Amigos en un mundo de dolor

Enero 28

Amigos en un mundo de dolor

Lectura bíblica: 2 Corintios 1:3–7

Con la consolación con que nosotros mismos somos consolados por Dios, también nosotros podemos consolar a los que están en cualquier tribulación. 2 Corintios 1:4

a1Esta es una noticia penosa: observa a cualquier grupo de chicos y verás dolor. Es casi una garantía que verás a algunos luchando con amistades rotas, una enfermedad grave, la muerte de un amigo o de un ser querido, o una situación tensa en casa. Puedes estar seguro de que enfrentan las pérdidas y los desengaños del diario vivir: obtienen una mala calificación, pierden un libro que hay que devolver a la biblioteca o son excluidos de un equipo.
Entonces, ¿qué puedes hacer para aliviar el dolor y el sufrimiento?
Vas por el camino correcto si se te ocurren cualquiera de estas ideas: Estoy listo para ayudar cuando me necesiten. Puedo decir palabras alentadoras. Puedo orar por mi amigo. Puedo ser bondadoso con los que me rodean. Puedo mostrarle a mi amigo pasajes bíblicos que le serían de ayuda.
Todas estas respuestas son magníficas. No obstante, Dios te puede usar aun de otra manera más para aliviar el dolor o problema de un amigo que sufre. Quizá podrás captarla mejor por medio de esta ilustración:
Supongamos que te encanta tu patineta. No obstante, un día compruebas la ley científica más básica: Lo que sube tiene que bajar. Y aunque vuelas por el aire cuando llega el momento de dar el salto y quedas suspendido tres segundos enteros, te caes al suelo como un plomo.
Elige: Cuando tu mejor amigo corre a tu lado para animarte, ¿cuál de las siguientes acciones te harían sentir mejor?

(a) Tu amigo se queda dormido mientras estás hablando.
(b) Tu amigo te dice qué tonto fuiste, y qué tonto es andar en patineta.
(c) Tu amigo se pone furioso y amenaza hacerle juicio al tipo que te vendió la patineta.
(d) Tu amigo te escucha atentamente, y después te dice algo como: “Siento mucho que te haya sucedido esto. Siento mucho que estés dolido. Aquí estoy para lo que me necesites, amigo”.
Si escogiste la última opción, tienes una buena idea de cómo Dios te quiere incluir en consolar a un amigo dolido. Romanos 12:15 nos anima a compartir el dolor de los que se sienten tristes.
Cuando te identificas con el dolor y sufrimiento de un amigo —diciendo cosas afectuosas y rodeándolo de cariño— Dios reduce milagrosamente el dolor de tu amigo. Y eso es hacer algo como lo hubiera hecho Jesús.

PARA DIALOGAR
¿Quién a tu alrededor está sufriendo? ¿Qué puedes hacer al respecto?

PARA ORAR
Señor, danos oportunidades para aliviar la tristeza de otros por medio de compartir su dolor.

PARA HACER
Observa a toda esa gente alrededor tuyo que está sufriendo. Planea ayudar hoy a alguien ofreciéndoles consuelo.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

EL DISCÍPULO Nº 13

EL DISCÍPULO Nº 13

Programa No. 2016-01-28

PABLO MARTINI
a1¿Sabías que no fueron doce los discípulos llamados por el Señor sino trece?… Si vamos a Lucas 19:59 Jesús llamó a un joven de la misma manera que había llamado a los anteriores. En este caso la respuesta fue negativa: “Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre.” ¡Qué pena!, se perdió la oportunidad de su vida de pasar a formar parte, nada más ni nada menos que del grupo elite del Mesías. Eso de: “entierre a mi padre” me suena a ambición, no sé a ti, pero a mí sí. Es como si hubiese dicho: Tengo que recibir mi herencia y si me voy a ahora se la dejo a mis hermanos. Ya sabes, Señor, con algo de plata en mi bolsillo podré ser más útil a tu causa, ¿verdad?”… Son impedimentos para acatar su llamado a seguirle, (que es el llamado más supremo).

En este contexto hubo dos más, solo que estos se ofrecieron solitos y también solitos se retiraron. Porque el que se acerca por las cosas se va por las cosas, es una ley. El primero está en el texto 57, “Señor, te seguiré adondequiera que vayas”. Podríamos llamarlo: El impulsivo. No sirve para seguir a Dios. Tus impulsos son buenos, pero cuando no están con la motivación correcta se tornan engañosos. El tercero lo tenemos en el versículo 61: “Te seguiré, Señor; pero déjame que me despida primero de los que están en mi casa.” Este sería el afectivo. Otra área peligrosa en lo que al llamado divino concierne, mis afectos. ¡Son tan variables, tan inciertos!…

Como ves ni lo uno ni lo otro. Ni mis impulsos, ni mis afectos, mucho menos mi ambición personal. Entrega incondicional que se resume en Fe es lo que Él demanda. “Ninguno que, poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el Reino de los Cielos”, dijo el Señor de manera enfática. Y tú ¿hasta cuándo postergarás Su llamado?… No lo olvides: es el privilegio más grande en esta vida.

http://labibliadice.org/unapausaentuvida/2016/01/28/el-discipulo-no-13/

La iglesia de Cristo

ESTUDIO BÍBLICO 

Programa No. 2016-01-27
DAVID LOGACHO
Reciba cordiales saludos amable oyente. Es un gozo para mí saber que me está escuchando. Sea bienvenida o bienvenido al estudio bíblico de hoy. Seguimos estudiando el tema de la iglesia de Cristo. En esta oportunidad vamos a considerar a los miembros de la iglesia de Cristo.
DAVID LOGACHO
a1En uno de nuestros estudios bíblicos pasados señalamos que la iglesia de Cristo no es un edificio ni una organización, sino el conjunto de personas que confiesan a Cristo como su Salvador. También dejamos establecido que la forma de entrar a formar parte de la iglesia de Cristo es por medio de recibir a Cristo como Salvador personal. Es Cristo mismo quien introduce a los creyentes en su cuerpo mediante el Espíritu Santo. Esto es lo que se llama el bautismo con el Espíritu Santo. Hechos 2:47 dice: alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.

Es el Señor quien añade o introduce cada día a su cuerpo que es la iglesia los que habían de ser salvos. Cada vez que una persona recibe a Cristo como Salvador, es automáticamente bautizada con el Espíritu Santo por el Señor Jesucristo y como resultado de esta obra de Jesucristo, el creyente llega a ser parte de la iglesia de Cristo. Esto significa amable oyente, que en la iglesia de Cristo existen personas de todo tipo y condición. Dentro de la iglesia de Cristo no hay diferencia por edad, raza, color de piel, nacionalidad, posición social, posición económica, nivel intelectual, nivel académico. Inclusive no hay diferencia entre los miembros de la iglesia que están viviendo en la tierra y los miembros de la iglesia que están viviendo en el cielo. En el Nuevo Testamento tenemos un pasaje bíblico que de una manera muy clara nos provee información sobre los miembros del cuerpo de Cristo. Se encuentra en 1 Corintios 12:12-26. La Biblia dice: Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo.

1Co 12:13 Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.

1Co 12:14 Además, el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos.

1Co 12:15 Si dijere el pie: Porque no soy mano, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo?

1Co 12:16 Y si dijere la oreja: Porque no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo?

1Co 12:17 Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato?

1Co 12:18 Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso.

1Co 12:19 Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?

1Co 12:20 Pero ahora son muchos los miembros, pero el cuerpo es uno solo.

1Co 12:21 Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros.

1Co 12:22 Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios;

1Co 12:23 y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a éstos vestimos más dignamente; y los que en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro.

1Co 12:24 Porque los que en nosotros son más decorosos, no tienen necesidad; pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba,

1Co 12:25 para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros.

1Co 12:26 De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan.

En esta magistral exposición del apóstol Pablo acerca de los miembros de la iglesia de Cristo encontramos que el cuerpo humano es una perfecta ilustración de la unidad en diversidad que existe en la iglesia de Cristo. Notamos varias cosas que son dignas de considerar con detenimiento. Primero, la unidad de los miembros. Así como el cuerpo humano tiene muchos miembros pero esos muchos miembros hacen un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo que es la iglesia también tiene muchos miembros, pero son una sola unidad, un solo cuerpo. La unidad entre los miembros del cuerpo de Cristo que es la iglesia es una realidad ineludible. Por eso es que la Biblia no nos exhorta jamás a buscar unidad entre creyentes sino a mantener la unidad que ya tenemos entre todos los que somos creyentes. Efesios 4:3 dice: solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz;

Segundo, la diversidad de los miembros. En el cuerpo humano existe una diversidad de miembros, los ojos, los oídos, la boca, las manos, los pies. Pablo hace notar este hecho con un dejo de ironía cuando dice: Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? ¿Si todo fuese oído, dónde estaría el olfato? Lo mismo, exactamente, se puede decir del cuerpo de Cristo que es la iglesia. Allí también existe una diversidad de miembros. Mas adelante en su carta el apóstol Pablo se encargará de señalar que entre esta diversidad de miembros están los apóstoles, los profetas, los maestros, los que ayudan, los que administran. Con su habilidad de aclarar las cosas, Pablo resume lo dicho afirmando: Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Tercero, la armonía entre los miembros. En el cuerpo humano existe total armonía entre sus diversos miembros. Esta armonía se traduce por un lado, en que cada miembro no se siente menos importante que otro y por otro lado en que cada miembro no se siente más importante que otro. Ambas cosas son esenciales para que pueda haber la armonía entre los miembros del cuerpo. El pie no puede decir: Porque no soy mano, no soy del cuerpo, es decir sintiéndose de menor importancia que la mano. De la misma manera, el ojo no puede decir a la mano, no te necesito, sintiéndose superior a la mano. Nada de esto se observa en el cuerpo humano y el resultado de esto es armonía en el cuerpo. Lo mismo debería acontecer en la iglesia de Cristo. Ningún miembro debería sentirse menos que otro por la función que tiene dentro del cuerpo y de igual modo, ningún miembro debería sentirse superior a otro por la función que tiene dentro del cuerpo. Solamente así habrá armonía dentro del cuerpo. Esto es muy importante recalcar amable oyente. Porque no son pocos los casos cuando los miembros del cuerpo de Cristo se sienten menos importantes que otros o más importantes que otros. De hecho, en las iglesias locales donde nos congregamos pensamos que los pastores o ancianos son los más importantes y después de ellos a lo mejor los diáconos y después de ellos quizá los maestros de escuela dominicales y al último de la fila están los que vienen sólo a sentarse. Pero esta apreciación va en contra de la realidad fundamental que entre los miembros del cuerpo de Cristo no existen miembros de clase superior y miembros de clase inferior. Las diferencia que hacemos en la práctica no tienen fundamento en la palabra de Dios. Cuarto, la cooperación entre los miembros. Esto es lo que vemos entre los miembros del cuerpo humano. Cada miembro cumple su función asignada y coopera con los demás miembros del cuerpo. Solamente deténgase un poco para meditar en todo lo que tiene que pasar en los miembros de su cuerpo para que pueda dar pasos y caminar en determinada dirección. Todos los miembros cooperan. Igual debe ser en la iglesia de Cristo. Cada miembro debe cumplir a cabalidad su función asignada y cooperar con los otros miembros del cuerpo de Cristo para el cumplimiento del propósito general de la iglesia de Cristo, determinado por la cabeza que es Cristo. Si un miembro deja de funcionar, afecta al funcionamiento de todo el cuerpo. Si mis ojos, de pronto se rebelaran y decidieran quedarse cerrados todo el tiempo, como si estuviera dormido, todo mi cuerpo sufriría las consecuencias de ello. Igual es cuando un miembro de la iglesia de Cristo no hace nada y piensa que para lo único que está llamado es para calentar las sillas o los bancos en un templo. Todo el cuerpo va a sufrir la consecuencia de esta desatinada decisión. Quinto, el cuidado entre los miembros. En el cuerpo humano, los miembros se cuidan los unos a los otros. Cuando entra una basurita al ojo, automáticamente entra en acción la mano para restregar el ojo tratando de sacar el objeto extraño del ojo. Si el ojo ve que la mano se está acercando al filo de un cuchillo, automáticamente entra en acción para hacer que la mano se retire de ese potencial peligro. Existe una protección mutua entre los miembros. A lo mejor los miembros más fuertes protegen a los miembros más débiles. Igual debe ser en el cuerpo de Cristo. Los miembros más fuertes deben proteger a los miembros más débiles. En lugar de envidias, luchas por el poder, ofensas, lo que se debe ver es el cuidado mutuo que debe existir entre los miembros del cuerpo. Esto es en esencia lo que enseña la Biblia sobre los miembros del cuerpo de Cristo que es la iglesia.

