Leyes sobre los esclavos

Éxodo 21-24

Leyes sobre los esclavos

(Dt. 15.12-18)

a121:1  Estas son las leyes que les propondrás.

Si comprares siervo hebreo, seis años servirá; mas al séptimo saldrá libre, de balde.

Si entró solo, solo saldrá; si tenía mujer, saldrá él y su mujer con él.

Si su amo le hubiere dado mujer, y ella le diere hijos o hijas, la mujer y sus hijos serán de su amo, y él saldrá solo.

Y si el siervo dijere: Yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre;

entonces su amo lo llevará ante los jueces, y le hará estar junto a la puerta o al poste; y su amo le horadará la oreja con lesna, y será su siervo para siempre.

Y cuando alguno vendiere su hija por sierva, no saldrá ella como suelen salir los siervos.

Si no agradare a su señor, por lo cual no la tomó por esposa, se le permitirá que se rescate, y no la podrá vender a pueblo extraño cuando la desechare.

Mas si la hubiere desposado con su hijo, hará con ella según la costumbre de las hijas.

10 Si tomare para él otra mujer, no disminuirá su alimento, ni su vestido, ni el deber conyugal.

11 Y si ninguna de estas tres cosas hiciere, ella saldrá de gracia, sin dinero.

Leyes sobre actos de violencia

12 El que hiriere a alguno, haciéndole así morir, él morirá.

13 Mas el que no pretendía herirlo, sino que Dios lo puso en sus manos, entonces yo te señalaré lugar al cual ha de huir.

14 Pero si alguno se ensoberbeciere contra su prójimo y lo matare con alevosía, de mi altar lo quitarás para que muera.

15 El que hiriere a su padre o a su madre, morirá.

16 Asimismo el que robare una persona y la vendiere, o si fuere hallada en sus manos, morirá.

17 Igualmente el que maldijere a su padre o a su madre, morirá.

18 Además, si algunos riñeren, y uno hiriere a su prójimo con piedra o con el puño, y éste no muriere, pero cayere en cama;

19 si se levantare y anduviere fuera sobre su báculo, entonces será absuelto el que lo hirió; solamente le satisfará por lo que estuvo sin trabajar, y hará que le curen.

20 Y si alguno hiriere a su siervo o a su sierva con palo, y muriere bajo su mano, será castigado;

21 mas si sobreviviere por un día o dos, no será castigado, porque es de su propiedad.

22 Si algunos riñeren, e hirieren a mujer embarazada, y ésta abortare, pero sin haber muerte, serán penados conforme a lo que les impusiere el marido de la mujer y juzgaren los jueces.

23 Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida,

24 ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie,

25 quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe.

Leyes sobre responsabilidades de amos y dueños

26 Si alguno hiriere el ojo de su siervo, o el ojo de su sierva, y lo dañare, le dará libertad por razón de su ojo.

27 Y si hiciere saltar un diente de su siervo, o un diente de su sierva, por su diente le dejará ir libre.

28 Si un buey acorneare a hombre o a mujer, y a causa de ello muriere, el buey será apedreado, y no será comida su carne; mas el dueño del buey será absuelto.

29 Pero si el buey fuere acorneador desde tiempo atrás, y a su dueño se le hubiere notificado, y no lo hubiere guardado, y matare a hombre o mujer, el buey será apedreado, y también morirá su dueño.

30 Si le fuere impuesto precio de rescate, entonces dará por el rescate de su persona cuanto le fuere impuesto.

31 Haya acorneado a hijo, o haya acorneado a hija, conforme a este juicio se hará con él.

32 Si el buey acorneare a un siervo o a una sierva, pagará su dueño treinta siclos de plata, y el buey será apedreado.

33 Y si alguno abriere un pozo, o cavare cisterna, y no la cubriere, y cayere allí buey o asno,

34 el dueño de la cisterna pagará el daño, resarciendo a su dueño, y lo que fue muerto será suyo.

35 Y si el buey de alguno hiriere al buey de su prójimo de modo que muriere, entonces venderán el buey vivo y partirán el dinero de él, y también partirán el buey muerto.

36 Mas si era notorio que el buey era acorneador desde tiempo atrás, y su dueño no lo hubiere guardado, pagará buey por buey, y el buey muerto será suyo.

Leyes sobre la restitución

22:1  Cuando alguno hurtare buey u oveja, y lo degollare o vendiere, por aquel buey pagará cinco bueyes, y por aquella oveja cuatro ovejas.

Si el ladrón fuere hallado forzando una casa, y fuere herido y muriere, el que lo hirió no será culpado de su muerte.

Pero si fuere de día, el autor de la muerte será reo de homicidio. El ladrón hará completa restitución; si no tuviere con qué, será vendido por su hurto.

Si fuere hallado con el hurto en la mano, vivo, sea buey o asno u oveja, pagará el doble.

Si alguno hiciere pastar en campo o viña, y metiere su bestia en campo de otro, de lo mejor de su campo y de lo mejor de su viña pagará.

Cuando se prendiere fuego, y al quemar espinos quemare mieses amontonadas o en pie, o campo, el que encendió el fuego pagará lo quemado.

Cuando alguno diere a su prójimo plata o alhajas a guardar, y fuere hurtado de la casa de aquel hombre, si el ladrón fuere hallado, pagará el doble.

Si el ladrón no fuere hallado, entonces el dueño de la casa será presentado a los jueces, para que se vea si ha metido su mano en los bienes de su prójimo.

En toda clase de fraude, sobre buey, sobre asno, sobre oveja, sobre vestido, sobre toda cosa perdida, cuando alguno dijere: Esto es mío, la causa de ambos vendrá delante de los jueces; y el que los jueces condenaren, pagará el doble a su prójimo.

10 Si alguno hubiere dado a su prójimo asno, o buey, u oveja, o cualquier otro animal a guardar, y éste muriere o fuere estropeado, o fuere llevado sin verlo nadie;

11 juramento de Jehová habrá entre ambos, de que no metió su mano a los bienes de su prójimo; y su dueño lo aceptará, y el otro no pagará.

12 Mas si le hubiere sido hurtado, resarcirá a su dueño.

13 Y si le hubiere sido arrebatado por fiera, le traerá testimonio, y no pagará lo arrebatado.

14 Pero si alguno hubiere tomado prestada bestia de su prójimo, y fuere estropeada o muerta, estando ausente su dueño, deberá pagarla.

15 Si el dueño estaba presente no la pagará. Si era alquilada, reciba el dueño el alquiler.

Leyes humanitarias

16 Si alguno engañare a una doncella que no fuere desposada, y durmiere con ella, deberá dotarla y tomarla por mujer.

17 Si su padre no quisiere dársela, él le pesará plata conforme a la dote de las vírgenes.

18 A la hechicera no dejarás que viva.

19 Cualquiera que cohabitare con bestia, morirá.

20 El que ofreciere sacrificio a dioses excepto solamente a Jehová, será muerto.

21 Y al extranjero no engañarás ni angustiarás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto.

22 A ninguna viuda ni huérfano afligiréis.

23 Porque si tú llegas a afligirles, y ellos clamaren a mí, ciertamente oiré yo su clamor;

24 y mi furor se encenderá, y os mataré a espada, y vuestras mujeres serán viudas, y huérfanos vuestros hijos.

25 Cuando prestares dinero a uno de mi pueblo, al pobre que está contigo, no te portarás con él como logrero, ni le impondrás usura.

26 Si tomares en prenda el vestido de tu prójimo, a la puesta del sol se lo devolverás.

27 Porque sólo eso es su cubierta, es su vestido para cubrir su cuerpo. ¿En qué dormirá? Y cuando él clamare a mí, yo le oiré, porque soy misericordioso.

28 No injuriarás a los jueces,[a] ni maldecirás al príncipe de tu pueblo.

29 No demorarás la primicia de tu cosecha ni de tu lagar.

Me darás el primogénito de tus hijos.

30 Lo mismo harás con el de tu buey y de tu oveja; siete días estará con su madre, y al octavo día me lo darás.

31 Y me seréis varones santos. No comeréis carne destrozada por las fieras en el campo; a los perros la echaréis.

23:1  No admitirás falso rumor. No te concertarás con el impío para ser testigo falso.

No seguirás a los muchos para hacer mal, ni responderás en litigio inclinándote a los más para hacer agravios;

ni al pobre distinguirás en su causa.

Si encontrares el buey de tu enemigo o su asno extraviado, vuelve a llevárselo.

Si vieres el asno del que te aborrece caído debajo de su carga, ¿le dejarás sin ayuda? Antes bien le ayudarás a levantarlo.

No pervertirás el derecho de tu mendigo en su pleito.

De palabra de mentira te alejarás, y no matarás al inocente y justo; porque yo no justificaré al impío.

No recibirás presente; porque el presente ciega a los que ven, y pervierte las palabras de los justos.

Y no angustiarás al extranjero; porque vosotros sabéis cómo es el alma del extranjero, ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto.

10 Seis años sembrarás tu tierra, y recogerás su cosecha;

11 mas el séptimo año la dejarás libre, para que coman los pobres de tu pueblo; y de lo que quedare comerán las bestias del campo; así harás con tu viña y con tu olivar.

12 Seis días trabajarás, y al séptimo día reposarás, para que descanse tu buey y tu asno, y tome refrigerio el hijo de tu sierva, y el extranjero.

13 Y todo lo que os he dicho, guardadlo. Y nombre de otros dioses no mentaréis, ni se oirá de vuestra boca.

Las tres fiestas anuales

(Ex. 34.18-26; Dt. 16.1-17)

14 Tres veces en el año me celebraréis fiesta.

15 La fiesta de los panes sin levadura guardarás. Siete días comerás los panes sin levadura, como yo te mandé, en el tiempo del mes de Abib, porque en él saliste de Egipto; y ninguno se presentará delante de mí con las manos vacías.

16 También la fiesta de la siega, los primeros frutos de tus labores, que hubieres sembrado en el campo, y la fiesta de la cosecha a la salida del año, cuando hayas recogido los frutos de tus labores del campo.

17 Tres veces en el año se presentará todo varón delante de Jehová el Señor.

18 No ofrecerás con pan leudo la sangre de mi sacrificio, ni la grosura de mi víctima quedará de la noche hasta la mañana.

19 Las primicias de los primeros frutos de tu tierra traerás a la casa de Jehová tu Dios. No guisarás el cabrito en la leche de su madre.

El Angel de Jehová enviado para guiar a Israel

20 He aquí yo envío mi Angel delante de ti para que te guarde en el camino, y te introduzca en el lugar que yo he preparado.

21 Guárdate delante de él, y oye su voz; no le seas rebelde; porque él no perdonará vuestra rebelión, porque mi nombre está en él.

22 Pero si en verdad oyeres su voz e hicieres todo lo que yo te dijere, seré enemigo de tus enemigos, y afligiré a los que te afligieren.

23 Porque mi Angel irá delante de ti, y te llevará a la tierra del amorreo, del heteo, del ferezeo, del cananeo, del heveo y del jebuseo, a los cuales yo haré destruir.

24 No te inclinarás a sus dioses, ni los servirás, ni harás como ellos hacen; antes los destruirás del todo, y quebrarás totalmente sus estatuas.

25 Mas a Jehová vuestro Dios serviréis, y él bendecirá tu pan y tus aguas; y yo quitaré toda enfermedad de en medio de ti.

26 No habrá mujer que aborte, ni estéril en tu tierra; y yo completaré el número de tus días.

27 Yo enviaré mi terror delante de ti, y consternaré a todo pueblo donde entres, y te daré la cerviz de todos tus enemigos.

28 Enviaré delante de ti la avispa, que eche fuera al heveo, al cananeo y al heteo, de delante de ti.

29 No los echaré de delante de ti en un año, para que no quede la tierra desierta, y se aumenten contra ti las fieras del campo.

30 Poco a poco los echaré de delante de ti, hasta que te multipliques y tomes posesión de la tierra.

31 Y fijaré tus límites desde el Mar Rojo hasta el mar de los filisteos, y desde el desierto hasta el Eufrates; porque pondré en tus manos a los moradores de la tierra, y tú los echarás de delante de ti.

32 No harás alianza con ellos, ni con sus dioses.

33 En tu tierra no habitarán, no sea que te hagan pecar contra mí sirviendo a sus dioses, porque te será tropiezo.

Moisés y los ancianos en el Monte Sinaí

24:1  Dijo Jehová a Moisés: Sube ante Jehová, tú, y Aarón, Nadab, y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel; y os inclinaréis desde lejos.

Pero Moisés solo se acercará a Jehová; y ellos no se acerquen, ni suba el pueblo con él.

Y Moisés vino y contó al pueblo todas las palabras de Jehová, y todas las leyes; y todo el pueblo respondió a una voz, y dijo: Haremos todas las palabras que Jehová ha dicho.

Y Moisés escribió todas las palabras de Jehová, y levantándose de mañana edificó un altar al pie del monte, y doce columnas, según las doce tribus de Israel.

Y envió jóvenes de los hijos de Israel, los cuales ofrecieron holocaustos y becerros como sacrificios de paz a Jehová.

Y Moisés tomó la mitad de la sangre, y la puso en tazones, y esparció la otra mitad de la sangre sobre el altar.

Y tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo, el cual dijo: Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos.

Entonces Moisés tomó la sangre y roció sobre el pueblo, y dijo: He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas.

Y subieron Moisés y Aarón, Nadab y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel;

10 y vieron al Dios de Israel; y había debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno.

11 Mas no extendió su mano sobre los príncipes de los hijos de Israel; y vieron a Dios, y comieron y bebieron.

12 Entonces Jehová dijo a Moisés: Sube a mí al monte, y espera allá, y te daré tablas de piedra, y la ley, y mandamientos que he escrito para enseñarles.

13 Y se levantó Moisés con Josué su servidor, y Moisés subió al monte de Dios.

14 Y dijo a los ancianos: Esperadnos aquí hasta que volvamos a vosotros; y he aquí Aarón y Hur están con vosotros; el que tuviere asuntos, acuda a ellos.

15 Entonces Moisés subió al monte, y una nube cubrió el monte.

16 Y la gloria de Jehová reposó sobre el monte Sinaí, y la nube lo cubrió por seis días; y al séptimo día llamó a Moisés de en medio de la nube.

17 Y la apariencia de la gloria de Jehová era como un fuego abrasador en la cumbre del monte, a los ojos de los hijos de Israel.

