La Biblia como texto literario

Sección Tres

La Biblia como texto literario

La literatura en los tiempos bíblicos

Autor: Milton Fisher

a1La Biblia se puede entender mejor y apreciar más si la miramos en su ambiente histórico. Esto incluye el conocimiento de otros escritos que existieron tanto antes como durante el tiempo en que se escribieron las Santas Escrituras.

Algunos lectores de la Biblia asumen que este libro sin igual es tan diferente de otros escritos que no se debería intentar ninguna comparación. En el otro extremo, algunos colocan a la Biblia al mismo nivel de otros escritos de ese período—escritos que salieron a la luz principalmente en el siglo pasado. Es en parte una reacción a este error, aunada a un rechazo consciente de los libros apócrifos, lo que ha causado que muchos cristianos evangélicos hayan pasado por alto la enorme riqueza de obras literarias que tenemos de los tiempos bíblicos. La mejor manera de familiarizarnos con la relación de las Escrituras a la literatura del ambiente cultural que las rodeaba y de llegar a convencernos de la importancia de tal información es citar algunos ejemplos específicos. Esto también servirá para presentar la información de fondo necesaria para entender la naturaleza de la conexión entre la Biblia y esos escritos extrabíblicos. A partir de entonces podremos responder a preguntas acerca de los orígenes de los escritos de varias personas del mundo bíblico, y examinar los tipos de literatura que datan de siglos y aun milenios antes de Cristo.

La literatura extrabíblica y los primeros libros de la Biblia

Aparte de un círculo interno de eruditos pioneros y de aquellos con razones profesionales o académicas para leer estas publicaciones, la literatura religiosa del Cercano Oriente no es ampliamente conocida. Mucho de lo que han descubierto los arqueólogos en sus excavaciones ha sido descifrado y publicado, pero pocos lo han leído extensamente. Sin motivación o guía para hacerlo, muy pocos estudiantes de la Biblia investigarían una colección de literatura muy significativa que se relaciona con la Biblia, especialmente con los primeros libros de ella.

Para comenzar, miremos primero el Pentateuco, los cinco libros de Moisés, y el libro del Génesis en particular. El lector del libro del Génesis debería sorprenderse inmediatamente con el contraste en ritmo y estilo entre los primeros once capítulos y los capítulos siguientes. Génesis 1–11 es formal, muy estructurado, altamente selectivo y se concentra en el contenido. Al contrario, comenzando con el capítulo 12 encontramos que las vidas de Abraham y los patriarcas de las tres generaciones sucesivas son tratadas con gran detalle.

Se podría argumentar que algunos hechos del período anterior simplemente se perdieron y, por lo tanto, no le fueron accesibles a Moisés en su época. Pero para los que reconocen la inspiración divina de las Santas Escrituras es más aceptable creer que el propósito de Dios fue colocar el énfasis en su plan redentor para su pueblo elegido y para todo el mundo, ya que el plan se iba a efectuar a través de la simiente de Abraham. Por lo tanto, la información se expande a medida que entramos en la historia de Abraham.

Sin embargo, con respecto a la literatura comparativa, hay otra cosa significativa acerca del contraste que se observa entre Génesis 1–11 y los capítulos 12–50. La primera sección tiene mucho del tono pesado y sombrío y la casi simétrica estructura de la cultura mesopotámica de la cual vino Abraham. La narrativa que sigue comparte el sabor más sensible, y a veces brillante, de la creatividad egipcia. Recuerde que Moisés, el autor humano, fue muy bien instruido en «toda la sabiduría de los egipcios, y era poderoso en palabra y en obra» (Hechos 7:22, NVI). De todos los hombres que conocemos de aquella época, Moisés fue el que estaba mejor capacitado para haber escrito los cinco primeros libros del canon de la Biblia.

Sin embargo, aún más básico y significativo es el asunto de la forma literaria del Pentateuco como una totalidad. En las últimas décadas se ha arrojado mucha luz sobre esto. El ambiente histórico de cuando se escribió el Pentateuco es el asombroso éxodo de los israelitas de Egipto y la formación de una nación bajo Dios en el Sinaí. Allí el Redentor hizo un pacto con su pueblo. Los primeros libros de las Escrituras hebreas son por naturaleza un documento de pacto, en los que se registra el origen, la intención y los requisitos de esta relación de pacto entre Israel y Dios, su Rey.

Estudios recientes sobre pactos antiguos del Cercano Oriente, especialmente de documentos de tratados del segundo milenio a.C., han revelado sorprendentes paralelos a la colección mosaica. En particular, los tratados de protectorado preparados por los reyes del imperio hitita tienen varias características que son notablemente similares al libro de Deuteronomio y también al Pentateuco como una unidad. Mientras que la experiencia de Israel y su relación especial con Dios su Señor son únicas, el formato con el cual el Señor confirmó esa relación concuerda plenamente con el patrón familiar de su sociedad contemporánea.

Es necesaria una palabra de explicación en cuanto a estos acuerdos de protectorado. A diferencia del gobierno absoluto de un soberano sobre su nación local o de un emperador sobre las divisiones de su imperio, el protectorado ejercía el control sobre una nación más pequeña o débil en asuntos internacionales, mientras que le permitía un grado mayor de independencia en el nivel doméstico. De hecho, el contrato o tratado que le ofrecía a su subyugado vecino, por lo general, era bastante ventajoso, tanto en lo económico como en lo relacionado a la seguridad militar. Al igual que en el pacto del Sinaí, que el Dios soberano le presentó a su pueblo elegido, era el gran rey mismo el que designaba los términos del pacto, sobre la base de lo-tomas-o-lo-dejas (esto último bajo la amenaza de ser abandonados o de algo peor). La oferta del Señor a Israel fue bajo los términos de «si obedecen … entonces yo los bendeciré».

Varios elementos específicos de estos tratados se reflejan claramente en la ley mosaica. Después de un corto preámbulo, un prólogo detalla la ocasión del pacto, a menudo alguna victoria militar en la región. Luego se estipulan las especificaciones—los términos básicos (como el decálogo bíblico), seguidas de las leyes subordinadas o estatutos. Hasta aquí, estos cuatro elementos se encuentran en ese orden en el libro de Deuteronomio, un documento de pacto renovado (para la segunda generación después de haber salido de Egipto), como también se encuentran una cláusula de documento y sanciones. Estos artículos posteriores incluyen la provisión para las ceremonias de aceptación e instrucciones para colocar una copia en el lugar sagrado (para Israel, el arca del pacto) y lecturas públicas de las leyes. El tratado de las maldiciones por romper los términos y las bendiciones por la fidelidad también se ve en el homólogo bíblico. Aplicado al Pentateuco en su totalidad, podemos comparar los primeros capítulos del Génesis al preámbulo, el resto del Génesis y parte del Éxodo al prólogo histórico, y de Éxodo 19 hasta Levítico a las estipulaciones del tratado.

Hemos tratado estas comparaciones extensamente porque sirven muy bien para ilustrar la relación general del contenido bíblico con los escritos extrabíblicos. Es decir, mientras que la Biblia es verdaderamente distinta de todos los escritos humanos en un sentido, fue diseñada providencialmente para ser entendida con facilidad y está adaptada a la manera de pensar de la gente que la recibía. Hoy podemos entender mejor lo que dice y cómo aplicar sus enseñanzas a nuestra propia época si aprendemos algo del contexto en el cual tuvo su origen.

El a menudo debatido «relato doble» de la creación, Génesis 1–2, tal vez se pueda explicar mejor por esta orientación de pacto del material. La primera señal de pacto que Dios designó para sus criaturas, para que expresaran reconocimiento de que él era su Creador, fue el día de reposo, al cual señalan los seis días de la creación en el primer capítulo. El capítulo 2, a su vez, lleva a la relación de pacto más importante en la tierra, el vínculo matrimonial.