PABLO LOGACHO
LA BIBLIA DICE… es un ministerio de fe, sin fines de lucro, que depende totalmente de la generosidad de aquellos que aprecian este ministerio. Agradecemos sinceramente a todos los que con sus oraciones y ofrendas hacen posible que sigamos adelante. Y… antes de finalizar nuestro programa quiero dejar con ustedes la PREGUNTA DEL DIA. ¿Qué sucederá con el pueblo de Israel durante el milenio? Busque la respuesta en nuestra página Web y además conozca todo el material que está a su disposición, la dirección es: labibliadice.org
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La reacción cismática: el donatismo 16

La reacción cismática: el donatismo 16

Lo que se debate entre los donatistas y nosotros es dónde está este cuerpo de Cristo que es la iglesia. ¿Hemos de buscar la respuesta en nuestras propias palabras, o en las de la cabeza del cuerpo, nuestro Señor Jesucristo?

Agustín de Hipona

a1Como señalamos en el capítulo anterior, no todos los cristianos se sentían satisfechos con el nuevo estado de cosas que resultaba de la política religiosa de Constantino. Pero, mientras los monjes sencillamente se retiraron al desierto sin romper sus lazos con la iglesia, hubo muchos otros que sencillamente declararon que el resto de la iglesia se había corrompido, y que ellos eran la verdadera iglesia. De los muchos grupos que adoptaron esta actitud, el más numeroso y duradero fue el donatismo.

El donatismo surgió de una cuestión escabrosa con la que ya nos hemos topado en la Primera Sección de esta historia. Se trata de la cuestión de los caídos. Después de cada período de persecución violenta, la iglesia tenía que enfrentarse a la cuestión de qué hacer con los que habían sucumbido ante las amenazas o las órdenes de las autoridades, y ahora pedían ser restaurados a la comunión de la iglesia. En el siglo tercero, esto produjo en Roma el cisma de Novaciano, y en Cartago —en el norte de Africa— Cipriano tuvo que defender su autoridad como obispo frente a quienes sostenían que eran los confesores quienes tenían el derecho de readmitir a los caídos. Ahora, en el siglo IV, la cuestión cobró particular importancia en la misma región.

Allí la gran persecución había sido más violenta, y producido más apóstatas, que en cualquiera otra parte del Imperio. Obispos hubo que entregaron a las autoridades sus copias de las Escrituras, para evitar mayores calamidades sobre sus congregaciones. Otros entregaron libros heréticos, haciéndoles creer a las autoridades que se trataba de las Escrituras cristianas. Otros obispos y laicos sucumbieron a la presión del estado y adoraron a los dioses paganos. De hecho, el número de estos últimos fue tan grande, que algunos observadores nos cuentan que hubo días en que las gentes no cabían en los templos paganos. Por otra parte, no faltaron cristianos que se mantuvieron firmes en la fe, y que por causa de ello sufrieron cárceles, torturas y muerte. Como en otros casos anteriores, los miembros de este grupo que lograron sobrevivir recibieron el título de “confesores”, y se les veneraba por la firmeza de su fe. Pero algunos de ellos, a diferencia de los confesores del tiempo de Cipriano, se mostraron harto rigurosos para con los que habían seguido otro camino. Entre estas personas a quienes los confesores rigoristas condenaban estaban los obispos que habían entregado las Escrituras, pues —decían los confesores— si alterar una tilde de las Escrituras es un pecado tan grande, cuánto mayor no lo será entregarlas para que sean destruidas. Así se empezó a dar a algunos obispos y otros dirigentes el título ofensivo de “traditores” — literalmente, “entregadores”.

En esto estaban las cosas cuando, poco después de cesar la persecución, el episcopado importantísimo de Cartago quedó vacante. Ceciliano fue electo obispo. Pero esta elección no contaba con la simpatía popular, y pronto fue electo otro obispo rival, Mayorino. En estas elecciones hubo por ambas partes intrigas y maniobras que no es necesario reseñar aquí. Baste decir que cada uno de los partidos tenía suficientes razones para decir que el proceder de sus contrarios había sido, a lo menos, irregular. Cuando Mayorino murió poco tiempo después de ser electo obispo, sus partidarios eligieron como su sucesor a Donato de Casa Negra, quien dirigió la política de sus seguidores por más de cuarenta años. Por esa razón esos seguidores recibieron el nombre de “donatistas”.

Naturalmente, el resto de la iglesia no podía tolerar este estado de cosas, pues sólo era dable reconocer como legítimo a un obispo de Cartago, y no a dos que se disputaban el cargo. Pronto el obispo de Roma, y varios otros de las ciudades más importantes del Imperio, declararon que Ceciliano era el verdadero pastor, y que Mayorino —y después Donato— eran usurpadores. Constantino siguió la misma pauta, y envió instrucciones a sus representantes en el norte de Africa en el sentido de que reconocieran sólo a Ceciliano y los que estaban en comunión con él. Esto tenía importantes consecuencias prácticas, pues Constantino estaba promulgando legislación en favor de los cristianos, tales como la exención de impuestos para los clérigos. Sólo quienes estaban en comunión con Ceciliano podrían entonces gozar de tales beneficios —así como de importantes donativos que Constantino estaba haciendo directamente a la iglesia.

¿Cuáles fueron las causas del cisma donatista? Hasta aquí no hemos hecho más que narrar la historia externa de sus comienzos. Pero el hecho es que el cisma tenía profundas raíces tanto teológicas como políticas y económicas.

La justificación teológica del cisma se encontraba en la vieja cuestión de la restauración de los caídos en tiempos de persecución. Según los donatistas, uno de los tres obispos que habían consagrado a Ceciliano era traditor —es decir, había entregado las Escrituras— y por tanto esa consagración no era válida. Ceciliano y los suyos respondían diciendo, primero, que el obispo en cuestión no era de hecho traditor y, segundo, que aunque lo fuese su acción de consagrar a Ceciliano era todavía válida. Luego, aparte de la cuestión factual de si ese obispo —y otros en comunión con Ceciliano— había flaqueado, estaba la cuestión doctrinal de si una ordenación o consagración hecha por un obispo indigno era válida o no. Los donatistas decían que la validez de tal ordenación dependía de la dignidad del obispo. Ceciliano y los suyos respondían que la validez de los sacramentos no depende de la dignidad de quien los administra, pues en ese caso estaríamos constantemente en dudas acerca de si nuestro bautismo es o no válido, o si verdaderamente estamos recibiendo la comunión, ya que nos es imposible saber a ciencia cierta el estado interior del alma del ministro que nos ofrece tales sacramentos. Si los donatistas tenían razón, esto quería decir que Ceciliano no era verdaderamente obispo, y que por tanto todos los que eran ordenados por él eran falsos sacerdotes, cuyos sacramentos no tenían validez alguna. Y lo mismo podía decirse, según los donatistas, de otros obispos acerca de cuya consagración no había duda alguna, pero que ahora se habían unido en la comunión a gentes indignas como Ceciliano y los suyos.

Tampoco sus sacramentos eran ya válidos, pues se habían contaminado. Luego, si algún miembro del partido de Ceciliano decidía unirse a los donatistas, éstos le hacían rebautizar. Pero si un donatista decidía unirse al otro bando éste aceptaba su bautismo, sobre la base de que el sacramento es válido por muy indigno que sea quien lo administre.

Estas eran, en pocas palabras, las cuestiones teológicas que se debatían. Pero cuando nos adentramos más en los documentos de la época, y empezamos a leer entre líneas, nos percatamos de que había otras causas que se revestían de argumentos teológicos. Así, por ejemplo, es un hecho que entre los primeros donatistas había quienes no sólo habían entregado las Escrituras, sino hasta quienes habían hecho todo un inventario de los objetos sagrados que la iglesia poseía, para darlo a las autoridades. Y sin embargo, estas personas fueron aceptadas entre los donatistas sin mayores dificultades. Aun más, uno de los primeros instigadores del donatismo había sido un tal Purpurio de Limata, que había asesinado a dos sobrinos. Luego, resulta difícil creer que la necesidad de mantener a la iglesia pura de toda mancha fuera la verdadera causa de la enemistad de los donatistas hacia Ceciliano y los suyos.

De hecho, los dos bandos pronto se dividieron según grupos sociales y geográficos. En Cartago y la región al este de esa ciudad —la región que se llamaba “Africa proconsular”— Ceciliano tuvo bastantes seguidores. Pero al oeste, en la región de Numidia, el donatismo era poderosísimo. Esto se relaciona al hecho de que durante varias generaciones la Numidia se había sentido explotada por los elementos en Cartago que participaban del comercio y otros contactos con Italia. Numidia —y más al oeste Mauritania— veía el producto de sus cosechas vendido a Roma, y se percataba de que buena parte de los beneficios de este comercio se quedaba en Cartago y los alrededores, mientras que en Numidia y Mauritania la situación económica era onerosa. A esto se añadía el hecho de que en las comarcas más explotadas había un fuerte elemento no romanizado que conservaba sus costumbres e idioma ancestrales, y que veía en Roma y en todo lo que fuese latino una fuerza foránea y opresora. Al mismo tiempo, en la ciudad de Cartago había una clase social compuesta por hacendados, comerciantes y oficiales del ejército, completamente latinizada, que era la que más se beneficiaba del comercio con Italia, y la que veía con más simpatía la necesidad de mantenerse en buenas relaciones con el resto del Imperio y de la iglesia. Pero aun en la misma ciudad de Cartago —y más todavía en las zonas rurales del Africa proconsular— había una numerosísima clase baja cuyos sentimientos eran semejantes a los de los numidios y mauretanios.

Mucho antes del advenimiento de Constantino, el cristianismo había logrado gran número de adeptos en Numidia y entre las clases bajas del Africa proconsular —y, en menor grado, en Mauritania—. Estas gentes habían visto en su nueva fe una fuerza poderosa que ni aun el Imperio podía quebrantar. Al mismo tiempo, un número menor de gentes de la clase latinizada de Cartago había abrazado el cristianismo. Esto introdujo en la iglesia las fricciones que existían en el resto de la sociedad.

Pero en esa época las gentes de clase alta que se unían a la iglesia se veían obligadas en cierta medida a romper algunos de sus vínculos con el Imperio, y por tanto las tensiones dentro de la iglesia no eran insoportables.

La situación cambió con el advenimiento de Constantino y la paz de la iglesia. Ahora el ser cristiano era bien visto por las autoridades. Se podía ser buen romano y buen cristiano al mismo tiempo. Y las clases latinizadas empezaron a convertirse en grandes números. Para otras personas de la misma esfera social que se habían convertido antes, esto era un hecho positivo, pues su decisión anterior se hallaba ahora corroborada por otras personas de importancia. Pero para los cristianos de las clases más bajas lo que sucedía era que la iglesia se estaba corrompiendo. Todo cuanto estas gentes detestaban en el Imperio se estaba introduciendo ahora en la iglesia. Pronto los poderosos, los que dominaban la política y la economía, dominarían también la iglesia. Era necesario oponerse a esa posibilidad, recordándoles a los poderosos advenedizos que cuando ellos estaban todavía adorando a sus dioses paganos ya los pobres y supuestamente ignorantes numidios, mauritanos, y otros, conocían la verdad.