18 Y entró Moisés en medio de la nube, y subió al monte; y estuvo Moisés en el monte cuarenta días y cuarenta noches.

Footnotes:

  1. Éxodo 22:28 O, a Dios.
Reina-Valera 1960 (RVR1960)Copyright © 1960 by American Bible Society

En relación con el pan y el vino que se utiliza para celebrar la Cena del Señor, ¿son el mismo cuerpo y la misma sangre del Señor?

CONSULTORIO BÍBLICO

Programa No. 2016-01-22
PABLO LOGACHO
La consulta para el programa de hoy dice así: En relación con el pan y el vino que se utiliza para celebrar la Cena del Señor, ¿son el mismo cuerpo y la misma sangre del Señor? Si no lo son, ¿por qué Pablo dijo que el que comiere indignamente de ellos se hace culpable de juicio?
DAVID LOGACHO
a1Gracias por su consulta. Con la ayuda del Señor vamos a aclarar este asunto. Para eso, vamos a dar lectura al pasaje bíblico que trata el asunto materia de la consulta. Se encuentra en 1ª Corintios 11:23 a 32. «Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado. Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan, y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo, tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comieres este pan, y bebieres esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que El venga. De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí. Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen. Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo» Lo que nos interesa de este hermoso pasaje bíblico, es la parte que dice: Esto es mi cuerpo, para referirse al pan, y aunque aquí no se lo expresa en esas palabras, según Mateo 26:28, Jesús dijo también: Esto es mi sangre, para referirse a la copa. A lo largo de la historia del cristianismo han existido básicamente tres interpretaciones de estas frases.

La primera, conocida como transubstanciación, según la cual, de una forma misteriosa, el pan se convierte en el cuerpo del Señor Jesucristo y la copa, o mejor dicho el contenido de la copa, se convierte en la sangre del Señor Jesucristo el momento que un sacerdote celebra la cena del Señor. La segunda, conocida como consubstanciación, según la cual aunque el pan y el contenido de la copa permanecen esencialmente sin cambio, sin embargo, de una manera misteriosa, incapaz de ser comprendida por la mente humana, el cuerpo y la sangre de Cristo están en, con y bajo esos elementos. La tercera, conocida como memorial, considera que el pan y el contenido de la copa son solamente símbolos para hacer memoria del cuerpo y la sangre del Señor Jesucristo. El pan simboliza el cuerpo del Señor Jesucristo, que fue molido por nuestros pecados en la cruz del Calvario. El vino, o para hacerlo más general, el contenido de la copa, simboliza la sangre que derramó el Señor Jesucristo en la cruz del Calvario. Nosotros no estamos de acuerdo ni con la transubstanciación ni con la consubstanciación, porque un análisis de los hechos relativos a la cena del Señor, nos lleva a concluir que los elementos que se utilizan, el pan y la copa son solamente símbolos del cuerpo y la sangre del Señor Jesucristo.

Cuando insistimos en interpretar literalmente las frases esto es mi cuerpo y esto es mi sangre, se presentan muchas dificultades. Nuestro Señor estaba presente en el aposento alto cuando tomó el pan en sus manos y dijo: Esto es mi cuerpo. No dijo: Esto se ha convertido o se convertirá en mi cuerpo, sino simple y llanamente: Esto es mi cuerpo. ¿Cómo podía ser parte de su cuerpo algo que tenía entre sus manos? ¿Cómo podía ser literalmente su sangre lo que contenía la copa si él todavía no la había derramado en la cruz? Lo que pasa es que Jesús estaba hablando en términos simbólicos. Se trataba en realidad de una metáfora. Jesús usaba muchas metáforas en su comunicación con la gente. Jesús dijo por ejemplo: Yo soy la puerta. ¿Será que él es una puerta de madera o de hierro o de tela, o de cualquier cosa? Por supuesto que no. Él es la puerta en el sentido que es la única forma de entrar al reino de Dios. Entonces cuando él dijo que él es la puerta, estaba usando un lenguaje metafórico. Igual es cuando tomando el pan dijo: Esto es mi cuerpo y tomando la copa dijo: Esto es mi sangre. El pan y la copa son solamente símbolos del cuerpo y la sangre del Señor Jesucristo. Una ilustración muy apropiada de esto, es cuando alguien nos muestra una fotografía de algún ser querido y nos dice, por ejemplo: Esta es mi madre.

Al oír algo así, sabemos que no se refiere a la fotografía sino a la imagen allí representada. Si alguien nos muestra un mapa y nos dice, por ejemplo: Esto es Colombia, sabemos que Colombia no es un trozo de papel, lo que entendemos es que Colombia tiene la forma y las proporciones allí representadas. No es necesario que la persona que nos muestre la fotografía diga: Esto representa a mi madre. Es completamente natural que diga: Esta es mi madre. Tampoco creemos que la fotografía se ha convertido en la madre, como afirmarían los que sostienen la transubstanciación al pensar que el pan y la copa se convierten en el cuerpo y la sangre del Señor, o que la madre está en o con o bajo esa fotografía, como pensarían los que sostienen la consubstanciación al pensar que en, con o bajo el pan y la copa está el cuerpo y la sangre del Señor, mas bien discernimos que se está usando un medio muy útil para ayudarnos a conocer a una persona que está ausente. Más adelante en la conversación podremos llegar a saber en dónde vive la madre o si ya ha muerto y está en el cielo con su Señor. De la misma manera, cuando tomamos el pan y la copa en la Cena del Señor, pensamos en el Señor y vienen a nuestra memoria muchos detalles de su vida, pasión, muerte y resurrección, así como el lugar que ahora ocupa en el cielo y su promesa de volver por los suyos, por eso sostenemos que la cena del Señor es un memorial para todos los que somos redimidos por el sacrificio de Cristo. Así que, durante la cena del Señor, el pan sigue siendo pan y la copa sigue siendo lo que contiene, para algunos vino, para otros, jugo de uva. No existe ningún cambio. El pan y el contenido de la copa son solamente símbolos, muy adecuados por cierto, del cuerpo y la sangre del Señor Jesucristo. Esto nos conduce a la segunda parte de su consulta. Si el pan y la copa en la Cena del Señor, son solamente símbolos, entonces ¿por qué el pasaje bíblico que fue leído dice que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor? Bueno, lo que Pablo está diciendo es que al participar de la cena del Señor debemos examinarnos a nosotros mismos y como resultado de ese auto examen debemos reconocer, confesar y apartarnos de cualquier pecado ya sea de acción o pensamiento.

El participar en la cena del Señor a sabiendas de la existencia de un pecado, es fallar en reconocer que los símbolos, el pan y la copa, representan el cuerpo de Cristo que fue inmolado y la sangre de Cristo que fue derramada para darnos victoria sobre el pecado. Cómo es posible estar haciendo memoria de este hecho y a la vez viviendo bajo el dominio de cualquier pecado. El contexto del pasaje bíblico parece apuntar a que los pecados más directamente condenados son aquellos contra el cuerpo de Cristo, contra la iglesia. No es posible que seamos tan negligentes en participar de los símbolos en la cena del Señor, a pesar de estar enemistados o en abierta pelea con alguien que también forma parte del cuerpo de Cristo. Una actitud así es severamente castigada por Dios, por eso el texto que leímos dice que entre los corintios había enfermos y debilitados y aun algunos estaban muriendo, todo como una medida de disciplina de parte de Dios por la hipocresía de hacer memoria del Señor y a la vez acariciar el pecado.

PABLO LOGACHO
LA BIBLIA DICE… es un ministerio sin fines de lucro dedicado a esparcir la palabra de Dios en el mundo de habla hispana. Si usted desea ayudarnos en este propósito, le invitamos a visitar nuestra página Web para informarse acerca de cómo hacerlo y además conozca la respuesta a la PREGUNTA DEL DIA. ¿Sabe Usted como elegir una buena iglesia local para congregarse? Tome nota de nuestra dirección en la Internet: triple w.labibliadice.org
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DIÁLOGOS, NO REZOS.

DIÁLOGOS, NO REZOS. 

Programa No. 2016-01-22
PABLO MARTINI
a1En algunas ocasiones te he hablado de dos palabras muy parecidas en su escritura y pronunciación pero muy diferentes en su significado, estas son “religión” y “relación”. Debemos entender que la religión es el esfuerzo del hombre, el evangelio es el esfuerzo de Dios. Siempre corremos el peligro que se apodere de nuestras vidas la religiosidad que tanto atrae a los seres humanos, ella nos ofrece una conciencia tranquila a cambio de unas prácticas que, en teoría, dejan contento a Dios. Pero la Biblia nos aclara que fuimos llamados a una relación intima y no a una religión fría. Así como no podemos cultivar una amistad o cualquier relación profunda con otra persona si la limitamos a unas cuantas prácticas acostumbradas, tampoco así como funciona con Dios. Las relaciones más profundas son producto del esfuerzo y el tiempo dedicado e invertido en dicha relación, donde no se pone en el corazón esa relación no perdura. Jesús fue muy cortante con los religiosos de su época. Él los denunció públicamente y los comparó con sepulcros blanqueados que, por afuera aparentaban vida, pero por adentro apestaban muerte.

Desde los anales de la historia humana el hombre siempre intentó llegar a Dios por medio de esfuerzos humanos. Quizás estés tú, ahora mismo, cansado de buscar la verdadera felicidad para tu vida, y posiblemente Dios permite que llegues a este punto de agotamiento para que de una buena vez dirijas tu mirada a Él, le digas que solo no puedes, descubras que el trayecto para acercarse a Dios ya lo cubrió Jesús al descender del cielo a la cruz y le invites a entrar en tu corazón y te prepares para comenzar una relación con el Autor de la vida. Dios busca el diálogo, no los rezos. Él se acuerda que somos polvo y por lo tanto débiles, nos entiende y se compadece de nuestras debilidades. Llegar a Dios por esfuerzos aunque sean religiosos es tan vano como pretender llegar a cruzar un río armando un puente de papel.

http://labibliadice.org/una-pausa-en-tu-vida/programa-no-2016-01-22-2/

 

El Salvador práctico

Enero 21

El Salvador práctico

Lectura bíblica: Marcos 6:1–6

No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, entre sus familiares y en su casa. Marcos 6:4

a1—Oye —dijo Daniel sacudiendo una llave inglesa en la cara de Alejandro—, no me vengas a decir que un tipo que vivió hace dos mil años, que pasó el tiempo andando por todas partes contando cuentos y vestido de una túnica blanca, puede importarme a mí hoy día.
Hizo un gesto con el brazo, señalando el taller mecánico y los autos que tenía para arreglar.
—No tengo tiempo para charlar de Jesús —continuó—. Me parece que Jesús está bien para las mujeres y los chicos a quienes les gustan los cuentos, y hasta es posible que se beneficien por ellos. Pero, ¿yo? No lo creo. Jesús no tiene nada que ver con alguien como yo, que tiene un taller mecánico lleno de autos descompuestos para componer.

Daniel expresa lo que algunos opinan de Jesús, especialmente los que creen que son muy hombres. Creen que Jesús es como una sonriente estatuilla plástica colocada en el tablero del auto, vestida con una túnica y con un aura brillante colgando sobre su cabeza que se mece de arriba para abajo. “Jesús no beneficia a gente como yo”, dicen.

Creen que Jesús tiene tanto que ver con la vida real como esa estatuilla en el tablero del auto.
Eso es un mito.

Jesús era así: Era un hombre trabajador. Podemos imaginarlo en la carpintería con salida a una calle polvorienta en Israel, con un letrero sobre la puerta que dice: “Jesús, hijo de José, carpintero”. Imagínatelo inclinándose sobre un tablón de cedro sujetado al banco frente a él. Usa un delantal de cuero. El sudor cae por su rostro. Usa un cuchillo, luego un mazo. La carpintería está llena de la fragancia de la madera de cedro o ciprés recién cortada y de las virutas que cubren el suelo.

Jesús de Nazaret trabajó como carpintero durante 18 años o más, fortaleciendo los músculos de sus brazos y endureciendo la piel de sus manos. Encaró las tensiones de un negocio. Sabía de las presiones familiares. Muchos estudiosos creen que José murió. Puede que los hermanos y las hermanas menores de Jesús pasaron a estar bajo su responsabilidad. Es indudable que sabía lo difícil que era comprar ropa para los chicos y tratar de negociar un precio más conveniente con los mercaderes.

El mundo en que vivía Jesús —tal como el nuestro— era oloroso y sucio. Y cuando se acabó su vida, sufrió una muerte sucia, sudorosa y sangrienta. Pero porque Jesús experimentó las cosas prácticas de la vida, él conoce las cosas que nosotros experimentamos en la vida. Él conoce nuestras luchas con la vida, porque también tuvo que encararlas.

Jesús es nuestro Salvador en la vida real. No es un santo de plástico.

PARA DIALOGAR
¿Qué cosas de la vida creen algunos que Jesús no podría entender? ¿Cómo sabes que él se puede identificar contigo?

PARA ORAR
Señor Jesús, gracias porque comprendes las cosas más difíciles de nuestra vida.

PARA HACER
Explica a un amigo cómo pueden estar seguros de que Jesús no era un debilucho.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

La persecución en el siglo tercero 10

La persecución en el siglo tercero 10

La presente confesión de fe ante las autoridades ha sido tanto más ilustre y honrosa por cuanto el sufrimiento fue mayor. La lucha arreció, y se acrecentó la gloria de los que luchaban.

Cipriano de Cartago

Hacia fines del siglo segundo, la iglesia había gozado de un período de relativa paz. El Imperio, envuelto en guerras civiles al mismo tiempo que trataba de defender sus fronteras frente al empuje de los pueblos germánicos, no les había prestado demasiada atención a los cristianos.

Además, todavía seguía en vigor el viejo principio promulgado por Trajano, en el sentido de que los cristianos debían ser castigados si se les delataba y se negaban a ofrecerles sacrificio a los dioses, pero que no debía buscárseles activamente.

En el siglo tercero, sin embargo, la situación cambió. A través de todo el siglo continuó vigente la legislación de Trajano, y por tanto de vez en cuando, en uno u otro lugar, hubo martirios más o menos aislados. Pero además de esto hubo dos políticas nuevas, una promulgada por Septimio Severo y otra por Decio, que afectaron profundamente la vida de la iglesia.

