a fracasar, ejemplos de antecesores que también lo intentaron sólo para quedar en ridículo, y cálculos que, humanamente hablando, nos dejan con un saldo en contra. Es justamente allí cuando necesitamos a alguien a nuestro lado que nos motive a empezar, continuar y concretar esas metas. De los otros abundan.

Qué triste imagen se forja alrededor de aquella persona que nunca confía en los demás. Aquellos que cercioran las oportunidades. Sub estiman las capacidades ajenas y sobrestiman las propias. Antes de animar a los demás a que se superen en sus logros les recuerdan sus faltas y les dicen que mejor se queden en el lugar en el que están porque seguramente alguien más capacitado hará mejor la tarea. Mayormente, los que mantienen una postura insensible a los emprendimientos y a las virtudes ajenas han olvidado que han llegado al lugar al que han llegado porque alguien confió en ellos, les animó e ignoró sus faltas cometidas. ¡Qué triste que ellos no hagan lo mismo con sus subordinados! Nuestro mundo necesita personas que alienten, que animen, que estimulen. Que estén dispuestos a creer en los demás aunque esto implique un riesgo potencial. Es un paso de fe. Cristo nos dio el ejemplo al comisionar a un Pedro traidor, al inspirar confianza a un Tomás incrédulo y al llamar a una samaritana marginada. Debes empezar a confiar en las personas que Dios puso a tu lado con amor. Ese verdadero amor que echa fuera el temor.

 

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Los hermanos de José regresan con Benjamín

Génesis 43-46

Los hermanos de José regresan con Benjamín

a143:1  El hambre era grande en la tierra;

y aconteció que cuando acabaron de comer el trigo que trajeron de Egipto, les dijo su padre: Volved, y comprad para nosotros un poco de alimento.

Respondió Judá, diciendo: Aquel varón nos protestó con ánimo resuelto, diciendo: No veréis mi rostro si no traéis a vuestro hermano con vosotros.

Si enviares a nuestro hermano con nosotros, descenderemos y te compraremos alimento.

Pero si no le enviares, no descenderemos; porque aquel varón nos dijo: No veréis mi rostro si no traéis a vuestro hermano con vosotros.

Dijo entonces Israel: ¿Por qué me hicisteis tanto mal, declarando al varón que teníais otro hermano?

Y ellos respondieron: Aquel varón nos preguntó expresamente por nosotros, y por nuestra familia, diciendo: ¿Vive aún vuestro padre? ¿Tenéis otro hermano? Y le declaramos conforme a estas palabras. ¿Acaso podíamos saber que él nos diría: Haced venir a vuestro hermano?

Entonces Judá dijo a Israel su padre: Envía al joven conmigo, y nos levantaremos e iremos, a fin de que vivamos y no muramos nosotros, y tú, y nuestros niños.

Yo te respondo por él; a mí me pedirás cuenta. Si yo no te lo vuelvo a traer, y si no lo pongo delante de ti, seré para ti el culpable para siempre;

10 pues si no nos hubiéramos detenido, ciertamente hubiéramos ya vuelto dos veces.

11 Entonces Israel su padre les respondió: Pues que así es, hacedlo; tomad de lo mejor de la tierra en vuestros sacos, y llevad a aquel varón un presente, un poco de bálsamo, un poco de miel, aromas y mirra, nueces y almendras.

12 Y tomad en vuestras manos doble cantidad de dinero, y llevad en vuestra mano el dinero vuelto en las bocas de vuestros costales; quizá fue equivocación.

13 Tomad también a vuestro hermano, y levantaos, y volved a aquel varón.

14 Y el Dios Omnipotente os dé misericordia delante de aquel varón, y os suelte al otro vuestro hermano, y a este Benjamín. Y si he de ser privado de mis hijos, séalo.

15 Entonces tomaron aquellos varones el presente, y tomaron en su mano doble cantidad de dinero, y a Benjamín; y se levantaron y descendieron a Egipto, y se presentaron delante de José.

16 Y vio José a Benjamín con ellos, y dijo al mayordomo de su casa: Lleva a casa a esos hombres, y deg:uella una res y prepárala, pues estos hombres comerán conmigo al mediodía.

17 E hizo el hombre como José dijo, y llevó a los hombres a casa de José.

18 Entonces aquellos hombres tuvieron temor, cuando fueron llevados a casa de José, y decían: Por el dinero que fue devuelto en nuestros costales la primera vez nos han traído aquí, para tendernos lazo, y atacarnos, y tomarnos por siervos a nosotros, y a nuestros asnos.

19 Y se acercaron al mayordomo de la casa de José, y le hablaron a la entrada de la casa.

20 Y dijeron: Ay, señor nuestro, nosotros en realidad de verdad descendimos al principio a comprar alimentos.

21 Y aconteció que cuando llegamos al mesón y abrimos nuestros costales, he aquí el dinero de cada uno estaba en la boca de su costal, nuestro dinero en su justo peso; y lo hemos vuelto a traer con nosotros.

22 Hemos también traído en nuestras manos otro dinero para comprar alimentos; nosotros no sabemos quién haya puesto nuestro dinero en nuestros costales.

23 El les respondió: Paz a vosotros, no temáis; vuestro Dios y el Dios de vuestro padre os dio el tesoro en vuestros costales; yo recibí vuestro dinero. Y sacó a Simeón a ellos.

24 Y llevó aquel varón a los hombres a casa de José; y les dio agua, y lavaron sus pies, y dio de comer a sus asnos.

25 Y ellos prepararon el presente entretanto que venía José a mediodía, porque habían oído que allí habrían de comer pan.

26 Y vino José a casa, y ellos le trajeron el presente que tenían en su mano dentro de la casa, y se inclinaron ante él hasta la tierra.

27 Entonces les preguntó José cómo estaban, y dijo: ¿Vuestro padre, el anciano que dijisteis, lo pasa bien? ¿Vive todavía?

28 Y ellos respondieron: Bien va a tu siervo nuestro padre; aún vive. Y se inclinaron, e hicieron reverencia.

29 Y alzando José sus ojos vio a Benjamín su hermano, hijo de su madre, y dijo: ¿Es éste vuestro hermano menor, de quien me hablasteis? Y dijo: Dios tenga misericordia de ti, hijo mío.

30 Entonces José se apresuró, porque se conmovieron sus entrañas a causa de su hermano, y buscó dónde llorar; y entró en su cámara, y lloró allí.

31 Y lavó su rostro y salió, y se contuvo, y dijo: Poned pan.

32 Y pusieron para él aparte, y separadamente para ellos, y aparte para los egipcios que con él comían; porque los egipcios no pueden comer pan con los hebreos, lo cual es abominación a los egipcios.

33 Y se sentaron delante de él, el mayor conforme a su primogenitura, y el menor conforme a su menor edad; y estaban aquellos hombres atónitos mirándose el uno al otro.

34 Y José tomó viandas de delante de sí para ellos; mas la porción de Benjamín era cinco veces mayor que cualquiera de las de ellos. Y bebieron, y se alegraron con él.

La copa de José

44:1  Mandó José al mayordomo de su casa, diciendo: Llena de alimento los costales de estos varones, cuanto puedan llevar, y pon el dinero de cada uno en la boca de su costal.

Y pondrás mi copa, la copa de plata, en la boca del costal del menor, con el dinero de su trigo. Y él hizo como dijo José.

Venida la mañana, los hombres fueron despedidos con sus asnos.

Habiendo ellos salido de la ciudad, de la que aún no se habían alejado, dijo José a su mayordomo: Levántate y sigue a esos hombres; y cuando los alcances, diles: ¿Por qué habéis vuelto mal por bien? ¿Por qué habéis robado mi copa de plata?

¿No es ésta en la que bebe mi señor, y por la que suele adivinar? Habéis hecho mal en lo que hicisteis.

Cuando él los alcanzó, les dijo estas palabras.

Y ellos le respondieron: ¿Por qué dice nuestro señor tales cosas? Nunca tal hagan tus siervos.

He aquí, el dinero que hallamos en la boca de nuestros costales, te lo volvimos a traer desde la tierra de Canaán; ¿cómo, pues, habíamos de hurtar de casa de tu señor plata ni oro?

Aquel de tus siervos en quien fuere hallada la copa, que muera, y aun nosotros seremos siervos de mi señor.

10 Y él dijo: También ahora sea conforme a vuestras palabras; aquel en quien se hallare será mi siervo, y vosotros seréis sin culpa.

11 Ellos entonces se dieron prisa, y derribando cada uno su costal en tierra, abrió cada cual el costal suyo.

12 Y buscó; desde el mayor comenzó, y acabó en el menor; y la copa fue hallada en el costal de Benjamín.

13 Entonces ellos rasgaron sus vestidos, y cargó cada uno su asno y volvieron a la ciudad.

14 Vino Judá con sus hermanos a casa de José, que aún estaba allí, y se postraron delante de él en tierra.

15 Y les dijo José: ¿Qué acción es esta que habéis hecho? ¿No sabéis que un hombre como yo sabe adivinar?

16 Entonces dijo Judá: ¿Qué diremos a mi señor? ¿Qué hablaremos, o con qué nos justificaremos? Dios ha hallado la maldad de tus siervos; he aquí, nosotros somos siervos de mi señor, nosotros, y también aquel en cuyo poder fue hallada la copa.

17 José respondió: Nunca yo tal haga. El varón en cuyo poder fue hallada la copa, él será mi siervo; vosotros id en paz a vuestro padre.

Judá intercede por Benjamín

18 Entonces Judá se acercó a él, y dijo: Ay, señor mío, te ruego que permitas que hable tu siervo una palabra en oídos de mi señor, y no se encienda tu enojo contra tu siervo, pues tú eres como Faraón.

19 Mi señor preguntó a sus siervos, diciendo: ¿Tenéis padre o hermano?

20 Y nosotros respondimos a mi señor: Tenemos un padre anciano, y un hermano joven, pequeño aún, que le nació en su vejez; y un hermano suyo murió, y él solo quedó de los hijos de su madre; y su padre lo ama.

21 Y tú dijiste a tus siervos: Traédmelo, y pondré mis ojos sobre él.

22 Y nosotros dijimos a mi señor: El joven no puede dejar a su padre, porque si lo dejare, su padre morirá.

23 Y dijiste a tus siervos: Si vuestro hermano menor no desciende con vosotros, no veréis más mi rostro.

24 Aconteció, pues, que cuando llegamos a mi padre tu siervo, le contamos las palabras de mi señor.

25 Y dijo nuestro padre: Volved a comprarnos un poco de alimento.

26 Y nosotros respondimos: No podemos ir; si nuestro hermano va con nosotros, iremos; porque no podremos ver el rostro del varón, si no está con nosotros nuestro hermano el menor.

27 Entonces tu siervo mi padre nos dijo: Vosotros sabéis que dos hijos me dio a luz mi mujer;

28 y el uno salió de mi presencia, y pienso de cierto que fue despedazado, y hasta ahora no lo he visto.

29 Y si tomáis también a éste de delante de mí, y le acontece algún desastre, haréis descender mis canas con dolor al Seol.

30 Ahora, pues, cuando vuelva yo a tu siervo mi padre, si el joven no va conmigo, como su vida está ligada a la vida de él,

31 sucederá que cuando no vea al joven, morirá; y tus siervos harán descender las canas de tu siervo nuestro padre con dolor al Seol.

32 Como tu siervo salió por fiador del joven con mi padre, diciendo: Si no te lo vuelvo a traer, entonces yo seré culpable ante mi padre para siempre;

33 te ruego, por tanto, que quede ahora tu siervo en lugar del joven por siervo de mi señor, y que el joven vaya con sus hermanos.

34 Porque ¿cómo volveré yo a mi padre sin el joven? No podré, por no ver el mal que sobrevendrá a mi padre.

José se da a conocer a sus hermanos

45:1  No podía ya José contenerse delante de todos los que estaban al lado suyo, y clamó: Haced salir de mi presencia a todos. Y no quedó nadie con él, al darse a conocer José a sus hermanos.

Entonces se dio a llorar a gritos; y oyeron los egipcios, y oyó también la casa de Faraón.

Y dijo José a sus hermanos: Yo soy José; ¿vive aún mi padre? Y sus hermanos no pudieron responderle, porque estaban turbados delante de él.

Entonces dijo José a sus hermanos: Acercaos ahora a mí. Y ellos se acercaron. Y él dijo: Yo soy José vuestro hermano, el que vendisteis para Egipto.

Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros.

Pues ya ha habido dos años de hambre en medio de la tierra, y aún quedan cinco años en los cuales ni habrá arada ni siega.

Y Dios me envió delante de vosotros, para preservaros posteridad sobre la tierra, y para daros vida por medio de gran liberación.