Todo esto puede verse en las distintas etapas del conflicto donatista. Ceciliano fue electo con el apoyo de la clase latinizada de Cartago. A su elección se opusieron las clases bajas del Africa proconsular y casi todo el clero y el pueblo de Numidia.

Casi antes de haber recibido un informe detallado acerca del conflicto, Constantino decidió que el partido de Ceciliano era la iglesia legítima. Lo mismo decidieron los obispos de las grandes ciudades latinas —y a la postre también las griegas.

Por su parte, los donatistas no vacilaron en aceptar el apoyo de los clérigos numidios que habían sucumbido durante la persecución.

Esto no quiere decir que el donatismo fuera desde sus orígenes un movimiento conscientemente político. Los primeros donatistas no se oponían al Imperio, sino al “mundo” —aunque para ellos muchas de las prácticas del Imperio eran características del “mundo”—. En varias ocasiones trataron de persuadir a Constantino de que había juzgado mal al fallar en pro de Ceciliano. Y todavía en época de Juliano, bastante avanzado el siglo IV, tenían esperanzas de que las autoridades vieran la justicia de su causa.

Pero alrededor del año 340 apareció entre los donatistas el bando de los circunceliones —palabra que se deriva del latín circumcellas, que quiere decir “alrededor de las capillas o de los almacenes”—. Los circunceliones eran mayormente campesinos numidios y mauritanos de ideas donatistas que seguían prácticas terroristas. Sus cuarteles se encontraban generalmente en las tumbas de los mártires, donde había tanto una capilla como amplios graneros, y es por esto que recibieron el nombre de “circunceliones”. Aunque algunos historiadores han dicho que no eran sino bandidos que se hacían pasar por gentes religiosas, la verdad es otra. Los circunceliones llevaban su fe hasta el fanatismo. Para ellos no había fin más glorioso que el martirio, y ahora que el estado no perseguía a los cristianos, los circunceliones que morían peleando contra los poderosos se consideraban también mártires. En algunos casos, el deseo de ser mártires llegaba a tal punto que había suicidios en masa, saltando de lo alto de un precipicio. Todo esto puede muy bien ser fanatismo. Pero ciertamente no es la hipocresía de quien toma una posición religiosa para encubrir sus tropelías.

El impacto de los circunceliones fue grande. A veces los dirigentes donatistas de las ciudades los condenaron y trataron de separarse por completo de ellos. Pero en ocasiones, cuando el donatismo organizado necesitaba una fuerza de choque, acudió a los circunceliones. En todo caso, llegó el momento en que las haciendas más apartadas tuvieron que ser abandonadas por temor a ellos. Los viajes por el interior del país se hicieron imposibles para las gentes ricas. Y en más de una oportunidad los circunceliones llegaron hasta los bordes mismos de ciudades importantes. El crédito sufrió y el comercio se paralizó.

Frente a esta situación, las autoridades romanas apelaron a la fuerza. Hubo persecuciones, intentos de persuadir, grandes matanzas y ocupación militar. Pero todo fue en vano. Los circunceliones representaban un descontento popular profundo, y el movimiento no pudo ser extirpado. Como veremos más adelante, poco después los vándalos invadieron la región, y con ello terminó el dominio latino sobre ella. Pero aun bajo los vándalos el movimiento no desapareció. En el siglo VI el Imperio Romano de Oriente —cuya capital era Constantinopla— conquistó la región. Pero los circunceliones no desaparecieron. No fue sino después de la conquista del norte de Africa por los musulmanes, en el siglo VII, que el donatismo y los circunceliones dejaron de existir.

En conclusión, el donatismo —y en particular los donatistas radicales, o circunceliones— fue una reacción más a las nuevas circunstancias producidas por la conversión de Constantino. Mientras algunos recibieron el nuevo orden con los brazos abiertos, y otros protestaron retirándose al desierto, los donatistas sencillamente rompieron con la iglesia que se había aliado al Imperio.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 163–167). Miami, FL: Editorial Unilit.

Los Cristianos y la Lotería

Los Cristianos y la Lotería

Autor: Dave Miller

a1Mientras el carácter moral de la civilización norteamericana deteriora y los valores bíblicos son “arrojados por la borda”, las actividades que una vez se consideraban dañinas para nuestra sociedad ahora están llegando a ser aceptables e incluso a tener apoyo legal. El juego de apuestas ha llegado a ser una forma viable de entretenimiento para millones de norteamericanos que desean llegar a ser “ricos rápidamente”. Incluso en la iglesia, algunos cristianos poco informados consideran la adquisición de boletos de lotería como algo inofensivo. Es tiempo de considerar nuevamente los principios bíblicos que se relacionan al juego de apuestas.

Los diferentes diccionarios definen “apostar” como “jugar con la intención de obtener dinero”; “arriesgar dinero por ganancia incierta”; “invertir o arriesgar dinero, etc., con la esperanza de obtener gran ganancia”. Considere las siguientes cuatro razones por las cuales se puede concluir que el juego de apuestas es inconsistente con la vida cristiana.

Dios no autoriza el juego de apuestas.

Por definición, los cristianos son personas que regulan su comportamiento según las Escrituras. Las Escrituras identifican tres medios autorizados de transferir fortuna de una persona a otra: (1) el trabajo para la recepción de un pago (e.g., Mateo 10:10; Lucas 10:7; Efesios 4:28; 1 Timoteo 5:18); (2) la venta de bienes o de la propiedad (Mateo 13:46; Hechos 2:45; 4:34; 5:4; Santiago 4:13); y (3) regalos o donaciones voluntarias sin la expectativa de devolución lucrativa (Lucas 6:30,35-35; 10:33-35; Hechos 20:35; 2 Corintios 8:9). El juego de apuestas no calza en ninguna de estas categorías. Entonces, la primera observación que un cristiano debe hacer es que el juego de apuestas es una actividad que las Escrituras no autorizan.

El juego de apuestas se encuentra en conflicto con los principios cristianos.

El juego de apuestas (sea que se hable de loterías, carrera de caballos o perros, casinos o el bingo) involucra a dos o más personas que compiten mutuamente para quitar el dinero del otro. Note que los individuos involucrados quieren el dinero de la otra persona, pero no están dispuestos a simplemente donar tal dinero a la otra parte. Cada persona que apuesta está esperando obtener el dinero de la otra persona; nadie quiere perder el dinero que apuesta. Por ende, la misma naturaleza, carácter y esencia del juego de apuestas se encuentra en conflicto directo con el enfoque del cristianismo que Jesús expresó en Mateo 7:12. Por definición, el apostador está tratando a otros de la manera que no quiere ser tratado. Entonces, en el centro del juego de apuestas se encuentran el egoísmo, la envidia y la codicia.

El juego de apuestas socava la ética de trabajo.

Una tercera consideración para el cristiano es el hecho que el juego de apuestas debilita le ética de trabajo, la cual la Biblia enseña claramente. Dios quiere que los seres humanos laboren, trabajen con sus manos, se esfuercen con el sudor de su frente. Considere Efesios 4:28: “El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad”. (También lea Hechos 20:35; 2 Tesalonicenses 3:8-12; cf. Génesis 3:19). El juego de apuestas es un intento claro de hacer a un lado el principio de trabajar con fines nobles.

El juego de apuestas promueve la codicia.

Otro concepto bíblico que descarta el juego de apuestas es la enseñanza en cuanto a la avaricia o codicia. Por una parte, Dios nos insta a “ganarnos la vida”, i.e., trabajar para obtener los fondos necesarios para la vida diaria, la familia y los necesitados (1 Timoteo 5:8; Gálatas 6:10). Por otra parte, la Palabra de Dios registra una diferencia marcada entre “ganar dinero para vivir” y “vivir para ganar dinero”.

Repetidamente, Dios insta a eliminar de nuestras mentes la avaricia, el deseo de las cosas de la vida y las ansias por acumular riquezas (Mateo 6:19-21; Lucas 12:15-21; Efesios 5:3; Colosenses 3:1-5; 1 Juan 2:15-17). Pablo escribió en cuanto a aquellos que codician ser ricos, que tienen amor al dinero y que confían en las riquezas inciertas (1 Timoteo 6:10,17). Incluso si alguien tiene la intención de usar la riqueza acumulada por medio de la apuesta para el trabajo del Señor, el deseo de llegar a ser rico está lleno de trampas sutiles. Independientemente de los motivos nobles que puedan haber, la acción fundamental de enfocar la mente y el corazón en la riqueza es por sí misma un comportamiento inadecuado y erróneo para el cristiano.

CONCLUSIÓN

Aunque el fraude y la corrupción siempre han existido en cada sociedad, un segmento sustancial de la población norteamericana anteriormente entendía que las cosas como el baile, la bebida, el cigarro, las palabras malas y el juego de apuestas eran equivocadas. Pero el tiempo, las circunstancias y los sentimientos han cambiado. Sin embargo, la Palabra de Dios no cambia. Oremos para que Dios nos ayude a regresar a la Biblia y despertar nuestra conciencia a la realidad espiritual para presentar a nuestra sociedad la voluntad de Dios para la humanidad.

Oportunidades de tener amigos

Enero 27

Oportunidades de tener amigos

Lectura bíblica: Marcos 2:13–17

Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos. No he venido para llamar a justos, sino a pecadores. Marcos 2:17

a1Estela tiene diez años y hace tres semanas que aceptó a Jesús como su Salvador. Ahora se encuentra ante un dilema al tratar de vivir su nueva vida. Anoche sus nuevas amigas en la iglesia la llevaron aparte y le dijeron que dejara a todas sus amigas no creyentes.
—Te harán hacer cosas malas. Es malo que seas amiga de chicas que no conocen a Cristo. Ahora lo único que necesitas son amigas creyentes.
Tema para comentar: ¿Deben los creyentes apartarse de sus amigos no creyentes? ¿Por qué sí o por qué no?
Los amigos presionan, frecuentemente para que hagas lo malo. Por eso las personas que nos hacen acordar que necesitamos amigos cercanos creyentes nos están haciendo un favor. Los amigos creyentes son tan importantes que la Biblia nos dice: “Sigue la justicia, la fe, el amor y la paz con los que de corazón puro invocan al Señor” (2 Timoteo 2:22). Podemos contar con los amigos creyentes para que nos den fuerza y aliento mientras nos vamos desarrollando.

Pero no podemos cortar con los amigos no creyentes. De hecho, Jesús pasó tanto tiempo con gente difícil que algunos lo llamaban “amigo de publicanos y de pecadores” (Mateo 11:19). Aquí van dos razones grandes para conservar tus amigos de antes:
Primera razón: Tienes mucha posibilidad de ganar a tus amigos no creyentes para Cristo. Los conoces bien. Los quieres. ¿Quién podría ser mejor que tú para contarles acerca de Cristo?

Segunda razón: Si cortas tu amistad con tus amigos no creyentes, ellos podrían echarle la culpa a Jesús por haber perdido tu amistad. Entonces, cuando alguien les hable de aceptar a Cristo, su respuesta bien podría ser: “Sí, claro… ¿y abandonar a todos mis amigos? ¡De ninguna manera!”.
Pero en esto los amigos de Estela de la iglesia tienen algo de razón. Si tus amigos no creyentes siguen presionándote para que hagas lo malo, debes distanciarte de ellos para que sepan que no participarás en tales actividades.

Ojo: Si pasas el tiempo con no cristianos es muy probable que tengas problemas por ambos lados. Los no creyentes se burlan de ti porque no los acompañas a algunas de sus actividades, y tus amigos cristianos te critican porque creen que te están hundiendo en el pecado.
Pero no dejes que eso te impida tener amigos no cristianos. Tampoco te enojes con tus amigos cristianos. Haz sencillamente lo que hizo Jesús. ¡Ama a todos!