La persecución bajo Septimio Severo

A principios del siglo tercero, reinaba en Roma el emperador, quien había logrado consolidar su poder y poner así fin a un período de luchas internas que habían debilitado al Imperio. Empero gobernar en tales circunstancias no era tarea fácil. La amenaza de los pueblos “bárbaros” allende el Danubio y el Rin era constante. Dentro del Imperio había grupos disidentes, y existía siempre el peligro de que alguna legión se rebelara y nombrara su propio emperador, iniciando así una nueva guerra civil. En medio de tal situación, Septimio Severo decidió seguir una política religiosa de carácter sincretista. Su propósito era unir a todos sus súbditos bajo el culto al Sol invicto, en el cual se fundirían todas las religiones de la época, así como las enseñanzas de diversos filósofos.

Pero tal política confligía con la obstinación de los dos grupos religiosos que se negaban doblegarse ante el sincretismo: los judíos y los cristianos. Por ello, Septimio Severo se propuso detener el avance de estas dos religiones, y con ese propósito prohibió, bajo pena de muerte, toda conversión al judaísmo o al cristianismo. Al mismo tiempo, la antigua legislación seguía vigente, de modo que a los cristianos que fueran acusados y que se negaran a ofrecerles sacrificio a los dioses se les condenaría también.

El resultado de todo esto fue un recrudecimiento de la persecución al estilo del siglo anterior, y a la vez una persecución más intensa dirigida contra los nuevos conversos y sus maestros. Por lo tanto, el año 202, fecha del edicto de Septimio Severo, marca un nuevo hito en la historia de las persecuciones. Según una tradición, fue en ese año que Ireneo sufrió el martirio. También hemos señalado anteriormente que el padre de Orígenes, Leónidas, se contaba entre un grupo de mártires alejandrinos de la misma fecha. Puesto que el peligro era mayor para los maestros del cristianismo, y puesto que Clemente llevaba unos veinte años enseñando en Alejandría, y se había hecho famoso, Clemente tuvo que huir y refugiarse en la región de Capadocia, donde era menos conocido.

El más famoso de los martirios de esa época es el de Perpetua y Felicidad, que tuvo lugar alrededor del año 203. Es posible que Perpetua y sus compañeros hayan sido montanistas, y que el autor que nos ha dejado el testimonio de su martirio haya sido Tertuliano. Pero en todo caso lo que más nos interesa aquí es el hecho de que los mártires son cinco catecúmenos, es decir, cinco personas que se preparaban para recibir el bautismo. Esto concuerda con lo que hemos dicho más arriba acerca del edicto de Septimio Severo. El crimen de que se acusaba a estos cinco jóvenes, varios de ellos adolescentes, no era sólo el hecho de ser cristianos, sino también el hecho de haberse convertido recientemente, desobedeciendo así el decreto imperial.

La heroína del Martirio de santas Perpetua y Felicidad es Perpetua, una mujer joven de buena posición social que amamantaba aún a su hijo recién nacido. La acompañaban los esclavos Felicidad y Revocato, y otros dos jóvenes acerca de cuyo trasfondo no se nos informa, y cuyos nombres eran Saturnino y Secúndulo. Buena parte del Martirio está puesta en labios de Perpetua, y es muy posible que reproduzca sus propias palabras.

En todo caso, cuando Perpetua y sus compañeros fueron arrestados y el padre de Perpetua trató de convencerla de que abandonara su fe y salvara así su vida, ella le respondió que, de igual modo que cada cosa tiene su nombre y es inútil tratar de cambiárselo, ella tenía el nombre de cristiana, y no podía cambiárselo. El proceso de Perpetua y sus compañeros fue largo, al parecer porque las autoridades querían hacer todo lo posible por incitarles a abandonar su fe. Felicidad, que estaba encinta cuando fue arrestada, temía que por razón de su embarazo le perdonaran la vida, o al menos pospusieran su martirio, y que no podría entonces sufrir juntamente con sus compañeros. Pero, según el Martirio, sus oraciones fueron contestadas, y al octavo mes de embarazo dio a luz una niña, que inmediatamente fue adoptada por otra hermana en la fe. Cuando la veían quejarse de los dolores del parto, sus carceleros le preguntaban cómo esperaba tener el valor necesario para enfrentarse a las fieras. La respuesta de Felicidad es característica del modo en que muchos de aquellos cristianos de los primeros siglos se enfrentaban al martirio:

Ahora mis sufrimientos son sólo míos. Mas cuando tenga que enfrentarme a las bestias habrá otro que vivirá en mí, y sufrirá por mí, puesto que yo estaré sufriendo por él.

Los mártires varones fueron por fin lanzados a las fieras, y Saturnino y Revocato murieron rápidamente, pero a Secúndulo ninguna fiera quiso atacarle. El jabalí que le soltaron, en lugar de atacarle a él, hirió de muerte a uno de los soldados. Cuando le ataron para que un oso le atacara, el oso se negó a salir de su escondite. Por fin, el propio Secúndulo le anunció a su carcelero que un leopardo le mataría de una sola dentellada, y así fue.

En cuanto a Perpetua y Felicidad, les anunciaron que les tenían preparada una vaca furiosa para que las corneara. Cuando Perpetua fue corneada y lanzada en alto, sencillamente se ciñó mas estrechamente su vestido deshecho sobre sus carnes expuestas, y pidió que le permitieran recoger su cabellera, porque la cabellera suelta como se la habían dejado era señal de duelo, y para ella éste era un momento feliz. Luego fue a donde yacía Felicidad, también herida por la vaca, levantó a su compañera, y preguntó en voz alta que sorprendió a todos: “¿Dónde está la famosa vaca?” Por fin, desgarradas y sangrantes, las mártires se reunieron en el centro del anfiteatro, donde se despidieron con el ósculo de paz y se dispusieron a morir a espada. Cuando le tocó el turno a Perpetua, su verdugo temblaba y no acertaba a herirle de muerte, y ella le tomó la mano y se la dirigió para que la hiriera en la garganta. Al llegar a este punto, el Martirio comenta: “Quizá el demonio la temía tanto, que no se atrevía a matarla sin que ella lo quisiera.” Poco después, por razones que no están del todo claras, la persecución amainó. Siempre siguió habiendo algunos mártires en diversas partes del Imperio, pero no en la medida en que los hubo en los años 202 y 203. El emperador Caracalla, que sucedió a Septimio Severo en el año 211, trató de ganarse el apoyo de la población extendiendo la ciudadanía romana a todos sus súbditos libres —los que no eran esclavos—. Como parte de su política de congraciarse con el pueblo, revivió la persecución pero sólo por breve tiempo y mayormente en el norte de Africa.

Sus sucesores Eliogábalo (218–222) y Alejandro Severo (222–235) siguieron una política sincretista semejante a la de Septimio Severo; pero, a diferencia de este último, no trataron de obligar a judíos y cristianos a seguir ese sincretismo. Se cuenta que Alejandro Severo tenía en su altar imágenes de Cristo y Abraham, además de varios dioses. Su madre, Julia Mamea, fue a escuchar las enseñanzas de Orígenes.

Por un breve período, bajo el gobierno de Máximo, se desató la persecución en Roma, y tanto el obispo Ponciano como su rival Hipólito fueron exiliados y enviados a trabajar en las minas. Pero pronto esa breve persecución pasó, y la iglesia gozó de relativa paz. De hecho, del emperador Felipe el Arabe, que reinó del año 244 al 249, llegaron a circular rumores en el sentido de que era cristiano.

En resumen, durante casi medio siglo las persecuciones cesaron casi por completo, al tiempo que el número de conversos al cristianismo crecía sorprendentemente. Para esta nueva generación de cristianos, la mayoría de los mártires eran personas que habían vivido en una edad pasada, y a quienes se les debía gran veneración, pero cuya situación difícilmente se repetiría. Cada día había más cristianos entre las clases pudientes del Imperio, y ya eran pocos los que creían las viejas fábulas acerca de los crímenes indecibles de los cristianos. La persecución había venido a ser una memoria del pasado, a la vez amarga y dolorosa. Entonces se desató la tormenta.

La persecución bajo Decio

En el año 249 Decio se ciñó la púrpura imperial. Aun cuando los historiadores cristianos le han caracterizado como un personaje cruel, Decio era sencillamente un romano de corte antiguo, y un hombre dispuesto a restaurar la vieja gloria de Roma. Por diversas razones, esa gloria parecía estar perdiendo su lustre. Los bárbaros allende las fronteras se mostraban cada vez más inquietos y más atrevidos en sus incursiones dentro de los dominios del Imperio. La economía del Imperio se encontraba en crisis. Y las viejas tradiciones caían cada vez en mayor desuso.

Para un romano tradicional, resultaba claro que una de las razones por las que todo esto sucedía era que el pueblo había abandonado el culto de sus dioses. Cuando todos adoraban a los dioses, las cosas parecían marchar mucho mejor, y la gloria y el poderío de Roma eran cada vez mayores. En consecuencia, cabría pensar que lo que estaba sucediendo era que, puesto que Roma les estaba retirando su culto, los dioses a su vez le estaban retirando su favor al viejo Imperio. En ese caso, una de las medidas que se imponían en el intento de restaurar la vieja gloria de Roma era la restauración de los viejos cultos. Si todos los súbditos del Imperio volvían a adorar a los dioses, posiblemente los dioses volverían a favorecer al Imperio.

Esta fue la principal razón de la política religiosa de Decio. No se trataba ya de los viejos rumores acerca de las prácticas nefandas de los cristianos, ni de la necesidad de castigar su obstinación, sino que se trataba mas bien de una campaña religiosa que buscaba la restauración de los viejos cultos. En último análisis, lo que estaba en juego era la supervivencia de la vieja Roma de los Césares, con sus glorias y sus dioses. Todo lo que se opusiera a esto sería visto como falta de patriotismo y alta traición.

Dada la razón de la política de Decio, la persecución que este emperador desató tuvo características muy distintas de las anteriores. El propósito del emperador no era crear mártires, sino apóstatas. Casi cincuenta años antes, Tertuliano había dicho que la sangre de los mártires era semilla, pues mientras más se le derramaba más cristianos había. Las muertes ejemplares de los mártires de los primeros años no podían sino conmover a quienes las presenciaban, y por tanto a la larga favorecían la diseminación del cristianismo. Si, por otra parte, se lograba que algún cristiano, ante la amenaza de muerte o el dolor de la tortura, renunciase de su fe, ello constituiría una victoria en la política imperial de restaurar el paganismo.

Aunque el edicto de Decio que inició la persecución no se ha conservado, resulta claro que lo que Decio ordenó no fue que se destruyera a los cristianos, sino que era necesario volver al culto de los viejos dioses. Por mandato imperial, todos tenían que sacrificar ante los dioses y quemar incienso ante la estatua del emperador. Quienes así lo hicieran, obtendrían un certificado como prueba de ello. Y quienes carecieran de tal certificado serían tratados como criminales que habían desobedecido el mandato imperial.

Como era de suponerse, este mandato imperial tomó a los cristianos por sorpresa. Las generaciones que se habían formado bajo el peligro constante de la persecución habían pasado, y las nuevas generaciones no estaban listas a enfrentarse al martirio. Algunos corrieron a obedecer el edicto imperial tan pronto como supieron de él. Otros permanecieron firmes por algún tiempo, pero cuando fueron llevados ante los tribunales ofrecieron sacrificio ante los dioses. Otros, quizá más astutos, se valieron de artimañas y del poder del oro para obtener certificados falsos sin haber sacrificado nada. Otros, en fin, permanecieron firmes, y se dispusieron a afrontar las torturas más crueles que sus verdugos pudieran imponerles.

Puesto que el propósito de Decio era obligar a las gentes a sacrificar, fueron relativamente pocos los que murieron durante esta persecución. Lo que se hacía era más bien detener a los cristianos y, mediante una combinación de promesas, amenazas y torturas, hacer todo lo posible para obligarles a abjurar de su fe. Fue bajo tales circunstancias que Orígenes sufrió las torturas que hemos mencionado en el capítulo anterior, y que a la postre causaron su muerte. Y el caso de Orígenes se repitió centenares de veces en todas partes del Imperio. Ya no se trataba de una persecución esporádica y local, sino más bien sistemática y universal, como lo muestra el hecho de que se han conservado certificados comprobando sacrificios ofrecidos en los lugares más recónditos del Imperio.

Todo esto dio origen a una nueva dignidad en la iglesia, la de los “confesores”. Hasta entonces, quienes eran llevados ante los tribunales y permanecían firmes en su fe terminaban su vida en el martirio. Los que sacrificaban ante los dioses eran apóstatas. Pero ahora, con la nueva situación creada por el edicto de Decio, apareció un grupo de aquellos que permanecían firmes en la fe, pero cuya firmeza no llevaba a la corona del martirio. A estas personas que habían confesado la fe en medio de las torturas se les dio el titulo de “confesores”.

La persecución de Decio no duró mucho. En el año 251 Galo sucedió a Decio, y la persecución disminuyó. Seis años más tarde, bajo Valeriano, antiguo compañero de Decio, hubo una nueva persecución. Pero cuando en el año 260 los persas hicieron prisionero a Valeriano, la iglesia gozó de nuevo de una paz que duró mas de cuarenta años.

A pesar de su breve duración, la persecución de Decio fue una dura prueba para la iglesia. Esto se debió, no sólo al hecho mismo de la persecución, sino también a las nuevas cuestiones a que los cristianos tuvieron que enfrentarse después de la persecución.

En una palabra, el problema que la iglesia confrontó era la cuestión de qué hacer con los “caídos”, con los que de un modo u otro habían sucumbido ante los embates de la persecución. El problema se agravaba por varias razones. Una de ellas era que no todos habían caído de igual modo o en igual grado. Difícilmente podría equipararse el caso de quienes habían corrido a sacrificar ante los dioses tan pronto como habían oído acerca del edicto imperial con el de los que se habían valido de diversos medios para procurarse certificados, pero nunca habían sacrificado. Había otros que, tras un momento de debilidad en el cual se habían rendido ante las amenazas de las autoridades, querían volver a unirse a la iglesia mientras duraba todavía la persecución, sabiendo que ello probablemente les costaría la libertad y quizá la vida.

Dado el gran prestigio de los confesores, algunos pensaban que eran ellos quienes tenían la autoridad necesaria para restaurar a los caídos a la comunión de la iglesia. Algunos confesores, particularmente en el norte de Africa, reclamaron esa autoridad, y comenzaron a desempeñarla. A esto se oponían muchos de los obispos, para quienes era necesario que el proceso de restauración de los caídos se hiciera con orden y uniformidad, y quienes por tanto insistían en que sólo la jerarquía de la iglesia tenía autoridad para regular esa restauración. Por último, había quienes pensaban que toda la iglesia estaba cayendo en una laxitud excesiva, y que se debía tratar a los caídos con mucho mayor rigor.