Mucho antes de que los eruditos bíblicos se dieran cuenta de la comparación anterior de los tratados tipo protectorado, las mismas leyes mosaicas eran vistas a la luz de códigos legales aún más antiguos. Por ejemplo, el código de Hammurabi antecede a Moisés por dos siglos por lo menos, y los de Eshnunna (babilonio), Ur-Nammu y Lipit-Ishtar (ambos sumerios) son aún más antiguos. Diremos más a continuación acerca de este y de otro material mitológico según se relacionan a las narraciones de la creación y del diluvio en el Génesis.

La historia verdadera de la actividad literaria en los tiempos antiguos fue armada cuando se analizaron los fragmentos excavados de una amplia área; esta actividad fue realizada por muchos arqueólogos en varias expediciones. Las tablas de arcilla con escritura sumeria cuneiforme (escritura con una forma de cuña) datan de alrededor de 1750 a.C., y fueron recuperadas por la excavación realizada por la Universidad de Pennsylvania en Nippur (Iraq, la Mesopotamia antigua), hace unos setenta y cinco años. Entre ellos había un catálogo de literatura que data de por lo menos 2000 a.C., indicando que ya se había inventado la escritura y que se había producido literatura en el tercer milenio a.C. La mayoría de los eruditos opina que la escritura jeroglífica egipcia de escribir con dibujos fue un desarrollo independiente, tal vez bajo la influencia de la escritura sumeria más antigua. No mucho después del rey Menes, fundador de la primera dinastía egipcia alrededor de 3000 a.C., parece que se había desarrollado un sistema fonético de jeroglíficos. Los escribas babilonios y asirios tomaron ideogramas sumerios y los adaptaron a un silabario fonético para registrar su propio lenguaje semítico, conocido en forma colectiva como acadio. Para mediados del segundo milenio a.C., los cananeos de Ugarit habían simplificado la escritura cuneiforme a un verdadero abecedario de sólo treinta letras simples, mientras que al sur de ellos se produjo un abecedario linear. Los hebreos usaron el último, y más tarde los fenicios lo llevaron a Europa y a otros lugares.

Se encontraron miles de tablillas de arcilla, que datan del reinado del rey asirio Asurbanipal (circa 650 a.C.), en la biblioteca real de Nínive, durante un período de alrededor de veinticinco años de excavación en la segunda mitad del siglo XIX. Estas no eran sino copias de composiciones mucho más antiguas que venían de tiempos sumerios. Entre ellas se encontraban la creación épica titulada Enuma Elish, y la versión babilonio-asiria del gran diluvio, una parte de la Épica de Gilgamés. Un número aún mayor de tablillas (más de 20.000) fue descubierto en la década de 1950 en Mari, en el Río Éufrates, al noroeste de Babilonia. La mayoría de estas era documentos seculares, registros políticos y de negocios y transferencias de dinero.

En la costa mediterránea de Siria aparecieron cartas y documentos religiosos, épicos y comerciales al mismo tiempo que en Ugarit. Por su contenido se les ha fechado como pertenecientes al período desde 1400 a 1200 a.C. En años recientes se ha hecho un descubrimiento igual de valioso de numerosas tablillas de la antigua Ebla, al noreste de Ugarit, cuyo contenido trata de un período unos cuatrocientos años antes de Abraham.

De esos hallazgos esporádicos, vistos en comparación con el canon completo de las Escrituras hebreas, podemos obtener un cuadro sorprendentemente completo de los tipos de intereses literarios que existían entre los pueblos de la antigüedad. La tradición sumerio-acadia permanece como un bloque mayor comparada con las producciones más creativas y variadas de los egipcios. Los egipcios también tenían sus muy complejos mitos y un Libro de los muertos, una guía para la vida después de la muerte. Entre esas dos culturas, e influenciados por ambas, se encontraban los cananeos, cuya literatura era muy semejante a la hebrea bíblica en lenguaje, y nos da algunos de los paralelos más cercanos a la misma Biblia, y aunque teológicamente le faltaba mucho, era similar en las expresiones poéticas y en la terminología religiosa. Lo poco que poseemos de los textos moabitas, arameos y fenicios también muestra lo cercanas que estaban sus formas literarias a las de los hebreos.

Durante mucho tiempo se ha enseñado que la cultura y la literatura griega y la romana (latina) deben ser vistas como mundos aparte de las de la vida oriental. Sin embargo, estudios hechos por el profesor Cyrus H. Gordon y otros han indicado mucho más contacto y cambio de ideas entre personas de la cuenca mediterránea de lo que han afirmado los eruditos tradicionales. Por cierto que las diferencias culturales eran más pronunciadas en los tiempos intertestamentarios y en los tiempos del Nuevo Testamento. Pero cuanto más atrás vamos en el tiempo—hasta llegar al período que Homero idealiza en su épica, y personificado en la historia israelita por las hazañas de los jueces y reyes hebreos de la monarquía unida—más entretejidas están las raíces culturales. Aun la Eneida, la épica latina de Virgilio, contiene elementos que reflejan los tiempos bíblicos.

Por supuesto que es en los escritos del Nuevo Testamento, que están dentro del contexto grecorromano, que la koiné griega prevaleció como la lingua franca. Algunas cartas en papiros, que se han preservado en las arenas secas de Egipto, son similares en estilo a las epístolas del Nuevo Testamento. Heródoto, un historiador del siglo V a.C., estableció una elevada norma de observación y narración, ayudando a preparar el camino para los relatos objetivos del ministerio de Cristo y de los apóstoles en los cuatro Evangelios y en Hechos.

Estilos y géneros literarios antiguos

Antes de resumir la influencia real de estas literaturas religiosas y seculares en la producción de la Biblia, es necesario repasar los muchos géneros, o tipos, de material literario que se encuentran entre estas varias naciones, lenguajes y culturas. Los tipos literarios son entre ocho y quince, de acuerdo a si combinamos o hacemos una distinción entre ciertos subgéneros.

Acordemos que hay nueve tipos importantes de literatura, teniendo presente que tipos similares (depurados de aberraciones teológicas y de hechos) se muestran en mayor o menor grado en nuestra Biblia.

1. En su mayoría, los documentos que se encuentran en algunos lugares son documentos comerciales. Desde tiempos muy antiguos, las operaciones de negocios usaron la escritura en forma práctica para mantener sus registros y para la confirmación de sus acuerdos.

2. No muy lejos de este propósito se encontraría el uso epistolar, es decir, la comunicación personal entre oficiales o amigos.

3. Los códigos legales y los registros de las cortes también eran esenciales para manejar la vida comunal. Sólo tales documentos escritos podían asegurar la uniformidad de la práctica.

4. En la antigüedad, los documentos políticos, tales como los tratados que describimos antes, eran considerados sacrosantos e inviolables. Se hacían copias para todas las partes involucradas, para el depósito sagrado y para el anuncio público. Todavía se están descubriendo pistas nuevas que indican la amplia y sorprendente capacidad de leer y escribir que existía en la antigüedad.

5. Los materiales historiográficos no están muy lejos de la categoría anterior, puesto que los registros de los sucesos del momento, tales como las crónicas de los reyes, a menudo eran de naturaleza política propagandista. Los escritos épicos eran una combinación de hechos y fábulas. Los textos proféticos de augurio pueden ser colocados bajo una de dos categorías que todavía no hemos nombrado, pero existe una buena razón para nombrarlos aquí. El sistema «científico» de predicción que pretenden sostener sería patentemente impracticable si los eventos que contienen esos textos no fueran históricamente exactos. Los textos de augurio a menudo prueban ser manifiestamente más confiables que las crónicas de los reyes.