PARA DIALOGAR
¿Qué resultados obtienes con tener amigos creyentes y no creyentes?

PARA ORAR
Señor, ayúdanos a amar como amó Jesús, siendo amigos de creyentes y de no creyentes.

PARA HACER
Haz un inventario de tus amistades no creyentes. ¿Estás acercando tus amigos a Jesús, o ellos te están apartando de él?

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

EL ÁGUILA Y LAS FOCAS

EL ÁGUILA Y LAS FOCAS

Programa No. 2016-01-27
PABLO MARTINI
a1La lucha por la sobre vivencia en los diferentes eslabones de la cadena depredadores y víctimas, tiene matices curiosos. Existe una especie de águilas tan atrevidas que se dedican a cazar pequeñas focas. Realizan un sobrevuelo por encima de las aguas del mar y cuando divisan a una foca nadando sobre la superficie cerca de la orilla, inician su vuelo en picada y clavando sus fuertes garras en los lomos del animal la arrastran hacia la orilla valiéndose de sus enormes y poderosas alas. Una vez fuera del mar, la foca indefensa y herida es elevada hasta el nido del ave en lo alto de las montañas para servir de alimento para el águila y sus polluelos. Pero algunas veces, la foca escogida es demasiado fuerte y pesada para el águila, y no deja ser arrastrada fuera del mar. Al no poder soltarla, el águila, debido a la curvatura de sus garras enterradas en la dura carne del animal, es ella la que es arrastrada mar adentro hasta que la foca se sumerge ahogando al águila que lleva clavada en su espalda. ¿Paradójico, verdad? El águila terminó siendo capturada por aquello que pretendía capturar.

Lo mismo pasa con las posesiones materiales que este mundo ofrece. Alguien dijo: “Cuando lo que poseo comienza a poseerme, estoy en problemas.” Con cuánta frecuencia los hombres se aferran a placeres pecaminosos, estilo de vida sensual, búsqueda ciega de bienes materiales, ignorando que, muchas veces, por querer atrapar una presa demasiado grande, terminan en el fondo de una tragedia. Embriagados de codicia, casi siempre, pierden la noción de sus propias fuerzas y se lanzan imprudentes en empresas que van más allá de sus posibilidades, sacrificando, familia, ahorros, fuerzas, salud y hasta su propia paz. La Biblia dice: “Haz todo lo que esté al alcance de tu mano pero, según tus fuerzas.” Recuerda: ¿De qué le sirvió al águila ganar su foca si perdió su vida? Lo mismo sucede con aquel ser humano que ganare todo el mundo pero perdiere su alma. ¿De qué le aprovechará, dice Marcos 8:36?

https://soundcloud.com/labibliadice/pausa-2016-01-27
http://labibliadice.org/una-pausa-en-tu-vida/programa-no-2016-01-27/

El atrio del tabernáculo

Éxodo 38-40

38:1  Igualmente hizo de madera de acacia el altar del holocausto; su longitud de cinco codos, y su anchura de otros cinco codos, cuadrado, y de tres codos de altura.

E hizo sus cuernos a sus cuatro esquinas, los cuales eran de la misma pieza, y lo cubrió de bronce.

Hizo asimismo todos los utensilios del altar; calderos, tenazas, tazones, garfios y palas; todos sus utensilios los hizo de bronce.

E hizo para el altar un enrejado de bronce de obra de rejilla, que puso por debajo de su cerco hasta la mitad del altar.

También fundió cuatro anillos a los cuatro extremos del enrejado de bronce, para meter las varas.

E hizo las varas de madera de acacia, y las cubrió de bronce.

Y metió las varas por los anillos a los lados del altar, para llevarlo con ellas; hueco lo hizo, de tablas.

También hizo la fuente de bronce y su base de bronce, de los espejos de las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión.

El atrio del tabernáculo

(Ex. 27.9-19)

Hizo asimismo el atrio; del lado sur, al mediodía, las cortinas del atrio eran de cien codos, de lino torcido.

10 Sus columnas eran veinte, con sus veinte basas de bronce; los capiteles de las columnas y sus molduras, de plata.

11 Y del lado norte cortinas de cien codos; sus columnas, veinte, con sus veinte basas de bronce; los capiteles de las columnas y sus molduras, de plata.

12 Del lado del occidente, cortinas de cincuenta codos; sus columnas diez, y sus diez basas; los capiteles de las columnas y sus molduras, de plata.

13 Del lado oriental, al este, cortinas de cincuenta codos;

14 a un lado cortinas de quince codos, sus tres columnas y sus tres basas;

15 al otro lado, de uno y otro lado de la puerta del atrio, cortinas de quince codos, con sus tres columnas y sus tres basas.

16 Todas las cortinas del atrio alrededor eran de lino torcido.

17 Las basas de las columnas eran de bronce; los capiteles de las columnas y sus molduras, de plata; asimismo las cubiertas de las cabezas de ellas, de plata; y todas las columnas del atrio tenían molduras de plata.

18 La cortina de la entrada del atrio era de obra de recamador, de azul, púrpura, carmesí y lino torcido; era de veinte codos de longitud, y su anchura, o sea su altura, era de cinco codos, lo mismo que las cortinas del atrio.

19 Sus columnas eran cuatro, con sus cuatro basas de bronce y sus capiteles de plata; y las cubiertas de los capiteles de ellas, y sus molduras, de plata.

20 Todas las estacas del tabernáculo y del atrio alrededor eran de bronce.

Dirección de la obra

21 Estas son las cuentas del tabernáculo, del tabernáculo del testimonio, las que se hicieron por orden de Moisés por obra de los levitas bajo la dirección de Itamar hijo del sacerdote Aarón.

22 Y Bezaleel hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá, hizo todas las cosas que Jehová mandó a Moisés.

23 Y con él estaba Aholiab hijo de Ahisamac, de la tribu de Dan, artífice, diseñador y recamador en azul, púrpura, carmesí y lino fino.

Metales usados en el santuario

24 Todo el oro empleado en la obra, en toda la obra del santuario, el cual fue oro de la ofrenda, fue veintinueve talentos y setecientos treinta siclos, según el siclo del santuario.

25 Y la plata de los empadronados de la congregación fue cien talentos y mil setecientos setenta y cinco siclos, según el siclo del santuario;

26 medio siclo por cabeza, según el siclo del santuario; a todos los que pasaron por el censo, de edad de veinte años arriba, que fueron seiscientos tres mil quinientos cincuenta.

27 Hubo además cien talentos de plata para fundir las basas del santuario y las basas del velo; en cien basas, cien talentos, a talento por basa.

28 Y de los mil setecientos setenta y cinco siclos hizo los capiteles de las columnas, y cubrió los capiteles de ellas, y las ciñó.

29 El bronce ofrendado fue setenta talentos y dos mil cuatrocientos siclos,

30 del cual fueron hechas las basas de la puerta del tabernáculo de reunión, y el altar de bronce y su enrejado de bronce, y todos los utensilios del altar,

31 las basas del atrio alrededor, las basas de la puerta del atrio, y todas las estacas del tabernáculo y todas las estacas del atrio alrededor.

Hechura de las vestiduras de los sacerdotes

(Ex. 28.1-43)

39:1  Del azul, púrpura y carmesí hicieron las vestiduras del ministerio para ministrar en el santuario, y asimismo hicieron las vestiduras sagradas para Aarón, como Jehová lo había mandado a Moisés.

Hizo también el efod de oro, de azul, púrpura, carmesí y lino torcido.

Y batieron láminas de oro, y cortaron hilos para tejerlos entre el azul, la púrpura, el carmesí y el lino, con labor primorosa.

Hicieron las hombreras para que se juntasen, y se unían en sus dos extremos.

Y el cinto del efod que estaba sobre él era de lo mismo, de igual labor; de oro, azul, púrpura, carmesí y lino torcido, como Jehová lo había mandado a Moisés.

Y labraron las piedras de ónice montadas en engastes de oro, con grabaduras de sello con los nombres de los hijos de Israel,

y las puso sobre las hombreras del efod, por piedras memoriales para los hijos de Israel, como Jehová lo había mandado a Moisés.

Hizo también el pectoral de obra primorosa como la obra del efod, de oro, azul, púrpura, carmesí y lino torcido.

Era cuadrado; doble hicieron el pectoral; su longitud era de un palmo, y de un palmo su anchura, cuando era doblado.

10 Y engastaron en él cuatro hileras de piedras. La primera hilera era un sardio, un topacio y un carbunclo; esta era la primera hilera.

11 La segunda hilera, una esmeralda, un zafiro y un diamante.

12 La tercera hilera, un jacinto, una ágata y una amatista.

13 Y la cuarta hilera, un berilo, un ónice y un jaspe, todas montadas y encajadas en engastes de oro.

14 Y las piedras eran conforme a los nombres de los hijos de Israel, doce según los nombres de ellos; como grabaduras de sello, cada una con su nombre, según las doce tribus.

15 Hicieron también sobre el pectoral los cordones de forma de trenza, de oro puro.

16 Hicieron asimismo dos engastes y dos anillos de oro, y pusieron dos anillos de oro en los dos extremos del pectoral,

17 y fijaron los dos cordones de oro en aquellos dos anillos a los extremos del pectoral.

18 Fijaron también los otros dos extremos de los dos cordones de oro en los dos engastes que pusieron sobre las hombreras del efod por delante.

19 E hicieron otros dos anillos de oro que pusieron en los dos extremos del pectoral, en su orilla, frente a la parte baja del efod.

20 Hicieron además dos anillos de oro que pusieron en la parte delantera de las dos hombreras del efod, hacia abajo, cerca de su juntura, sobre el cinto del efod.

21 Y ataron el pectoral por sus anillos a los anillos del efod con un cordón de azul, para que estuviese sobre el cinto del mismo efod y no se separase el pectoral del efod, como Jehová lo había mandado a Moisés.

22 Hizo también el manto del efod de obra de tejedor, todo de azul,

23 con su abertura en medio de él, como el cuello de un coselete, con un borde alrededor de la abertura, para que no se rompiese.

24 E hicieron en las orillas del manto granadas de azul, púrpura, carmesí y lino torcido.

25 Hicieron también campanillas de oro puro, y pusieron campanillas entre las granadas en las orillas del manto, alrededor, entre las granadas;

26 una campanilla y una granada, otra campanilla y otra granada alrededor, en las orillas del manto, para ministrar, como Jehová lo mandó a Moisés.

27 Igualmente hicieron las túnicas de lino fino de obra de tejedor, para Aarón y para sus hijos.

28 Asimismo la mitra de lino fino, y los adornos de las tiaras de lino fino, y los calzoncillos de lino, de lino torcido.

29 También el cinto de lino torcido, de azul, púrpura y carmesí, de obra de recamador, como Jehová lo mandó a Moisés.

30 Hicieron asimismo la lámina de la diadema santa de oro puro, y escribieron en ella como grabado de sello: SANTIDAD A JEHOVÁ.

31 Y pusieron en ella un cordón de azul para colocarla sobre la mitra por arriba, como Jehová lo había mandado a Moisés.

La obra del tabernáculo terminada

(Ex. 35.10-19)

32 Así fue acabada toda la obra del tabernáculo, del tabernáculo de reunión; e hicieron los hijos de Israel como Jehová lo había mandado a Moisés; así lo hicieron.