Así, pues, no me enviasteis acá vosotros, sino Dios, que me ha puesto por padre de Faraón y por señor de toda su casa, y por gobernador en toda la tierra de Egipto.

Daos prisa, id a mi padre y decidle: Así dice tu hijo José: Dios me ha puesto por señor de todo Egipto; ven a mí, no te detengas.

10 Habitarás en la tierra de Gosén, y estarás cerca de mí, tú y tus hijos, y los hijos de tus hijos, tus ganados y tus vacas, y todo lo que tienes.

11 Y allí te alimentaré, pues aún quedan cinco años de hambre, para que no perezcas de pobreza tú y tu casa, y todo lo que tienes.

12 He aquí, vuestros ojos ven, y los ojos de mi hermano Benjamín, que mi boca os habla.

13 Haréis, pues, saber a mi padre toda mi gloria en Egipto, y todo lo que habéis visto; y daos prisa, y traed a mi padre acá.

14 Y se echó sobre el cuello de Benjamín su hermano, y lloró; y también Benjamín lloró sobre su cuello.

15 Y besó a todos sus hermanos, y lloró sobre ellos; y después sus hermanos hablaron con él.

16 Y se oyó la noticia en la casa de Faraón, diciendo: Los hermanos de José han venido. Y esto agradó en los ojos de Faraón y de sus siervos.

17 Y dijo Faraón a José: Di a tus hermanos: Haced esto: cargad vuestras bestias, e id, volved a la tierra de Canaán;

18 y tomad a vuestro padre y a vuestras familias y venid a mí, porque yo os daré lo bueno de la tierra de Egipto, y comeréis de la abundancia de la tierra.

19 Y tú manda: Haced esto: tomaos de la tierra de Egipto carros para vuestros niños y vuestras mujeres, y traed a vuestro padre, y venid.

20 Y no os preocupéis por vuestros enseres, porque la riqueza de la tierra de Egipto será vuestra.

21 Y lo hicieron así los hijos de Israel; y les dio José carros conforme a la orden de Faraón, y les suministró víveres para el camino.

22 A cada uno de todos ellos dio mudas de vestidos, y a Benjamín dio trescientas piezas de plata, y cinco mudas de vestidos.

23 Y a su padre envió esto: diez asnos cargados de lo mejor de Egipto, y diez asnas cargadas de trigo, y pan y comida, para su padre en el camino.

24 Y despidió a sus hermanos, y ellos se fueron. Y él les dijo: No riñáis por el camino.

25 Y subieron de Egipto, y llegaron a la tierra de Canaán a Jacob su padre.

26 Y le dieron las nuevas, diciendo: José vive aún; y él es señor en toda la tierra de Egipto. Y el corazón de Jacob se afligió, porque no los creía.

27 Y ellos le contaron todas las palabras de José, que él les había hablado; y viendo Jacob los carros que José enviaba para llevarlo, su espíritu revivió.

28 Entonces dijo Israel: Basta; José mi hijo vive todavía; iré, y le veré antes que yo muera.

Jacob y su familia en Egipto

46:1  Salió Israel con todo lo que tenía, y vino a Beerseba, y ofreció sacrificios al Dios de su padre Isaac.

Y habló Dios a Israel en visiones de noche, y dijo: Jacob, Jacob. Y él respondió: Heme aquí.

Y dijo: Yo soy Dios, el Dios de tu padre; no temas de descender a Egipto, porque allí yo haré de ti una gran nación.

Yo descenderé contigo a Egipto, y yo también te haré volver; y la mano de José cerrará tus ojos.

Y se levantó Jacob de Beerseba; y tomaron los hijos de Israel a su padre Jacob, y a sus niños, y a sus mujeres, en los carros que Faraón había enviado para llevarlo.

Y tomaron sus ganados, y sus bienes que habían adquirido en la tierra de Canaán, y vinieron a Egipto, Jacob y toda su descendencia consigo;

sus hijos, y los hijos de sus hijos consigo; sus hijas, y las hijas de sus hijos, y a toda su descendencia trajo consigo a Egipto.

Y estos son los nombres de los hijos de Israel, que entraron en Egipto, Jacob y sus hijos: Rubén, el primogénito de Jacob.

Y los hijos de Rubén: Hanoc, Falú, Hezrón y Carmi.

10 Los hijos de Simeón: Jemuel, Jamín, Ohad, Jaquín, Zohar, y Saúl hijo de la cananea.

11 Los hijos de Leví: Gersón, Coat y Merari.

12 Los hijos de Judá: Er, Onán, Sela, Fares y Zara; mas Er y Onán murieron en la tierra de Canaán. Y los hijos de Fares fueron Hezrón y Hamul.

13 Los hijos de Isacar: Tola, Fúa, Job y Simrón.

14 Los hijos de Zabulón: Sered, Elón y Jahleel.

15 Estos fueron los hijos de Lea, los que dio a luz a Jacob en Padan-aram, y además su hija Dina; treinta y tres las personas todas de sus hijos e hijas.

16 Los hijos de Gad: Zifión, Hagui, Ezbón, Suni, Eri, Arodi y Areli.

17 Y los hijos de Aser: Imna, Isúa, Isúi, Bería, y Sera hermana de ellos. Los hijos de Bería: Heber y Malquiel.

18 Estos fueron los hijos de Zilpa, la que Labán dio a su hija Lea, y dio a luz éstos a Jacob; por todas dieciséis personas.

19 Los hijos de Raquel, mujer de Jacob: José y Benjamín.

20 Y nacieron a José en la tierra de Egipto Manasés y Efraín, los que le dio a luz Asenat, hija de Potifera sacerdote de On.

21 Los hijos de Benjamín fueron Bela, Bequer, Asbel, Gera, Naamán, Ehi, Ros, Mupim, Hupim y Ard.

22 Estos fueron los hijos de Raquel, que nacieron a Jacob; por todas catorce personas.

23 Los hijos de Dan: Husim.

24 Los hijos de Neftalí: Jahzeel, Guni, Jezer y Silem.

25 Estos fueron los hijos de Bilha, la que dio Labán a Raquel su hija, y dio a luz éstos a Jacob; por todas siete personas.

26 Todas las personas que vinieron con Jacob a Egipto, procedentes de sus lomos, sin las mujeres de los hijos de Jacob, todas las personas fueron sesenta y seis.

27 Y los hijos de José, que le nacieron en Egipto, dos personas. Todas las personas de la casa de Jacob, que entraron en Egipto, fueron setenta.

28 Y envió Jacob a Judá delante de sí a José, para que le viniese a ver en Gosén; y llegaron a la tierra de Gosén.

29 Y José unció su carro y vino a recibir a Israel su padre en Gosén; y se manifestó a él, y se echó sobre su cuello, y lloró sobre su cuello largamente.

30 Entonces Israel dijo a José: Muera yo ahora, ya que he visto tu rostro, y sé que aún vives.

31 Y José dijo a sus hermanos, y a la casa de su padre: Subiré y lo haré saber a Faraón, y le diré: Mis hermanos y la casa de mi padre, que estaban en la tierra de Canaán, han venido a mí.

32 Y los hombres son pastores de ovejas, porque son hombres ganaderos; y han traído sus ovejas y sus vacas, y todo lo que tenían.

33 Y cuando Faraón os llamare y dijere: ¿Cuál es vuestro oficio?

34 entonces diréis: Hombres de ganadería han sido tus siervos desde nuestra juventud hasta ahora, nosotros y nuestros padres; a fin de que moréis en la tierra de Gosén, porque para los egipcios es abominación todo pastor de ovejas.

Reina-Valera 1960 (RVR1960)Copyright © 1960 by American Bible Society

La verdad más grande de todas

Enero 14

La verdad más grande de todas

Lectura bíblica: Romanos 8:38, 39

Ninguna… cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro. Romanos 8:39

a1Hagamos una pequeña prueba. En cada una de las siguientes afirmaciones, pon una marca para indicar si lo que dice es cierto o falso.

☐ Cierto ☐ Falso El fuego es caliente.
☐ Cierto ☐ Falso El agua es mojada.
☐ Cierto ☐ Falso La piedra es dura.
☐ Cierto ☐ Falso El cielo está arriba.
☐ Cierto ☐ Falso Los pepinillos son demasiado agrios.

¿Y? ¿Qué tal te fue? Si marcaste “Cierto” al lado de cada afirmación, eres bastante listo. Ahora bien, tus familiares pueden tener opiniones distintas acerca de los pepinillos, ¡pero eso no le quita al hecho de que son realmente demasiado agrios! Pero esa fue una prueba bastante fácil, ¿no es cierto?
¿Qué fue lo que la hizo tan fácil? Todas las afirmaciones se relacionan con datos y conocimientos básicos. Todas las afirmaciones —bueno, quizá con excepción de la última— son la verdad. Todos saben que esas afirmaciones son ciertas simplemente porque lo son. No son nada complicadas.
Aquí van algunas afirmaciones más. Marca cada una para indicar si lo que dice es cierto o falso.

☐ Cierto ☐ Falso Dios te ama.
☐ Cierto ☐ Falso Dios siempre te amará.
☐ Cierto ☐ Falso Absolutamente nada te puede separar del amor de Dios.

¿Te parece que estas afirmaciones también son ciertas? Ojalá que sí, porque lo son. De hecho, son más ciertas que las de la primera prueba. Aun cuando ser creyente es difícil, el amor constante de Dios por ti es totalmente real.
Ahora hagamos otra prueba. Marca cada afirmación para indicar si lo que dice es cierto o falso.

☐ Cierto ☐ Falso El amor de Dios se acaba cuando pecas.
☐ Cierto ☐ Falso Dios deja de amarte si comes demasiados pepinillos.
☐ Cierto ☐ Falso El diablo puede apartarte del amor de Dios.
☐ Cierto ☐ Falso Dios no te ama cuando tienes pensamientos malos.
☐ Cierto ☐ Falso Dios te retira su amor cuando te quedas dormido en el culto.

No son verdad, por cierto, porque todas son totalmente falsas. Es posible que tengas que buscar el perdón de Dios por algunas de estas acciones, pero él nunca deja de amarte.

PARA DIALOGAR
¿Qué opinas del hecho de que el amor de Dios por ti nunca deja de ser?

PARA ORAR
Señor, gracias porque tu amor por nosotros es total y sin fin.

PARA HACER
Explica hoy a un amigo lo que significa que el amor de Dios por ti no tiene fin.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

Estudio Biblico

Estudio Biblico

Programa No. 2016-01-13

DAVID LOGACHO
Es un gozo saludarle amable oyente. Bienvenida, bienvenido a nuestro estudio bíblico de hoy. Estamos estudiando las diferentes metáforas de la iglesia de Cristo, las cuales aparecen en el Nuevo Testamento. Ya hemos visto que la iglesia de Cristo es un rebaño con un pastor, labranza de Dios, edificio de Dios, templo de Dios y el cuerpo de Cristo. En esta ocasión vamos a considerar otra metáfora de la iglesia de Cristo.
a1DAVID LOGACHO
Las metáforas son formas muy efectivas de comunicar cosas espirituales. Mucho hemos ganado en comprender la iglesia de Cristo al pensar en un rebaño con un pastor, o la labranza de Dios, o el edificio de Dios, o el templo de Dios o el cuerpo de Cristo. Veamos una nueva metáfora de la iglesia de Cristo. Se encuentra en Efesios 2:13-15. La Biblia dice: Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.

Eph 2:14 Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación,

Eph 2:15 aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz,

El personaje central de este pasaje bíblico es Cristo Jesús. Por otro lado tenemos a los que en otro tiempo estaban lejos. Esto se refiere a los creyentes en Cristo Jesús. La pregunta es: ¿Con respecto a qué estaban lejos en otro tiempo los que ahora son creyentes? La respuesta la encontramos en Efesios 2:11-12. La Biblia dice: Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne.

Eph 2:12 En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.