La cuestión de los caídos: Cipriano y Novaciano

En el debate que surgió en torno de esta cuestión, dos personajes se distinguen por encima de los demás: Cipriano de Cartago y Novaciano de Roma.

Cipriano se había convertido cuando tenía unos cuarenta años de edad, y poco tiempo después había sido electo obispo de Cartago. Su teólogo favorito era Tertuliano, a quien llamaba “el maestro”. Al igual que Tertuliano, Cipriano era ducho en retórica, y sabía exponer sus argumentos de forma aplastante. Sus escritos, muchos de los cuales se conservan hasta el día de hoy, son preciosas joyas de la literatura cristiana del siglo tercero.

Cipriano había sido hecho obispo muy poco tiempo antes de estallar la persecución, y cuando ésta llegó a Cartago, Cipriano pensó que su deber era huir a un lugar seguro, con algunos otros dirigentes de la iglesia, y desde allí seguir pastoreando a su grey mediante una correspondencia nutrida. Como era de suponerse, muchos vieron en esta decisión un acto de cobardía. El clero de Roma, por ejemplo, que acababa de perder a su obispo en la persecución, le escribió pidiéndole cuentas de su actitud. Cipriano insistió en que su exilio era la decisión más sabia para el bien de su grey, y que era por esa razón que había decidido huir, y no por cobardía. De hecho, su valor y convicción quedaron probados pocos años más tarde, cuando Cipriano ofreció su vida como mártir. Pero por lo pronto su propia autoridad quedaba puesta en duda, pues los confesores, que habían sufrido por su fe, parecían tener más autoridad que él.

Algunos de los confesores deseaban que los caídos que querían volver a la iglesia fueran admitidos inmediatamente, sólo a base de su arrepentimiento. Pronto varios presbíteros que habían tenido otros conflictos con Cipriano se unieron a los confesores, y se produjo un cisma que dividió a la iglesia de Cartago y de toda la región circundante.

Cipriano entonces convocó a un sínodo —es decir, una asamblea de los obispos de la región— que decidió que quienes habían comprado u obtenido certificados sin haber sacrificado podían ser admitidos a la comunión inmediatamente si mostraban arrepentimiento. Los que habían sacrificado no serían admitidos sino en su lecho de muerte, o cuando una nueva persecución les diera oportunidad de mostrar la sinceridad de su arrepentimiento. Los que habían sacrificado y no se arrepentían, no serían admitidos jamás, ni siquiera en su lecho de muerte. Por último, los miembros del clero que habían sacrificado serían depuestos inmediatamente. Con estas decisiones terminó la controversia, aunque el cisma continuó por algún tiempo. La principal razón por la que Cipriano insistía en la necesidad de regular la admisión de los caídos a la comunión de la iglesia era su propio concepto de la iglesia. La iglesia es el cuerpo de Cristo, que ha de participar de la victoria de su Cabeza. Por ello, “fuera de la iglesia no hay salvación”, y “nadie que no tenga a la iglesia por madre puede tener a Dios por padre”. En su caso, esto no quería decir que hubiera que estar de acuerdo en todo con la jerarquía de la iglesia —Cipriano mismo tuvo sus disputas con la jerarquía de la iglesia de Roma— pero sí implicaba que la unidad de la iglesia era de suma importancia. Puesto que las acciones de los confesores amenazaban con quebrantar esa unidad, Cipriano se sentía obligado a rechazar esas acciones e insistir en que fuera un sínodo el que decidiera lo que habría de hacerse con los caídos.

Además, no hemos de olvidar que Cipriano era fiel admirador de Tertuliano, cuyas obras estudiaba con asiduidad. El espíritu rigorista de Tertuliano se hacía sentir en Cipriano y en su insistencia en que los caídos no fueran admitidos de nuevo a la comunión de la iglesia con demasiada facilidad. La iglesia debía ser una comunidad de santos, y los idólatras y apóstatas no tenían lugar en ella.

Mucho más rigorista que Cipriano era Novaciano, quien en Roma se oponía a la facilidad con que el obispo Cornelio admitía de nuevo a la comunión a los que habían caído. Años antes, había habido un conflicto semejante en la misma ciudad de Roma, cuando Hipólito —a quien hemos de referirnos en el próximo capítulo como exponente del culto cristiano— rompió con el obispo Calixto porque éste estaba dispuesto a perdonar a los que habían fornicado y regresaban arrepentidos. En aquella ocasión, el resultado fue un cisma, de modo que llegó a haber dos obispos rivales en Roma.

También ahora, en el caso de Novaciano, se produjo otro cisma, pues Novaciano insistía en que la iglesia debía ser pura, y las acciones de Cornelio al admitir a los caídos la mancillaban. El cisma de Hipólito no había durado mucho; pero el de Novaciano perduraría por varias generaciones. La importancia de todo esto es que muestra cómo la cuestión de la restauración de los caídos fue una de las preocupaciones principales de la iglesia occidental —es decir, de la iglesia en la parte del Imperio que hablaba el latín— desde fecha muy temprana. La cuestión de qué debía hacerse con los que pecaban después de su bautismo dividió a la iglesia occidental en repetidas ocasiones. De esa preocupación surgió todo el sistema penitencial de la iglesia. Y a la larga la Reforma Protestante fue en su esencia una protesta contra ese sistema. Todo esto, empero, pertenece a otros lugares en esta historia.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 103–110). Miami, FL: Editorial Unilit.

Jetro visita a Moisés

Éxodo 18-20

Jetro visita a Moisés

18:1  Oyó Jetro sacerdote de Madián, suegro de Moisés, todas las cosas que Dios había hecho con Moisés, y con Israel su pueblo, y cómo Jehová había sacado a Israel de Egipto.

Y tomó Jetro suegro de Moisés a Séfora la mujer de Moisés, después que él la envió,

y a sus dos hijos; el uno se llamaba Gersón, porque dijo: Forastero[a] he sido en tierra ajena;

y el otro se llamaba Eliezer,[b] porque dijo: El Dios de mi padre me ayudó, y me libró de la espada de Faraón.

Y Jetro el suegro de Moisés, con los hijos y la mujer de éste, vino a Moisés en el desierto, donde estaba acampado junto al monte de Dios;

y dijo a Moisés: Yo tu suegro Jetro vengo a ti, con tu mujer, y sus dos hijos con ella.

Y Moisés salió a recibir a su suegro, y se inclinó, y lo besó; y se preguntaron el uno al otro cómo estaban, y vinieron a la tienda.

Y Moisés contó a su suegro todas las cosas que Jehová había hecho a Faraón y a los egipcios por amor de Israel, y todo el trabajo que habían pasado en el camino, y cómo los había librado Jehová.

Y se alegró Jetro de todo el bien que Jehová había hecho a Israel, al haberlo librado de mano de los egipcios.

10 Y Jetro dijo: Bendito sea Jehová, que os libró de mano de los egipcios, y de la mano de Faraón, y que libró al pueblo de la mano de los egipcios.

11 Ahora conozco que Jehová es más grande que todos los dioses; porque en lo que se ensoberbecieron prevaleció contra ellos.

12 Y tomó Jetro, suegro de Moisés, holocaustos y sacrificios para Dios; y vino Aarón y todos los ancianos de Israel para comer con el suegro de Moisés delante de Dios.

Nombramiento de jueces

(Dt. 1.9-18)

13 Aconteció que al día siguiente se sentó Moisés a juzgar al pueblo; y el pueblo estuvo delante de Moisés desde la mañana hasta la tarde.

14 Viendo el suegro de Moisés todo lo que él hacía con el pueblo, dijo: ¿Qué es esto que haces tú con el pueblo? ¿Por qué te sientas tú solo, y todo el pueblo está delante de ti desde la mañana hasta la tarde?

15 Y Moisés respondió a su suegro: Porque el pueblo viene a mí para consultar a Dios.

16 Cuando tienen asuntos, vienen a mí; y yo juzgo entre el uno y el otro, y declaro las ordenanzas de Dios y sus leyes.

17 Entonces el suegro de Moisés le dijo: No está bien lo que haces.

18 Desfallecerás del todo, tú, y también este pueblo que está contigo; porque el trabajo es demasiado pesado para ti; no podrás hacerlo tú solo.

19 Oye ahora mi voz; yo te aconsejaré, y Dios estará contigo. Está tú por el pueblo delante de Dios, y somete tú los asuntos a Dios.

20 Y enseña a ellos las ordenanzas y las leyes, y muéstrales el camino por donde deben andar, y lo que han de hacer.

21 Además escoge tú de entre todo el pueblo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia; y ponlos sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuenta y de diez.

22 Ellos juzgarán al pueblo en todo tiempo; y todo asunto grave lo traerán a ti, y ellos juzgarán todo asunto pequeño. Así aliviarás la carga de sobre ti, y la llevarán ellos contigo.

23 Si esto hicieres, y Dios te lo mandare, tú podrás sostenerte, y también todo este pueblo irá en paz a su lugar.

24 Y oyó Moisés la voz de su suegro, e hizo todo lo que dijo.

25 Escogió Moisés varones de virtud de entre todo Israel, y los puso por jefes sobre el pueblo, sobre mil, sobre ciento, sobre cincuenta, y sobre diez.

26 Y juzgaban al pueblo en todo tiempo; el asunto difícil lo traían a Moisés, y ellos juzgaban todo asunto pequeño.

27 Y despidió Moisés a su suegro, y éste se fue a su tierra.

Israel en Sinaí

19:1  En el mes tercero de la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, en el mismo día llegaron al desierto de Sinaí.

Habían salido de Refidim, y llegaron al desierto de Sinaí, y acamparon en el desierto; y acampó allí Israel delante del monte.

Y Moisés subió a Dios; y Jehová lo llamó desde el monte, diciendo: Así dirás a la casa de Jacob, y anunciarás a los hijos de Israel:

Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí.

Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra.

Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel.

Entonces vino Moisés, y llamó a los ancianos del pueblo, y expuso en presencia de ellos todas estas palabras que Jehová le había mandado.

Y todo el pueblo respondió a una, y dijeron: Todo lo que Jehová ha dicho, haremos. Y Moisés refirió a Jehová las palabras del pueblo.

Entonces Jehová dijo a Moisés: He aquí, yo vengo a ti en una nube espesa, para que el pueblo oiga mientras yo hablo contigo, y también para que te crean para siempre.

Y Moisés refirió las palabras del pueblo a Jehová.

10 Y Jehová dijo a Moisés: Ve al pueblo, y santifícalos hoy y mañana; y laven sus vestidos,

11 y estén preparados para el día tercero, porque al tercer día Jehová descenderá a ojos de todo el pueblo sobre el monte de Sinaí.

12 Y señalarás término al pueblo en derredor, diciendo: Guardaos, no subáis al monte, ni toquéis sus límites; cualquiera que tocare el monte, de seguro morirá.

13 No lo tocará mano, porque será apedreado o asaeteado; sea animal o sea hombre, no vivirá. Cuando suene largamente la bocina, subirán al monte.

14 Y descendió Moisés del monte al pueblo, y santificó al pueblo; y lavaron sus vestidos.

15 Y dijo al pueblo: Estad preparados para el tercer día; no toquéis mujer.

16 Aconteció que al tercer día, cuando vino la mañana, vinieron truenos y relámpagos, y espesa nube sobre el monte, y sonido de bocina muy fuerte; y se estremeció todo el pueblo que estaba en el campamento.

17 Y Moisés sacó del campamento al pueblo para recibir a Dios; y se detuvieron al pie del monte.

18 Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera.

19 El sonido de la bocina iba aumentando en extremo; Moisés hablaba, y Dios le respondía con voz tronante.

20 Y descendió Jehová sobre el monte Sinaí, sobre la cumbre del monte; y llamó Jehová a Moisés a la cumbre del monte, y Moisés subió.

21 Y Jehová dijo a Moisés: Desciende, ordena al pueblo que no traspase los límites para ver a Jehová, porque caerá multitud de ellos.

22 Y también que se santifiquen los sacerdotes que se acercan a Jehová, para que Jehová no haga en ellos estrago.

23 Moisés dijo a Jehová: El pueblo no podrá subir al monte Sinaí, porque tú nos has mandado diciendo: Señala límites al monte, y santifícalo.

24 Y Jehová le dijo: Ve, desciende, y subirás tú, y Aarón contigo; mas los sacerdotes y el pueblo no traspasen el límite para subir a Jehová, no sea que haga en ellos estrago.

25 Entonces Moisés descendió y se lo dijo al pueblo.

Los Diez Mandamientos

(Dt. 5.1-21)

20:1  Y habló Dios todas estas palabras, diciendo:

Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre.

No tendrás dioses ajenos delante de mí.

No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra.

No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen,

y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.

No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano.

Acuérdate del día de reposo[c] para santificarlo.

Seis días trabajarás, y harás toda tu obra;

10 mas el séptimo día es reposo[d] para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas.

11 Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo[e] y lo santificó.

12 Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.

13 No matarás.

14 No cometerás adulterio.

15 No hurtarás.

16 No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.

17 No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.

El terror del pueblo

(Dt. 5.22-33)

18 Todo el pueblo observaba el estruendo y los relámpagos, y el sonido de la bocina, y el monte que humeaba; y viéndolo el pueblo, temblaron, y se pusieron de lejos.

19 Y dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos.

20 Y Moisés respondió al pueblo: No temáis; porque para probaros vino Dios, y para que su temor esté delante de vosotros, para que no pequéis.

21 Entonces el pueblo estuvo a lo lejos, y Moisés se acercó a la oscuridad en la cual estaba Dios.

22 Y Jehová dijo a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: Vosotros habéis visto que he hablado desde el cielo con vosotros.

23 No hagáis conmigo dioses de plata, ni dioses de oro os haréis.

24 Altar de tierra harás para mí, y sacrificarás sobre él tus holocaustos y tus ofrendas de paz, tus ovejas y tus vacas; en todo lugar donde yo hiciere que esté la memoria de mi nombre, vendré a ti y te bendeciré.