33 Y trajeron el tabernáculo a Moisés, el tabernáculo y todos sus utensilios; sus corchetes, sus tablas, sus barras, sus columnas, sus basas;

34 la cubierta de pieles de carnero teñidas de rojo, la cubierta de pieles de tejones, el velo del frente;

35 el arca del testimonio y sus varas, el propiciatorio;

36 la mesa, todos sus vasos, el pan de la proposición;

37 el candelero puro, sus lamparillas, las lamparillas que debían mantenerse en orden, y todos sus utensilios, el aceite para el alumbrado;

38 el altar de oro, el aceite de la unción, el incienso aromático, la cortina para la entrada del tabernáculo;

39 el altar de bronce con su enrejado de bronce, sus varas y todos sus utensilios, la fuente y su base;

40 las cortinas del atrio, sus columnas y sus basas, la cortina para la entrada del atrio, sus cuerdas y sus estacas, y todos los utensilios del servicio del tabernáculo, del tabernáculo de reunión;

41 las vestiduras del servicio para ministrar en el santuario, las sagradas vestiduras para Aarón el sacerdote, y las vestiduras de sus hijos, para ministrar en el sacerdocio.

42 En conformidad a todas las cosas que Jehová había mandado a Moisés, así hicieron los hijos de Israel toda la obra.

43 Y vio Moisés toda la obra, y he aquí que la habían hecho como Jehová había mandado; y los bendijo.

Moisés erige el tabernáculo

40:1  Luego Jehová habló a Moisés, diciendo:

En el primer día del mes primero harás levantar el tabernáculo, el tabernáculo de reunión;

y pondrás en él el arca del testimonio, y la cubrirás con el velo.

Meterás la mesa y la pondrás en orden; meterás también el candelero y encenderás sus lámparas,

y pondrás el altar de oro para el incienso delante del arca del testimonio, y pondrás la cortina delante a la entrada del tabernáculo.

Después pondrás el altar del holocausto delante de la entrada del tabernáculo, del tabernáculo de reunión.

Luego pondrás la fuente entre el tabernáculo de reunión y el altar, y pondrás agua en ella.

Finalmente pondrás el atrio alrededor, y la cortina a la entrada del atrio.

Y tomarás el aceite de la unción y ungirás el tabernáculo, y todo lo que está en él; y lo santificarás con todos sus utensilios, y será santo.

10 Ungirás también el altar del holocausto y todos sus utensilios; y santificarás el altar, y será un altar santísimo.

11 Asimismo ungirás la fuente y su base, y la santificarás.

12 Y llevarás a Aarón y a sus hijos a la puerta del tabernáculo de reunión, y los lavarás con agua.

13 Y harás vestir a Aarón las vestiduras sagradas, y lo ungirás, y lo consagrarás, para que sea mi sacerdote.

14 Después harás que se acerquen sus hijos, y les vestirás las túnicas;

15 y los ungirás, como ungiste a su padre, y serán mis sacerdotes, y su unción les servirá por sacerdocio perpetuo, por sus generaciones.

16 Y Moisés hizo conforme a todo lo que Jehová le mandó; así lo hizo.

17 Así, en el día primero del primer mes, en el segundo año, el tabernáculo fue erigido.

18 Moisés hizo levantar el tabernáculo, y asentó sus basas, y colocó sus tablas, y puso sus barras, e hizo alzar sus columnas.

19 Levantó la tienda sobre el tabernáculo, y puso la sobrecubierta encima del mismo, como Jehová había mandado a Moisés.

20 Y tomó el testimonio y lo puso dentro del arca, y colocó las varas en el arca, y encima el propiciatorio sobre el arca.

21 Luego metió el arca en el tabernáculo, y puso el velo extendido, y ocultó el arca del testimonio, como Jehová había mandado a Moisés.

22 Puso la mesa en el tabernáculo de reunión, al lado norte de la cortina, fuera del velo,

23 y sobre ella puso por orden los panes delante de Jehová, como Jehová había mandado a Moisés.

24 Puso el candelero en el tabernáculo de reunión, enfrente de la mesa, al lado sur de la cortina,

25 y encendió las lámparas delante de Jehová, como Jehová había mandado a Moisés.

26 Puso también el altar de oro en el tabernáculo de reunión, delante del velo,

27 y quemó sobre él incienso aromático, como Jehová había mandado a Moisés.

28 Puso asimismo la cortina a la entrada del tabernáculo.

29 Y colocó el altar del holocausto a la entrada del tabernáculo, del tabernáculo de reunión, y sacrificó sobre él holocausto y ofrenda, como Jehová había mandado a Moisés.

30 Y puso la fuente entre el tabernáculo de reunión y el altar, y puso en ella agua para lavar.

31 Y Moisés y Aarón y sus hijos lavaban en ella sus manos y sus pies.

32 Cuando entraban en el tabernáculo de reunión, y cuando se acercaban al altar, se lavaban, como Jehová había mandado a Moisés.

33 Finalmente erigió el atrio alrededor del tabernáculo y del altar, y puso la cortina a la entrada del atrio. Así acabó Moisés la obra.

La nube sobre el tabernáculo

(Nm. 9.15-23)

34 Entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo.

35 Y no podía Moisés entrar en el tabernáculo de reunión, porque la nube estaba sobre él, y la gloria de Jehová lo llenaba.

36 Y cuando la nube se alzaba del tabernáculo, los hijos de Israel se movían en todas sus jornadas;

37 pero si la nube no se alzaba, no se movían hasta el día en que ella se alzaba.

38 Porque la nube de Jehová estaba de día sobre el tabernáculo, y el fuego estaba de noche sobre él, a vista de toda la casa de Israel, en todas sus jornadas.

Reina-Valera 1960 (RVR1960)Copyright © 1960 by American Bible Society

Metáforas de la iglesia de Cristo

CONSULTORIO BÍBLICO

Programa No. 2016-01-25
DAVID LOGACHO
Es un gozo saludarle amable oyente y darle la bienvenida a nuestro estudio bíblico de hoy. Continuamos estudiando las metáforas de la iglesia de Cristo según aparecen en el Nuevo Testamento. En nuestro estudio bíblico anterior vimos que la iglesia de Cristo es la casa de Dios. Hoy vamos a ver otra metáfora de la iglesia de Cristo.
DAVID LOGACHO
a1Una hermosa metáfora de la iglesia de Cristo es la casa de Dios. Los creyentes en general somos la familia de Dios, la parentela, la descendencia, la simiente de Dios. Esta es una posición extraordinaria. Los creyentes poseemos la simiente de Dios, tenemos un Padre que es Dios y entre todos somos hermanos. Dentro de la casa de Dios existe disciplina. El manual de disciplina es la Biblia. Cuando el creyente se somete a lo que dice la Biblia, hallará bendición y cuando el creyente desobedece a lo que dice la Biblia, hallará disciplina de Dios. Como casa de Dios, los creyentes somos también herederos de Dios. La herencia es incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos. Es gran cosa ser parte de la casa de Dios. Vayamos ahora a una metáfora de la iglesia de Cristo. Se encuentra en la última parte de 1 Timoteo 3:15. La Biblia dice: para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad.

Ya tratamos lo concerniente a la iglesia de Cristo como la casa de Dios. Acto seguido, el apóstol Pablo dice que la iglesia no es de los pastores o ancianos, ni de las denominaciones. La iglesia de Cristo es del Dios viviente. Cuidado amable oyente con usar frases como «mi iglesia» o «nuestra iglesia» porque la iglesia no es mía, ni nuestra, la iglesia es del Dios viviente, la iglesia es de Cristo, quien la amó y se entregó a sí mismo por ella. Una vez clarificado este asunto, Pablo dice que la iglesia de Cristo es columna y baluarte de la verdad. Aquí tenemos la nueva metáfora de la iglesia de Cristo. Columna y baluarte de la verdad. Columna tiene que ver con la arquitectura. La ciudad de Efeso, donde estaba Timoteo, a quien fue escrita esta carta, era famosa por el templo a la diosa pagana Diana con sus 127 pilares cubiertos de oro. Los creyentes de Efeso quizá eran atacados porque sus templos no tenían esos 127 pilares. Para estos creyentes debe haber sido de gran gozo saber que aunque sus templos no tenían 127 pilares cubiertos de oro, sin embargo, ellos mismos eran el pilar, no un pilar recubierto de oro, sino nada más y nada menos que el pilar de la verdad. Todos los otros pilares, inclusive esos 127 pilares recubiertos de oro del templo de Diana, son pilares ordinarios en comparación del pilar de la verdad. Pero en el primer siglo, pilar también era lo que se ponía en las plazas más importantes de las ciudades para fijar allí las noticias de interés para la comunidad. Si alguien quería estar informado sobre los asuntos importantes de un pueblo, lo único que debía hacer es acercarse al pilar en la plaza de la comunidad y leer lo que allí se había publicado. La iglesia de Cristo también es un pilar en ese sentido, es el pilar de la verdad. La iglesia de Cristo debe por tanto publicar a los cuatro vientos la verdad viva de Dios, Cristo Jesús, y la verdad escrita de Dios, la Biblia. Esta es la función más importante de la iglesia amable oyente. La iglesia de Cristo no puede salvar a las personas, sólo Dios es quien salva. La iglesia de Cristo no puede llenar las vidas de las personas, sólo el Espíritu Santo pude llenar las vidas de las personas. La iglesia de Cristo no puede morir por las personas, sólo Cristo murió por las personas. Pero existe algo que solamente puede hacer la iglesia de Cristo y eso es anunciar la palabra de Dios, anunciar a Cristo, para que el pecador halle el camino hacia la salvación, para que el que ya es salvo conozca y practique la palabra de Dios. De aquí la responsabilidad enorme de la iglesia de proclamar la verdad de la palabra de Dios en el mundo. La iglesia de Cristo debe ser como el faro luminoso en una noche de tormenta. La iglesia de Cristo no está para anunciar la filosofía del mundo o la psicología del mundo o la política del mundo. La iglesia de Cristo debe estar para proclamar la verdad, tanto la verdad personificada en Cristo como la verdad escrita de la palabra de Dios. Qué triste es cuando la iglesia proclama un mensaje que puede ser muy atractivo al oído, que da comezón de oír como dice la palabra de Dios, pero no proclama a Jesucristo ni la palabra de Dios. Este ministerio, La Biblia Dice quiere justamente ser pilar de la verdad, por eso proclamamos nada más ni nada menos que la palabra de Dios al mundo entero. Su mismo nombre es una alusión a este hecho: La Biblia Dice. No nos interesa proclamar lo que dice tal o cual teólogo, tal o cual erudito, tal o cual intérprete. Nos interesa proclamar única y exclusivamente lo que dice la palabra viva de Dios, Jesucristo, y la palabra escrita de Dios, la Biblia. Hermosa la metáfora de la iglesia de Cristo como pilar de la verdad. Pero eso es sólo una parte de la metáfora, porque 1Timoteo 3:15 dice que la iglesia de Cristo, además de ser pilar de la verdad, también es baluarte de la verdad. Un baluarte es una fortificación con fines de amparo y defensa. Es decir que la iglesia de Cristo es como una segura fortificación diseñada para amparar la verdad. Esta función de la iglesia de Cristo es muy necesaria hoy en día porque la verdad está en los suelos. Es como en los días de Isaías, acerca de lo cual él escribió lo que tenemos en Isaías 59:14. La Biblia dice: Y el derecho se retiró, y la justicia se puso lejos; porque la verdad tropezó en la plaza, y la equidad no pudo venir.

