Sábado 20 Agosto El águila… excita su nidada, revolotea sobre sus pollos, extiende sus alas, los toma, los lleva sobre sus plumas. Deuteronomio 32:11 El eterno Dios es tu refugio, y acá abajo los brazos eternos. Deuteronomio 33:27 Vosotros visteis… cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí. Éxodo 19:4 Primer vuelo Encaramado en un acantilado a más de 1800 metros de altura, en la soledad de los Alpes austriacos, percibí un nido: allí anida un par de águilas. Son el orgullo y la distracción de un pueblo cercano de la montaña. Observé a través de los binoculares la maniobra de estas grandes aves de rapiña.
Esa mañana parecía reinar una gran agitación en el nido donde pude distinguir claramente dos jóvenes aguiluchos. Sus padres los empujaron lentamente fuera del nido, y ellos terminaron por caer como piedras, agitando sus pequeñas alas de forma desordenada e ineficaz. Luego los aleteos fueron más regulares y amplios… las crías ya no se caían, ¡volaban! Fue entonces cuando los dos adultos surgieron como relámpagos e interrumpieron esta primera lección ubicándose cada uno bajo un aguilucho para llevarlos al nido sobre su espalda.
Entonces pensé en la manera como, algunas veces, Dios enseña a sus hijos a utilizar las “alas” de la fe. En una situación difícil, si pierden el equilibrio, aprenden a contar con las promesas divinas. Rápidamente descubren que Dios está ahí, por debajo de ellos, desplegando su protección como las alas del águila.
Sí, para el creyente es una experiencia irremplazable contar solo con el Dios invisible. Su objetivo, sacándonos de nuestro acogedor nido, es fortalecer nuestra confianza en su fidelidad y en su amor.
«Te exaltaré, mi Dios y Rey; por siempre bendeciré tu nombre» (Sal. 145:1).
Hay momentos en la vida donde no tenemos palabras para expresar nuestras emociones, momentos cuando tenemos sentimientos en lo más profundo de nuestro corazón que perdemos la habilidad de comunicar cómo nos sentimos. Sean alegrías o tristezas, nuestros corazones buscan y necesitan ayuda para expresarse. Donde las palabras faltan, la música nos ayuda. Victor Hugo lo explicó de esta manera: «La música expresa aquello difícil de explicar y sobre lo que es imposible guardar silencio». La fe cristiana siempre ha tenido afinidad con la música. Jonathan Edwards explicaba que «la mejor, más hermosa y perfecta forma que tenemos para expresar nuestra relación con Dios es a través de la música». El Salmo 145, obra de arte como tal, fue compuesto y diseñado para auxiliar nuestra memoria y nuestros corazones en dichos momentos. Este salmo ha sido descrito como una joya que se destaca sobre los demás tesoros en los Salmos, ya que sirve como punto de referencia: de ahora en adelante nuestros cánticos serán aleluyas y más aleluyas. David hace hincapié en la grandeza de Dios y en la gracia que Él nos muestra al extender su mano para cuidar de nosotros y de Su creación. Hablando por experiencia, el autor nos dice que a diferencia de Dios quien puede examinar nuestros corazones y pensamientos, Su grandeza es inescrutable. Pero, no sea que busquemos excusa para abstenernos del conocimiento de Dios, David afirma que sus obras pueden ser contadas y sus hechos recordados. Spurgeon nos ayuda: «¡Qué Dios tan glorioso tenemos! ¡Cuán fácilmente satisface las necesidades de Su pueblo! Tan solo con abrir Su mano, y ya está. No debemos tener miedo de acudir a Él, como si nuestras necesidades fueran demasiado grandes para que Él las supla». Dios nos dice que Su gracia es suficiente. Aunque esta gracia nos proporciona el contexto para descubrir nuestras insuficiencias, las experiencias de debilidad, tristeza y confusión no nos separan del amor de Dios en Cristo. Más bien, nos recuerdan que Dios alcanzó lo más profundo de nuestros corazones y transformó tal abismo de corrupción por amor y misericordia. Por lo tanto, siempre tendremos razón y motivación en deleitarnos en sus obras: Su fidelidad, cuidado, amor y señorío. Este salmo provee llamados a la acción: • Exaltaremos y bendeciremos Su nombre • Celebraremos sus obras • Meditaremos en sus hechos • Proclamaremos la memoria de Su inmensa bondad Cuando meditamos en Su palabra, postrémonos delante de Él, y al contemplar sus obras, especialmente la muerte de nuestro Señor Jesús, levantemos nuestras voces en Su presencia. Sean gratos los dichos de nuestras bocas y le meditación de nuestros corazones delante de Él.
Nada me faltará: 30 meditaciones sobre Salmos de esperanza
Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Jesucristo, y este crucificado
En el mundo del primer siglo, la crucifixión romana no solo era una forma horrenda de tortura, reservada para las escorias más bajas de la clase criminal, sino que también estaba asociada con una verguenza extrema. No solo se eximía a los ciudadanos romanos de esta muerte humillante, sino que incluso se evitaba la palabra crucifixión en las reuniones sociales. En la mentalidad judía, la crucifixión se veía a través del lente de Deuteronomio 21:23, donde se declara que cualquiera que cuelgue de un árbol es maldecido por Dios (ver también Gal 3:13). Dada tal realidad, ¿cómo es que el apóstol Pablo, junto al resto de los autores del Nuevo Testamento, determinaron no saber nada más sino «a Jesucristo, y este crucificado» (1 Co 2:2), incluso hasta exhibir públicamente a Jesús como crucificado en la predicación (Gal 3:1) y, verdaderamente, gloriarse en nada más excepto «en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (6:14)?
La respuesta se encuentra, en parte, en el sistema de sacrificios del templo del antiguo pacto. Dios, para alabanza de Su inescrutable sabiduría, le dio los sacrificios al antiguo Israel para que sirvieran como herramientas teológicas, instruyendo a Su pueblo sobre el remedio para el pecado y la necesidad de reconciliación con Dios. Después de la resurrección de Jesús y el derramamiento de Su Espíritu Santo, los apóstoles fueron habilitados para discernir en las páginas del Antiguo Testamento cómo el sistema de adoración sacrificial había sido divinamente ordenado con el fin de revelar las maravillas de Cristo y Su obra cumplida en la cruz (p. ej.: Rom 3:21-26; Heb 9:16 – 10:18). Las categorías del sacrificio habilitaron el cambio de paradigma para ver la cruz de Cristo no como una fuente de profunda vergüenza, sino más bien, y maravillosamente, como el mayor regalo de Dios a la humanidad y Su más alta demostración de amor por pecadores (Rom 5:8).