6. Las composiciones poéticas ocurren en todas las culturas que ya hemos mencionado, a menudo con contenido religioso, a veces épico, ocasionalmente divertido; hasta se han encontrado en el prólogo y el epílogo del famoso código de ley Hammurabi.

7. La literatura religiosa de los pueblos vecinos es, con toda seguridad, lo que alguien que no es especialista pensaría en un principio cuando le pidieran que considerara materiales comparativos. La Biblia en sí misma es, sobre todo, un libro «religioso». Esperamos que lo que se ha dicho hasta ahora haya informado al lector lo suficiente como para hacerlo consciente de que en realidad muchas diferentes categorías de escritos humanos han influido en varias porciones y en varios aspectos de nuestras Escrituras. En realidad, los textos religiosos o las inscripciones fúnebres, votivas (referentes a los pactos), y de naturaleza ritualista, todos tienen influencia en algunos detalles dentro de la Biblia. Pero la subcategoría a que generalmente nos referimos como mitológica siempre ha atraído el mayor interés y análisis, ya sea que este merezca ser el caso o no.

8 y 9. Unidas muy de cerca con la expresión religiosa en sí estarían la categoría (8) literatura de sabiduría y (9) los escritos proféticos. La primera se encuentra en una variedad de formas entre los babilonios (escritos cosmológicos que se enfocan en Ishtar [Astarté], la reina del cielo), los egipcios, los cananeos y los arameos. Se ha afirmado que cada uno de estos ha tenido una influencia directa en el pensamiento y la escritura hebrea, especialmente las fuentes egipcias y cananeas. Los adivinos, videntes y profetas extáticos abundaban durante el tiempo del mundo bíblico, y se ha escrito mucho para identificar a los profetas hebreos con ellos. Sin embargo, el hecho es que tanto el tipo de mensaje como los escritos de los profetas de Israel no tienen paralelo.

Los escritos apocalípticos («descubierto, revelado») son un tipo especializado de material (seudo-) profético. Constituyen una clase única de escritos intertestamentarios judíos y de los cristianos primitivos, ambos imitando pasajes encontrados en Ezequiel, Daniel y el libro del Apocalipsis del Nuevo Testamento, y pretenden ser la obra literaria de algún santo del Antiguo Testamento. Esto se hizo para darles autoridad a los escritos en una época en que la palabra profética auténtica había cesado.

La influencia de la literatura antigua en la Biblia

En cuanto a la influencia de la literatura antigua en la Biblia, ya se ha mostrado que mientras que la Biblia tiene elementos que son paralelos a todas esas categorías literarias, es en sí misma un producto diferente. Los efectos sobre ella de escritos extrabíblicos son indiscutiblemente limitados y controlados por virtud de su origen divino. Aunque la Biblia cita otra literatura unas pocas veces (por ejemplo, vea Números 21:14; Josué 10:13; 2 Samuel 1:18; 2 Reyes 1:18; 1 Crónicas 29:29; Hechos 17:28; 1 Corintios 15:33 (NVI); Tito 1:12; Judas 9, 14), la relación es que comparten el medio literario y el modo de expresión, más que la fuente o la determinación directa.

Como mencionamos antes, la mayoría de las personas pensaría que los escritos mitológicos antiguos, tanto los de tema cosmológico como los épicos, serían los más cercanos al contenido de la Biblia. Pero las presentaciones teológicas e históricas contrastan tanto que no vale la pena compararlas. Se podría hacer una comparación válida entre la estructura poética y el repertorio, como también entre la terminología ritualista (de culto) de Ugarit (cananea) y el Antiguo Testamento, pero aquí también las presunciones teológicas de ambos son polos opuestos.

Hemos indicado ya la marcada distinción entre el profetismo en Israel y el fenómeno similar aparente en las culturas que los rodeaban. La fuente o el factor causante hace una diferencia crucial también aquí. Tal vez el vínculo más cercano, o el estilo y contenido compartido, aparece en la literatura de sabiduría. Esto merece una explicación.

A través del Cercano Oriente antiguo se había desarrollado una clase de hombres sabios—escribas que tanto creaban como coleccionaban dichos sagaces. Por lo general, estas personas eran patrocinadas por los reyes (vea Proverbios 25:1) o por los sacerdotes. Los instructores de los jóvenes egipcios instaban a estos a que aspiraran a la profesión de escribas como la profesión más noble y de influencia. Los escribas eran entrenados usando literatura de sabiduría, y también escribían literatura de sabiduría. Esta forma particular de escritura ha compartido tanto en común en las varias culturas, que existe un debate que no se ha solucionado, por ejemplo, sobre quién tomó de quién en el caso del paralelo cercano entre Proverbios 22:17 hasta 23:14 y «La sabiduría de Amenemope» de Egipto. Además de la categoría apocalíptica antes mencionada, la literatura de sabiduría era popular con los escritores intertestamentarios en libros apócrifos tales como Eclesiástico (o Sirácida) y La Sabiduría de Salomón, junto con el tratado rabínico Pirqe Aboth (Dichos de los padres).

Los críticos de la Biblia del siglo XIX propusieron que ambos, las narrativas antiguas y los complejos códigos legales del Pentateuco, fueron de múltiples escritores, y que habían sido compuestos y reescritos a través de varios siglos. La teoría de ellos fue una teoría de desarrollo o evolución. Para el siglo XX, los arqueólogos habían desenterrado y traducido mitos relacionados con la creación, el diluvio y con los códigos de la ley real fechados mucho antes de Moisés. Los críticos entonces modificaron sus teorías, insistiendo que los hebreos tomaron de las fuentes babilónicas. Descubrimientos posteriores y un análisis comparativo cuidadoso han apoyado la independencia de la Biblia en lo referente al origen de su contenido. Es en la esfera del lenguaje y del estilo, y varias formalidades, que la literatura extrabíblica nos ayuda a colocar a las Santas Escrituras en su contexto histórico y literario apropiado.

El mundo del Nuevo Testamento estaba grandemente influenciado por la cultura griega (el «helenismo») y la administración romana. La sociedad combinada grecorromana contribuyó a la forma de la Escritura del Nuevo Testamento, sin embargo no perdió en realidad sus raíces judaicas. Esto se ha demostrado por medio de estudios intensivos y comparación de los Evangelios, Hechos (en realidad Lucas-Hechos como una categoría de «historia general» de literatura helenística), y los varios tipos de cartas del Nuevo Testamento con documentos y fragmentos de documentos antiguos del mundo mediterráneo.

Es interesante observar la forma en que los eruditos, en el campo combinado de clásicos (estudios griegos y latinos) y del Nuevo Testamento, se esfuerzan y luchan—discrepando los unos de los otros—para señalar paralelos exactos entre los escritos bíblicos y los seculares. Los expertos literarios hablan de las características genéricas: «forma» (estilo lingüístico e idioma), «contenido» (materia), y «función» (el propósito del autor). No es sorprendente que en la primera categoría haya paralelos cercanos y útiles (que ayudan a la comprensión y aceptación). La tercera característica tiene influencia general pero no conexión precisa. Es cuando llegamos al «contenido» que la Biblia se separa de todos los demás libros, porque aquí tenemos la inspiración divina, dada por Dios en cuanto a su mensaje y a su origen.

Un aspecto de tal análisis debería servir para ilustrar la naturaleza similar, y sin embargo diferente, de la comparación bíblica-secular. Los Evangelios pueden parecer caer en el patrón de escritos biográficos grecorromanos, mientras se entienda la biografía como registrando «historia». Pero para los griegos, las biografías tendían a desplegar un idealismo no histórico, debido a la determinación del autor de presentar a los personajes como tipos o paradigmas que los lectores debían imitar antes que como individuos históricos verdaderos. El texto de la Biblia en verdad presenta hechos históricos. Pero en agudo contraste con las composiciones griegas, con la excepción del Dios-hombre Jesucristo, ninguno de los personajes en la narración es presentado como persona ideal.