Aquí tenemos el problema básico. Entre los gentiles y judíos había una barrera infranqueable. El apóstol Pablo dice que los gentiles eran llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne, esto es por los judíos. Para entender algo de esta rivalidad entre judíos y gentiles tenemos que remontarnos miles de años atrás. Allí encontramos a Dios escogiendo a un pueblo para por medio de él darse a conocer al mundo. Era el pueblo de Israel. La idea de Dios era que por medio de Israel, Dios pudiera arrojar su luz sobre el mundo incrédulo sumido en la oscuridad del pecado. Pero Israel se desvió del propósito original de Dios. Muy pronto, Israel se sintió orgulloso de haber sido escogido por Dios y pensó que era por su propio mérito. En su jactancia despreció a todos los demás pueblos. Tal fue su orgullo, que pensaban que los seres humanos eran de dos clases. La clase superior, formada por los judíos y la segunda clase, formada por todos los que no son judíos. Algunos judíos despreciaban tanto a los gentiles, que pensaban que los gentiles eran poco menos que animales. Otros judíos despreciaban tanto a los gentiles que pensaban que los gentiles habían sido creados con el único propósito de avivar las llamas del infierno. Es decir, amable oyente, que el judío sentía un verdadero odio hacia el gentil. Pero los gentiles no eran necesariamente las víctimas de los judíos. Los gentiles hicieron a la perfección su trabajo de hacerse odiar por los judíos. Es decir, amable oyente, que los gentiles no eran exactamente unos angelitos. Por eso es que varias veces los gentiles intentaron por diversos medios exterminar a los judíos. Tenemos entonces que había una guerra abierta entre judíos y gentiles. En esas condiciones, los gentiles no tenían al Mesías, al Cristo, los gentiles estaban alejados de la ciudadanía de Israel. Los gentiles eran ajenos a los pactos de la promesa. Los gentiles estaban sin esperanza y sin Dios en el mundo. En otras palabras, los gentiles estaban en total desventaja en relación con los judíos. Esta eran las condiciones prevalecientes cuando vino Cristo al mundo en la persona de Jesús. Cristo realizó su ministerio terrenal y una vez terminado se ofreció a sí mismo en la cruz por el pecado del hombre. Luego de ser sepultado, resucitó al tercer día y más tarde fue ascendido a la gloria de su Padres. Los gentiles que creyeron en él sufrieron un cambio radical. Habiendo estado lejos, sin esperanza y sin Dios en el mundo, llegaron a estar cercanos por la sangre de Cristo. Esto es porque Cristo es quien hizo la paz, quien de ambos pueblos, judíos y gentiles, hizo uno, derribando la pared intermedia de separación. Alguna vez alguien me contó esta historia. Durante la segunda guerra mundial, una patrulla del ejército norteamericano se introdujo en terreno enemigo para hacer un trabajo de inteligencia. Por alguna razón fueron detectados por el enemigo y se produjo un intercambio de fuego, resultado de lo cual murió un integrante de la patrulla norteamericana. Cuando llegó la noche, el resto de los compañeros de patrulla reconocieron que no podían regresar a su cuartel con el cadáver y decidieron darle sepultura allí donde estaban. Buscaron un cementerio y encontraron uno que quedaba en el terreno de una iglesia católico romana. Hablaron con el cura y le explicaron lo que había pasado y el deseo de enterrar a su compañero muerto en el cementerio de la iglesia católico romana. El cura preguntó: ¿De qué religión era el difunto? Los soldados respondieron: Protestante. El cura dijo entonces: Lo siento, pero este cementerio es solamente para católicos romanos, así que no pueden enterrar aquí a su compañero muerto. Después de tanto hablar, el cura accedió a que enterraran al difunto justo al borde de la cerca alambrada del cementerio, pero por el lado de afuera. Así lo hicieron y con dolor en su corazón los soldados retornaron a su cuartel. Tiempo más tarde, cuando terminó la guerra, los soldados que formaban parte de esa patrulla quería dejar una ofrenda floral en la tumba de su compañero caído en combate. Localizaron el cementerio, llegaron a la cerca alambrada pero por más que buscaron no encontraron la tumba de su compañero. Preocupados fueron donde el cura y le preguntaron qué había pasado. El cura dijo: Cuando ustedes se fueron aquella noche, no podía dormir. La conciencia me molestaba por no haberles permitido enterrar a su compañero dentro del cementerio, así que temprano a la mañana del siguiente día, pedí al jardinero que mueva la cerca alambrada un metro más afuera de donde estaba originalmente, así que su amigo está ahora enterrado dentro del cementerio. Eso es exactamente lo que hizo Cristo con su muerte a favor de los creyentes gentiles. Cristo movió la alambrada para que los creyentes gentiles sean uno con los judíos. Cristo abolió en su carne las enemistades entre judíos y gentiles. Cristo abolió en su carne la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas. Y como resultado de eso, Cristo creó en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz. Aquí está justamente la metáfora de la iglesia de Cristo. La iglesia de Cristo es un nuevo hombre. Existen dos palabras en el idioma griego para expresar la ida de nuevo. La una es naos que significa nuevo en el tiempo. Es la palabra que usaríamos para hablar del último vehículo ensamblado de cierto modelo. La otra palabra es kainos que significa de un carácter totalmente diferente a lo que ha existido. Es la palabra que usaríamos para hablar de un modelo de vehículo totalmente diferente a todos los modelos de vehículos que hasta ese momento han existido. Cuando la Biblia dice que la iglesia de Cristo es un nuevo hombre está usando el segundo sentido de la palabra nuevo, lo cual significa que la iglesia de Cristo es algo que nunca antes existió, algo nuevo en carácter. La característica más importante de este nuevo hombre es que no admite diferencia entre sus integrantes. En la iglesia de Cristo no hay judío ni gentil, no hay pobre ni rico, no hay sabio ni necio, no han hombre ni mujer. Todos somos uno en Cristo Jesús. Todos somos lo mismo en Cristo Jesús. Gálatas 3:28 dice: Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.

Si el cuerpo de Cristo, el cual somos miembros usted y yo, es uno, en el cual Cristo no hace diferencias. ¿Qué derecho tenemos nosotros de hacer diferencias entre los miembros del cuerpo de Cristo? Hacer acepción de personas dentro de la iglesia de Cristo es algo condenado por Dios amable oyente. Santiago 2:9 dice: Pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado.

PABLO LOGACHO
Y de esta forma llegamos nuevamente al término de una edición mas de nuestro programa LA BIBLIA DICE… Queremos agradecer profundamente a todos los que con sus oraciones y ofrendas hacen posible que cada día lleguemos a mas lugares. Pero antes quiero dejar con ustedes la PREGUNTA DEL DIA. Que hoy nos habla de un creyente que está lastimado emocional y espiritualmente. ¿De que forma se le puede ayudar? Busque la respuesta en nuestra página Web y además conozca todo el material que está a su entera disposición, y en forma gratuita, la dirección es: labibliadice.org. Bendiciones y le esperamos en nuestra próxima edición.
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La iglesia de Jerusalén 3

La iglesia de Jerusalén 3

Justo L. Gonzáles

… los que recibieron su palabra fueron bautizados, y se añadieron aquel día como tres mil personas.

Hechos 2. 41

a1El libro de Hechos nos da a entender que hubo desde los inicios una fuerte iglesia en Jerusalén. Sin embargo, después de sus primeros capítulos, ese mismo libro nos dice muy poco acerca de la historia de aquella comunidad original. Esto se entiende, pues el propósito del autor de Hechos no es escribir toda una historia de la iglesia, sino más bien mostrar cómo, por obra del Espíritu Santo, la nueva fe fue extendiéndose hasta llegar a la capital del Imperio.

El resto del Nuevo Testamento nos dice aun menos acerca de la iglesia de Jerusalén, puesto que en este caso también la mayor parte de los libros del Nuevo Testamento trata acerca de la vida de la iglesia en otras partes del Imperio.

Esto quiere decir que al intentar reconstruir la vida y la historia de aquella primera iglesia nos encontramos ante una infortunada escasez de datos. Sin embargo, leyendo cuidadosamente el Nuevo Testamento, y añadiendo algunos pormenores que nos ofrecen otros autores de los primeros siglos, podemos hacernos una idea aproximada de lo que fue aquella primera comunidad cristiana

Unidad y diversidad

Es error común entre muchas personas el de idealizar la iglesia del Nuevo Testamento. La firmeza y elocuencia de Pedro en el día de Pentecostés nos hacen olvidar sus dudas y vacilaciones en cuanto a qué debía hacerse con los gentiles que eran añadidos a la iglesia. Y el hecho de que los discípulos poseían todas las cosas en común frecuentemente eclipsa las dificultades que esa práctica acarreó, según puede verse en el caso de Ananías y Safira, y en la “murmuración de los griegos contra los hebreos, de que las viudas de aquellos eran desatendidas en la distribución diaria” (Hechos 6:1).

Este último episodio, que se menciona como de pasada en Hechos, nos indica que ya en la primitiva iglesia comenzaban a reflejarse algunas de las divisiones que existían entre los judíos en Jerusalén. Según hemos mencionado en el capítulo anterior, durante varios siglos Palestina había estado dividida entre los judíos más puristas y aquellos de tendencias más helenizantes. Es a esto que se refiere Hechos 6:1 al hablar de los “griegos” y los “hebreos”. No se trata aquí verdaderamente de judíos y gentiles —pues todavía no había gentiles en la iglesia, según nos lo da a entender más adelante el propio libro de Hechos— sino más bien de dos grupos entre los judíos. Los “hebreos” eran los que todavía conservaban todas las costumbres y el idioma de sus antepasados, mientras que los “griegos” eran los que se mostraban más abiertos hacia las influencias del helenismo. Es posible que algunos de ellos hayan sido judíos que habían regresado a Jerusalén después de vivir en otros lugares, quizá en algunos casos por varias generaciones. En todo caso, la mayor parte de ellos llevaban nombres griegos, y es de suponerse que, además del arameo de la región, hablaban también el griego. Luego, la disputa a que se refiere Hechos es una desavenencia entre cristianos de origen judío, pero unos, por así decir, más judíos que los otros.

Como resultado de este conflicto, los doce convocaron a una asamblea que eligió a siete personas “para servir a las mesas”. El sentido exacto de esta función no está del todo claro, aunque no cabe duda de que lo que los doce tenían en mente era que los siete se dedicarían a labores administrativas, mientras ellos seguían predicando. Pero sí hay dos cosas que resultan claras al leer todo el libro de Hechos. La primera de ellas es que los siete eran representantes del grupo de los “griegos” —todos ellos tenían nombres griegos— y que el propósito de su elección era entonces darle cierta representación a ese grupo. La segunda es que desde muy temprano por lo menos algunos de los siete se dedicaron también a la predicación y a la tarea misionera.

El capítulo siete de Hechos está dedicado a Esteban, uno de los siete que “hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo” (Hechos 6:8). Al leer el testimonio de Esteban ante el concilio, nos percatamos de que su actitud hacia el Templo no es del todo positiva (Hechos 7:47–48). El concilio, que está compuesto principalmente por judíos antihelenistas, se niega a escucharle y le apedrea. Esto contrasta con el modo en que el mismo concilio había tratado a Pedro y a Juan, quienes fueron puestos en libertad después de ser azotados (Hechos 5:40). Además, es de notarse el hecho de que cuando se desató la persecución y los cristianos se vieron obligados a huir de Jerusalén, los apóstoles pudieron permanecer en la Ciudad Santa. Cuando Saulo sale hacia Damasco para perseguir a los cristianos que han encontrado refugio en esa ciudad, los apóstoles todavía están en Jerusalén, y al parecer Saulo no se preocupa por ello.

Todo lo anterior nos lleva a concluir que los miembros del concilio y el sumo sacerdote se preocupaban más por los cristianos “griegos” que por los “hebreos”. Como hemos dicho anteriormente, tanto los unos como los otros eran de origen judío. Y no cabe duda de que los miembros del concilio veían en el cristianismo una herejía que era necesario combatir. Pero al principio esa oposición parece haber ido dirigida principalmente contra los judíos “griegos” que se habían hecho cristianos. Es posteriormente, en el capítulo doce de Hechos, que la persecución se desata contra los apóstoles.

Inmediatamente después de narrar el testimonio y muerte de Esteban, el libro de Hechos pasa a contarnos la labor misionera de Felipe, otro de los siete. Felipe funda una iglesia en Samaria, y los apóstoles envían a Pedro y a Juan para supervisar la labor de Felipe. Luego, resulta claro que ya va comenzando a formarse una iglesia fuera del ámbito de Judea, que esa iglesia no es fundada por los apóstoles, y que a pesar de ello los doce siguen gozando de cierta autoridad sobre toda la iglesia. Después de esto, en el capítulo nueve, Hechos empieza a hablarnos de Pablo, y la iglesia fuera de Palestina se va volviendo cada vez más el centro de la narración. Esto no ha de extrañarnos, pues lo que sucedió fue que los judíos “griegos” que se habían hecho cristianos sirvieron de puente a través del cual la nueva fe pasó al mundo gentil, y pronto la iglesia contó con más miembros entre los gentiles que entre los judíos. Por tanto, la mayor parte de nuestra historia tratará acerca del cristianismo entre los gentiles. Pero a pesar de ello no podemos olvidar aquella primera iglesia, de la que nos llegan sólo lejanos atisbos.

La vida religiosa

Los primeros cristianos no creían pertenecer a una nueva religión. Ellos habían sido judíos toda su vida, y continuaban siéndolo. Esto es cierto, no sólo de Pedro y los doce, sino también de los siete, y hasta del mismo Pablo.

