Una mente renovada

Una mente renovada

6/9/2018

Renovaos en el espíritu de vuestra mente. (Efesios 4:23) 

Cuando usted se hace cristiano, Dios le da una nueva mente; pero usted debe llenarla de nuevos pensamientos. Un bebé nace con una mente nueva y fresca, y entonces se van haciendo impresiones en la mente del bebé que determinan el curso de su vida. Lo mismo ocurre con un cristiano. Cuando usted entra en el reino de Dios, recibe una mente nueva y fresca. Entonces tiene que formar los buenos pensamientos en su nueva mente. Por eso Filipenses 4:8 dice: “Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad”. Tenemos una mente renovada, no una mente depravada.

En vez de tener una mente depravada, vil, lasciva, avara, sucia, tenemos una mente llena de justicia y santidad. Y eso debe caracterizar naturalmente nuestro modo de vivir.

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La oración es para pecadores

JUNIO, 09

La oración es para pecadores

Devocional por John Piper

Señor, enséñanos a orar. (Lucas 11:1)

Dios responde las oraciones de pecadores, no de personas perfectas. La vida de oración puede quedarse totalmente paralizada si uno no se centra en la cruz y se da cuenta de esto.

Podría mostrarlo en numerosos pasajes del Antiguo Testamento —donde Dios oye el gemido de su pueblo pecador que clama para ser librado de los problemas en los que sus mismos pecados los metieron (por ejemplo, Salmos 38:41540:12-13107:11-13)— pero lo mostraré en Lucas 11, de dos maneras:

En esta versión del Padre Nuestro (versículos 2-4), Jesús dice: «cuando oréis, decid», y luego en el versículo 4 incluye esta petición: «y perdónanos nuestros pecados». Por lo tanto, si conectamos el principio de la oración con la mitad, lo que Jesús dice es: «Cuando oréis, decid… perdónanos nuestros pecados».

Considero que esto significa que ésta debería ser una parte de todas nuestras oraciones, del mismo modo que cuando decimos «santificado sea tu nombre». Esto quiere decir que Jesús da por sentado que necesitamos buscar el perdón prácticamente cada vez que oramos.

En otras palabras, siempre somos pecadores. Nada de lo que hacemos es perfecto. Como dijo Martín Lutero en su lecho de muerte: «Somos mendigos, eso es lo que somos». No importa qué tan obedientes hayamos sido antes de orar. Siempre nos acercamos al Señor como pecadores —todos nosotros—. Y Dios no da la espalda a las oraciones de pecadores cuando oran de este modo.

El segundo lugar donde veo que se da esta enseñanza es en el versículo 13: «Pues si vosotros siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?».

Jesús llama a sus discípulos «malos». Un lenguaje bastante fuerte. Y no quiso decir que ellos ya no tendrían comunión con él. Tampoco quiso decir que sus oraciones no serían respondidas.

Quiso decir que mientras esta era de perdición dure, incluso sus propios discípulos tendrían una inclinación hacia el mal que contaminaría todo lo que hicieran, pero que eso no impediría que hicieran mucho bien.

Somos malos y redimidos al mismo tiempo. Estamos venciendo nuestra maldad gradualmente por el poder del Espíritu Santo. Pero nuestra corrupción natural no queda anulada en el momento de la conversión.

Somos pecadores y somos mendigos. Si reconocemos este pecado, luchamos contra él y nos aferramos a la cruz de Cristo como nuestra esperanza, entonces Dios nos oirá y responderá nuestras oraciones.

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Deuteronomio 13–14 | Salmos 99–101 | Isaías 41 | Apocalipsis 11

9 JUNIO

Deuteronomio 13–14 | Salmos 99–101 | Isaías 41 | Apocalipsis 11

El poder teológico de Isaías 41 es notorio si comprendemos algo de la historia subyacente.