Entonces, en su totalidad, las Sagradas Escrituras, ambos el Antiguo y el Nuevo Testamentos, no están completamente separadas de los tipos y expresiones normales de su época. Pero sin embargo, se destacan como excepcionales y verdaderamente incomparables en su autoridad y valor instructivo.

BIBLIOGRAFÍA

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Deissmann, Adolf. Light from the Ancient East [Luz del oriente antiguo], 1927.

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Comfort, P. W., & Serrano, R. A. (2008). El Origen de la Biblia (pp. 97–112). Carol Stream, IL: Tyndale House Publishers, Inc.

La creación

Génesis 1-2

La creación

a11:1  En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.

Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.

Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas.

Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día.

Luego dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas.

E hizo Dios la expansión, y separó las aguas que estaban debajo de la expansión, de las aguas que estaban sobre la expansión. Y fue así.

Y llamó Dios a la expansión Cielos. Y fue la tarde y la mañana el día segundo.

Dijo también Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así.

10 Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno.

11 Después dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su semilla esté en él, sobre la tierra. Y fue así.

12 Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género. Y vio Dios que era bueno.

13 Y fue la tarde y la mañana el día tercero.

14 Dijo luego Dios: Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años,

15 y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra. Y fue así.

16 E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche; hizo también las estrellas.

17 Y las puso Dios en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra,

18 y para señorear en el día y en la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno.

19 Y fue la tarde y la mañana el día cuarto.

20 Dijo Dios: Produzcan las aguas seres vivientes, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos.

21 Y creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su especie. Y vio Dios que era bueno.

22 Y Dios los bendijo, diciendo: Fructificad y multiplicaos, y llenad las aguas en los mares, y multiplíquense las aves en la tierra.

23 Y fue la tarde y la mañana el día quinto.

24 Luego dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie. Y fue así.

25 E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno.

26 Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.

27 Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.

28 Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.

29 Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer.

30 Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer. Y fue así.

31 Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto.

2:1  Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos.

Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo.

Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación.

El hombre en el huerto del Edén

Estos son los orígenes de los cielos y de la tierra cuando fueron creados, el día que Jehová Dios hizo la tierra y los cielos,

y toda planta del campo antes que fuese en la tierra, y toda hierba del campo antes que naciese; porque Jehová Dios aún no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre para que labrase la tierra,

sino que subía de la tierra un vapor, el cual regaba toda la faz de la tierra.

Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.

Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado.

Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal.

10 Y salía de Edén un río para regar el huerto, y de allí se repartía en cuatro brazos.

11 El nombre del uno era Pisón; éste es el que rodea toda la tierra de Havila, donde hay oro;

12 y el oro de aquella tierra es bueno; hay allí también bedelio y ónice.

13 El nombre del segundo río es Gihón; éste es el que rodea toda la tierra de Cus.

14 Y el nombre del tercer río es Hidekel; éste es el que va al oriente de Asiria. Y el cuarto río es el Eufrates.

15 Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase.

16 Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer;

17 mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.

18 Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.

19 Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre.

20 Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo; mas para Adán no se halló ayuda idónea para él.

21 Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar.

22 Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre.

23 Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona,[a] porque del varón[b] fue tomada.

24 Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.

25 Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.

Footnotes:

  1. Génesis 2:23 Heb. Ishshah.
  2. Génesis 2:23 Heb. Ish.

Reina-Valera 1960 (RVR1960)Copyright © 1960 by American Bible Society

De tal Padre, tal Hijo

Enero 2

De tal Padre, tal Hijo

Lectura bíblica: Juan 14:8, 9

El que me ha visto, ha visto al Padre. Juan 14:9

a1Chico, contesta esta pregunta: ¿Cómo te sentirías si alguien te dijera: “Eres igualito a tu papá”? Todo depende de cómo es tu papá, ¿no es cierto? Si tu papá tiene el físico de un galán de cine y el cerebro de un científico, quizá quieras parecerte a él. Pero si a tu papá le crecen vellos en las orejas —como a la mayoría de los papás— ¡hay por lo menos una manera en que no quieras parecerte a él!

¿Hasta qué punto te pareces a tu papá? Coloca una marca (✓) al lado de las frases que describen cómo tú y tu papá se parecen. (Si quieres, puedes compararte con otro: mamá, un hermano mayor u otro familiar).

¿Tienes…

los mismos ojo y color de cabello? [

la misma forma de cuerpo y/o cara cómica? [   ]

los mismos talentos musicales o artísticos, o la falta de ellos? [   ]

el mismo anhelo por saber más acerca de Jesús? [   ]

el mismo gusto en programas de TV películas y música? [   ]

los mismos gustos y antipatías en cuanto a comidas? [   ]

el mismo sentido de humor? [   ]

Te cuento algo realmente fantástico para que lo pienses: Cuanto más te pareces a tu papá, mejor sabrán tus conocidos cómo es él, aunque nunca lo hayan visto.
Si le preguntaras a Jesús si se parece mucho a su Padre, él respondería: “¡Absolutamente sí!”. Jesús no sólo es tu camino para llegar al Padre, es también tu camino para conocer cómo es Dios el Padre. No puedes ver a Dios, pero en la Biblia puedes ver a Cristo, su Hijo. Jesús es “la imagen del Dios invisible”(Colosenses 1:15).

Cuanto más sabemos acerca de lo que Jesús dijo e hizo mientras estuvo en la Tierra, más sabremos acerca de Dios. Cuando, por ejemplo, oímos de la bondad de Cristo, sabemos que Dios es cariñoso. Y cuando leemos las palabras veraces de Cristo, sabemos que Dios es veraz. Quizá nosotros no nos parezcamos ni hablemos exactamente como papá, pero Jesús nos muestra a Dios a la perfección. ¡Cuando llegamos a conocer al Hijo, llegamos a conocer al Padre!

PARA DIALOGAR
¿Qué cosas grandiosas ves en Jesús que te atraen a Dios?

PARA ORAR
Señor, podrías haber hecho difícil que te pudiéramos conocer. Estamos agradecidos de que Jesús nos muestra cómo eres.

PARA HACER
Elige una característica de Dios que sabes que es verdad porque la has visto en Jesús —amable, honesto, etc.— y pon en práctica esa característica hoy.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

Los apócrifos del Antiguo y del Nuevo Testamento

Los apócrifos del Antiguo y del Nuevo Testamento

Autor: R. K. Harrison

a1Los escritos del Antiguo y del Nuevo Testamento tienden a atraer ciertas composiciones adicionales en la forma de libros, partes de libros, cartas, «evangelios», apocalipsis, etcétera. La mayoría de los autores escribió en forma anónima, pero algunos presentaron sus escritos al público bajo el nombre de un personaje conocido del Antiguo Testamento o miembro de la iglesia cristiana. Tales composiciones formaron una parte pequeña, pero importante, de la gran colección de literatura judía que salió a la luz durante el período entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Mucho de esto fue el resultado de las agitaciones religiosas y políticas, porque los judíos sintieron que su fe y su existencia misma eran amenazadas, primero por las influencias paganas de la cultura helenística griega, y luego por la opresión de las fuerzas invasoras romanas.