Hay dos conceptos teológicos del sacrificio que son esenciales para el entendimiento de la muerte de Jesús en la cruz como el único sacrificio capaz de asegurar el perdón de nuestros pecados y una reconciliación definitiva con Dios: expiación y propiciación. El primero, expiación, significa que el sacrificio de Jesús nos limpia de la contaminación del pecado y nos quita la culpa del pecado. La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios mediante el sacrificio de Jesús, lo cual satisface la justicia de Dios y da como resultado Su disposición favorable hacia nosotros. Ahora consideraremos estos conceptos más profundamente al ver sus raíces en los sacrificios del Antiguo Testamento.
EXPIACIÓN La expiación se refiere a la limpieza del pecado y la eliminación de la culpa del pecado. En el sistema de sacrificios de Israel se sacaba la sangre de las arterias cortadas de un animal y esta luego se manipulaba de diversas maneras. La sangre era untada, rociada, lanzada y derramada. En Levítico 17:11, el Señor declaró que puesto que «la vida de la carne está en la sangre», le había dado a Israel la sangre sobre el altar «para hacer expiación por vuestras almas; porque es la sangre, por razón de la vida, la que hace expiación», subrayando la idea de la sustitución: la sangre derramada de un sustituto intachable representaba una vida por una vida, un alma por un alma. La importancia de la sangre fue resaltada más notablemente a través de la ofrenda por el pecado. Mediante el derramamiento y la manipulación de la sangre de la ofrenda por el pecado, Dios le enseñó a Israel su necesidad de limpiarse del pecado y de eliminar la contaminación y la culpa del pecado, haciendo posible el perdón divino (ver Lv 4:20, 26, 31, 35). Por un lado, la sangre significaba muerte: exhibir la sangre ante Dios demostraba que una vida, aunque fuera la vida de un sustituto animal intachable, había sufrido la muerte, la paga del pecado. Por otro lado, la sangre representaba la vida de la carne: conforme al principio de que la vida conquista la muerte, la sangre se utilizaba ritualmente para borrar, por así decirlo, la contaminación del pecado y la muerte.
En esencia, el día de la expiación era una elaborada ofrenda por el pecado (Lv 16). En este día de otoño, el sumo sacerdote llevaba la sangre del sacrificio al lugar santo, y la rociaba ante el propiciatorio del arca de expiación, el estrado terrenal de Dios. La sangre también se rociaba en el lugar santo y se aplicaba en el altar exterior, purificando a los israelitas y la casa de Dios, el tabernáculo, para que Él pudiera continuar habitando en medio de Su pueblo.
La ofrenda única por el pecado del día de la expiación implicaba dos machos cabríos. Después de que el primero era sacrificado por causa de su sangre, el otro macho cabrío era cargado simbólicamente con la culpa de los pecados de Israel cuando el sumo sacerdote presionaba ambas manos sobre la cabeza del animal y confesaba esos pecados sobre él. Llevando sobre sí la culpa de Israel, la cual era digna de juicio, el macho cabrío era entonces conducido hacia el oriente, lejos de la faz de Dios hacia el desierto, una demostración de que «como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones» (Sal 103:12). La ofrenda por el pecado, entonces, ofrecía a los apóstoles una profunda comprensión de la muerte de Cristo. Mientras que la sangre de los toros y los machos cabríos nunca pudo quitar los pecados (Heb 10:4), la sangre de Jesús, el Dios-hombre, derramada en la cruz y aplicada por el Espíritu a aquellos que confían en Él, limpia a pecadores de sus pecados. Las espinas presionadas en Su frente, una imagen de la condición maldita de la humanidad (Gn 3:18), no eran más que una muestra de cómo Él llevó el peso de la culpa de Su pueblo sobre Su cabeza, lo que demuestra aún más que Él soportó nuestro juicio abrasador para proveernos una verdadera expiación.
PROPICIACIÓN La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios y la obtención de Su favor. En la doctrina de la propiciación encontramos un retrato vivo de la ira de Dios al reflexionar en el holocausto. La adoración de Israel se basaba en el holocausto, tanto así que el altar, el foco central de la adoración, incluso fue apodado «el altar del holocausto» (Ex 30:28).
El primer episodio en la Escritura en el que aparece el holocausto se encuentra en la historia del diluvio en Génesis 6 – 9. Al principio se nos dice que el Señor Dios, el personaje principal de la narración, se entristeció «en su corazón» por la corrupción de la humanidad (6:6), y que decidió castigar a los impíos mientras salvaba a Noé y a su familia. Así que la crisis de la historia es el corazón agraviado de Dios. Las aguas del juicio divino se calmaron, pero la situación no cambió. Dios no había sido apaciguado. Su ira justa no se aplacó hasta que Noé, al amanecer de una nueva creación, construyó un altar y ofreció holocaustos. Usando el lenguaje instructivo que atribuye características humanas a Dios, la narración describe al Señor oliendo «el aroma agradable» de los holocaustos de modo que Su corazón fue consolado (8:21). Como resultado del aroma agradable, Dios habló a Su propio corazón, prometiendo que nunca volvería a destruir a toda la humanidad de esa manera, y bendijo a Noé. Como incienso aromático, el humo del holocausto ascendió al cielo, la morada de Dios, y Él, oliendo Su aroma tranquilizante, fue apaciguado. El corazón de Dios fue consolado, es decir, Su ira justa fue satisfecha. Más tarde, a través de Moisés, Dios ordenó que el sacerdocio ofreciera corderos diariamente como holocaustos (Ex 29:38-46). Estas ofrendas matutinas y vespertinas servían para abrir y cerrar cada día, de modo que todos los demás sacrificios, junto con la vida diaria de Israel, quedaban encerrados en el humo ascendente de su agradable aroma.
El impacto divinamente ordenado que el holocausto tuvo en Dios lleva a uno a preguntarse su significado teológico. La característica que es única de esta ofrenda es que todo el animal, excepto su piel, era ofrecido a Dios en el altar; nada era retenido. De esta manera, el holocausto significaba una vida de total consagración a Dios, refiriéndose a una vida de obediencia abnegada a Su ley. En las palabras de Deuteronomio, esta ofrenda representaba y solicitaba que uno ame al Señor Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas (6:5). La ofrenda de una vida así, vivida solo por Jesús, asciende al cielo como un aroma agradable y satisface a Dios.