De una forma pictórica Isaías personifica al derecho, la justicia, la verdad y la equidad. Los cuatro personajes debían estar presentes en cierto momento y en cierto lugar. Pero ¿qué pasó? Isaías dice que el derecho no quiso estar presente y simplemente se retiró. La justicia no quiso intervenir y se puso lejos. La verdad hizo todo por estar presente pero no pudo llegar porque tropezó en la plaza. La equidad prefirió estar en otro lado y no pudo venir. Como resultado, donde debió haber habido derecho reinó la ilegalidad. Donde debió haber habido justicia, reinó la injusticia. Donde debió haber habido verdad reinó la mentira. Donde debió haber habido equidad reinó el favoritismo. Así fue en los tiempos de Isaías y lamentablemente así es también en nuestros tiempos en este mundo. Pero en la iglesia de Cristo tanto el derecho como la justicia, la verdad y la equidad deben estar siempre presentes. La iglesia de Cristo, como baluarte de la vedad está en el mundo para amparar a la verdad. Recuerde que la verdad viva es la persona de Cristo y la verdad escrita es la palabra de Dios. Pero el baluarte no era una fortificación sólo para amparar sino también para defender. Igualmente la iglesia de Cristo no debe estar sólo para amparar la verdad sino también para defender a la verdad de sus muchos enemigos. ¿Sabía que la verdad está bajo permanente ataque en el mundo? Es la iglesia de Cristo quien debe levantarse para presentar defensa. El ataque a la verdad viene desde afuera y desde adentro. Desde afuera, la verdad es atacada por ateos, gnósticos, filósofos incrédulos, científicos incrédulos, políticos incrédulos, educadores incrédulos, sectas falsas. La verdad necesita ser defendida por los que somos parte de la iglesia de Cristo. Por eso tenemos lo que aparece en 1 Pedro 3:15. La Biblia dice: sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros;

Esta es nuestra responsabilidad como miembros de la iglesia de Cristo. Debemos estar siempre preparados para presentar defensa de la verdad. Pero el ataque a la verdad también viene desde adentro. Esto es inaudito, pero en ocasiones los mismos creyentes, o falsos creyentes, mejor, se levantan como detractores de la verdad dentro de la iglesia de Cristo, Por eso en el Nuevo Testamento encontramos epístolas como Judas, en la cual se confronta con firmeza el ataque de la verdad por parte de falsos creyentes inmiscuidos en la iglesia local. Es la iglesia de Cristo quien debe levantarse para defender la verdad, no importa si el ataque viene desde afuera o desde adentro. En esta ocasión hemos visto que la iglesia de Cristo es columna y baluarte de la verdad. Usted que es parte de la iglesia de Cristo, debe estar ocupado en proclamar la verdad. Recuerde que esa verdad es Cristo y la palabra de Dios. También debe estar ocupado en defender esa verdad. Para cumplir con este propósito, debe conocer a Cristo personalmente y debe conocer a fondo la palabra de Dios. Mi oración es que usted también pueda tornarse en columna y baluarte de la verdad.

PABLO LOGACHO
LA BIBLIA DICE… es un ministerio sin fines de lucro, que se mantiene gracias a las oraciones y ofrendas de muchos hermanos alrededor del mundo, si Dios ha puesto en su corazón el deseo de apoyarnos, contáctese con nosotros para indicarle la forma de hacerlo y… antes de despedirnos quiero invitarle a visitar nuestra página Web y conocer la respuesta a la PREGUNTA DEL DIA ¿Durante el milenio, seguirán dando a luz hijos las mujeres como en la actualidad? nuestra dirección es: labibliadice.org en donde también puede escuchar nuevamente el programa de hoy en formato de Audio Real, le repito nuestra dirección triple w.labibliadice.org
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La reacción monástica 15

La reacción monástica 15

Los monjes que se apartan de sus celdas, o buscan la compañía de las gentes, pierden la paz, como el pez pierde la vida fuera del agua.

a1

Las nuevas condiciones de la iglesia tras la paz de Constantino no fueron igualmente recibidas por todos los cristianos. Frente a quienes, como Eusebio de Cesarea, veían en tales circunstancias el cumplimiento de los designios de Dios, había otros que se dolían del triste estado a que parecía haber descendido la vida cristiana. La puerta estrecha de que Jesús había hablado se había vuelto tan ancha que las multitudes se apresuraban a pasar por ella —muchos en busca de posiciones y privilegios, sin tener una idea del significado del bautismo o de la fe cristiana—. Los obispos competían en pos de las posiciones de más prestigio. Los ricos y los poderosos parecían dominar la vida de la iglesia. La cizaña crecía junto al trigo y amenazaba ahogarlo.

Durante casi trescientos años, la iglesia había vivido bajo la amenaza constante de las persecuciones. Todo cristiano sabía que posiblemente algún día lo llevarían ante los tribunales, y tendría que afrontar la terrible alternativa entre la apostasía y la muerte. Durante los largos períodos de paz que existieron a veces en los siglos segundo y tercero, hubo quienes olvidaron esto, y cuando la persecución se reanudó no pudieron resistirla. Esto a su vez convenció a otros de que la seguridad y la vida muelle eran el principal peligro que los amenazaba, y que éste se hacía mucho más real durante los períodos de relativa calma.Ahora, cuando la paz de la iglesia parecía asegurada, muchas de estas personas veían en esa paz una nueva artimaña del Maligno.

¿Cómo, entonces, se puede ser cristiano en medio de tales circunstancias? Cuando la iglesia se une a los poderes del mundo, cuando el lujo y la ostentación se adueñan de los altares cristianos, cuando la sociedad toda parece decir que el camino angosto se ha vuelto amplia avenida, ¿cómo resistir a las enormes tentaciones del momento? ¿Cómo dar testimonio del Crucificado, del que no tenía siquiera donde posar la cabeza, cuando los jefes de la iglesia tienen lujosas mansiones, y cuando el testimonio sangriento del martirio no es ya posible? ¿Cómo vencer al Maligno, que a todas horas nos tienta con los nuevos honores que la sociedad nos ofrece?

La respuesta de muchos no se hizo esperar: huir de la sociedad humana; abandonarlo todo; subyugar el cuerpo y las pasiones que dan ocasión a la tentación. Y así, al mismo tiempo que la iglesia se llenaba de millares de gentes que pedían el bautismo, hubo un verdadero éxodo de otros millares que buscaban en la solitud la santidad.

Los orígenes del monaquismo

Aun antes de tiempos de Constantino, había habido cristianos que por diversas razones se habían sentido llamados a un estilo de vida diferente del usual. Ya en el primera sección de esta historia nos hemos referido a las “viudas y vírgenes”, es decir, a aquellas mujeres que decidían no casarse, y dedicar todo su tiempo y sus energías a la obra de la iglesia. Algún tiempo después Orígenes, dejándose llevar por el ideal platónico del hombre sabio, organizó su vida en forma muy semejante a la de los monjes posteriores. Otros muchos —entre ellos al parecer Pánfilo y el joven Eusebio de Cesarea— siguieron la misma “vida filosófica” de Orígenes. Además, aunque las doctrinas gnósticas habían sido rechazadas por la iglesia, su impacto continuó haciéndose sentir en la opinión de muchos, que pensaban que de un modo u otro el cuerpo se oponía a la vida plena del espíritu, Y que por tanto era necesario sujetarlo y hasta castigarlo.

Luego, el monaquismo tiene dos orígenes paralelos, uno proveniente de dentro de la iglesia, y otro de fuera. De dentro de la iglesia, el monaquismo se nutrió de las palabras del apóstol Pablo, y la experiencia de la iglesia misma, en el sentido de que quienes no se casaban podían servir más libremente al Señor. Naturalmente, este sentimiento se unía también con frecuencia a la creencia en el pronto retorno de Jesús. Si el fin estaba a punto de llegar, no había por qué casarse y llevar la vida sedentaria de quienes hacen planes para el futuro. En algunos casos, esta relación entre la expectación del fin y el celibato se basaba sobre otra consideración: puesto que los cristianos han de dar testimonio del Reino que esperan, y puesto que Jesús dijo que en el Reino “no se casan ni se dan en matrimonio”, quienes ahora deciden permanecer célibes son testimonio del Reino que ha de venir.

De fuera, la iglesia recibió ideas, ejemplos y doctrinas que también impulsaron el movimiento monástico. Buena parte de la filosofía clásica sostenía que el cuerpo era la prisión o el sepulcro del alma, y que ésta no podía ser verdaderamente libre sino en cuanto se sobrepusiera a las limitaciones de aquél. La tradición estoica, muy difundida en esta época, enseñaba que las pasiones son el gran enemigo de la verdadera sabiduría, y que el sabio se dedica al perfeccionamiento de su alma y de su dominio sobre las pasiones. Varias de las religiones de la cuenca del Mediterráneo tenían vírgenes sagradas, sacerdotes célibes, eunucos y otras personas que por su estilo de vida se consideraban apartadas para el servicio de los dioses. De todo esto los cristianos tomaron ejemplo, y pronto lo unieron a los impulsos procedentes de las Escrituras para darle forma al monaquismo cristiano.

Los primeros monjes del desierto

Aunque los orígenes del monaquismo cristiano se encuentran en diversas partes del Imperio Romano, no cabe duda de que el desierto —y particularmente el desierto de Egipto— fue tierra fértil para este movimiento, hasta tal punto que durante todo el siglo IV el desierto parece ser el lugar monástico por excelencia. La palabra misma, “monje”, viene del término griego monachós, que quiere decir “solitario”. Uno de los principales móviles de los primeros monjes fue vivir solos, apartados de la sociedad, su bullicio y sus tentaciones. El término “anacoreta”, por el que pronto se les conoció, quiere decir “retirado” o “fugitivo”. Para tales personas, el desierto representaba un atractivo único. No se trataba naturalmente de vivir en las arenas del desierto, sino de encontrar un lugar solitario —quizá un oasis, un valle entre montañas poco habitadas, o un antiguo cementerio— donde vivir alejado del resto del mundo.

No es posible decir a ciencia cierta quién fue el primer monje —o monja— del desierto. Los dos nombres que se disputan ese título, Pablo y Antonio, deben su fama sencillamente al hecho de que dos grandes autores cristianos —Jerónimo y Atanasio respectivamente— escribieron sus vidas, dando a entender cada uno que el protagonista de su obra era el fundador del monaquismo egipcio. Pero la verdad es que es imposible saber —y que nadie supo nunca— quién fue el primer monje del desierto. El monaquismo no fue invención de algún individuo, sino que fue más bien un éxodo en masa, un contagio inaudito, que parece haber afectado al mismo tiempo a millares de personas. Pero en todo caso conviene estudiar las vidas de Pablo y de Antonio, si no ya como fundadores del movimiento, al menos como sus exponentes típicos en los inicios.

La vida de Pablo escrita por Jerónimo es muy breve, y casi totalmente legendaria. Pero el núcleo de la historia es probablemente cierto. A mediados del siglo tercero, huyendo de la persecución, el joven Pablo se adentró en el desierto, hasta que dio con una antigua y abandonada guarida de falsificadores de moneda. Allí Pablo pasó el resto de sus días, dedicado a la oración y alimentándose casi exclusivamente de dátiles. Si hemos de creer a Jerónimo, durante varias décadas —casi un siglo— Pablo no recibió otra visita que las de las bestias y la del anciano Antonio. Aunque esto sea exageración, sí da testimonio de lo que sabemos por otras fuentes acerca de aquellos primeros monjes, que rehuían de toda compañía salvo, en raras ocasiones, la de otros monjes.

Según Atanasio, Antonio nació en una pequeña aldea en la ribera izquierda del Nilo, hijo de padres relativamente acomodados y dedicados a las labores agrícolas. Cuando éstos murieron, Antonio era todavía joven, y quedó en posesión de una herencia que pudo haberles permitido vivir holgadamente tanto a él como a su hermana menor, de la que se hizo cargo. Fue poco después, al escuchar la lectura del Evangelio en la iglesia, que Antonio decidió dedicarse a la vida monástica. El texto para ese día era la historia del joven rico, y las palabras de Jesús impresionaron profundamente a Antonio, que se consideraba también rico: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo” (Mateo 19:21). En respuesta a estas palabras, Antonio dispuso de sus propiedades y repartió sus bienes entre los pobres, conservando sólo una pequeña porción para su hermana. Pero después, al escuchar las palabras de Jesús en Mateo 6:34: “no os afanéis por el día de mañana”, Antonio se desprendió aun de esta pequeña reserva, colocó a su hermana al cuidado de las vírgenes de la iglesia, y se retiró al desierto.