Trasfondo histórico

Una breve reseña de la historia de ese período intertestamentario establecerá el trasfondo contra el cual se escribió la mayoría de los libros apócrifos del Antiguo Testamento. Cuando Alejandro Magno murió en 323 a.C., su imperio fue dividido entre sus cuatro generales. Judea fue incluida en el territorio gobernado por Seleuco I, pero en 320 a.C. Ptolomeo de Egipto la anexó a su propio territorio. Esa clase de actividad caracterizó mucho del período intertestamentario, colocando a la gente de Palestina bajo grandes presiones políticas y sociales. En general, sus conquistadores buscaron apaciguar a los judíos, y en el caso de los Ptolomeos hasta los alentaban a emigrar a Egipto. Sin embargo, la amenaza de opresión militar siempre estuvo cerca de Judea, y llegó a ser realidad una vez más en 205 a.C. cuando Ptolomeo V murió repentinamente y Antíoco III de Siria decidió anexar Judea. Un ejército egipcio se movilizó para controlar su avance, pero fue derrotado cerca de Sidón en 198 a.C., después de lo cual Judea llegó a ser parte del reino seléucido. Aunque Antíoco fue tolerante con los judíos, mantuvo un control político firme sobre el país, al igual que habían hecho los egipcios. Finalmente, la lucha civil que había estado estallando en varias partes del Cercano Oriente hacia finales del período griego atrajo la atención de los romanos, los cuales estaban surgiendo como poder militar y político. Las legiones romanas entraron al Asia Menor en 197 a.C. y fueron atacadas por los sirios. Después de una larga campaña, Escipión el Africano destrozó las fuerzas de Siria en Magnesia en 190 a.C., pavimentando así el camino para mayores incursiones romanas en Palestina.

Mientras tanto, los reyes seléucidos se aferraban precariamente a su poder y comenzaron a comportarse con creciente severidad con los judíos. Parte de la dificultad yacía en el hecho de que los seléucidos se habían vuelto propagadores de la cultura pagana griega y estaban inclinados a introducir tradiciones griegas en el judaísmo ortodoxo. La «helenización» ocurrió con particular severidad bajo Antíoco IV (175–164 a.C.), causando que la familia asmonea se levantara en una revuelta. La resistencia bajo Judas Macabeo tuvo tanto éxito que el regente sirio Lisias garantizó el retorno de las libertades judías, un contratiempo obvio para el partido helenizante de Judea. En 142 a.C., Judea se independizó de Siria, y bajo Juan Hircano (135–105 a.C.) logró algo de solidaridad política y territorial. Pero, en el mejor de los casos, la situación total era inestable, y se complicaba por los conflictos entre los que seguían las costumbres helénicas y los saduceos, fariseos y escribas, que eran más tradicionales. Mientras tanto, los grupos religiosos puristas, tales como los miembros de la comunidad del Mar Muerto, se separaron de los judíos ortodoxos y fundaron sus propias colonias en el inhóspito desierto de Judea.

En 64 a.C., Pompeyo atacó Siria y la hizo una provincia romana. Mientras que trataban de sofocar el malestar político en Judea, los romanos fueron atacados por judíos fanáticos, los que finalmente fueron masacrados en el monte del Templo. A partir de entonces los romanos mantuvieron una guarnición en Jerusalén e incorporaron a Judea a la recientemente formada provincia de Siria. La siguiente dinastía herodiana gobernó bajo la supervisión de Roma, la que mantuvo legiones en Judea hasta después de la segunda revuelta judía (132–135 d.C.).

El período que vio la escritura del material apócrifo fue, por lo tanto, uno de disturbios políticos, militares, sociales y religiosos sin precedentes. Se ha estimado que para cuando nació Cristo, una de cada dos personas del Imperio Romano era esclava. La resistencia judía a las influencias de la helenización produjo épocas de represión y persecución que hicieron que los judíos anhelaran liberación, y estimularon, por lo menos en algunos, el interés en la posibilidad de un mesías que viniera de Dios para remediar la situación. Los escritos apocalípticos trataron ampliamente el problema de la lucha entre el bien y el mal, con la expectativa de una nueva época en la cual Dios recompensaría con bendiciones espirituales a los fieles. Las figuras mesiánicas, que aparecían en los escritos apocalípticos y especialmente en los libros apócrifos del Nuevo Testamento, a menudo estaban balanceadas por un anticristo, ambos siendo servidos por muchos personajes angélicos. Era un mundo literario y espiritual de hechos parciales y de fantasía parcial, siendo la fantasía un ingrediente importante para mantener las expectativas de los menos estables emocionalmente.

Mientras que los manuscritos del Mar Muerto no pueden ser considerados como apócrifos, algunos pasajes son apocalípticos—por ejemplo, el Manual de Disciplina 3:13–4:26, el Rollo de la Guerra (1QM) 1:15–19 y la Nueva Jerusalén (5Q15). Algunos eruditos han interpretado partes del Rollo de Cobre (3Q15) apocalípticamente, pero la mayoría de los escritores simplemente considera el material como una lista de tesoros ocultos.

Los escritos apócrifos y canónicos

Aunque las obras apócrifas más tempranas del Antiguo Testamento tal vez fueron escritas tan temprano como hacia fines del siglo IV a.C., la mayoría apareció desde el siglo II a.C. hacia adelante. Algunas de ellas se parecían mucho a sus contrapartes de las Escrituras canónicas y no hay duda de que, en algunos círculos, su autoridad e inspiración eran consideradas como similares a las composiciones de las Escrituras que veneraban los judíos, y que más tarde veneraron los cristianos.

Otros escritos religiosos de esas épocas no afirmaron ser de las Escrituras. Tales composiciones preservaron las tradiciones familiares de tanto el judaísmo como el cristianismo primitivo, aunque en algunas ocasiones las enriquecieron o embellecieron por medio de leyendas o narrativas que no eran históricas. Debido a que en aquella época había muy pocos libros en circulación, los palestinos tendían a leer cualquier material literario que llegaba a sus manos. Aunque la Torá, o ley de Moisés, siempre había sido reconocida como la norma de ortodoxia teológica para los judíos, las narrativas de fortaleza durante las persecuciones o los relatos de la forma en que los enemigos del pueblo de Dios recibían su justa recompensa tenían mucha atracción para los que se encontraban bajo la presión de una sociedad pagana.

De igual manera, aunque los Evangelios y las Epístolas—junto con el Antiguo Testamento—formaban el canon básico de la lista aprobada de las Escrituras para los cristianos, muchas narrativas adicionales reclamaban la atención de los primeros seguidores de Cristo. Esas composiciones a menudo trataban de las supuestas actividades de Jesús y de sus seguidores, así como también de los martirios, revelaciones y enseñanzas espirituales. Algunas obras contenían material que no sólo no correspondía a la historia, sino que era totalmente extraño, pero otras reflejaban hasta cierto grado el espíritu de Cristo y las enseñanzas apostólicas. Para los primeros cristianos, como también para los judíos, el establecimiento del canon formal de las Escrituras debe haber sido impulsado en parte por la necesidad de separar el registro de la verdad revelada de las otras formas escritas de tradición religiosa así como de la verdadera herejía.

Algunos de los primeros eruditos cristianos describieron en sus escritos como «apócrifos» a los escritos que no fueron aceptados en el canon del Antiguo Testamento ni en el canon del Nuevo Testamento. La palabra griega significa «cosas ocultas», y cuando se aplicaba a los libros describía aquellas obras que las autoridades religiosas querían ocultar de los lectores en general. La razón era que se creía que tales libros contenían una tradición popular misteriosa o secreta, significativa sólo para los instruidos y por lo tanto inapropiada para el lector común. Pero la palabra «apócrifo» también se empleaba en un sentido menos halagador para las obras que merecían ser ocultadas. Tales obras contenían doctrinas malas o enseñanzas falsas que tenían el propósito de pervertir más que de edificar a quienes las leían. La supresión de los escritos indeseables era bastante fácil en un tiempo cuando sólo unos pocos libros estaban en circulación a la vez. Es más probable que las autoridades quemaran los escritos ofensivos en lugar de «ocultarlos» (compare Hechos 19:19).