Jesús cumplió el sistema de sacrificio levítico solo porque se ofreció a Sí mismo a Dios en la cruz como Aquel que había cumplido la ley. En Su noche atormentada de oración en Getsemaní, Él había orado: «Padre mío… no sea como yo quiero, sino como tú quieras» (Mt 26:39), y luego bebió la copa del juicio divino como el sustituto intachable. La vida de Jesús, Su completa y amorosa devoción a Dios, ofrecida al Padre por el Espíritu y a través de la cruz, satisfizo la ira de Dios.
Debido a que el sufrimiento de Jesús fue un sustituto penal vicario, los pecadores pueden encontrar descanso para sus almas. La inminente tormenta de juicio divino que siempre nos amenaza, eclipsando nuestros intentos vanos de alcanzar la felicidad, no puede disiparse con pensamientos optimistas ni con afirmaciones infundadas. Un cristiano descansa tranquilo bajo los cálidos rayos del favor del Padre únicamente porque esa tormenta de juicio ya ha estallado con toda su furia sobre el Hijo crucificado de Dios. Su sangre derramada nos limpia de nuestros pecados, quitando nuestra culpa ante los ojos de Dios. Su vida obediente y comprometida, ofrecida a Dios a través de la cruz al recibir nuestro castigo, se eleva hasta el cielo como un aroma agradable. Aquí, por fin, el mayor de los pecadores se jacta exclusivamente en Aquel que nos «amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma» (Ef 5:2).
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. L. Michael Morales El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bíblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Él es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?
Viernes 19 Agosto Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones. 2 Corintios 1:3-4 Nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana. Lamentaciones 3:22-23 Las compasiones de Jesús Frederick Booth-Tucker (1853-1929) fue un activo evangelista, primero en India, luego en América, y por último en Gran Bretaña. Su primera esposa murió debido a una epidemia de cólera. Él se volvió a casar y tuvo nueve hijos, de los cuales tres murieron en la infancia. Una noche en la que había predicado sobre la compasión de Jesús, un oyente se adelantó y le dijo: “¡Si su esposa estuviera muerta, como la mía, y sus hijos lloraran por su madre, usted no podría hablar de un Dios de amor, comprensivo y compasivo!”.
Algunos días más tarde, la segunda esposa del predicador perdió la vida en un accidente ferroviario, dejándolo solo con sus seis hijos. Al final del servicio fúnebre, de pie frente al ataúd, Frederick se volvió hacia los asistentes y dijo: “El otro día alguien me dijo que si mi esposa estuviera muerta, yo no podría proclamar que Jesucristo es compasivo. Si este hombre está aquí, quiero decirle que Cristo responde en este mismo momento a cada una de mis necesidades. Mi dolor es inmenso, pero hoy Cristo es mi consuelo”. Justamente el hombre en cuestión estaba presente, y se arrodilló cerca del féretro, permitiendo a Booth-Tucker decirle quién es Jesús para el que cree.
Verdaderamente Jesús puede comprender nuestras penas. “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16).
¿Cuáles son las diferencias entre la consejería bíblica y varios otros enfoques de la consejería que son populares en la iglesia?
Primero, tomemos la segunda mitad de nuestra pregunta. ¿Qué modelos de consejería son «populares en la iglesia»? De inmediato es obvio que las iglesias abren espacio a un sinfín de enfoques a los problemas en la vida (más enfoques que granos de arena, para volver a apropiarnos de una metáfora bíblica). ¿Cómo resolverás tus problemas y cambiarás lo que está mal? ¿Debes explorar cómo te sientes respecto a la educación de tu familia? ¿Hacer lo que Dios ordena sin importar cómo me siento? ¿Seguir mis sentimientos? ¿Actuar por fe, no por sentimientos? ¿Conectarte con tus emociones? ¿Satisfacer tus necesidades? ¿Debes tomar antidepresivos? ¿Tomarte vacaciones? ¿Tomar el control de tu vida y la responsabilidad de tus decisiones? ¿Debes expulsar el demonio que se insertó en el sistema operativo de tu alma? ¿Introducir afirmaciones positivas en el flujo de la conversación negativa que tienes contigo mismo? ¿Debes reclamar tu nueva identidad en Cristo? ¿Tomar un periodo de oración y ayuno? ¿Adoptar firmemente las promesas? ¿Tener un compañero para rendir cuentas? ¿Tomar un programa de ejercicios o quitar la ingesta de cafeína para que fluyan las endorfinas? ¿Tener vida? ¿Solo enfréntalo y deja de ser tan egocéntrico?
O puedes acércate a la pregunta desde un ángulo diferente. ¿Quién puede ayudarte? ¿Necesitas diez sesiones con el psicoterapeuta? ¿Un retiro con un guía espiritual? ¿Una visita al médico? ¿Un encuentro con un exorcista? ¿Contratar un entrenador personal? ¿Unirte a un grupo de apoyo semanal? ¿Escuchar una predicación sólida y tener mejores tiempos a solas con Dios? ¿Encontrar un par de buenos amigos?
Todo esto es mucho más complicado porque todas estas actividades y personas que se acaban de nombrar aparecen en muchas variaciones, variantes y combinaciones. Y como si todo eso no fuera lo suficientemente complicado, el campo de la consejería es agitado, fluido e inestable. Las novedades, la moda, las facciones van y vienen. Las teorías y las terapias cambian, mutan, combinan, innovan y se reinventan a sí mismas. Siempre hay un próximo best seller y las curas más seguras que superan las limitaciones de todo lo anterior.
Luego tenemos la primera mitad de nuestra pregunta. Después de todo, ¿qué es «la consejería bíblica»? Cuando se ponen la vestimenta de iglesia, la mayoría de las respuestas y de las personas que se acaban de describir afirman estar cerca del negocio de la consejería bíblica o cristiana. Después de todo, ¡nadie que nombre a Cristo jamás afirmaría estar haciendo «consejería no bíblica»!
Por lo tanto, ¡¿cómo respondemos razonablemente a tan inmensa pregunta?! ¿Cómo desarrollamos la verdadera sabiduría que puede ofrecer la consejería bíblica digna de ese nombre?