25 Y si me hicieres altar de piedras, no las labres de cantería; porque si alzares herramienta sobre él, lo profanarás.

26 No subirás por gradas a mi altar, para que tu desnudez no se descubra junto a él.

Footnotes:

  1. Éxodo 18:3 Heb. ger.
  2. Éxodo 18:4 Heb. Eli, mi Dios; ezer, ayuda.
  3. Éxodo 20:8 Aquí equivale a sábado.
  4. Éxodo 20:10 Aquí equivale a sábado.
  5. Éxodo 20:11 Aquí equivale a sábado.
Reina-Valera 1960 (RVR1960)Copyright © 1960 by American Bible Society

El Salvador práctico

Enero 21

El Salvador práctico

Lectura bíblica: Marcos 6:1–6

No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, entre sus familiares y en su casa. Marcos 6:4

a1—Oye —dijo Daniel sacudiendo una llave inglesa en la cara de Alejandro—, no me vengas a decir que un tipo que vivió hace dos mil años, que pasó el tiempo andando por todas partes contando cuentos y vestido de una túnica blanca, puede importarme a mí hoy día.

Hizo un gesto con el brazo, señalando el taller mecánico y los autos que tenía para arreglar.

—No tengo tiempo para charlar de Jesús —continuó—. Me parece que Jesús está bien para las mujeres y los chicos a quienes les gustan los cuentos, y hasta es posible que se beneficien por ellos. Pero, ¿yo? No lo creo. Jesús no tiene nada que ver con alguien como yo, que tiene un taller mecánico lleno de autos descompuestos para componer.
Daniel expresa lo que algunos opinan de Jesús, especialmente los que creen que son muy hombres. Creen que Jesús es como una sonriente estatuilla plástica colocada en el tablero del auto, vestida con una túnica y con un aura brillante colgando sobre su cabeza que se mece de arriba para abajo. “Jesús no beneficia a gente como yo”, dicen. Creen que Jesús tiene tanto que ver con la vida real como esa estatuilla en el tablero del auto.

Eso es un mito.

Jesús era así: Era un hombre trabajador. Podemos imaginarlo en la carpintería con salida a una calle polvorienta en Israel, con un letrero sobre la puerta que dice: “Jesús, hijo de José, carpintero”. Imagínatelo inclinándose sobre un tablón de cedro sujetado al banco frente a él. Usa un delantal de cuero. El sudor cae por su rostro. Usa un cuchillo, luego un mazo. La carpintería está llena de la fragancia de la madera de cedro o ciprés recién cortada y de las virutas que cubren el suelo.

Jesús de Nazaret trabajó como carpintero durante 18 años o más, fortaleciendo los músculos de sus brazos y endureciendo la piel de sus manos. Encaró las tensiones de un negocio. Sabía de las presiones familiares. Muchos estudiosos creen que José murió. Puede que los hermanos y las hermanas menores de Jesús pasaron a estar bajo su responsabilidad. Es indudable que sabía lo difícil que era comprar ropa para los chicos y tratar de negociar un precio más conveniente con los mercaderes.

El mundo en que vivía Jesús —tal como el nuestro— era oloroso y sucio. Y cuando se acabó su vida, sufrió una muerte sucia, sudorosa y sangrienta. Pero porque Jesús experimentó las cosas prácticas de la vida, él conoce las cosas que nosotros experimentamos en la vida. Él conoce nuestras luchas con la vida, porque también tuvo que encararlas.

Jesús es nuestro Salvador en la vida real. No es un santo de plástico.

PARA DIALOGAR
¿Qué cosas de la vida creen algunos que Jesús no podría entender? ¿Cómo sabes que él se puede identificar contigo?

PARA ORAR
Señor Jesús, gracias porque comprendes las cosas más difíciles de nuestra vida.

PARA HACER
Explica a un amigo cómo pueden estar seguros de que Jesús no era un debilucho.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

Mi pregunta es la siguiente, las sugerencias a no endeudarse aplican solamente a préstamos de consumo o se incluyen también los préstamos de inversión.

CONSULTORIO BÍBLICO

Programa No. 2016-01-21
PABLO LOGACHO
a1Desde la ciudad de Ambato, en Ecuador nos ha escrito un amable oyente para hacernos la siguiente consulta: He escuchado con mucha atención los estudios bíblicos acerca de la mayordomía y dentro de ello, en manera especial, lo que tiene que ver con el endeudamiento. Mi pregunta es la siguiente, las sugerencias a no endeudarse aplican solamente a préstamos de consumo o se incluyen también los préstamos de inversión. Pregunto esto por cuanto hace algunos años, cuando yo tenía un buen trabajo y ganaba muy bien, hice un préstamo para comprar una propiedad que ni en ese momento, ni hasta ahora, me genera algún ingreso, pero espero que en el futuro sí lo hará. Sucede que hace poco me quedé sin trabajo y lo poco que gano realizando diversas actividades no me alcanza ni para cubrir mis gastos familiares, peor para continuar pagando la deuda. ¿Qué me sugieren que haga con este préstamo y con esa propiedad que adquirí con ese dinero?
DAVID LOGACHO
Gracias por su consulta amable oyente. El tema del endeudamiento debe mirarse bajo la perspectiva de lo que dice la Biblia al respecto. En primer lugar, endeudarse no necesariamente es pecado. La Biblia, por ejemplo, ordena que si se presta dinero no se debe imponer usura, esto es, no se debe cobrar un interés por encima de lo que ha sido establecido. Éxodo 22:25 dice: Cuando prestares dinero a uno de mi pueblo, al pobre que está contigo, no te portarás con él como logrero, ni le impondrás usura.

Este mandato asume entonces que alguien prestó dinero y alguien recibió dinero en calidad de préstamo. El prestamista no debe aprovechar del deudor, cobrando un interés excesivo, la usura. Y por su lado, el deudor debe pagar la deuda en el tiempo establecido. Esto es lo que está inmerso en textos como Romanos 13:7-8 donde dice: Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra. No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley.

Así como peca el usurero, peca también el que debiendo pagar una deuda no paga. En segundo lugar, la Biblia enciende luces amarillas, luces de alerta, en cuando al endeudamiento. Aunque endeudarse no necesariamente es pecado, sin embargo es una condición que reviste muchos riesgos que son puntualizados por la Biblia. Permítame citar algunos textos en cuanto a esto. Por ejemplo, en Proverbios 22:7 dice que el que toma prestado se hace siervo del que presta. El rico se enseñorea de los pobres,

Y el que toma prestado es siervo del que presta.

Considere lo que dice Proverbios 17:18 El hombre falto de entendimiento presta fianzas,

Y sale por fiador en presencia de su amigo.

Salir por fiador ser refiere al que avala o garantiza a alguien en un préstamo. En algunos países se le conoce como el garante. Si el deudor falla en pagar, el que salió por fiador, o el garante, es quien debe asumir la deuda. Dios en Proverbios dice que el hombre que presta fianza o sale por fiador es falto de entendimiento. Se trata entonces de luces de advertencia en cuando a endeudarse. El endeudamiento debería verse como algo extremo, como algo que se debe evitar lo más posible. Por eso es que la Biblia exhorta a librarse lo antes posible de las deudas. Esto es a lo que apunta Proverbios 6:1-5 donde dice: Hijo mío, si salieres fiador por tu amigo,

Si has empeñado tu palabra a un extraño,

Te has enlazado con las palabras de tu boca,

Y has quedado preso en los dichos de tus labios.

Haz esto ahora, hijo mío, y líbrate,

Ya que has caído en la mano de tu prójimo;

Ve, humíllate, y asegúrate de tu amigo.

No des sueño a tus ojos,

Ni a tus párpados adormecimiento;

Escápate como gacela de la mano del cazador,

Y como ave de la mano del que arma lazos.

En esencia, así es como ve la Biblia el endeudamiento. Seguramente Ud. ya ha notado que la Biblia no hace diferencia si se trata de un endeudamiento de consumo, es decir para cubrir el gasto corriente, o si se trata de un endeudamiento de inversión, es decir para comenzar un negocio, o para adquirir algún bien inmueble, como es el caso suyo, amable oyente. Justamente uno de los problemas con en endeudamiento es que se asume que las condiciones que prevalecen el momento que se adquiere la deuda van a ser las mismas condiciones mientras dure el tiempo que se debe pagar la deuda. Pero Dios nos advierte en cuanto a jactarnos del día de mañana. Santiago 4:13-17 dice: ¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos; cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece. En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello. Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala; y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.

Seguramente Ud. no previó que las condiciones iban a cambiar tan drásticamente y por eso se endeudó para comprar ese bien raíz. Claro, cuando se hizo de esa deuda para comprar esa propiedad, tenía un buen trabajo, ganaba bien, y asumió que eso se iba a mantener al menos por el tiempo que tenía que pagar la deuda, pero el tiempo ha pasado y ha perdido el trabajo y ya no tiene los mismos ingresos que antes y lo que ahora gana no le alcanza ni para satisfacer sus necesidades familiares básicas, peor para pagar las cuotas mensuales de su deuda. ¿Qué hacer en su caso? Bueno, mi amigo, mi consejo es que ponga el asunto ante Dios en oración. Si no oró antes de endeudarse, al menos hágalo ahora que está en problemas por esa deuda. Mientras ora con mucho fervor y perseverancia, diseñe algunos escenarios para arreglar el problema. Podría haber varias alternativas. Una de ellas sería vender el bien y con el producto de la venta pagar la deuda. Si esa fuera la voluntad de Dios, estoy seguro que Dios proveerá de un comprador que acepte pagar al menos lo que Ud. pagó cuando compró esa propiedad. No sería muy sabio vender la propiedad en mucho menos que lo que Ud. compró, porque esto sería una mala mayordomía de lo que pertenece al Señor. Otra alternativa sería vender no todo sino una parte de la propiedad y con eso continuar pagando la parte con la que se quede. Otra alternativa sería iniciar alguna actividad que genere ingresos suficientes como para atender sus necesidades familiares básicas y además permita continuar pagando el préstamo. Todo dependerá de lo que sea la voluntad del Señor. Me gustaría sugerir que evite, de cualquier forma posible, endeudarse para pagar otra deuda. Si lo hace, lo único que va a lograr es empeorar su situación económica, porque ya no tendrá sólo una deuda sino dos con los consiguientes intereses de por medio. Nunca será sabio abrir un hueco para tapar otro. Cuidado con entrar a un círculo vicioso de endeudamiento agresivo. Aprenda del mal ejemplo de muchos países, los cuales por endeudarse agresivamente, tienen lo que se llama deuda externa, la cual más bien debería llamarse deuda eterna. También le aconsejo que mantenga una comunicación muy fluida con la persona o el banco o lo que sea, quien le prestó el dinero, para que esté bien informado de todo lo que está pasando con Usted en cuanto al pago de la deuda. No pretenda que la persona o la entidad prestamista se ha de imaginar que está teniendo problemas para hacer los pagos acordados. Acérquese a ellos, hable con ellos, póngase de acuerdo para refinanciar su deuda. Terminando ya, no permita que pase mucho tiempo en ese estado de morosidad. Un creyente moroso, es decir un creyente que no paga sus deudas a tiempo, es un mal ejemplo de creyente y esto afecta no sólo al creyente sino a Dios y a la iglesia. Que Dios le dé sabiduría para resolver esta situación.

PABLO LOGACHO
Antes de dar término a nuestra edición de hoy, quiero invitarle a visitar nuestro sitio en Internet y conocer la respuesta a la PREGUNTA DEL DIA Una persona tiene un hijo de 18 años quien no es creyente. Hasta hace poco le acompañaba a los cultos de la iglesia, pero últimamente ya no quiere ir ¿Debe obligarle a que le acompañe? Nuestra dirección es: triple w.labibliadice.org en donde además puede conocer toda la literatura que tenemos a su libre disposición. Todos los que hacemos LA BIBLIA DICE… deseamos Que Dios le bendiga ricamente y será hasta nuestro próximo programa.
https://soundcloud.com/labibliadice/lbd-2016-01-21
http://labibliadice.org/lbd/serie/programa-no-2016-01-21/

CUIDADO CON LOS RUMORES.

CUIDADO CON LOS RUMORES. 

Programa No. 2016-01-21
PABLO MARTINI
a1Desde que el mundo es mundo, el hombre ha estado atento al rumor de voces. La mayoría de las veces el hombre solamente cree oír esas voces. En muchas otras, las oye realmente. Se dice que Adolfo Hitler, creía oír voces que lo llamaban a “redimir al mundo de sus angustias.” Estas voces lo llevaron a concluir que los judíos eran la causa de los problemas del mundo y decidió exterminarlos. Voces extrañas escuchadas por el Führer alemán lo llevaron a gasificar a seis millones de inocentes judíos en el más brutal, inmoral y nauseabundo holocausto humano. Él dijo: “Yo cumplo las órdenes que recibo de La Providencia. No hay poder, sobre la tierra capaz de conmover, ahora, al Imperio Alemán, ya que la Divina Providencia ha querido que yo cumpla, plenamente, la obra germánica… Si la voz me habla, entonces sé que el tiempo de actuar ha venido” De ahí el peligro de escuchar y dar crédito a voces extrañas.

De que hay voces extrañas que hablen y que su rumor se escuche no debe cabernos la menor duda. Jesucristo mismo habló de este fenómeno cuando afirmó: “al extraño no seguirán, sino que huirán de él porque no conocen la voz de los extraños.” (Juan 10:5) Ciertamente hay voces que proceden de fuentes extrañas. La escritura advierte la de los falsos profetas que vendrían al mundo hablando lisonjas para desviar al hombre de la verdad. Nuestra época se caracteriza por todo un elenco de voces y de rumores extraños y por hombres ingenuos que las escuchan y las siguen. El resultado de este extravío masivo es el caos religioso, la confusión moral, la bancarrota espiritual, la convulsión social y la debacle económico en que la humanidad se encuentra atascada. ¿Está tu oído sintonizado a la voz del auténtico Pastor? Entonces… ¡a seguirle! Es todo lo que Él pide, que le sigas. Porque… “El que me sigue no andará en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida.”
(Por Mariano González V.)

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Los maestros de la iglesia 9

Los maestros de la iglesia 9

Quien no ha aprendido la palabra, puede
escudarse tras su propia ignorancia. Pero quien
la ha escuchado, y persiste en su incredulidad,
recibirá más daño mientras mayor sea su sabiduría.

Clemente de Alejandría

a1Afines del siglo segundo, y principios del tercero, floreció toda una generación de notabilísimos pensadores cristianos. Esto se debió en parte al reto de las herejías que hemos discutido en el capítulo anterior —y, en algunos casos, de otras que mencionaremos según sea necesario en el curso de nuestra narración— y en parte también a que, gracias a la obra de Justino y otros como él, se iba haciendo más fácil construir puentes entre la fe cristiana y la cultura de la época.