Las enseñanzas ocultas o esotéricas no eran parte de la tradición hebrea, la cual basaba su espiritualidad en los primeros cinco libros del canon hebreo. En lo que respecta a las doctrinas misteriosas que llegaron a la vida de los hebreos, les llegaron de fuentes paganas y por lo general involucraban prácticas mágicas que se le habían prohibido a Israel. Sólo cuando el concepto de sabiduría surgió en escritos tales como Proverbios, Eclesiastés, Job y ciertos salmos fue que los maestros judíos, como Jesús ben Sirá, aconsejaron a sus oyentes que buscaran el «sentido oculto» de la sabiduría divina (Eclesiástico 14:20–21; 39:1–3, 7). Aun así, el énfasis estaba en conocer la mente y la voluntad revelada de Dios, y no en el estudio de tratados esotéricos que eran populares entre los autores y los lectores helenísticos.

Hacia fines del siglo I a.C. se estaba haciendo en los círculos judíos una clara distinción entre los escritos que eran apropiados para el uso del público en general y los escritos esotéricos que debían ser restringidos sólo para los que estaban bien informados y los instruidos. Es así que en Apocalipsis de Esdras 4:1–6, el escritor dice cómo se suponía que Esdras, bajo la instrucción de Dios, publicara abiertamente ciertos escritos (es decir, la Torá de Moisés), y que guardara secretos otros (es decir, las tradiciones apocalípticas que trataban de la llegada del fin de los tiempos). En Apocalipsis de Esdras 14:42–46 se hace referencia a setenta libros, evidentemente material no canónico, escritos después de los veinticuatro libros del canon hebreo.

El uso del término «apócrifo» con el significado de «no perteneciente al canon» data del siglo V d.C., cuando Jerónimo manifestó que los libros que se encontraban en la Septuaginta y en las Biblias latinas que no estaban en el canon de los escritos del Antiguo Testamento hebreo debían ser tratados como apócrifos. No debían ser descartados totalmente puesto que eran parte del gran flujo de literatura nacional judía contemporánea. Al mismo tiempo, no debían usarse como doctrina cristiana sino, en todo caso, como lectura suplementaria de naturaleza inspiradora o edificante.

Los teólogos protestantes, por lo general, han seguido la tradición que estableció Jerónimo, considerando a los libros apócrifos del Antiguo Testamento como el exceso del canon de la Septuaginta sobre las Escrituras hebreas. Cuando se comenzó a traducir la Biblia hebrea al griego en Egipto durante el reinado de Ptolomeo II (285–246 a.C.), los eruditos involucrados incluyeron una cantidad de libros que, mientras permanecían por lo general fuera de la lista aceptada de escritos canónicos hebreos, todavía tenían relación con la historia y sociedad judías. El procedimiento reflejaba actitudes contemporáneas en Palestina, donde, como muestran los Rollos del Mar Muerto, mucha gente hizo muy pocos intentos de separar los escritos canónicos de las otras formas de literatura religiosa. Es natural que la decisión que tomaron las autoridades judías en cuanto a cuáles libros considerar canónicos tuvo influencia en lo que constituiría los libros apócrifos del Antiguo Testamento.

La evidencia textual representada por ciertos manuscritos y fragmentos de las cuevas del Mar Muerto hace que sea razonablemente seguro aceptar que los últimos de los escritos canónicos hebreos hayan sido terminados varias décadas antes del tiempo en que Alejandro Magno (356–323 a.C.) comenzara sus conquistas en el Cercano Oriente. Sin embargo, el proceso por el cual esas composiciones llegaron a ser aceptadas como canónicas fue más dilatado. Sólo cuando habían circulado, habían sido leídos y habían sido apoyados favorablemente al compararlos con la espiritualidad de la Torá era que se les concedía la canonicidad general. De ahí que la distinción entre los escritos canónicos y los apócrifos llegó tanto a través del uso y del acuerdo general de parte del judaísmo ortodoxo como de otras formas. Los primeros eruditos sugieren que el así llamado «Concilio de Jamnia», celebrado en Palestina alrededor de 100 d.C., fue el responsable de componer una lista de los libros del Antiguo Testamento que fueran apropiados para que los usaran los fieles. Sin embargo, estudios posteriores han arrojado bastante duda sobre la historicidad de tal concilio, mostrando al mismo tiempo que las autoridades judías de aquel período consideraban que los escritos no canónicos eran más un obstáculo que una ayuda para la devoción.

Los Apócrifos del Antiguo Testamento

Los libros que los judíos consideraban específicamente «fuera del canon», y por lo tanto apócrifos, eran: 1 Esdras; 2 Esdras (Apocalipsis de Esdras); Tobías; Judit; los agregados a Ester; la Sabiduría de Salomón; Eclesiástico; Baruc; la Carta de Jeremías; los agregados al libro de Daniel (la Oración de Azarías y el Cantar de los Tres Jóvenes, Susana y Bel y el Dragón); la Oración de Manasés; 1 Macabeos; y 2 Macabeos. Varios manuscritos de la Septuaginta incluían algunos materiales seudohistóricos bajo los títulos de 3 Macabeos y 4 Macabeos; así que aun los apócrifos variaban algo en cuanto a su contenido, lo que dependía de la tradición que se siguiera en lo referente a los manuscritos. Entre los primeros eruditos cristianos también había alguna diferencia de opinión en cuanto a los límites precisos de la Escritura hebrea canónica, y, en consecuencia, del material apócrifo. Una separación seria entre las tradiciones hebreas y las tradiciones rabínicas llegó con los escritos de Agustín, quien promulgó el punto de vista de que los libros apócrifos tenían la misma autoridad que otros escritos de las Escrituras canónicas hebreas y cristianas. Se levantaron algunas voces apoyando la posición de Jerónimo, pero el Concilio de Trento (1546) adoptó el punto de vista de Agustín, que llegó a ser enseñanza oficial de los católicos romanos.

El libro llamado 1 Esdras parece ser una compilación histórica de material sacado de varias partes del Antiguo Testamento, principalmente de Crónicas, Esdras y Nehemías. Incluye una interesante interpolación, el Debate de los Tres Soldados (1 Esdras 3:1–5:6), en el cual se demuestra la supremacía de la verdad por medio de algunos errores históricos desafortunados e inconsistencias que se encuentran en el libro, en marcado contraste frente a la exactitud de las fuentes canónicas en las que se apoyó el compilador de 1 Esdras. El libro llamado 2 Esdras (Apocalipsis de Esdras) consiste principalmente de un apocalipsis judío en el cual Esdras, en una serie de visiones, lamenta el predicamento del exiliado Israel y busca una figura mesiánica que restaure la nación a su gloria pasada.

El libro de Tobías es una mezcla de folclore y romance, escrito tal vez alrededor de 200 a.C. y aparentemente con la intención de instruir a los judíos acerca de las actitudes apropiadas de piedad en cuanto a Dios. Tobías mismo aparece como resuelto al sufrimiento, y como ejemplo a sus semejantes en asuntos de caridad, justicia, moralidad y obligaciones religiosas. Así como en 1 Esdras, el libro contiene errores históricos y también geográficos.

El libro de Judit narra la forma en la cual una emprendedora mujer judía mata a un líder enemigo para salvar a su pueblo. Sin embargo, la narrativa no parece tener base en hechos históricos y también está marcada por errores cronológicos y de otro tipo.

Los agregados al libro de Ester comprenden las siguientes secciones: el sueño de Mardoqueo; el edicto de Asuero; las oraciones de Mardoqueo y Ester; Ester ante el rey; el edicto que suplanta al primero; y un epílogo. Estas secciones tenían el propósito de ser intercaladas en el libro original canónico y es probable que originalmente fueran escritas en griego.

La Sabiduría de Salomón, compilado tal vez alrededor de 100 a.C., representa una elaboración de la enseñanza acerca de la sabiduría encontrada en Proverbios y Eclesiastés; pero en cuanto a sus doctrinas está considerablemente más cerca del pensamiento griego que del hebreo. Este libro era muy leído al principio de la era cristiana.