En lugar de intentar catalogar todos los actores, creo que lo mejor es desarrollar habilidades básicas en discernimiento. Las siguientes cuatro preguntas te capacitan para poner a prueba justa y adecuadamente cualquiera de los múltiples enfoques de consejería. Si sabes cómo captar cualquier modelo con criterio, serás capaz de evaluar las fortalezas y las debilidades de esos enfoques particulares de consejería que se ha vuelto tan populares en los círculos de las iglesias.
En primer lugar, ¿cómo está representado Dios? ¿Es el Dios revelado en la Escritura central en cómo debemos entender y abordar los pecados y sufrimientos de la condición humana? ¿Es central para saber entender el bien, las posibilidades y las bendiciones a las que la consejería quiere apuntar realizar? En particular, ¿qué rol e importancia se le da a Jesucristo? Los modelos de consejería defectuosos nunca entienden bien a Cristo. Estos modelos ignoran completamente, distorsionan violentamente o tergiversan sutilmente a Cristo a quien se supone que debemos representar. Sin embargo, el Buscador de todos los corazones, aquel ante quien cada rodilla debe doblarse, el único Salvador de pecadores y Refugio para quienes sufren insiste en ejercer su derecho. La sabiduría bíblica considera todos los fenómenos humanos con este Dios a la vista.
En segundo lugar, ¿cómo se interpreta la naturaleza humana? ¿Qué visión de la motivación humana define el fundamento «¿por qué haces lo que haces?»? En particular, ¿los seres humanos son entendidos como seres que se relacionan con Dios activa e incesantemente? Ningún modelo de consejería cuyos genes contengan ADN secular tendrá una teoría de motivación correcta. ¿Es claro que cada corazón (en todo momento, en toda circunstancia) o sirve a las mentiras y a la lujuria de la carne o ama al Señor Dios? ¿Es claro cómo cada acción, reacción, pensamiento y emoción revela estos motivos de relación con Dios? Si no entiendes bien el centro, no entenderás bien los objetivos de la consejería; no puedes entender en lo que un ser humano debe convertirse; no puedes definir correctamente el éxito. La consejería defectuosa siempre se equivoca en entender el centro. Teorizan y afirman interpretaciones falsas de lo que nos hace funcionar. Por ejemplo, necesidades insatisfechas, instintos conflictivos, impulsos condicionados, diseño genético, bioquímica, poder de voluntad fallidos, malos hábitos, ignorancia corregible… ninguna de ellas llega a lo que realmente está pasando. La sabiduría bíblica considera todos los fenómenos humanos mientras mantiene en vista, «¿a quién estás amando ahora; en quién estás confiando; a quién estás sirviendo y a quién estás temiendo?».
En tercer lugar, ¿cuál es el peso que se le da a las circunstancias? ¿La etapa en la que vivimos (lo que nos rodea, lo que nos llega, lo que nos influencia) tiene la última palabra determinante y decisiva? ¿O es visto correctamente como un contexto dispuesto por Dios, no una causa? Además, ¿algunas de nuestras circunstancias particulares se destacan para un énfasis particular, como si ofreciera clave explicativa única? ¿Pasada, presente o futura? ¿Experiencia social, cuerpo físico o agente demoníaco? Los modelos de consejería defectuosos nunca llegan a entender bien el mundo en el que vivimos. Gran parte de los enfoques dan un peso determinante a una parte de nuestra situación de la vida completa. Por ejemplo, «tienes un desorden alimenticio porque tus necesidades de amor y autoestima no fueron satisfechas por tus padres» es igual a «eres esclavo a la obsesión con la comida debido a que un demonio de adicción ha ganado fuerza» y eso es lo mismo que «sufres de un desorden alimenticio porque tienes un desorden obsesivo compulsivo en tus genes». Podría ser cierto que tus padres no fueron amorosos contigo; que Satanás sí merodea; y que podrías haber nacido con ciertas tendencias y no otras. Sin embargo, ninguna de estas cosas es determinante. La sabiduría bíblica considera importante cada parte de nuestras circunstancias, pero le adjudica la causa final al corazón.
En cuarto lugar, ¿cómo se conciben las metas y las actividades de la consejería? ¿Es la cura del alma, la restauración de la humanidad pecadora a la imagen de Cristo por la gracia de Cristo? ¿Está consolando al angustiado y molestando al que está cómodo? ¿Es la transformación de nuestros pecados y el consuelo de nuestras penas? ¿La consejería es esencialmente pastoral? Los modelos de consejería defectuosa siempre aconsejan mal. El consejero actúa como un arqueólogo que explora tu pasado y tu interior para comprender; como un mecánico que altera lo que no está funcionando satisfactoriamente en tu cognición y en tu comportamiento; como un entrenador que formula un plan de juego para vivir exitosamente y alentarte; como un amigo que te acepta tal como eres; como un padre que satisface tu necesidad psicológica de amor; como un filósofo que entrega una interpretación creíble de la vida sin ningún Dios; como un doctor que te receta medicina para hacerte sentir mejor; etc. La sabiduría bíblica considera la consejería como un ministerio del poder salvador de la gracia y de la verdad de Jesucristo. Comprensiones, alteraciones, ánimos válidos y otras cosas se levantan dentro de esa relación.
Cuatro preguntas simples para construir discernimiento… ¡Se necesita tanto discernimiento! Sin embargo, creo que a medida que descubres cómo pensar bien dentro de estas verdades encontrarás que pasarán cosas buenas. Serás más sabio como consejero bíblico digno de tal nombre: un pastor sabio de ovejas y curador de almas. Asimismo, verás que serás más perspicaz ante cualquier sabiduría del mundo que clama por tu oído, tu voto, tu lealtad, tu ministerio, tu gente.
David Powlison David Powlison enseña y aconseja en la Escuela de Consejería Bíblica de la Christian Counseling & Education Foundation y en el Seminario Teológico de Westminster.
Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Jesucristo, y este crucificado
Los teólogos hablan con frecuencia de la obediencia activa y pasiva de Cristo. Su obediencia activa consistió en guardar la ley de Dios perfectamente a lo largo de Su vida. Su obediencia pasiva consistió en Su recepción voluntaria del castigo que merecían los pecadores por quebrantar la ley. Ambas les son imputadas a los pecadores que confían en Cristo, de modo que ellos son considerados perfectamente justos en Él, sin condena alguna por quebrantar la ley (ver Confesión de Fe de Westminster, cap. 11). El término «obediencia pasiva» es algo inexacto, ya que cuando Cristo soportó la pena del pecado lo hizo activamente.