Durante los primeros años de vida de la iglesia, lo que los cristianos escribían se dirigía normalmente hacia algún problema o cuestión específica, y por tanto se nos hace difícil reconstruir la totalidad de su pensamiento.

Esto es cierto, por ejemplo, de las epístolas de Pablo. Por ellas sabemos que Pablo era un escritor y pensador de mucha habilidad, y estudiándolas podemos llegar a conocer mucho del pensamiento paulino. Pero cada una de estas epístolas está escrita en circunstancias concretas, y Pablo se dirige a esas circunstancias. Por lo tanto, las epístolas de Pablo no nos dan un cuadro completo de toda la teología paulina.

Sabemos, por ejemplo, lo que Pablo pensaba acerca de la resurrección, porque en la iglesia de Corinto había ciertas dudas al respecto, y el apóstol trató de responder a esas dudas. Pero acerca de muchas otras cuestiones no nos es posible conocer el pensamiento de Pablo, sencillamente porque el apóstol nunca tuvo ocasión de discutirlas en sus cartas. Lo mismo es cierto de todos los escritos cristianos del siglo primero, y de la primera mitad del segundo. Las epístolas de Ignacio nos ofrecen preciosos panoramas de su visión del martirio. Pero fueron escritas durante un período de no más de dos semanas, y por tanto sería injusto esperar encontrar en ellas toda una exposición de la fe cristiana.

Pero durante la segunda mitad del siglo segundo, ante el reto de los gnósticos y de Marción, fue necesario que algunos cristianos trataran acerca de la totalidad de la fe cristiana. En efecto, podría decirse que los gnósticos fueron los primeros teólogos que trataron de sistematizar toda la doctrina cristiana. En ese intento de sistematización, tergiversaron esa doctrina de tal modo que los demás cristianos la vieron amenazada y se dedicaron a refutar las especulaciones de los herejes. Dado el vasto alcance de esas especulaciones, las obras que los cristianos escribieron contra ellas tuvieron que tener el mismo alcance, y así surgieron los primeros escritos que nos dan una idea de la totalidad de la teología cristiana en los primeros siglos. Estos escritos son las obras de Ireneo de Lión, Clemente de Alejandría, Tertuliano de Cartago y Orígenes, también de Alejandría.

Ireneo de Lión

Ireneo era natural de Asia Menor —probablemente de Esmirna— donde nació alrededor del año 130 y donde fue también discípulo del obispo Policarpo, acerca de cuyo martirio hablamos en el capítulo anterior. Durante toda su vida, Ireneo fue admirador ferviente de su maestro Policarpo, y en sus escritos se refiere repetidamente a las enseñanzas de un “anciano” —o presbítero— cuyo nombre no menciona, pero que parece ser Policarpo. En todo caso, por razones que desconocemos Ireneo se trasladó a Lión, en lo que hoy es Francia. Allí llegó a ser presbítero de la iglesia, que le envió a Roma con una carta para el obispo de esa ciudad. Ireneo estaba en Roma cuando tuvo lugar la persecución en Lión y Viena que hemos discutido anteriormente. En esa persecución, el obispo Fotino entregó su vida como mártir, y por tanto cuando Ireneo regresó a Lión quedó a cargo de la dirección espiritual de la iglesia, que le eligió para que fuese su obispo.

Ireneo era ante todo un pastor. Su interés no estaba en la especulación filosófica, ni en descubrir secretos recónditos hasta entonces desconocidos, sino en dirigir a su grey en la sana doctrina y la vida correcta. Por lo tanto, sus escritos no intentan elevarse en altos vuelos especulativos, sino que pretenden sencillamente refutar a los herejes e instruir a los creyentes. Aunque Ireneo compuso otros escritos, son dos las obras suyas que se conservan: La demostración de la fe apostólica y La refutación de la falsa gnosis, esta última mejor conocida como Contra las herejías. En la primera de estas obras, Ireneo está tratando de instruir a su grey sobre algunos puntos de la fe cristiana. En la segunda, está tratando de refutar a los gnósticos. En ambas, Ireneo se limita a exponer la fe que ha recibido de sus maestros, sin tratar de adornarla con especulaciones de su propia cosecha. Por tanto, mucho más que cualquiera de los otros teólogos que hemos de estudiar aquí, Ireneo nos muestra lo que era la doctrina común de la iglesia hacia fines del siglo segundo.

De igual modo que Ireneo es ante todo pastor, él mismo concibe a Dios como un pastor. Dios es un ser amante que crea el mundo y a la humanidad, no por necesidad ni por error —como pretendían los gnósticos— sino por razón de su propio deseo de tener una creación a la cual amar y a la cual dirigir, como el pastor dirige la grey hacia el redil. Desde esta perspectiva, toda la historia aparece como el proceso mediante el cual el divino pastor va dirigiendo su creación hacia la consumación final.

La corona de la creación de Dios es la criatura humana. El ser humano fue creado desde el principio como un ser libre y por tanto responsable. Esa libertad es tal, que mediante ella podemos conformarnos más y más a la voluntad y a la naturaleza divinas, y gozar de una comunión siempre creciente con nuestro creador. Pero, por otra parte, la criatura humana no fue creada desde un principio en toda su perfección. Como pastor que es, Dios colocó a la primera pareja en el paraíso, no en un estado de perfección, sino “como niños”. Lo que esto quiere decir es que Dios tenía el propósito de que el ser humano de tal modo creciera en comunión con él que a la larga llegara a estar aun por encima de los ángeles.

Los ángeles son seres superiores a nosotros sólo provisionalmente. Cuando se cumpla en la humanidad el propósito divino, los seres humanos estaremos por encima de los ángeles, pues gozaremos de una comunión con Dios más estrecha que la de ellos. La función de los ángeles es semejante a la del tutor que ha de dirigir los primeros pasos de un príncipe. Aunque por el momento el tutor está por encima del príncipe, a la larga le quedará supeditado.

Dios creó entonces a la humanidad “como niños”, para que fuera creciendo y acostumbrándose a la comunión con él. Además de los ángeles, Dios contaba con sus dos “manos” —el Verbo y el Espíritu Santo— para dirigir e instruir a la humanidad. Guiados por esas manos, los seres humanos hemos de recibir instrucción y crecimiento, preparándonos cada vez más para una comunión más y más íntima con Dios. Esto es lo que Ireneo llama “divinización”.

El propósito último de Dios es hacernos cada vez más semejantes a él. Esto no quiere decir que de algún modo nos disolvamos en la divinidad, ni que lleguemos a ser iguales a Dios. Al contrario, Dios se encuentra tan por encima de nosotros que por mucho que crezcamos en nuestra semejanza a él siempre nos quedará más camino por andar.

Empero uno de los ángeles, Satanás, sintió celos del destino tan elevado que Dios reservaba para la criatura humana, y por tanto tentó e hizo pecar a Adán y Eva. Como resultado del pecado, la criatura humana fue expulsada del paraíso, y su crecimiento quedó torcido. Por lo tanto, la historia tal como se ha desarrollado es resultado del pecado. Pero, si bien el contenido concreto de la historia de la humanidad es resultado del pecado, el hecho de que haya historia no lo es. Dios siempre tuvo el propósito de que hubiera historia. El paraíso no era sino el punto de partida en los propósitos de Dios para con la humanidad.

Lo mismo puede decirse con respecto a la encarnación de Dios en Jesucristo. La encarnación no es el resultado del pecado humano. Al contrario, desde un principio Dios tenía el propósito de unirse a la humanidad como lo ha hecho en Jesucristo. De hecho, el Verbo encarnado fue el modelo que Dios utilizó al crear al ser humano según su “imagen y semejanza”. Adán y Eva fueron creados para que, tras un proceso de crecimiento e instrucción, llegaran a ser como el Verbo que habría de encarnarse. Por razón del pecado, lo que ha sucedido es que la encarnación ha tomado otro propósito, y ha venido a ser también remedio contra el pecado y medio para la derrota de Satanás.

Aun antes de la encarnación, y desde el momento mismo del primer pecado, Dios ha estado dirigiendo a la humanidad hacia una comunión más íntima con él. Por ello es que Dios maldice a la serpiente y a la tierra, mientras que sólo castiga al hombre y la mujer. En el momento mismo de las maldiciones, Dios continúa llevando a cabo sus propósitos redentores.

En esos propósitos, el pueblo de Israel juega un papel importantísimo, pues es en la historia del pueblo escogido que las manos de Dios han continuado su obra de ir preparando a la humanidad para la comunión con Dios. Por tanto, el Antiguo Testamento no es la revelación de un Dios ajeno a la fe cristiana, sino que es la historia de cómo Dios ha continuado sus propósitos redentores aun después del pecado de Adán y Eva.

Por fin, al llegar el momento adecuado, cuando la humanidad había recibido la preparación necesaria, el Verbo se encarnó en Jesucristo. Jesús es el “segundo Adán” porque en su vida, muerte y resurrección se ha creado una nueva humanidad, y en todas sus acciones Jesús ha ido corrigiendo el mal que fue hecho en el primer pecado. Pero, más que eso, Jesús ha derrotado al maligno, y nos ha hecho posible vivir en una nueva libertad. Quienes están unidos a él mediante el bautismo, la fe y la comunión participan de su victoria. Jesucristo es literalmente la cabeza de la iglesia, que es su cuerpo. El cuerpo se nutre mediante la adoración —particularmente la eucaristía— y de tal modo está unido a la cabeza que ya va recibiendo los beneficios de la victoria de Cristo. En su resurrección ha comenzado la resurrección final, de la que todos los que forman parte de su cuerpo serán partícipes.

Cuando llegue la consumación final, y el Reino de Dios se establezca, esto no querrá decir que la tarea de Dios como pastor habrá terminado. Al contrario, la humanidad redimida continuará creciendo en comunión con Dios, y el proceso de divinización continuará por toda la eternidad, llevándonos siempre más cerca de Dios.

En resumen, la teología de Ireneo consiste en una grandiosa y amplísima visión de la historia, de tal modo que los propósitos de Dios van cumpliéndose a través de ella. En esa historia, el punto central es la encarnación de Jesucristo, no sencillamente porque él haya venido a enderezar la torcida carrera de la humanidad, sino también y sobre todo porque desde el mismo momento de la creación ya Dios proyectaba la encarnación como punto culminante de su obra. El propósito de Dios es unirse al ser humano, y esto ha ocurrido en Jesucristo de un modo inigualable.

Clemente de Alejandría

Muy distintos son los intereses y la teología de Clemente de Alejandría. Al parecer, Clemente era natural de Atenas, la ciudad que durante siglos había sido famosa por sus filósofos. Sus padres eran paganos; pero el joven Clemente se convirtió de algún modo que desconocemos, y se lanzó entonces en búsqueda de quien pudiese enseñarle más acerca del cristianismo. Tras viajar por buena parte del Mediterráneo, encontró en Alejandría un maestro que le satisfizo. Este maestro era Panteno, de quien es poco lo que sabemos. Pero en todo caso Clemente permaneció en Alejandría, y sucedió a Panteno a la muerte de su maestro. En el año 202, a causa de la persecución de Septimio Severo —a la que hemos de referirnos en el próximo capítulo—, Clemente se vio obligado a abandonar Alejandría, y anduvo por varias regiones del Mediterráneo oriental —particularmente Siria y Asia Menor— hasta su muerte, que tuvo lugar alrededor del año 215. Alejandría, donde Clemente recibió su formación teológica y donde primero ejerció su magisterio, era el centro donde se daban cita todas las diversas doctrinas que circulaban en esa época, y era también por tanto el centro de la fiebre sincretista que hemos mencionado en repetidas ocasiones. Acerca de esto tenemos un testimonio interesantísimo en lo que el emperador Adriano le escribe a su cuñado el cónsul Serviano acerca del Egipto, cuya capital era Alejandría: Queridísimo Serviano, el Egipto que tanto me alababas me parece ser ligero, vacilante y mariposeador entre los rumores de cada momento. Los que adoran a Serapis son cristianos. Y los que se dan el título de obispos de Cristo son devotos de Serapis. No hay jefe de la sinagoga de los judíos, ni samaritano, ni presbítero cristiano, que no sea también numerólogo, adivino y saltimbanqui. […] Son gente altamente sediciosa, vana e injuriosa, y su ciudad es opulenta, rica, fecunda. En ella nadie está ocioso. Unos soplan vidrio, y otros fabrican papel, y todos parecen ser tejedores de lino o tener algún oficio. Tienen trabajo los gotosos, los mutilados, los ciegos, y hasta los inválidos. El único Dios de todos ellos es el dinero, a quien adoran los cristianos, los judíos y toda clase de gente.

Por el resto de la carta de Adriano, sabemos que estaba enojado con los alejandrinos, y por ello todo lo que había visto en aquella ciudad le parecía mal. Hasta el hecho de que todos estuvieran ocupados le daba ocasión para criticar la vida de los alejandrinos. Pero aun descontando la mala voluntad del emperador, esta carta nos da la impresión de una ciudad rica, con gran actividad comercial e intelectual, en la que por tanto se mezclaban y confundían toda suerte de doctrinas.

Por otra parte, Adriano no menciona las verdaderas glorias de Alejandría. Además de su faro, que era una de las siete maravillas de la antigüedad, Alejandría contaba con su famosísima biblioteca y con su Museo o templo de las musas, es decir, algo así como una universidad. Allí se daban cita los más distinguidos pensadores del momento, y por tanto Alejandría era conocida en todo el Imperio como el centro de la vida intelectual del Mediterráneo.

Fue en esa ciudad que Clemente halló a Panteno, y formó su teología. Por tanto, no ha de extrañarnos el que su propio pensamiento muestre notables afinidades hacia el pensamiento filosófico de su época. Además, Clemente no fue pastor como Ireneo, sino maestro, y maestro de intelectuales. Por tanto, lo que él busca no es tanto exponer la fe tradicional de la iglesia, ni guiar a todo el rebaño de tal modo que evite caer en las redes de las herejías, sino más bien ayudar a quienes buscan las verdades más profundas, y convencer a los intelectuales paganos de que el cristianismo no es después de todo la religión absurda que sus enemigos pretenden.