Tanto los judíos como los cristianos tenían en alta estima el libro de Eclesiástico, también llamado La Sabiduría de Jesús el hijo de Sirac (Jesús ben Sirá). Su autor fue un escriba que quiso darles a sus enseñanzas una forma más permanente, por lo que utilizó como modelo el libro canónico de Proverbios. Sus enseñanzas se adhieren estrechamente a la ortodoxia judía aunque el autor muestra tendencias saduceas. Es probable que este libro haya sido escrito alrededor de 180 a.C.

Baruc, para su contenido, se basa mucho en ciertos profetas y sabios del Antiguo Testamento y está escrito en forma de un discurso supuestamente enviado a los judíos exiliados en Babilonia. Sus temas principales son el pecado, el castigo y el perdón de Israel. La Carta de Jeremías, un documento que se supone que fue enviado a los habitantes de Judea que iban a ser llevados cautivos a Babilonia, es, en realidad, un tratado religioso que condena la idolatría.

Los agregados al libro de Daniel son tres secciones suplementarias ajenas a la obra canónica hebrea o aramea. La Oración de Azarías, que reconoce la justicia divina del exilio babilónico, es seguida por El Cantar de los Tres Jóvenes cuando fueron librados de la muerte en el horno de fuego. La Historia de Susana relata la forma en que Daniel salva de la muerte a una mujer inocente, y parece estar basada en un cuento popular babilónico. Bel y el Dragón contiene dos historias que ridiculizan la idolatría y muestran la ineficacia de los dioses de Babilonia.

La Oración de Manasés consiste de un corto salmo penitencial que representa la supuesta oración del rey pidiendo misericordia durante un período de encarcelamiento en Babilonia (compare 2 Crónicas 33:10–13).

Evidentemente, 1 Macabeos fue escrito, como lo fue mucho de Crónicas, para registrar una historia «espiritual» de la nación, excepto que trata exclusivamente del período de los macabeos. Se basó en algunas fuentes literarias genuinas, aunque se ha cuestionado la autenticidad de algunas partes de la obra. Mientras que 1 Macabeos trata de presentar un relato razonablemente objetivo de los asmoneos, 2 Macabeos comprende un sumario retórico de un trabajo considerablemente más largo sobre el tema de la era macabea. Tiene una orientación aún más teológica que 1 Macabeos y contiene varios errores cronológicos con otras contradicciones reales.

Los apócrifos del Antiguo Testamento pintan gráficamente las condiciones de la desesperación que prevalecía en los días antes del nacimiento de Cristo. Desafortunadamente, los conflictos militares, políticos e ideológicos serían parte de la vida judía hasta que la resistencia al dominio romano terminara en el siglo II d.C. Hubo tiempos, como en el período macabeo, cuando se obtuvo un breve respiro de las presiones militares y paganas, pero, mayormente, el judío ortodoxo era una persona atormentada en su propia tierra. Un pueblo endurecido por sucesivas atrocidades y la presencia continua de fuerzas militares, primero de Egipto, luego de Siria y finalmente de Roma, sólo podía buscar la verdadera libertad en las promesas mesiánicas de su literatura nacional. De cualquier manera, la liberación de la nación sólo podía llevarse a cabo en un futuro algo distante. Por el momento, los judíos, en sus luchas con influencias políticas y religiosas externas, tenían que contentarse con historias de heroísmo y altruismo en tiempo de guerra, valor en épocas de persecución, resolución en la derrota y la esperanza de una época dorada venidera como se describía en algunos de los escritos apocalípticos.

Los Apócrifos del Nuevo Testamento

Los cristianos de la época del Nuevo Testamento estaban familiarizados con las obras judías apócrifas, incluyendo las especulaciones apocalípticas que se encuentran en Apocalipsis de Esdras. Por lo tanto, no les sorprendería que una colección similar de literatura surgiera de sus propias Escrituras, cuando estas comenzaron a ser compuestas y a circular.

Sin embargo, el Nuevo Testamento apócrifo, al igual que su contraparte del Antiguo Testamento, sólo se podía considerar en relación a un canon establecido de obras de las Escrituras. Puesto que el catálogo más temprano de escritos del Nuevo Testamento, el Canon Muratoriano, no fue compilado sino hasta alrededor de 200 d.C., pasó un tiempo considerable antes que apareciera una declaración oficial de la iglesia sobre lo que debía ser considerado los apócrifos del Nuevo Testamento. Mientras tanto aparecieron una gran cantidad de materiales de naturaleza predominantemente religiosa, aparentando ser ortodoxos por su naturaleza y que trataban de varios aspectos del cristianismo histórico. Según resultaron los hechos, esta literatura apócrifa frustró los propósitos que tenía la intención de alcanzar. Debido a la escasez de información sobre asuntos tales como la infancia, la adolescencia y la juventud de Jesús, los evangelios de la «infancia» intentaron proveer al lector de lo que se esperaba que pasara como hecho histórico. Sin embargo, mucho del material estaba dentro de la esfera de la fantasía y ningún lector inteligente lo hubiera aceptado jamás como hecho. Por ejemplo, en el Evangelio de Tomás, a Jesús, que en ese momento tenía cinco años de edad, se le acusa de no guardar el día de reposo porque hizo gorriones de arcilla al lado de un arroyo. Cuando su padre José investiga la situación, Jesús palmea las manos y los gorriones de arcilla cobran vida y se van volando y gorjeando.

Los evangelios de la «pasión» fueron escritos para embellecer los relatos canónicos de la crucifixión y resurrección de Cristo. Como suplemento de la enseñanza cristiana, muchos de los escritos apócrifos parecían proclamar ideas que en realidad estaban fuera del alcance de la doctrina del Nuevo Testamento. Los intentos por llenar los «años ocultos» de la vida de Cristo no tuvieron fundamento alguno en las tradiciones de los Evangelios. Las obras que trataban con el estado final de los inconversos fueron adornadas de tal manera que fueron mucho más allá de lo que se afirma en el Nuevo Testamento. En algunas instancias notables, como en los escritos de las sectas gnósticas, los autores se propusieron deliberadamente propagar enseñanzas heréticas que ellos habían aceptado bajo la autoridad de alguna figura apostólica. El Evangelio de Tomás, recuperado alrededor de 1945 en Nag Hammadi (Jenoboskion), cerca del Río Nilo, es un ejemplo de un intento de perpetuar dichos y dogmas raros al atribuírselos a Jesús, para que recibieran amplia aprobación y aceptación.

Debido a que los escritos de los que estamos hablando tienen un cierto parecido a los tipos literarios y divisiones principales del Nuevo Testamento, los eruditos los han agrupado de manera similar para la conveniencia de los estudiantes. Los evangelios apócrifos principales son:

Evangelio árabe de la infancia

Evangelio armenio de la infancia

Libro de Bartolomé sobre la resurrección de Cristo

Evangelio de Bartolomé

Evangelio de Basílides

Evangelio de la natividad de María

Evangelio de los Ebionitas

Evangelio según los hebreos

Protoevangelio de Santiago

Historia de José el carpintero

Evangelio de Marción

Evangelio de Matías

Evangelio de los nazarenos

Evangelio de Pedro

Evangelio de Felipe

Evangelio de Pseudo Mateo

Evangelio de Tomás

Hay también algunos libros apócrifos de Hechos, los cuales se supone que son los relatos de logros apostólicos que supuestamente no han sido registrados en la Escritura. Tales «Hechos» son la fuente de mucha tradición, como por ejemplo que Pedro haya sido crucificado con la cabeza hacia abajo y la misión de Tomás a India. La fiabilidad de las tradiciones es cuestionable porque los escritos claramente contienen material no ortodoxo. Sin embargo, se pueden encontrar pequeños fragmentos de información correcta en este grupo de literatura ficticia.