El pasaje que afirma con más ímpetu la imputación positiva de la justicia de Cristo es 1 Corintios 1:30: «Mas por obra suya estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, y justificación, y santificación, y redención». La unión de los creyentes con Cristo significa que «en Cristo Jesús» se considera que tenemos la misma «sabiduría… justificación… santificación, y redención» (perfectas) que Cristo posee. Eso no significa que tengamos tales atributos en nuestra existencia personal en esta tierra, sino que Cristo es nuestro representante y que todo eso nos es atribuido gracias a nuestra unión con Él (es decir, a que «estamos en Cristo»). La frase «para nosotros» se refiere a nuestra posición «en Cristo Jesús» y al hecho de que compartimos Sus atributos.
Algunos objetan esta conclusión porque parece difícil entender cómo es que Cristo fue «redimido» de la misma manera en que somos «redimidos» los creyentes. De igual modo, algunos argumentan que las referencias a la «sabiduría», «justificación» y «santificación» tampoco deben interpretarse de forma representativa. Según ellos, el versículo solo se refiere al hecho de que los creyentes se vuelven sabios, santos, justos y redimidos a través de Cristo, y las primeras tres características son cualidades piadosas que deberían caracterizar cada vez más las vidas de los cristianos.
Este problema se mitiga cuando llevamos a cabo un estudio sencillo de las palabras. La palabra que se traduce como «redención» se utiliza a veces en el Antiguo Testamento griego para aludir a la liberación del pecado, pero se usa con mayor frecuencia para hacer referencia a la liberación de la opresión severa. A la luz de esto, parecería normal utilizar la palabra «redención» en 1 Corintios 1:30 para indicar una liberación de la opresión, en particular con respecto a Cristo. Si ese es el caso, hace referencia a Su liberación de la muerte y de la esclavitud a los poderes de Satanás en la resurrección.
La primera parte del versículo refuerza la idea de que los cristianos son representados por estos atributos de Cristo: es por «obra suya» (de Dios) que estamos «en Cristo Jesús», y debido a que estamos «en» Él, compartimos posicionalmente Sus características perfectas. Por lo tanto, no debemos gloriarnos en nuestras propias capacidades (vv. 29, 31), sino en los beneficios resultantes de la representación de Cristo.
En consecuencia, 1 Corintios 1:30 respalda la idea de que los creyentes somos representados por la justicia perfecta de Cristo y, en un sentido posicional, somos tan plenamente justos como Él (ver Rom 5:15-19; Flp 3:9). En 2 Corintios 5:21, Pablo escribe: «Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él». Pablo asegura que Cristo asumió una culpa ajena y sufrió un castigo que Él mismo no merecía para que los pecadores por quienes Jesús sufrió el castigo fueran «hechos justicia de Dios en Él [Cristo]». Esto significa que Dios nos ve como «inocentes» que no merecen condena aunque hayamos cometido pecado. Sin embargo, que seamos hechos «justicia de Dios» también significa que estamos identificados con la «justicia de Dios», no solo en la ofrenda de la muerte de Cristo, sino también explícitamente en el Cristo resucitado, de modo que nos es imputado un aspecto positivo de la justicia de Cristo.
Génesis 1:28 y sus reiteraciones a lo largo del Antiguo Testamento nos brindan un trasfondo importante para entender la obra justificadora de Cristo con respecto a Su obediencia activa. La comisión de Génesis 1:26-28 involucraba los siguientes aspectos: (1) «los bendijo Dios»; (2) «sed fecundos y multiplicaos»; (3) «llenad la tierra»; (4) «sojuzgad» la «tierra»; (5) «ejerced dominio sobre… [toda] la tierra». El hecho de que Dios creara a Adán a Su «imagen» y «semejanza» es lo que le permitiría a este último ejecutar los diversos aspectos de la comisión. Como portador de la imagen de Dios, Adán debía reflejar Su carácter, lo que incluía reflejar la gloria divina. Además de la prohibición de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2:16-17), la esencia de la comisión consistía en sojuzgar y ejercer dominio sobre la tierra, llenándola de la gloria de Dios, en especial al procrear una descendencia gloriosa de portadores de la imagen divina. Si Adán hubiera obedecido su comisión, habría recibido las bendiciones del fin de los tiempos en magnitud ampliada; en esencia, estas habrían consistido en una incorrupción irreversible y eterna de la vida física y espiritual, que habría tenido lugar en un universo incorruptible, libre de todo mal y toda amenaza pecaminosa.
Sin embargo, Adán desobedeció la comisión al desobedecer la palabra de Dios y no ejercer dominio sobre la creación como debería haberlo hecho, permitiendo que la serpiente irrumpiera y lo corrompiera a él y a su esposa (Gn 3; ver 2:16-17). Pero la comisión de Adán no fue revocada. Hay muchos pasajes bíblicos que indican que la comisión de Adán fue legada a otras figuras semejantes a él, como Noé, los patriarcas y el Israel del Antiguo Testamento. No obstante, todos fallaron al momento de cumplir la comisión. A partir de los tiempos de los patriarcas, las repeticiones de la comisión adánica fueron combinadas con la promesa de una «descendencia» que «bendeciría» a las naciones. Eso indica que, a la postre, la comisión sería cumplida por la «descendencia».
Desde los tiempos de Abraham, las reiteraciones de la comisión de Génesis 1 se presentan como una promesa de un acto positivo que tendría lugar en el futuro o como un mandamiento que resultaría en una obediencia positiva. Tanto las reiteraciones promisorias como las imperativas de la comisión guardan relación con los aspectos positivos de la conquista, la posesión (o herencia), la multiplicación, el incremento y la expansión de la «descendencia». En vista de ello, sería extraño que el Nuevo Testamento nunca se refiriera a Jesús como el último Adán de esa misma manera positiva. En efecto, el Nuevo Testamento ve la sumisión de Cristo a la muerte en la cruz como parte de Su obediencia a la comisión de Adán (ver Rom 5:12-17; Flp 2:5-11; Heb 2:6-10). Jesús no solo hizo lo que el primer Adán debió hacer, sino que también fue obediente hasta la muerte, lo que lo llevó a la victoria de la resurrección y la exaltación.
Pablo habla más de lo que se denomina la obediencia pasiva de Cristo en Su muerte que de Su obediencia activa al salvar a Su pueblo. Sin embargo, hay pasajes que presentan a Jesús como el último Adán sin aludir a Su muerte, sino al hecho de que hizo lo que Adán debió haber hecho. Un ejemplo es Su tentación en el desierto (Mt 4; Lc 4). Allí, Cristo funcionó como el último Adán y también como el verdadero Israel (es decir, como el Adán colectivo) que obedeció en las mismas áreas en que desobedecieron el primer Adán y el primer Israel.