Su fe no consistía en una negación del judaísmo, sino que consistía más bien en la convicción de que la edad mesiánica, tan esperada por el pueblo hebreo, había llegado. Según Pablo lo expresa a los judíos en Roma hacia el final de su carrera, “por la esperanza de Israel estoy sujeto con esta cadena” (Hechos 28:20). Es decir, que la razón por la que Pablo y los demás cristianos son perseguidos no es porque se opongan al judaísmo, sino porque creen y predican que en Jesús se han cumplido las promesas hechas a Israel.

Por esta razón, los cristianos de la iglesia de Jerusalén seguían guardando el sábado y asistiendo al culto del Templo. Pero además, porque el primer día de la semana era el día de la resurrección del Señor, se reunían en ese día para “partir el pan” ’, en conmemoración de esa resurrección. Aquellos primeros servicios de comunión no se centraban sobre la pasión del Señor, sino sobre su resurrección y sobre el hecho de que con ella se había abierto una nueva edad. Fue sólo mucho más tarde —siglos más tarde, según veremos— que el culto comenzó a centrar su atención sobre la crucifixión más bien que sobre la resurrección. En aquella primitiva iglesia el partimiento del pan se celebraba “con alegría y sencillez de corazón” (Hechos 2:46).

Sí había, naturalmente, otros momentos de recogimiento. Estos eran principalmente los dos días de ayuno semanales. Era costumbre entre los judíos más devotos ayunar dos días a la semana, y los primeros cristianos seguían la misma costumbre, aunque muy temprano comenzaron a observar dos días distintos. Mientras los judíos ayunaban los lunes y jueves, los cristianos ayunaban los miércoles y viernes, probablemente en memoria de la traición de Judas y la crucifixión de Jesús.

En aquella primitiva iglesia, los dirigentes eran los doce, aunque todo parece indicar que eran Pedro y Juan los principales. Al menos, es sobre ellos que se centra la atención en Hechos, y Pedro y Juan son dos de los “pilares” a quienes se refiere Pablo en Gálatas 2:9.

Además de los doce, sin embargo, Jacobo el hermano del Señor también gozaba de gran autoridad. Aunque Jacobo no era uno de los doce, Jesús se le había manifestado poco después de la resurrección (1 Corintios 15:7), y Jacobo se había unido al número de los discípulos, donde pronto gozó de gran prestigio y autoridad. Según Pablo, él era el tercer “pilar” de la iglesia de Jerusalén, y por tanto en cierto sentido parece haber estado por encima de algunos de los doce. Por esta razón, cuando mas tarde se pensó que la iglesia estuvo gobernada por obispos desde sus mismos inicios, surgió la tradición según la cual el primer obispo de Jerusalén fue Jacobo el hermano del Señor. Esta tradición, errónea por cuanto le da a Jacobo el título de obispo, sí parece acertar al afirmar que fue él el primer jefe de la iglesia de Jerusalén.

El ocaso de la iglesia judía

Pronto, sin embargo, arreció la persecución contra todos los cristianos en Jerusalén. El emperador Calígula le había dado el título de rey a Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande. Según Hechos 12:1–3, Herodes hizo matar a Jacobo, hermano de Juan —quien no ha de confundirse con Jacobo el hermano de Jesús— y al ver que esto agradó a sus súbditos hizo encarcelar también a Pedro, quien escapó milagrosamente. En el año 62 Jacobo, el jefe de la iglesia, fue muerto por iniciativa del sumo sacerdote, y aun contra la oposición de algunos fariseos.

Ante tales circunstancias, los jefes de la iglesia de Jerusalén decidieron trasladarse a Pela, una ciudad mayormente gentil al otro lado del Jordán. Al parecer parte de su propósito en este traslado era, no sólo huir de la persecución por parte de los judíos, sino también evitar las sospechas por parte de los romanos. En efecto, en esa época el nacionalismo judío estaba en ebullición, y pronto se desataría la rebelión que culminaría en la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70. Los cristianos se confesaban seguidores de uno que había muerto crucificado por los romanos, y que pertenecía al linaje de David. Aún más, tras la muerte de Jacobo el hermano del Señor aquella antigua iglesia siguió siendo dirigida por los parientes de Jesús, y la jefatura pasó a Simeón, que pertenecía al mismo linaje.

Frente al nacionalismo que florecía en Palestina, los romanos sospechaban de cualquier judío que pretendiera ser descendiente de David. Por tanto, este movimiento judío, que seguía a un hombre condenado como malhechor, y dirigido por gentes del linaje de David, tenía que parecer sospechoso ante los ojos de los romanos. Poco tiempo después alguien acusó a Simeón como descendiente de David y como cristiano, y este nuevo dirigente de la iglesia judía sufrió el martirio. Dados los escasos datos que han sobrevivido al paso de los siglos, nos es imposible saber hasta qué punto los romanos condenaron a Simeón por cristiano, y hasta qué punto le condenaron por pretender pertenecer a la casa de David. Pero en todo caso el resultado de todo esto fue que la vieja iglesia de origen judío, rechazada tanto por judíos como por gentiles, se vio relegada cada vez más hacia regiones recónditas y desoladas. En aquellos lejanos parajes el cristianismo judío entró en contacto con varios otros grupos que en fechas anteriores habían abandonado el judaísmo ortodoxo, y se habían refugiado allende el Jordán. Carente de relaciones con el resto del cristianismo, aquella iglesia de origen judío siguió su propio curso, y en muchos casos sufrió el influjo de las diversas sectas entre las cuales existía. Cuando, en ocasiones posteriores, los cristianos de origen gentil nos ofrezcan algún atisbo de aquella comunidad olvidada, nos hablarán de sus herejes y de sus extrañas costumbres, pero rara vez nos ofrecerán datos de valor positivo sobre la fe y la vida de aquella iglesia que perduró por lo menos hasta el siglo V.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 35–38). Miami, FL: Editorial Unilit.

Concéntrate en el Maestro.

Concéntrate en el Maestro.

Programa No. 2016-01-13

PABLO MARTINI
a1Necesitaba realizar un trabajo en madera para una decoración de la boda de mi hija Ailén. Cuando entramos al taller del maestro junto a mi padre ambos cruzamos una mirada de duda acerca de si estábamos en el lugar correcto. El espacio era muy estrecho, la construcción muy humilde y sólo contaba con la herramientas básicas que, si bien las tenía muy ordenadas y limpias, apenas si llenaban su mesa de trabajo. Pero era lo único que encontramos disponible y acordamos el trato. Apenas empezó a trabajar frente a nuestros ojos se dejó ver que conocía a la perfección su oficio. Usaba esas pocas herramientas con tal precisión que en pocos minutos disipó toda duda. Realmente hizo un excelente trabajo. No hubo nada que objetarle. La verdad es que si nos hubiésemos concentrado en las herramientas o el entorno del lugar hubiéramos salido como entramos.
Me imaginaba que en el taller de la vida también te vas a encontrar a diario con personas y situaciones que, a primera vista, son indeseadas, inesperadas, de poco valor. No son de tu agrado, más bien te resulta incómodo tratar con ellas. Pero si aprendemos a verlas como herramientas, instrumentos en las manos de Dios, si nos concentramos en Aquel que usa la herramienta antes que en la herramienta que usa, podemos sacar bendición de esas personas o situaciones a cada paso. Sí. Cada persona que pasa por tu vida es una herramienta que Dios escogió para perfeccionar Su Obra en ti. Quizás a ti te parece que es mejor esta o aquella persona para compartir esta etapa de tu vida, pero no olvides que Él te conoce mejor que tú mismo y sabe qué es lo que necesitas y qué es lo mejor para ti, aunque a ti no te guste. Así podremos desarrollar nuestro carácter y aprenderemos a cultivar una convivencia más armónica con aquellos que nos rodean. De ahora en adelante concéntrate en el Maestro y no tanto en las herramientas.
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José interpreta dos sueños

Génesis 40-42

José interpreta dos sueños

a140:1  Aconteció después de estas cosas, que el copero del rey de Egipto y el panadero delinquieron contra su señor el rey de Egipto.

Y se enojó Faraón contra sus dos oficiales, contra el jefe de los coperos y contra el jefe de los panaderos,

y los puso en prisión en la casa del capitán de la guardia, en la cárcel donde José estaba preso.

Y el capitán de la guardia encargó de ellos a José, y él les servía; y estuvieron días en la prisión.

Y ambos, el copero y el panadero del rey de Egipto, que estaban arrestados en la prisión, tuvieron un sueño, cada uno su propio sueño en una misma noche, cada uno con su propio significado.

Vino a ellos José por la mañana, y los miró, y he aquí que estaban tristes.

Y él preguntó a aquellos oficiales de Faraón, que estaban con él en la prisión de la casa de su señor, diciendo: ¿Por qué parecen hoy mal vuestros semblantes?

Ellos le dijeron: Hemos tenido un sueño, y no hay quien lo interprete. Entonces les dijo José: ¿No son de Dios las interpretaciones? Contádmelo ahora.

Entonces el jefe de los coperos contó su sueño a José, y le dijo: Yo soñaba que veía una vid delante de mí,

10 y en la vid tres sarmientos; y ella como que brotaba, y arrojaba su flor, viniendo a madurar sus racimos de uvas.

11 Y que la copa de Faraón estaba en mi mano, y tomaba yo las uvas y las exprimía en la copa de Faraón, y daba yo la copa en mano de Faraón.

12 Y le dijo José: Esta es su interpretación: los tres sarmientos son tres días.

13 Al cabo de tres días levantará Faraón tu cabeza, y te restituirá a tu puesto, y darás la copa a Faraón en su mano, como solías hacerlo cuando eras su copero.

14 Acuérdate, pues, de mí cuando tengas ese bien, y te ruego que uses conmigo de misericordia, y hagas mención de mí a Faraón, y me saques de esta casa.

15 Porque fui hurtado de la tierra de los hebreos; y tampoco he hecho aquí por qué me pusiesen en la cárcel.

16 Viendo el jefe de los panaderos que había interpretado para bien, dijo a José: También yo soñé que veía tres canastillos blancos sobre mi cabeza.

17 En el canastillo más alto había de toda clase de manjares de pastelería para Faraón; y las aves las comían del canastillo de sobre mi cabeza.

18 Entonces respondió José, y dijo: Esta es su interpretación: Los tres canastillos tres días son.

19 Al cabo de tres días quitará Faraón tu cabeza de sobre ti, y te hará colgar en la horca, y las aves comerán tu carne de sobre ti.

20 Al tercer día, que era el día del cumpleaños de Faraón, el rey hizo banquete a todos sus sirvientes; y alzó la cabeza del jefe de los coperos, y la cabeza del jefe de los panaderos, entre sus servidores.

21 E hizo volver a su oficio al jefe de los coperos, y dio éste la copa en mano de Faraón.

22 Mas hizo ahorcar al jefe de los panaderos, como lo había interpretado José.

23 Y el jefe de los coperos no se acordó de José, sino que le olvidó.

José interpreta el sueño de Faraón

41:1  Aconteció que pasados dos años tuvo Faraón un sueño. Le parecía que estaba junto al río;

y que del río subían siete vacas, hermosas a la vista, y muy gordas, y pacían en el prado.

Y que tras ellas subían del río otras siete vacas de feo aspecto y enjutas de carne, y se pararon cerca de las vacas hermosas a la orilla del río;

y que las vacas de feo aspecto y enjutas de carne devoraban a las siete vacas hermosas y muy gordas. Y despertó Faraón.

Se durmió de nuevo, y soñó la segunda vez: Que siete espigas llenas y hermosas crecían de una sola caña,

y que después de ellas salían otras siete espigas menudas y abatidas del viento solano;

y las siete espigas menudas devoraban a las siete espigas gruesas y llenas. Y despertó Faraón, y he aquí que era sueño.

Sucedió que por la mañana estaba agitado su espíritu, y envió e hizo llamar a todos los magos de Egipto, y a todos sus sabios; y les contó Faraón sus sueños, mas no había quien los pudiese interpretar a Faraón.

Entonces el jefe de los coperos habló a Faraón, diciendo: Me acuerdo hoy de mis faltas.

10 Cuando Faraón se enojó contra sus siervos, nos echó a la prisión de la casa del capitán de la guardia a mí y al jefe de los panaderos.

11 Y él y yo tuvimos un sueño en la misma noche, y cada sueño tenía su propio significado.

12 Estaba allí con nosotros un joven hebreo, siervo del capitán de la guardia; y se lo contamos, y él nos interpretó nuestros sueños, y declaró a cada uno conforme a su sueño.