Debido a que a menudo son libros de carácter herético, la iglesia ha reaccionado firmemente contra tales libros, a veces aun demandando que sean quemados (por ejemplo, en el Concilio de Nicea del año 787). Los Hechos de Juan presentaban a Jesús hablando con Juan en el monte de los Olivos durante la crucifixión, explicándole que sólo era un espectáculo. En los Hechos de Tomás, Jesús apareció en la forma de Tomás, exhortando a una pareja de recién casados que se consagraran a la virginidad. La abstinencia sexual era un tema dominante, reflejando ideas platónicas, que menospreciaban el cuerpo físico.

Muchos eruditos fechan la obra más temprana, los Hechos de Juan, antes de 150 d.C. Los Hechos principales (de Juan, Pablo, Pedro, Andrés y Tomás) probablemente fueron escritos durante el segundo y tercer siglos. Estos impulsaron a los otros Hechos, que eran principalmente historias de milagros, escritas más para entretener que para enseñar. Las obras clasificadas de una u otra manera bajo el encabezamiento de Hechos incluyen:

Historia apostólica de Abdías

Hechos de Andrés

Historia de Andrés

Hechos de Andrés y Matías

Hechos de Andrés y Pablo

Hechos de Bernabé

Hechos de Bartolomé

Ascenso de Santiago

Hechos de Juan

Hechos de Juan, por Prócoro

Hechos de los mártires

Hechos y martirio de Mateo

La pasión de Pablo

Hechos de Pablo y Tecla

Hechos de Pedro

La pasión de Pedro

Predicación de Pedro

Hechos eslavos de Pedro

Hechos de Pedro y Andrés

Hechos de Pedro y Pablo

La pasión de Pedro y Pablo

Hechos de Pedro y los doce discípulos

Hechos de Felipe

Hechos de Pilato

Hechos de Simón y Judas

Hechos de Tadeo

Hechos de Tomás

Una gran cantidad de obras apócrifas son clasificadas como epístolas. Estas obras, que generalmente son seudónimas, se originaron en diferentes períodos. Por ejemplo, un grupo de epístolas es principalmente judío y se refiere al Antiguo Testamento, tal como la Carta de Jeremías (que se mencionó antes en este artículo). El grupo más grande se enfoca en personas y lugares mencionados en el Nuevo Testamento. Estos escritos epistolares incluyen:

Abgaro y las cartas de Cristo

Epístola de los apóstoles

Epístola de Bernabé

Tercera de Corintios

Epístola a los laodiceos

Epístola de Léntulo

Epístolas de Pablo y Séneca

Epístola de Tito

Muchos eruditos liberales también han considerado a 2 Pedro y a Judas como libros apócrifos.

Muchas otras obras apócrifas son de naturaleza apocalíptica. Estas obras están complementadas por material tal como las Constituciones Apostólicas y los Cánones. A estas se le agregan las composiciones gnósticas y el Nag Hammadi, que incluyen obras que afirman representar las enseñanzas de Cristo así como también instrucciones «secretas» compiladas por escritores gnósticos y unas pocas composiciones apócrifas.

Estudios comparativos han mostrado, sin duda alguna, que los escritos apócrifos del Nuevo Testamento presentan, en el mejor de los casos, una serie de tradiciones desvalorizadas acerca del Fundador y de las enseñanzas del cristianismo primitivo. En el peor de los casos, las narrativas están totalmente desprovistas de valor histórico, y en algunos aspectos son totalmente extrañas a la espiritualidad del Nuevo Testamento. Aun cuando parecen apoyar una tradición actual en alguna parte de la iglesia primitiva, la evidencia que presentan es inferior a la que a menudo se puede obtener de otras fuentes. Algunas veces las composiciones son tan triviales e inconsecuentes que es difícil justificar que hayan sobrevivido. De hecho, se han perdido ciertos escritos apócrifos y sólo son conocidos en forma de citas en otras obras más grandes.

Sin embargo, las composiciones apócrifas del Nuevo Testamento son importantes porque indican lo que les atraía a las personas comunes de aquellos días. Parece que ellos necesitaban un elemento romántico para complementar la verdad espiritual que recibían. Algunas de las historias que se relatan eran vívidas y llenas de fantasía, y otras, como los apocalipsis, proveían una forma de escape de las duras realidades temporales. Sin importar cuál fuera su naturaleza, los escritos apócrifos del Nuevo Testamento ejercieron una influencia fuera de proporción sobre su verdad fundamental.

Bibliografía

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Schneemelcher, W., editor; R. M. Wilson, traductor, New Testament Apocrypha [Los apócrifos del Nuevo Testamento], 1963.

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¿Qué camino? ¡El mejor!

Enero 1

¿Qué camino? ¡El mejor!

Lectura bíblica: Juan 14:6, 7

Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Juan 14:6

a1Lo estuviste pensando bien, y ahora te has decidido. En lugar de haraganear y dedicarte a no hacer nada el verano que viene, quieres vivir una aventura. Quieres ir adonde ninguno de tus amigos ha ido. Quieres ir a visitar a tu primo.

Pero hay un problema. Tu primo vive al otro lado del planeta, donde sus padres, que son científicos, estudian insectos en las selvas salvajes de Borneo. No sabes cómo llegar, ni como encontrarlo. Así que empiezas a averiguar cómo llegar.

No toda la información que recibes te sirve.

—Tienes que ir a China y seguir hacia el sur por unos cuantos miles de kilómetros. Buena suerte.
—No aceptes invitaciones a comer. Creo que todavía hay caníbales en Borneo.
—¿Te han contado de las cucarachas voladoras de Borneo? Son grandes como una casa. Devoran seres humanos.
Pero al fin tu búsqueda da resultado cuando te encuentras con un profesor de una universidad cercana.
—¿Borneo? ¿Quieres ir a Borneo? Me encanta Borneo. ¡Allí nací y allí crecí! Voy para allá este verano. Y da la casualidad que conozco a tu primo y la selva donde vive. Te puedo llevar al lugar exacto.

Supón que en realidad estuvieras buscando a un primo que vive lejos. ¿Qué consejo te ayudaría más? ¡No hay ninguna duda! Vas a querer hacer contacto con alguien que no sólo sabe a dónde vas y cómo llegar, sino que también conoce a tu primo y exactamente cómo encontrarlo. ¿Acaso podría ser más fácil un viaje a la selva?

Como creyentes, estamos en una búsqueda de vital importancia. Dios nos ha invitado a acudir a él. Santiago 4:8 dice: “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros”.
Dios nos invita a disfrutar ahora mismo de esa relación cercana.

Pero, ¿cómo se llega a Dios?

Si tuvieras todo el tiempo, dinero y repelente de cucarachas en el mundo, es probable que tarde o temprano encontrarías a tu primo sin la ayuda de alguien que haya nacido en Borneo. Pero no hay manera de poder llegar a Dios sin Jesús. Para conocer a nuestro Padre celestial es necesario conocer a Jesús, su Hijo. Él vino a la Tierra como un ser humano para mostrarte cómo conocer a Dios.

Jesús no sólo muestra el camino a su Padre en el cielo, ¡él es el camino! No es un mapa del camino, él es tu camino. Si confías en Jesús, su Padre celestial te recibe porque también quiere ser tu Padre celestial.

PARA DIALOGAR
¿Qué sentimientos provoca saber que Jesús, el Hijo, se interesa lo suficiente en ti como para mostrarte el camino a Dios, el Padre?

PARA ORAR
Señor, te doy gracias porque no tengo que andar a ciegas en la vida para encontrarte. Gracias porque enviaste a Jesús para mostrarme el camino a ti.

PARA HACER
Dibuja un mapa o una ilustración que te haga acordar que Jesús, el Hijo de Dios, es el camino a Dios, el Padre.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.