De la misma manera, Pablo presenta a Cristo como el último Adán que recibió la posición triunfante y la recompensa del señorío incorruptible y glorioso como resultado de Su cumplimiento de todas las condiciones de la obediencia que se requerían del primer Adán, en especial, las de posesión y conquista. En 1 Corintios 15:27 y Efesios 1:22, Pablo afirma que Cristo cumplió el ideal del Salmo 8:6 que el primer Adán debió haber cumplido: «Dios ha puesto todo en sujeción bajo sus pies», lo que significa que Cristo mismo, como el último Adán, también ha ejercido el «poder… para sujetar todas las cosas a sí mismo» (Flp 3:21). 1 Corintios 15:45 se refiere claramente a Cristo como el «último Adán» que obtuvo la bendición exacerbada de la incorruptibilidad que el primer Adán no consiguió. Además, 1 Corintios y Efesios identifican a los creyentes ya sea con el hecho de que Cristo tiene todas las cosas en sujeción a Él (Ef 2:5-6) o de que posee bendiciones incorruptibles (1 Co 15:49-57; ver también Heb 2:6-17).
Pablo entiende que Cristo cumplió la comisión adánica del Salmo 8. Esto significa que Cristo ejerció dominio, sojuzgó, multiplicó Su descendencia espiritual (aunque ese elemento está ausente en el Sal 8) y llenó la tierra con la gloria de Dios de forma perfecta, tanto como le es posible a una persona a lo largo de su vida. Esta idea tiene que ver con la inauguración del fin de los tiempos, pues la obediencia fiel de Cristo como el último Adán se tradujo en la recompensa eterna de transformarse en la nueva creación incorruptible y en el Rey de esa creación. En otras palabras, el cuerpo resucitado de Cristo fue el comienzo de la nueva creación del fin de los tiempos y de Su señorío obediente en esa nueva creación. Así como los cristianos estamos identificados con la posición de Cristo en Su resurrección y exaltación real en el cielo, también lo estamos con Su recompensa, que es el señorío exaltado y la obediencia fiel que sigue caracterizando ese señorío. El señorío de Cristo resucitado y exaltado y Su estatus como el Adán obediente constituyen una irrupción de la nueva creación futura en la era presente. No es una nueva creación perfeccionada, pues los cristianos del siglo presente aún no son reyes perfectamente obedientes ni han experimentado la recompensa consumada de la resurrección plena. No obstante, estamos unidos a Cristo, el último Adán que fue perfectamente obediente.
La doctrina que enseña que Cristo fue el sustituto penal de los pecadores que han quebrantado la ley, a fin de que estos puedan ser considerados inocentes, es la doctrina de la obediencia pasiva de Cristo. 2 Corintios 5:21 también alude a esta noción: el hecho de que Cristo se haya transformado en una ofrenda por el pecado para pagar la pena del pecado de los creyentes se traduce en que nosotros somos declarados inocentes; sin embargo, como vimos antes, los creyentes también recibimos la justicia del Cristo resucitado.
Romanos 3:23-26 también se refiere a la obediencia pasiva de Cristo; la palabra «propiciación», en el versículo 25, hace referencia al «propiciatorio», la cubierta del arca del pacto donde se derramaba la sangre de los sacrificios para representar la sustitución de la pena del pecado de Israel. Ahora, Cristo se ha transformado en el «propiciatorio» donde Él vierte Su propia sangre para pagar la pena del pecado a fin de que los pecadores sean declarados «inocentes» o «justos».
De esta manera, la vida y muerte vicaria de Cristo le atribuyen justicia a Su pueblo y nos declaran inocentes de nuestros pecados. Estaríamos perdidos sin nuestro Salvador.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Gregory K. Beale El Dr. Gregory K. Beale es profesor de Nuevo Testamento y teología bíblica y ocupa la cátedra J. Gresham Machen de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Westminster de Filadelfia. Es autor de numerosos libros, entre ellos God Dwells among Us [Dios habita entre nosotros].
Jueves 18 Agosto Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús. Romanos 3:23-24 ¿Ha recibido usted una multa de tránsito? Yo sí. Sobrepasé el límite de velocidad de 9 km/h. Mientras el oficial hacía el informe, pensé que sería mejor que él fuera tras los malos conductores o los delincuentes. Pero el hecho era que yo había violado la ley, y debía guardar silencio.
A veces vemos el pecado de la misma manera: lo clasificamos por categorías. “Hay grandes pecadores que violan abiertamente la ley de Dios, y hay otros como yo. Por cierto, yo cometo errores de vez en cuando, pero no soy como ellos…”. Sin embargo, ¿qué piensa Dios? Él aborrece el mal. Y nosotros, cada uno sin excepción, hemos transgredido su voluntad. El versículo del día es claro: “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”.
¿Qué podemos hacer? Simplemente creer en Jesucristo, quien pagó en nuestro lugar por nuestros pecados (Isaías 53:5). Él prometió que, si le confiamos todo nuestro ser, nos perdonará y nos dará una nueva vida.
¿Cómo puede ser esto? Abandonando la idea de hacer cualquier cosa para merecer su gracia, nos arrodillamos a los pies de Jesús con una actitud arrepentida. Confesamos que somos pecadores y que hemos cometido innumerables pecados. Dejemos de lado nuestro egoísmo, nuestro orgullo, para decirle: “Señor Jesús, perdóname. Haz de mí una nueva persona. Hazme pasar de la muerte a la vida eterna”. Y Jesús lo hace.
“Tú, Señor, eres bueno y perdonador, y grande en misericordia para con todos los que te invocan” (Salmo 86:5).
Nota del editor: Este es el primer artículo en una serie de 12 súplicas a los predicadores de la prosperidad. Los artículos fueron publicados originalmente en el libro de John Piper, ¡Alégrense las naciones!
Jesús dijo: “¡Cuán difícil será para aquellos que tienen riquezas entrar en el reino de Dios!”. Sus discípulos quedaron asombrados, como muchos en el movimiento de “prosperidad” deberían estar. Así que Jesús elevó el asombro de ellos aún mas al decir: “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el reino de Dios.” Ellos respondieron con incredulidad: “¿Entonces quien puede ser salvo?” Jesús les respondió, “Para el hombre esto es imposible, pero no para Dios. Porque todas las cosas son posibles para Dios” (Mr. 10:23-27).