13 Y aconteció que como él nos los interpretó, así fue: yo fui restablecido en mi puesto, y el otro fue colgado.

14 Entonces Faraón envió y llamó a José. Y lo sacaron apresuradamente de la cárcel, y se afeitó, y mudó sus vestidos, y vino a Faraón.

15 Y dijo Faraón a José: Yo he tenido un sueño, y no hay quien lo interprete; mas he oído decir de ti, que oyes sueños para interpretarlos.

16 Respondió José a Faraón, diciendo: No está en mí; Dios será el que dé respuesta propicia a Faraón.

17 Entonces Faraón dijo a José: En mi sueño me parecía que estaba a la orilla del río;

18 y que del río subían siete vacas de gruesas carnes y hermosa apariencia, que pacían en el prado.

19 Y que otras siete vacas subían después de ellas, flacas y de muy feo aspecto; tan extenuadas, que no he visto otras semejantes en fealdad en toda la tierra de Egipto.

20 Y las vacas flacas y feas devoraban a las siete primeras vacas gordas;

21 y éstas entraban en sus entrañas, mas no se conocía que hubiesen entrado, porque la apariencia de las flacas era aún mala, como al principio. Y yo desperté.

22 Vi también soñando, que siete espigas crecían en una misma caña, llenas y hermosas.

23 Y que otras siete espigas menudas, marchitas, abatidas del viento solano, crecían después de ellas;

24 y las espigas menudas devoraban a las siete espigas hermosas; y lo he dicho a los magos, mas no hay quien me lo interprete.

25 Entonces respondió José a Faraón: El sueño de Faraón es uno mismo; Dios ha mostrado a Faraón lo que va a hacer.

26 Las siete vacas hermosas siete años son; y las espigas hermosas son siete años: el sueño es uno mismo.

27 También las siete vacas flacas y feas que subían tras ellas, son siete años; y las siete espigas menudas y marchitas del viento solano, siete años serán de hambre.

28 Esto es lo que respondo a Faraón. Lo que Dios va a hacer, lo ha mostrado a Faraón.

29 He aquí vienen siete años de gran abundancia en toda la tierra de Egipto.

30 Y tras ellos seguirán siete años de hambre; y toda la abundancia será olvidada en la tierra de Egipto, y el hambre consumirá la tierra.

31 Y aquella abundancia no se echará de ver, a causa del hambre siguiente la cual será gravísima.

32 Y el suceder el sueño a Faraón dos veces, significa que la cosa es firme de parte de Dios, y que Dios se apresura a hacerla.

33 Por tanto, provéase ahora Faraón de un varón prudente y sabio, y póngalo sobre la tierra de Egipto.

34 Haga esto Faraón, y ponga gobernadores sobre el país, y quinte la tierra de Egipto en los siete años de la abundancia.

35 Y junten toda la provisión de estos buenos años que vienen, y recojan el trigo bajo la mano de Faraón para mantenimiento de las ciudades; y guárdenlo.

36 Y esté aquella provisión en depósito para el país, para los siete años de hambre que habrá en la tierra de Egipto; y el país no perecerá de hambre.

José, gobernador de Egipto

37 El asunto pareció bien a Faraón y a sus siervos,

38 y dijo Faraón a sus siervos: ¿Acaso hallaremos a otro hombre como éste, en quien esté el espíritu de Dios?

39 Y dijo Faraón a José: Pues que Dios te ha hecho saber todo esto, no hay entendido ni sabio como tú.

40 Tú estarás sobre mi casa, y por tu palabra se gobernará todo mi pueblo; solamente en el trono seré yo mayor que tú.

41 Dijo además Faraón a José: He aquí yo te he puesto sobre toda la tierra de Egipto.

42 Entonces Faraón quitó su anillo de su mano, y lo puso en la mano de José, y lo hizo vestir de ropas de lino finísimo, y puso un collar de oro en su cuello;

43 y lo hizo subir en su segundo carro, y pregonaron delante de él: !!Doblad la rodilla!;[a] y lo puso sobre toda la tierra de Egipto.

44 Y dijo Faraón a José: Yo soy Faraón; y sin ti ninguno alzará su mano ni su pie en toda la tierra de Egipto.

45 Y llamó Faraón el nombre de José, Zafnat-panea; y le dio por mujer a Asenat, hija de Potifera sacerdote de On. Y salió José por toda la tierra de Egipto.

46 Era José de edad de treinta años cuando fue presentado delante de Faraón rey de Egipto; y salió José de delante de Faraón, y recorrió toda la tierra de Egipto.

47 En aquellos siete años de abundancia la tierra produjo a montones.

48 Y él reunió todo el alimento de los siete años de abundancia que hubo en la tierra de Egipto, y guardó alimento en las ciudades, poniendo en cada ciudad el alimento del campo de sus alrededores.

49 Recogió José trigo como arena del mar, mucho en extremo, hasta no poderse contar, porque no tenía número.

50 Y nacieron a José dos hijos antes que viniese el primer año del hambre, los cuales le dio a luz Asenat, hija de Potifera sacerdote de On.

51 Y llamó José el nombre del primogénito, Manasés;[b] porque dijo: Dios me hizo olvidar todo mi trabajo, y toda la casa de mi padre.

52 Y llamó el nombre del segundo, Efraín;[c] porque dijo: Dios me hizo fructificar en la tierra de mi aflicción.

53 Así se cumplieron los siete años de abundancia que hubo en la tierra de Egipto.

54 Y comenzaron a venir los siete años del hambre, como José había dicho; y hubo hambre en todos los países, mas en toda la tierra de Egipto había pan.

55 Cuando se sintió el hambre en toda la tierra de Egipto, el pueblo clamó a Faraón por pan. Y dijo Faraón a todos los egipcios: Id a José, y haced lo que él os dijere.

56 Y el hambre estaba por toda la extensión del país. Entonces abrió José todo granero donde había, y vendía a los egipcios; porque había crecido el hambre en la tierra de Egipto.

57 Y de toda la tierra venían a Egipto para comprar de José, porque por toda la tierra había crecido el hambre.

Los hermanos de José vienen por alimentos

42:1  Viendo Jacob que en Egipto había alimentos, dijo a sus hijos: ¿Por qué os estáis mirando?

Y dijo: He aquí, yo he oído que hay víveres en Egipto; descended allá, y comprad de allí para nosotros, para que podamos vivir, y no muramos.

Y descendieron los diez hermanos de José a comprar trigo en Egipto.

Mas Jacob no envió a Benjamín, hermano de José, con sus hermanos; porque dijo: No sea que le acontezca algún desastre.

Vinieron los hijos de Israel a comprar entre los que venían; porque había hambre en la tierra de Canaán.

Y José era el señor de la tierra, quien le vendía a todo el pueblo de la tierra; y llegaron los hermanos de José, y se inclinaron a él rostro a tierra.

Y José, cuando vio a sus hermanos, los conoció; mas hizo como que no los conocía, y les habló ásperamente, y les dijo: ¿De dónde habéis venido? Ellos respondieron: De la tierra de Canaán, para comprar alimentos.

José, pues, conoció a sus hermanos; pero ellos no le conocieron.

Entonces se acordó José de los sueños que había tenido acerca de ellos, y les dijo: Espías sois; por ver lo descubierto del país habéis venido.

10 Ellos le respondieron: No, señor nuestro, sino que tus siervos han venido a comprar alimentos.

11 Todos nosotros somos hijos de un varón; somos hombres honrados; tus siervos nunca fueron espías.

12 Pero José les dijo: No; para ver lo descubierto del país habéis venido.

13 Y ellos respondieron: Tus siervos somos doce hermanos, hijos de un varón en la tierra de Canaán; y he aquí el menor está hoy con nuestro padre, y otro no parece.

14 Y José les dijo: Eso es lo que os he dicho, afirmando que sois espías.

15 En esto seréis probados: Vive Faraón, que no saldréis de aquí, sino cuando vuestro hermano menor viniere aquí.

16 Enviad a uno de vosotros y traiga a vuestro hermano, y vosotros quedad presos, y vuestras palabras serán probadas, si hay verdad en vosotros; y si no, vive Faraón, que sois espías.

17 Entonces los puso juntos en la cárcel por tres días.

18 Y al tercer día les dijo José: Haced esto, y vivid: Yo temo a Dios.

19 Si sois hombres honrados, quede preso en la casa de vuestra cárcel uno de vuestros hermanos, y vosotros id y llevad el alimento para el hambre de vuestra casa.

20 Pero traeréis a vuestro hermano menor, y serán verificadas vuestras palabras, y no moriréis. Y ellos lo hicieron así.

21 Y decían el uno al otro: Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano, pues vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no le escuchamos; por eso ha venido sobre nosotros esta angustia.

22 Entonces Rubén les respondió, diciendo: ¿No os hablé yo y dije: No pequéis contra el joven, y no escuchasteis? He aquí también se nos demanda su sangre.

23 Pero ellos no sabían que los entendía José, porque había intérprete entre ellos.

24 Y se apartó José de ellos, y lloró; después volvió a ellos, y les habló, y tomó de entre ellos a Simeón, y lo aprisionó a vista de ellos.

25 Después mandó José que llenaran sus sacos de trigo, y devolviesen el dinero de cada uno de ellos, poniéndolo en su saco, y les diesen comida para el camino; y así se hizo con ellos.

26 Y ellos pusieron su trigo sobre sus asnos, y se fueron de allí.

27 Pero abriendo uno de ellos su saco para dar de comer a su asno en el mesón, vio su dinero que estaba en la boca de su costal.

28 Y dijo a sus hermanos: Mi dinero se me ha devuelto, y helo aquí en mi saco. Entonces se les sobresaltó el corazón, y espantados dijeron el uno al otro: ¿Qué es esto que nos ha hecho Dios?

29 Y venidos a Jacob su padre en tierra de Canaán, le contaron todo lo que les había acontecido, diciendo:

30 Aquel varón, el señor de la tierra, nos habló ásperamente, y nos trató como a espías de la tierra.

31 Y nosotros le dijimos: Somos hombres honrados, nunca fuimos espías.

32 Somos doce hermanos, hijos de nuestro padre; uno no parece, y el menor está hoy con nuestro padre en la tierra de Canaán.

33 Entonces aquel varón, el señor de la tierra, nos dijo: En esto conoceré que sois hombres honrados: dejad conmigo uno de vuestros hermanos, y tomad para el hambre de vuestras casas, y andad,

34 y traedme a vuestro hermano el menor, para que yo sepa que no sois espías, sino hombres honrados; así os daré a vuestro hermano, y negociaréis en la tierra.

35 Y aconteció que vaciando ellos sus sacos, he aquí que en el saco de cada uno estaba el atado de su dinero; y viendo ellos y su padre los atados de su dinero, tuvieron temor.

36 Entonces su padre Jacob les dijo: Me habéis privado de mis hijos; José no parece, ni Simeón tampoco, y a Benjamín le llevaréis; contra mí son todas estas cosas.

37 Y Rubén habló a su padre, diciendo: Harás morir a mis dos hijos, si no te lo devuelvo; entrégalo en mi mano, que yo lo devolveré a ti.

38 Y él dijo: No descenderá mi hijo con vosotros, pues su hermano ha muerto, y él solo ha quedado; y si le aconteciere algún desastre en el camino por donde vais, haréis descender mis canas con dolor al Seol.

Footnotes:

  1. Génesis 41:43 Abrek, probablemente una palabra egipcia semejante en sonido a la palabra hebrea que significa arrodillarse.
  2. Génesis 41:51 Esto es, El que hace olvidar.
  3. Génesis 41:52 De una palabra hebrea que significa fructífero.
Reina-Valera 1960 (RVR1960)Copyright © 1960 by American Bible Society

Señor, por favor ayuda a mi amiga

Enero 13

Señor, por favor ayuda a mi amiga

Lectura bíblica: Romanos 8:26–30

Porque él intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios. Romanos 8:27

a1—Señor, por favor ayuda a mi amiga Norma.
Dora no se daba por vencida. Por más enferma que estuviera Norma, por más grave que estuviera o cuánta gente dejara de creer que Dios la sanaría, Dora no dejaba de orar por su amiga. Aun desde el principio cuando los doctores le habían dicho a Norma que tenía una forma rara de cáncer, Dora se había sentido impulsada a orar por Norma. Y al ir desmejorando ésta más y más, con más intensidad oraba Dora. Dora oraba todo el tiempo.

—Sólo Dios puede sanar a mi amiga —le dijo Dora a sus padres—, así que tenemos que orar.
Y sí que oraba. Nadie fuera de la familia de Norma conocía sus problemas y necesidades mejor que Dora, y Dora tomaba muy en serio su responsabilidad de orar.
¿No es maravilloso tener amigos cristianos que oran por ti? ¿Te das cuentas del privilegio y de la responsabilidad especiales que tienes de orar por tus amigos? Suceden cosas buenísimas cuando tú y tus amigos oran los unos por los otros. Dios contesta y obra cuando compartes con él las necesidades de tus amigos.