En su Exhortación a los paganos, Clemente da muestras de su método teológico al apelar a Platón y otros filósofos. “Busco conocer a Dios, y no sólo las obras de Dios. ¿Quién me ayudará en mi búsqueda? […] ¿Cómo entonces, oh Platón, ha de buscarse a Dios?” El propósito de Clemente en este pasaje es mostrarles a sus lectores paganos que buena parte de las doctrinas cristianas encuentra apoyo en las enseñanzas de Platón. De ese modo los paganos podrán acercarse al cristianismo sin creer que se trata, como decían muchos, de una religión de gentes ignorantes y supersticiosas.

Pero la razón por la que Clemente apela a Platón no es sólo la conveniencia del argumento. Clemente está convencido de que la verdad es una sola, y que por tanto cualquier verdad que Platón haya conocido no puede ser distinta de la verdad que se ha revelado en Jesucristo y en las Escrituras. Según él, la filosofía les ha sido dada a los griegos de igual modo que la Ley les ha sido dada a los judíos. Y tanto la filosofía como la Ley tienen el propósito de llevar a la verdad última, que nos ha sido revelada en Jesucristo. Los filósofos son a los griegos lo que los profetas fueron a los judíos. Con los judíos Dios ha establecido el pacto de la Ley; y con los griegos, el de la filosofía.

¿Cómo entonces hemos de coordinar lo que nos dicen los filósofos con lo que nos dicen las Escrituras? A simple vista, parece haber una enorme distancia entre ambos. Pero según Clemente un estudio cuidadoso de las Escrituras nos llevará a las mismas verdades que los filósofos enseñaron. Esto se debe a que todas las Escrituras están escritas en alegorías o, como dice Clemente, en parábolas. El texto sagrado tiene siempre más de un sentido. El sentido literal no ha de despreciarse. Pero quien se queda en él es como el niño que se contenta con beber leche, y nunca llega a ser adulto. Más allá del sentido literal se encuentran otros sentidos que el verdadero sabio ha de descubrir.

La relación entre la fe y la razón es muy estrecha, pues una no puede funcionar sin la otra. La razón siempre construye sus argumentos sobre la base de ciertos principios que ella misma no puede demostrar, pero que acepta por fe. Para el sabio, la fe ha de ser entonces el primer principio, el punto de partida, sobre el cual la razón ha de construir sus edificios. Pero el cristiano que se queda en la fe, al igual que el que no va más allá del sentido literal de las Escrituras, es como el niño de leche, que no puede crecer por falta de alimento sólido.

Frente a tales personas, que se contentan con los rudimentos de la fe, se encuentra el sabio o, como dice Clemente, el “verdadero gnóstico”. El sabio va más allá del sentido literal de las Escrituras, y de los rudimentos de la fe. El propio Clemente concibe entonces su propia tarea, no como la del pastor que guía a la grey, sino como la del “verdadero gnóstico” que dirige a otros de iguales inclinaciones. Naturalmente, esto tiende a producir una teología de tipo elitista, y Clemente ha sido criticado frecuentemente por esa tendencia en su pensamiento.

En cuanto al contenido mismo de la teología de Clemente, hemos de decir poco. Aunque él piensa estar sencillamente interpretando las Escrituras, su exégesis alegórica le hace posible encontrar en ellas ideas y doctrinas que vienen más bien de la tradición platónica. Dios es el Uno Inefable, acerca del cual es imposible decir cosa alguna en sentido recto. Todo lo que podemos decir de Dios consiste en negarle todo límite. Lo demás es lenguaje metafórico, que nos resulta útil porque no tenemos otro, pero que sin embargo no describe a Dios.

Este Uno Inefable se nos da a conocer en el Verbo, que les reveló a los filósofos y a los profetas toda la verdad que supieron, y que últimamente se ha encarnado en Jesucristo. En todo esto, Clemente sigue a Justino, y en cierta medida al filósofo judío alejandrino Filón, a quien nos hemos referido anteriormente. Pero su énfasis en la encarnación del Verbo hace que su teología sea cristocéntrica. Por otra parte, la importancia de Clemente no está en lo que haya dicho sobre tal o cual doctrina, sino en el modo en que su pensamiento es característico de todo un ambiente y tradición que se forjaron en la ciudad de Alejandría, y que sería de gran importancia para el curso posterior de la teología. Más adelante en este capítulo, al tratar acerca de Orígenes, veremos el contenido de esta teología en toda su madurez, y por tanto no es necesario que nos detengamos aquí a exponerlo. Baste decir que se trata de un tipo de teología cuya preocupación fundamental consiste en construir puentes entre la fe cristiana y la cultura que la rodea. Es una teología construida más para las gentes cultas que para las masas.

Tertuliano de Cartago

Todo lo contrario sucede en el caso de Tertuliano. Al parecer, Tertuliano nació en la ciudad africana de Cartago alrededor del año 150. Pero fue en Roma, cuando contaba unos cuarenta años, que se convirtió al cristianismo. Algún tiempo después regresó a su ciudad natal, donde se dedicó a escribir en defensa de la fe contra los paganos, y en defensa de la ortodoxia contra los herejes. Puesto que al parecer era abogado —o al menos había sido adiestrado en la ciencia retórica, y en los procedimientos que usaban los abogados— toda su obra lleva el sello de una mente legal. Más arriba (página 57) hemos citado su comentario acerca de la “sentencia injusta” de Trajano. Al leer esas líneas, nos viene a la mente la imagen de un abogado que apela a un tribunal superior contra la sentencia injusta de un tribunal inferior. En otro tratado, escrito también contra los paganos, y que lleva por título El testimonio del alma, Tertuliano coloca al alma pagana en el banquillo del testigo y, tras interrogarla al estilo de un abogado en un juicio, llega a la conclusión de que aun el alma pagana es “por naturaleza cristiana”, y que si persiste en rechazar el cristianismo ello es por obstinación y ceguedad.

Sin embargo, la obra en que de veras puede verse el espíritu legal de Tertuliano es su Prescripción contra los herejes. En el lenguaje legal de la época, el término “prescripción” tenía al menos dos sentidos. En primer lugar, una “prescripción” era un argumento legal que se presentaba antes del caso mismo, para demostrar que el juicio no tenía lugar. Si, aun antes de comenzar a debatir lo que se pleiteaba, una de las partes podía probar que la otra no tenía derecho a presentar demanda, o que la demanda no estaba en regla, o que el tribunal no tenía jurisdicción, se cancelaba el juicio. El otro sentido de la palabra “prescripción” aparecía por lo general en la frase “prescripción de largo tiempo”. Lo que esto quería decir era que si alguien había estado en posesión de una propiedad o de un derecho por cierto tiempo, y nadie se lo había disputado, esa persona quedaba en posesión legal de la propiedad o del derecho en cuestión, aunque apareciese después quien se lo disputara.

Tertuliano utiliza el término en ambos sentidos, como si se tratara de un pleito entre la iglesia ortodoxa y los herejes. Su propósito es demostrar, no sencillamente que los herejes no tienen razón o que están equivocados, sino aun más, que ni siquiera tienen derecho a entrar en discusión con los ortodoxos. En efecto, las Escrituras son propiedad de la iglesia.

Durante varias generaciones, la iglesia las ha utilizado sin que nadie se las dispute. Aun cuando no fueran originalmente su propiedad, ya de hecho lo son. Por tanto, los herejes no tienen derecho alguno a utilizarlas. Los herejes han llegado a última hora y pretenden cambiar lo que por su origen y por prescripción de largo tiempo pertenece a la iglesia. Que las Escrituras son propiedad de la iglesia, puede mostrarse fácilmente con sólo mirar a las iglesias apostólicas, donde esas Escrituras han sido leídas e interpretadas de igual manera desde tiempos de los apóstoles. Roma, por ejemplo, puede mostrar una línea ininterrumpida de obispos que se remonta hasta los apóstoles Pedro y Pablo. Y lo mismo puede decirse de Antioquía y de varias otras iglesias. Todas estas iglesias apostólicas concuerdan en su uso e interpretación de las Escrituras, según han venido haciéndolo desde sus principios. Además, por sus propios orígenes los escritos de los apóstoles son propiedad de esas iglesias, pues fue a ellas que los apóstoles se los legaron. Todo esto quiere decir que, si las Escrituras son propiedad de la iglesia, los herejes no tienen derecho a discutir con los ortodoxos sobre la base de las Escrituras. Aquí aparece la “prescripción,’ en el otro sentido. Si los herejes no tienen derecho a interpretar las Escrituras, toda discusión con ellos acerca de esa interpretación está de más. La iglesia, dueña de las Escrituras, es la única que tiene derecho a utilizarlas y emplearlas.

Este argumento contra los herejes, utilizado por primera vez por Tertuliano, ha sido empleado repetidamente en ocasiones posteriores contra toda clase de disidentes. Por cierto, fue uno de los principales argumentos utilizados por los católicos contra los protestantes a partir del siglo XVI. En el caso de Tertuliano, sin embargo, debemos notar que la razón última por la que la iglesia tiene derecho a las Escrituras es que puede mostrar una uniformidad, no sólo de sucesión formal, sino también de doctrina, a través de todas las generaciones a partir de los apóstoles. Esto era precisamente lo que se discutía en el siglo XVI, pues los protestantes decían que la iglesia católica se había apartado de su propia doctrina inicial.

Pero el espíritu legalista de Tertuliano va mucho más allá de estos argumentos. En efecto, Tertuliano piensa que la promesa bíblica en el sentido de que quien busca ha de hallar quiere decir que, una vez que uno ha encontrado la fe cristiana, toda búsqueda ha de cesar. Para el cristiano, entonces, toda búsqueda es una falta de fe.

Has de buscar hasta que encuentres, y una vez que lo hayas encontrado, has de creer. A partir de entonces, todo lo que tienes que hacer es guardar lo que has creído. Y además has de creer que nada más hay que haya de ser creído, ni nada más que haya de buscarse. (Prescripción, 9.)

Esto quiere decir que basta con la “regla de fe” de la iglesia, y que toda otra búsqueda es peligrosa. Naturalmente, Tertuliano sí permite que los cristianos traten de aprender más acerca de esa regla de fe. Pero todo lo que se salga de ella, o lo que venga de otras fuentes, ha de rechazarse. Esto es particularmente cierto de la filosofía pagana, ante la cual Tertuliano toma una posición radicalmente opuesta a la de Clemente. Más arriba (página 72) hemos citado sus palabras contrastando a Atenas con Jerusalén. La misma actitud prevalece en su opinión acerca de la dialéctica, es decir, del método de la filosofía.

¡Miserable Aristóteles, quien les ha dado la dialéctica! Les dio el arte de construir para derribar, un arte de sentencias resbalosas y de argumentos crudos, […] que sirve para rechazarlo todo, y que en fin de cuentas no trata de nada (Prescripción, 7).

En resumen, Tertuliano se opone a toda especulación. Hablar por ejemplo, de lo que Dios puede hacer sobre la base de su omnipotencia, es perder el tiempo y arriesgarse a caer en el error. Lo que hemos de preguntarnos es, no qué podría Dios hacer, sino qué es lo que en efecto Dios ha hecho. Esto es lo que enseña la iglesia. Esto es lo que se encuentra en las Escrituras. Lo demás es curiosidad ociosa y por demás peligrosa.

Pero esto no implica que Tertuliano no sea capaz de utilizar argumentos lógicos contra sus adversarios. Al contrario, la lógica de Tertuliano es a menudo aplastante, como hemos visto en el caso de la Prescripción. Pero el vigor de sus argumentos se encuentra, mas que en su lógica, en su habilidad retórica, que llega hasta el sarcasmo. A Marción, por ejemplo, Tertuliano le dice que el Dios de la iglesia ha creado todo este mundo con sus maravillas, y entonces reta a su contrincante a que le muestre siquiera un triste vegetal hecho por su dios. Y luego le pregunta sarcásticamente en qué se ocupaba su dios antes de revelarse hace unos pocos años. ¿Es que no amaba a la humanidad hasta última hora? De este modo, mediante una inigualable combinación de ironía mordaz con una lógica inflexible, Tertuliano se convirtió en el azote de los herejes y campeón de la ortodoxia.

Y sin embargo, alrededor del año 207 aquel rudo enemigo de los herejes, aquel tenaz defensor de la autoridad de la iglesia, se unió al movimiento montanista, que el resto de los cristianos consideraba herético. Ese paso dado por Tertuliano es uno de los misterios insolubles de la historia de la iglesia, pues sus propios escritos y los demás documentos de la época nos dicen poco acerca de sus motivaciones. Por tanto, es imposible decir a ciencia cierta por qué Tertuliano se hizo montanista. Pero sí podemos, mediante el estudio del montanismo y del carácter de Tertuliano, ver algo de la afinidad que existía entre ambos.

El montanismo recibe ese nombre de su fundador, Montano, quien había sido sacerdote pagano hasta su conversión alrededor del año 155. Algún tiempo después, Montano comenzó a profetizar, diciendo que había sido poseído por el Espíritu Santo. Pronto se le unieron dos mujeres, Priscila y Maximila. Esto en sí no era nuevo, pues en esa época todavía continuaba la práctica de permitirles a quienes recibían ese don que profetizaran en las iglesias. Lo que sí se acostumbraba —y se había acostumbrado desde el principio— era asegurarse de que lo que tales profetas decían concordaba con la doctrina cristiana. En el caso de Montano y sus seguidores, pronto las autoridades eclesiásticas comenzaron a tener dudas, pues los montanistas decían que con ellos había comenzado una nueva era. De igual modo que en Jesucristo se había iniciado una nueva edad, ahora estaba sucediendo lo mismo con la dádiva del Espíritu Santo a los montanistas. Esa nueva edad se caracterizaba por una vida moral más rigurosa, de igual modo que el Sermón del Monte había enseñado una doctrina más rigurosa que el Antiguo Testamento.

La razón por la que el resto de la iglesia se opuso a la predicación de los montanistas no fue su énfasis en las profecías, sino lo que pretendían en el sentido de que ahora comenzaba una nueva era, el fin de la historia. Según el Nuevo Testamento, los últimos tiempos comenzaron con el advenimiento y resurrección de Jesucristo, y con la dádiva del Espíritu Santo. Con el correr de los años, esto se fue olvidando, hasta el punto que a nosotros hoy se nos hace difícil concebirlo así. Pero en el siglo segundo la iglesia seguía afirmando que el fin había comenzado en Jesucristo. Por lo tanto, afirmar, como lo hacían los montanistas, que el fin había comenzado ahora, con la dádiva del Espíritu a Montano y los suyos, era disminuir la importancia de los acontecimientos del Nuevo Testamento y pretender que el evangelio no era sino una etapa más en la historia de la salvación. Tales doctrinas la iglesia no podía aceptar.