Esto significa que el asombro de los discípulos era adecuado. Un camello no puede entrar por el ojo de una aguja. Esto no es una metáfora para algo que requiere un gran esfuerzo o un humilde sacrificio. No se puede hacer. Sabemos esto porque Jesús dijo, “¡Imposible!”. Sus palabras, no nuestras. “Para el hombre es imposible”. El punto es que el cambio de corazón que se requiere es algo que el hombre no puede hacer por sí mismo. Dios debe hacerlo”. . . pero no [es imposible] para Dios”.
No podemos dejar de atesorar el dinero por encima de Cristo. Pero Dios sí puede hacer justamente eso en nosotros. Esas son las buenas nuevas. Y esto debe ser parte del mensaje que los predicadores de prosperidad anuncian en vez de tentar a las personas a ser más como camellos. ¿Por qué quisiera un predicador predicar un evangelio que fomenta el deseo de ser rico y por lo tanto confirmar a la gente de su incapacidad natural para entrar al reino de Dios?
Publicado originalmente en Desiring God.
John Piper (@JohnPiper) es fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros.
Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Jesucristo, y este crucificado
El apóstol Pablo no creía que los seres humanos son básicamente buenas personas que hacen cosas malas. Los primeros capítulos de su epístola a los Romanos están dedicados a la proposición de que, con la excepción de Jesucristo, todo ser humano es por naturaleza injusto, culpable y digno de muerte. Pablo concluye que «tanto judíos como griegos están todos bajo pecado» (Rom 3:9).
Este retrato desolador y despiadado de la humanidad plantea al menos dos preguntas: ¿Por qué no vemos excepciones a la depravación humana universal? ¿Hay esperanza alguna para pecadores que están bajo la justa condenación de Dios y que no pueden hacer nada para librarse a sí mismos del juicio divino?
Pablo responde a ambas preguntas de una manera inesperada en Romanos. Nuestra difícil situación como pecadores se remonta en última instancia a Adán. Nuestra única esperanza como pecadores está en el segundo Adán, Jesucristo. En Romanos 5:12-21, el apóstol nos ayuda a ver cómo la obra de cada hombre, Adán y Jesús, afecta a los seres humanos hoy.
En Romanos 5:14, Pablo dice que Adán «es figura del que había de venir», es decir, Jesucristo. Al igual que Jesús, Adán fue un verdadero ser humano histórico. Aunque Jesús no es un simple hombre, es un verdadero hombre. Aquí Pablo afirma una correspondencia entre Adán y Jesús, pero en 1 Corintios el apóstol usa un lenguaje que nos ayuda a comprender mejor su relación. Si Adán es «el primer hombre», entonces Jesús es «el último Adán» (1 Co 15:45). Adán es «el primer hombre»; Jesús, «el segundo hombre» (v. 47). Adán y Jesús son hombres representativos. Nadie se interpone entre el primer hombre y el último Adán. Y nadie sigue a Jesús, el segundo hombre. Todo ser humano en todos los tiempos y lugares del mundo, nos dice Pablo, tiene una relación representativa con Adán o con Jesús (ver vv. 47-48). Es en el contexto de esta relación que lo que ha hecho el representante pasa a manos del representado.
En Romanos 5, Pablo examina estas relaciones representativas bajo el microscopio. El apóstol quiere que veamos cómo «una transgresión» de Adán afecta a todos los que están en Adán. Lo hace para ayudar a los creyentes (aquellos que están «en Cristo») a ver cómo les afecta la obediencia y la muerte de Cristo.
Algunos de los términos más importantes que usa Pablo en Romanos 5:12-21 se derivan de la sala de tribunal. Contra la «condenación» que pertenece a los que están en Adán está la «justificación» que pertenece a los que están en Cristo (vv. 16, 18). La palabra que a menudo se traduce como «constituidos» en el versículo 19 («Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos» [énfasis añadido]) se traduce más precisamente como «designados». El punto de Pablo en este versículo no es que el pecado de Adán nos transforma personalmente en pecadores, ni que la obediencia de Jesús nos transforma personalmente en justos. Su punto aquí es que, a la luz de la desobediencia de Adán, aquellos a quienes Adán representa pertenecen a una nueva categoría legal (pecador). De manera similar, es debido a la obediencia de Jesús que a Su pueblo se le concede la entrada a una nueva categoría legal (justo).
El término teológico técnico que describe esta transacción que involucra al representante y al representado es imputación. El único pecado de Adán es imputado (aplicado) a todos aquellos a quienes representa. Como resultado de esta transacción, todos los que están «en Adán» entran en condenación. Es decir, están sujetos a la justicia divina por el único pecado de Adán que se les imputa. Por otro lado, la justicia de Cristo se imputa a todos aquellos a quienes representa. Como resultado de esta transacción, todos los que están «en Cristo» son justificados. Dios los considera justos, no por nada que hayan hecho, estén haciendo o hagan. Dios justifica a los pecadores únicamente sobre la base de la perfecta obediencia y plena satisfacción de Cristo, que Dios les imputa y que reciben por medio de la fe sola.
Las dos imputaciones de Romanos 5:12-21 proporcionan la respuesta a las dos preguntas que planteamos anteriormente. La razón por la que «no hay justo, ni aun uno» (3:10) se deriva del hecho de que todos los seres humanos, excepto el segundo Adán, están por naturaleza condenados en Adán. Pablo nos muestra que junto con la condenación universal está la depravación universal. Es a la luz de la imputación del primer pecado de Adán a los seres humanos que estos seres humanos culpables, desde el momento de su concepción, heredan una naturaleza caída de sus padres.
Por estas razones, no hay esperanza ni ayuda que se pueda encontrar entre los que están «en Adán». Pero la esperanza y la ayuda están disponibles para los pecadores. Se encuentran solo en Jesucristo, el segundo y último Adán. El pecador recibe la justicia de Cristo solo por medio de la fe en Cristo. El pecador es justificado únicamente sobre la base de esta justicia. Sus pecados son perdonados y se le considera justo en el tribunal de Dios. Unido a Cristo y justificado por la fe en Él, el creyente llega a ser transformado a la imagen de Cristo por el poder del Espíritu Santo.