Quizá te preguntes si tienes algún amigo que converse con Dios acerca de ti. Quizá estás preocupado de que eres el tipo de chico por quien sólo su mamá o papá oraría. Pues bien, la Biblia te garantiza que tienes un amigo que está orando por ti, un amigo cuyas oraciones son más poderosas que las oraciones de cualquier ser humano. ¿Te das cuenta de que el Espíritu Santo ora por ti a Dios el Padre?

¡Ah!, esto es tremendo. El Espíritu Santo vive en los cristianos y está hablando constantemente con Dios el Padre acerca de nuestras necesidades, nuestros sufrimientos y nuestras luchas. Y sus oraciones son aun más eficaces que cualquier cosa que pudiéramos imaginar, porque nadie nos conoce como el Espíritu de Dios que vive en nosotros: no nuestros amigos, no nuestros maestros de Escuela Dominical, ni siquiera nuestros hermanos y hermanas o nuestra mamá o nuestro papá. Porque el Espíritu escudriña nuestra vida y detecta nuestras necesidades, él puede orar por nosotros mejor que nadie.

Todos pasamos por rachas cuando nos sentimos tan dolidos o confundidos o enojados que no sabemos cómo orar. Inclinamos el rostro y suspiramos, lloramos o gemimos, pero no podemos emitir palabra alguna.

Es entonces que el Espíritu Santo toma nuestros suspiros, gemidos, dolores y preocupaciones; los lleva derecho al trono del Padre y ora: “Dios, por favor ayuda a mi amigo”. Y podemos recordar esto: Él toma muy en serio sus oraciones por nosotros.

PARA DIALOGAR
¿Qué significa para ti el que un amigo ore por ti? ¿Y cuando el Espíritu Santo se suma con oraciones sin fin?

PARA ORAR
Padre, gracias que cuando ni siquiera podemos encontrar palabras para orar, tu Espíritu Santo está orando por nosotros, y sabe exactamente qué decir.

PARA HACER
Toma el tiempo hoy para orar por un amigo.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

Estudio Biblico

Estudio Biblico

Programa No. 2016-01-12

DAVID LOGACHO
Saludos cordiales amable oyente y la bienvenida a una nueva entrega de nuestro estudio bíblico. Estamos tratando el tema de la iglesia y las diferentes metáforas que de ella aparecen en el Nuevo Testamento. En esta ocasión vamos a estudiar acerca de otra metáfora de la iglesia de Cristo.
DAVID LOGACHO
a1Una de las formas más prácticas y llamativas de comunicar verdades espirituales en la palabra de Dios es por medio de metáforas. Una metáfora es una figura de lenguaje por la cual se traslada el sentido recto de las voces en otro figurado, en virtud de una comparación tácita. Ya hemos visto que la iglesia de Cristo es un rebaño con un pastor. La iglesia de Cristo es la labranza de Dios. La iglesia de Cristo es el edificio de Dios y la iglesia de Cristo es el templo de Dios. En esta ocasión vamos a considerar otra metáfora de la iglesia de Cristo. Se encuentra en Efesios 1:22-23. La Biblia dice: y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia,

Eph 1:23 la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.

Este texto nos está hablando de Jesucristo, quien resucitó de los muertos y se sentó a la diestra de Dios en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero. Todo esto fue el resultado de la exaltación de Cristo, después que fue humillado hasta lo sumo en este mundo. Pero la exaltación no sólo tuvo su efecto en las esferas celestiales sino también en las esferas terrenales. Por eso el texto leído dice que Dios sometió todas las cosas bajo los pies de Cristo y en esas condiciones, note amable oyente, Dios dio a Jesucristo por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia de Cristo. El hecho que Jesucristo sea la cabeza de algo nos obliga a pensar que también debe haber un cuerpo y efectivamente es así. El cuerpo es la iglesia de Cristo. El cuerpo que es la iglesia de Cristo, con su cabeza que es Cristo mismo, es algo completo y armónico. Por eso el texto leído dice que él es la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. Muy bien. Lo dicho nos muestra entonces que otra metáfora de la iglesia de Cristo es un cuerpo. La metáfora es de lo más ilustrativa. Son varios los asuntos que sobresalen. Primero, el cuerpo demanda de una cabeza. La cabeza del cuerpo es Cristo. Note lo que nos dice Colosenses 2:9-10 en cuanto a Cristo como cabeza: Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad,

Col 2:10 y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad.

Cristo como cabeza de la iglesia es algo realmente extraordinario. Cristo es Dios mismo, por eso el texto dice que en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad. Sólo alguien así puede ser la cabeza de todo principado y potestad y también la cabeza de la iglesia de Cristo, la cual es su cuerpo. Algo muy digno de notarse es el hecho que los creyentes estamos completos en Cristo. Esto es muy importante, amable oyente. No son pocas las veces que me encuentro con creyentes que se han embarcado en lo que yo llamaría la conquista del algo más. Parece que para ellos, estar en Cristo no es suficiente y es como si les faltara algo. Justamente por eso se dedican a buscar algo más. Piesan que si tan solo pudieran tener una experiencia sobrenatural, ya estarían completos, si sólo pudieran al menos presencia o mejor aún realizar señales, prodigios y milagros, ya estarían completos. Y como eso nunca pasa, se sienten creyentes de segunda clase y con desesperación corren de aquí para allá para recibir su milagro, no importa donde sea ni como sea. Pero cuan distinto es lo que encontramos en la Biblia. La Biblia enseña que Cristo es la cabeza de la iglesia y que nosotros estamos en Cristo y que en Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad y que por tanto, usted y yo que somos creyentes, estamos completos en él. No nos hace falta nada más amable oyente. No necesitamos más de Dios ni de Cristo, ni del Espíritu Santo, porque ya tenemos todo de cada uno de ellos. Lo que si nos falta mucho es que Dios tenga más de nosotros, porque nos resistimos a darnos todo a él. Lo que si nos falta es que Cristo tenga más de nosotros, porque no nos gusta que él reine y gobierne todas las áreas de nuestra vida. Lo que sí nos falta mucho es que el Espíritu Santo tenga más de nosotros, porque nos resistimos a que él controle todos nuestros asuntos y pensamientos. No deberíamos cantar: Yo quiero más y más de Cristo, sino Cristo quiere más y más de mí. Volviendo a la metáfora del cuerpo, en segundo lugar, todo cuerpo tiene miembros. Los miembros del cuerpo de Cristo que es la iglesia somos todos aquellos que hemos recibido a Cristo como nuestro Salvador. Fue por el bautismo con el Espíritu que todos los que somos creyentes fuimos introducidos en el cuerpo de Cristo que es la iglesia. Ningún creyente ha sido dejado fuera del cuerpo de Cristo que es la iglesia y por tanto ningún creyente ha dejado de ser bautizado con el Espíritu Santo. En tercer lugar, en un cuerpo, no todos los miembros tienen la misma función. En el cuerpo humano, algunos miembros son brazos, manos, piernas, pies ojos, nariz, oídos, hígado, riñones, estomago. Cada miembro tiene su función particular dentro del cuerpo y no hay competencia entre los miembros. Ni descontento porque un miembro es pie y no ojo. Lo mismo es en la iglesia de Cristo, cada miembro tiene una función específica dentro del cuerpo y no debe haber competencia entre miembros del cuerpo ni tampoco descontento entre miembros del cuerpo a causa de las diferente funciones de cada uno de los miembros. En cuarto lugar, la función principal de todo cuerpo es manifestar a la persona al mundo que le rodea. El cuerpo es el vehículo por el cual se expresa una persona. Sólo por un instante imagínese que se separa de su cuerpo. Si ese fuera el caso, no podría comunicarse con ninguna persona en este mundo, no podría percibir lo que sucede a su alrededor. Le faltaría el vehículo para poder expresarse como persona. Lo mismo sucede en la iglesia de Cristo como el cuero de Cristo. La iglesia de Cristo es el vehículo por el cual Cristo se expresa en este mundo. ¿Se ha puesto a pensar en esta realidad, amable oyente? Repito lo dicho. La iglesia es el vehículo por el cual Cristo se expresa en este mundo. En otras palabras, el mundo no puede ver más de Cristo en el mundo que lo que ve de Cristo en la iglesia. Esto por un lado es un privilegio enorme para los creyentes, quienes somos miembros del cuerpo de Cristo. Pensar que Cristo en su gracia y sabiduría ha decidido manifestarse al mundo a través de nosotros los creyentes. No hay privilegio tan grande como ese. Pero todo privilegio tiene aparejado su responsabilidad. Así como no hay privilegio más grande para los creyentes que se el vehículo por el cual se manifiesta Cristo en el mundo, también no hay responsabilidad más grande para los creyentes que ser el vehículo por el cual Cristo se manifieste en el mundo. La gran pregunta para usted y para mí, amable oyente, es esta: Siendo que como creyentes somos miembros de la iglesia de Cristo, ¿Qué es lo que el mundo está viendo de Cristo en cada uno de nosotros? Puesto más directamente: Cuando el mundo me ve a mí, ¿Qué es lo que mira? ¿Será que mira a un Cristo con «c» minúscula? Es decir un Cristo distorsionado por el pecado. Un Cristo tan torcido que está mezclado con chisme, con odio, con envidia, con orgullo, con vicios, con vocabulario soez. O está mirando al Cristo con «c» mayúscula, un Cristo verdadero, un Cristo que se manifiesta a través de mí con amor, gozo, paz, paciencia, bondad, benignidad, fe, mansedumbre y templanza. ¿Sabía que su vida es un libro abierto al mundo en el cual vivimos? ¿Qué es lo que el mundo lee cuando mira las páginas de su vida? Quiera Dios que el mundo lea a Cristo, amable oyente. Que nuestras vidas despidan el olor fragante de la nueva vida que tenemos en Cristo, pero qué trágico que sería si nuestras vidas como creyentes despidan el olor a muerte del pecado que estamos cometiendo. Bien se ha dicho que nuestro testimonio como creyentes impulsa o frena el avance del cristianismo en el mundo. En cierta ocasión preguntaron al gran estadista hindú Mahatma Gandhi: En su opinión, ¿por qué no ha crecido el cristianismo en la India? Ghandi se quedó pensativo un instante y luego dio una respuesta impactante. Por los cristianos… fue su respuesta. Lo que sucede es que años antes Gandhi se había sentido atraído por el cristianismo, pero vio tantos malos ejemplos de cristianos que dijo: No, para ser como uno de ellos, mejor me quedo como estoy. Así es amable oyente, los creyentes somos el cuerpo de Cristo y como tal manifestamos a Cristo al mundo incrédulo en el cual vivimos. ¿Qué tipo de Cristo estamos manifestando?

PABLO LOGACHO
Agradecemos su sintonía en el día de hoy, y le recordamos que LA BIBLIA DICE… se sostiene gracias a las oraciones y donativos de los hermanos que comprometidos con la gran comisión han decidido apoyarnos, si Usted desea tener parte en esto, contáctese con nosotros para indicarle la manera de hacerlo y… antes de despedir el programa de hoy quiero invitarle a visitar nuestra página Web y conocer la respuesta a la PREGUNTA DEL DIA. ¿Es correcto que los creyentes vistan de luto cuando muere otro creyente? Nuestra dirección es: labibliadice.org Bendiciones y le esperamos en nuestra próxima edición.
https://soundcloud.com/labibliadice/lbd-2016-01-12
http://labibliadice.org/estudio-biblico/efesios/programa-no-2016-01-12/?source=mas

El cumplimiento del tiempo 2

El cumplimiento
del tiempo 2

Justo L. Gonzáles

Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley.

Gálatas 4. 4

a1Los primeros cristianos —Pablo entre ellos— no creían que el tiempo y el lugar del nacimiento de Jesús fueron dejados al azar. Al contrario, aquellos cristianos veían la mano de Dios preparando el advenimiento de Jesús en todos los acontecimientos anteriores a la Navidad, y en todas las circunstancias históricas que la rodearon. Lo mismo puede decirse del nacimiento de la iglesia, que es el resultado de la obra de Jesús. Dios había preparado el camino para que los discípulos, una vez recibido el poder del Espíritu Santo, pudieran serle testigos “en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).

Por lo tanto, la iglesia nunca fue una comunidad desprovista de todo contacto con el mundo exterior. Los primeros cristianos eran judíos del siglo primero, y fue como judíos del siglo primero que escucharon y recibieron el evangelio. Después la nueva fe se fue propagando, tanto entre los judíos que vivían fuera de Palestina como entre los gentiles que vivían en el Imperio Romano y aun fuera de él. En consecuencia, a fin de comprender la historia de la iglesia en sus primeros siglos debemos primero echar una ojeada hacia el mundo en que esa iglesia se desenvolvió.