Sus primeros años de retiro, los pasó Antonio aprendiendo la vida monástica de un anciano que habitaba en las cercanías —prueba ésta de que Antonio no fue de hecho el primer anacoreta. Fueron tiempos difíciles para el joven monje, pues a veces se sentía atraído por los placeres que había dejado atrás, y se arrepentía de haber vendido todos sus bienes y haberse retirado al desierto. Pero cuando tales ideas le acosaban, Antonio recrudecía su disciplina. A veces se pasaba varios días sin comer. Y cuando comía, lo hacía sólo una vez al día, después de la puesta del sol.

Tras pasar algún tiempo con su anciano maestro, Antonio decidió apartarse de él y de los demás monjes vecinos de quienes había aprendido la disciplina monástica. Se fue entonces a vivir en una de las tumbas de un viejo cementerio abandonado, donde se alimentaba del pan que alguien le traía cada varios días. Según cuenta Atanasio, en esta época los demonios comenzaron a aparecérsele a Antonio, quien tuvo que luchar con ellos de continuo —a veces en lucha física de la que salió molido.

Por fin, a los treinta y cinco años, Antonio tuvo una visión en la que Dios le decía que no temiera, pues su ayuda estaría siempre con él. Fue entonces que el anacoreta decidió que la tumba en que vivía no era suficientemente retirada, y se internó en el desierto, donde fijó su residencia en un fortín abandonado. Aun allí lo persiguieron los demonios, según nos cuenta Atanasio. Pero hasta los demonios tenían que rendirse ante la virtud del atleta de Dios, que iba llegando al medio siglo de edad.

Empero no eran sólo los demonios quienes perseguían al santo varón. También lo perseguían otros monjes, deseosos de aprender de él la sabiduría de la contemplación y la oración. Y también lo perseguían los curiosos y los enfermos, pues la fama de Antonio como santo y como hacedor de milagros se difundía. Una y otra vez el venerado anacoreta huyó a lugares más apartados; pero los que lo buscaban siempre se las arreglaban para encontrarlo. Finalmente, accedió a vivir cerca de un grupo de discípulos, siempre que éstos no frecuentaran demasiado su refugio. A cambio de ello, Antonio les visitaría periódicamente, y les hablaría de la disciplina monástica, el amor de Dios y las maravillas de la contemplación.

En dos ocasiones, empero, Antonio visitó la gran ciudad de  Alejandría. La primera fue cuando se desató la gran persecución, y Antonio y varios discípulos decidieron ir a la ciudad para allí ofrendar sus vidas como mártires. Pero el prefecto los vio tan harapientos que no los consideró dignos de su atención, y los monjes tuvieron que contentarse con alentar a los que habían de sufrir el martirio.

La otra visita a Alejandría tuvo lugar muchos años más tarde, cuando los arrianos decían que el santo ermitaño sostenía su doctrina frente a la de Atanasio, y Antonio decidió deshacer esos falsos rumores presentándose en persona ante los obispos reunidos en Alejandría. En aquella ocasión, el viejo ermitaño, que no sabía griego, sino sólo copto, y que probablemente no sabia leer, habló con tal convicción y espíritu que los arrianos no supieron cómo contestarle.

Por fin, hacia el fin de sus días, Antonio accedió a que dos monjes más jóvenes vivieran con él para atender a sus necesidades. Murió en el año 356, tras darles instrucciones a sus acompañantes en el sentido de que mantuvieran secreto el lugar de su sepultura y le hicieran llegar su manto al santo obispo Atanasio. Como vemos, tanto Pablo como Antonio se retiraron al desierto antes de la época de Constantino —y aun ellos no fueron los primeros ermitaños—. Pero con el advenimiento de Constantino al poder el género de vida que estos eremitas habían abrazado se hizo cada vez más popular. Algunos viajeros de la época nos cuentan, quizá con algo de exageración, que llegó el momento en que había más gentes en el desierto que en muchas ciudades. Otros ofrecen cifras tales como veinte mil monjas y diez mil monjes, en sólo una región de Egipto. Por muy exagerados que sean estos testimonios, no cabe duda de la veracidad del fenómeno que describen, pues al leer los documentos de la época vemos que los hombres y mujeres que se retiraron al desierto eran legión.

La vida de tales personas era en extremo sencilla. Aunque algunos cultivaban pequeños huertos, la mayoría de ellos se sustentaba tejiendo cestas y esteras que luego vendían a cambio de un poco de pan y aceite. Esta ocupación tenía la ventaja, además de la disponibilidad de los juncos y la paja, de que mientras se tejía un cesto era posible recitar un salmo, elevar una plegaria o memorizar una porción de las Escrituras. La dieta de la mayoría de los monjes consistía en pan y, a veces, frutas, legumbres y aceite. Sus posesiones no eran más que los vestidos más necesarios y una estera para dormir. La mayoría de ellos veía mal la posesión de libros, pues ello podría alimentar el orgullo. Unos a otros se enseñaban de memoria libros enteros de las Escrituras —particularmente los Salmos y el Nuevo Testamento—. Y además compartían entre sí las historias edificantes, o las joyas de sabiduría, de los anacoretas más venerados.

El espíritu del desierto no se acoplaba bien con la gran iglesia jerárquica cuyos obispos residían en las grandes ciudades y gozaban del favor del gobierno y de la sociedad. Muchos pensaban que lo peor que podría sucederle a un monje era ser ordenado sacerdote u obispo —y fue precisamente en esta época que los ministros cristianos comenzaron a llamarse “sacerdotes”. Aunque algunos de ellos fueron ordenados, esto sucedió casi siempre contra su voluntad, o tras repetidos ruegos por un obispo de reconocida santidad, como el gran Atanasio. Esto a su vez quería decir que muchos anacoretas pasaban años sin participar de la comunión, que desde el principio había sido el principal acto cúltico de los cristianos. En otros lugares se construyeron iglesias en las que los monjes se reunían los sábados y domingos, y el domingo, después de la comunión, participaban de una comida en común antes de separarse para la próxima semana.

Este género de vida pronto dio lugar a una nueva forma de orgullo. Con el correr de los años muchos monjes llegaron a pensar que, puesto que su vida mostraba un nivel de santidad más elevado que el de los obispos y demás dirigentes de la iglesia, eran ellos, y no esos dirigentes, quienes debían decidir en qué consistía la verdadera doctrina cristiana. Como muchos de estos monjes eran gentes ignorantes y fanáticas, se convirtieron entonces en peones de otros más poderosos y educados que utilizaron el celo de las huestes del desierto para sus propios fines. Como veremos en la próxima sección de esta historia, esto llegó hasta el punto en que muchedumbres de monjes invadieron los lugares en donde se celebraba algún concilio eclesiástico, y trataron de imponer sus doctrinas mediante la fuerza y la violencia.

Pacomio y el monaquismo comunal

El número creciente de personas que se retiraban al desierto, y el deseo de casi todas ellas de allegarse a un maestro experimentado, darían origen a un nuevo tipo de vida monástica. Ya hemos visto cómo Antonio tenía que huir constantemente de quienes venían a pedirle su ayuda y dirección. Cada vez más, los monjes solitarios cedieron el lugar a los que de un modo u otro vivían en comunidad. Estos, aunque recibían el nombre de “monjes” —es decir, de solitarios— consideraban que esa soledad se refería a su retiro del resto del mundo, y no necesariamente a vivir apartados de otros monjes. Este monaquismo recibe el nombre de “cenobita” —palabra derivada de dos términos griegos que significan “vida común”.

Al igual que en el caso del monaquismo anacoreta, tampoco en cuanto al cenobítico nos es posible decir a ciencia cierta quién fue su fundador. Lo más probable es que haya surgido casi simultáneamente en diversos lugares, nacido, no de la habilidad creadora de individuo alguno, sino sencillamente de la presión de las circunstancias. La vida absolutamente apartada del anacoreta no estaba al alcance de muchas personas que marchaban al desierto, y así nació el cenobitismo. Sin embargo, aunque no haya sido su fundador, no cabe duda de que Pacomio fue quien le dio forma al monaquismo cenobítico egipcio.

Pacomio nació hacia el año 286, en una pequeña aldea del sur de Egipto. Sus padres eran paganos, y él parece haber conocido poco acerca de la fe cristiana antes de ser arrebatado de su hogar por el servicio militar obligatorio. Se encontraba entristecido por su suerte, cuando un grupo de cristianos vino a consolarles a él y a sus compañeros de infortunio. El joven soldado se sintió tan conmovido ante este acto de caridad que hizo votos en el sentido de que, si de algún modo lograba librarse del servicio militar, se dedicaría él también al servicio de los demás. Cuando de modo inesperado se le permitió dejar el ejército, buscó quien lo instruyera en la fe cristiana y lo bautizara, y pocos años después decidió retirarse al desierto, donde solicitó y obtuvo la dirección del viejo anacoreta Palemón.

Siete años pasó Pacomio junto a Palemón, hasta que oyó una voz que le ordenaba establecer su residencia en otro lugar. Su anciano maestro le ayudó a edificar allí un sitio donde vivir, y luego lo dejó solo. Poco después Juan, el hermano mayor de Pacomio, se le unió, y juntos se dedicaron a la vida contemplativa.

Pero Pacomio no estaba satisfecho, y en sus oraciones constantemente rogaba a Dios que le mostrara el camino para servirle mejor. Por fin en una visión un ángel le dijo que Dios quería que sirviera a la humanidad. Pacomio no quiso escucharlo, insistiendo en que lo que él buscaba era precisamente servir a Dios, y no a la humanidad. Pero el ángel repitió su mensaje y Pacomio, recordando quizá los votos que había hecho en sus días de servicio militar, comprendió y aceptó lo que el ángel le decía.

Con la ayuda de Juan, Pacomio construyó un muro amplio, dejando lugar dentro para un buen número de personas, y después reunió a un grupo de hombres que querían participar de la vida monástica. De ellos Pacomio no pidió más que el deseo de ser monjes, y se dedicó a enseñarles mediante el ejemplo lo que esto significaba. Pero sus supuestos discípulos se burlaban de él y de su humildad, y a la postre Pacomio los echó a todos.

Comenzó entonces un segundo intento de vida monástica en comunidad. Contrariamente a lo que podría esperarse, Pacomio, en lugar de ser menos exigente, lo fue más. Desde un principio, quien quisiera unirse a su comunidad debería renunciar a todos sus bienes, y prometer obediencia absoluta a sus superiores.

Además, todos participarían del trabajo manual, y nadie se consideraría a sí mismo por encima de labor alguna. La norma fundamental fue entonces el servicio mutuo, de tal modo que aun los superiores, a pesar de la obediencia absoluta que debían recibir, estaban obligados a servir a los demás.

El monasterio que fundó sobre estas bases creció rápidamente, y en vida de Pacomio llegó a haber nueve monasterios, cada uno con centenares de monjes. Además, la hermana de Pacomio, María, fundó varias comunidades de monjas.

Cada uno de estos monasterios estaba rodeado por muros con una sola entrada. Dentro de este recinto había varios edificios. Algunos de ellos, tales como la iglesia, el almacén, el comedor y la sala de reuniones, eran de uso común para todo el monasterio. Los demás eran casas en las que los monjes vivían agrupados según sus responsabilidades. Así, por ejemplo, había una casa de los porteros, cuyas responsabilidades consistían en ocuparse del alojamiento de quienes pidieran hospitalidad, y en recibir a los nuevos candidatos que solicitaran ser admitidos a la comunidad. Otras casas alojaban a los tejedores, los panaderos, los costureros, los zapateros, etc. En cada una de ellas había una sala común y varias celdas, en las que vivían los monjes de dos en dos.