Una dificultad que la gente ha expresado a menudo con la enseñanza de Pablo en Romanos 5:12-21 se puede resumir en la objeción: «¡No es justo!». Muchos preguntan: «¿Es realmente justo que Dios me castigue por algo que otro ha hecho? Después de todo, nadie me preguntó si quería ser representado por Adán. ¿Cómo puede un Dios justo y bueno condenarme de esa manera?».
Esta objeción es seria y merece una cuidadosa reflexión. La realidad es que la relación representativa que Dios instituyó entre Adán y los seres humanos destaca la bondad, la soberanía y la justicia de Dios. La bondad de Dios es evidente en Sus tratos con Adán en el jardín del Edén, tratos que se relacionan con cada persona a quien Adán representó. Dios creó a Adán como un hombre justo. Los pensamientos, las elecciones, los sentimientos y el comportamiento de Adán fueron todos sin pecado. Dios puso a Adán en el paraíso y le permitió disfrutar de Su generosidad. Dios le ofreció a Adán la promesa de la vida eterna confirmada y solo le pidió que se abstuviera, por un tiempo, de comer de un solo árbol en el jardín. Es difícil concebir circunstancias más ventajosas para nuestro representante, Adán. Cada detalle del pacto que Dios hizo con Adán refleja la bondad de Dios. Como pecadores que viven entre pecadores en un mundo pecaminoso, ¿habríamos tenido esperanza alguna de hacerlo mejor que Adán como nuestro representante en el jardín del Edén?
La relación representativa que Dios designó entre Adán y su descendencia ordinaria también da testimonio de la soberanía y la justicia de Dios. Tanto Adán como nosotros somos criaturas en las manos de Dios. Dios tiene el derecho de ordenar nuestras vidas de la manera que Él quiera, y nosotros no tenemos derecho a pedirle cuentas (ver Rom 9:19-20). Al actuar como lo hace, no nos hace ninguna injusticia. Al contrario, actúa de acuerdo con Su propio carácter justo.
Al pensar en la relación que Dios instituyó entre Adán y los seres humanos, debemos recordar al menos dos consideraciones adicionales que están relacionadas. Primero, Dios no instituyó tal relación entre los ángeles. Cada ángel es individual ante Dios. Algunos ángeles han permanecido obedientes a Dios, mientras que otros ángeles cayeron en pecado. Dios no ha provisto ningún mediador para estos ángeles caídos y no les ofrece misericordia salvífica. Habiendo abandonado «su morada legítima, los ha guardado en prisiones eternas, bajo tinieblas para el juicio del gran día» (Jud 6).
En segundo lugar, Dios ha redimido a pecadores caídos e indignos a través del mismo tipo de relación representativa en la que caímos en pecado por medio de Adán. Cuando el pecador se une a Jesucristo por la fe sola, pasa de la condenación a la justificación y recibe gratuitamente la justicia de Jesucristo. El pecador no recibe este regalo de justicia por nada que él mismo haya hecho, esté haciendo o haga. Más bien, Dios en Su gracia atribuye esa justicia al pecador, quien la recibe por fe. E incluso esa fe es un don de Dios (Ef 2:8; Flp 1:29).
Por esta razón, como cristianos miramos la salvación que hemos recibido en Cristo y decimos: «¡No es justo!». Decimos esto no con un puño cerrado que muestra ira y desafío, sino con una mano abierta que muestra alabanza y acción de gracias. La buena noticia del evangelio es que Dios no nos ha dado lo que merecemos. Lo que merecemos es la condenación eterna. Pero Dios cargó nuestros pecados sobre Jesucristo en la cruz, y nos imputó la justicia de Su Hijo cuando creímos (2 Co 5:21). Dios no nos ha dado lo que nos corresponde. Nos ha dado lo que corresponde a Cristo. Él nos ha dado bendición en vez de maldición, justificación en vez de condenación, vida en vez de muerte y esperanza en vez de desesperación. Y al hacerlo, ha mostrado ser justo y el justificador del que tiene fe en Su Hijo (ver Rom 3:26).
En el día del juicio, los pecadores impenitentes no podrán culpar a nadie más que a sí mismos (2:1-11). Serán sentenciados y condenados justamente, y toda boca callará (Rom 3:19). Ese mismo día, los redimidos no nos jactaremos de nosotros mismos. Daremos toda alabanza y gloria a nuestro Salvador, el segundo Adán, el Señor Jesucristo.
Ese día aún no ha llegado. Hasta entonces, los cristianos podemos comenzar la obra de alabar a Cristo con nuestros cuerpos y nuestras mentes, con nuestras palabras y nuestras obras. Y podemos apuntar a otros hacia el Dios que, al ser rico en misericordia y abundante en amor, da vida junto con Cristo a pecadores muertos (Ef 2:4-5).
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Guy Prentiss Waters El Dr. Guy Prentiss Waters es el profesor James M. Baird, Jr. del Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary in Jackson, Miss., con un interés particular en las cartas y la teología de Pablo, el uso de las Escrituras en el Nuevo Testamento y los Evangelios sinópticos.
Miércoles 17 Agosto Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado. Isaías 26:3 (Jesús dijo:) La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo. Juan 14:27 Vivir tranquilamente en un mundo donde todo va mal Nuestro futuro es cada vez más incierto: el planeta está en peligro, nuestras condiciones de vida se degradan, el desempleo aumenta, la corrupción y la violencia son evidentes cada día. ¿Cómo disfrutar la vida en un contexto que produce tanta ansiedad?
¿Debemos actuar como el avestruz y enterrar nuestras cabezas en la arena, es decir, no escuchar más las noticias y pensar solo en nosotros mismos? ¿Debemos aprovechar al máximo el momento presente diciendo: “Comamos y bebamos, porque mañana moriremos”? (1 Corintios 15:32).
La Biblia nos propone otro camino: poner nuestra confianza en Dios. Él es un Dios de paz. Para recibir esta paz debemos reconciliarnos con Dios, porque por naturaleza somos sus enemigos, pecadores desobedientes. Jesucristo hizo “la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20). La fe en él nos lleva a conocer la paz de la conciencia. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1). Entonces podemos contar con sus cuidados, con su amor y su poder. ¿Quién podría turbarnos si el gran Dios de los cielos, quien encerró el viento en sus puños (Proverbios 30:4), se ocupa de nosotros? El apóstol Pedro dormía plácidamente en la cárcel, incluso cuando el rey Herodes quería matarlo. Como Pedro, nosotros también podemos estar tranquilos, cualesquiera que sean las circunstancias de nuestra vida, si ponemos nuestra confianza en Dios.