El judaísmo en Palestina

Palestina, la región en donde el cristianismo dio sus primeros pasos, ha sido siempre una tierra sufrida. En tiempos antiguos esto se debió principalmente a su posición geográfica, que la colocaba en la encrucijada de las dos grandes rutas comerciales que unían al Egipto con Mesopotamia, y a Arabia con Asia Menor. A través de toda la historia del Antiguo Testamento, esta estrecha faja de terreno se vio codiciada e invadida, unas veces por el Egipto, y otras por los grandes imperios que surgieron en la región de Mesopotamia y Persia. En el siglo IV a.C., con Alejandro y sus huestes macedonias, un nuevo contendiente entró en la arena. Al derrotar a los persas, Alejandro se hizo dueño de Palestina. Alejandro murió en el año 323 a.C., y siguieron entonces largos años de inestabilidad política. La dinastía de los Ptolomeos, fundada por uno de los generales de Alejandro, se posesionó del Egipto, mientras que los Seleucos, de semejante origen, se hicieron dueños de Siria. De nuevo Palestina resultó ser la manzana de la discordia en las luchas entre los Ptolomeos y los Seleucos.

Las conquistas de Alejandro habían tenido una base ideológica. El propósito de Alejandro no era sencillamente conquistar el mundo, sino unir a toda la humanidad bajo una misma civilización de tonalidad marcadamente griega. El resultado de esto fue el helenismo, que tendía a combinar elementos puramente griegos con otros tomados de las diversas civilizaciones conquistadas. Aunque el carácter preciso del helenismo varió de región en región, en términos generales le dio a la cuenca oriental del Mediterráneo una unidad que sirvió primero a la expansión del Imperio Romano y después a la predicación del evangelio.

Pero para los judíos el helenismo no era una bendición. Puesto que parte de la ideología helenista consistía en equiparar y confundir los dioses de diversos pueblos, los judíos veían en el helenismo una seria amenaza a la fe en el Dios único de Israel. Por ello, la historia de Palestina desde la conquista de Alejandro hasta la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. puede verse como el conflicto constante entre las presiones del helenismo por una parte y la fidelidad de los judíos a su Dios y sus tradiciones por otra.

El punto culminante de esa lucha fue la rebelión de los Macabeos. Primero el sacerdote Matatías, y después sus tres hijos Jonatán, Judas y Simeón, se rebelaron contra el helenismo de los Seleucos, que pretendía imponer dioses paganos entre los judíos. El movimiento tuvo cierto éxito. Pero ya Juan Hircano, el hijo de Simeón Macabeo, comenzó a amoldarse a las costumbres de los pueblos circundantes, y a favorecer las tendencias helenistas. Cuando algunos de los judíos más estrictos se opusieron a esta política, se desató la persecución. Por fin, en el año 63 a.C., el romano Pompeyo conquistó el país y depuso al último de los Macabeos, Aristóbulo II.

La política de los romanos era por lo general tolerante hacia la religión y las costumbres de los pueblos conquistados. Poco tiempo después de la deposición de Aristóbulo, los romanos les devolvieron a los descendientes de los Macabeos cierta medida de autoridad, dándoles los títulos de sumo sacerdote y de etnarca. Herodes, nombrado rey de Judea por los romanos en el año 40 a.C., fue el último gobernante con cierta ascendencia macabea, pues su esposa era de ese linaje.

Pero aun la tolerancia romana no podía comprender la obstinación de los judíos, que insistían en rendirle culto sólo a su Dios, y que se rebelaban ante la menor amenaza contra su fe. Herodes hizo todo lo posible por introducir el helenismo en el país. Con ese propósito hizo construir templos en honor de Roma y de Augusto en Samaria y en Cesarea. Pero cuando se atrevió a hacer colocar un águila de oro sobre la entrada del Templo los judíos se sublevaron, y Herodes tuvo que recurrir a la violencia. Sus sucesores siguieron la misma política helenizante, haciendo construir nuevas ciudades de estilo helenista y trayendo gentiles a vivir en ellas.

Por esta razón las rebeliones se sucedieron casi ininterrumpidamente. Jesús era niño cuando los judíos se rebelaron contra el etnarca Arquelao, quien tuvo que recurrir a las tropas romanas. Esas tropas, al mando del general Varo, destruyeron la ciudad de Séforis, capital de Galilea y vecina de Nazaret, y crucificaron a dos mil judíos. Es a esta rebelión que se refiere Gamaliel al decir que “se levantó Judas el galileo, en los días del censo, y llevó en pos de sí a mucho pueblo” (Hechos 5:37). El partido de los celotes, que se oponía tenazmente al régimen romano, siguió existiendo aún después de las atrocidades de Varo, y jugó un papel importante en la gran rebelión que estalló en el año 66 d.C. Esa rebelión fue quizá la más violenta de todas, y a la postre llevó a la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C., cuando el general —y después emperador— Tito conquistó la ciudad y derribó el Templo.

En medio de tales luchas y tentaciones, no ha de extrañarnos que el judaísmo se haya vuelto cada vez más legalista. Era necesario que el pueblo tuviese directrices claras acerca de cuál debería ser su conducta en diversas circunstancias. Los preceptos detallados de los fariseos no tenían el propósito de fomentar una religión puramente externa —aunque a veces hayan tenido ese resultado— sino más bien de aplicar la Ley a las circunstancias en que el pueblo vivía día a día. Los fariseos eran el partido del pueblo, que no gozaba de las ventajas materiales acarreadas por el régimen romano y el helenismo. Para ellos lo importante era asegurarse de cumplir la Ley aun en los tiempos difíciles en que estaban viviendo. Además, los fariseos creían en algunas doctrinas que no encontraban apoyo en las más antiguas tradiciones de los judíos, tales como la resurrección y la existencia de los ángeles.

Los saduceos, por su parte, eran el partido de la aristocracia, cuyos intereses le llevaban a colaborar con el régimen romano. Puesto que el sumo sacerdote pertenecía por lo general a esa clase social, el culto del Templo ocupaba para los saduceos la posición central que la Ley tenía para los fariseos. Además, aristócratas y conservadores como eran, los saduceos rechazaban las doctrinas de la resurrección y de la existencia de los ángeles, que según ellos eran meras innovaciones.

Por lo tanto, debemos cuidarnos de no exagerar la oposición de Jesús y de los primeros cristianos al partido de los fariseos. De hecho, casi todos ellos estaban más cerca de los fariseos que de los saduceos. La razón por la que Jesús les criticó no es entonces que hayan sido malos judíos, sino que en su afán de cumplir la Ley al pie de la letra se olvidaban a veces de los seres humanos para quienes la Ley fue dada.

Además de estos partidos, que ocupaban el centro de la escena religiosa, había otras sectas y bandos en el judaísmo del siglo primero. Ya hemos mencionado a los celotes. Los esenios, a quienes muchos autores atribuyen los famosos “Rollos del Mar Muerto”, eran un grupo de ideas puristas que se apartaba de todo contacto con el mundo de los gentiles, a fin de mantener su pureza ritual. Según el historiador judío Josefo, estos esenios sostenían, además de las doctrinas tradicionales del judaísmo, ciertas doctrinas secretas que les estaba vedado revelar a quienes no eran miembros de su secta.

Por otra parte, toda esta diversidad de tendencias, partidos y sectas no ha de eclipsar dos puntos fundamentales que todos los judíos sostenían en común: el monoteísmo ético y la esperanza escatológica.

El monoteísmo ético sostenía que hay un solo Dios, y que este Dios requiere, aún más que el culto apropiado, la justicia entre los seres humanos. Los diversos partidos podían estar en desacuerdo con respecto a lo que esa justicia quería decir en términos concretos. Pero en cuanto a la necesidad de honrar al Dios único con la vida toda, todos concordaban.

La esperanza escatológica era la otra nota común de la fe de Israel. Todos, desde los saduceos hasta los celotes, guardaban la esperanza mesiánica, y creían firmemente que el día llegaría cuando Dios intervendría en la historia para restaurar a Israel y cumplir sus promesas de un Reino de paz y justicia. Algunos creían que su deber estaba en acelerar la llegada de ese día recurriendo a las armas. Otros decían que tales cosas debían dejarse exclusivamente en manos de Dios. Pero todos concordaban en su mirada dirigida hacia el futuro cuando se cumplirían las promesas de Dios.

De todos estos grupos, el más apto para sobrevivir después de la destrucción del Templo era el de los fariseos. En efecto, esta secta tenía sus raíces en la época del Exilio, cuando los judíos no podían acudir al Templo a adorar, y por tanto su fe se centraba en la Ley. Durante los últimos siglos antes del advenimiento de Jesús, el número de los judíos que vivían en tierras lejanas había aumentado constantemente. Tales personas, que no podían visitar el Templo sino en raras ocasiones, se veían obligadas a centrar su fe en la Ley más bien que en el Templo. En el año 70 d.C., la destrucción de Jerusalén le dio el golpe de gracia al partido de los saduceos, y por tanto el judaísmo que el cristianismo ha conocido a través de casi toda su historia —así como el judaísmo que existe en nuestros días— viene de la tradición farisea.

El judaísmo de la Dispersión

Como hemos señalado anteriormente, durante los siglos que precedieron al advenimiento de Jesús hubo un número cada vez mayor de judíos que vivían fuera de Palestina. Algunos de estos judíos eran descendientes de los que habían ido al exilio en Babilonia, y por tanto en esa ciudad así como en toda la región de Mesopotamia y Persia había fuertes contingentes judíos. En el Imperio Romano, los judíos se habían esparcido por diversas circunstancias, y ya en el siglo primero las colonias judías en Roma y en Alejandría eran numerosísimas. En casi todas las ciudades del Mediterráneo oriental había al menos una sinagoga. En el Egipto, se llegó hasta a construir un templo alrededor del siglo VII a.C. en la ciudad de Elefantina, y hubo otro en el Delta del Nilo en el siglo II a.C. Pero por lo general estos judíos de la “Dispersión” o de la “Diáspora” ¡que así se les llamó! no construyeron templos en los cuales ofrecer sacrificios, sino más bien sinagogas en las que se estudiaban las Escrituras.

El judaísmo de la Diáspora es de suma importancia para la historia de la iglesia cristiana, pues fue a través de él, según veremos en el próximo capítulo, que más rápidamente se extendió la nueva fe por el Imperio Romano. Además, ese judaísmo le proporcionó a la iglesia la traducción del Antiguo Testamento al griego que fue uno de los principales vehículos de su propaganda religiosa.

Este judaísmo se distinguía de su congénere en Palestina principalmente por dos características: su uso del idioma griego, y su contacto inevitablemente mayor con la cultura helenista.

En el siglo primero eran muchos los judíos, aun en Palestina, que no usaban ya el antiguo idioma hebreo. Pero, mientras que en Palestina y en toda la región al oriente de ese país se hablaba el arameo, los judíos que se hallaban dispersos por todo el resto del Imperio Romano hablaban el griego. Tras las conquistas de Alejandro, el griego había venido a ser la lengua franca de la cuenca oriental del Mediterráneo. Judíos, egipcios, chipriotas, y hasta romanos, utilizaban el griego para comunicarse entre sí. En algunas regiones —especialmente en el Egipto— los judíos perdieron el uso de la lengua hebrea, y fue necesario traducir sus Escrituras al griego.

Esa versión del Antiguo Testamento al griego recibe el nombre de Septuaginta, que se abrevia frecuentemente mediante el número romano LXX. Ese nombre  —y número—  le viene de una antigua leyenda según la cual el rey de Egipto, Ptolomeo Filadelfo, ordenó a setenta y dos ancianos hebreos que tradujesen la Biblia independientemente, y todos ellos produjeron traducciones idénticas entre sí. Al parecer, el propósito de esa leyenda era garantizar la autoridad de esta versión, que de hecho fue producida a través de varios siglos, por traductores con distintos criterios, de modo que algunas porciones son excesivamente literales, mientras que otras se toman amplias libertades con el texto.

En todo caso, la importancia de la Septuaginta fue enorme para la primitiva iglesia cristiana. Esta es la Biblia que cita la mayoría de los autores del Nuevo Testamento, y ejerció una influencia indudable sobre la formación del vocabulario cristiano de los primeros siglos. Además, cuando aquellos primeros creyentes se derramaron por todo el Imperio con el mensaje del evangelio, encontraron en la Septuaginta un instrumento útil para su propaganda. De hecho, el uso que los cristianos hicieron de la Septuaginta fue tal y tan efectivo que los judíos se vieron obligados a producir nuevas versiones —como la de Aquila— y a dejar a los cristianos en posesión de la Septuaginta.