En línea con la predicción de 39:6–7, Jerusalén fue destruida finalmente en 587 a. C. Los babilonios derribaron el templo y mataron o deportaron a su pueblo. Este fue el acontecimiento más demoledor que la ciudad sufrió en la época del Antiguo Testamento. Sin embargo, lejos de creer que estos hechos demostraban que Dios estaba perdiendo el control, Isaías no solo previó la situación, sino que afirmó que era obra de Dios. Ahora, se dirige a aquellos que sufrirían el ataque babilonio y que se preguntarían si había alguna esperanza para ellos. Isaías ya les ha recordado que, en lo que a Dios respecta, las naciones no son más que una gota de agua en un balde o una mota de polvo en una balanza (40:15–17). Después, predice que Dios mismo acabará con la invasión del imperio babilónico, por medio del rey persa Ciro (41:2–4, 25–27; Ciro se nombra realmente en 44:28; 45:1).

Ciro, rey de la ciudad persa de Anshan, subió al poder en 559, cuando Persia seguía sometida a Media. Diez años más tarde, mató al rey medo Astiages y fundó el imperio persa. En menos de una década, conquistó territorios hasta llegar a la Turquía actual en el oeste (derrotando de camino al legendario rey Creso) y, en el este, hasta el noroeste de la India. Babilonia cayó en 539. Ciro modificó la política de anteriores imperios. Lejos de deportar a los pueblos sometidos, instó a los exiliados a regresar a su tierra, incluyendo a Israel (Esdras 1:2–4; véase la meditación del 1 de enero).

Isaías 41 hace entonces dos importantes reflexiones. En primer lugar, solo Dios es quien convoca a las naciones delante de él, controlando su destino, llamándolas a cumplir su voluntad, lo cual incluye a Ciro, al cual el Señor “hizo venir” para llevar a cabo las tareas asignadas a él. Esta atrevida declaración se apoya en el hecho de que Dios predice toda la secuencia de acontecimientos siglo y medio antes (41:21–29), algo que los ídolos paganos no podrían hacer: “¡Todos ellos son falsos! Sus obras no son nada; sus ídolos no son más que viento y confusión” (41:29). Tales predicciones pertenecen exclusivamente al ámbito del rey de Jacob (41:21), porque sólo él escribe la historia de antemano. En segundo lugar, Israel debe comprender que, como colectivo, es el siervo de Dios (41:8–20), descendiente de Jacob y Abraham, también siervos de Dios. Nada de esto significa que sean intrínsecamente grandes: el Señor se dirige a ellos como “gusano Jacob, pequeño Israel” (41:14). Sin embargo, su Dios y Redentor es grande, el Santo de Israel (41:14). Pueden dejar de lado el miedo (41:10) y regocijarse en él (41:16).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 160). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿No sabéis?

Sábado 9 Junio

Para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.

Mateo 9:6

Os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna.

1 Juan 5:13

¿No sabéis?

Dios no estaba obligado a dar a conocer a los hombres pecadores sus planes de amor. Habría podido dejarlos en la ignorancia; así habrían hallado un pretexto para disculparse. Pero Dios se dio a conocer. Habló a los hombres de varias maneras, y sigue hablándoles.

El hombre debe reconocer primeramente la existencia de Dios: “Los cielos cuentan la gloria de Dios…” (Salmo 19:1), y el hombre es inexcusable si no la discierne (Romanos 1:20).

Cada persona también debe saber que Dios, santo y justo, no puede recibir al pecador. “Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios” (Isaías 59:2).

La Biblia, la Palabra de Dios, nos enseña que Dios es amor y que amó tanto a los hombres, que quiso salvarlos. Pero para salvar y justificar a pecadores y hacerlos aptos para habitar la santa morada de Dios, era necesario una obra de rescate que manifestara perfectamente todos los caracteres de Dios: su santidad, su justicia y su amor.

Esta obra es la de Cristo, el justo que murió por los injustos, “para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). “Dios… nos reconcilió consigo mismo por Cristo… Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo… os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:18-21).

“Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Juan 13:17).

Levítico 19 – Romanos 15:1-13 – Salmo 69:1-8 – Proverbios 16:33

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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