Tertuliano, sin embargo, parece haberse sentido atraído por el rigorismo de los montanistas. Su mente legalista exigía un orden perfecto, en el que todo se hiciera como era debido. En la iglesia, a pesar de todos sus esfuerzos por cumplir la voluntad de Dios, había demasiadas imperfecciones que no cuadraban con el legalismo de Tertuliano. El único modo de explicar esas imperfecciones, y de sobreponerse a ellas, consistía en creer que la iglesia era sólo una etapa intermedia, y que ahora había comenzado una nueva era del Espíritu, en la que todas esas imperfecciones quedarían detrás. Naturalmente, tales esperanzas resultan frustradas, y el hecho es que hacia el fin de sus días Tertuliano parece haber fundado la secta de los “tertulianistas”, probablemente un grupo de personas que creían que aun los montanistas se habían vuelto demasiado flexibles. En todo caso, el fenómeno que vemos en Tertuliano aparece repetidamente en la historia de la iglesia en dos sentidos: primero, una y otra vez veremos el conflicto entre quienes insisten en que la iglesia ha de ser una comunidad absolutamente pura, y quienes responden que ha de ser ante todo una comunidad de amor, en la que todos hallen aceptación; segundo, repetidamente veremos que existe una relación paradójica entre la búsqueda de la “libertad” del Espíritu y la insistencia en el rigor de la ley. Tertuliano es ejemplo característico de todo esto.

Aún después de hacerse montanista, Tertuliano no dejó de atacar a quienes a su parecer torcían la fe cristiana. Varias de sus obras del período montanista han sido de gran importancia en el desarrollo posterior de la teología. Y ninguna lo ha sido tanto como su tratado Contra Práxeas.

Lo que sabemos acerca de la persona de Práxeas es poco o nada. Algunos eruditos piensan que nunca hubo tal persona, y que “Práxeas” es sencillamente el obispo de Roma, Calixto, a quien por alguna razón Tertuliano no quiere nombrar. En todo caso, resulta claro que el tal Práxeas había llegado a tener cierto poder en la iglesia de Roma, y que allí había utilizado ese poder para oponerse al montanismo y para proponer su propia interpretación acerca de las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Según Praxeas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo eran tres modos en los que Dios se manifestaba, de manera que Dios unas veces era Padre, otras Hijo y otras Espíritu. Esta es la doctrina que recibe el nombre de “patripasionismo”. Según ella el Padre sufrió la pasión, pues el Hijo es el Padre. Tertuliano comienza su tratado Contra Práxeas con su mordacidad característica:

Praxeas sirvió al diablo en Roma de dos modos: expulsando la profecía e introduciendo la herejía, echando al Espíritu y crucificando al Padre (Contra Praxeas. 1).

Pero pronto Tertuliano deja este tono para proponer su propia formula acerca del modo en que ha de entenderse la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esa fórmula es que hay en Dios “una substancia y tres personas”. La importancia de esto es enorme, puesto que Tertuliano fue la primera persona en referirse a la Trinidad mediante el uso de esta fórmula, que después llegaría a ser generalmente aceptada. Esto no quiere decir, naturalmente, que Tertuliano “inventara” la doctrina de la Trinidad, pero sí que fue él quien creó el vocabulario que a la larga se hizo común.

De igual modo, y también en respuesta a otras opiniones de Práxeas, Tertuliano dijo que hay en Cristo “una persona” y “dos substancias o naturalezas”: la divina y la humana. También esta fórmula, utilizada por primera vez por Tertuliano, vino a ser la fórmula generalmente aceptada para expresar la relación entre la divinidad y la humanidad en Jesucristo.

Por todas estas razones, Tertuliano es un personaje único en la historia de la iglesia. Ardiente defensor de la ortodoxia frente a toda clase de herejías, terminó por unirse a uno de los movimientos que el resto de la iglesia consideraba herético. Y, aún después de hereje, siguió produciendo obras y fórmulas teológicas que serían de gran importancia en el curso futuro de la iglesia. Además, fue él el primer teólogo cristiano que escribió en lengua latina, que era la lengua común en la mitad occidental del Imperio, y por tanto su pensamiento influyó notablemente sobre toda la teología occidental.

Orígenes de Alejandría

El más distinguido discípulo de Clemente de Alejandría, y el último de los cuatro grandes maestros de la iglesia que discutiremos en este capítulo, es Orígenes. A diferencia de su maestro Clemente, Orígenes era hijo de padres cristianos. Durante la persecución de Septimio Severo —la misma que obligó a Clemente a abandonar Alejandría—, el padre de Orígenes fue hecho prisionero y sufrió el martirio. Orígenes, que a la sazón era todavía un jovenzuelo, quiso unirse a su padre en la cárcel para sufrir el martirio junto a él. Pero su madre le escondió sus ropas y Orígenes se vio obligado a permanecer en casa, donde le dedicó a su padre un tratado en el que le exhortaba a ser fiel hasta la muerte.

Poco tiempo después de estos acontecimientos, Demetrio, el obispo de Alejandría, puso sobre los hombros de Orígenes, que apenas contaba dieciocho años de edad, la tarea de preparar a los candidatos al bautismo: los “catecúmenos”. Esta era una gran responsabilidad, y el joven Orígenes, que sin lugar a dudas era un genio excepcional, llegó a ser famoso como maestro de la fe cristiana. Tras algunos años de enseñar a los catecúmenos, Orígenes se vio en la necesidad de dedicarse a discípulos más adelantados, pues muchas gentes cultas venían a pedir su instrucción. Entonces dejó la enseñanza de los catecúmenos en manos de algunos de sus discípulos, y se dedicó por entero a la labor docente en una escuela cristiana al estilo de la que habían tenido anteriormente los grandes filósofos paganos. A esa escuela venían a escucharle, no sólo cristianos de diversas partes del Imperio, sino también paganos como la madre del emperador y el gobernador de Arabia.

Por diversas razones, entre las cuales no faltaron los celos, hubo conflictos entre Orígenes y el obispo de Alejandría. El resultado de esos conflictos fue que Orígenes se vio obligado a abandonar Alejandría e ir a vivir en Cesarea, donde continuó dedicándose al estudio y la enseñanza por veinte años más. Por fin, en tiempos de la persecución de Decio, Orígenes tuvo ocasión de mostrar la firmeza de su fe. Dado el carácter de esa persecución, Orígenes no fue muerto, sino torturado hasta tal punto que, puesto en libertad, murió al poco tiempo. Murió en la ciudad de Tiro cuando tenía unos setenta años de edad.

La obra literaria de Orígenes fue inmensa. Puesto que sus conocimientos bíblicos eran enormes y estaba consciente de que el texto de las Escrituras contenía ligeras variantes, compuso la Hexapla. Esta era una colección, en seis columnas, del Antiguo Testamento en diversas formas: el texto hebreo, una transliteración en letras griegas de ese mismo texto —de modo que el lector que desconocía el hebreo pudiera conocer el sonido del hebreo, sobre la base del griego— y cuatro versiones distintas al griego. Además, se dedicó a comparar los diversos textos del Antiguo Testamento, y produjo toda una serie de símbolos para designar variantes, omisiones y añadiduras. Además, Orígenes compuso comentarios y sermones sobre buena parte del texto bíblico. Y a esto han de añadirse su apología Contra Celso, que ya hemos citado, y su gran obra sistemática, De los primeros principios, más conocida como De principiis. El modo en que Orígenes pudo escribir tantas obras nos da idea de su genio, pues buena parte de su producción literaria fue dictada directamente a algún discípulo o escriba. Y hasta se nos cuenta que en algunas ocasiones llegó a dictar obras diferentes a siete amanuenses simultáneamente.

La teología de Orígenes sigue un espíritu muy parecido al de su maestro Clemente. Se trata de un intento de relacionar la fe cristiana con la filosofía que estaba en boga en Alejandría en esa época. Esa filosofía era lo que los historiadores llaman “el neoplatonicismo”. Pero Orígenes está mucho más consciente que Clemente de la necesidad de asegurarse que ese interés filosófico no le lleve a negar alguna de las doctrinas fundamentales del cristianismo. Según él, “nada que difiera de la tradición de los apóstoles y de la iglesia ha de aceptarse como verdadero” (De principiis, prefacio, 2). Esa tradición incluye ante todo la doctrina según la cual hay un solo Dios, creador y ordenador del universo, y por tanto las especulaciones gnósticas que pretenden que otro ha creado este mundo han de ser rechazadas. En segundo lugar, la doctrina apostólica nos enseña que Jesucristo es el Hijo de Dios, nacido antes que todas las criaturas, y que se ha encarnado de tal modo que, al mismo tiempo que se hizo hombre, siguió siendo Dios. Sobre el Espíritu Santo, según Orígenes, la tradición apostólica no está del todo clara, excepto en el sentido de que su gloria es la misma del Padre y del Hijo. Por último, esa tradición afirma que el alma ha de recibir recompensa o castigo según su vida en este mundo, y que al final habrá una resurrección del cuerpo, que se levantará incorruptible.

Una vez afirmado esto, sin embargo, Orígenes se siente libre para alzarse en altos vuelos especulativos. Por ejemplo, puesto que la tradición de los apóstoles y de la iglesia no nos da detalles acerca del modo en que el mundo fue creado, Orígenes se lanza a investigar esta cuestión. En los primeros capítulos del Génesis hay dos historias de la creación, hecho éste que conocían los sabios judíos aun antes de tiempos de Orígenes, y que ha de resultar claro a quienquiera que lea esos capítulos con detenimiento. En una de esas historias, la primera, se nos dice que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios, y que “varón y hembra lo creó”.

En la segunda, se nos dice que Dios hizo primero a Adán, de cuya costilla formó después a Eva. En la primera historia, el verbo griego que se utiliza para la acción de Dios corresponde a nuestro verbo “crear”, mientras que el que aparece en la segunda corresponde a nuestro “plasmar”. ¿Cómo explicar estas diversidades? Naturalmente, Orígenes no puede recurrir, como lo hacen los eruditos modernos, a la explicación según la cual lo que tenemos aquí es la conjunción de dos tradiciones distintas. Según él, si hay dos historias de la creación esto ha de ser porque hubo dos creaciones.

La primera creación, según Orígenes, fue puramente espiritual. Los seres que Dios hizo eran espíritus carentes de cuerpo. Es por esto que el texto dice que eran “varón y hembra”, es decir, sin distinciones sexuales. También es por ello que se utiliza el verbo “crear” más bien que “plasmar”.

El propósito de Dios era que los espíritus que había creado se dedicaran a su contemplación. Pero algunos de ellos apartaron la vista del Creador, y por ello cayeron. Fue entonces que Dios produjo la segunda creación. Esta creación es material, y ha sido puesta como refugio u hogar provisional para los espíritus caídos. De esos espíritus, los que cayeron más bajo se han vuelto demonios, y los demás se han vuelto seres humanos. Fue para estos seres humanos que Dios creó los cuerpos que ahora poseemos, de los cuales se dice que los “plasmó” del polvo de la tierra, y que unos son varones y otros hembras.

Naturalmente, esto quiere decir que todos los seres humanos existíamos antes de nacer en este mundo, y que la razón por la cual estamos aquí es que pecamos en esa existencia anterior y puramente espiritual. Resulta interesante notar que, aunque Orígenes cree derivar sus ideas del texto bíblico, en realidad se derivan de Platón, quien había enseñado que las almas se hallan en este mundo porque han caído del mundo superior de las puras ideas. En este mundo, el diablo y sus demonios nos tienen sujetos, y Jesucristo ha venido por tanto para destruir el poder del diablo y para mostrarnos el camino que hemos de seguir en nuestro regreso al mundo espiritual. Pero, según Orígenes, puesto que en fin de cuentas el diablo es también un espíritu como el nuestro, y puesto que Dios es amor, al fin hasta el diablo se salvará, y toda la creación regresará a su estado inicial, cuando todo era espíritu. Sin embargo, los espíritus seguirán siendo libres, y por tanto nada impide que haya una nueva caída, un nuevo mundo material, y una nueva historia, y que por tanto el ciclo de caída-restauración-caída continúe para siempre.

Al tratar de juzgar todo esto, lo primero que tenemos que hacer es rendir tributo a la amplitud de horizontes que Orígenes trata de abarcar. Esto es lo que le ha ganado admiradores en diversas generaciones. Además, hemos de recordar que Orígenes propone todo esto, no como la verdad que ha de ser aceptada por todos, ni como algo que ha de sustituir o de superar a las doctrinas de la iglesia, sino como sus propias especulaciones, que nunca han de tener la misma autoridad de la tradición apostólica.

Pero, una vez dicho esto, es necesario señalar que en muchos puntos Orígenes parece ser más platónico que cristiano. Así, por ejemplo, Orígenes niega la doctrina de los gnósticos y de Marción según la cual este mundo ha sido creado por un ser inferior. Pero en fin de cuentas llega a la conclusión de que la existencia del mundo material es el resultado del pecado, y que los propósitos iniciales de Dios no incluían la existencia de este mundo ni de la historia. En esto, Orígenes contrasta con Ireneo, para quien la historia era parte fundamental del plan de Dios. Y en lo que se refiere a la preexistencia de las almas y el ciclo eterno de caídas y restauraciones, no cabe duda de que Orígenes se aparta de lo que ha sido siempre la doctrina de la iglesia.

Conclusión general

En este capítulo hemos visto tres tendencias teológicas distintas. Ireneo es el defensor de la doctrina tradicional de la iglesia, el pastor que se preocupa porque la sana doctrina prevalezca en su iglesia. Tertuliano es también defensor de la doctrina tradicional; pero su propio legalismo en esa defensa le lleva a la larga a romper con la misma iglesia que pretendía defender. Clemente y Orígenes son más pensadores que pastores y, aunque se ocupan de defender la fe frente a los paganos, su verdadera preocupación está en descubrir los secretos más elevados de Dios y de su creación. De los tres, es probablemente Ireneo quien más se acerca al espíritu original del evangelio. Desafortunadamente, con el correr de los siglos la teología de Ireneo quedó relativamente olvidada, mientras que el influjo de los otros dos tipos de teología se hizo sentir cada vez más. Empero la exposición del modo en que esto tuvo lugar, y de sus implicaciones para nuestro modo de entender la fe cristiana, cae fuera del ámbito de esta historia, y deberá quedar reservada para un ensayo que proyectamos publicar en el futuro cercano.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 87–101). Miami, FL: Editorial Unilit.