La vida de cada monje pacomiano se dedicaba por igual al trabajo y la devoción, y hasta el propio Pacomio daba ejemplo ocupándose de las labores más humildes. En cuanto a la devoción, el ideal era que todos siguieran el consejo paulino: “Orad sin cesar”. Por esta razón, mientras los panaderos horneaban, o mientras los zapateros preparaban el calzado, todos se dedicaban a cantar salmos, a recitar de memoria las Escrituras, a orar en voz alta o en silencio, o a meditar sobre algún pasaje bíblico. Además, dos veces al día se celebraban oraciones en común. Por la mañana todos los monjes del monasterio se reunían para orar, cantar salmos y escuchar la lectura de las Escrituras. Y por la noche hacían lo mismo, aunque reunidos en grupos más pequeños, en las salas de las diversas casas.

La vida económica de las comunidades pacomianas era variada. Aunque todos vivían en pobreza, Pacomio no insistía en la austeridad exagerada de algunos anacoretas. En sus mesas se servía pan, fruta, pescado y verduras —pero nunca carne—. Y el producto de las labores de los monjes se vendía en los mercados cercanos, no sólo para comprar comida y algunos artículos necesarios, sino también y sobre todo para tener qué darles a los pobres y a los transeúntes. En cada monasterio todo esto estaba al cuidado de un ecónomo y de su ayudante, quienes periódicamente tenían que rendir cuentas al ecónomo del monasterio principal, donde Pacomio residía.

Puesto que todo monje tenía que obedecer a sus superiores, el orden de la jerarquía estaba claramente definido. Por encima de cada casa había un superior, que a su vez debía obedecer al superior del monasterio y a su “segundo”. Y por encima de todos los superiores estaban Pacomio y sus sucesores, a quienes se daba el título de “abad” o “archimandrita”. Cuando Pacomio estaba próximo a morir, sus monjes le aseguraron que obedecerían a quien él nombrara como su sucesor, y así se estableció la costumbre de que cada abad nombrara a quien habría de sucederle en el mando supremo. Pero en todo caso la autoridad del abad era total, pues podía nombrar, transferir o deponer a los superiores de todos los otros monasterios.

Dos veces al año todos los monjes pacomianos se reunían para orar y adorar juntos, y para atender a las cuestiones prácticas del buen gobierno de sus monasterios. Además, el abad —o alguien enviado por él— visitaba cada comunidad frecuentemente.

Pacomio y sus compañeros nunca aceptaron cargos eclesiásticos, y por tanto no había entre ellos sacerdotes ordenados. A fin de participar de la comunión, los monjes asistían los sábados a las iglesias que había en las aldeas cercanas, y los domingos algún sacerdote visitaba cada monasterio y ofrecía la comunión en él.

En las comunidades femeninas se seguía una disciplina semejante a la de los varones. Y el abad —Pacomio o su sucesor— gobernaba tanto sobre las mujeres como sobre los hombres.

Cuando alguna persona deseaba unirse a una de las comunidades pacomianas, todo lo que tenía que hacer era presentarse a la puerta. Pero ésta no le era abierta con facilidad, pues primero el candidato tenía que mostrar la constancia de su propósito permaneciendo varios días a la intemperie rogando que se le abriera. Cuando por fin le dejaban entrar, los porteros se hacían cargo de él. Por un tiempo vivía con ellos, hasta que se le consideraba listo para unirse a los demás monjes en la oración. entonces le llevaban a la asamblea del monasterio, donde los nuevos monjes tenían un lugar especial hasta tanto se les incorporara a una de las casas y se les asignara un lugar en la vida común.

Pero lo más sorprendente de todo este proceso de iniciación es el hecho de que buen número de los postulantes que se presentaban a las puertas de los monasterios tenían que recibir instrucción catequética y ser bautizados, pues no eran cristianos. Esto nos da una idea de la atracción inmensa que tales centros ejercieron sobre los espíritus del siglo IV, pues hasta los paganos veían en ellos un estilo de vida digno de seguirse.

La diseminación del ideal monástico

Aunque, como hemos dicho, las raíces del movimiento monástico no se encuentran exclusivamente en Egipto, fue esa región la que le dio mayor impulso al monaquismo en el siglo IV. De todas partes del mundo iban a Egipto personas devotas, algunas para permanecer allí, y otras para regresar a sus propias tierras llevando consigo los ideales y las prácticas que habían aprendido en el desierto. De Siria, del Asia Menor, y hasta de Mesopotamia, vinieron a orillas del Nilo gentes que pronto esparcieron las historias y las leyendas de Pablo, Antonio, Pacomio y otros. Por todas partes en el Oriente, donde era posible hallar un lugar solitario, algún monje fijó su residencia. Algunos exageraron lo que habían aprendido de los monjes egipcios realizando proezas ostentosas, tales como pasar toda la vida subidos en una columna. Pero muchos otros le inyectaron al resto de la iglesia un sentido de disciplina y de dedicación absoluta que resultaba harto necesario en los días al parecer fáciles por los que pasaba el cristianismo.

Sin embargo, quienes más contribuyeron a difundir el ideal monástico no fueron los anacoretas que tomaron su inspiración del Egipto y se dedicaron a emular el renunciamiento de sus maestros huyendo a algún lugar apartado, sino toda una serie de obispos y de eruditos que vieron el valor del testimonio monástico para la vida diaria de la iglesia. Luego, aunque en sus orígenes el monaquismo egipcio había existido aparte y aun frente a la jerarquía eclesiástica, a la postre su mayor importancia estuvo en el impacto que hizo a través de algunos de los miembros de esa jerarquía.

Varias de estas personas se cuentan entre los “gigantes” a los que más adelante dedicaremos otras porciones de esta Segunda Sección, y por tanto no haremos aquí más que señalar sus nombres y algo de su importancia en la difusión del ideal monástico. Atanasio, además de escribir la Vida de Antonio, visitó a los monjes del desierto repetidamente, y cuando las autoridades lo perseguían se refugió entre ellos. Aunque él mismo no era monje, sino obispo, trató de organizar su vida de tal modo que en ella se reflejara el ideal monástico de la disciplina y el renunciamiento. Y en su exilio en el Occidente dio a conocer a sus hermanos de habla latina lo que estaba sucediendo en los más remotos rincones del Egipto.

Jerónimo, además de escribir la Vida de Pablo el ermitaño, tradujo la Regla de Pacomio al latín, y él mismo se hizo monje, según veremos más adelante. Puesto que Jerónimo fue uno de los cristianos más admirados de su época, sus obras y su ejemplo hicieron fuerte impacto en la iglesia occidental. Basilio de Cesarea —conocido como Basilio el Grande— en medio de todos los debates teológicos de la época halló tiempo para organizar monasterios que se dedicaban, no sólo a la devoción, sino también a obras de caridad tales como el cuidado de los enfermos, transeúntes, huérfanos, etc. En respuesta a las preguntas que le hacían sus monjes escribió varios tratados que, aunque no tenían el propósito de servir de reglas, más tarde fueron citados y utilizados como tales. Agustín, el gran obispo de Hipona, se convirtió en parte a través de la Vida de Antonio de Atanasio, e intentó vivir como monje hasta que se le obligó a tomar parte más activa en la vida de la iglesia. Pero aún entonces organizó a sus colaboradores en una comunidad de estilo monástico, y dio así ejemplo e inspiración a lo que más tarde se llamó “los canónigos de San Agustín”.

Pero el caso más claro del modo en que un monje, obispo y santo contribuyó a la popularidad del ideal monástico lo tenemos en Martín de Tours. La Vida de San Martín, escrita por Sulpicio Severo, fue uno de los libros más populares en toda Europa durante varios siglos, y contribuyó a forjar el monaquismo occidental que ha sido tan importante para la historia de la iglesia.

Martín nació alrededor del año 335 en la región de Panonia, en lo que hoy es Hungría. Su padre era un soldado pagano, y por tanto durante su infancia Martín vivió en diversas partes del Imperio, aunque la ciudad de Pavía, al norte de Italia, parece haber sido el lugar de su residencia más frecuente. Tenía diez años cuando decidió hacerse cristiano, en contra de la voluntad de sus padres, e hizo añadir su nombre a la lista de los catecúmenos —es decir, de los que se preparaban para recibir el bautismo—. Su padre, a fin de separarlo de sus contactos cristianos, le hizo inscribir en el ejército. Eran los días en que Juliano —después conocido como “el Apóstata”— dirigía sus primeras campañas militares. A su servicio estuvo Martín por varios años, y es durante este período que se cuenta tuvo lugar el episodio más famoso de su vida.

Martín y sus compañeros iban entrando a la ciudad de Amiens cuando les pidió limosna un mendigo casi desnudo que tiritaba de frío en medio de la nieve. Martín no tenía dinero que darle, pero tomó su capa, la rasgó en dos, y le dio la mitad. Esa noche Martín vio en sueños a Jesucristo envuelto en su media capa, y diciéndole: “Por cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeñitos, a mí lo hicisteis”.

Ese episodio se hizo tan famoso que a partir de entonces por lo general se representa a Martín compartiendo su capa con el mendigo. Además, de ese episodio se deriva nuestro término “capilla”, pues algún tiempo después se conservaba en un pequeño templo lo que se decía era la media capa —la “capilla” de Martín— y de aquel templecillo derivan su nombre nuestras “capillas” y nuestros “capellanes” de hoy.

Poco después del incidente de Amiens, Martín recibió el bautismo, y dos años después pudo por fin abandonar el servicio militar. Entonces visitó al famoso obispo de Poitiers, Hilario, con quien estableció una amistad duradera. Después diversas tareas y vicisitudes lo llevaron a distintas partes del Imperio, hasta que por fin se estableció en las afueras de Tours, cerca de Poitiers. Allí se dedicó a la vida monástica, al tiempo que su fama crecía enormemente. Se contaba que a través de él Dios obraba grandes maravillas, y que a pesar de todo ello su humildad y su dulzura nunca lo abandonaron.

Cuando quedó vacante el obispado de Tours, el pueblo quería elegir a Martín para ocuparlo. Pero algunos de los obispos presentes en el proceso de elección se oponían, diciendo que Martín era un individuo sucio, harapiento y de cabellera desordenada, que le restaría prestigio al oficio de obispo. En medio de la discusión, llegó la hora de leer las Escrituras, y el lector no aparecía por ninguna parte. Entonces uno de los presentes tomó el libro, y abriéndolo al azar, empezó a leer: “De la boca de los niños y de los que maman, fundaste la fortaleza, a causa de tus enemigos, para hacer callar al enemigo y al vengativo” (Salmo 8:2). La multitud presente tomó esta lectura como una palabra de lo Alto. Martín, el sucio y desgreñado a quien los obispos despreciaban, era el que Dios había escogido para callar a quienes se oponían a sus designios —es decir, a los obispos—. Sin más espera, Martín fue hecho obispo de la ciudad de Tours.

Empero el nuevo obispo no estaba dispuesto a abandonar su retiro monástico. Junto a la catedral se hizo construir una celda donde pasaba todo el tiempo que sus labores pastorales le dejaban libre. Cuando su fama fue tal que las gentes lo importunaban demasiado, se retiró a un monasterio que fundó en las afueras de la ciudad, y desde el cual visitaba a sus feligreses.

Cuando Martín murió eran muchos los que lo tenían por santo, y su fama y su ejemplo llevaron a muchos a pensar que un verdadero obispo debía ser como Martín. Así el movimiento monástico, que en sus orígenes tuvo mucho de protesta contra la mundanalidad y el boato de muchos obispos, a la larga dejó su sello sobre el ideal mismo del episcopado. Durante siglos —y en algunos casos hasta nuestros días— se pensaría que un verdadero pastor debe aproximarse tanto como sea posible al ideal monástico. Pero nótese también que en este proceso ese mismo ideal cambió de tono, pues mientras los primeros monjes huyeron al desierto en pos de su propia salvación, con el correr de los años —y especialmente en el Occidente— el monaquismo sería, más que un medio por el que se buscaba la propia salvación, un instrumento para la obra misionera y caritativa de la iglesia.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 151–162). Miami, FL: Editorial Unilit.