La otra marca distintiva del judaísmo de la Dispersión fue su inevitable contacto con la cultura helenista. En cierto sentido, podría decirse que la Septuaginta es también resultado de esta situación. En todo caso, resulta claro que los judíos de la Dispersión no podían sustraerse al contacto con los gentiles, como podían hacerlo en cierta medida sus correligionarios de Palestina. Los judíos de la Dispersión se veían obligados en consecuencia a defender su fe a cada paso frente a aquellas gentes de cultura helenista para quienes la fe de Israel resultaba ridícula, anticuada o ininteligible.

Frente a esta situación, y especialmente en la ciudad de Alejandría, surgió entre los judíos un movimiento que trataba de mostrar la compatibilidad entre lo mejor de la cultura helenista y la religión hebrea. Ya en el siglo III a.C. Demetrio narró la historia de los reyes de Judá siguiendo los patrones de la historiografía pagana. Pero fue en la persona de Filón de Alejandría, contemporáneo de Jesús, que este movimiento alcanzó su cumbre.

Puesto que los argumentos de Filón  —u otros muy parecidos— fueron utilizados después por algunos cristianos en la propia ciudad de Alejandría, vale la pena resumirlos aquí. Lo que Filón intenta hacer es mostrar la compatibilidad entre la filosofía platónica y las Escrituras hebreas. Según él, puesto que los filósofos griegos eran personas cultas, y las Escrituras hebreas son anteriores a ellos, es de suponerse que cualquier concordancia entre ambos se debe a que los griegos copiaron de los judíos, y no viceversa. Y entonces Filón procede a mostrar esa concordancia interpretando el Antiguo Testamento como una serie de alegorías que señalan hacia las mismas verdades eternas a que los filósofos se refieren de manera más literal.

El Dios de Filón es absolutamente trascendente e inmutable, al estilo del “Uno Inefable” de los platónicos. Por tanto, para relacionarse con este mundo de realidades transitorias y mutables, ese Dios hace uso de un ser intermedio, al que Filón da el nombre de Logos (es decir, Verbo o Razón). Este Logos, además de ser el intermediario entre Dios y la creación, es la razón que existe en todo el universo, y de la que la mente humana participa. En otras palabras, es este Logos lo que hace que el universo pueda ser comprendido por la mente humana. Algunos pensadores cristianos adoptaron estas ideas propuestas por Filón, con todas sus ventajas y sus peligros.

Como vemos, en su dispersión por todo el mundo romano, en su traducción de la Biblia, y aun en sus intentos de dialogar con la cultura helenista, el judaísmo había preparado el camino para el advenimiento y la diseminación de la fe cristiana.

El mundo grecorromano

Empero en esa diseminación la nueva fe tuvo que abrirse paso a través de situaciones políticas y culturales que unas veces le abrieron camino, y otras le sirvieron de obstáculo. A fin de comprender la vida cristiana en esos primeros siglos, debemos detenernos a exponer, siquiera en breves rasgos, esas circunstancias políticas y culturales.

El Imperio Romano le había dado a la cuenca del Mediterráneo una unidad política nunca antes vista. La política del Imperio fue fomentar la mayor uniformidad posible sin hacer excesiva violencia a las costumbres de cada región. Esta había sido también antes la política de Alejandro. En ambos casos su éxito fue notable, pues poco a poco se fue creando una base común que perdura hasta nuestros días. Esa base común, tanto en lo político como en lo cultural, fue de enorme importancia para el cristianismo de los primeros siglos.

La unidad política de la cuenca del Mediterráneo les permitió a los primeros cristianos viajar de un lugar a otro sin temor de verse envueltos en guerras o asaltos. De hecho, al leer acerca de los viajes de Pablo vemos que el gran peligro de la navegación en esa época era el mal tiempo. Unos siglos antes, los piratas que infestaban el Mediterráneo eran de temerse mucho más que cualquier tempestad. Los caminos romanos, que unían hasta las más distantes provincias, y algunos de los cuales existen todavía, no fueron ajenos a las plantas de los cristianos que iban de un lugar a otro llevando el mensaje de la redención en Jesucristo. Puesto que el comercio florecía, las gentes iban de un lugar a otro, y así el cristianismo llegó frecuentemente a alguna nueva región, no llevado por misioneros o por predicadores itinerantes, sino por mercaderes, esclavos y otras personas que por diversas razones se veían obligadas a viajar. En este sentido, las condiciones políticas de la época fueron beneficiosas para la diseminación de la nueva fe.

Pero hubo también otros aspectos de esa situación que sirvieron de reto y amenaza a los primeros cristianos. Puesto que el Imperio intentaba lograr la mayor uniformidad posible entre sus súbditos de diversos orígenes, parte de la política imperial consistía en fomentar la uniformidad religiosa. Esto se hacia mediante el sincretismo y el culto al emperador.

El sincretismo, que consiste en la mezcla indiscriminada de religiones, fue característica de la cuenca del Mediterráneo a partir del siglo III a.C. Dentro de ciertos límites, Roma lo impulsó, pues el Imperio tenía interés en que sus diversos súbditos pensaran que, aunque sus dioses tenían distintos nombres y atributos, en fin de cuentas eran todos los mismos dioses. Al Panteón romano se fueron añadiendo dioses provenientes de las mas diversas regiones. (La palabra Panteón quiere decir precisamente “templo de todos los dioses”.)

Por los mismos caminos por los que transitaban los mercaderes y misioneros cristianos transitaban también gentes de muy variadas religiones, y todas esas religiones se entremezclaban y confundían en las plazas y los foros de las ciudades. El sincretismo era la moda religiosa de la época.

En tal ambiente tanto los judíos como los cristianos parecían ser gentes intransigentes, que insistían en su Dios único y distinto de todos los demás dioses. Por esta razón, muchos veían en el judaísmo y en el cristianismo un quiste que debía ser extirpado de la sociedad romana. Pero fue el culto al emperador el punto neurálgico que desató la persecución. Muchas veces esas persecuciones tenían características políticas, pues el culto al emperador era uno de los medios que Roma utilizaba para fomentar la unidad y la lealtad de su imperio. Negarse a rendir ese culto era visto como señal de traición o al menos de deslealtad. Luego, no son pocos los casos en que resulta claro que, al mismo tiempo que un mártir moría por su fe, quien le condenaba lo hacía impulsado por sentimientos de lealtad política.

Por otra parte, el sincretismo de la época también se manifestaba en lo que los historiadores de hoy llaman “religiones de misterio”, o sencillamente “misterios”. Estas religiones no centraban su fe en los viejos dioses del Olimpo —Zeus, Poseidón, Afrodita, etc.— sino en otros dioses de carácter más personal. En los siglos anteriores, antes que se desatara el espíritu sincretista y cosmopolita, cada cual era devoto de los dioses del país en que había nacido. Pero ahora, en medio de la confusión creada por las conquistas de Alejandro y de Roma, cada cual tenía que decidir a qué dioses le iba a prestar su devoción. Cada uno de estos dioses de los “misterios” tenía sus propios devotos, que eran aquellos que habían sido iniciados.

Por lo general, cada una de estas religiones se basaba en un mito acerca de los orígenes del mundo, o de la historia del dios en cuestión. Del Egipto provenía el mito de Isis y Osiris, según el cual el dios Seth había matado y descuartizado a Osiris, y después había esparcido sus miembros por todo el Egipto. Isis, la esposa de Osiris, los había recogido, y dado nueva vida a Osiris. Pero los órganos genitales de Osiris habían caído en el Nilo, y es por esa razón que el Nilo es la fuente de fertilidad para todo el Egipto. También por esa razón, algunos de los devotos más fervientes de este culto se mutilaban a sí mismos, cortándose los testículos y ofreciéndolos en sacrificio. Entre los soldados era muy popular el culto a Mitras, un dios de origen persa cuyos mitos incluían una serie de combates contra el sol y contra un toro de carácter mitológico. En Grecia existían desde tiempos inmemoriales los misterios de Eleusis, cerca de Atenas. Los misterios de Atis y Cibeles incluían un rito de iniciación llamado “taurobolia”, en el que se mataba un toro y se bañaba al neófito con su sangre. Dado el carácter sincretista de todos estos cultos, pronto unos se mezclaron con otros, hasta tal punto que en el día de hoy es difícil distinguir las características o las prácticas de uno de ellos en particular. Además, estos dioses no eran celosos entre sí, como el Dios de los judíos y de los cristianos, y por tanto hubo quienes se dedicaron a coleccionar misterios, haciéndose iniciar en uno tras otro de estos cultos.

Todas estas tendencias sincretistas, en las que se entrelazaban los viejos dioses con las religiones de misterio y con el culto al emperador, presentaron un fuerte reto al cristianismo naciente. Puesto que los cristianos se negaban a participar de todo esto, frecuentemente se les acusó de incrédulos y de ateos. Frente a tales acusaciones, los cristianos podían recurrir a ciertos aspectos de la cultura de la época que parecían prestarles apoyo. A esto dedicaremos el capítulo VII de la presente sección de nuestra historia. Pero por lo pronto señalemos que hubo dos tradiciones filosóficas en las que los cristianos encontraron un nutrido arsenal para la defensa de su fe. Una de ellas fue la tradición platónica, y la otra el estoicismo.

El maestro de Platón, Sócrates, había sido condenado a morir bebiendo la cicuta porque se le consideraba incrédulo y corruptor de la juventud ateniense. Platón había escrito varios diálogos en su defensa, y ya en el siglo primero de nuestra era Sócrates era tenido por uno de los hombres más sabios y más justos de la antigüedad. Ahora bien, Sócrates, Platón, y toda la tradición de la que ambos formaban parte, habían criticado a los dioses paganos, diciendo que eran creación humana, y que según los mitos clásicos eran más perversos que los seres humanos. Por encima de todo esto, Platón hablaba de un ser supremo, inmutable, perfecto, que era la suprema bondad y belleza. Además, tanto Sócrates como Platón creían en la inmortalidad del alma, y por tanto en la vida después de la muerte. Y Platón afirmaba que por encima de este mundo sensible y pasajero había otro de realidades invisibles y permanentes. Todo esto fue de gran valor y atractivo para aquellos primeros cristianos que se veían perseguidos y acusados de ser ignorantes e ingenuos. Por estas razones, la filosofía platónica ejerció un influjo sobre el pensamiento cristiano que todavía perdura.

Algo semejante sucedió con el estoicismo. Esta escuela filosófica  —algo posterior al platonismo— enseñaba doctrinas de alto carácter moral. Según los estoicos, hay una ley natural impresa en todo el universo y en la razón humana, y esa ley nos dice cómo hemos de comportarnos. Si algunos no la ven o no la siguen, esto es porque son tontos, pues quien es verdaderamente sabio conoce esa ley y la obedece. Además, puesto que nuestras pasiones luchan contra nuestra razón, y tratan de dominar nuestras vidas, la meta del sabio es lograr que su razón domine toda pasión, hasta el punto de no sentirla. Ese estado de no sentir pasión alguna es la “apatía” y en él consiste la perfección moral según los estoicos. También en este caso podemos imaginarnos el atractivo de esta doctrina para los cristianos, que se veían obligados a enfrentarse repetidamente a las costumbres corruptas de su época, y a criticarlas. Puesto que los estoicos habían hecho lo mismo, en sus ideas y escritos los cristianos encontraron apoyo para su defensa y propaganda. Al igual que en el caso del platonismo, esto acarreaba el peligro de que se llegase a confundir la fe cristiana con estas doctrinas filosóficas, y que así se perdiera algo del carácter único del evangelio. No faltaron quienes, en un aspecto u otro, sucumbieran ante esa tentación. Pero ello no ha de ocultarnos el gran valor que estas doctrinas tuvieron en la primera expansión del cristianismo.

Según el apóstol Pablo, el cristianismo penetró en el mundo “cuando vino el cumplimiento del tiempo”. Quizá alguno podría entender esto en el sentido de que Dios les facilitó el camino a aquellos primeros cristianos. Y no cabe duda de que mucho de lo que estaba teniendo lugar en el siglo primero facilitó el avance de la nueva fe. Pero también es cierto que esos mismos acontecimientos le planteaban a la iglesia difíciles retos que exigían enorme valor y audacia. El “cumplimiento del tiempo” no quiere decir que el mundo estuviera listo a hacerse cristiano, como una fruta madura pronta a caer del árbol, sino que quiere decir más bien que, en los designios inescrutables de Dios, había llegado el momento de enviar al Hijo al mundo a sufrir muerte de cruz, y de esparcir a los discípulos por ese mismo mundo para dar ellos también costoso testimonio de su fe en el Crucificado.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 24–34). Miami, FL: Editorial Unilit.